QUIRAMIR

Eduardo Abel Giménez

Argentina

"Vivimos en los bordes,
buscando el centro.
Vivimos en el aire,
al que llamamos tierra.
Vivimos al revés,
en la ciudad del sueño."

Un poema de Quiramir.


La ciudad es un témpano del que nueve décimas partes están escondidas. Y la parte visible es diferente para cada viajero: el que llega a Quiramir ve primero lo que la ciudad quiere mostrarle, según espere gustarle o no, según espere retenerlo en su interior o echarlo enseguida; y después lo que él mismo quiere ver, ya sea para quedarse o salir en el próximo vehículo que cruce el borde. Algunos no llegan a ver ni siquiera ese décimo, otros no oyeron hablar jamás de la ciudad, y unos pocos conocemos tanto de ella que sus secretos apenas suman algo más que lo que sabemos. Con esto quiero decir que yo también puedo guiarte por Quiramir para que encuentres lo que esperabas y lo que no esperabas, pero por encima de todo para mostrarte lo que yo quiero que veas.

Por ejemplo, podemos encontrarnos junto a la Puerta Norte. El viajero viene lleno de polvo, a menos que sea muy rico y pueda pagarse un transporte cubierto. Si el viajero no es tan rico, aparece montado en su caballo, y si es poco más que pobre, a pie. Los pobres del todo no suelen venir a Quiramir por la Puerta Norte: cuando llegan, no los dejan pasar.

Cuando el viajero anda a pie, sé que ese día no haré un negocio brillante, pero no puedo esperar a otro: a veces pasa mucho tiempo entre la llegada de un viajero y el siguiente, y hay muchos cambios de guardia antes de que se vea bajar por los caminos de las montañas una comitiva, un jinete o un vagabundo.

El viajero, entonces, llega a pie, y en cuanto consigue pasar los controles de la puerta me ve a mí. Estoy echado junto a la fuente que surge en la plaza de entrada, sin tocarla porque la ley no me lo permite. El piso está duro, pero yo también y quedamos a mano. El viajero no puede dejar de verme: llevo años estudiando el lugar más apropiado para ponerme a su vista. En cuanto cruza la puerta, el viajero mira a lo lejos, por encima de las primeras casas, tratando de orientarse. En la curva que describe su mirada se interpone la torre de la catedral, que está lejos pero asoma entre los techos y llama la atención por su brillo, y enseguida el viajero se da cuenta de que justo por debajo de la torre hay un chorro de agua: la fuente. Cuando se fija en la fuente, se fija en mí, una mancha oscura contra el fondo de mármol blanco. Entonces, aunque no le guste mi apariencia, se acerca a preguntar:

—¿Dónde puedo pasar la noche?

Apenas me mira, porque tengo la cara llena de granos y estoy vestido con trapos sucios. Pero no hay nadie más cerca, salvo alguna mujer que se asoma a un balcón, y los guardias. Ni los guardias ni las mujeres contestan preguntas a los viajeros.

—Depende —digo, y el viajero hace un gesto; quiere terminar pronto con los preliminares de su llegada a la ciudad, y no está dispuesto a escuchar los delirios de un mendigo. Me apuro a seguir, procurando mostrarle la pureza de mi acento y mi buena dicción. —Si el señor desea una habitación magnífica por menos dinero del que pensaba gastar, tal vez yo lo guíe al lugar correcto.

El viajero no está muy interesado en aceptar mi propuesta, pero tengo argumentos para insistir:

—También es posible que sepa dónde está lo que obligó al señor a venir.

Ahora el viajero me mira directamente, pero esto sólo dura dos segundos. No cree que yo sepa tanto: ¿cómo un mendigo va a conocer su secreto?

—El comercio de Hafah se encuentra a poca distancia del lugar que le estoy ofreciendo —sigo—. ¿Quiere venir conmigo?

El viajero no puede contener su sorpresa, pero consigue esconderla para cualquiera que no sea yo. Yo conozco a muchos viajeros: los que vienen por la Puerta Norte, a pie, y llevan botas de cuero y una gran bolsa a la espalda buscan el comercio de Hafah. Apenas uno de cada cinco niega conocer a Hafah; de éstos, casi todos mienten. Cuando ocurre algo así, no tengo otro remedio que reconocer mi error y dejar escapar el negocio. Pero esta vez no ocurre; el viajero mira alrededor para asegurarse de que nadie escucha y simula aceptar mi oferta con desagrado.

De modo que me pongo de pie, con dificultad, y empiezo a arrastrar mis trapos hacia el interior de la ciudad. No intento que el viajero me siga: si no se preocupa por hacerlo, más tarde conseguiré poco de él. Entonces, lo que hago es apurar el paso todo lo que puedo entre callejones y senderos empedrados; sigo un camino sinuoso, me escondo entre las paredes y dejo que él se cuide de no perderme en medio del tumulto de gente que de golpe aparece y llena las calles cuando nos acercamos al mercado.

Nadie lleva los trapos que yo llevo, ni tiene la cara llena de granos. Todos me conocen, aunque si me saludan es cuando nadie más puede ver: en cierto modo, les avergüenza conocerme; lo que ocurre es que también sacan ventajas.

Entonces llegamos, el viajero y yo, a la casa de mi amigo Ju, y entro sin golpear a la puerta. El viajero vuelve a dudar, de modo que no puedo hacer lo que hacía un tiempo atrás: ordenarle que espere afuera. Al contrario, lo empujo con cuidado al interior de la casa de Ju, y cuando encontramos al mismo Ju en la sala, el viajero está pensando en escapar. No se atreve, sin embargo, a usar la fuerza, y yo estoy de pie a sus espaldas mientras Ju se incorpora frente a él. Tal vez no tenga miedo de mí, el viajero, pero sí de Ju: es alto y muy fuerte. Durante un tiempo fue guardia en la Puerta Norte, hasta que nos hicimos amigos. Con paciencia y sin apuro llegué a contarle una parte de mis asuntos, cuidando que lo que él supiera no fuese suficiente para encarcelarme, hasta que estuve seguro de su fidelidad.

Ahora Ju cumple con su papel: convencer al viajero de las bondades del alojamiento, y explicar lo bajo del precio. El viajero da la impresión de estar aceptando, pero yo sé que jamás aceptaría si no fuera por la continuación de nuestra puesta en escena.

Ju señala una puerta abierta al fondo de la sala, y los tres caminamos hacia ella. Pasamos a un corredor amplio lleno de ventanales, donde la cara del viajero cambia de color según el color de cada vidrio, y de allí a una habitación lujosa, la que el viajero habría querido encontrar de no estar tan nervioso. Ahora más que nunca se arrepiente de haber aceptado mi compañía: éste es el momento más difícil del trato. Tengo que actuar con el máximo de precaución.

Le hago una seña a Ju, que se corre a un costado de la puerta, y consigo que el viajero entre a la habitación. Yo apenas necesito entrar lo suficiente para que el viajero se dé cuenta de que Ju no puede vernos: es importante que no nos crea cómplices. Entonces levanto uno de los trapos que me cubren y dejo que el viajero vea un seno redondo, blanco y firme. La sorpresa del viajero, en este momento, no le permite decir una palabra. Mira mi pecho, mira mi cara, y yo sé que se está preguntando qué significa todo esto. Con la uña del dedo meñique corro una parte del maquillaje, de manera que el viajero empiece a comprender que los granos son falsos, y durante medio segundo me paro bien derecho y aprieto los trapos contra mis costados, para que el viajero tenga una visión mejor de mi segundo disfraz, el de mujer, y entienda el mensaje que le quiero transmitir: no soy lo que parezco. Una expresión muy estudiada de mi cara significa: le estoy pidiendo ayuda. Luego Ju entra de golpe, y me apuro a volver a mi posición anterior.

El viajero acaba de comprender que ya no está solo, que ha establecido una especie de compromiso. La ciudad empieza a atraparlo, pero él no se da cuenta. El viajero está decidido a cerrar trato por el alquiler de la habitación, aunque sea para enterarse de lo que se esconde tras mi pedido de auxilio, y cuando Ju se va me quedo con él, haciéndole señas para que no hable. El comercio de Hafah ocupa una pequeña parte de su mente, mucho menor que la que ocupaba antes.

Cerramos la puerta, me quito el maquillaje y me pongo a llorar. El viajero trata de consolarme, sin saber hasta qué punto le pertenezco, sin imaginarse quién pertenece a quién, y no pierde una sola palabra cuando empiezo a contarle mi historia.


Pero ese es un caso especial. No todos los viajeros llegan por la Puerta Norte, ni me encuentran a mí, ni ven en mí el mendigo que se transforma en dama. Algunos viajeros llegan con el ruido de los jets, aterrizan en el aeropuerto y se mueven a través de mostradores y salones con tanta rapidez que apenas tengo tiempo de verlos. Sin embargo, conozco sus portafolios y sus valijas hasta poder decir cuándo tengo ante mí un hombre de negocios, un turista, un ladrón, un traficante de drogas, cuándo es alguien que escapa y cuándo es alguien que persigue. Entonces deduzco si tomará un taxi, si encontrará un amigo, si mirará a su alrededor con la mezcla de alegría y desorientación de quien ve una ciudad por primera vez, si llamará por teléfono o empezará a hacer preguntas.

Para ellos, la ciudad es un laberinto de calles y edificios superpoblados donde hay lugar para perderse y para asombrarse; donde se puede contratar un tour diseñado especialmente para los turistas tontos; donde existe un solo lugar seguro, el sótano de cierta casa en cierto barrio apartado; donde todos son buenos o malos como en las películas; donde cada vista panorámica, cada rincón pintoresco, cada lugar histórico tiene dos dimensiones y cabe en una fotografía; donde los habitantes son extras que cumplen su papel por la comida.

Casi nunca tengo una relación directa con ellos, porque casi nunca tienen relación directa con nada. Pasan por encima de todo, como si estuvieran interesados sólo en las nubes, y así se los ve caminar por las calles: nubes con valijas y bolsos. Pero mi influencia aparece cuando menos lo esperan; uno compra una lata de comida en mal estado que yo deslicé a través del control de calidad de cierta fábrica: se intoxica, va a un hospital donde ya se puede considerar fuera de la ciudad, y en cuanto consigue moverse sale de Quiramir para no volver nunca más; otro encuentra a la amiga de una de las amigas de algún pariente mío, se enamora de ella y decide quedarse a vivir en Quiramir para siempre, o se va y un tiempo después ella le escribe para decirle que está embarazada; otro se pierde en los ascensores del hotel, y cuando supone que encontró la salida cae por la escalera de emergencia; otro entrega su mercadería y descubre que el comprador es policía; otro supone que Quiramir es la ciudad de sus sueños, hasta que entra a un bar donde espera alguien que yo conozco.

Esto demuestra que hay diferencias entre los que llegan a Quiramir en jet y los que entran por la Puerta Norte. Estos vienen a la ciudad por sus propios medios, siguiendo sus propios fines; los del jet vienen por promesas, encuentran más promesas y se van o se quedan entre promesas. A los de la Puerta Norte hay que hacerles olvidar el objetivo de su viaje para conseguir algo de ellos; los del jet están siempre dispuestos a dejarse vencer. Los de la Puerta Norte traen consigo algo de su propia ciudad y, tarde o temprano, modifican la nuestra; los del jet son intercambiables, piezas de un juego que alguien como yo puede jugar a sus espaldas sin que se den cuenta. Con los de la Puerta Norte debo actuar siempre en persona, corriendo riesgos; los del jet no ven que ando detrás.

Cuando me encuentro con ellos personalmente, casi siempre por casualidad, tengo que portarme de otro modo. No puedo encariñarme con ellos: por impersonales, por ruidosos o demasiado silenciosos, por haber llegado en un avión que agujereó el aire de Quiramir y despertó a los animales, por lo que sea. A veces, los motivos para odiarlos son contradictorios, pero nadie es perfecto: cuando amo a alguien también me contradigo.

Al principio, entonces, les sonrío, mientras muevo los hilos a su alrededor de manera que nadie me los pueda quitar. Me presento como un músico ambulante que toca el violín junto a su mesa en un restaurante típico, y lo que toco es esa canción que ellos justo habrían querido escuchar. Un poco más tarde soy el vendedor de entradas del teatro que encuentra dos plateas reservadas que nadie vendrá a ocupar, y se las ofrece sin gastos adicionales. Después soy el comerciante que les avisa que este whisky tan caro no es digno de crédito, que prefiere perder una venta antes que engañar a la gente que le cae bien. Al día siguiente, soy el taxista que se ofrece a guiarlos por las ruinas sin cargo, y aquí viene la mejor parte.

Cuando llegamos a las ruinas, espero que el viajero saque sus fotografías del Arco de Karavarán, del Obelisco Egipcio (que tiene de obelisco todo lo que le falta de egipcio), del Palacio de las Armas. En ese momento el viajero está entusiasmado, piensa que Quiramir es una de las ciudades más hermosas que ha visto en su vida, y que su gente es admirable. A mí me gusta que piense así de mi ciudad y me alegra saber que fui yo mismo quien consiguió esa opinión tan favorable. Cuando enfoca la cámara sobre el Monolito de Hilsa saco el cuchillo.

A veces les robo lo que tienen, dejo que escapen y luego cambio de disfraz. A veces los lastimo, o los obligo a hacer algo que no les guste. A veces llego un poco lejos, y no vuelven a viajar nunca más.

Haga lo que haga, me entristece, porque el contacto que tiene lugar a través del cuchillo es menos reconfortante que, por ejemplo, el que establezco con los viajeros de la Puerta Norte. Pero no puedo elegir.


Cuando una persona importante y extranjera viene a verme a mi oficina de Intendente de Quiramir, generalmente ordeno que pongan sobre mi escritorio alguna pieza artesanal del país de origen de mi visitante. Es un modo de ganarle antes de empezar, aunque tengo otras ventajas: Quiramir es mi ciudad, y sé de ella más que cualquiera que venga a mi oficina. Esto tal vez no parezca una ventaja cuando se trata de hablar de asuntos ajenos a Quiramir, pero lo es; cualquiera sea el tema de conversación, puedo hacer entrar en ella algunas referencias a lugares de Quiramir, a personas de Quiramir, a sentimientos de Quiramir.

Además, sé que el viajero no verá jamás otra cosa que la que yo quiero que vea, y eso me da una superioridad decisiva. Pero estos viajeros son los menos interesantes, porque apenas ofrecen resistencia.


Los que llegan del espacio ven Quiramir recién cuando bajan de la nave: la ciudad está construída en una serie de túneles subterráneos, un recuerdo de las guerras que borraron la superficie. Ahora, el techo de Quiramir es un bosque con arroyos y lomas, donde corren los ciervos y apenas pueden entrar algunos privilegiados. Todo es artificial: la naturaleza habría tardado algunos miles de años más que nosotros en restablecer el equilibrio.

Entonces Quiramir es una red de líneas, para el que llega a ella en una nave espacial. Los corredores, las aceras móviles, los rieles, las paredes y los techos iluminados jamás llegan a unirse en una totalidad. Él va conociendo caminos, va descubriendo que por aquí se llega al consulado y que por allá se sube al mirador, y es capaz de recorrer diez kilómetros más de los necesarios para ir del hotel al teatro. Cuando se apoya en una pared, siente que el mundo termina allí: no sabe ni puede imaginarse qué hay del otro lado, a veinte centímetros de distancia. Si un viajero se atreviese a abrir agujeros en las paredes se llevaría grandes sorpresas: Quiramir fue construida en tiempos de guerra, y la disposición de las instalaciones no responde a las necesidades de la paz. Junto a la mejor habitación de un hotel está el caño maestro de las cloacas; detrás de la avenida que lleva a los ascensores del mirador hay cárceles y manicomios; entre tu baño y tu dormitorio alguien tuvo la idea de poner un dispositivo antimisiles.

Todas las paredes de la ciudad son aislantes; no podrías oír una explosión a través de ninguna de ellas.

La ciudad misma está construida de modo que cada uno de los doscientos sectores diferentes pueda autoabastecerse, y por eso hay tanta mezcla. Durante la guerra fueron destruidas grandes partes de la ciudad: las cicatrices todavía se ven en algunos lugares; ningún viajero del espacio comprende cuánto agradecemos la división de la ciudad y su distribución caótica.

La situación es diferente para los viajeros que llegan en el tren subterráneo: ellos vienen de ciudades como Quiramir (aunque ninguna ciudad es exactamente como Quiramir), y están habituados a los túneles y las paredes. Se orientan tan bien en un espacio cerrado y aislado como el viajero estelar en sus ciudades abiertas y amplias.

Esto no necesariamente es una ventaja. Hace falta orientarse en Quiramir cuando uno vive aquí, pero la falta de orientación le da un encanto especial que yo perdí de vista hace mucho tiempo y sólo conozco gracias a mis contactos con los viajeros.

En cuanto aterrizan y van al hotel, los viajeros del espacio quieren visitar el mirador. Muchos habitantes de Quiramir no comprenden esta necesidad de ver el único lugar de la ciudad que puede recordar sus planetas natales: si se toman el trabajo de viajar tantos años luz, piensan, por lo menos deberían conocer los lugares más típicamente quiramirenses de Quiramir; las minas, los depósitos de misiles, el equipo de reciclaje, el sistema de ventilación. Estas, dicen, son las auténticas maravillas de Quiramir.

Los comprendo, pero también comprendo a los viajeros. Desde el momento en que ellos habitan paisajes abiertos y verdes, lo que más desean conocer es otro paisaje abierto y verde; y, en segundo lugar, cómo es esa extraña ciudad donde la gente vive enterrada y encerrada, pero no sus instalaciones; si el equipo de reciclaje de Quiramir es una maravilla, ¿qué se puede decir del equipo que transformó los planetas de los viajeros en lugares agradables?

Por supuesto, el mirador no sería suficiente para atraer turistas a Quiramir. Sin el resto, el mirador es un lugar triste. Deja de serlo por contraste, según el modo de ver de los viajeros. Hasta cierto punto, van al mirador para juntar un poco de aire puro antes de meterse en las catacumbas de la ciudad. Nadie les dice, y yo tampoco, que el aire de la superficie es el mismo de las profundidades.

Hay que admitir que el parque es impresionante, y el mirador fue construido para verlo desde el mejor ángulo posible. En cuanto se detiene el ascensor, empiezan los suspiros y las exclamaciones. Al frente está la cima nevada de la Montaña 1, con sus laderas verticales. Luego, los viajeros encuentran el bosque a sus pies, y descubren que lo están viendo desde una altura de trescientos metros. A muy pocos asombra que los habitantes de Quiramir sólo vivamos en las profundidades o en las alturas; ni les preocupa que a ellos mismos los llevemos directamente de los —100 a los +300. ¿Qué queda en medio?, podrían preguntar, ¿por qué no se puede pisar la superficie?

Lo que no saben, aunque tampoco sea un secreto, es que los árboles son de plástico; la Montaña 1 es una pila de desperdicios, convenientemente adornada para que a lo lejos parezca una verdadera montaña (ya casi tenemos el material suficiente para la Montaña 2); los arroyos son desagües cloacales que van al mar, que no es visible desde el mirador. Los ciervos de que hablaba antes son traídos en ciertas ocasiones de reservas distantes, para que los privilegiados puedan cazar, y los viajeros ni siquiera los ven desde tan arriba.

El parque es una hazaña de la ingeniería, pero estoy seguro de que los viajeros no lo entenderían así. Los viajeros preguntarían por qué no dejamos que los arroyos se llenen de agua pura (yo contestaría que no vale la pena desperdiciar agua pura en arroyos, y que por algún lado deben pasar los desagües); por qué no traemos árboles de verdad (¿y tierra de verdad, para que crezcan?, contestaría yo); por qué no eliminamos los desperdicios de la Montaña 1, y dejamos que el terreno sea llano (para tener que ver lo que hay al otro lado, diría yo). Por suerte, los guías nos encontramos pocas veces con gente realmente curiosa. Los turistas se creen curiosos, pero no lo son: se conforman con ver la pantalla que nosotros ponemos para ellos, y ni siquiera piensan en mirar qué hay detrás.

Los viajeros que llegan de otras ciudades subterráneas, en cambio, ni se preocupan por ir al mirador. En general, vienen al balneario. Me aburro con ellos, porque hay que tener mucha menos imaginación para mostrar el balneario que para mostrar el mirador, aunque los guías tenemos ciertas ventajas en el balneario que en el mirador faltan. Por ejemplo, en el mirador está el asunto de la cúpula: cuando algún turista se entera de que la cúpula existe, todo el grupo se desmoraliza, a pesar de que es totalmente invisible desde nuestra posición. Para ellos, el saber que siguen encerrados, tanto como si estuvieran en las profundidades, significa que no hay dónde respirar aire verdadero. A veces quisiera proponerles que vayan a respirar fuera de la cúpula, para ver cómo es su bendito aire verdadero.

La gente que va al balneario, en cambio, está acostumbrada a vivir en túneles, y le alcanza con las piscinas cubiertas y la lámpara, que son únicas en toda la Tierra. Los viajeros del espacio no visitan el balneario, porque vienen de playas auténticas y de soles auténticos. Muchos de ellos están bronceados, y hasta a mí me cuesta creer que jamás se hayan echado bajo una lámpara.

Pero lo mejor de todo no está en el mirador ni en el balneario. Lo mejor es llegar a la Sala de Anticipos. Elegí el trabajo de guía por la posibilidad de ver la Sala con ojos de extranjero. Todavía ahora, después de tantos años, consigo asombrarme frente a cada Idea Nueva, aunque se trate de las mismas Ideas Nuevas de mi infancia.

La Sala de Anticipos es un fraude para todo habitante de Quiramir: sabemos que su contenido no tiene nada de anticipo, porque lo que muestra no llegará jamás. Pero el viajero espacial es capaz de tomarla en serio, y se pone tan feliz al ver las Ideas Nuevas relucientes y fantásticas que me contagia el entusiasmo, y empezamos a charlar sobre las virtudes de una Idea o de otra como viejos amigos.

El desgaste que sufro es enorme, porque fuera de la Sala de Anticipos me espera la realidad de siempre. Sin embargo, prefiero morir joven y seguir soñando.

Además, hay otro tipo de compensación. Al salir de la Sala de Anticipos, el viajero cree que me debe algo por haberle mostrado tantas cosas importantes; yo insisto en que no me debe nada, y no acepto dádivas, pero el viajero siente que queda en deuda conmigo y, de un modo sutil, confirmo esa sensación. Mucho después, cuando el viajero ha vuelto a su casa, empiezo a recibir los regalos: bienes inapreciables, porque vienen de mundos que no han sido contaminados. Dedico por lo menos veinte minutos a contemplar cada uno de los regalos, agradezco de corazón la suerte que me ha permitido estar en contacto con ellos, tocarlos, comprobar que me pertenecen. Después los pongo en algún lugar de mi habitación donde pueda verlos bien, y los miro un rato todos los días, durante una semana, hasta tenerlos grabados en la memoria. Finalmente, los vendo en el mercado negro.



Ilustración: Wkowalsky

El que llega en ómnibus ve primero una sucesión de ciudades satélite más pequeñas y pobres, donde la ruta se hace angosta y da vueltas. Luego aparece el cartel que dice "Quiramir: 80 km". El viajero todavía no comprende que ésa es la distancia al centro de la ciudad, y que en realidad ya está en ella. Los árboles dejan ver algunas casas, y después aparecen las primeras calles pavimentadas que cruzan la ruta. Quiramir no tiene una frontera clara, un punto donde se pueda decir "aquí empieza" o "aquí termina". Las casas se transforman en manzanas edificadas, todavía queda algún campo pero es pequeño, parece que a lo lejos se está nublando pero es el smog, y finalmente surgen los miles de autos y motocicletas y personas que se mueven por Quiramir como si ésta no tuviera ninguna de las maravillas que el viajero le encuentra. "Quiramir: 20 km", y cuando el viajero cree que jamás llegará, la ciudad lo ha capturado.

El viajero vive en una ciudad idéntica a Quiramir, pero él nota diferencias. Aquí la gente habla de otro modo; hay más palomas, o menos; las plazas son más oscuras; no se puede entrar al puerto. Casi todas las diferencias pertenecen menos a la ciudad que a sus habitantes, pero el viajero confunde una cosa con otra. Para él Quiramir es la suma de todas sus partes; no comprende que la suma de las partes, bien hecha, da una cantidad mayor que Quiramir misma. Quiramir es algo pequeño, miserable, inventado por quienes necesitamos sentirnos dueños del lugar que habitamos, que con esa necesidad conseguimos que siga viviendo. Si nosotros, los dueños de Quiramir, perdiéramos esa costumbre, la ciudad desaparecería.

Es que todo lo hacemos nosotros, y con esto quiero decir que no soy el único responsable. Si cada punto de Quiramir fuera mío, no sé si sería mejor o peor, pero seguramente sería diferente. A veces, cuando no puedo dormir, hago proyectos en el aire: construir un puerto nuevo, presentar la ciudad a orillas de un río muy ancho lleno de puentes, hacer una aldea de casas de barro, importar árboles gigantes de Hubla y levantar hoteles en su interior, instalar una red de subterráneos, levantar un templo a Júpiter y otro a Afrodita, reformar la ciudad de tal modo que ella misma guíe al viajero por su interior, meter la ciudad en un solo edificio que se apoye en un punto y se abra en lo alto como un abanico, hacer una ciudad rodante que se mueva por el mundo siguiendo el sol, levantar una muralla que nos proteja de los bárbaros.

Si todos nos pusiéramos de acuerdo, estoy seguro de que habría lugar para cada proyecto, no sólo para los míos sino para los que elaboran los demás. Pero perdemos las energías en luchar: luchamos por levantar o demoler un edificio, por poner nubes o quitarlas, por crear un río o secar el que ya existe. Así pretendemos aumentar nuestras esferas de influencia, pero el espacio y el tiempo a repartir son siempre los mismos, y el único modo de conseguir más es que uno de nosotros muera. Cuando esto ocurre, una parte de Quiramir se pierde para siempre, aunque el vencedor descuide sus otras posesiones para ocuparla.

Las luchas son lamentables, pero no podemos vivir sin ellas. Si nadie me persiguiera, si nadie me pisara los talones tratando de robar mi parte de la creación, me echaría a dormir, y los viajeros encontrarían un desierto donde yo pongo torres y pájaros. Es cierto que una vez estuve a punto de perder la ciudad subterránea y parte de los caminos de acceso para ómnibus, pero también he ganado la Puerta Norte, y tengo el placer de haberla perfeccionado: mi predecesor la llamaba puerta a secas, y no había pensado en la fuente ni en la vista de la catedral.

¿Por qué hacemos todo esto?, preguntarás. Cualquiera de nosotros te daría la misma respuesta: porque queremos que lo vean los viajeros. Entonces, dirás, ¿por qué los atacamos, a los viajeros? No es que los ataquemos, si bien hay algunos que sí lo hacen. Yo, por lo menos, los absorbo; mi objetivo es adquirir sus conocimientos, sus ideas y su fuerza para mejorar los míos. Cada vez que un viajero muere a mis pies siento que su poder entra en mí; pero no es necesario que muera: tengo otros métodos, algunos de los cuales he contado aquí.

Te estarás preguntando por qué nos tomamos el trabajo de construir Quiramir para los viajeros, si después los absorbemos. Es un círculo: cuanto mayor sea la capacidad y la imaginación de un viajero, mayor es su poder, y mayor el beneficio que obtenemos al absorberlo; por lo tanto, mayor será nuestra creatividad en el momento de seguir perfeccionando la ciudad. Por otra parte, cuanto más perfecta sea Quiramir, mejores serán los viajeros que la conozcan, porque no es lo mismo el viajero que ve cualquier pueblo de provincia que el que llega a Quiramir, y ya expliqué por qué necesitamos buenos viajeros, de primera clase.

Seguramente pensarás que me contradigo al describir la ciudad, que no hablo de una sola ciudad, sino de muchas, pero no es así. Podría darte varias explicaciones, aunque no aceptarías ninguna. Podría decirte, por ejemplo, que esa impresión tuya demuestra que sólo te es posible ver un décimo de la ciudad; si vieras toda la ciudad, comprenderías que no hay contradicciones. Pero creerías que pretendo convencerte de que la ciudad consiste en varios universos diferentes, superpuestos de alguna manera en el tiempo o en el espacio, y que yo puedo atravesar la barrera que separa un universo del otro. Y eso es mentira.

También podría decirte que Quiramir no es nada de lo que te estoy describiendo, sino un lugar vacío, un papel en blanco, donde se puede escribir lo que uno quiera con la seguridad de que, dentro de ese marco, todo será cierto, aunque no más concreto que los proyectos de un insomne. Pero pensarías que te hago perder el tiempo, y no es esa mi intención.

En caso de necesidad, admitiría que el equivocado soy yo. Pero al admitirlo Quiramir quedaría incluida en mi equivocación, y no sólo descubrirías que te faltan datos veraces sobre ella sino que ni siquiera existe. Puede ser tu propia ciudad la que pretendo mostrarte, cuando te encuentro en medio del Puente de los Artesanos y te saludo levantando la visera de mi casco, mientras los caballos se impacientan.


Aunque suponemos que todas las ciudades son diferentes, deberemos admitir que esta sólo se parece a sí misma.

Eduardo Abel Gimenez, nacido en 1954 en Argentina, es uno de los protagonistas de lo que se podría llamar "la fantástica pandilla de los ochentas", o algo así. Si bien hoy por hoy Eduardo está dedicado, junto a Roberto Sotelo, a dirigir Imaginaria, un portal literario que difunde material para niños y adolescentes, su actividad por aquellos días fue muy intensa, sus relatos aparecieron en fanzines y revistas y de esa época son sus novelas El fondo del pozo y Un paseo por Camarjali y el cuento que ahora reeditamos, publicado originalmente en El Péndulo. Cinco cuentos en Axxón: "El bagrub" (154), "Pronóstico" (155), "El viaje de K" (156), "La máquina" —con Luisa Axpe— (157), "Escaleras" (160).


Axxón 160 - marzo de 2006
Cuento de autor de latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ficción Especulativa: Ciudades: Argentina: Argentino).

            

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