NO REGRETS

Víctor Gallardo Barragán

España

1. YO

El sueño se repetía muy a menudo, dejándome cada vez, al despertar, la misma intransigente desazón: abejas como pulgares entraban por la ventana del dormitorio donde pasé mi infancia, allá en Córdoba, amenazantes con sus zumbidos casi mecánicos. Esgrimían aguijones terribles que nunca se atrevían a utilizar, sabedoras probablemente de que tal acto les causaría la muerte. Eran cientos y yo, tumbado en la cama que me vio crecer, dejaba a un lado el libro que tenía en mis manos y las observaba acercarse. No movía un músculo, ni siquiera cuando se posaban en mis brazos, mi cara, o se introducían sin vacilar entre los pliegues de la ropa. Era entonces, al intuir sus pequeñas y afiladas armas tan cerca de mi piel, cuando más miedo sentía, y permanecía quieto esperando que todo acabara, que se marcharan o que, por el contrario, una a una se cebaran en mí clavando sus pequeños puñales venenosos.

Solía despertar entonces, casi siempre jadeando, y la idea de estar muerto y cubierto de sus cuerpos blandos, descomponiéndonos todos, ellas y yo al unísono, seguía rondando mi cabeza durante largo rato.

En los últimos años sufrí recurrentemente, como digo, esta pesadilla. Después de despertar y conseguir calmarme siempre me preguntaba lo mismo: ¿por qué no me atacaban? ¿Qué querían realmente?


2. NOSOTROS

Era el cuarto día de Vendimiario del año 273. No había soñado; había sido una noche, si es que se la puede denominar como tal en la situación en que nos encontrábamos, tranquila. Tras seis horas de benefactor descanso, un bip insistente que provenía de algún lugar entre la garganta y el oído interno acabó por desperezarme. Me erguí al tiempo que las luces de mi cap se encendían tenuemente. Niklaus buscaba algo en la librería; se volvió hacia mí y se disculpó en su jerga imposible. Yo le expliqué con gestos que no me había despertado él, y el tesalonicense concentró de nuevo su atención en los gruesos manuales de tapas anaranjadas y verdes.

Salí completamente desnudo al pasillo llevando en una mano el mono de trabajo azul cobalto, uniforme detestable, que Intendencia me había asignado tras la degradación. Entré en la única ducha libre luego de introducir mi tarjeta en el pequeño cubo adosado a la pared y me aseé con rapidez: tres minutos de agua caliente por persona al día no dan para mucho y todos, hombres y mujeres, habíamos optado por llevar muy corto el cabello, casi al cero. Me vestí.

El comedor estaba casi vacío. Cogí una bandeja de metacrilato y me acerqué a Irene, la única cocinera a la que entendía. Era ésta una santanderina de no más de treinta años, muy entrada en carnes y, como la mayoría de los españoles allí (apenas una veintena), no demasiado sociable.

—¿Qué tal has dormido, muchacho? —preguntó mecánicamente. Era obvio que a ella le importaba bastante poco cómo había pasado yo la noche: probablemente ya tendría suficiente con lidiar con sus propias pesadillas, así que agradecí la cortesía con una media sonrisa que entendió a la perfección—. ¿Quieres un poco de ensalada de pollo?

Pollo. Eufemismo. No nos engañábamos: las supuestas aves de corral no eran sino los mutoides que habían infestado tiempo atrás las bodegas, primero, y los conductos de ventilación cercanos a la sala de máquinas, después. Cuando empezaron a amenazar los cables de alta tensión con sus pequeños y afilados dientes la Directiva del Mikonos IV decidió exterminarlos. Fue imposible: se reproducían a velocidades de vértigo, y las madrigueras principales estaban fuera del alcance de los pequeños cazadores enviados para su aniquilamiento. No obstante, muchos de los mutoides caían, millares cada día, y tras comprobarse que su carne, si bien insípida, era rica en proteínas y nada tóxica, se convirtieron en uno de los pocos manjares de origen animal que podíamos permitirnos.

Asentí a regañadientes: la otra opción para el desayuno era una papilla insana que los griegos y los turcos engullían sin rechistar pero que a mí, como para todos los españoles, franceses e italianos, era simplemente intragable. Cogí de nuevo la bandeja y me senté junto a David, el homófobo gaditano, en uno de los extremos más alejados de la gran sala.

—Hoy está exquisita —bromeó mientras señalaba la ensalada. Los trozos de mutoide estaban acompañados de un par de hojas de acerola, unos guisantes y un poco de salsa tártara.

Empecé a dar cuenta del plato sin observar cómo, poco a poco, iban llenándose las mesas. Frente a mí se sentó Igor, uno de los pocos a los que yo podía, modestamente, considerar como amigo. Me sonrió mientras empezaba a comer con desgana.

—¿Te has enterado de lo de Karl? —le preguntó David. El pamplonés no levantó siquiera la vista de su plato.

—Algo he oído. Entre compañeros todo se sabe.

Desde que me asignaron a la Brigada de Mantenimiento estaba un poco desconectado de los chismes de los niveles superiores, así que no sabía de qué hablaban:

—¿Karl? ¿Karl Hesse? ¿Qué ha pasado?

Igor suspiró.

—Lo de siempre: pánico. Aprovechó un momento de calma para robar un biotraje y salir al exterior por una de las esclusas.

—Ese cabrón, ¿quién sabe si no volverá con ayuda? —rió David. Todos sabíamos que las posibilidades, si no nulas, eran mínimas. El andaluz se dirigió a mí—. ¡Eh! No estés triste, tienes que ser optimista, tío: piensa que, trabajando donde trabajas, aunque enloquezcas como Karl nunca conseguirás llegar hasta las esclusas sin que uno de la Seguridad te abata antes.

Igor, a su pesar, sonrió. Yo terminé el último trozo de "pollo" y me levanté rápidamente al tiempo que les dedicaba un inequívoco gesto con el dedo corazón de la mano derecha.

Tenían razones suficientes, pese a todo, para reírse. Los sótanos. ¿Quién quiere trabajar allí? Me pasaba todo el día ahuyentado a escobazos los bichos que cada mañana me desayunaba. El capo de mi Columna, para acabar de empeorarlo todo, era un reconocido homófobo turco, musulmán practicante hasta el Ascenso, que nos hacía la vida imposible a los pocos occidentales que habíamos tenido la desgracia de caer en sus manos.

—Siendo turco, lo más normal es que se centrara en joder a los griegos —comentaba de cuando en cuando en un más que correcto castellano Andrea, un chico de Bari que no se me despegaba ni un momento—. No entiendo la fijación que tiene con nosotros, hombre.

Yo sí. ¿Qué era la Mikonos IV sino una versión reducida de la antigua Mikonos, uno de los paraísos gay más famosos del mundo? Okan, el capo turco, era homófobo; nosotros, maricones. No había más: cuando ocurrió aquello, en la isla había turcos y griegos, trabajadores del sector turístico, y occidentales, gays de ambos sexos que estaban allí de vacaciones y que hemos acabado malviviendo aquí.

Llegué apresuradamente a la sala que habitualmente utilizábamos para la arenga matutina. Prácticamente toda la Columna estaba ya allí, y me situé en mi lugar, discretamente situado en la segunda fila entre Andrea y un alemán que había perdido la lengua en un accidente con una fresadora. Okan miraba impaciente su reloj, y pese a que faltaban cerca de tres minutos para las ocho y media de la mañana se le veía ansioso por quitarnos de en medio cuanto antes.

Una sacudida descomunal acabó de despertar a varios chipriotas que dormitaban en la tercera fila. Duró sólo un par de segundos, pero la única estantería de la habitación había caído pesadamente sobre la mesa que Okan utilizaba para sentarse, partiéndose ambas.

—¡Shit! —creí escucharle decir al alemán. Me volví hacia él y comprobé que había sido otro chico barbilampiño y apuesto, que estaba tras él. Okan accionaba los controles del intercomunicador de pared frenéticamente, pero del pequeño altavoz no salía sonido alguno. Andrea, aprovechando su distracción, se acercó y me susurró al oído:

—¡Bombarderos, español! Son bombarderos aliados limpiando de mierda la isla, hombre.

Yo pensé en Karl inmediatamente. En Karl y en todos los que, como Karl, acababan tarde o temprano saliendo a hurtadillas a la superficie, prefiriendo el cúmulo de gases tóxicos que históricamente habíamos llamado alegremente "atmósfera" antes que las comunas espartanas en que habían degenerado los refugios subterráneos (oficialmente Refugios de Supervivencia de Larga Duración).

El altavoz emitió de repente un aullido inhumano que pronto, tras disiparse el ruido y calmarse el interlocutor de Okan, se transfiguró en una voz de sobra conocida. Muchos de los miembros de la Columna sonreímos al identificar, visiblemente asustado, al bueno del sargento Demetrios, un tartamudo que suplía sus limitadas capacidades fonadoras con una dosis increíble de buena imaginación en la cama.

Okan no parecía muy complacido, desde luego, y durante unos minutos se chillaron el uno al otro a placer, ora en griego ora en turco. Yo captaba retazos de conversación, habitualmente los más triviales, pero muchos de los miembros de la Columna se agitaban nerviosos. Miré alternativamente al alemán y a Andrea, que me confirmaron con sendos movimientos de cabeza que ellos tampoco entendían nada. Algo pasaba, era evidente, y la barrera del idioma nos estaba privando de saberlo. Todo iría bien siempre y cuando fuéramos intuitivos y no nos pillara por sorpresa cualquier reacción, violenta o no, de nuestros compañeros turcos, griegos o chipriotas.

—Atentos, atentos —repitió Andrea en castellano y alemán. Herb, que así se llamaba el mutilado, buscó con la mirada a varios compatriotas y les conminó gestualmente a que se acercaran. Las filas se estaban disolviendo, y casi todos nos acercábamos lo más posible, dentro de nuestras posibilidades, a la pequeña puerta por donde habíamos entrado.

Okan se volvió hacia nosotros tras colgar el interfono. Abrió mucho la boca como para gritarnos, pero volvió a cerrarla y esgrimió una enigmática sonrisa exenta de aspavientos, cosa poco habitual en él.

—Maricones de mierda —dijo, a modo de preámbulo—: nos están atacando.

Hubo un murmullo que por momentos pareció de aprobación. Muchos de los hombres que, perteneciendo a la Brigada de Mantenimiento, no destacaban precisamente por su agudeza mental, estaban deseosos de entrar en acción: todos habíamos perdido nuestro futuro durante la guerra, todos teníamos sed de venganza y, desde luego, todos nos estábamos pudriendo poco a poco en El Agujero; sin embargo, no era éste el mejor lugar para un combate frontal. Si ellos querían, y nada parecía indicar que iban a ser tan estúpidos como para dejar pasar la oportunidad de una victoria fácil, bastaría con localizar la media docena de salidas y cazarnos como conejos. Bombas tóxicas, algoritmos cazadores, droides de combate... ¿quién sabía hasta dónde había avanzado su tecnología en los últimos tres años? Probablemente Karl y unos cuantos más que, de todas formas, no habían vuelto a nosotros para contárnoslo, lo habían sufrido ya en sus carnes.

—Por ahora están siendo rechazados, según he creído entender, en la primera barrera.

—Nunca pensé que las barreras sirvieran para algo —dijo en voz baja Andrea. Yo asentí: habían resultado bastante ineficaces para impedir que muchos salieran. Tal vez era simplemente que esa no era su función y sólo se activaban cuando algún intruso quería entrar. Levanté la mano y espere que el capo me prestara atención.

—¿Y tú qué cojones quieres, saco de estiércol? —me preguntó, tan diplomáticamente como solía ser su costumbre.

—¿No sería mejor dejarnos de charlitas estúpidas y subir para ayudar en la defensa, lumbrera?

Mi inglés era bastante deficiente, y la palabra "lumbrera" la dije, de todas formas, en mi idioma; no hubo tiempo para que contestara porque otra sacudida, al menos diez veces superior a la anterior, nos hizo estremecer. Trastabillé y caí de bruces sobre varios hombres que se habían desplomado delante de mí y que ahora se agitaban en las posturas más inverosímiles. Andrea, que para mi sorpresa había mantenido el equilibrio, me ayudó a ponerme de pie y me arrastró hacia la puerta, no sin antes hacer un comentario jocoso.

—Ni en los mejores tiempos de Mikonos, ¿eh?

Antes de abandonar la habitación, precedido por él y por un par de griegos, eché un último vistazo a la masa de hombres entrelazados que dejábamos atrás y no pude reprimir una sonrisa.

Avanzamos sin problemas pese a los desprendimientos de las otrora robustas paredes laterales, y a los tres minutos empezamos a subir por las escaleras, justo al tiempo en que se empezaban a escuchar los primeros disparos. Andrea nos retuvo a todos con un gesto.

—Un momento. ¿De dónde viene eso?

En un principio no entendí qué quería decir. Miré hacia arriba por el hueco de la escalera y observe los casi cincuenta metros, divididos en ocho tramos de escalera, que nos separaban del nivel inmediatamente superior. Comprendí: la batalla, fuera entre quien fuese, se libraba allí mismo, en los sótanos.

—Las paredes laterales que se habían desprendido eran las que... —comentó uno de los griegos en inglés, atando cabos sobre la marcha. Luego nos gritó—: ¡La sala de máquinas!

Nos encaminamos hasta la mayor sala del nivel, y probablemente la más importante de todo el complejo. Sin la energía que desde allí se suministraba la Mikonos IV no tenía la más mínima esperanza de sobrevivir. Varios de nuestros compañeros de Columna se toparon con nosotros por el pasillo, y pudimos convencer a algunos de que teníamos que defender los generadores fuese como fuese. Cuando llegamos a la sala ya éramos unos quince. Entramos.

El espectáculo era aterrador. Estaba claro que, mientras el grueso de la Seguridad se afanaba en defender las esclusas y los niveles superiores, ellos habían ido al grano directamente. Acabar con tres millares de personas podía llevar un tiempo, pero si destruían su fuente de energía ni siquiera tendrían que mancharse las manos de sangre: nosotros mismos saldríamos por voluntad propia a la superficie o, simplemente, moriríamos ciegos y confundidos en nuestro exilio de El Agujero.

Y aparentemente les había resultado fácil: un gran boquete circular, de doce metros de diámetro, había aparecido en la pared que quedaba, según entrábamos, a nuestra derecha. Una gran mole metálica sobresalía levemente por él. Su forma era inequívoca.

—¡Qué cabrones! ¡Han taladrado la roca para llegar hasta allí! —dijo Andrea al tiempo que me arrastraba fuera de la habitación. Los quince hombres nos miramos, evaluando nuestras posibilidades de contribuir a la victoria o, por el contrario, de hacer un poco más elevado el montículo de cadáveres del bando perdedor. Dentro, aparte del agujero y la máquina, había otras dos cosas. A un lado, junto al que habíamos bautizado como El Taladrador, dos docenas de ellos; al otro, parapetados tras los generadores atómicos y las gigantescas baterías, apenas una decena de miembros de la Seguridad, una tercera parte del destacamento del nivel. El resto estaban muertos, desperdigados sobre el piso de la amplísima estancia.

—No tenemos armas —informó estúpidamente un búlgaro de rostro convexo.

—Hay una armería en algún lugar al fondo de aquel pasillo —nos indicó el barbilampiño de antes.

—¿Os habéis fijado en la gran cantidad de mutoides que había ahí dentro? —preguntó alguien a quien no creía haber visto jamás. Todos nos volvimos hacia él y, aún a nuestro pesar, asentimos: aunque en primera instancia la atención se había centrado en la Máquina, los cadáveres de los nuestros y los rayos fulgurantes que salían de las armas de ellos, bien era cierto que, por toda la sala, miles y miles de mutoides vagaban de un lado para otro, como desorientados, mordiéndose unos a otros a diestro y siniestro.

—Dejémonos de gilipolleces: vamos a por las armas —aconsejó Andrea de manera práctica. Nos encaminamos, ligeros, hasta la supuesta armería y derribamos no sin dificultad la puerta. Dentro no había gran cosa: una veintena de fusiles y otros tantos intimidadores sónicos. Un turco cogió uno de estos y comprobó su batería.

—Esos no funcionan con ellos, sus trajes los aislan. En el Ejército lo sabíamos bien —dijo alguien que entraba en ese momento en la habitación. Era Okan, que sangraba visiblemente por la ceja—. Será mejor que cojamos todos los fusiles y echemos a patadas a esas mierdas de nuestro Complejo. Eso sí, alguno de nosotros tendrá que subir al siguiente nivel para pedir refuerzos porque los comunicadores no funcionan —paseó la mirada entre nosotros y finalmente señaló a un chipriota que no debía tener más de dieciséis años—. Tú, idiota, corre lo más que puedas y trae a todos los guardias que puedas, ¿entendido?

—¡Yo no quiero ir! ¡Yo quiero luchar! ¡Mataron a mi familia! —gritó el chico con resolución. Okan, con una falta de delicadeza fuera de toda duda, le propinó un bofetón que casi lo tumba.

—¡Pues te jodes! Puede que te esté dando unos minutos más de vida, así que no te quejes, pedazo de imbécil.

El chico se incorporó y salió corriendo de la armería sin decir ni una palabra. Entre el resto cogimos todos los fusiles y volvimos a la Sala de Máquinas. Tras un rápido vistazo apenas vimos a cinco de los nuestros, aunque detrás de unos cubos de metal parecía que había alguno más que desde nuestra posición no podíamos sino intuir.

También los veíamos a ellos, claro. Seguían estando en la misma posición, y no parecían haber tenido más que tres o cuatro bajas. Los mutoides, por su parte, apenas eran visibles ya, y cientos de ellos estaban entrando por el agujero que el Taladrador había abierto en la pared.

—¡Malditos chinos! —bramó uno de mis compañeros. Okan lo fulminó con la mirada.

—¿Qué chinos ni que perros muertos? ¡Fíjate bien, subnormal! ¿Miden los chinos metro y treinta? ¿Eh? Si nunca los hubieras visto, lo entendería pero... ¡coño! ¡Ahí los tienes, animal! ¡Está clarísimo que son extraterrestres! ¡Mira que tecnología! —dijo en un inglés fluido mientras señalaba al Taladrador y a los pequeños humanoides vestidos con trajes similares a los de astronauta, aunque en miniatura. La verdad, la siniestra verdad, era que nadie sabía a ciencia cierta qué o quienes habían destruido nuestro mundo y nos había empujado hacia el subsuelo: chinos, neo-islamistas, extraterrestres, adventistas del Séptimo Día, ¿qué más daba ya?

Armados y furiosos irrumpimos en la sala, disparando contra ellos con suerte dispar. Avanzamos hacia el Taladrador con paso firme, ocultándonos entre las inmensas máquinas y ganando metros poco a poco. Los guardias supervivientes se nos unieron, y formábamos una pequeña tropa, pues, de unas veinticinco personas a cuyo mando estaba Okan. Finalmente los rechazamos y tuvieron que huir hacia el agujero. Nuestra irrupción por sorpresa había sido un completo éxito: sólo habíamos perdido tres hombres.

—¡Tras ellos! En ese túnel será fácil cazarlos —ordenó Okan. Ninguno de nosotros previó lo que iba a pasar; nadie recomendó que defendiéramos la actual posición en espera de la llegada de los refuerzos. Así, todos nos introdujimos en la hendidura. Dejamos atrás el Taladrador y continuamos avanzando con la ayuda de un par de focos portátiles que alguien, previsor, había llevado consigo. El túnel era ancho y recto; teníamos una visibilidad de al menos cincuenta metros por delante nuestro: las posibilidades de caer en una emboscada eran, pues, remotas.

Y sin embargo, y después de apenas tres minutos de avance, la oscuridad se cernió sobre todos. Y luego, el silencio.


3. ELLOS

Desperté en un pequeño nicho de cristal opaco. Mirara hacia donde mirase sólo veía a otros hombres en nichos amontonados sobre y bajo mí, y a ambos lados, irreconocibles al no ser más que sombras. Todos estaban vivos, o al menos los cuatro que yo tenía más cerca.

Pasaron las horas y finalmente fui sacado de allí. A los pies de mi nicho se abrió una compuerta; unas manos fuertes tiraron de mis piernas sin contemplaciones. Dos de ellos, aún embutidos en trajes que ocultaban su verdadero aspecto, me desnudaron, me encadenaron de pies y manos y me condujeron hacia donde estaba Okan, también desnudo y atado.

—Los juicios son de dos en dos —nos informó uno de ellos con una voz metálica que, probablemente, no le pertenecía. Fuimos llevados de mala manera por varios pasillos de lo que parecía ser un complejo subterráneo parecido al nuestro aunque más angosto y toscamente cavado en la roca, como si hubiera sido construido por conejos gigantes, hasta que se nos arrojó al interior de una sala en la que, por fin, pudimos ver sus caras y admirar la naturaleza del enemigo que supuestamente había destruido nuestra civilización.

Nos hicieron sentar en un banco bajo de madera. A un lado y a otro de la sala, varias decenas de ellos nos observaban con expresión mustia. Frente a nosotros, y flanqueado por dos soldados, estaba sentado sobre una banqueta el que parecía que iba a ser el juez.

—Procedemos a juzgar a los dos primeros prisioneros. Lo haremos en un idioma que ellos puedan entender para que, llegado el momento, puedan defenderse de los cargos que se les imputan —entonó el juez con una voz igualmente metálica, en inglés. Oí claramente como algunos de los presentes, al hablar entre ellos, lo hacían de una manera muy diferente, basada en los chasquidos de algo que no dudaría en calificar como "lengua".

Uno de los soldados se acercó a Okan y le hizo levantarse.

—¿Nombre? —preguntó el juez. Okan miró a un lado y a otro de la habitación antes de contestar.

—Yo soy Okan —respondió obstinadamente en su idioma. El juez gruñó.

—¿Eres turco?

Uno de los que estaban a nuestra derecha se levantó y tomó la palabra.

—Turquía pertenecía a la OTAN, Excelencia.

El juez se puso en pie sobre la banqueta y levantó ambas manos.

—Okan, turco: se te acusa de ser turco, por tanto de pertenecer a un país de la OTAN, por tanto de pertenecer al bando que provocó la guerra que ha destruido vuestro mundo y os ha empujado hacia el nuestro poniendo en peligro la supervivencia de ambas especies. ¿Cómo te declaras de este cargo?

Okan empezó a tartamudear.

—Yo... ¡Yo no tengo nada que ver con la guerra! Yo era minero en Antalya y cuando la guerra empezó estaba de vacaciones en Mikonos y aquí quedé aislado hasta que tuvimos que descender, eso es todo.

Okan mintió, pues había llegado a ser sargento del ejército aliado. En todo caso, ellos no podían saberlo.

—Conste en acta que el acusado se declara inocente alegando no pertenecer al Ejército ni al Gobierno —el juez se volvió hacia los asistentes de nuestra derecha—. ¿Aceptan como verdadero y bienintencionado su testimonio?

Uno de ellos se levantó y se dirigió a Okan.


Ilustración: Duende

—¿Eres homosexual? ¿Por eso veraneabas en Mikonos?

Me maravillé de lo bien informados que estaban esos seres. Okan asintió.

—¿Aceptan como verdadero y bienintencionado su testimonio? —repitió el juez sin que su voz denotara disgusto por la interrupción. Unas pocas manos se alzaron.

—Rechazada la alegación. Por este cargo se te condena a veinte años de trabajos forzados.

Okan empezó a llorar como un niño. El juez prosiguió.

—Okan, turco: se te acusa de haber sido el cabecilla de un ataque contra nuestras Fuerzas Armadas, y por tanto de ser el responsable directo de la muerte de cuatro de nuestros camaradas. ¿Cómo te declaras de este cargo?

—¡Estaban atacando nuestros generadores de energía! ¡Estaban poniendo en peligro la supervivencia de la colonia!

—Conste en el acta que el acusado se declara inocente alegando defensa propia. ¿Aceptan como verdadero y bienintencionado su testimonio?

Los miembros de lo que parecía ser una especie de jurado vacilaron unos instantes y acabaron por no levantar la mano.

—Era un ataque, pero nosotros también actuábamos en defensa propia, como bien sabe su Excelencia —respondió de mala gana uno de ellos.

El juez volvió a gruñir.

—Rechazada la alegación. Por este cargo se te condena a treinta años de trabajos forzados y a la castración.

El juez silbó.

—Enfermera, por favor.

De la izquierda surgió una figura que en nada parecía diferir del juez o del resto del auditorio pero que, según parecía, correspondía a una hembra de la especie. Se acercó a Okan y le sacó un poco de sangre con un aparato parecido a un sacacorchos. Luego insertó este aparato en una pequeña consola de mano y, tras un par de minutos de comprobaciones, dio su veredicto:

—Está limpio.

El juez palmeó sus manos, si es que pueden llamarse así.

—Ya no hay más cargos —informó.

Okan se lanzó ante el juez y, poniéndose de rodillas, imploró clemencia. Los soldados lo alzaron con violencia y lo volvieron a colocar en su sitio.

Ahora me tocaba el turno a mí. El juez se volvió y me miró directamente a los ojos. Yo me levanté sin esperar que los guardias me obligaran a hacerlo.

—¿Nombre? —preguntó.

—Soy Eusebio, y soy español.

El juez miró al jurado: varios de sus miembros asintieron.

—Eusebio, español, se te acusa de ser español, por tanto de pertenecer a un país de la OTAN, por tanto de pertenecer al bando que provocó la guerra que ha destruido vuestro mundo y os ha empujado hacia el nuestro poniendo en peligro la supervivencia de ambas especies. ¿Cómo te declaras de este cargo?

Quise probar suerte.

—Me declaro culpable involuntario, pues es cierto que soy español y que España pertenecía a la OTAN; no obstante, yo nunca he formado parte del Ejército, ni he sido trabajador, voluntario ni asalariado, del Gobierno de mi país, ni he apoyado guerra alguna ni, desde luego, he bajado por voluntad propia al subsuelo, ya que soy de superficie y anhelo volver a ella.

El juez pareció sonreír.

—Conste en acta que el acusado se declara culpable con atenuantes. ¿Aceptan como verdadero y bienintencionado su testimonio?

Los miembros del jurado me escrutaron unos segundos con sus grandes ojos azules. Yo bajé humildemente la cabeza y, por el rabillo del ojo, vi que muchos de ellos levantaban sus brazos.

—Aceptada la alegación por mayoría absoluta. Queda declarado no culpable. Por este cargo se te condena a cinco años de trabajos forzados.

Sonreí para mis adentros. El haber sido el segundo en ser juzgado me daba una ventaja nada trivial, una vez vista la causa sobre Okan.

—Eusebio, español: se te acusa de haber participado en un ataque contra nuestras Fuerzas Armadas, y por tanto de ser el responsable indirecto de la muerte de cuatro de nuestros camaradas. ¿Cómo te declaras de este cargo?

De esta iba a ser menos fácil escapar, pero lo intenté asimismo.

—Me declaro culpable involuntario, pues es cierto que me uní al grupo atacante sin oponer resistencia. No obstante, yo creí firmemente lo que los hombres al cargo del grupo nos dijeron: que habíamos sido atacados sin previo aviso y sin que mediara provocación por nuestra parte. Ignoraba que hubiéramos sido nosotros los primeros en iniciar el ataque.

—Conste en acta que el acusado se declara culpable con atenuantes. ¿Aceptan como verdadero y bienintencionado su testimonio?

Volví a repetir la escena anterior, y el resultado fue parecido, aunque algo menos favorable ya que el jurado no podía olvidar que el delito era de sangre.

—Aceptada la alegación por mayoría simple. Queda declarado no culpable. Por este cargo se te condena a diez años de trabajos forzados —Y, sin pausa, llamó a la enfermera, que me sacó sangre y la analizó in situ.

El aparato dio unos pitidos. Ella levantó la vista hacia el juez, asintió y se alejó de mi lado, no sin antes dedicarme una mirada glacial.

El juez carraspeó.

—Eusebio, español, se te acusa de haber asesinado a infantes de nuestra especie y de haberlos consumido como alimento. ¿Cómo te declaras de este cargo?

No entendí lo que quería decir, por supuesto.

—No sé de qué me está hablando. Yo no he matado a nadie y... desde luego que no me he comido a ninguno de vosotros.

—Haga memoria —me instó.

De repente vi claramente que ellos se parecían a... pero, ¿quién iba a suponerlo?

—Son... —empecé a decir—, ¿son sus hijos?

—Sí, uno de los estados de nuestro crecimiento, el larvario, por llamarlo de una forma que usted entienda. ¿Cómo te declaras de este cargo?

—Yo... ¡yo no sabía que eran vuestros hijos! Y, en todo caso, juro por Dios que no los maté. Los cazadores se ocupaban de eso, y luego los de cocina los cocinaban y...

—¿Cuál es su trabajo, Eusebio, español? —preguntó el juez mientras esgrimía en las manos un pequeño objeto de símil piel que identifiqué rápidamente como mi cartera.

—Pertenezco a la Brigada de Mantenimiento —afirmé con rotundidad.

—Eso no parece ser cierto —El juez abrió la cartera y sacó una tarjeta de identificación—. Aquí lo pone bien claro: pertenece a la Cocina.

—Esa tarjeta es antigua —protesté—. Fui transferido... fui degradado a Mantenimiento hace ya meses, y entonces no comíamos todavía mutoides.

El jurado, indignado, empezó a agitarse en sus asientos.

—Pasaré por alto ese comentario. ¿Ha pertenecido o no a la Cocina?

—Sí, así fue hace tiempo. Ahora pertenecía a...

—¿Ha cocinado a nuestros congéneres?

—¡No, no, y mil veces no! Nunca he cocinado a sus hijos.

—¿Ha comido a nuestros congéneres?

—Yo... —no había forma de salir de ésta, y todos los allí presentes lo sabíamos: la enfermera seguía sosteniendo su consola portátil en sus brazos—. Primero dijeron que era pollo; luego, cuando descubrimos lo que era... ¡Nunca supusimos que pertenecieran a una especie inteligente! De haberlo sabido, Excelencia, yo jamás habría...

—Conste en acta —cortó tajantemente el juez— que el acusado se declara culpable con atenuantes. ¿Aceptan como verdadero y bienintencionado su testimonio?

Ninguno movió un músculo.

—Rechazada la alegación. Por este cargo se te condena a la muerte. La ejecución será inmediata en una sala habilitada a tal efecto— y, volviéndose hacia los soldados, gritó—: ¡Guardias! Cumplan la sentencia del Tribunal Migh, por favor.

Y me llevaron a rastras. Al pasar ante Okan este me dijo, sonriendo débilmente:

—Mi religión me ha salvado: ¡yo sospechaba que eran animales impuros!


4. YO (por última vez)

Todavía es 4 de Vendimiario. Ignoro qué ha sido de Mikonos IV, si habrá caído o si habrá resistido a los envites de esta especie desconocida que, según infiero de mi experiencia con ellos, lleva siglos conviviendo con nosotros e imitando nuestra tecnología. Tampoco sé si Andrea ha sido ya juzgado, pero sé de sobra que él, igual que David o Igor o tantos otros, serán acusados de asesinato tal y como lo he sido yo, y acabarán ante un pelotón de fusilamiento parecido a éste que ahora tengo frente a mí.

Ya todo da igual. Allí donde voy no volveré a soñar con las abejas, al menos eso me consuela. ¿Por qué no me picaban? Porque, dentro de lo posible, albergaban en sus cabecitas algo de racionalidad: un ataque sería una victoria pírrica, pues estaría acompañado de sus propias muertes. ¿Fueron los chinos? Es probable que así fuera. Si no, cualquier otra nación pudo haber causado semejante desgracia: clavaron el aguijón y demostraron ser más tontas que unos vulgares insectos.

O tal vez fuimos nosotros y los migh tienen razón. Que Dios nos ampare.



Supongamos que un día se descubre que lo que hemos estado comiendo está en condiciones de tratarnos mucho peor de lo que nosotros lo tratamos.

Ya hemos presentado a Víctor Miguel Gallardo Barragán. Reiteremos que nació en Granada en 1979, es licenciado en historia, diseñador gráfico, escritor y editor. Ha publicado una antología de relatos, Línea 1 y ha aparecido en la revista Valis, en la II Antología de El Melocotón Mecánico, en el diario Ideal y en el sitio NGC3660. Es co-fundador con Gabriela Campbell de Ediciones Parnaso, dentro de la cual es responsable de la colección Vórtice de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror. Actualmente preside la AEFCFT. En Axxón 148 apareció su cuento "Una historia verdadera" y en Axxón 150 "Cerdo agridulce, estilo mandarín".


Axxón 160 - marzo de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Conflictos: España: Español).

            

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