EL VIAJERO

José Luis Zárate

México

Lo diré desde el principio: mi nombre es Eliseo Hernández y soy detective privado. Un detective real, de verdad, en este mundo encantador. Ahora bien, creo mi deber destacar que no soy un hombre rudo, buen peleador y que conoce todos los oscuros engranajes de la vida. Si se me quisiera describir con una palabra sería anónimo. O anodino. Cualquiera. Y no es que importe. Nada importa mucho.

O casi nada.

Un día gris, en mi oficina que es una de tantas, entró un hombre común, con todas las trazas de tener mucha prisa y me dijo:

—Quiero contratarlo.

Antes de que mintiera diciéndole que no podía haber hecho mejor elección, ni conseguido a nadie más eficiente que yo, el tipo puso frente a mí una cantidad de billetes digna de cualquier serie televisiva.

Lo que debería haber dicho, para lucir mi rápido ingenio, era: "de acuerdo, ¿a quién mato?"

Pero, por desgracia, las mejores réplicas se me ocurren siempre unas tres horas después de pasada la situación; así que lo que me salió fue un:

—¿Qué...?

El cual fue ignorado por completo.

—Sólo dígame si el dinero es bueno. —Vio su reloj, como si este lo hubiera mordido—. Vendré mañana.

Acto seguido mi primer cliente misterioso salió y lo único que alcancé a pensar fue que no se parecía a mis típicos clientes: esto es, cónyuges desconfiados. Vaya encargo más tonto; así que tomé el primer billete y un prócer de la patria me miró tras unas gafas de abuelito, con una sonrisa sesgada y nada divertida. Un billete como todos. Nada del otro mundo. Excepto la fecha del próximo año.

"A chingao", pensé. Todos los billetes tenían fechas futuras y estaban muy usados, con esa textura que sólo años de circulación proporcionan, más o menos como unos calcetines míos. Si alguien los falsificó su trabajo era estupendo, pero no parecía ser eso, los billetes debían ser nuevecitos, crujientes, y con fechas creíbles, ningún falsificador pondría una fecha futura... ¿cómo iba a saber que el diseño no se modificaría?

Bueno, sólo se me ocurrió una manera para comprobar si eran aceptados o no.

Abrí los cajones para buscar algunos de los sellos que conservaba de mi trabajo anterior. Encontré el de TESORERIA junto con las credenciales y un viejo retrato de Alma que hice confeti antes de hallar la tinta. Mientras sellaba todos los billetes de tal manera que no se viera la fecha me la pasé pensando si valía la pena pegar la foto. Significaba mucho trabajo y a fin de cuentas ¿para qué?, Alma ya estaba muy lejos y un detective como yo no debe estar pensando en esas tonterías. Así que traté de olvidarla y me fui a gastar el dinero en diversos sitios sólo como parte de mi investigación.

El trabajo es el trabajo.


—¿Quiubo Cañas?

—Hola, contador. ¿Qué cuentas?

—Nada mano, aquí chambeando... ¿Sigues de detective?

—A veces. Oye, un favor. Dime si estos billetes son buenos ¿no? Me los dio un cuate al cual no le tengo mucha confianza que digamos... El banco se encarga de eso, ¿no?

—Claro, déjame ver... Yo me encargo de eso... Hum... Pinche banco, ni el sueldo me subieron... Son buenos.

—¿En serio?

—Seguro.

—Bueno, pues... Cóbrate lo que te debo.


El tipo apareció al día siguiente. Y lo digo en serio: apareció. Yo estaba juntando todas las facturas para mostrarle en cuantos sitios eran aceptados sus billetes y planeaba recibirlo con una enorme sonrisa cínica y dura, digna de un detective, para informarle: eran buenos, y nada más. Cuando al levantar la vista lo veo frente a mí. Me metió un susto de los mil diablos, hasta olvidé la sonrisa ensayada y puse una cara de pendejo común y corriente; y es que la puerta de mi despacho se abre crujiendo como en película de espantos y yo no la oí y ese tipo tenía la cara toda seria, algo así como si fuera a decirme que se había muerto.

Y exactamente eso hizo.

—Inventé una máquina del tiempo —dijo, y antes de que pudiera reírme o hacer algo más que reponerme del susto, agregó—: me asesinaron hace dos años y no sé quién, averígüelo. Me llamo Alejandro Leyva y vivía en... Le pagaré lo que usted pida.

Y sin previo aviso se disolvió en millones de puntitos negros que a su vez se fueron disolviendo en otros tantos puntos hasta desaparecer por completo.

Cuando el último de ellos se fue me acordé de respirar.

¿Pruebas? Estaban los billetes. Confiaba aún en mis ojos y algo menos en mi cerebro. Y había visto lo que había visto. Ahora se explicaba todo lo del dinero: el cuate ése, Leyva, viajó a mi futuro, apareciendo en cualquier lugar que manejara mucho dinero para traerlo a mi época. Me gasté el botín de un robo que aún no se efectuaba. Tuve que repetirme —algo así como sesenta veces—, que no era un sueño, para empezar a creérmelo. Tenía miedo, claro, como no, a un pinche tipo así como yo no pueden pasarle milagros, si éstos no son malos o de plano terribles. Y no me acaba de decidir si aceptaba la investigación o no, el dichoso asunto no era el de seguir a alguien y no sabía por dónde agarrar el hilo, y además... además necesitaba pensar, porque reflexionándolo bien ¿qué significa en realidad un viajero en el tiempo? Tardé poco en darme cuenta.


Apenas entré a mi casa me di cuenta que algo estaba fuera de lugar. No puedo decir exactamente qué, pues donde vivo todo está fuera de lugar. Ahora bien, cuando entré a ese chiquero tuve, durante un segundo, la certeza de hallarme en un sitio extraño. No sé lo que me dio tal sensación: mi sofá desvencijado seguía donde siempre, el pinche gato que Alma me dejó seguía siendo el mismo pinche gato. Sólo que imaginé a alguien entrando horas antes para mover todo unos centímetros, cambiando el ángulo de una revista y dándole un toque húmedo a las manchas de las paredes, incluso alborotando el pelo del gato de tal manera que pareciera diferente. Casi igual. Casi. Me dije que todo era efecto de la impresión causada en mi delicada cordura unas horas antes y casi me lo creo cuando escuché una voz:

—¿Cariño? ¿eres tú?

Lo cual me produjo el mismo efecto que si un loco-maníatico-homicida raspara una navaja de muelle contra un metal. Era Alma, mi novia, la que me había mandado a la chingada semanas antes, dejándome a su maldito gato y a la cual jamás oí usar la palabra cariño.

—Soy yo —respondí.

Salió de mi cuarto con una bata rosa que me recordó a la de mi abuela, y con más sueño en la cara que las esperadas muestras de arrepentimiento desgarrador. Me dio un beso en la boca que me supo a formulario de gobierno y luego se fue a la cocina a prepararme algo. Estoy loco, pensé, y no he logrado disuadirme de lo contrario desde esa extraña noche en la cual Alma me sirvió la cena. Evité, con el mayor celo, darle vueltas a un asunto tan peculiar como era el de estar ante una mujer conocida por años que de la noche a la mañana es totalmente distinta y que... para colmo... se parece a mi madre. No quiero decir en lo físico, sino en la forma en que me trató. Como si fuera un marido cualquiera regresando de su típico trabajo para pasar durmiendo una noche junto con su esposa fotocopiada. Por alguna causa desconocida, tal vez el sueño aburrido de su semblante, su charla insulsa, mi desconcierto, no le hice el amor esa noche. Ella no lo pidió. Nos dormimos en nuestros respectivos lados de la cama. Antes de cerrar los ojos ella dijo:

—Buenas noches, amor.

Nada me había asustado tanto, ni siquiera el tipo de la mañana, como esa frase rutinaria.

—Buenas noches —mascullé.


Desperté temprano y me dije que todo había sido un sueño. Alma estaría borracha ayer, yo drogado, el mundo patas arriba y Dios en paz. Huí antes de que ella despertara y echara por tierra esa hermosa ficción. Para no pensar decidí que lo mejor era el trabajo —lo que demuestra lo perturbado que estaba—. Un Alejandro Leyva asesinado hace dos años no sería difícil de localizar. Tengo amigos en la policía y de seguro leer el expediente del caso no representaba ningún problema. Fui a mi oficina para recoger la agenda donde apunté la dirección de Leyva. En mi escritorio se encontraba una carta y —nuevo milagro— un montón de billetes del futuro. Leyva llevaba dos años muerto y aún podía robar, como si nada, dinero del mañana. Maldita sea la ciencia ficción. Leí la carta.


En primer lugar Leyva escribió muchas explicaciones de cómo, por qué, cuándo planeó, diseñó y armó su maldita máquina, de lo cual no entendí ni madres. No importaba más que la pregunta: ¿por qué me lo estaba contando? No me interesaba, no lo comprendí y no creo que fuera necesario para mi investigación. De todas maneras lo más importante estaba casi al final. Al parecer Leyva hizo funcionar su máquina con la idea de presentarse en el futuro para hablar consigo mismo años después y saber —de este modo— los avances en el viaje del tiempo y cómo se usaba su invento. No se encontró. Cuando apareció en el futuro lo único que halló fue a un vecino aterrorizado ante lo que suponía un fantasma. Leyva murió el mismo día de su primer viaje en el tiempo, a medianoche. El vecino recordaba a un detective que vino a investigar unos meses antes la muerte de Leyva, un tal Eliseo Hernández. En ese instante Leyva regresó a su época, unos minutos después del presente. El viaje en el tiempo necesitaba, a su vez, tiempo; minutos que lo acercaban a esa medianoche en que iba a morir. Intentó ir a esa hora con su máquina y así ver quién lo había matado, pero fue imposible, por alguna causa desconocida no pudo viajar a ninguna época en donde él estuviera vivo. Leyva programó a su máquina para encontrarme a mí, en su futuro, unos años después de haber sido muerto, para que investigara. Cosa extraña esto del tiempo, él —Leyva— está en mi pasado, muerto ya; y sin embargo, también se encuentra vivo tratando de evitar esa muerte. La diferencia era sólo unas horas. Al Leyva vivo le quedaba poco tiempo y en su carta me dice que volverá en veinte días.

Al cabo de ese tiempo apareció. Dado que mi costumbre no es hablar con viajeros en el tiempo, imité —sin proponérmelo— un mal servicio telegráfico.

—Usted fue muerto, según el forense, a las once quince de la noche. Era una bala calibre .38. No se encontró la bala. Usted estaba en un cuarto cerrado del primer piso, junto a la cocina.

—Ahí tenía la máquina del tiempo.

—Vaya... bueno... Creo que su máquina fue desarmada. Tal vez no parezca mucho un aparato porque en ninguna parte lo mencionan. No existen los viajes en el tiempo y usted fue olvidado. Le dispararon de frente, a menos de un metro, a quemarropa. La bala atravesó la caja toráxica, perforó el corazón y salió por la espalda. ¿Cuánto tiempo le queda?

—En este tiempo menos de un minuto. En mi época son apenas las dos de la tarde.

—Vi a su vecino. Le di mi nombre de tal manera que se acuerde de él en el futuro. Recuerda un grito. El suyo, Leyva. Estaba gritando en su cuarto. Por lógica se encontraba en su época. Un grito muy corto, según me informó. Cuando llegó la policía, al cabo de media hora, el asesino pudo huir una docena de veces. ¿Quién querría verlo muerto?

Empezó a desvanecerse.

—Nadie.

Desapareció, pero los puntos negros me dijeron con la voz de Leyva que volvería en un mes.



Ilustración: Valeria Uccelli

Ese día no fui a comer a casa. Pensé que Alma preparaba algo y no tenía ánimos para ir. Se portaba de forma muy rara, pero yo profeso, como filósofo de altos vuelos, la idea de que todos pueden hacer lo que les dé su regalada gana siempre y cuando no me pasen a chingar. El problema estribaba en que Alma no me daba motivos para sentirme mal. Después de todo a cualquiera le gusta tener una esclava sumisa y callada. Parecíamos casados. Lo que es peor, me sentía casado. Ella no era así, no mucho, en realidad. Hablaba de trabajar y unión libre, tener hijos cuando fuéramos maduros y cosas por el estilo. La nueva Alma se quedaba todo el día en casa y se quejaba de aburrirse mientras me recibía con un beso en la mejilla. Como alguien escribió en un libro: el amor de los detectives siempre termina en la basura; aunque no creí que fuera de esta clase.

Simplemente para no seguir pensando me puse a ver la calle a través de los cristales del restorán. Me dio la impresión de que algo se encontraba fuera de lugar y no sabía qué. Tardé veinte minutos en darme cuenta del cambio. Los postes de luz, semáforos, lámparas eran verdes oscuros cuando ayer lucían un verde claro. Dejé en paz mi decimooctava cerveza, seguro de que ella era la culpable de todo. Diablos. Un taxi pasó por una calle que hace veinticuatro horas no estaba ahí. Algo extraño. Una muestra de mi veloz intelecto al decirlo. El problema consistía en saber qué estaba pasando.


Era hora de pensar en cuestiones tales como las paradojas. Leyva supo de mí porque en el futuro un vecino suyo le dio mi nombre. Yo le di al tal vecino mi nombre porque en el futuro lo sabía. Luego, entonces, era inevitable que yo estuviera implicado en el asunto Leyva. En matemáticas esta paradoja se explica con dos páginas llenas de símbolos.

Pinche suerte. Siempre reprobé matemáticas.

Veamos.

A. Leyva es un viajero en el tiempo.

B. Algo le está pasando a Alma.

C. Y a la ciudad.

D. Todo empezó cuando él llegó.

E. ¿Puede él cambiar mi historia?

F. Si es así yo no me daría cuenta, si mi pasado es modificado yo cambiaría con éste y no sabría del cambio.

G. No sé que chingao hago haciendo listas.

H. ¿Por qué me escribió Leyva esa carta contándome cómo construyó su máquina?

I. ¿Qué le pasó al artefacto una vez muerto?

Todo era cuestión de organizarse. Estaban ya los interrogantes y las premisas a seguir, sólo faltaba resolver esto.

J.¿Qué carajos hago ahora?


Los días siguientes fueron un adecuado ejemplo de mis innatas y sofisticadas facultades para la investigación. Me la pasé buscando a gente a la cual, en su mayoría, no encontré. Leyva me ayudó mucho con su dichosa carta; en primer lugar no me dijo si vivían sus padres. Si era casado. Los nombres de sus hermanos, de tenerlos. Lo cual quiere decir que el idiota leía novelas policiacas y que supone que uno podría hallar fácilmente la información. ¡Ja!, valiente asunto. Aquí no hay datos confiables, archivos ordenados a los cuales acudir. Aquí hay burocracia. Papeles perdidos. Gracias a Dios también hay vecinas, las cuales me dieron datos —algunos hasta se referían a lo que estaba investigando—, que pueden resumirse en pocas palabras: Leyva no recibía a nadie.

Sin embargo no era un ermitaño: iba a dar clases a la Universidad. Hablé con sus compañeros presentándome —lógico— como un detective que investiga una muerte misteriosa. Sirvió de mucho. La imaginación de sus colegas se despertó. Recordaron hechos que no me habrían proporcionado si les hubiera salido con un cuento. No había mucho qué saber. Leyva se llevaba mal con todos. Para empezar con la dirección de la escuela. Le valía madres sus alumnos, no apoyó jamás a ningún partido político. Bebía mucho. Una vez golpeó a un profesor por un malentendido y ya nadie se acordaba quién era el otro. Esa era la anécdota más interesante de Leyva.

No tenía esposa, no tenía amante, no tenía amigos, no tenía madre.

Maldita sea.

Leyva estaba solo.

Tuve que reconocerlo: a nadie le importaba un bledo Alejandro Leyva. Por eso la carta. No tenía a quién decírselo, a quién mostrarle su triunfo y presumir. Nadie se iba a tomar la molestia de matarlo.

Se parecía a mí.


La escena del crimen. Una casa ya rentada por una señora que encontró interesantísimo saber que habían matado a alguien justo en el cuarto de los niños. Interesantísimo, concedí. Y entré a un lugar que parecía un híbrido entre recámara de niños norteamericanos y campo de batalla. Una cama desordenada. Revistas tiradas por todas partes. No le preste atención. Lo interesante del asunto eran las pequeñas dimensiones del cuarto, una sola puerta. Ninguna ventana. Me enteré de que las cerraduras no habían sido cambiadas, eran de las que sólo podían cerrarse por dentro. Y es que todas las cerraduras del cuarto de Leyva estaban cerradas. El clásico asesinato en el cuarto cerrado donde el criminal no puede huir.

Mi teoría de que le hubieran disparado por la ventana no funcionaba.

Me acordé de que la bala atravesó a Leyva, ¿dónde estaba el agujero? Pues bien, para no hacerla larga, la señora ésa y yo buscamos en cada centímetro de las paredes y nada. Ningún agujero. Lógico.


Esta es una investigación hecha por un... aficionado, por decirlo así. Muchas cosas no supe y no importan en esta historia. De todo lo que me contaron de Leyva quienes lo conocieron no había nada digno de ser contado. Gris. Más gris que yo. Vaya.

Está de más decirlo, porque siempre lo dicen, pero de todas maneras ahí va: si me hubiera puesto a pensar en serio en vez de hacerme pendejo ya sabría quién era el asesino de Leyva.


Alma continuaba siendo la esposa ideal. Quise patearla, no lo hice por la horrible sensación de que ella lo aceptaría estoicamente. Su cruz. ¡Pinche cruz! Así que llegué bufando, me senté furioso y ella me sirvió la cena en silencio. Luché con la idea de propinarle una bofetada estratégica a la hora de los frijoles para ver si la antigua Alma, aquella que era una hija de la chingada, reaccionaba. No lo hice. No pude. La costumbre me estaba cambiando.

Reflexioné esa noche. Con la otra Alma habría hecho cualquier cosa menos pensar. Bien, veamos, las personas y lugares que conozco han cambiado. No mucho, pero sí lo suficiente para que se note. El cambio es demasiado grande —en proporciones, casi toda la ciudad—, para pensar en una jugarreta. Tal vez no es que todo fuera diferente, sino yo. Yo no estaba donde debería estar. ¿Cuando fueron los cambios? Después de estar junto al viajero del tiempo. Y una máquina temporal no es, para decirlo de algún modo, lo más común del mundo. ¿Y si me desplazaba a otro tiempo? No al futuro o al pasado, nada de eso, sino que fui trasladado a un presente en el cual Alma tenía otra personalidad. Sí, podía ser. La ciudad continuaba siendo la ciudad, sólo un poco más pintada. El quid del asunto consistía en que ignoraba por cuanto pinche tiempo.


Leyva apareció. Se fue. Hablamos. No importa tanto el qué, sino los nuevos cambios. Esta vez fueron mucho más violentos que los anteriores. Estuve muy consciente de mis sentidos. Experimentaba un desasosiego muy dentro de mí. Algo así como cuando uno sube a un elevador a punto de moverse. Leyva desapareció en puntos negros que se expandieron mientras se subdividían y me fueron rodeando, rodeando...

Primer cambio: Alma se había largado. La casa estaba hecha un asco. No había ningún gato. Estaba solo. No supe qué sentir. ¿Habría un Alma aquí? Tal vez.

Mi casa no era mi casa. Estaba llena de detalles que a mí nunca se me hubieran ocurrido. Y, sin embargo, encontré ropa de mi talla que desconocía. Yo la compré. Mi otro yo. Lo que conduce a caminos no muy gratos. En otras palabras, mi existencia en este lugar: un Eliseo Hernández que usaba calzoncillos estilo bikini —¡que horror!— con un pasado diferente, una vida diferente. ¿Qué fue de él? Tal vez fue desplazado a otra realidad en donde otro Eliseo fue desplazado y... bueno, hasta el infinito.

Milagro en mí, compré todos los diarios que pude encontrar. Me asusté. El mundo estaba a un tris de la guerra. Al menos eso decían los periódicos. Pudiera ser que en este tiempo fueran manipulados totalmente pero no estaba seguro. En el próximo desplazamiento bien podía encontrarme en medio de algo terrible. Una batalla, en fin, algo así. Y no podía liberarme de Leyva, partir al extranjero, hacerme el muerto. Bastaba con que supiera que me largué para detenerme... y desplazarme. Maldita sea. Maldito sea. Pinche suerte. Malditos sean los viajes en el tiempo.

Fue entonces cuando supe lo que sucedió en la casa de Leyva hace dos años. Estaban tan asustado que no me importó saber el nombre del asesino.

Leyva apareció. Sabía que iba a desplazarme violentamente. Cada viaje provocó un cambio mayor que el anterior. Leyva me dijo que había sobrecargado su aparato y que, sin contar éste, sólo le quedaba un último viaje antes de que fuera medianoche en su época. Sólo necesitaba saber el nombre del asesino, y entonces iría al pasado para modificarlo de tal modo que jamás el criminal y Leyva se encontraran.

—¿Qué puede pasarle a la máquina con esta sobrecarga?

—Puede fundirse.

Claro, el último eslabón. Ya sabía lo que le pasó a su invento.

—No se encontró ninguna máquina, Leyva, sino una masa metálica sin forma. Destruyó su aparato. ¿Cuánto tiempo tiene?

—Nada, nada de tiempo. ¿Sabe quién fue?

—Sí, lo sé.

—¿Y bien?

—Fui yo —dije, sacando una pistola del cajón.

Leyva me miró, sorprendido. Y también, lo sé, un poco triste. Su suerte, debería estar pensando, su pinche suerte. Ahí, con el arma en la mano quise decirle que no lo mataba por ser quien era; así de desagradable y solitario. Pero, por supuesto, era una mentira. Por eso mismo estaba apretando el gatillo, porque en mi presente (el futuro de Leyva) nada le importa, porque con su máquina del tiempo cambia totalmente la historia ¡que la historia se vaya a la chingada!, pero también a mí. Si deseaba reformar al mundo nada lo iba a impedir. Si no estaba atado emocionalmente a una época podía mandarla al carajo. ¿Entonces?

Nada importa demasiado, excepto yo.

Y aún así me era difícil matarlo.

Quise decirle que el tiempo sabe defenderse a sí mismo, no sé que más...

Leyva se disgregó en un montón de puntos negros. Me quedé tan sorprendido que lo único que pude hacer fue apretar el gatillo. Gritó. Leyva gritó. Desapareciendo, gritó.

Una bala .38 atravesó los puntos y fue a incrustarse en una pared del despacho. Ningún agujero en el pasado. El cuerpo herido mortalmente viaja en el tiempo hacia el pasado, dos años atrás, para morir ahí, gritando lo que su vecino recuerda como un grito muy corto.

No dudé ni por un momento que Leyva estuviera muerto.



Una cosa es viajar al pasado y otra, muy distinta, ser protagonista de un asesinato. Pero si las hebras de la trama se entremezclan, podrían combinarse ambas cosas y verse envuelto en serios problemas.

José Luis Zárate Herrera nació en Puebla, México, en 1966. Trabaja como escritor y ha sido reconocido como uno de los mejores autores de ciencia ficción de su país. Ha publicado Xanto, novelucha libre (1994); Fe de Ratas (1997); La Ruta del Hielo y la Sal (1998); Las Razas Ocultas (2001). Ha colaborado (entre muchas otras) en las revistas: El Cuento, A Quien Corresponda, Revista Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía, Blanco Móvil; Playboy, El Zahir, Asimov, Fractal zine, Carolus, Hojas de Utopía, Nahual, Umbrales y Sub. En Axxón fueron publicados sus cuentos: "Mundo blanco" (26), "La luz" (28), "Libertad 3, sur" (31), "Análogos y therbligs" (36), "Corre hacia mí" (83), "Rave" (142), "75-345" (146) y "Trece ficciones apocalípticas" (152).


Axxón 160 - marzo de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Viajes en el tiempo: Policial: México: Mexicano).

            

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