HACERLA TRABAJANDO

Tarik Carson

Uruguay

Rupérez vivía en un pequeño departamento en los suburbios, con su mujer y sus cuatro hijos. Era un hombre delgado, tímido, originario de un pobre lugar llamado —con algunas pretensiones— Río de la Plata. Había logrado una educación religiosa (jamás faltaba un domingo a la iglesia) y, más tarde, un incontaminado casamiento. El Servicio le había dado un crédito generoso para instalarse definitivamente en el lugar, y se había podido comprar la casita. Y era un hombre feliz, a partir de tres contingencias fundamentales. Ser un beato ferviente, lo que le daba fuerzas para vivir en una época tomada por el mal; haber tenido la suerte de poder entrar al Servicio; haberse casado con una mujer impenetrada. Pero lo que marcó su existencia fue un instinto de obediencia a lo sagrado que había en un religioso que lo guió, a los jefes, que le daban trabajo, y a las personas de bien que aparecían en televisión, por las cuales libraba una guerra secreta y estaba dispuesto a dar su vida. Sí, y además también para él lo que enseñaba la televisión era todo, absolutamente todo.

Sufría por las noches al abandonar el sótano de la "casa segura" en la que servía. Allí dejaba, hasta el día siguiente, sus amados cultivos (en el momento, cultivaba un gigantesco chimpancé), sus instrumentos que sobrepasaban el millar, sus cuadernos con meditaciones sobre el oficio, escritos con su letra límpida y bella. Sus fotografías de los grandes personajes de televisión, personas realmente respetables. Allí peleaba la incomprendida y sacrificada batalla contra el mal. Así que los fines de semana, por lo tanto, le resultaban atroces. Casi todo lo aburría, menos el fútbol. Y un domingo resultó aún más molesto. Sus hijos habían tocado su portafolios. El estaba sentado en una rígida silla del comedor, mirando un partido en la pantalla, cuando pasó su mujer, corriendo hacia el baño, con el niño en los brazos. Alteradísima, gritó:

—¡Te advertí que no dejaras tus cosas al alcance de los niños!

El señor Rupérez observó la cara roja y convulsionada del niño y cómo la mujer lo mojaba y lo reanimaba. Se retiró al comedor, sin hablar. Luego fue al cuarto, dispuso algunos instrumentos sobre la cama, los contó, los volvió a guardar, cerró el portafolios y lo puso encima del estante más alto.

La mujer no le volvió a hablar hasta la noche. Hacía muchas semanas que no se acercaba a ella.

—Tengo en vista un vestido estampado con colores —le susurró al oído, en la oscuridad.

La mujer no le contestó. Rupérez, a sus espaldas, le empezó a acariciar el vientre con las manos frías. El no soportaba la luz en aquellos momentos, como tampoco soportaba que su mujer usara pantalones, ni que descubriera jamás las piernas. Ni que se afeitara las piernas (ella tenía largos vellos más duros que los del señor Rupérez y eso era muy excitante para él).

—Me tomas por estúpida —susurró ella.

—Te compraré vestidos de colores, un corpiño negro o transparente, unos pantalones rojos ajustados.

La mujer pronto sintió que el señor Rupérez se ajustaba e intentaba penetrarla con algo flácido. Se quitó la ropa interior con desgano y, boca arriba, abrió las piernas. El quehacer no se extendió por más de tres minutos, incluyendo los dos minutos durante los cuales, emitiendo un confuso y suspirado gangoseo, él luchó por introducirse con la precaria ayuda de un dedo. A ella le resultó fácil fingir quejidos de dolor ante cada lanzada.

—¿Te dañé demasiado? —afirmó o preguntó el señor Rupérez en un agitado susurro con gotas de saliva—. Decime la verdad.

—No mucho, no mucho —repitió ella con voz quejumbrosa—. Es que no te das cuenta de lo que tienes. Pero no importa...

—Te dañé mucho, ¿eh?... Habla... Decime la verdad.

—No importa... ¡Ah!... Bestia inmensa. No importa.

—Ah —exclamó Rupérez—. ¡Perdóname, por dios! Sé que te lastimé. Lo sé. No es necesario que disimules. ¡No tengo perdón! Siempre lo mismo.

—¡Vas a despertar a los niños!

—Soy un bruto, un animal, una bestia salvaje... —se reiteró Rupérez con un susurro y un sigilo que se fue afinando a medida que iba entrando al sueño abrazado a la mujer.

La mujer no se durmió en seguida. Sonrió en la oscuridad. Era su pequeña venganza. El tampoco la dejaba salir sola a la calle. Al principio lo había engañado con su virginidad, había hecho una escena, había gritado y llorado. Le había perjurado novecientas tres veces que no "conocía hombre", naturalmente. El señor Rupérez le había pedido que lo tocara y ella lo había hecho, luego de negarse incontables veces. El ya la había amenazado con llevarla al médico del Servicio, para que lo "arreglara". Luego ella había dicho:

—Es tremendo.

Pronto percibió un cambio en él. Un cambio maravilloso. Al día siguiente le había regalado ropas, un par de zapatos. La había empezado a besar antes de salir para el trabajo. Ella se dio cuenta y agregó fórmulas más ricas, que aplicó armoniosamente:

—No podré soportarlo.

—¿Nunca te miraste en el espejo?

—Si te pusieras en mi lugar... Querido.

Agregó luego, en la oscuridad como siempre, algunos nombres de animales. Un elefante, un toro, un semental (jamás se había animado a mencionar a un asno). El señor Rupérez se desesperaba abrazado a ella y la cubría de besos y promesas de amor y de las compras más imposibles. Estaba maravillado, profundamente feliz. Eternamente enamorado. Era la mujer ideal que leía fluidamente las honduras de su alma.

Ahora, ella se reía con regocijo de su pequeña maldad. Era, sin embargo, una maldad que le producía un bien misterioso a Rupérez. En realidad, al principio ella había extrañado. Su último novio, bueno, era como todos querían ser, y más, sí, y, en aquel momento crucial, ella había sentido pena de Rupérez. No una pena meditada, sino una pena instintiva. Ella, de todas maneras, no iba a perjudicar su matrimonio, y lo dejó así. Más tarde él empezó a sentir celos. Luego, en silencio, tomaba su portafolios (cargaba el portafolios a todos lados) e iba hasta la avenida a comprarle unas medias negras, un pañuelo oscuro para cubrirse el cabello. Al fin, todo esto le resultaba hasta divertido a la señora de Rupérez. Y siempre que lo recordaba se reía con regocijo, y en esos instantes de risa era feliz, bastante feliz.

Al día siguiente, el señor Rupérez volvía la esencia de la vida, el trabajo de cuidar a la Nación; comer; dormir; mirar la pantalla e identificarse con sus consejos y personajes famosos, admirar maravillado a los jugadores de fútbol. Esperar que pasara el tiempo sin pensar en nada, pues, como le pagaban muy poco, no podía salir a comprar cosas ni dedicarse al estudio de la lista de compras de los grandes supermercados ni obtener tarjetas de crédito diversas, etcétera. Así que cuando había menos trabajo tenía tiempo para pensar en dios, quizá, o para grabar en su infalible memoria los apelativos y minuciosos detalles de la vida y hazañas de los futboleros y otros millonarios. Al fin, siempre se consideraba un hombre dichoso, amante de su familia, temeroso de dios, disciplinado, para nada resentido y sorprendido aún por las maravillas de la vida. Sí, sí, sí, la vida era algo maravilloso.

Su oficina era bastante amplia, de cemento y puertas de hierro, sin luz ni aire naturales, en el sótano de aquella mansión vetusta, con un gran patio y altos muros vigilados. En un extremo, el señor Rupérez tenía un banco de carpintero con los utensilios de un bien provisto taller. A un lado había dos grandes jaulas con barrotes de hierro y alambre; al otro lado del banco, había cuatro ficheros de chapa abollada y despintada. Allí clasificaba con letras los instrumentos del oficio, la mayor parte creados por él. En el otro extremo estaba su escritorio, con una vieja lámpara y una pantalla diminuta sintonizada siempre en el canal "Ricos y Famosos".

Ese día, como tantos otros, con la vista dolorida por el fulgor de la placa con los festines deportivos, el señor Rupérez había proseguido su día sentado al escritorio, en una posición rígida, esperando. A unos diez metros, en una de las jaulas, tenía un gran chimpancé. Hacía días que no tocaba al gran chimpancé. No tenía ganas. Hasta la semana anterior había experimentado con los aullidos. Después, él animal había empezado a flaquear. Perdió, en apenas tres días, demasiados kilogramos. Le había costado alimentar a la burocracia para poder conseguirlo en el zoológico. Tenía que durarle, le había dicho al enfermero. Después de todo, no le eran tan fundamentales al Servicio aquellos experimentos. Aunque, para el señor Rupérez, tendrían en el futuro considerable utilidad. Había grabado una y otra vez los lamentos del animal. Había recurrido al alfabeto, que incluía a la electricidad, a la asfixia por el agua o por la bolsa de nailon, a los meros golpes, al ácido, al fuego, al sonido, al aceite hirviente, a la tenaza modificada, al martillo, al clavo bíblico... Las cintas estaban grabadas, él había hecho lo posible, pero no le habían enviado al perito. Para él, el animal siempre aullaba de la misma manera, y, además ¿cómo saber si mentía o no sobre un hecho determinado, por ejemplo, el de tener hambre o sed? Había abandonado la escabrosa materia, por el momento.

El señor Rupérez no sintió menos abatimiento cuando el jefe cerró la puerta, luego de comunicarle el traslado. Sintió en el pecho el peso físico de la intolerable pena. Miró el reloj. Miró largamente el fajo de billetes sobre el escritorio. Era temprano aún. Tenía ocho horas inertes por delante, hasta que anocheciera y la lucha lo distrajera. Debía moverse, por lo menos. Fue al baño, se cambió de ropa, se lavó las manos. Luego se sentó al escritorio y permaneció silencioso, con la mirada perdida sobre la jaula del chimpancé. A mediodía le trajeron la comida, que ni tocó. Se quedaría sin trabajo, de nuevo, y sentía, además, físicamente, la distancia del jefe y del protector. Ahora, recibiría tal vez órdenes de otro, tan respetable como cualquier jefe. Temía que toda esa debilidad que lo atacaba no tuviera remedio. Tal vez sólo fuera eso, y aquel chimpancé, allí, sin desearlo, se lo estaba diciendo... Se lo estaba diciendo a su manera...

Siguió durante horas en silencio, con la vista perdida, mientras su aspecto atrabiliario pareció crecer y fortalecerse más, erecto en la silla, respirando profundamente. Al fin, movió un brazo y encendió la pequeña pantalla. Trató de sintonizar algo digno. La misa desde San Pedro, algún partido de fútbol en algún mega estadio famoso. Recitó como un rosario la formación de unos célebres equipos de fútbol. En la pantallita solo pudo captar la tormenta magnética que rasgaba el sonido y las imágenes. Tomó la bolsa con el fajo de billetes y las guardó en un fichero. Extrajo del archivo metálico el Consolador Psíquico (que prefería por sobre la docena y media de otras drogas e ingenios que atesoraba allí), y antes de colocárselo cerró la puerta con el pasador de acero. El abatimiento comenzaba a resultarle intolerable. Con la mirada perdida en la jaula del chimpancé, y el Consolador aferrado a la cabeza, lloró. Lloró en silencio, sin moverse. Lloró por la Nación, por el Buenos Aires de su niñez y formación espiritual... Poco a poco, el consolador lo fue librando que aquel peso atroz, lo fue haciendo olvidar, y su cara delgada y pálida en el fondo oscuro del sótano, con la mirada roja ennegrecida y brillante, y sus escasos pelos erectos, empezó a modificarse para captar cierta beatitud, casi feliz. Pronto el Consolador chasqueó con la primera advertencia de sobrecarga. Rupérez abrió y cerró los ojos, se quitó cuidadosamente el aparato, lo guardó en el estuche y lo devolvió al archivador al que puso llave. Se acercó a la jaula donde se movía en silencio el chimpancé y se detuvo a mirarlo con los brazos en jarra. El animal se acurrucó aterrorizado en un rincón y empezó a mecerse y a gemir golpeándose desesperado contra el tejido de acero. Rupérez se encogió de hombros, extenuado por la decepción, y volvió lentamente hasta la silla del escritorio.

Más tarde, llamó al enfermero (que se hacía llamar "médico"), y le ordenó que preparara el trabajo para la noche.

—Tiene que caminar, doctor —dijo Rupérez—. Cincuenta metros hasta el muro. No importa cómo lo hace. Lo quiero caminando.

Entrada la noche, en la casa no quedaba más que el personal de guardia, con los detectores automáticos y los perros de presa. El señor Rupérez se colocó el delantal oscurecido y rígido por la sangre reseca, extrajo de su portafolios la cuerda de piano con las manijas y las guardó en el bolsillo junto a la tenaza quirúrgica. En la pieza de tareas, el médico había vestido al hombre con un traje que le quedaba demasiado grande y una corbata roja; el cuerpo estaba inerte, hinchado y sanguinolento, tirado sobre el catre.

—Está inconsciente —aseguró el médico.

—Eso no me interesa —dijo Rupérez—. Hágalo caminar.

—Pues hágalo usted —replicó el médico—. ¿Por qué lo trabajó también por abajo? Le hubiera dejado las piernas. Es más, deberíamos haberlo obligado a cavar el pozo.

El señor Rupérez se agachó frente el catre.

—Está bien. ¿Qué más da?... Pero tendrá que ayudarme.

En la puerta de salida, el oficial de guardia los roció con el vaporizador contra los perros y apagó algunas luces del fondo.

Los hombres salieron al patio. La noche era apacible y limpia y hacia donde se mirara se elevaba el rojo resplandor del suelo. La jauría de perros se lanzó hacia ellos y se detuvo a unos metros aullando furiosamente.

—No perdamos tiempo —dijo Rupérez, apuntando al fondo del patio.

—Esto es totalmente irregular. Esta no es mi tarea. Cargarlos —protestó jadeando el médico, tratando de seguir los largos y rápidos pasos del otro—. Parece que no, pero pesa...

Se detuvieron contra el alto muro, frente a la sepultura y al lado de un gran cajón lleno de tierra, dispuesto para ser abierto por un costado y soterrar la fosa.

—Colóquelo al borde, con las piernas hacia adentro —dijo Rupérez sacando la cuerda de piano del bolsillo.

—Creí que esto iba a ser algo profesional.

—Cierre el pico, y haga lo que le ordeno.

El médico quiso acomodar el cuerpo cuidadosamente en el borde, evitando que cayera al pozo. Pero se le escapó y lanzó un quejido al golpear el suelo. De inmediato, como advertido de que la muerte lo estaba por cargar, el hombre recuperó la conciencia, alcanzó a percibir a los otros, y dijo con una voz desgarrada y sorprendentemente lúcida:

—¿Dónde estoy? ¿Qué me van a hacer?

El señor Rupérez y el médico se miraron en silencio.

—Rápido, tómelo de las manos —dijo Rupérez.

El médico dudó durante un segundo y entonces el moribundo, desesperado, se agarró a la pierna del señor Rupérez, quien al instante vio que la cuerda de piano, inesperadamente, se le había enredado. Los tres hombres empezaron a forcejear entre la jauría que, observando las inefables formas de la muerte, empezó a aullar enloquecida. Rupérez golpeó con fuerza la cabeza del hombre y este resbaló por el borde del pozo arrastrando al otro por una pierna.

—¡Le dije que fuera más expeditivo! —sentenció el médico tomando a Rupérez por la solapa del saco antes de que desapareciera en la sepultura.

—¡Maldito sea! ¡Sosténgame, imbécil!

—¡No puedo! ¡No puedo! —gritó el médico quedándose con la solapa en la manos.


Ilustración: Pat Solaria

Sin embargo, el señor Rupérez recuperó la suerte profesional que parecía haber perdido. Cayó clavándole una rodilla en el pecho del pequeño cuerpo moribundo, que lanzó un postrero y espantoso estertor. Arriba, el médico no tardó en encender la linterna para iluminar el fondo del pozo, de unos dos metros de profundidad.

—¡Está bien eso! —aprobó Rupérez con cierto agitado alivio en la voz—. Ahorita termino.

Estaba encima del moribundo, con las rodillas sobre su pecho, y le temblaban tanto las manos que no podía deshacer el nudo de la cuerda de piano. Al fin, sin lograrlo y presa de una violenta rabieta, tiró de los extremos de la cuerda hasta que el múltiple nudo se corrió, achicándose en el centro. Rupérez sonrió de sopetón. No era tonto. Sin hacer nada de su parte perfeccionó un instrumento inapreciable. Aquel nudo en el medio del hilo de acero, daría a cualquier trabajo el toque del artista. (Reflexionó durante un segundo, acaso, y en el segundo siguiente, se dijo con orgullo: "Y los sabandijas creen que somos descerebrados que sólo cumplimos órdenes de los ricos.") Entonces, ya sin prisa, levantó los brazos con elegancia y calma, como si dirigiera una sinfónica, y agarró por los cabellos al cuerpo, desplazó el acero por el cuello y comenzó a tirar con terrible fuerza.

Desde arriba, el médico observaba, agachado contra el borde. Cuando el señor Rupérez introdujo los dedos en las fosas oculares, y empezó a manejar la pinza, el médico no pudo soportarlo y apagó la linterna tirándose hacia atrás. Diez minutos después, Rupérez gritó desde el fondo extendiendo un brazo cubierto de tierra ensangrentada:

—¡Sabandija cobarde! ¡Candidato a jabón! ¡Si todavía está ahí, deme la mano!

Cuando volvían a la casa segura, cansados y sucios de tierra, rodeados por la furiosa jauría de perros que los seguía zumbando como un enjambre, el señor Rupérez, orgulloso, enunció una sentencia totalmente incomprensible para el médico:

—¡Todos ustedes, los ranas y sabandijas quieren ser millonarios y caras de televisión!... ¡Pero no quieren trabajar para lograrlo!... Hacerla trabajando, como yo. ¡Malditos resentidos del infierno!... ¡Ah, si yo fuera el Presidente!



En algún punto, las sombras del pasado y las del futuro se anudan, estrechamente unidas por una cuerda de piano.

Tarik Carson da Silva nació en Rivera, Uruguay, en 1946. Vivió en Montevideo, Uruguay, y en Buenos Aires, Argentina, desde la década de 1970. Ha obtenido varios premios en concursos literarios, en Uruguay, Argentina y otros países. Fue cofundador de la revista Universo. Publicó los libros de cuentos El hombre olvidado, Ediciones Géminis, Montevideo, 1973, y El corazón reversible, Monte Sexto, Uruguay, 1986. En Axxón se publicó su novela "Océanos de nácar" (38), y los cuentos "¡no no Edgard no!" (48), "La perfección del anzuelo" (54), "La garra perpetua" (149).


Axxón 161 - abril de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Distopía: Uruguay: Uruguayo).

            

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