TURISMO DE GUERRA

Gabriel Bermúdez Castillo

España

—Bueno... —había contestado el de la agencia de viajes—. Lo que se dice safaris propiamente dichos, ahora es imposible. Con eso de la protección de los animales, las especies a extinguir y todas esas cosas... ya sabe. Pero usted, señor Herrero, es hombre de posibles. Si puede dedicar a esto un par de semanas, y ¡eh! una buena suma de dinero, puedo proporcionarle una aventura de lo más excitante.

—¿Mujeres? No. Ya estuve en Tailandia, y fue un fracaso. Anita se obstinó en venirse conmigo. No hubo manera de hacer nada. Además, no sé por qué, pero esas chicas orientales no me gustan.

—No es eso precisamente. Un momento.

El hombre de la Agencia hizo unos números en un block. Luego, con un gesto de complicidad, deslizó la hoja con los cálculos hacia su cliente. Permaneció en silencio, contemplando al señor Herrero, que había dado un resoplido al ver el guarismo final. Observó el rostro cuadrado y un poco brutal, el grueso brillante en el dedo anular de la derecha, la cadena de oro, robusta como una maroma, que se adivinaba bajo la camisa de seda italiana y sobre el velludo pecho. Pensó que aquel hombre era el cliente ideal para esta... eh... aventura. Dinero, ansia de notoriedad y falta de buen gusto. Y podía pagar aquel precio. Era habilidad suya proponerlo solamente a quien lo pudiera pagar. Conocimiento de la clientela se llamaba eso. Pero ahora venía la segunda parte, la que también requería un perfecto conocimiento de la psicología del cliente. Al llegar a este segundo punto, solamente uno de los aceptantes del presupuesto inicial se había negado a seguir.

El señor Herrero (Andy, para los amigos) hizo un gesto de duda.

—Por ese precio —dijo—, debe ser algo extraordinario.

—Lo es —afirmó el agente—. Incluye todos los gastos de traslado, manutención y seguro, así como, en su caso, la utilización de medios, excusas o sistemas para que la familia no quiera o no pueda acompañarle. Esto se refiere al montaje para hacer aparecer la cosa como un viaje de negocios. Si resulta que el único medio de convencer a la esposa es mandarla de compras al extranjero, o pagar una estancia en un castillo alemán con sus mejores amigas... eso no esta incluido, naturalmente.

—Naturalmente.

—¿Teme usted al peligro, señor Herrero?

El cliente lanzó una carcajada demasiado fuerte.

—No he llegado a donde he llegado por temer al peligro.

—¿Quiere usted saber de qué se trata?

—Largue por esa boca, amigo.

Al agente de viajes, que era un hombre culto, Licenciado en Filosofía y Letras, y estudioso del siglo XVII español (pero solamente la época de Felipe IV) estas expresiones un poco vulgares le hacían sentir frío. Pero comenzó a explicar.

Una semana después, habiendo invertido una buena suma suplementaria para que su esposa, Anita, y sus dos inútiles hijos hicieran un crucero por el Mediterráneo, mientras su adorado padre se desplazaba al extranjero para un negocio de gran importancia, el señor Herrero cogió un avión que le llevó desde el aeropuerto de Barajas hacia Oriente. Tras una escala en el aeropuerto de Larnaca, Chipre, el aparato tomó tierra, por fin, en el aeródromo de Khaldé, al Sur de Beirut. No dijo nada, aunque suponía que no era ese su destino final. En Beirut, que visitó anteriormente por razón de negocios reales, no había prácticamente nada que pudiera representar una diversión.

El 707 se detuvo con brusquedad, y los pasajeros salieron en tromba, corriendo bajo una ligera lluvia, hacia las destrozadas instalaciones. A sus espaldas, el aparato hizo rugir los reactores y comenzó a carretear sobre la pista. Despegó de nuevo. Ya lo habían advertido en Chipre; los reactores no se detenían allí más que lo imprescindible. Había guerra civil, y si algún suicida quería quedarse en aquella ciudad, eso era asunto suyo, no de las Middle East Airlines.

En la sala de espera, los techos eran puros jirones de escayola, no había un solo vidrio sano, y las paredes estaban desconchadas por impactos de todos los calibres existentes. A través de altavoces desvencijados, la emisora "La voz del Líbano" aullaba consignas variadas, intercaladas con músicas árabes que al señor Herrero le sonaban como un cesto de gatos apaleados. Aquello empezaba bien. Si no fuera por el premio final...

Le tocaron la espalda. Se volvió. Era un hombre corpulento, al que las ropas de paisano caían mal. Lo encontró simpático, hallando cierta familiaridad en aquel rostro cuadrado y aquella mandíbula cortada con hacha. Tenía los ojos azules, carentes de expresión.

—¿Are you the number two zero zero six, please?

—Yes, I'm —respondió el señor Herrero—. My name is Andy.

O.K., Andy —respondió el otro, con una camaradería un tanto brusca, muy militar—. Come in. For you, I'm only Hill.

Salieron de nuevo a la lluvia y corrieron hacia un extremo del aeropuerto. Oyeron un estampido. Cerca del edificio de la terminal se elevó una peonza de humo negro. Aumentaron la velocidad.

Afortunadamente, en virtud de las instrucciones recibidas, Andy Herrero llevaba solamente un reducido maletín. Llegaron hasta un pequeño airbus, capaz todo lo más para veinte pasajeros, que esperaba con los motores en marcha. Ostentaba unos emblemas totalmente desconocidos. Varios hombres, con uniforme militar de camuflaje y armas al cinto, esperaban. Uno de ellos dijo algo en un lenguaje extraño, que el señor Herrero no había oído nunca. Pero estaba claro el significado: les urgía para que subieran. A lo lejos, surgieron nuevas peonzas de humo negro. Bill las señalo, riendo.

¡Size 155! —dijo—¡Very deadly!

Subieron. Los dos motores de hélice aumentaron brutalmente su régimen, y el aparato cabeceó sobre la pista llena de agua, para después elevarse con rapidez. Con cierta consideración, Bill ató el cinturón de seguridad de Andy Herrero. Y era un verdadero cinturón de seguridad, ancho, fuerte, lleno de remaches, y con una hebilla de presión. No los cintajos deshilachados y debiluchos de los reactores de línea, incapaces de sujetar un gato recién nacido. Por otra parte, aquel aparato no tenía asientos normales, sino unos bancos corridos a ambos lados del fuselaje. Los espacios libres estaban ocupados por cajas pintadas de verde oscuro, con letras amarillas. Claramente, material de guerra, todo ello.

El señor Herrero, sintiéndose muy emocionado, se durmió. Se despertó un solo momento, y a través de las ventanillas vio que era de noche. Volvió a coger el sueño. Una sacudida brusca hizo que se despertase de nuevo. El airbus aterrizaba, y a juzgar por los traqueteos y sacudidas, la pista de aterrizaje era, probablemente, de tierra, y además, llena de baches. Quiso levantarse, pero se lo impidieron. Bill le entregó una taza llena de café aguado y un par de donuts. Fuera se oían gritos guturales y sonidos metálicos. Evidentemente estaban repostando combustible. Se abrió la puerta, y subió una mujer alta y grande, vestida igualmente con uniforme de camuflaje, verde, ocre y kaki. Al cinto, una cantimplora, con las iniciales U.S., una pesada pistola con las letras F.N. en la culata, y un par de granadas Mills, con los surcos de fragmentación brillando bajo la mortecina luz del techo. Tenía unas formas opulentas y bien marcadas por la basta tela del uniforme, y un rostro ancho, con labios gruesos y tez de un tono canela oscuro. Los ojos eran negros y muy brillantes. Exhalaba una sensualidad animal, que puso un poco nervioso a Andy Herrero.

Se cerraron las puertas. Los motores rugieron de nuevo. Con un sonido de succión, el aparato despegó otra vez. Se vieron pasar copas de árboles por las ventanillas. La mujer se sentó junto al señor Herrero. Olía ligeramente a sudor femenino; no era desagradable.

—Soy la teniente Runelda Muller —dijo, con un fuerte acento sudamericano, que el deportista español no pudo localizar—. Estoy encargada de acompañarle a usted, y de ponerle en antecedentes. ¿Conoce esto?

De debajo del banco corrido extrajo un rifle largo y de extraña forma. Andy Herrero lo tomó en sus manos. Tenía la culata hueca, conservando sólo la forma exterior, un cargador curvo y una mira telescópica, delante de la cual el delgado cañón estaba cubierto en parte por un refrigerador perforado. No se parecía a nada que hubiera visto antes. Lo sopesó cuidadosamente. No pesaba demasiado.

—Cuatro kilos, trescientos gramos —dijo la teniente Muller, contestando a una pregunta que no había sido hecha—. Mortal hasta tres mil ochocientos metros, aunque el alcance eficaz es de mil trescientos.

—Es un arma curiosa —respondió el comerciante—. Yo tengo un Henry; lo he usado para matar jabalíes.

—Sí —respondió ella—. Lo conozco. Un 30-06. Es bueno. Lo que tenemos aquí es algo mejor, es un arma para snipers, para matar personas. Le voy a enseñar como funciona esto, número 2.006...

—Andy, Andy, si no le importa.

—No me importa. Pero no me diga más. No queremos saber nombres ni apellidos, ni tampoco procedencia, aunque se nota perfectamente que usted es español. Solamente en caso de un extremo perjuicio....

El señor Herrero se estremeció al oír esa forma tan elusiva de denominar lo que era simple y sencillamente la muerte.

—¿Peruana? —preguntó, para cambiar de conversación.

—Nací en Maracaibo, Venezuela. Pero dejemos los temas personales. Están prohibidos. Óigame, hermano. Esto es un Dragunov, calibre 7,62 mm. con mira telescópica, hecho en Rusia en producción limitada, modelo del año pasado. Prácticamente de artesanía, construido a mano, como quien dice, y preciso como un ordenador. Utiliza estos cartuchos express con carga reforzada, y las balas tienen alma de acero.

—Parece una maravilla.

—Lo es. Cómo es lógico, es especial para usted. Nuestras tropas no pueden usar armas tan sofisticadas.

—De acuerdo. Y ahora, ¿puedo saber ya adónde vamos?

—Más o menos. De todas maneras, si tiene éxito en su empresa, al final habrá de enterarse. Vamos a un lugar asqueroso donde hace un calor insoportable, y donde el agua no se puede ni mirar, de tan llena de microbios que está. ¿Se puso usted las vacunas?

—Claro que sí. Y ese país...

—No es un país. Hay quienes quieren que lo sea, y que tenga el nombre de Pirvi Kain, sea eso lo que sea en su maldita lengua. En cuanto a nosotros, incluyéndole a usted, Andy, nuestra misión es impedir que llegue a serlo nunca. Somos una especie de fuerzas del orden.

—¿Legales?

—¡Claro! Las fuerzas que tratan de reprimir esas independencias son legales siempre... ¿no lo sabía?

A poco, el airbus comenzó a perder altura. Esta vez si le permitieron asomarse a una de las ventanillas. Sólo vio un mar de vegetación espesísima, de un intenso verde, que se extendía en todas direcciones. No tenía ni la menor idea de donde estaba, aunque no era difícil suponer que en el Sureste Asiático. Surgió un rectángulo muy alargado, de color amarillo, donde destacaban las siluetas en miniatura de varios cazas a reacción. El piloto comenzó a intercambiar rápidos mensajes con tierra. La teniente Muller se volvió hacia él.

—¡Que descuidada soy! Se me ha olvidado lo más importante. Tenga; póngase esto.

Le tendía un uniforme similar al suyo, sin insignias. Solamente llevaba en el pecho un rombo rojo con el número 2006 en cifras doradas, de metal. El señor Herrero se lo colocó, un poco molesto por tener que desnudarse ante una mujer. Pero Bill estaba haciendo lo mismo, con evidente satisfacción, y la teniente Muller no prestaba la más mínima atención ni a uno ni a otro.

Le tendían una pistola similar a la que todos llevaban. Una F.N.

—¿Sabe usted usarla?

—Claro.

—Pues no se separe de ella. Ni del fusil tampoco. Esta noche descansará usted. Y mañana tendrá su oportunidad de demostrar lo que vale.

Una risita malintencionada, que descubrió unos dientes aguzados como los de un yacaré. A veces, esta Runelda Muller parecía más una fiera que una mujer.

—Si todo sale bien, Andy, es posible que nuestro jefe, el General Sholemi, le salude personalmente y le agradezca. Es un gran hombre.

—Seguro que lo es.

La noche cayó sobre el campo de aviación de una forma repentina, mientras las hélices del pequeño airbus aún giraban. Al descender, una bofetada de calor inhumano sobrecogió al señor Herrero. Ni en los peores días de julio o agosto, en pleno Madrid, hacía una temperatura tan bestial como ésta. En unos segundos, todo su cuerpo chorreaba sudor, y los pulmones apenas podían absorber aquel aire que semejaba el aliento de un horno. Corrió apresuradamente, creyéndose un trozo de carne sumergido en agua hirviente, hacia la dudosa sombra de un grupo de árboles copudos.

Se oían estampidos sordos, y el horizonte relampagueaba. La teniente señaló hacía allí.

—Ahí están esos condenados. Pero no se preocupe. Ahora debe cenar y dormir. Mañana le despertaré temprano.

A Andy Herrero no le disgustaba aquella mujer. Hasta cierto punto le excitaba el uniforme sobre los opulentos pechos, el olor a sudor y a cuero, la forma descarada y brutal como se manejaba.

—¿Por qué no se queda conmigo esta noche?

Ella se echó a reír. Luego se relamió los gruesos labios, se adelantó un poco, y le besó en la boca, sin excederse.

—Por el bien tuyo, mi hermano. Tengo los anticuerpos, y además uno de esos hijos de puta —señaló hacia el barracón de oficiales—, me pegó unas purgaciones orientales que no hay antibiótico que pueda con ellas. No hago más que echar pus verde. ¡A saber qué malditos gonococos cría este asqueroso país! Pero si te atreves...

—Otro día, otro día —dijo el señor Herrero, apresuradamente, sintiendo que la erección experimentada se reducía velozmente hasta dejar su pene del tamaño de una almendra, y no de las grandes.

Le acomodaron en un barracón Quonset, de chapa ondulada. Bill le propuso comer solo, ya que le habían preparado unos manjares especiales. Pero el señor Herrero se sentía muy lleno de camaradería, muy en su papel, y solicitó el honor de cenar en compañía. Así que Bill y cuatro amigos suyos le recibieron en su mesa. Sacaron varias raciones K, en la característica envoltura de cartón color verde oliva, y comenzaron a comer. En la de Andy Herrero salieron dos latitas, una con atún y otra con un rollo de tarta, un chicle, un sobre de soda, media docena de caramelos, un preservativo y otro sobre con café en polvo. Viendo su cara de tristeza, y después de un intercambio de opiniones, el de mayor graduación firmó un vale, y le trajeron otra ración K. Mientras la abría vio que los demás ya no tomaban nada. Preguntó.

—No —respondió Bill—. Sólo podemos tomar una. En este momento, los suministros andan escasos.

Con gesto heroico, pero con un hambre espantosa, el empresario apartó de sí la ración K. Afortunadamente, la cerveza abundaba. Era una cerveza paliducha, que sabía un poco a salvado, y cuya etiqueta mostraba el rostro de un general oriental, que sonreía sobre una hilera de letras raras unidas entre sí por una barra superior. Atiborrándose de cerveza, quizá olvidase las protestas de su estómago.

Le sobrecogió una fuerte palmada en los hombros. El oficial de mayor graduación acababa de dársela, mientras reía a carcajadas. En lo que prontamente le acompañaron los demás, incluso Bill. Andy no comprendía nada. Pero sí lo comprendió cuando dos ordenanzas trajeron una buena fuente de emparedados, un cochinillo asado, media docena de Botellas de Cabernet, y un tarro cilíndrico con helado.

Había sido una broma, una novatada. Con mucho gusto Andy Herrero les habría roto la cabeza a mamporros. Solamente le agradaban las bromas cuando las gastaba él, y en ese caso era tan generoso que no le importaba que fueran pesadas. Pero esto, a pesar de ser bastante inocente, no le había gustado nada. Sin embargo, ¡qué remedio quedaba! Puso buena cara y devoró los manjares. Al final, una copa generosa de coñac Hennesey V.S.O.P. le reconcilió un poco con el mundo. Y más, pensando en la aventura de mañana...

Durmió medianamente, entre estampidos lejanos, tableteo de ametralladoras amortecido por la distancia, y gemidos ensordecedores de reactores que despegaban. El aparato de aire acondicionado debía ser contemporáneo de Alfonso XIII, porque funcionaba espasmódicamente, entre chirridos y gorgoteos, lanzando tan pronto rachas de aire polar como vendavales caldosos, cargados de olor a aceite de máquinas. Le despertó una mano dura que le agitaba. Era la teniente Runelda Muller, con traje de campaña, casco de acero, y un Armalite al hombro.

—¡Las cuatro de la mañana! ¡Arriba, holgazán!

Se vistió apresuradamente. Ella no le permitió lavarse ni afeitarse, y en cuanto a ducha, era mejor no tomarla, si no quería verse invadido por quien sabe qué mortíferos parásitos. Allí, cuando querían asearse, tenían que coger el airbus e ir a la capital, a quinientos kilómetros de distancia. O hacerlo con algo que llevaba tal cantidad de cloro que dejaba la piel de color clara de huevo.

Un helicóptero agitaba sus aspas en la oscuridad, con el zumbido entrecortado que era peculiar de esos aparatos. Le dieron una taza de café espeso, que le hizo mucho bien, y le subieron al interior, depositándole entre dos cajas de misiles aire-tierra. La teniente se acomodó a su lado, presionándole con una cadera maciza como una roca.

Lanzó un alarido en aquella lengua desconocida que todos parecían entender. El helicóptero se levantó con brusquedad, inclinándose hacia adelante; luego, salió disparado hacia el frente. En la portilla, un negro con casco y chaleco antibalas se agarraba a una ametralladora sujeta a un eje de acero.

El señor Herrero no se encontraba demasiado bien. Había pensado mucho en este momento. Desde que el agente de viajes le explicase con cierto detalle en qué consistía y abonase la abultada suma que costaba la expedición, hasta ahora mismo en que, provisto de su fusil ruso y de su decreciente valor, iba a enfrentarse con el destino. Quizá si hubiera descansado mejor, quizá si no hubiese abusado del Hennesy la noche anterior... Pero se animó, pensando que si todo iba bien, cualquiera de sus amigotes de Madrid se moriría de envidia al ver el certificado firmado por el General, las fotos, los vídeos, todo.

El helicóptero lanzó un chillido, cabeceó de la misma manera que un conductor beodo, y cayó como una piedra. El estómago de Andy Herrero le subió a la boca. Un brusco topetazo indicó que el tren de aterrizaje acababa de tomar contacto con el suelo. El piloto aullaba:

—¡Raus, raus! ¡Snell, snell!

No era preciso saber alemán para entender lo que aquello quería decir. Sintiéndose cada vez mejor, el empresario saltó al suelo, acompañado solamente por la teniente Muller. Con confianza, Herrero miró hacia todas partes, a la luz creciente de un amanecer rosado.

Estaban en un claro en medio de la selva, de la que sólo surgía un silencio de muerte y olor a podrido. Recibió un manotazo en un muslo.

—¡Al suelo, idiota!

El helicóptero había salido disparado hacía el firmamento, donde aún lucían algunas estrellas. Era sólo un punto verdoso en la lejanía. "A ver si ese cabrón no vuelve", pensó el señor Herrero.

Se arrastró por entre las hierbas crecidas y la hojarasca hacia los troncos próximos. En mitad del claro relucía la lámina de plata de una pequeña laguna. Gorgoteaba un chorrito de agua, que manaba entre las rocas cubiertas por excrecencias verdosas. Con trabajo —las comidas en Lhardy habían favorecido que su vientre adoptase una incómoda forma de pera—, se arrastró junto a la mujer hacia la selva próxima. A pesar de su corpulencia, la teniente reptaba con sorprendente agilidad, llevando hábilmente el Armalite en el hueco de sus codos. En cierta ocasión, las manos del hombre rozaron uno de los poderosos muslos, y la excitación le invadió de nuevo. Pero no podía ser; ¡aquella chica era puro veneno!

Alcanzaron un lugar entre dos troncos, donde había unas cuantas rocas amontonadas, formando un rudimentario parapeto. En silencio, el señor Herrero introdujo el curvado cargador de diez cartuchos que el Dragunov admitía, y después, montó el arma. El primer cartucho —latón brillante y dorado, proyectil de cobre rojo con la punta acerada— entró suavemente en la recámara.

—Escucha, hermano Andy —dijo ella, en voz muy baja—. Estamos en territorio enemigo. A unas quince millas en el interior de sus líneas. Esos mal nacidos tienen la pésima costumbre de abrir el estómago de los prisioneros y comerse el hígado. Creen que les da virilidad... De manera que procura ser rápido y eficaz, y acabar pronto. El helicóptero nos espera allá arriba; en cuanto le avise con el radioteléfono bajará como una bala. La pieza que te hemos reservado tardará aún un cuarto de hora en aparecer. De manera que vamos a tomar unas vistas para recuerdo... Hay suficiente luz. A ver, camina por ahí cerca con el rifle en las manos, como si un peligro te amenazase... lo que no deja de ser verdad. ¡Vamos allá!

Hizo lo que se le decía. La teniente tomó igualmente varias fotografías, y después, valiéndose del automático de ambas cámaras y un trípode, rodó un par de escenas en que participaban ambos. Pero el señor Herrero no dejó de observar que, durante este trabajo, miraba con evidente preocupación y temor a los bordes del claro.

—Estas filmaciones —dijo ella, en cierta ocasión—, podrían haberse tomado en las cercanías de la base. Pero a vosotros os gusta la sensación de peligro, ¿verdad, número 2006?

Bueno; nunca le habían dicho que él fuera el único. Eso caía de su peso. Semejante organización tendría una clientela seleccionada, no muy abundante. Incluso solamente dos o tres por nación, como había dicho el agente de viajes... si es que no había mentido.

Un brusco sobresalto de Runelda Muller le sacó de su ensimismamiento.

—¡Ahí está! ¡Al escondrijo, rápido! ¡Viene antes de la hora!

En dos segundos, ambos se habían zambullido tras el pequeño muro de rocas. El señor Herrero asomó un ojo, con precaución. Al otro lado del calvero la maleza se movía ligeramente. Poco después apareció una figura vestida con un uniforme en tonos amarillos y verdes. Se cubría con un salacot, un casco de corcho de color gris. En una mano llevaba un gran jerrycan de metal (estaba claro que iba a buscar agua) y en la otra una pistola ametralladora. El corazón del empresario comenzó a latir velozmente, como si quisiera salírsele del pecho. Oyó una orden gutural. "¡Vamos! ¡Ahí está!". Al mismo tiempo, la teniente daba la contraseña al helicóptero para que comenzase el descenso. Mientras tanto, la figura uniformada había llegado a la fuente. Se inclinó y comenzó a llenar el recipiente. Sonó una maldición; la teniente Muller señalaba algo. Otra figura armada había aparecido en el borde del claro.

—¡Maldita sea! Pero, ¡si siempre ha venido solo! Y hoy, precisamente hoy, viene con escolta. Mira, Andy, aquí hay que jugársela, o se nos cargan a los dos...

—Pero esto no es lo que...

—¡Cállate! A ti te explicaron lo que era, y sabes bien que había peligro. Mucho más que si te vas al Atlas a matar un león... por eso es la mejor caza existente. Escúchame; el helicóptero está bajando. Hay que cargarse a los dos; yo lo haré con el que está cogiendo agua, que está más cerca. Tú, con ese rifle potente y con mira telescópica, liquidas al guarda que está lejos. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

El señor Herrero se sentía lúcido y sereno como nunca. La fatiga había desaparecido por completo. Encaró el Dragunov, asentó firmemente la culata en su hombro derecho, y movió el arma ligeramente hasta que el retículo del visor se centró en la lejana figura. El cruce de ambas líneas se fijó con firmeza en la cabeza cubierta por el casco gris.

—¿Listo?

—Sí... pero, ¡un momento!

—¿Qué pasa ahora?

Con un gesto brusco, tal vez por sentir demasiado calor, la figura al borde del claro se había quitado el salacot, mientras el de la fuente continuaba esperando que el chorrito de agua colmase el jerrycan. Una espesa mata de cabellos negros se derramó sobre las hombreras del uniforme; el rostro se volvió, revelando los rasgos femeninos, los ojos oblicuos, y los pómulos salientes de una beldad oriental.

—¡Es una mujer!

—¡Es igual, condenado! ¡Mátala de una vez, o nos matan ellos a nosotros! ¡Mátala!

—¡No puedo matar a una mujer! A mí no me dijeron esto. A mí me dijeron que participaría en una guerra, que podría cazar a dos o tres enemigos y que luego... Pero, ¡una mujer, una chica joven que podría ser mi hija!

—¡Escucha, imbécil...!

Se oía ya, un poco amortiguado, el retumbar de las aspas del helicóptero. Para colmo de males, la chica acalorada se quitó la guerrera, descubriendo un torso juvenil cubierto absurdamente por un diminuto sujetador de encaje rojo, que se contradecía totalmente con la vestimenta militar. Tenía unos pechos bonitos, bien curvados.


Ilustración: Fraga

Algo duro y frío se apoyó en la sien del señor Herrero.

—O la matas o te vuelo la cabeza. Nadie va a saber nunca si han sido ellos los que te han acabado... ¡Acuérdate del documento que firmaste!

Era cierto. Dadas las peculiares circunstancias de la cacería le habían hecho firmar una renuncia a toda responsabilidad en caso de que las circunstancias trajeran para él "un extremo perjuicio". Lo cual no quitaba la sustanciosa indemnización del seguro, pero...

La chica y el de la fuente miraban hacia arriba. El aparato era perfectamente visible. La pistola en su sien urgió, con un seco y doloroso golpe. Sudando por todos los poros, el señor Herrero apuntó al surco entre los pechos, delineado por el sujetador rojo. Resultaba algo más sensual matarla de un disparo allí. Después, con mano que no temblaba, apretó el gatillo. El restallar seco del fusil le hizo cerrar los ojos. Al segundo, detonó en sus oídos el mugir sordo del Armalite. Miró. La chica se deslizaba al suelo, con una flor de sangre entre los pechos; el de la fuente, mortalmente herido en la cabeza, había dado un bote de tres metros de alto, para caer después al suelo como una masa.

El helicóptero estaba a cincuenta metros de altura.

—Siempre saltan así —dijo la teniente—, cuando se les acierta en la cabeza. ¡Las últimas fotos, rápido! ¡Ponte junto a ella!

—Junto a la chica, no. Si acaso, junto a ese otro.

—¡Qué relamido, mi hermano! ¡Nos salió escrupuloso! Por lo menos, demonio, adopta una postura heroica...

Lo hizo. En treinta segundos, la eficaz Runelda hizo las fotografías y rodó las tomas finales en vídeo. Después colgó las cámaras a su costado, empuñó de nuevo el Armalite y corrió hacia el helicóptero, que despegó de inmediato.

El señor Herrero se dejó caer junto a las cajas de misiles. Le temblaba todo el cuerpo. Depositó a su lado, con renuencia, el esbelto Dragunov Sniper Rifle. Poco a poco, la impresión negativa de la cacería fue pasando. Bueno; era mejor no preocuparse. Después de todo ya sabía para qué venía y de qué se trataba. Pero, ¡a nadie se le había ocurrido decirle que en aquellos raros ejércitos orientales, las mujeres también luchaban!

Bebió a gollete de la botella de bourbon que le tendía la teniente. En el rostro de la mujer campeaba una sonrisa cruel y burlona.

—¿Qué te crees que hubieran hecho esos conmigo si llegan a cogerme? Ya me hubiera podido dar por satisfecha si se limitan a sacarme el hígado. A una compañera mía...

Y contó una historia con tales horrores que el señor Herrero se vio obligado a recurrir de nuevo al benéfico consuelo que la botella de bourbon ("Four Roses", uno de los mejores) representaba. Poco a poco, lo hecho tomó los tintes heroicos que debía tomar, y todo aspecto negativo fue desapareciendo.

Efectivamente, el general Sholemi le recibió en persona y le entregó una carta firmada por él donde se decía que, hallándose el comerciante español Andrés Herrero Muñoz en la República Mahdeví por motivo de negocios, se vio involucrado en un ataque de los rebeldes Pirvi Kain, defendiéndose con valor en unión de componentes del ejercito regular, y causando algunas bajas al enemigo. Ello había salvado importantes objetivos militares, en beneficio indudable del gobierno legítimo del país. Un cámara del ejercito había podido verificar varias tomas cuya autenticidad se garantizaba. La república Mahdeví, agradecida, concedía al valeroso español la orden del León Rojo, así como un trato de favor en sus futuras relaciones comerciales.

—Como es natural —dijo Runelda Muller, mientras le acompañaba al airbus que había de llevarle de vuelta a la civilización—, esto ultimo no es cierto. Realmente, el general no sabe muy bien lo que pasa. Nosotros nos sacamos un buen dinero y damos parte del mismo para financiar la campaña... Bueno, querido Andy, ha sido un placer conocerte. Si voy por España, me curo las purgaciones, y me garantizan que no transmito los anticuerpos, ya nos correremos una buena juerga tú y yo. A mí me gustan los hombres un poco llenos, un poco corpulentos, como tú eres...

La acogida de la expedición fue triunfal. Sus amigos cazadores se negaron a reconocer que la Orden del León Rojo pudiera considerarse como un trofeo de caza, pero la argumentación de que en caza mayor era importante el peligro, y que no había caza más peligrosa que aquella, resultó perfectamente válida. A pesar de sus protestas, se morían de envidia. Y la carta del general, la vistosa condecoración y las fotos, quedaban extraordinariamente bien en su despacho. Explicaba:

—Me encontraba en las selvas de la República Mahdeví, para ver las explotaciones de potasa...

—Pero si tú nunca has trabajado en potasas.

—Pensaba hacerlo. Me acompañaba una teniente venezolana, una chica preciosa y distinguida (resultaba extraño encontrarla en ese ambiente) cuando de pronto...

La aventura crecía, crecía.

Hasta que se desinfló como un globo pinchado cuando un conocido le comunicó que había visto otro certificado similar.

—Sí, hombre. Mendoza, el de los ahumados. También del mismo sitio... de la República ésa.

Al poco tiempo, los certificados, los vídeos y las fotografías correspondían a docenas de expediciones de caza. Por sus corresponsales en Francia, Italia, Inglaterra y el resto de la Comunidad Económica Europea, supo que aquellos documentos laudatorios abundaban como la mala hierba.

—Bueno —dijo el señor Herrero, resignado, mientras retiraba la carta y la condecoración de la pared—. Estuvo bien mientras duró... Pero ¡esos sinvergüenzas estaban financiándose la guerra a base de comerciantes estúpidos! No sólo les matábamos al enemigo, sino que, encima, nos costaba un montón de dólares el conseguirlo...

Y con la ira del deportista honesto que ha visto frustradas sus esperanzas, alzó el puño hacia Oriente, protestando a voz en grito:

—¡Me habéis estafado!



Guerras eran las de antes dicen, envidiosos, mutilados veteranos que no han tenido ocasión de disfrutar estas guerras modernas.

Gabriel Bermúdez Castillo nació en Valencia, España, en 1934 y reside en Cartagena, Murcia. No sólo es uno de los escritores más afamados y prolíficos del género en su país sino que además ha mantenido una vigencia absoluta a lo largo de tres décadas gracias al sencillo expediente de producir obras de calidad. Ha publicado las novelas El Viaje a un planeta wu-wei (1976), La piel del Infinito (1978), El señor de la Rueda (1978), Golconda (1987), El hombre estrella (1988), Salud Mortal (1993), Demonios en el cielo (2001) y El país del pasado (2003), además de un libro de relatos, Mundo Hókun (1971) y un volumen con tres novelas cortas, Instantes estelares (1994).


Axxón 160 - marzo de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ficción Especulativa: España: Español).

            

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