YSOBELT Y LOS VISIONAUTAS

Víctor Conde

Argentina

PRÓLOGO


¿Pero qué dices? Esto es un recuerdo. No hay tiempo para prólogos.


PERO ES QUE...


Nada. Date prisa y pasa a la primera escena, que se enfría la sopa.


UNO (Y A REGAÑADIENTES): LA MUJER SOMBRA LLEGA A LA OFICINA DE OBJETOS PERDIDOS, Y DE LO QUE ALLÍ ENCUENTRA


—¿Estuvo siempre solo, señor Dédalo?

—No. Tuve cinco gatos y veintiséis pájaros. Durante una época.

—¿Y cuándo decidió convertirse usted mismo en pájaro?

El hombre hace pucheros. No logra ocultar lo incómodo que le hace sentirse la conversación.

—Yo siempre he sido pájaro, señor mío. Lo que ocurre es que hasta ahora no me había dado cuenta.

—Pero imagino que sabrá... que los pájaros vuelan, y que usted no tiene alas.

—Claro que las tengo. Me las fabriqué con trozos de mi coche y unas cuantas lonas. No fue difícil. En casa tengo un taller que uso habitualmente.

—¿Podría aclararnos a qué se dedica, para que conste?

—Soy... era constructor de maquetas para barrios industriales. Ya no me dedico a eso.

—¿Y ahora qué hace?

El hombre sonríe con satisfacción.

—Volar.


¡Esto es radioesquizo, y son las nueve del mediodía de un fabuloso primero de Oniembre! Hemos preparado para vosotros una magnífica selección de estéreo-música y noticias, para que disfrutéis de la jornada y sigáis conectados al mundo. Antes que nada, responderé a un enojado cable que nos manda Grunilda Brum, de Ciudad Vertical: tranquila, chica, que estás más atacada que las naves del Star Trek. Si tu perro ha mutado en un clonimonstruo por culpa de una caja de galletas en mal estado, tal vez deberías denunciar a la compañía empaquetadora, no a nosotros. ¡En nuestra publicidad no nos hacemos responsables de los efectos secundarios de los productos!

Y ahora, el estado del tráfico: se esperan atascos masivos en la interestatal cinco por culpa del ascenso de Orión. Nuestros radioyentes conocen de sobra el nefasto influjo que esa constelación ejerce sobre los metacarburantes, así que si no disponéis de un disipador GR, mejor quedaos en casa. ¡O compraos uno, mieroño, que ya los regalan hasta con las entradas de cine!

En otro orden de cosas, se han hecho públicas las cifras de degeneración del lenguaje que cada año facilita el Instituto ConserBador. Muchachos, nuestra querida lengua materna es un dos por ciento menos pura que el pasado año por estas mismas fechas. Algunos atribuyen el fenómeno a la enorme popularidad que el negargot está adquiriendo entre la población juvenil, pero otros lo ven como un fenómeno de evolución social. ¡Pajas mentales! Haced como el artista antiguamente conocido como Trince, que ha eliminado otras dos facetas de su identidad. Ahora ya no tiene nombre ni sexo. Dentro de poco ni siquiera habrá existido. Protegeos contra las influencias nefastas de vuestros propios cerebros y, si la dolumena os forpajea el coco, recordad lo que radioesquizo dice siempre en ocasiones así: ¡Que les soniqueen con un pez espada!


La mujer sombra entró en la oficina cambiando su habitual aire risueño por otro de hastío. Una vez más, estaba todo patas arriba. Tras el mostrador, su compatrito Usler se las ingeniaba para introducir una caja redonda en el archivador cuadrado que le correspondía.

—Hola, Usler —saludó—. ¿Qué tal va?

—¡Fatal! Hoy va a ser uno de esos días —gimoteó—. No son ni las nueve y ya tenemos ocho recuestaciones de animales extraviados y veintiocho identidades olvidadas. ¿Cuándo aprenderá la gente que para objetos de índole biológica tienen que expetirse al departamento ocho? ¡Ya no bastan ni los carteles anuncio! ¿Por qué tienen que ser tan estúpidos?

Ysobelt sonrió. El pobre Usler había sido en su época de estudiante un partidista de grupos radicales, lo que había desembocado en su detención por la policía y la posterior lobotomización a cargo del Estado. Ahora ya no se masturbaba pensando en explosiones de bombas en colegios, pero tampoco habían podido erradicar del todo una chispa de odio hacia la sociedad que volvía simpática su forma de ser.

—No te preocupes. La próxima vez pondremos carteles fluorescentes, a ver si los ven mejor.

Ysobelt saltó al otro lado del mostrador y bajó el volumen de la radio. Unos sonidos estridentes llevaban surgiendo cadenciosamente del altavoz más de veinte minutos.

—Odio la estéreo-música —opinó.

—A mí me gusta.

—Se supone que si permaneces escuchándola un rato, las melodías comienzan a aparecer en tu cerebro. Pero yo nunca he logrado distinguirlas. Para mí es sólo ruido.

Usler miró extrañado el aparato, como preguntándose: Ah, ¿pero había melodías? Luego lo apagó. Había entrado un nuevo cliente.

El individuo llamó la atención de Ysobelt nada más cruzar el umbral. Era alto, más que la media racial, y sus vestiduras resultaban dramáticamente fantásticas: vestía un jubón de cuero, chorrera rematada por alzacuellos de plástico, guantes y botas hebilladas hasta las rodillas. En su cabeza, lo que desde lejos podría haber pasado por una boina echada hacia un lado, palpitaba con ritmos cardíacos cuando se la contemplaba de cerca. El maquillaje cutáneo azul marino le suavizaba las facciones, pero no disimulaba del todo la proteomáscara que alguien había usado para reconstruirle un lado de la cara.

Ysobelt le examinó con profunda curiosidad: aquel hombre no era un nativo de la Ciudad de los Panoramas. Al menos, no de los horizontes cercanos.

—¿Qué desea? —preguntó Usler, empujando el paquete dentro del archivador.

El hombre lo miró con unos ojos que eran como cuentas de ébano. Debió advertir algo en él que no le gustaba, pues se volvió sin más hacia su joven compañera.

—Buenos días —dijo suavemente—. Disculpen que les moleste. He pensado... que tal vez podrían ayudarme.

—Usted dirá.

—Estoy buscando algo. Una prótesis que extravié la última vez que estuve en la ciudad.

—Pues ha venido al lugar adecuado —sonrió Ysobelt, virando un teclado hacia el hombre azul—. Si tiene la bondad de dactilear a la máquina las características del objeto en cuestión...

—No puedo describirlo.

—¿Ni siquiera aproximadamente?

—No.

—Pues... al menos sabrá cómo se llama, ¿no? Porque el objeto tendrá nombre, más que sea categoridal.

—Es una prótesis manufabreada por mí: un par de alas de tres metros de envergadura.

Ysobelt alzó una ceja.

—¿Alas, como las de los pájaros?

El hombre sacó un cuadernillo. Lo abrió por una página concreta y le mostró dibujos, estudios anatómicos de las aves y su arqueo aerodinámico.

—Las diseñé yo mismo, pero cuando estaba a punto de efectuar la prueba de vuelo cometí un lamentable error. Las solté demasiado pronto y se alejaron de mí, planeando, sobre los rascacielos. —Su voz se quebró como la de alguien que habla de un familiar perdido—. No pudieron alejarse muchos kilómetros, por fortuna. En cuanto tropezaron con una térmica, las vi entrar en barrena con mi catalescopio.

—Bueno, por lo que usted cuenta, se trata de un caso sencillo. Sólo hay que ir a recogerlas. ¿Dónde las vio caer?

—Es que... —El hombre contuvo la frase, como temiendo la reacción que provocaría—. Ese es el problema. Creo... En fin, creo que han caído en la zona cero.

Ysobelt se tensó.

—Señor, me temo que lo que usted pide se encuentra más allá de nuestras obligaciones. Esta oficina se encarga de localizar objetos perdidos en la Ciudad de los Panoramas (que no son pocos), pero nuestra capacidad de búsqueda tiene un límite.

—Me he informado sobre la legislación vigente, señorita, y hay una orden especial para estos casos que pueden solicitar si lo consideran oportuno.

Ysobelt asintió.

—La orden 116-K, en efecto. Pero sólo se tramita en circunstancias muy específicas, de vida o muerte. Aunque quisiera ayudarle, tendría que justificarlo ante mis superiores, y no son gente que se deje convencer con facilidad.

Dédalo apoyó las manos en el mostrador, reduciendo la distancia que había entre ellos.

—Señorita... —Miró la placa identificativa de su pecho—. ¿Puedo llamarla Ysobelt?

—Adelante.

—Ysobelt, tiene que ayudarme. Es de vital importancia para mí que encuentre esas alas. No existe detrás ningún móvil más allá de lo meramente personal, lo confieso; no hay fluctuodinero en juego, ni propiedades estatilarias, ni siquiera tráfico de influencias.

—¿Entonces con qué argumento pretende que defienda su petición?

Los ojos de Dédalo se licuaron.

—Necesito volver a volar. ¿Lo entiende? Es tan sencillo como eso. ¿Usted nunca ha querido flotar libre por el espacio infinito, más allá de estos malditos rascacielos? ¿Cabalgar los alisios para que la lleven a lugares donde no ha estado nunca, sin saber cuándo volverá? Ya sé que de tan inocente hasta suena estúpido, pero es lo único que me importa en la vida.

Ysobelt lo contempló en silencio un minuto, sin parpadear siquiera. Su mente hervía con sensaciones encontradas.

Al final, se volvió hacia su compañero lobotómico y ordenó:

—Usler, prepara un impreso 116-K. De los nuevos, no de los de la caja de arriba.

Usler la tomó del brazo y se la llevó aparte.

—¿Pero qué dices? —preguntó en voz baja—. ¿Estás chiflada? Sabes que esa orden no se puede expedir para nadie que no sea un alto cargo. Está prohibida para la gente corriente.

Ysobelt le palmeó el hombro.

—Por eso lo hago. Es hora de que ese recurso se emplee de forma correcta, aunque sea por una vez. Además —sus ojos centellearon—: a mí los motivos de este hombre me parecen sobradamente justificados.

La joven acompañó al abatido Dédalo a otra sala. Su compatrito se frotó las sienes, incapaz de hacerla reaccionar.

Muy a su pesar, su gris predicción de aquella mañana tenía desagradables visos de cumplirse: aquel iba a ser un día, por desgracia, muy especial.


¿Disfrutando de la selección musical que os he preparado, metabolatas? Ya sabéis que hay un premio para aquel que nos envíe la descripción más insolicómica de lo que ha visto en la estéreo-música, consistente en... ¡tachán! ¡¡El objeto que tenemos encima del armario!! ¿Que de qué objeto se trata? Bueno, bueno, no vayáis tan rápido: eso podría ser materia de otro aplauconcurso.

¡Noticias! Click, click, bang. Los presindicatos de respiradores de metano se han quejado ante la Administración por el desarrollo de un nuevo medicamento que reduce problemas digestivos, dirigido al sector humano que puebla nuestra ecléctica urbe. Según los argumentos esgrimidos por su representante, el protozoo Ojkleikos Rajime, la especie humana es la principal mantenedora de su moneda, el volumen, compuesto principalmente por metano y porcentajes mínimos de otros gases. Su relación mutualista con los hombres corre grave peligro si éstos dejan de producir moneda de cambio. Llama la atención que este colectivo nos valore como meras fábricas de dinero, pero teniendo en cuenta que ninguna otra especie puede resolverles el citado problema —el metano no se encuentra de forma natural en ninguna atmósfera planetaria—, la Administración está considerando tomar medidas para potenciar su economía... en forma de rebajas en el precio de la fabada.

Click, click, bang. Nuevos disturbios en la zona cero. Las barreras que mantienen las áreas de irrealidad separadas de los barrios habitables se han venido abajo en algunos puntos, y los icomagos han aprovechado para colarse. Las brigadas especiales antiperpléjidos han acudido al instante, liquidando las aberraciones con sus viriles cañones de plasma. Sin embargo, temen que alguna se les haya podido escapar. Si usted es un perpléjido, o ha visto alguno ocultarse en el garaje de su vecino, notifíquelo de inmediato a las autoridades. Ya sabe lo peligroso que resulta para la integridad conceptual de nuestra urbe tener esos vórtices de entropía deambulando por ahí.


Ysobelt acompañó a Dédalo hasta la cima del edificio. Desde allí partían líneas de rayocarril hacia los cuatro puntos cardinales, y a menos que uno dispusiera de vehículo flotador propio, esa era la manera más rápida de desplazarse por la ciudad.

Dédalo estuvo mirando de reojo a la joven, intentando que ella no lo notara, mientras introducía unas monedas en la caja registradora y alzaba la bandera que haría detenerse en aquella parada al próximo tren. A pesar de sus esfuerzos, ella lo notó.

—Encuentras intrigante mi aspecto, ¿verdad? —comentó Ysobelt.

Dédalo se sonrojó.

—Supongo que todos arrastramos nuestro poquito de extrañeza. Algunos más que otros.

La joven no pareció perturbada por aquellas palabras. Introdujo la orden 116 en la caja, lo que les garantizaría acceso a barrios donde ningún rayocarril haría escala habitualmente. Lo hizo con una mano esculpida en una materia oscura, translúcida, pura sombra dotada de una dimensión extraordinaria. Dédalo no pudo evitar imaginar la carne que se escondía bajo su blusa de vivos colores, y se preguntó qué perversa conjura del destino habría llevado a Ysobelt a convertirse en una sombra viviente.

La joven sopló para apartarse unas hebras de oscuridad de la cara, cabellos rebeldes que eran mecidos por el fuerte viento que soplaba en la atalaya. Usó una mano como visera para protegerse del sol y miró hacia el oeste: un raíl elevado zigzagueaba entre altos pináculos de cristal y acero, llevando el rayocarril por encima de barrios industriales y zonas residenciales. Bordeaba colosos Art Nouveau que dotaban de color las más espantosas vistas burocráticas del distrito de los negocios, y esquivaba bosques de autopistas colgantes y necrópolis directamente inspiradas en novelas decimonónicas. La Ciudad de los Panoramas se expandía cayendo por el borde del mundo, haciendo honor a su nombre.

—Adoro este sitio —dijo ella. Dédalo identificó en sus ojos la mirada. Esa mirada.

—Yo también. Por eso quiero escapar de él.

El tren llegó puntual y ambos subieron a bordo. Un brazo articulado sustituyó el fusible de la máquina, cambiándolo por otro recién cargado, y las ruedas siguieron rodando con un estallido de arcos voltaicos.

El hombre azul eligió un asiento en el vagón de pasajeros. Ysobelt solicitó al revisor un mapa de los barrios colindantes a la zona cero.

—Hace poco ha habido brechas en las zonáreas de irrealidad. Podríamos usar un poro si queremos cruzar al otro lado, pero debemos ser precavidos: los antiperpléjidos aún estarán merodeando por allí, rabiando de ganas de vaporizar cualquier cosa que se mueva con sus cañones. —Hizo una mueca—. Para una vez que les dejan usarlos, son como niños con juguetes nuevos.

Dédalo estudió con sumo interés el mapa. La frontera con las zonas no era una línea recta, y había tramos en los que ni siquiera estaba definida. La irrealidad era tan difícil de contener al otro lado de un muro que a veces lo rebasaba por simple presión osmótica.

—Por cierto, creo que aún no le he dicho mi nombre. Soy un maleducado —sonrió—. Un maleducado llamado Dédalo Ínsumorf.

—Encantada. —Estrechó su mano—. Usted ya conoce el mío.

—Algún día tendrá que explicarme cómo ha llegado a ese estado, si tiene la bondad. Es la primera vez que veo a una mujer sombra.

—Y yo a un hombre azul.

—Vamos, no irá a comparar... Lo suyo sí que es fascinante. Azul lo puede ser cualquiera.

Ysobelt intuyó el cumplido.

—¿No ha visto cosas más indescriptibles que yo desde las alturas?

—No he volado tanto como para eso. Una vez me lancé desde el piso doscientos de la torre donde vivo, pero había tan poca distancia hasta la fachada de enfrente que sólo pude descender planeando hasta la calle... ante la estupefacta mirada de los vecinos, todo hay que decirlo. —Sonrió—. Y muchos me conocen. Creo que a veces empujo a los que me rodean demasiado lejos.

Ella hizo un alegre gesto.

—A toda mujer le gusta pensar que es seductora por ella misma, no porque parezca una sombra.

Dédalo bajó la vista al mapa.

El tren se encontró con un arqueo en el raíl, un tramo que sólo era posible superar efectuando un looping, y los pasajeros se sujetaron a sus asientos. Tras la pirueta apareció un túnel entre dos torres gemelas, un andén incrustado en la superestructura que las atravesaba de parte a parte. Ysobelt tiró del cordón de parada en la siguiente estación, un lugar abandonado y sucio donde sólo descendieron ellos.

—Bueno, ya estamos cerca de las zonas. A partir de ahora hay que tener cuidado —le previno.

Ysobelt había sobrevolado la ciudad en numerosas ocasiones en los aeróstatos civiles, y conocía el trazado de sus calles. Los barrios se vertebraban sobre grandes avenidas rectilíneas, de docenas de kilómetros de longitud. Ahora se encontraban en el extremo de una de ellas, un espacio abierto que nadie había limpiado desde hacía meses. Una calle muy diferente a como ella misma sería cinco o seis kilómetros más hacia el interior.

Un grupo de jóvenes metabolatas hacía guardia junto a una casamata de helados, ante un parque de atracciones. Ni siquiera se dignaron a mirarles cuando Ysobelt se acercó y trató de sonsacarles información sobre los poros.

Uno de los chicos, que parecía un polizón de sí mismo, un pasajero tras un ojo de vidrio, señaló unas plataformas que alguien había apilado en el interior de la casamata. Dédalo las reconoció con un sobresalto.

—¡Deslizadores T! Sólo funcionan dentro de las zonas, pero si pudiéramos hacernos con un par...

Ysobelt señaló a las plataformas, parecidas a tablas de surf con una vela invertida en la popa.

—Eh, amigo. ¿Reconoces esto? —Enseñó al metabolata su carné de funcionaria—. Significa que tengo autoridad para hacer que vengan los antiperpléjidos y os hagan una revisión a fondo, por si alguno ha inspirado más limizona de la cuenta. Si nos ayudáis diré que no os he visto. —Se volvió hacia Dédalo y explicó en voz baja—: Estos chicos suelen consumir aregatón 3, un metaácido que convierte su sistema nervioso en una antena de captación de irrealidad. Se tumban cerca de la frontera para sintonizar lo mejor posible las ondas alucinógenas que emanan de la zona. Los antiperpléjidos a veces los confunden con oriundos del otro lado, dada la cantidad de surreabolitos que llevan en sangre.

Ante la mención de las fuerzas de seguridad, los jóvenes temblaron. Parecían fugitivos de sí mismos, demasiado asustados para permanecer en el sitio y demasiado cansados para salir corriendo. Sacudieron sus cuerpos como flores abiertas a la luz solar, abandonada toda posibilidad de conseguir ese descanso que necesitaban para recargar la pobre dosis energética de sus cuerpos.

El del ojo de vidrio se acercó dando tumbos.

—Trnkila, tía, n kerems prblms. ¿Q s lo q kiers?

—Necesito saber si hay algún poro por aquí cerca... y que me prestéis un par de Ts. Vamos a entrar en la zona.

El joven hizo un gesto inclasificable con la cabeza. Sus compañeros le imitaron en una maniobra coral que le puso a Ysobelt los pelos de punta.

—Ay 1 poro q fnciona trs l stación. Ls Ts t ls pdes yvar, p cge ls 2 prmeros. Ls ot sn nuestrs.

—Ya, ¿y qué tal si me dais unos que funcionen? —objetó con picardía—. Esos dos tienen profundimpactos de plasma. Creo que nos llevaremos los del fondo, si no os molesta.

El joven la miró con profundo desprecio, pero ella alzó el carné en un movimiento que a Dédalo le recordó un sacerdote interponiendo una cruz en el camino de un vampiro.

Los metabolatas accedieron.

—Komo kiers.

—Joder, cada día es más difícil entenderlos —protestó la joven, escogiendo los deslizadores en mejor estado—. Prometo devolvéroslos en cuanto acabemos de usarlos. Adiós.

Dédalo correteó pegado a ella mientras cogían las tablas y se alejaban del grupo.

—¿Estás segura de lo que haces? Estas tribus urbanas suelen ser peligrosas...

—Lo son, pero les tienen un terror absoluto a las brutalbrigadas. No creo que se arriesguen a atacarnos antes de...

Fue la misma Ysobelt quien intuyó el peligro.

De reojo advirtió que el joven extraía algo de su bolsillo, un objeto que cabía en su mano. No fue la naturaleza del objeto en sí lo que la puso sobre aviso, sino su ademán furtivo.

—¡Cuid...

La advertencia llegó tarde. El metabolata arrojó la psicobomba a los pies de Dédalo, y la detonó con un zumbido.

Nada sucedió.

El joven alzó la vista hacia ellos y sonrió ante lo absurdo de la situación. Dédalo agarró su tabla con las dos manos y la estampó contra su cara, rompiéndole la nariz. Los otros metabolatas chillaron como mujeres parturientas que supieran que sus hijos iban a nacer muertos.

El metabolata cayó de espaldas, los sonidos enmudecidos en su cabeza por la fuerza del golpe. La bolsa donde guardaba el resto de las bombas, junto a unos frutamelos sin cáscara, se abrió y su contenido se desparramó por el suelo.

—¡Nos han lanzado una wuhsiner1 en mal estado! —exclamó Dédalo, riendo de la indignación que sentía—. ¡Serán imbéciles!

La segunda wuhsiner que cayó de la bolsa sí funcionó. Expandió su campo siete metros y los abdujo con un profundo oooohhhmmmmm. Sintieron una débil migraña y la sensación de que el cuerpo se les vaciaba de sustancia. Por un instante, fue como si un intruso mordiera las sinapsis de su cerebro. El suelo pareció abrirse y dejar pasar el cielo que chocó contra la tierra; el sentido del equilibrio se convirtió en una broma macabra, e Ysobelt cayó hacia arriba hasta golpear la acera con la cabeza.

Luego, el silencio taoísta.


1

DOS (Y NO TE QUEJES): LOS ARROJADOS VIAJEROS ABORDAN LA PARTE MÁS PELIGROSA DE SU VIAJE,

Y DE LAS CONCLUSIONES QUE SACAN DE ELLO


Boletín de noticias de radioesquizo a las veinte treinta: ¡¡Hace calor!! No sé vosotros, hummipunkis, pero yo me estoy asando en esta maldita emisora. Encima, no funciona el aire monoclimeado. ¡Nueve puntos en la escala de Wichguer para el estrés de esta jornada! Hace menos de una hora se publicó el último libro del gurú Gibbons Malk Tremonia y, como siempre, sus fans han protagonizado suicidios en masa delante de las tiendas en una emotiva ofrenda al espíritu de sus enseñanzas. Es un hermoso gesto, pero nos preguntamos si a este paso le quedarán seguidores para la segunda edición.

Click, click, bang. Las previsiones para movimientos sociales de esta semana anuncian una recolocación de las zonas púdicas. El nuevo metrotabú es la nariz. Chicas, chicos, ya podéis enseñar por fin los tobillos y el escote, pero que no se os vea la napia. —Una buena noticia relacionada: en la Pasarela Claveles ya se anuncia el advenimiento de la moda payaso para la próxima temporada—. También se van a declarar ilegales los caucasianos en la urbipatria de Remo. Cualquiera que muestre un tono de piel sonrosado será abatido a tiros por las autoridades. Con esta medida se pretende equilibrar la balanza étnica, fundamental para los seguináticos de la secta Loom, con mayoría en el gobierno. Ellos interpretan tan al pie de la letra sus escrituras sagradas que extrapolan enseñanzas hasta del color de las tapas de sus libros... y la última editirada tenía un cincuenta por ciento de la solapa blanco y el otro cincuenta negro.

Click, click, bang. La sociedad irrealográfica ha catalogado otros cien ejemplares de especies que habitan en las zonas. Tengo el informe ante mis narices y os aseguro que no he visto cosa más delirante, tíos. Aquí leo, por muestremplo, sobre una criatura llamada porrocleitus legaci, adicta a la hierba desde su concepción uterina. En el mismo instante en que nazcan sus hijos les inculcará el vicio de fumar. O este otro, el sermoníclaro éticus, que siempre está perorando y suele acabar con el pecho traspasado por una espada. En el instante de su muerte, no deja de sermonear a su asesinicida diciendo: "Eso que haces no encubre más que un complejo de inseguridad". Alucinántropo, ¿verdad? Cuando la expedición subvencionada por la sociedad regrese de su último viaje por las zonas, nos contarán más cosas.

Click, click, plaf. Vaya, se ha entrabasquillado. Hora del nicoticafé, pringaos.


Una ampolla se rompió bajo la nariz de Ysobelt. El aire que respiraba se transformó en un efluvio tan desagradable que no tuvo más remedio que olvidar su dulce sueño de manzanas parlantes y volver a la realidad.

Además, la habían atacado. Eso lo recordaba. Un cerebro normal se despertaría y como mínimo tendría la decencia de defenderse. Quiso actuar cabalmente, pero de algún modo, el enlace que conectaba ese razonamiento con el movimiento efectivo de sus brazos estaba roto. Tras unos segundos de nausea (ooohhhmmmm) y de escasa coordinación, pudo oohhmmmitir parte del mareo.

—¿Qué ocurre? —exclamó sobresaltada—. ¿Dónde estoy?

A menos de tres centímetros de su nariz había un casco militar, con una persona dentro. Ysobelt se llevó un susto de muerte, pero el hombre la tranquilizó tras revisar su carné de funcionaria.

—Buenas tardes, señorita. Se halla usted muy lejos del cordón corporativo, ¿lo sabía?

Ysobelt se levantó. Cuatro antiperpléjidos patrullaban alrededor de la casamata de helados, sus cañones rezumando energía. Habían encerrado a los metabolatas en un furgón blindado, y ahora peinaban los alrededores con sus neuroescáners.

—Sí... lo sé. —Miró a su izquierda. Dédalo recuperaba el control de sí mismo en ese preciso momento—. Lo sé. Lo sé. —Luchó contra la inercia verbal. Señaló las tablas de surf que yacían tiradas en el suelo—. Son nuestras. Las necesitamos.

—¿Les han obligado esos gamberros a tomar algún metaácido de sintonización con la zona? —preguntó el policía, con voz retumbante. Una distorsión provocada por su careta antigás volvía más inquietante el efecto.

—No... creo que no. Fue una bomba, una wuhsiner. O varias.

—Tuvieron suerte de que sólo detonara una. Si no, ahora sus cerebros no servirían más que para decir chorradas filosóficas y resolver cubos de Rubik. ¿Desean escolta hasta los barrios interiores?

Ysobelt se frotó las sienes.

—No... Son ustedes cordimables, pero debemos proseguir nuestro camino. Pertenezco a la oficina de objetos perdidos. Estoy buscando algo que cayó del cielo en los alrededores.

—¿Pertenecen a la expedición?

—¿Qué expedición?

—Una que financia la sociedad irrealógica. Visionautas colgados de aregatón 3. Pasaron por aquí hace un rato. Iban a cruzar el muro.

Ysobelt guiñó el ojo a su compañero.

—Sí, vamos con ellos. Nos quedamos un poco rezagados por culpa de esos críos.

—Pueden continuar, pero procuren evitar el muro de contención —advirtió el policía, despidiéndose con un saludo militar—. Últimamente han eclosionado demasiadas pasibrechas.

—Eso espero.

Ysobelt tomó a Dédalo de la mano. Se cargaron las tablas al hombro y pusieron tierra de por medio. Los antiperpléjidos se olvidaron de ellos y continuaron registrando el parque.

Al cabo de diez minutos de caminar, Dédalo se apoyó en una pared y vomitó.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Ysobelt, sosteniéndole. Él asintió.

—Durante la pesadilla concebí algunas ideas que debían ser expulsadas. Pero ya me siento mejor. ¿Qué hacemos ahora?

—Llegó el momento de la verdad, Dédalo. Nos encontramos a la sombra del muro.

Ysobelt avanzó hasta un cruce de calles y miró al norte. Dédalo la imitó, comprendiendo en seguida a qué se refería.

Entre las casonas periféricas de la urbe, tesoros de épocas pretéritas donde no resultaba tan peligroso para la cordura vivir al límite de la irrealidad, se elevaba un enorme muro de cemento. Era alto y viejo, baqueteado por décadas de embates surrealistas por un lado, y el ostracismo de la población por el otro. La combinación de ambas fuerzas lo había agrietado, exfoliándolo en algunos puntos, simplemente desgastándolo en otros... pero aún continuaba en pie.

Ysobelt acarició la superficie de ladrillos ocres. Estaban calientes, casi palpitando con vida propia. Había visto el muro desde lejos en muchas ocasiones, pero nunca se había imaginado que su contacto fuese cálido.

—Creí que sería una cosa fría y espeluznante —murmuró.

En aquel momento deseó dar un mordisco agresivo a la fruta del conocimiento, para entender qué significaba aquel símbolo (porque, ahora lo sabía, el muro no era sino un símbolo, aunque no imaginaba de qué) y de esa manera poder cruzarlo. A su espalda, los reflectores picoteaban la noche, mostrando el camino a casa a los vehículos que recorrían como balas las autopistas colgantes.

Un relámpago rayó la armonía desigual de los edificios. La ciudad se volvía fantasmal, nocturna.

—Creo que nos dejará pasar —decidió Ysobelt, mirando al muro con optimismo.

—¿Cómo estás tan segura?

—No estoy segura. Pero lo hará. La expedición debió atravesarlo por aquí. Eso lo vuelve permeable. —Afiló los ojos—. Hemos tenido suerte.

Tamborileó con los dedos en el muro, impaciente.

Y allí estaba. Una grieta se abrió como un relámpago invertido. De sus fisuras brotó una luz acromática.

Dédalo se echó hacia atrás. Al contacto con la luz, las tablas recargaron sus baterías y flotaron mansamente a un metro del suelo.

Ysobelt se irguió sobre la primera, pulsando el pedal de aceleración. Dédalo la imitó. A los escasos segundos estaban sobrevolando un paisaje completamente diferente. Y ya no se veía la ciudad por ningún lado, pese a la colosalidad de sus rascacielos.

—¡Un poro! —exclamó la chica—. ¡Es un bendito poro!

Acongojado, Dédalo miró sobre su hombro.

Sólo ellos habían traspasado la frontera. La urbe no.


El oficial no había mentido. Al poco de surflotar entre sotobosques de tallos de hierba, tan altos como un elefante y casi la mitad de livianos, encontraron a los visionautas. Se trataba de un grupo de hombres y mujeres, desnudos salvo por unas esferas de cristal que llevaban en la cabeza, cuya utilidad parecía limitarse a sustituir sus rasgos faciales por el reflejo de lo que había a su alrededor. Cada una lucía el dibujo de una enorme huella dactilar.

Los visionautas les saludaron. Ysobelt derrapó con su tabla, en un movimiento algo brusco que la posó justo frente a ellos. Dédalo no fue tan hábil, y a punto estuvo de embestir un tallo de hierba.

—¿Qué has venido a hacer aquí, chiquilla? —preguntó uno de los visionautas.

—No me llamo chiquilla —contestó ella—. Pero os saludo. Mi amigo y yo hemos entrado en vuestro huergel para buscar unas alas. ¿No las habréis visto caer cerca, por casualidad?

El portavoz, un hombre circuncidado, les dio la mano a ambos en señal de bienvenida. La enorme esfera que llevaba sobre los hombros tenía casi el triple de diámetro que su cabeza.

—No hemos visto lo que dices, niña, pero podemos ayudarte a buscar si respondes a una pregunta —dijo.

—No me llamo niña, y estoy de acuerdo. Preguntad. —Ysobelt se dirigió a Dédalo en voz baja—: No aceptes ningún apodo que te pongan o sustituirá para siempre a tu verdadero nombre. Niégalo en voz alta y ruega para que su pregunta sea sencilla.

—¿De qué conoces a esta gente? —preguntó Dédalo, fascinado. No podía creer nada de lo que estaba sucediendo a su alrededor. Ya le habían advertido que las zonas podían ser desconcertantes, e incluso peligrosas para la cordura, pero nunca imaginó que llegasen a tal extremo.

—Una vez acudió una embajada de visionautas a nuestra oficina. Al parecer, habían perdido algo en la ciudad, una de las huellas dactilares de sus miembros. Lo solucionamos pintando otra nueva.

—¿Y de quién la copiaste?

—Realmente no son huellas dactilares, aunque lo parezca. Son las arrugas de una frente.

—¿Arrugas?

—Sí, arrugas de la piel provocadas al pensar con intensidad. Le pedí a mi compatrito, Usler, que resolviese una algebración matemática y traté de calcar su entrecejo.

El visionauta se plantó delante de Dédalo.

—¿Tú también vienes con ella, amigo?

—Sí, yo...

—¡Ejem! —interrumpió Ysobelt. Dédalo se apresuró a recalcar:

—¡No me llamo amigo! —Durante un segundo temió no volver a recordar su nombre, pero por fortuna el daño no había sido letal—. Intentaremos responder a vuestra pregunta a dúo.

—Como deseéis, audaces viajeros. Sólo queremos que nos digáis si el pájaro debe posarse o no.

—¿El pájaro? —Dédalo alzó las cejas. Iba a responder cuando su compañera le tocó el hombro—. ¿No crees que todo pájaro debe acabar posándose, Ysobelt?

—Espera. Tiene truco. La palabra "pájaro" posee muchos significados en negargot. ¡Oh, mierda!

—¿Qué ocurre?

—No lo hemos negado. Nos ha llamado audaces viajeros, y no lo hemos negado.

Dédalo arrugó la frente, y el circuncidado miró con cierta envidia (¿atracción sexual?) las arrugas de su entrecejo.

—Os los devolveremos si contestáis —prometió—. Es muy importante para nosotros. ¿Debe posarse el pájaro o no?

El hombre formuló la pregunta con una mano a la espalda, la otra dibujando con el dedo índice un camino en el dibujo de su cabeza, y los pies separados. La pierna izquierda estaba suspendida en el aire, mientras que la derecha cargaba con todo el peso del cuerpo.

La mujer antes llamada Ysobelt pensó con intensidad.

—Deberíamos decirle que sí —dijo su compañero azul—. En realidad es un puzzle muy sencillo. El lugar de las aves está en el cielo, pero yo soy la prueba viviente de que a veces caen a la tierra.

—No tan deprisa. Pájaro también significa inmensidad, karma, montaña y destino. Puede que haya querido decir una cosa u otra dependiendo de si el dibujo de su casco tiene un punto central o no. O puede que no tenga solución.

—Pero... si lo que pretendía decir es que la inmensidad se desploma, la respuesta debería ser no. Algo que es inconmensurable por definición no puede desplomarse. En todo caso se derrumbaría sobre sí mismo.

—Sí, pero... ¿te fijaste en su mano derecha?

El hombre azul hizo memoria.

—La escondió antes de formular la pregunta.

—Exacto. Eso significa que hay algo escondido. Un elemento que no forma parte del todo.

—No te sigo.

La joven trazó un círculo en el aire.

—Si no forma parte del todo, es que de algún modo pone límites a la inmensidad. Algo fuera de lógica. Por lo tanto, la expresión no significaba "inmensidad".

—Entonces debía referirse a la segunda acepción: karma.

—Esa podría ser la solución más obvia, pero pienso que no es el caso. ¿Qué hacía con la mano izquierda?

El hombre azul cerró los ojos y trató de proyectar el recuerdo del visionauta sobre sus párpados.

—Recorría con el dedo un camino en su propia huella dactilar. Como si subrayase un sendero.

—¿Con qué dedo?

—Joder, audaz viajera, ¿qué más da?

—Es importante —insistió ella—. ¿Con qué dedo?

—Con el índice... creo.

—Uhm... Entonces la respuesta no está en el karma. Según la tradición, la energía espiritual recorre un camino, pero no implica que éste siga una dirección. El camino sería entonces aleatorio. Los dedos índice y anular se usan normalmente para señalar direcciones. No es un karma completo, pues.

El hombre azul resopló de hastío. Se les estaban acabando las opciones, y él ya ni siquiera recordaba por qué letra empezaba su nombre.

—¿Entonces cuál demonios es la respuesta?

—No.

—¿Cómo?

La mujer sonrió.

—La respuesta es no. ¿Recuerdas sus piernas? Se apoyaba sobre la derecha, mientras que la otra se inclinaba hacia dentro. Rodillas pegadas sugiere confluencia de caminos, mientras que si el camino que confluye está suspendido en el aire, es que no tiene fin. No lleva a ninguna parte. Por lo tanto, la respuesta es no: pájaro significa destino, y no hay destino si no dispones de alas que te lleven al lugar al que deseas ir.

Ambos miraron al visionauta, esperando un veredicto. Hasta les pareció verle sonreír bajo su máscara.

La cúpula se movió afirmativamente.

—No es la respuesta, Ysobelt y Dédalo.

Dédalo se tambaleó cuando la chica le abrazó, emocionada. Por un instante se sintió incómodo, y recordó la conversación que habían mantenido en el rayocarril. Sobre todo la parte en que ella había dicho: "A toda mujer le gusta pensar que es seductora por ella misma, no porque parezca una sombra".

Le había demostrado que había más que simple belleza en su cuerpo. También había inteligencia, y sabiduría.

El hombre azul se estaba enamorando.

Alejó esos pensamientos. Su único propósito era recuperar sus alas. Sólo eso.

—Os escoltañaremos —dijo el visionauta, y los demás miembros de su logia estuvieron de acuerdo.

—¿Dónde?

—Al lugar donde están tus alas.

Dédalo les miró con desconfianza.

—Antes dijiste que no sabíais dónde estaban.

—Y antes fue cierto.

No hablaron más. Dédalo estaba cansado de tantos acertijos. Él sólo quería volar.

Tras una hora de camino, arribaron a lo que únicamente se podía describir como un valle entre grandes formaciones piramidales. No estaban hechas de piedra ni de barro, pero olían como si se pudiera cosechar algo bajo su piel.

Ysobelt escaló una de estas grandes pirámides y acarició su punta. Algo brillaba en aquel lugar: tres aristas con fulgor índigo. El piramidion remataba la estructura, pero de algún modo comunicaba la sensación de ser algo aparte. Un objeto con identidad propia.

Sus caras parecían transparentes. Ysobelt compuso una expresión de sorpresa al mirar en su interior.

Dédalo escaló junto a su amiga. Cuando logró llegar a su altura, descubrió lo que miraba con tanto interés.

El piramidion estaba lleno de imágenes.

Imágenes de Ysobelt.

—Hemos llegado al final del camino —murmuró ella—. He cumplido con mi parte. Tus objetos perdidos están aquí.

La Ysobelt que se movía dentro del piramidion no estaba hecha de sombra, sino de carne. Era como una película en tres dimensiones. Deambulaba alegre por lo que parecía ser un mercado, o algún tipo de feria, y sí despedía sombra. Dédalo se preguntó si aquella superficie estaba reflejando a otra Ysobelt, una entidad cuyo reflejo era también Ysobelt.

Llevas momentáneamente deprimida dos años —dijo un hombre en el recuerdo—. Deberías salir. Ir a la feria. Olvidar.

No puedo olvidar. Olvidar duele. No quiero sentir más dolor.

—No puedo olvidar... —repitió la mujer sombra—. Olvidar es sentir dolor.

Dédalo posó una mano en su hombro.

—¿Estos son tus recuerdos? ¿Qué hacen aquí?

—Cayeron junto a tus alas. Se me escaparon cuando hizo viento.

Olvidar duele. No quiero sentir más dolor.

—Ysobelt, todos buscamos algo. Tú buscas tu otra mitad. Yo el cielo. ¿Crees acaso que mi búsqueda es más difícil que la tuya?

La joven rozó el piramidion, poniendo su dedo al otro lado del cristal. Casi podía tocar a su otro yo.

De repente, las pirámides flotaron. Los visionautas no intervinieron en absoluto: en actitud indolente, se limitaron a reflejar en sus cabezas lo que estaba pasando.

—¿Cuántos estilos de realidad hay posibles? —preguntó la mujer sombra, contagiándose de la nuncanidad del entorno—. ¿En cuántas partes infinitesimales se puede dividir la percepción del universo, y dónde está escrito que debemos ordenarlas de una manera o de otra? En mi opinión, el interés de los seres humanos en conservar intacta su cordura es tautológico.

—Lo dices con demasiada seguridad —murmuró Dédalo—. Hay gente que opina que si algo se afirma con la suficiente contundencia, tiende ser cierto. Y en este lugar más aún.

—Eso me da igual. Considéranos a nosotros mismos. ¿No te asusta pensar que en el fondo no estamos juntos por decisión propia o por pura casualidad, sino por una perversión en las leyes de la física? Las relaciones entre los seres humanos son pautas de acción y reacción, y por lo tanto pueden reducirse a una expresión matemática. —Suspiró—. Desde que llegué a las Ciudad de los Panoramas he estado observando a la gente, y me he dado cuenta de que las historias que cada uno protagoniza no son en absoluto triviales. Cada fragmento de vida que llega extraviado a nuestra oficina arranca de un modo vulgar, intrascendente, para luego empezar a adentrarse en territorios oscuros de una forma tan paulatina que uno apenas lo percibe. Se nos muestra un camino, pero tomamos otro que subyace en sus intersecciones. Puede que lo hagamos de forma inconsciente, como ratones que no alcanzan a ver las paredes del laberinto... o puede que en el fondo nos guste jugarnos el pescuezo por darle una pincelada de color a nuestras grises vidas.

—¿Quieres decir que estamos aquí, en este preciso lugar, por otro motivo diferente al que hemos venido? ¿Que de algún modo estaba escrito, ya sea en un libro místico o en un silogismo matemático, que nos encontraríamos? —Se llevó las manos a la sien—. ¡Dios, esto es una borrachera de nuncanidad! ¡Nos está contagiando!

—Son las zonas.

Ysobelt giró la pirámide, que destellaba en una serie de secuencias breves, inconexas, pero unidas por una sinergia indescifrable.

—Son sus leyes.

Las gigantescas pirámides que flotaban a su alrededor comenzaron a orbitar como si las moviera algo similar a un libre albedrío.

—Nosotros somos ahora los observadores. Podemos cambiar la realidad hasta convertirnos en el único elemento constante que la defina. Pero jamás podremos manipularnos a nosotros mismos, alterar nuestras emociones o percepciones, o nuestro sentido del yo. —Ysobelt miró a su compañero, y éste pudo apreciar la sonrisa que bailaba en lo profundo de sus ojos—. Tocar la mente es demasiado peligroso.

—Sigues empeñada en ser mi protectora, ¿verdad?

Un destello de ternura.

—Sigo empeñada en hacer que vueles, de una forma u otra.

Sus manos se enlazaron. En su intento de revolotear alrededor de los dos únicos personajes del drama para así abarcar una panorámica más completa de la historia, el hombre pájaro se había ido alejando de Ysobelt. Ahora se daba cuenta. De algún modo, los anónimos artistas encargados de dar vida a aquella región del ensueño habían olvidado los deseos de ella para centrarse en los suyos, y eso desequilibraba el cuadro.

—Pero, ¿qué es lo que quieres tú? —preguntó Dédalo.

Ella sonrió.

—Mis deseos no importan.

—Me importan a mí.

Los visionautas se dieron la vuelta. Sus huellas mnemodactilares adquirieron la profundidad de laberintos, y se fueron extinguiendo a medida que se marchaban, perdiéndose en las nieblas del ensueño. Al poco rato, Ysobelt y el hombre azul estaban completamente solos.

Una lágrima resbaló por la mejilla de la joven.

—¿Estás seguro de lo que pides? Ten en cuenta que mis deseos personales podrían entrar en conflicto con los tuyos.

Por toda respuesta, él la besó. Fue como hundir su lengua en la fría oscuridad que deja el sol cuando se sumerge en el horizonte. Los labios de la joven congelaron los suyos, y los bañaron de agua del deshielo al apartarse.


Ilustración: Guillermo Vidal

Dédalo saboreó esa humedad con placer. Aquel beso había sobrepasado la frontera de lo sexual. Se equilibró entre lo perverso y lo sublime tan finamente que le hizo recordar aquel poema que había escrito cuando era adolescente. Sí, aquel.

—¿Por qué temes decirlo? —preguntó Ysobelt.

—¿El qué?

—Que te atraigo.

Dédalo tembló.

—Porque... No, no debería.

—Vamos —insistió Ysobelt.

—De acuerdo, pero por favor, no te enfades conmigo. —Tomó aliento—. Lo único que deseo es volar, Ysobelt. Recorrer los cielos infinitos. Y el principal impedimento para ello es arrastrar cosas que te aten a la tierra. El amor... —Tragó saliva—. El amor es uno de los lastres más pesados que existen.

Ysobelt emitió una risita deliciosa.

—¿Qué ocurre? —preguntó Dédalo.

Ella acarició su espalda. Sus dedos provocaron un rumor de plumas.

—Hemos encontrado tus alas, tonto.

Y las alas se abrieron.


¡Esto es radioesquizo, y son las ocho del mediodía del dos de Oniembre! Hemos preparado para vosotros una magnífica selección de estéreo-música y noticias, para que disfrutéis de la jornada y sigáis conectados al mundo. Gran éxito el conseguido por el grupo tangorock Sindicalización De Tu Flora Intestinal (mieroño, tíos, os buscáis cada nombrecito...), antes conocido como Freddie Dijo Sí En Su Última Hora. Ha sido con su tema Dibujando Patrones Complejos. Estos chicos han abandonado la estéreo-música para crear la tendencia contraria, la melodía hiperclara. De hecho, su canción consta de tres únicas notas que se repiten ochocientas diecinueve veces. Sí, nosotros también nos preguntamos cómo demófritos han logrado encajar la letra.

Pero antes que nada, queremos hacernos eco de una serie de llamadas enviadas por nuestros radiofreaks. En ellas afirman haber avistado un hombre volador sobre las torres del horizonte norte. Lo describen como una figura azul de cuya espalda surgen alas blancas de gran envergadura, como de gargoángel. Nuestro consejo, muchachos, es que no abuséis de los filantrópodos. Algunos atacan la médula espinal igual que el alcohol causa estragos en vuestro hígado. Y si resulta que no es una alucinación colectiva y el hombre alado existe de verdad... pues que siga volando sin descanso, por los siglos de los siglos, que siempre resulta agradable saber que al menos uno lo ha conseguido.

Pero el mundo no para de girar y otras cosas suceden en nuestra amada ciudad. El señor Losientoperonomegustaelpostre ha encontrado un nuevo idioma al que traducir su ya de por sí desconcertante nombre. A partir de ahora responderá por Tiklaitabakanikttuquera-sinu, aunque su representante no ha tenido la amabilidad de indicarnos de qué dialecto o lengua se trata. Respecto a la información bursátil, hoy el precio de las religiones ortodoxas se cotiza a...



¿Es un pájaro, es un avión? Déjese llevar por los alisios a lugares donde no ha estado nunca y descubrirá qué es lo que recorre el cielo.

Víctor Conde (Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, España, 1973) estudió Psicología y Cine aunque en la actualidad trabaja como programador de sistemas. Sus cuentos han aparecido en Artifex Segunda Época, Gigamesh, Solaris y Visiones. Ha sido dos veces finalista del premio Minotauro y tiene cuatro novelas publicadas: El tercer nombre del emperador, Piscis 1, Piscis 2 y Mystes. Cuatro cuentos en Axxón: "La asombrosa historia de Enrique..." (107), "El Archivista" (109), "Efecto campo" (118) y "Empalme en la cinta de Moebius" (160).


Axxón 161 - abril de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ficción Especulativa: Irrealidades: España: Español).

            

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