MOTORHOME

Hernán Domínguez Nimo

Argentina

—¡Cliente! —gritó Goyo mientras se metía en el baño.

Greta apartó la revista de crucigramas para ver el motorhome que entraba al estacionamiento. No necesitó una segunda mirada para saber cuál de las unidades era y a quién se la habían alquilado. De todas maneras, Goyo siempre se fabricaba una excusa para no tener que atender a los grises. Algo hasta cierto punto entendible, por lo que Greta se lo había ido dejando pasar. Pero a esa altura, siete de cada diez clientes eran grises, y Greta no le pagaba el sueldo a Goyo para tener que atender ella sola el negocio.

Dejó la revista sobre el escritorio y salió al patio. Para ella, un cliente era un cliente y los grises siempre pagaban bien. Ni siquiera regateaban los precios. Por esos días, en que los hippies habían muerto o se habían convertido en yuppies, había dos clases de clientes, los borrachos y los grises. Y Greta no tenía dudas de cuáles prefería.

El motorhome frenó e inmediatamente se abrió la puerta lateral. Greta intentó no ponerse nerviosa cuando la primera extensión apareció para posarse en el piso. La siguieron otras dos patas y por fin el cuello que sostenía la cabeza. Los grises medían casi dos metros y parecían no tener torso, solo un cuello largo y ancho, que conectaba la cabeza con la extraña cadera circular.

Detrás del primero fueron saliendo los demás grises. Una familia completa, con mascota y todo, una especie de lagarto de patas largas, muy desagradable. Greta contó siete grises, tres más que los que figuraban en el registro, los tres más pequeños sin duda. Y aunque el precio del alquiler no era por individuo, le molestó saber que habían usado su motorhome como lugar de procreación.

El gris que había firmado el recibo y le había pagado se acercó; lo reconoció porque era el más alto y se detuvo frente a Greta, que todavía miraba sus piernas.

—Todo muy bien, muy cómodo —dijo el gris en ese tono solemne y monótono que empleaban, como de borracho esforzándose por hablar claro.

El motorhome, a pesar de ser uno de los modelos más altos, tenía el techo a un metro ochenta del piso en casi toda su extensión. Pero si el gris había estado cómodo, ella no era quién para discutirle.

—Voy a echar una mirada —dijo Greta, evitando mirarlo a la cara por instinto.

—Claro. Adelante. Siéntase como en su casa. —La risa del gris era como la de Largo, el de los Locos Adams.

Se preparó antes de entrar, pero el hedor en el interior del motorhome siempre era peor de lo que recordaba. Miró rápidamente para ver si no había destrozos, aunque sabía que sólo iba a encontrar la suciedad y desorden característicos de los grises. Quizá un poco más que de costumbre. Quizá su exceso de cortesía hacía que los grises relajaran sus costumbres cada vez más. Quizá los destrozos empezaran la próxima vez.

Bajó del motorhome, agradeciendo el aire fresco del exterior. Estaba dispuesta a reprender al gris, a decirle que fueran más cuidadosos de allí en adelante, que hasta el desorden tenía un límite de tolerancia. Pero cuando lo miró, toda su furia la abandonó, dejándola vacía. Y el hueco fue reemplazado por un desasosiego tan súbito que Greta apenas pudo contener el llanto.


Ilustración: Héctor Chinchayán

Eran sus ojos, lo sabía. Pocos podían mirar a un gris a los ojos sin sufrir una pena tan profunda como la que ellos expresaban. Ojos melancólicos, que parecían siempre a punto de derramar una lágrima que nunca acababa de caer.

Greta sabía que no era una lágrima, sólo un apéndice que les servía para ahuyentar algún tipo de parásito en su planeta de origen. Que la tristeza de los ojos era sólo una lectura que los humanos le daban. Pero si esa apariencia había sido capaz de engañar a los representantes de la ONU para que les permitieran quedarse en la Tierra, ella no tenía por qué ser capaz de evitarla.

—Todo en orden, señor... KjiriKirst —le dijo, leyendo el nombre en el recibo de alquiler—. Pueden marcharse si quieren.

—¿Firma recibo? —preguntó el gris, mirándola a ella y a la carpeta en sus manos, poniéndola nerviosa.

—Sí, claro.

Greta siempre omitía firmarlo hasta que se lo pedían, no por obtener ventaja, sólo por curiosidad, para ver si alguno se olvidaba. Ni uno hasta el momento. Tomó el recibo de la carpeta de registro, selló la fecha de devolución y le hizo el garabato que ella usaba como firma rápida.

—Listo.

—Muchas... gracias.

El gris estiró su mano delantera para tomar el papel que Greta le extendió con dos dedos, evitando tocar la piel cenicienta, de aspecto brillante y húmedo. A ella siempre le recordaba la piel de una rana. Luego, el gris alcanzó con pasos largos a los otros seis que lo esperaban en la entrada.

Greta los vio desaparecer y giró para enfrentar el motorhome y la tarea desagradable que le esperaba. Aunque estaba decidida a hacer sólo la revisión. Que Goyo lo limpiara y se quitara sus manías de una buena vez.

Abordó nuevamente el motorhome, esta vez abriendo bien todas las ventanas y escotillas. Luego de un rato el aire era casi respirable en el interior y pudo recorrer el vehículo de punta a punta.

Desde que habían llegado, los grises habían generado un renacimiento en el alquiler de los motorhomes y casas rodantes, aunque la mayoría prefería los primeros, porque eran más espaciosos. Goyo decía que vagar durante tantas generaciones en su nave espacial, luego de haber perdido su planeta natal, los había acostumbrado a ese tipo de vida gitana, a llevar su casa de un lado a otro. A Greta le parecía que simplemente les gustaba viajar.

Mientras levantaba latas de conserva —les encantaba el pescado— y bolsas de galletitas vacías, la furia comenzó a renacer. Se sentía una estúpida por haberse dejado dominar por esa mirada. No sabía si lo hacían o no a propósito, pero le molestaba que funcionara con ella.

Además, si tenían tres piernas y esa capacidad de usar sus brazos y sus ojos de manera independiente —"disociada" decían en la tele—, podrían limpiar un poco mejor. Pero no, parecía como si sólo les diera el talento para desordenar aún más.

Estaba a punto de abandonar la limpieza, de decirle a Goyo que continuara él, cuando lo vio. Estaba en un rincón de la habitación de la parte trasera del motorhome, la que tenía la cama matrimonial —un colchón que ocupaba tres cuartas partes del espacio—, tapado por un montón de ropa. Greta estuvo a punto de romperlo al levantar la ropa de una patada.

—¡Goyo! —llamó, desesperada; después murmuró para sí—: Por Dios, no puede ser... ¡GOYO!

—Ya voy, ya voy —Goyo apareció enseguida, casi como si estuviera esperando el grito—. ¿Qué pasa? ¿Querés una mano con todo esto?

Greta no lo miraba. Tenía un montón de ropa en la mano y observaba con cara de espanto hacia un rincón, como si hubiera descubierto una cucaracha o una araña. Goyo miró hacia el rincón.

Era un huevo. De forma irregular, como de piel traslúcida. Gris.

—Es... es un huevo —dijo Goyo.

—¡Sí, ya sé que es un huevo, idiota! ¿Qué vamos a hacer con eso?

—¿Hacer? No sé...

—Vení, ayudame —dijo Greta, dando un paso hacia el huevo.

Goyo retrocedió un paso hacia la puerta de la habitación

—No. Es tuyo. Está en tu motorhome y lo encontraste vos.

—¡Eso no es mío! ¡Tampoco digo que sea tuyo! ¡Quiero que me ayudes a sacarlo de acá!

—¿Yo? ¡Ni loco! Mi contrato no dice nada de tocar huevos de extraterrestres ni nada de eso...

Goyo desapareció por la puerta. Greta iba a correrlo pero supo que era inútil: no iba a volver a subir al motorhome. Estaba asustado. Y ella también, aunque su furia enmascaraba un poco el miedo. ¡Qué derecho tenían los grises de dejarle un hijo ahí tirado!

Se acercó al huevo, sosteniendo la remera que había encontrado como si fuera una toalla lista para recibir al bebé de su baño. Envolvió al huevo como pudo —la tela se adhería enseguida a la superficie y era imposible corregir la posición— e intentó levantarlo, pero estaba pegado al suelo. Tiró suavemente. Nada. Y no se animaba a hacerlo con más fuerza. ¿Qué pasaría si se rompía esa piel gris, de aspecto frágil, que tenía en lugar de cáscara? ¿La demandarían por infanticida?

Pero tampoco quería dejarlo ahí, en su motorhome, un segundo más. Y esa ira que le generaba la intrusión pudo más: con los dedos, con asco indecible, fue separando de a poco la piel del huevo de la alfombra, maldiciendo al ver que volvía a pegarse si no prestaba atención.

Quince interminables minutos después salió con el huevo por la puerta del motorhome, con la sensación de que era ella misma la que recuperaba la libertad.

Aunque todavía le quedaba un problema a resolver: qué hacer con el huevo.

Goyo estaba en la oficina. Al verla entrar, hizo de cuenta que acomodaba unos papeles.

—Dejá de hacerte el ocupado, ¿querés? —refunfuñó Greta—, y vaciame el escritorio, así apoyo esto.

Goyo corrió a hacer lo que le pedía. Greta dejó el huevo con cuidado, maldiciendo al ver que un dedo se le había pegado.

—Los grises ponen huevos, ¿no? —preguntó, como si todavía hubiera otra alternativa.

—Sí —dijo Goyo, con aplomo; un segundo después, con tono de duda, agregó—. Creo que sí...

—Vos sí que sos de ayuda, ¿eh? —Greta miró el huevo—. ¿Y ahora qué hago con eso?

—¿Empollarlo? —dijo Goyo.

Greta lo miró, fulminándolo con los ojos. Un segundo después estallaron juntos en carcajadas.

La risa duró un buen rato y cuando se apagó sola, Greta se sentía exhausta:

—Dios mío... realmente no sé qué hacer con esto.

Ya sin fuerzas para estar parada, sacó una carpeta que había sobre una de las sillas y se sentó. Se quedó mirando la carpeta un segundo antes de reaccionar:

—¡El registro! —exclamó, girando hacia Goyo—. ¡El registro del alquiler!

Abrió la carpeta, presa de la excitación, y recorrió los datos con la punta del dedo. La desilusión fue tan repentina como la alegría: casi no había datos. Sólo el apellido del gris y el modelo del motorhome.

—¿Por qué diablos la ficha no está completa? —se volvió hacia Goyo—. ¿Tanto cuesta llenar una planilla con un teléfono o una dirección?

—Esa planilla la llenaste vos, Greta.

Greta se contuvo y miró la planilla. Era cierto. Era su letra. Para agilizar el contrato y que el cliente no se arrepintiera, siempre se decía que la completaría a la vuelta. Y cuando el cliente devolvía el motorhome, ¿qué sentido tenía llenarla?

KjiriKirst, ése era el nombre, apellido o lo que fuera, del gris.

—KjiriKirst —dijo en voz alta—. ¿Cómo voy a encontrarlo?

—¿Con el Google? —sugirió Goyo, casi tímido.

Greta lo miró para tratarlo de idiota pero lo consideró mejor. Quizá ni fuera tan mala idea. No, no era mala idea para nada. ¿Cuántos tipos con el nombre KjiriKirst podía haber en la guía de teléfonos? Sólo un gris podía llamarse así. ¿Y cuántos podía haber con ese apellido en particular?

—Goyo, sos un genio, no me canso de decirlo —y le dio un beso en la cabeza antes de sentarse frente a la computadora.

Goyo la miró, dudando, y se acercó a la puerta.

—Este... yo voy a limpiar el motorhome...

—Claro, claro —dijo Greta, mientras esperaba que encendiera el sistema para hacer la búsqueda.

Setecientos treinta y cuatro. Era la cantidad de personas con el apellido —o nombre— KjiriKirst.

—Esto está mal —dijo e ingresó el nombre otra vez, chequeando las mayúsculas y las minúsculas.

Pero ése era el número.

Greta no entendía. Al llegar, dos años atrás, los grises eran tan sólo doscientos. ¡Y ahora había ya más de setecientos con un solo apellido! ¡Dios, sí que se reproducían rápido! De repente los argumentos que los antigrises esgrimían no le parecieron tan exagerados.

Por simple curiosidad, siguió bajando en la página. Después de los KjiriKirst venían los KjiriKrindt, y los KjiriKtriss. Y antes, los KjiriKhints.

—¡Dios mío! —exclamó al usar el contador. Entre todos, había unos dos mil cuatrocientos, y eso sin ponerse a buscar más apellidos.

¿Pero qué importaba eso ahora? El tema era que otra vez estaba como al principio. No podía llamar a setecientos extraterrestres por teléfono y preguntarles si se habían olvidado un huevo en su motorhome.

Cerró las páginas amarillas y volvió al Google, donde escribió "grises" en el buscador. Entre las páginas que vendían muñecos inflables de los grises, supuestos artefactos traídos por ellos, mujeres que ofrecían sexo disfrazadas de gris, un restaurante de comida extraterrestre, y toda la maraña de ofertas cazabobos, encontró lo que buscaba: una página que hablaba de la reproducción de los grises.

Según un biólogo marino, los grises ponían huevos —aunque no había ni una sola foto—, que al principio crecían en la espalda de cada extraterrestre, y que su pareja fertilizaba al frotar su propia espalda con él. El biólogo también decía que el sexo de los grises no era fijo sino que alternaban sus papeles. Greta no pudo evitar que una imagen se formara en su cabeza, un gris levantándose de la cama de su motorhome, para salir de la habitación, y un huevo cayendo de su espalda...

—¡Greta! —llamó Goyo.

—¿Qué? —preguntó sin apartar la vista del monitor.

—¡Poné el canal 5!

Greta swicheó hacia los canales de video. Era una manifestación antigris, que había cortado una calle —parecía la avenida Jujuy— y agitaban pancartas y sus rostros enardecidos frente a un edificio chato y descuidado con un cartel ilegible a la distancia que estaba la cámara. Un hombre de tez oscura y rasgos indígenas comandaba la columna, vociferando, aunque el desorden era tal que el micrófono captaba lo que decía de manera muy entrecortada.

Era Jonathan Ortiz, portavoz de uno de los grupos antigrises más virulentos. Ortiz, un hijo de bolivianos radicado en Buenos Aires, había lanzado su candidatura para el gobierno de la ciudad una semana atrás, aprovechando la presencia de los grises como argumento para cargar contra el partido en el poder. Era de lo más gracioso, pero no tanto como descubrir que no le iba nada mal en las encuestas de intención de voto. Goyo decía que tenían que aparecer extraterrestres para que los porteños —gente racista si la había— eligieran un Jefe de Gobierno bolita.

Iba a cambiar otra vez hacia el modo de computadora cuando el ángulo de la cámara se modificó y la dejó estática, mirando las imágenes. Del edificio había salido un grupo de grises, que procuraba razonar con los manifestantes. El que estaba al frente e intentaba hablar con Ortiz mientras éste gritaba, rociándole la cara de saliva, era particularmente alto. Y Greta estaba segura que era su gris, el que buscaba.

No quiso preguntarle a Goyo. Era fácil imaginar su burla. Todos los grises eran iguales entre sí. En cambio, volvió al modo de computadora y puso en el buscador la palabra "extranjero", el nombre oficial que se les daba a los grises. La cuarta entrada era la de una asociación llamada Extranjeros en la Tierra, con dirección en la Avenida Jujuy. Y el director se apellidaba KjiriKirst.


El galpón de Greta quedaba en Ramos Mejía. Tardó quince minutos en llegar a Once, y media hora en recorrer las siguientes ocho cuadras. La manifestación había cortado la avenida Jujuy justo en el momento de mayor tránsito, por la salida de la gente de las oficinas céntricas. Por la FM de su camioneta, reconoció la voz de Ortiz:

—¡No vamos a dejarnos embaucar otra vez por sus ojos lacrimógenos, no señor! ¡Esas lágrimas de cocodrilo pudieron convencer a nuestros políticos para que les dieran asilo, pero no a nosotros!

El locutor intentaba decir algo, pero el discurso continuaba, sordo a las preguntas:

—¿Se preguntaron por qué somos nosotros los que tenemos que darles hogar y trabajo a los grises? ¿Por qué, mientras los yanquis roban toda la tecnología extraterrestre con la excusa de reparar su nave, nosotros asistimos a la invasión de nuestro país por cientos de engrendros del espacio? ¿No es obvio acaso? ¡Por plata, como siempre! Los políticos de turno llenaron sus bolsillos de dinero espúreo y nuestras calles de visitantes que no son bienvenidos. Pero esto se acaba aquí, ¿me oyen? ¡Se acaba aquí...!"

Greta se preguntó si realmente pensaban que sería posible echarlos al espacio ahora que estaban varados allí. ¿Qué pensaban hacer mientras reparaban la nave? ¿Encerrarlos en una de las estaciones espaciales y dejarlos allí dando vueltas al planeta? ¿Y si los norteamericanos nunca conseguían descifrar y reparar la nave?

A tres cuadras del tumulto se dio por vencida y estacionó la camioneta para recorrer el camino a pie. Ocultó el huevo cuidadosamente entre los pliegues de un buzo y se abrió paso entre la multitud. Pero la decisión inicial desapareció a los pocos metros. El fanatismo que se leía en la cara de los manifestantes la asustaba. ¿Qué pasaría si descubrían que ella traía la cría de uno de esos "engendros del espacio"? ¿Pensarían que los estaba ayudando e intentarían agredirla? Pensó en volver a la camioneta y a su galpón.

Un movimiento interno en el huevo refrenó su huida, aunque no el miedo. Lo que tenía ahí era una criatura, un ser viviente, de una especie que había recorrido millones de kilómetros. Ella no podía acobardarse por un grupo de vándalos que la separaban unos pasos de la puerta de entrada.

Mientras entraba, algunos le gritaron cosas al oído, pero era tal la confusión que no llegó a escuchar nada. La puerta de vidrio se cerró y la envolvió algo parecido a la calma. Le sorprendió que nadie le hubiera impedido el paso, pero era obvio que el propio asco era lo que mantenía a los manifestantes afuera. Por ahora.

Estaba en un amplio hall de recepción, con fiacas y sillones de cuero blanco. Un gris de poca estatura —no parecía ser joven— se le acercó.

—¿Desea? —preguntó con la escasez de palabras habitual.

—Necesito ver a... —volvió a mirar el recibo— KjiriKirst...

El gris dudó. Quizá estaba decidiendo si era uno de los manifestantes; si llamar a KjiriKirst o a la policía.

—Tengo algo que es de él —dijo Greta, levantando apenas el buzo para dejar ver el huevo.

—¡Oh, sí! —dijo el gris y se fue apurado.

La excitación y la alegría invadieron a Greta. ¡Hasta la voz del gris había expresado emoción! Todo se iba a solucionar por fin. Entregaría el huevo, el gris recuperaría a su hijo y colorín colorado...

KjiriKirst apareció seguido del otro.

—¿Sí? —preguntó el gris y entonces pareció reconocerla—. Ah, usted.

Greta creyó leer tristeza en sus ojos, más que de costumbre, como si hubiera estado llorando a su hijo perdido desde que se fuera de su galpón. Greta apenas pudo contener lágrimas de empatía.

—Tengo... esto... su hijo —y extendió el huevo.

KjiriKirst lo tomó con cuidado y lo desenvolvió con gran facilidad, como si la tela no estuviera pegada sino atada con un lazo que sólo un mayor —no una niña como ella— pudiera desatar. El gris tomó el huevo entre sus manos y lo alzó, para luego dejarlo en el piso.

—Gracias —dijo—. ¿Es todo?

Greta lo miró a él, al huevo en el piso, al otro gris, y nuevamente a KjiriKirst. No podía creer que lo dejara ahí, como si no le importara lo más mínimo, como si quisiera olvidárselo otra vez —quizá la primera no había sido accidental después de todo—. Por más prolíficos que fueran, nada justificaba esa desidia criminal.

—Pero... ¡es su hijo! ¿Va a dejarlo ahí, en el piso? ¡No puede ser tan descuidado!

Los dos grises se miraron.

—¿Hijo? —Algo parecido a una sonrisa apareció en su rostro, contrastando con sus brillantes ojos tristes—. No es hijo de mí.

KjiriKirst se levantó y comenzó a caminar hacia el lugar desde donde había aparecido. ¡El hijo de puta se iba y dejaba el huevo otra vez!

—¡No importa si es suyo o de su novio o novia o esposa o lo que carajo sea! ¡No lo puede dejar ahí tirado!

KjiriKirst desapareció, como si fuera completamente sordo a sus palabras. El otro gris la estaba mirando y Greta estuvo a punto de llorar antes de redoblar su furia.

—¿Y vos que mirás? ¿Es que sólo saben hacerse los estúpidos?

Entonces apareció KjiriKirst, seguido por uno de los grises más pequeños.

—¿Es hijo de él... de ella? ¿Es eso lo que me quiere hacer creer?

—No de él —dijo KjiriKirst—, de él.

Y señaló el lagarto que el pequeño gris sostenía entre sus brazos y que en ese momento depositaba en el piso. El lagarto se bamboleó rápido sobre sus patas cortas, corriendo hacia el huevo, y dio varias vueltas a su alrededor, envolviéndolo con su cuerpo, como si quisiera impregnarlo con su olor corporal.

—¿Es... —Greta quiso esquivar la mirada de los tres grises pero sólo estaba el lagarto con su huevo para dirigir la suya— es suhuevo?

KjiriKirst asintió, gesto extraño en un gris.

—¿Todo esto por un huevo de lagarto?

—KjiriKirsti y yo muy agradecidos.

Greta asintió y se fue sin decir una palabra.

Casi no percibió a los manifestantes mientras salía del edificio y recorría las tres cuadras hasta su camioneta. Mientras conducía, pensó que casi podía simpatizar con los antigrises. Después de todo, tenían razón. Los grises no sólo los estaban invadiendo con sus hijos. También con sus malditas mascotas.

Y lo peor de todo: daban ganas de llorar de sólo mirarlos.



Cuando se mude a otro planeta tenga la precaución de explicar detalladamente sus hábitos a los naturales; es un buen sistema para evitar enojosos conflictos.

Ya saben que Hernán Domínguez Nimo escribe ficciones serias y humorísticas con la misma seriedad y el mismo humor. Como lo hemos tenido varias veces por aquí, nos limitaremos a repetir que ha sido finalista en el Terra Ignota de México, ha ganado el Concurso Fobos 2003; publicó en la revista 2001, de España, en Necronomicón, La Idea Fija y muy pronto en Bem on Line. Sus relatos en Axxón: "No, gracias" (141), "En punto" (143), "Cambio" (148), "Hasta la siguiente" (150), "El guasón" (156), "Final incierto" (157).


Axxón 160 - marzo de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Contactos: Argentina: Argentino).

            

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