EL FANTASMA

Adelaida Saucedo

España

Hay un fantasma en mi casa. No es como esos de las películas, que dan miedo. Es una anciana de pelo teñido de un gris azulado y ojos negros rodeados de arrugas. Sus labios son finos y se los pinta de un rosa clarito que no le pega a la edad que creo que tiene, unos ochenta años. Está gordita y no debe ser muy alta, aunque nunca la he visto de pie, así que quizá me equivoco.

Su camisa es blanca y abotonada hasta el cuello. Lleva una falda gris oscuro y medias calcetín que terminan un poco por debajo de su rodilla, antes del bajo de la falda, dejando al descubierto unas rodillas gordezuelas. Sus zapatillas de andar por casa han visto días mejores y no sé de qué color serían al principio.

Siempre está sentada en la mecedora que hay en el rincón del salón, la que hay junto a la ventana y el radiador. Se balancea adelante y hacia atrás con suavidad, apenas sin hacer ruido.

Todo el día se lo pasa haciendo punto. Creo que lo que está tejiendo es una bufanda, porque no es muy ancha, pero sí larga.

Click, clack, click, clack, e inicia otra vuelta a la bufanda.

En su regazo, junto a las bolas de lana de distintos colores, hay unas tijeras.

Nunca me mira, aunque estoy seguro de que sabe que estoy aquí, sentado en el sofá, observándola.

Hay un fantasma en mi casa y nadie más parece verlo. Mi madre siempre me regaña por estar sentado allí, la mirada perdida en el rincón de la mecedora. Una vez intenté contarle que había un fantasma sentado y que se estaba meciendo.

Pero no me hizo caso. No me dejó hablar y se alejó mascullando algo sobre adolescentes con una imaginación demasiado activa.

La anciana sonrió cuando mi madre salió del salón, pero no levantó los ojos de las agujas.

Click, clack, click, clack, e inicia otra vuelta a la bufanda.

A veces pienso que mi familia tiene razón, y que es mi imaginación la que hace que vea fantasmas. Pero sé que se han dado cuenta de que la mecedora se mueve sola. Y todos evitan sentarse en ella.

Mi gata, Luna, ni siquiera se acerca al rincón donde está la mecedora. A pesar del radiador y de ese rayo de sol que entra por la ventana y convierte ese sitio en el más cálido de la casa.

Creo que mi familia también ve a esa mujer, tejiendo todo el tiempo. Pero no quieren reconocerlo, porque sólo los locos, los que tienen una imaginación desbordante pueden decir que ven a un fantasma sentado en una mecedora mientras teje una bufanda.

Una vez volví a casa del instituto y la mecedora no estaba allí. Mi madre me miraba, mientras yo permanecía parado en la puerta del salón con los ojos fijos en el rincón donde siempre había estado el fantasma.

—Ya es hora de que superes esa obsesión, hijo.

—¿Obsesión?

Asintió con la cabeza.

—No puedes pasarte la vida creyendo que tenemos un fantasma en casa. Los fantasmas no existen, cariño —y me pasó la mano por el pelo

—Pero...

—Nada de peros, Juan. Los fantasmas no existen, y en esa mecedora no había ninguno —me dijo con voz férrea. Aunque creo que más que tratando de convencerme a mí, estaba tratando de convencerse a sí misma.

Los fantasmas no existen, los fantasmas no existen.

Cenamos en la cocina. Mi hermano y mi hermana me miraban de reojo, como si no estuviesen muy seguros de cómo actuar ahora que ya no estaba mi fantasma. Mi padre y mi madre hablaban, ajenos al silencio que envolvía a sus tres hijos.

Para no faltar a nuestra rutina, fuimos al salón tras cenar, a ver un poco la tele antes de irnos a dormir.

Mi madre siempre entra primero en el salón, regañando a mis hermanos por lo desordenados que son. Es una especie de ritual que se repite noche tras noche

Pero mi madre no entró, y se quedó sin terminar la frase que había empezado.

En el rincón, balanceándose, estaba la mecedora.

Click, clack, click, clack, e inicia otra vuelta a la bufanda.

—¿Por qué la has traído de nuevo, Juan?

La voz de mi madre fue apenas un susurro.

—Yo no he sido.

—¡No mientas! —mi padre me dio una colleja y me zarandeó, aunque no demasiado fuerte.

—Te juro que no he sido.

El fantasma sigue con su tejer, ajena a la discusión que su reaparición había provocado.

Mi padre soltó mi brazo y respiró profundamente.

—Vamos a sentarnos a ver la tele.

Mis hermanos y mi madre entraron al salón sin mirar ni una sola vez hacia el rincón. Cuando yo iba a seguirles, mi padre volvió a agarrarme del brazo y me detuvo.

—Juan.

—Papá, no he sido yo.

—Lo sé.

Sus ojos estaban turbados y no dejaban de ir de mi rostro al de mi madre, que nos ignoraba y charlaba sobre la serie que iba a empezar en la tele con mis hermanos.

—Pero...

—No le hagas caso, no le mires, por favor, Juan.

—¿La ves?

—Ahí no hay nada. Es sólo tu imaginación.

—¿Papá?

Me apretó el brazo y entró sin decirme nada más.

Me quedé en la puerta, confuso. Miré al fantasma, pero ella no levantó la vista de la bufanda. Con gesto lento, detuvo su tejer y cogió las tijeras de su regazo. Eligió un hilo y lo cortó.

Preferí irme a dormir.


La mañana siguiente amaneció lluviosa. Mi madre entró en nuestro cuarto, dispuesta a luchar con mi hermano y conmigo para conseguir que nos levantásemos de la cama. Tarea nada fácil, ya que una ola de frío azotaba el país, y, fuera de debajo de las mantas, las bajas temperaturas hacían que se pusiera la piel de gallina.

Pero aquel día las cosas no discurrieron como siempre.

No había dormido en toda la noche, pensando todo el tiempo en el fantasma y en su sonrisa, que a cada minuto que pasaba me parecía más maliciosa, al cortar el hilo.

Observé a mi madre entrar en el cuarto envuelta en su bata y el pelo aún alborotado por el sueño. Se inclinó sobre la cama de Pedro, mi hermano, y le tocó el hombro para despertarle.

No despertó.

Me levanté de la cama y me acerqué. Mi hermano tenía fiebre, y había perdido el conocimiento.

Mi madre cogió al niño en brazos y salió corriendo, llamando a voces a mi padre para que se diera prisa en vestirse y llevar al pequeño al hospital.

La casa quedó tan silenciosa cuando se marcharon como si aún estuviésemos dormidos. Mi hermana<4>se había marchado con mis padres. Aunque mi madre no había dicho nada, estoy seguro de que no quería dejar a María conmigo. No creo que se fiase de mí.

Antes de marcharse al hospital, lo único que me dijo mi madre fue que no me moviese de allí hasta que ellos llamasen para contarme cómo estaba mi hermano.

Y eso fue lo que hice.

Hora tras hora estuve sentado al borde de la cama de Pedro. El único sonido que se escuchaba era el click, clack de las agujas al chocar mientras el fantasma hacía más vueltas a la bufanda con un hilo menos.

Click, clack, click, clack, e inicia otra vuelta a la bufanda.

Con un hilo menos.

Las sombras empezaron a invadir el cuarto. Anochecía, y nadie llamaba para decirme lo que estaba pasando.

Me levanté de la cama para ir a la cocina y comer algo. Llamé al móvil de mi madre y este sonó en el salón. Lo intenté con el de mi padre, pero estaba apagado. Aún debían estar en Urgencias.

Paseé por la casa sin saber muy bien qué hacer. Una posibilidad era acercarme hasta el hospital, pero, conociendo mi suerte, mis padres estarían de vuelta mientras yo iba para allá.

Mi pobre gata me iba siguiendo. Maullaba con suavidad, tratando de llamar mi atención y conseguir que le diese de comer. Volví a la cocina y le abrí una de sus latas.

En el salón, el click, clack de las agujas seguía sin interrupción. La oscuridad no parecía importarle al fantasma. Estaba tan acostumbrado al ruido de las agujas al chocar, que ya no era capaz de dormir si no las escuchaba.

Me acerqué al salón y me detuve en la puerta. La anciana no levantó la vista de sus agujas, aunque ahora estaba inclinada sobre su trabajo. Apenas entraba la luz de las farolas por la ventana y no creo que pudiese ver muy bien lo que estaba haciendo. Ni que nunca le hubiese importado. Nunca se había detenido, hasta el día anterior. Y era mejor que no lo hiciese. Mi hermano estaba enfermo y no creo que fuese casualidad.

Las casualidades no existen. O eso dicen, claro.

La observé tejer durante un rato. La luz amarillenta de la calle no era suficiente para iluminar su trabajo y cada vez inclinaba más la cabeza para ver lo que estaba haciendo.

Me acerqué a ella, temiendo que interrumpiera su tejer y me mirara. O peor, que dejase de tejer y cortase otro hilo.

Pero no dejó de mover las agujas, su click, clack casi hipnótico. Luna maulló desde la puerta del salón. Parecía quererme advertir, hacerme retroceder y alejarme de lo que estaba sentado en la mecedora.

La ignoré. Tenía que hacerlo.

Click, clack, click, clack, e inicia otra vuelta a la bufanda.

Miré a mi alrededor. Como nadie usaba la mecedora, ¿quién se iba a sentar en ella estando el fantasma allí, balanceándose y tejiendo? No había ninguna luz cerca.

Fui en busca de la lámpara de pie, la que mi madre usa para leer. Pesaba un poco y la tuve que llevar casi a rastras por todo el salón. Dejé marcas en el suelo de linóleo. Mi madre no iba a estar contenta cuando lo viera. Estaba muy orgullosa de su impecable suelo.

Por fin llegué junto al fantasma y solté la lámpara junto a su mecedora. Ni siquiera me miró. Detuvo unos segundos las agujas, pero en seguida volvió a su tarea.

Encontrar un enchufe donde conectar la lámpara fue más difícil. Jamás había tenido la necesidad de buscar una toma de corriente en otro punto de la casa que no fuese en la habitación que compartía con mi hermano.

El único que encontré era en el que estaba enchufada la televisión, el video y el reproductor de DVDs. Pero en la regleta aún quedaba un hueco libre. Lo enchufé allí.


Ilustración: Elmo

Click, clack, click, clack, e inicia otra vuelta a la bufanda.

Encendí la luz de lectura, mucho más agradable que el foco alógeno, que daba una luz difusa.

El fantasma detuvo las agujas y levantó la vista de la bufanda. Me miró con sus ojos oscuros y redondos. Su boca de labios finos, siempre formando una línea recta carente de alegría, se relajó hasta formar lo que podía considerarse, si uno se esforzaba mucho, una sonrisa.

Sin darme cuenta de lo que hacía, le devolví la sonrisa.

La anciana tomó el hilo que el día anterior había cortado y lo reintegró a la bufanda, sin ni siquiera mirar lo que estaba haciendo.

Click, clack, click, clack, e inicia otra vuelta a la bufanda.

El timbre del teléfono me hizo dar un brinco y soltar una palabrota, que de estar mi madre allí me hubiese valido una amenaza de lavarme la boca con jabón.

Y descolgué.

Hay un fantasma en mi casa. No es como esos de las películas, que dan miedo. Es una anciana de pelo teñido de gris azulado y ojos negros rodeados de arrugas.

Siempre está sentada en la mecedora que hay en el rincón del salón, la que hay junto a la ventana y el radiador. Se balancea adelante y hacia atrás con suavidad, apenas sin hacer ruido.

Todo el día se lo pasa haciendo punto.

Click, clack, click, clack, e inicia otra vuelta a la bufanda.

En su regazo, junto a las bolas de lana de distintos colores, hay unas tijeras.

Nunca me mira, aunque estoy seguro de que sabe que estoy aquí.



En todas las casas hay fantasmas. Sea cauto y amable con el suyo. Uno nunca sabe de qué humor se ha levantado.

Cuando presentamos a Adelaida Saucedo al publicar "A la deriva" en Axxón N° 154 dijimos que nació en Barcelona, aunque ha vivido gran parte de su vida en Ciudad Real, donde cursó Filología Inglesa. Nada de eso parece haber cambiado desde entonces. Sigue estudiando Filología Hispánica y trabajando como profesora de inglés. La vemos trabajar intensamente en el Taller 7 lo que augura nuevas apariciones suyas en breve plazo.


Axxón 161 - abril de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Fantasmas: España: Española).

            

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