EMPALME EN LA CINTA DE MOEBIUS

Víctor Conde

España

El panel con el mensaje electrónico titilaba como una aurora primero roja, luego verde, luego azul. El mensaje se repetía en cuatro idiomas, pero era siempre el mismo:


CONTROL DE LA CINTA ACTIVADO

MÁQUINA DE TRASLADO TEMPORAL

EN FUNCIONAMIENTO

NO CRUZAR LA LÍNEA AMARILLA


No cruzar la línea. Para Tradi Lebenev el aviso llegaba cuatro años tarde, los mismos que había pasado encerrada en el corredor de la muerte. Contando los minutos que faltaban hasta que un juez anónimo decidiera suministrarle una dosis de radiación letal, o la mandara a través de la cinta a otro lugar y tiempo desconocido, lo que venía a ser lo mismo.

Tradi era una mujer circunspecta. Los orígenes y los primeros pasos de su vida sólo los conocía ella, y tal vez una cantidad no demasiado elevada de amantes que, cada uno a su tiempo y en su forma particular, le habían roto el corazón. La Tradi que ahora avanzaba por el pasillo de la agencia temporal, encadenada, vestida con un mono a cuadros que la identificaba como recién salida del postoperatorio, se parecía muy poco a la amazona rebelde que había abandonado el orfanato para coger la vida por los cuernos. Y cuando decía que la diferencia era grande, se refería a algo radical.

Se miró las manos. Su preciosa tez negra, ese tono con aire a café tostado que casi desprendía un aroma, había mudado en un blanco pálido, enfermizo, muy norteño. Su extraordinaria melena rizada, que muchos hombres habían aferrado mientras la poseían como a una esclava, se había metamorfoseado en tirabuzones largos y crespos, tan endebles que se desprendían con el mero hecho de sacudir la cabeza. Ni siquiera su peso correspondía: la habían hecho engordar quince kilos, y lo notaba al andar.

Anadeando como un pato, llegó hasta la oficina del inspector, su última escala antes de la máquina. Antes de lo desconocido.

Su escolta tamborileó con los dedos en la puerta. Un parco adelante los invitó a pasar.

Era la segunda (y última) vez que vería al inspector Martin Katzchaturian. Se trataba de un hombre seguro de sí mismo, satisfecho de su trabajo y de su posición en el mundo; sin duda némesis en otra vida de la propia Tradi. Tenía la cabeza en forma de melón aplastado, con una barbilla que se apoyaba en el pecho al parecer sin necesidad de cuello. En cuanto vio entrar a la convicta, despidió al guardia y la saludó con una sonrisa de vendedor de enciclopedias.

—Prisionera dos nueve seis uno. Eso es lo que pone su historial. Pero yo prefiero llamarla por su nombre de pila, si no la molesta. ¿Puedo tutearla?

Tradi permaneció de pie junto a la silla. El inspector la invitó a sentarse, pero ella no hizo ningún movimiento.

—Dice la Ley que ahora debo leerle su carta de derechos, incluidos los que le han sido negados por el Tratado de Nazareth y bla bla bla, pero sería un procedimiento largo y aburrido. —Amontonó sus papeles en una esquina de la mesa y se encendió un pitillo—. Bien, Tradi. Sabes lo que te espera ahí fuera, ¿verdad?

—No.

La respuesta fue sólo un susurro, una fuga de aire por el cerco de los dientes. Martin frunció el ceño.

—¿No? ¿Ni siquiera te han dicho a quién has de suplantar? —Sacudió la cabeza—. Estas cosas son las que me ponen enfermo. Los de la sección tres ni siquiera tienen la delicadeza de hacer bien su trabajo.

Rebuscó entre sus papeles. Tradi miró de reojo la silla: su revestimiento acolchado prometía relajación infinita para el dolor de sus piernas, pero no quería darle el gusto a aquel funcionario de verla disfrutar de su hospitalidad.

Katzchaturian localizó un documento con la foto de una mujer a la que Tradi no había visto nunca, pero que ahora era virtualmente idéntica a ella.

—¿Has oído hablar alguna vez de Augusta Ada Byron, chiquilla?

La prisionera negó con la cabeza.

—Desarrolló hace siglos los procedimientos lógicos en los que se basaron los primeros ordenadores, y por extrapolación los que usamos hoy en día en toda nuestra tecnología. Tenía un cerebro brillante y un cargo social a la altura: una condesa, nada menos. —Acercó la foto a su cara para distinguir mejor los detalles—. Fue una gran mujer, pero lo fue por poco tiempo. Murió con el apellido Lovelace en 1852, a los treinta y seis años, después de que el cáncer le hiciera padecer una larga agonía. Demasiado joven, o eso opina el comité.

—A Dios le gusta llevarse rápido a algunas personas.

—Es cierto. En mi tierra tenemos mil aforismos populares para eso. ¿Sabías que hay mucha gente que aún sigue pensando que el tiempo y el espacio son propiedad de las divinidades, y que deberíamos pagar de alguna manera por su uso? —Encogió sus peludas cejas—. Lo dicen porque no son ellos quienes tienen el poder para alterar la cinta, claro.

—¿Puedo preguntar algo, señor?

—Adelante; y por favor, deja a un lado las formalidades. Estamos entre amigos.

Los ojos de Tradi chispearon de coraje.

—¿Por qué van a recuperar a esa mujer? ¿Tan importante es que merece la pena sacrificarme a mí por ella?

—Sí —contestó el inspector, y no lo dijo con malicia ni con actitud despreciativa, sino como quien constata una verdad que está más allá de toda discusión—. Usted no es nadie, señora Lebenev. Una asesina convicta sin pasado ni futuro. Un desecho social. Ada Byron posee uno de los cerebros más brillantes que ha dado la humanidad, y es nuestro deber protegerlo. La traeremos para que viva cómodamente hasta haber cumplido el siglo, como hemos hecho con Einstein, Kepler, Mozart y otros grandes de la Historia.

—No sé quiénes son esos señores. Pero usted habla de ella en presente, como si ya estuviera aquí.

Martin suavizó el tono de voz.

—En lo que a ti respecta, Tradi, eso es exactamente lo que está sucediendo.

La hizo firmar unos papeles y abandonaron el despacho. El panel electrónico volvió a cambiar. Esta vez su mensaje era más técnico. Mostraba datos sobre el complejo proceso de alteración temporal que los científicos estaban a punto de llevar a cabo:


Alineación del segmento de la cinta en curso. Coordenadas del periápside (extremo cercano): laboratorio Gersen / Wielman. Coordenadas del apoápside (extremo lejano): posición de la Tierra en agosto de 1852, a 224.900.571 kilómetros del periápside.

Prisionera entrando en área de seguridad. Por favor, permanezcan en sus puestos.


La puerta blindada se abrió con un chasquido. Tradi iba escoltada por cuatro guardias armados más el inspector. Cuando entraron en el recinto, muchos cuellos se giraron.

La joven contuvo la respiración.

Allí estaba la máquina, alzada en toda su majestuosidad como un mamut de seis patas. Era un engendro que la gente admiraba por lo que podía hacer, más que por su aspecto real. Tradi sintió un escalofrío al pensar en la cantidad de desdichados que habían cruzado sus arcos de titanio, sus luces estroboscópicas, sus paneles de abejas tallados en una materia cristalina desconocida, para viajar en su vientre a lugares remotos; un dragón que surcaba una y otra vez los océanos del tiempo llevando hombres en sus células de metal. Con un sencillo gesto de su operador, aquella monstruosidad detendría la caída del sol en el cielo, haría que los pájaros aleteasen al revés, retornaría los conejos a sus chisteras; revertiría el flujo de las mareas hasta vaciar los océanos, y no se detendría hasta depositarla en otro tiempo más oscuro y terrible. Más despiadado si cabe que aquel en el que los hombres condenaban a sus semejantes a nunca haber existido.

—Por Dios... —murmuró Tradi—. ¿Eso es la cinta?

El inspector la liberó de sus grilletes.

—La cinta no es la máquina, Tradi. Así es como llamamos al sumatorio de todas las líneas temporales que podrían ser alteradas por lo que estamos haciendo. Es demasiado complejo para ti, así que no intentes entenderlo. —Señaló al dragón—. Piensa en ese cacharro como el cadillac que va a llevarte a un lugar donde serás útil para la humanidad, por primera vez en tu vida.

Ante la mirada de docenas de desconocidos, mudaron su ropa por otra de época, despeinaron su cabellera, quemaron su dedo índice para simular una cicatriz de infancia, y la condujeron al gran arco de titanio. El umbral de una puerta que sólo podía ser cruzada en un sentido.

Martin se ocupó de colocar un brillante aro de plata en la cabeza de la mujer. Era el paso final, el lavado de cerebro que la sumiría en un estado de amnesia, imposibilitándola para comunicar nada que pudiera alterar la historia a las personas que habitaban el siglo diecinueve. La amnesia era pasajera, o eso decían algunos, pero ella no dispondría de tiempo para que pasasen los efectos: la iban a trasladar a un momento concienzudamente estudiado para que no pudiera causar problemas, horas o minutos antes del fallecimiento de la Ada real.

—Adiós, Tradi. Nuestra conversación ha sido grata —se despidió Martin—. Dale saludos a la historia de mi parte.

—Que te jodan —fue la respuesta de Tradi, y el aro funcionó.


La noche había caído sobre Heywood Hills; una noche oscura y aterciopelada, sin luna. El lago colindante a la mansión despedía una irisación ambarina muy sutil. Por todas partes se apreciaba una suave luz sin sombras, enriquecida por mudos matices de colores fantasmales. Procedía de los faroles que custodiaban el cenador donde reposaba Ada Byron Lovelace, pálida y demacrada, un fantasma en espera de un milagro que se resistía en llegar.

Su médico, un hombre de generosa circunferencia, no entendía sus caprichos de mujer enferma: Ada se había vestido con un fantástico traje bordado por su prima Carol, adornado con incontables adminículos metálicos.

—Las estrellas brillan, Charles —susurró la mujer—. ¿O soy yo? ¿Brillo yo en su lugar?

—Sois como una constelación llena de hermosura, lady Lovelace. No hay nada en el cielo esta noche que amortigüe vuestro fulgor.

—Qué adulador —sonrió de mala gana—. Pero las estrellas despiden una luz que no basta para iluminarme. Quiero leer, Charles.

—Vuestros ojos ya no soportan ese esfuerzo, milady.

—¡Al cuerno con mis ojos! —estalló Ada, arrojándole una polvera que el hombre esquivó con facilidad—. Yo decidiré a qué tienen que dedicarse en mi última hora. ¿Para qué los voy a reservar? Debo decirles lo que tienen que ver, y cuándo. Ahora, por ejemplo...

Ada se levantó. El médico intentó convencerla para que volviera al diván, pero fue inútil. La mujer se separó de él e hizo un gesto hacia los árboles que bordeaban el lago.

—Allí —decretó—. Allí quiero ver ahora... un bajel celestial. Un barco que me llevará por encima de las nubes, hasta los reinos sin mácula poblados de ángeles y... —La frenó una idea repentina—: ¡Charles! Acabo de descubrir una cosa terrible. Un secreto que los seres humanos tenemos prohibido conocer sobre el más allá.

El doctor asintió perezosamente.

—Lo que vos digáis, señora, pero ahora...

—¿Cuál debe ser el año cero, Charles?

—¿Cómo?

Ada levantó los brazos y Orión apareció en sus axilas.

—¿No crees que el dogma sin sustancia de un culto religioso resulta inapropiado para fijar el calendario? Debemos constituir una nueva cronología del hombre moderno. En lugar de un hecho histórico, el pistoletazo de salida lo dará un cálculo matemático. —Hizo cuentas con los dedos—. A ver... si dividimos la distancia a la que se encuentra el horizonte de un observador dado, por la temperatura a la que los elementos pierden su magnetismo... uhm.

—Madame, por favor, vuelva a la silla antes de que se caiga. Me está poniendo nervioso.

—¡3019! ¡Ésa es la nueva fecha cero!

El médico se armó de paciencia.

—Está bien. Dejaré escrita una carta a la sociedad astronómica para que, en cuanto llegue el tres mil diecinueve, lo decreten año cero de la nueva era.

—No seas ingenuo, Charlie. —Ada rió distendidamente, sus pies descalzos rozando el agua—. Podemos usar el calendario chino como punto de partida. Siempre me ha parecido más elegante que el cristiano, con todos esos evos con nombres de animales...

De repente, Ada se paralizó. Un acceso de terror sacudió el pecho de su médico, quien por un instante pensó que iba a caer fulminada. Pero tras unos segundos, la mujer se volvió y declaró solemne:

—Van a venir a buscarme, Charles.

—¿Quiénes, señora?

Ada hizo un gesto con sus brazos llenos de reflejos. Osa menor y Perseo.

—Ellos. Y yo les voy a legar algo, para que puedan hacerlo. Voy a escribir un teorema en un papel, para que sea la barca que los traiga de vuelta hasta mí.

—Estáis delirando, señora...

—¿Recuerdas el primer tratado sobre la bóveda celeste? Se llamaba Uranometría, y lo escribió un tipo llamado Hevelius. Siempre me cayó bien. Tenía un apellido curioso.

Danzó aproximándose al bosque. La isla de luz del cenador quedaba más lejos a cada paso, y las sombras aterciopeladas lo cubrían todo.

De repente, Ada se acuclilló y se echó a llorar.

—¡Por Dios! ¡He tenido una pesadilla!

Charles se alongó hacia ella, tratando de no hundir sus zapatos en el lago, pero no la alcanzaba. En su tono de voz cada vez se hacía más patente el disgusto.

—¿Con qué habéis soñado, milady?

—Creo que los hombres del futuro son malos, Charlie.

—Hay hombres malos en todas las épocas.

Ada sintió un escalofrío.

—Pero no como estos. Estos vienen a por mí. He soñado con un lazo, un círculo de seda que se empalma sobre sí mismo, porque alguien hace un nudo donde no debería.

Alzó la vista hacia el bosque. Su oscuridad contenía algo que no sabía explicar, como si poseyera ojos que la mirasen desde dentro.

—Estoy a punto de morir, Charles.

Y dicho esto se desplomó.

Vencido su temor al agua, el médico hundió su elegante calzado hasta los tobillos y sacó a la mujer. La llevó en brazos hasta el cenador tras comprobar que sólo se había desmayado. De todos modos, su pulso era casi inexistente.

Iba siendo hora de avisar al sacerdote. Ya no había nada que la ciencia pudiera hacer por ella.

Ada expulsó aire. Quería hablar, pronunciar sus últimas palabras. Charles trató de convencerla de que las ahorrara para la religión, pero ella se mostró inflexible.

Atrayéndolo hasta que la oreja del médico rozó su boca, le susurró imágenes que había visto en sueños.

Minutos después, lo único que quedaba de la condesa era una carcasa vacía. Su espíritu había partido con destino incierto, pese a los esfuerzos de los hombres de ciencia y de fe por encauzarlo.

Charles habló con la familia y soportó muchos lloros. Estuvo toda la noche velando el cuerpo junto a la presumida de Carol y la engreída de la criada, el sabiondo de su mentor y sus extravagantes camaradas, una cosecha de amistades que ninguna familia decente habría dejado pasar del recibidor.

Terminada la ceremonia, y una vez el alba comenzaba a radiar sus primeras luces, el cansado doctor se aproximó al lago. No quedaba nadie en el jardín, pero él se sintió impelido a dedicarle unos minutos a las últimas palabras de Ada. Sus delirios de muerte.

¿A qué venían aquellos desvaríos sobre el futuro? ¿Eran acaso las personas que según ella vendrían a buscarla una metáfora sobre la mitología cristiana? ¿Esperaba realmente Ada que los cielos se abrieran y los ángeles bajaran en persona a por ella, para llevársela a un mundo más feliz?

Charles sabía que Ada no había incluido sus notas en su testamento. Tenía docenas de libros garabateados en su buhardilla, llenos de fórmulas matemáticas y anotaciones sin sentido. Tienen lógica, afirmaba ella con rotundidad, pero ni Charles ni sus allegados supieron verla. De todas formas, aquellos garabatos constituían el testamento de una mujer sin lugar a dudas brillante, así que él en persona se encargaría de llevarlos a alguna imprenta que pusiera un poco de orden y pulcritud en su legado.

Pero había una cosa que no entendía.

Ada le había dicho algo sobre un aro. Una máquina que no había llegado a funcionar del todo. Sueños de una mente enferma, desde luego, pero la intensidad con que lo había advertido bastó para ponerle nervioso: alguien había cometido un error, un terrible error, y ella se lo iba a hacer pagar. Un simple signo cambiado de lugar, había dicho. Una corrección de última hora en las notas de ese lenguaje lógico que había inventado, una bomba camuflada que viajaría hasta el futuro en manos de sus cronistas. Ese signo que había cambiado de polaridad en el último minuto provocaría un efecto en cascada que traería consecuencias imprevisibles.

La propia Ada no supo en ningún momento por qué lo había hecho, pero algo en su subconsciente lo sabía: le habían hecho algo malo, sólo que no podía recordarlo. Por eso, antes de morir les gastaría una pequeña broma. Una broma inocente, tan solo un dígito colocado erróneamente que alguien sin duda se encargaría de rectificar. Al fin y al cabo, ella no era la única que entendía sus propias ecuaciones.

Charles tiró el cigarro a medio consumir al lago. No le gustaba el sabor que tenía el tabaco esa noche. Incluso su humo se elevaba oblicuo en un aire inmóvil, culebreando en signos de interrogación.

Una máquina que no llegó a funcionar bien. Un lazo infinito empalmado sobre sí mismo.

Encogido de hombros, decidió olvidar tan escabroso asunto. Volvería a la casa, a ese bourbon tan milagroso que...


Ilustración: wkowalsky

Un ruido provino de la foresta. Un tronar suave, reverberante, como la pisada de algo muy pesado que hubiese aplastado la madriguera de un topo.

Charles observó a la escasa claridad de la aurora los árboles que se erguían a apenas diez metros de su posición. Le había parecido ver algo moviéndose entre ellos, pero no estaba seguro de qué podía...

Otro golpe. Otra pisada.

La figura se hizo visible sólo durante un segundo, pero bastó para provocar un ataque cardíaco en el extenuado pecho del doctor. Realmente, la cosa ni siquiera le miró, pero bastó que perfilase su enorme corpachón de diez metros entre los árboles para que su cerebro captara los detalles: un ser masivo, antinatural, de toneladas de peso y piel escamosa como la de las serpientes. Un dragón de cuatro extremidades, dos pequeñas y atrofiadas, las otras fuertes y musculadas como titánicas piernas. Una cola capaz de partir robles con su poderoso basculamiento. Una cabeza con forma de tanque blindado partida en dos por una boca llena de espadas.

Charles se desplomó con un gesto gracioso. La sombra del dragón se deshizo, como si en realidad no hubiese estado allí, sino que por un segundo se hubiera abierto una ventana a otra realidad. En la casa, el cuerpo de Ada Lovelace se revolvió en su ataúd.

Alguien había atado un lazo de seda en torno a su muñeca.



El tiempo adora gastarnos pequeñas bromas. Nosotros, y la realidad que nos contiene, somos una de ellas...

Víctor Conde nació en Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, en 1973. Estudió Psicología y Cine y en la actualidad trabaja como programador de sistemas. Sus cuentos han aparecido en Artifex Segunda Época, Gigamesh, Solaris, Visiones y Axxón, donde podemos leer "El Archivista" (109) y "Efecto campo" (118). Ha sido dos veces finalista del premio Minotauro y tiene cuatro novelas publicadas: El tercer nombre del emperador, Piscis 1, Piscis 2 y Mystes.


Axxón 160 - marzo de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Viajes temporales: España: Español).

            

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