JOHNNY GOBAC Y SU MARAVILLOSO CIRCO DE RATAS

Milena Benini

Croacia

Así que ésta es la historia de cómo a mí, Johnny Gobac, alias El Sabueso, me endilgaron no una, ni dos, sino exactamente tres ratas super-mejoradas. La historia implica a una Megacorporación Malvada™ y a una niñita desaparecida, pero comienza con un intento fallido de preparar un budín de pan con manteca.

Le eché una mirada a la masa escupida por la unidad de horneo y llegué a la conclusión de que el intento había fallado... otra vez. Arrojé la masa al reciclador, el plato vacío a la lavadora y revisé mentalmente mis posibilidades. Lo más fácil habría sido hacer un pedido a la Confitería DeLaNona™, pero el día estaba demasiado lindo para quedarse dentro de la casa. Y a mí me gusta que mis salidas tengan un objetivo, no importa lo nimio que sea. Así que decidí ir hasta la casa de Ana y ver si ella tenía algunos dulces del domingo para ofrecerme.

¿Lo captan? Nunca es sólo una cosita.

La puerta de la casa de Ana estaba sin llave y no me molesté en golpear. Una de las razones por las que había escogido a NorCro como lugar para vivir luego de mi retiro era la sencilla cordialidad de puertas abiertas de los vecinos. Al no tener familia propia, disfrutaba de la ilusión de intimidad que esto me brindaba, al tiempo que me permitía mantener la privacidad intacta cuando prefería eso.

En lo cual estaba muy equivocado, por supuesto.

—¿Ana? —llamé, deteniéndome en el enorme hall-salón-de-estar—. ¿Nika?

Nika era la hija de Ana y debería estar en casa un domingo a la tarde. Jugar con Nika era casi tan bueno como disfrutar de las habilidades culinarias de Ana. Atravesé el hall y abrí la puerta de la cocina. En un día tan hermoso era probable que ambas estuvieran en el patio trasero, cuidando su pequeño jardín bio-limpio.

No estaban.

Ana estaba sentada sola ante la mesa de la cocina. De por sí, esto no era extraño. Lo que sí era extraño, sin embargo, era el hedor a desesperación que impregnaba la cocina y el hecho de que el rostro de Ana estuviera bañado en lágrimas.

No estaba sollozando; era la clase de llanto desamparado y desinhibido que por lo general sólo se observa en niños muy pequeños.

Pero yo había visto a adultos que lloraban de esa manera y ni siquiera me detuve a considerar las posibles razones. Pasé alrededor de Ana, serví un vaso grande de AguaFresca™ y se lo arrojé en la cara. Luego serví otro, se lo puse delante, sobre la mesa, y le alcancé el repasador.

Ana había dejado de llorar cuando el agua la golpeó. Ahora sus ojos estaban volviendo lentamente a la vida.

—Gracias —murmuró, aunque era obvio que todavía estaba funcionando en automático.

—De nada. —Me senté enfrente de ella y le señalé el vaso de agua con un movimiento de la cabeza. —Bébelo.

Ana, obediente, tomó un pequeño trago. —¿Agua?—Respiró hondo. —¿No se acostumbra servir una bebida alcohólica?

Por lo general tenía un sano sentido del humor. El estado de shock estaba desapareciendo. Excelente.

—Eso es sólo un mito —le dije sin mirarla mientras ella se secaba la cara. Sabía que tendría que preguntarle, aunque no quería saber, de veras que no. Las tragedias no eran lo mío.

—¿Y bien? —Ese era el ritual; la víctima tenía el derecho a que se la incitara a hablar. Al menos me quedaba la esperanza de que no se me exigiera nada más.— ¿Quieres contarme?

Ana vació el vaso y lo apoyó sobre la mesa con movimientos lentos e innecesariamente precisos. Mantuve mi respiración poco profunda. El hedor de la desesperación aún estaba en el aire.

—Sí —dijo—. Sí, quiero contarte. Nika ha desaparecido. —Ana me miró directo a los ojos y luego apartó la vista.— ¿Me ayudarás a encontrarla?

ZZaz. El olor del miedo quedó ahogado por algo más: era la combinación de determinación, amor y total testarudez que hacía mucho tiempo había aprendido a reconocer como instinto maternal.

—¡Oh! —dije—. Bueno. Yo. Este... —Tuve que luchar contra el impulso de levantarme y escapar sin decir una sola palabra. Ella no podía saberlo. No se merecía una reacción así.— ¿Qué pasó, exactamente?

—Estaban en un viaje escolar al Parque Regional Lika. Nunca regresó de su misión para vincularse con el bosque reforestado.

La escuela de Nika, la Primaria EcoNatural Vitellini-Reutshmertzel, donde el Conocimiento es Medio Ambiente y el Medio Ambiente es Conocimiento, era uno de esos curiosos lugares que creen en la asimilación del conocimiento por ósmosis natural. Cada maestro con su librito. Sin embargo, lo que atrajo mi atención y encendió una gran cantidad de alarmas en mi cerebro, fue el lugar de la desaparición.

—El Parque Regional Lika —repetí con lentitud. Era una región montañosa y escarpada, reforestada casi por completo hasta sus niveles pre-ecológicos, que incluso conservaba un núcleo del antiguo bosque en su interior. La gente podía muy bien morir allí, en especial las personas de doce años de edad.

Ana levantó la vista y me miró a los ojos. Sin pestañear, sin evasiones ni vacilación alguna. —Exactamente por eso necesito tu ayuda —me dijo—, Sabueso.

Me encogí, tironeado por un dolor sordo. Lo había visto venir, pero la esperanza es eterna y toda esa mierda. Que, por supuesto, es mierda.

Creía que había dejado atrás toda esa parte de mi vida. También me habría desprendido de mis súper-mejoradas capacidades sensoriales, si los tratamientos para des-mejorar no fueran tan endemoniadamente caros. Y de todos modos ya había aprendido a convivir con sonidos y olores demasiado intensos. Todos los perros lo hicimos.

Y todavía me dolía.

—Ana —dije por último—. Ana.

Ella denegó con la cabeza, rehusando escuchar la súplica en mi voz. Instinto maternal desatado. —Lo siento, Johnny. Lo sabía desde hace mucho tiempo y no hace ninguna diferencia. Me mantuve en silencio porque nunca me lo mencionaste por voluntad propia. Pero ahora es diferente, ¿no lo ves? Se trata de Nika, Johnny.

De Nika, que tenía justo doce años, como los había tenido mi hija. Las semejanzas terminaban allí —Randy había sido morena, pequeña y seria, mientras que Nika era rubia, desgarbada y vivaz— pero de todos modos...

De todos modos... Había jurado no volver a buscar nunca más.

—Johnny, por favor.

Pero de todos modos. De todos modos.


Cuando mi esposa y mi hija desaparecieron en el Terremoto Japonés, me hice transformar en un Sabueso para poder encontrarlas. Me pasé casi diez años buscándolas —y fracasé. Encontré a muchísimas otras personas, pero no a ellas. Ni siquiera los cuerpos. Ni siquiera restos de sus cuerpos. Era como si ellas nunca hubiesen existido. Sólo dos nombres más en el Cementerio Virtual del Terremoto Japonés. Mary Gobac-Dieuleveux. Randy Gobac. Amada esposa. Amada hija.

De todos modos.


Y por eso es que yo, Johnny Gobac, alias El Sabueso, me encontré en medio del bosque reforestado del Parque Regional Lika, en medio de la noche y en medio de la lluvia. Habría estado maldiciéndome por ser un estúpido de corazón blando, si no fuera porque también me encontraba en medio de una manada de lobos. De modo que tenía algunas cosas en la mente mucho más urgentes que ésa.

Eran lobos turísticos, por supuesto, pero sólo tenían olor animal, no había olor a nada humano en ellos. Significaba que todavía podían valerse por sí mismos, al menos parte del tiempo. Así que podrían quizás considerarme como alimento potencial. El interés alimenticio —un sentimiento menos intenso que el hambre pero aún así lo suficientemente fuerte como para vencer la desconfianza— predominaba en las impresiones que obtuve de la manada.

El líder de la manada, una bestia de porte impresionante con una cicatriz curiosamente artística encima de uno de sus ojos, se me acercó y olfateó la mano que yo le había extendido con suma precaución. Entonces se quedó mirándome expectante, dejando escapar un curioso gruñido sordo. Sonaba muy parecido a un "Bueno, y ¿para cuándo?"

Por supuesto. No alimento en sí, sino un proveedor de alimento.

Metí la mano muy despacio en mi mochila y saqué una FrutiBarra™. —Es todo lo que tengo —dije, abriendo el paquete y ofreciéndoselo a Cara Marcada.

El lobo lo olfateó con sospecha, lamió la áspera superficie del paquete y lo sujetó cuidadosamente con la mandíbula.

—Se supone que es muy bueno para los dientes, también —agregué esperanzado.

El lobo se tragó la FrutiBarra™ con paquete y todo, masticó durante unos segundos y luego escupió algo —no podría decir si era la envoltura de plástico o la barra frutal—, pero pareció estar satisfecho.

—Bueno. Ahora somos todos amigos. ¿Verdad? —Yo no sé por qué la gente a veces les habla a los animales como si fueran idiotas, pero en ocasiones también a mí me pasa, aunque se supone que yo no debería equivocarme así.

Cara Marcada no pareció muy convencido. Siguió clavándome los ojos, con expresión expectante. Vacilé un instante.

—¿Qué pasa? ¿Quieres más?

Es probable que la palabra más fuera un desencadenante. Cara Marcada prácticamente sonrió, agitando la cola de esa manera torpe en que lo hacen todos los caninos mejorados. Saqué toda mi provisión de FrutiBarras™ y la esparcí en el suelo para la manada. Era una suerte que los de la Vitellini-Reutshmertzel fueran tan entusiastas de la comida sana.

En realidad, se entusiasmaban con todo. La misión durante la que Nika había desaparecido se llamaba "Mis amigos los árboles". La maestra de Nika, al hablarme sobre la misión, me había contado mucho más de lo que yo habría querido saber, incluyendo sus valores pedagógicos y didácticos. El nudo de la cuestión era, sin embargo, que se les decía a los chicos que "hallaran un árbol que les hablara" (¡no me pregunten!) en un área determinada. No se sabía si Nika había tenido éxito o no: nunca regresó para contarle a nadie.

Mientras los lobos masticaban su saludable comida, yo repasé mentalmente lo que el guardia de seguridad del PRL me había dicho respecto del sistema de supervisión del Parque. No existía. Esa era de las características de las que el Parque se enorgullecía en sus folletos promocionales —todo eso sobre la Naturaleza Impoluta— y se mantenían fieles a su palabra. No por honestidad, por supuesto, sino porque abarataba muchísimo los costos.

—Y resulta muy buena publicidad también —había agregado el guardia de seguridad—. La gente disfruta con la sensación de aventura que les brinda el firmar un formulario desvinculante e ingresar en el bosque reforestado bajo su propia responsabilidad.

Los lobos terminaron su refrigerio y se apartaron. Hasta la lluvia había dejado de caer. Sintiéndome a salvo, extraje la remera de Nika, La Escuela es mi Segundo Hogar, de la mochila. Ella la había llevado puesta el día anterior a su desaparición. Por suerte, cuando no regresó de su misión, los servicios normales se habían alterado mucho y la ropa se quedó sin lavar.

Me llevé la remera a la cara, respire bien hondo y me dejé caer en cuatro patas. Cara Marcada pareció sorprendido por la maniobra —era probable que nunca hubiera visto a un ser humano olfateando un rastro antes. Puso su cabeza cerca de la mía, como si estuviera tratando de entender.

Bueno, después de todo, ellos también estaban mejorados.

—Aquí tienes, Cara Marcada. —Le ofrecí la remera al lobo.— Necesito encontrarla. ¿Quieres ayudarme?

La tierra estaba húmeda; todos los olores eran más fuertes, lo que hacía muy difícil distinguir el olor de Nika de todos los otros olores humanos. Debía de haber por lo menos una docena; algunos eran olores de niños, otros eran olores de adultos. Más de adultos que de niños; probablemente de los maestros y los guardias de seguridad, que arrancaban del mismo punto, el último lugar en que habían visto a Nika.

Cara Marcada olfateó la remera e inclinó la cabeza como si estuviera pensando.

—Te voy a conseguir muchas más barras frutales —agregué.

Más era sin lugar a dudas una palabra desencadenante. Con un breve ladrido, Cara Marcada se dio vuelta y comenzó a correr con el hocico pegado al suelo. Atrapé la mochila y lo seguí.


Existe esta diferencia entre los seres humanos y las demás especies con mayores dones olfativos: los humanos pueden pensar en más de un olor a la vez. Por eso me resultó muy extraño que, después de dejar atrás todos los otros olores humanos, dos olores adultos permanecieron en la huella, junto con el olor de Nika.

Cara Marcada se detuvo al pie de una colina empinada y rocosa. En la cima pude ver el contorno de una casa.

Debía de ser el Histórico Hogar para Ancianos Jubilados de Lika que se mencionaba en los folletos turísticos del Parque. Me había llamado la atención que no hubiera más información sobre el Hogar; aún los lugares más exclusivos necesitaban conseguir su clientela de alguna manera. Debería haber habido un número o una forma de contacto en el folleto, pero no había nada.

Aunque ni siquiera eso era tan extraño como la conducta de Cara Marcada. El inmenso lobo miró colina arriba con los pelos del lomo erizados y dejó escapar un débil gemido de temor. Pude sentir el olor del miedo.

Y no hay demasiadas cosas que inspiren temor a uno de los grandes lobos.

Me permití el lujo de maldecir entre dientes y me puse de pie. No necesitaba de la ayuda de Cara Marcada para saber a dónde se dirigían los olores. Me habría sentido mucho mejor con el lobo a mis espaldas, pero podía ver que esa no era una opción viable. Cara Marcada se sentó sobre sus ancas, mostrándose levemente avergonzado.

—Está bien, Cara Marcada —le dije, aunque no era necesario—. Yo me hago cargo de aquí en adelante.


La mansión estaba vigilada al estilo antiguo, con alambre de púas, perros y hombres armados con Hecklers. Ese era otro motivo de sospecha: significaba que los que se ocultaban en su interior querían evitar cualquier clase de dispositivo que pudiera rastrearse.

Pero lo más sospechoso era el olor a pólvora y aceite que provenía de los hombres armados. El bosque reforestado estaba poblado por lobos turísticos y osos turísticos. Incluso los biopastores en las cimas de las montañas usaban solamente electroarmas. Después de todo, éste era un Parque Regional.

Lo que había dentro de la mansión, fuera lo que fuese, resultaba lo suficientemente valioso como para matar por ello.

Por supuesto, las opiniones sobre qué cosas son lo suficientemente valiosas como para matar por ellas pueden llegar a ser muy variadas. Era dolorosamente consciente de este hecho. Por eso había dejado de buscar personas.

Sin embargo, era también la razón por la que sabía muy bien cómo pasar desapercibido entre perros y hombres armados, aunque estuviera un poco fuera de forma.

Como lo había sospechado, la alarma en las ventanas era un dispositivo eléctrico interno. Si no se confía en las nano-redes para vigilar el exterior de un edificio, aún menos motivos había para utilizarlas en el interior. Desconecté la alarma de una de las ventanas de la planta baja y entré a la casa.

Dentro, la casa había abandonado toda pretensión de exactitud histórica o incluso turística: las paredes del pasillo repleto de puertas eran de puro plástico, lisas y de aspecto comercial. El primer cuarto al que llegué estaba vacío, mientras que el segundo contenía piezas y partes de un equipo de grabación SensoPleno. Nada usual para un Hogar de Jubilados.

Aún antes de abrir la puerta del tercer cuarto sentí el olor de Nika. Era más fuerte aquí que en ninguna otra habitación. Los dos olores adultos que me habían seguido desde el bosque también estaban presentes. Saqué mi arma favorita —un cuchillo bowie hecho a medida, silencioso, eficiente y nano-resistente— y abrí la puerta.

En el cuarto había un fuerte olor a Nika y también se podía sentir el olor del miedo. Contenía una colchoneta, una palangana con agua y la ropa de Nika. Nika no estaba.

Tragué saliva mientras luchaba por concentrarme. Por lógica había sabido que podía esperar algo así. Si ella se hubiera caído en una grieta y hubiese sido rescatada por un alma bondadosa, no habría habido guardias armados ni alarmas. Pero tener las pruebas ante los ojos era diferente. Hasta ahora había podido fingir que todo era aceptable, normal. Pero ya no.

Me acerqué más e inspeccioné la ropa de Nika. No había sangre y las pocas rasgaduras que observé podían muy bien deberse a su caminata por el bosque. Demos gracias a Dios por los pequeños milagros y toda esa mierda. Quizás.

En la parte trasera de la habitación había otra puerta. Probé a abrirla y el olor a Nika aumentó de intensidad con cada paso. Me encontré en el tope de una estrecha escalera que giraba hacia abajo, hacia la oscuridad.

No me había esperado algo así cuando acepté ayudar a Ana. En serio que no. Pero ciertos viejos instintos en mí deben de haber funcionado junto con mis sentidos mejorados. O quizás los tipos que me habían ayudado a convertirme en un Sabueso pusieron algo más en su cóctel químico. Cualesquiera que fuesen las razones, había una pequeña bomba para control de tumultos dentro de mi mochila, junto con una máscara protectora y algunos parches anti-irritantes. Me colgué la máscara alrededor del cuello e inserté uno de los parches en la correa de mi reloj. La bomba fue a parar a un bolsillo delantero. Con la mochila ajustada a mi espalda y el bowie listo en la mano, comencé a descender por las escaleras.

Había luz al final del túnel, pero no me hizo sentir mucho mejor. El olor a tierra húmeda y granito me dijo que me hallaba bajo tierra. Tenía sentido: la casa en la cima de la colina no era muy grande. Pero había muchísimo espacio por debajo, lo cual era excelente para alguien que deseara evitar llamar la atención.

Me deslicé escaleras abajo en total silencio. Graciosamente, las escaleras terminaban detrás de una esquina, ofreciéndome reparo. Me apoyé contra la pared y me atreví a echar una rápida mirada al interior del cuarto brillantemente iluminado.

En mitad de la habitación se erguía una enorme jaula de grabación SensoPleno. Nika yacía en uno de sus rincones, atada de arriba abajo y vestida con un ridículo corsé blanco y rosa lleno de voladitos, rebosante de emisores SensoPlenos listos para grabar. No parecía haber sufrido daño físico alguno; olía a miedo, pero no a dolor.

También sentí olor a rata. A tres ratas, para ser exacto.

Al otro lado de la jaula tres grandes ratas blancas estaban acurrucadas, echando miradas de sospecha hacia la caseta de grabación situada a la izquierda de la jaula. Una de las ratas tenía un diminuto ComD™ adherido a la cabeza. Debían estar muy mejoradas.

Sentí que se me abría la boca de asombro cuando me di cuenta de cómo las habían mejorado. La rata equipada con el ComD™ giró hacia el operador de la caseta y una voz ligeramente chillona (¿un retorcido sentido del humor, quizás?) surgió de un altoparlante en la pared:

—Ni modo, José —dijo la rata—. Ni por toda la comida viva del mundo.

—¡Pero lo van a disfrutar, maldita sea! —A juzgar por la irritación en la voz, las negociaciones habían estado desarrollándose durante largo tiempo.— ¡La puta, si las creamos sólo para que hicieran esto!

—Seguro —dijo la rata con toda calma—. Pero no con chicos.

Se abrió la puerta de la caseta. El operador salió y se detuvo en el extremo de la jaula donde estaban las ratas, blandiendo otra Heckler anticuada, equipada con silenciador.

—Podría matarlas a todas, lo sabes, Gibbo —dijo abriendo la puerta de la jaula con lo que quería ser una sonrisa amenazadora—. Dile eso a tus amigas. —Olía sólo a confusión; las ratas no se impresionaron en absoluto.

—Tus jefes se gastaron un montón de dinero para hacernos así de inteligentes, viejo —dijo Gibbo la rata—. No puedes borrar todo eso de un plumazo. Consíguenos otro de esos pobres enfermos mentales que disfrutan con las mordidas y te daremos flor de actuación. Pero no con una jovencita.

Una de las otras dos ratas echó una rápida mirada a Nika con expresión de verdadera preocupación... y sus ojos se encontraron con los míos. Por instinto, me llevé un dedo a los labios. La rata hizo un pequeño movimiento con la cabeza. Podía haber sido de asentimiento... o no.

Entonces se escurrió hacia donde estaba Nika y comenzó a mordisquearla.

Nika gritó. El operador se abalanzó hacia la caseta. Las otras dos ratas salieron corriendo hacia Nika, o bien hacia la rata que estaba sobre ella. Maldije en silencio, me coloqué la máscara sobre la cara y arrojé la bomba de humo en la puerta todavía abierta de la caseta.

Me di un golpecito en la muñeca para activar el parche y me abalancé hacia la puerta abierta de la jaula. Para cuando pude entrar, Nika ya estaba arrastrándose hacia afuera. La agarré del hombro y la saqué de un tirón, encajándole la máscara sobre la cara con el mismo movimiento.

Surgiendo del espeso humo blanco que llenaba la habitación y mis ojos, alguien nos lanzó una cuchillada con una VibroNavaja. Empujé a Nika detrás de mí y levanté el brazo instintivamente. Antes de que el cuchillo pudiera cortarme, mi atacante dejó escapar un alarido. Un torbellino de movimientos hizo girar el humo; sentí garras diminutas aferrarse a mis hombros y la voz del altoparlante aulló: —¡A la izquierda! ¡Sobre el piso!

Preguntándome por qué alguien se molestaría en dar instrucciones por el altoparlante, intenté girar a la derecha, hacia las escaleras. Algo me mordió la oreja.

—¡A la izquierda!

Quise alcanzar a la rata que tenía sobre el hombro. Antes de que pudiera agarrarla, escuché un estruendo de pasos bajando las escaleras: apoyo para el misteriosamente eliminado operador de SensoPleno.

—¡A la izquierda, pedazo de idiota! ¡Abajo y a la izquierda!

Finalmente mi mente hizo "click". Me arrojé al suelo en cuatro patas, arrastrando a Nika conmigo. Giré hacia la izquierda y comencé a abrirme camino a tientas a través del humo.

Lo primero que sentí bajo mis dedos fue la Heckler que el operador había perdido. La recogí, en parte por la lógica razón de que es mejor no dejarle a tus enemigos más artillería que la absolutamente necesaria. Después de arrastrarme unos cuantos pasos, encontré un cerrojo de presión construido en el piso. Lo abrí y me deslicé al interior. Al hacerlo, sentí más garras diminutas clavándose en mi espalda.

—O.K., ¿y ahora dónde vamos? —pregunté, ayudando a Nika a entrar en el pasadizo subterráneo. Las garras en mis hombros comenzaron a moverse al unísono hacia la derecha.

—Ya entendí —farfullé. Todavía me estaba moviendo a ciegas, porque el parche sólo evitaba la inflamación. Avancé tanteando el camino con mucho cuidado, esperando que mi visión se aclarase. Pero podía hacer algo mejor.

—Nika —dije—, ya te puedes sacar la máscara.

A juzgar por el golpe sordo del plástico al caer, me obedeció de inmediato.

—¿Dónde estamos? —pregunté.

—Parece una cloaca. —La voz de Nika temblaba.— Johnny, ¿cómo pudiste...?

—Más tarde. —Cloacas. Por supuesto. Eran ratas, después de todo.

Ratas de laboratorio.

—Bueno, muchachos, ¿qué tal son con los laberintos?

No obtuve una respuesta directa —lejos del sistema que transformaba los sonidos ratoniles en habla humana, las ratas no podían comunicarse verbalmente, por supuesto. Pero Nika me tomó la mano y la sujetó con fuerza.

—Johnny —me dijo—. Hay tres ratas blancas en el corredor justo delante de nosotros. Y una de ellas está haciéndonos gestos para que las sigamos.


Para cuando alcanzamos la salida, estábamos empapados por completo —en especial las ratas— pero mi visión había regresado y no tuve corazón para negarme a que las ratas me usaran como medio de transporte mientras nos tambaleábamos colina abajo.

Me sorprendió que Cara Marcada todavía estuviera esperando al pie de la colina. Cuando me vio, se puso de pie con todo el entusiasmo de un cachorro extasiado, sólo para detenerse con expresión de sospecha al ver a los viajeros sobre mis hombros, que ya no eran tan blancos como antes.

—Está bien, Cara Marcada —dije sintiéndome sólo un poquito tonto—. Son amigos. O algo así.

La lluvia comenzó otra vez. No sólo serviría como ducha para aquellos de nosotros que la necesitábamos; también haría mucho más difícil que los perros de los malos pudieran seguir nuestro rastro. Pero Nika estaba temblando en su ridícula ropa interior. Me quité la mochila y le di la remera. Sin embargo, era obvio que La Escuela Es Mi Segundo Hogar no era suficiente. No podía dejar de temblar, así que también me quité la chaqueta y se la puse sobre los hombros

—Tenemos que salir de aquí —dije casi para mí mismo—. Quiero llevarte a tu casa tan pronto como...

Casa era probablemente otra palabra desencadenante. Cara Marcada salió colina abajo, ladrando y volviendo la cabeza hacia nosotros como invitándonos a seguirlo.

Ah, bueno. Cualquier dirección que nos alejara de la casa en la colina me parecía bien.

Las garras de las ratas dolían un poco más a través de sólo una capa de tela, pero se prendieron con sorprendente suavidad mientras nos movíamos con rapidez a través del bosque. Cara Marcada nos guió a una cueva amplia y seca, demasiado conveniente para la manada como para ser natural. La impresión quedó confirmada cuando observé pintorescos recipientes para el agua y hasta recipientes para comida en las rocas. Uno de los recipientes para comida contenía barras frutales.

El resto de la manada nos dio un recibimiento bastante equívoco y Cara Marcada tuvo que gruñir una advertencia a través de sus dientes. Las ratas parecieron darse cuenta de la situación: se pegaron a mí como el Velcro y sólo una de ellas se aventuró a bajar hasta mi rodilla para olfatear a Nika con expresión preocupada.

—Esa es la que rompió mis ataduras a mordiscones —dijo Nika, ofreciendo la punta de su dedo a la rata para que lo olfateara—. La reconozco por la oreja partida.

—Y entonces, ¿por qué gritaste?

Se encogió de hombros con un intento de no darle demasiada importancia. —Me pareció lo más apropiado para hacer. Ya sabes, como en los SensoPlenos.

Si esto hubiera sido un SensoPleno, creo que ya me habría desconectado hacía mucho por considerar que el guión era demasiado estúpido. Pero bueno, la vida siempre le hace a uno cosas así. Es probable que todo se relacione con alguna clase de profundo significado sobre la naturaleza de la vida —o quizás de los SensoPlenos muy estúpidos— pero en realidad no quería saber de qué se trataba. En cambio, saqué mi InstantFono™ y traté de captar alguna señal.

Una rata me mordisqueó con suavidad el lóbulo de la oreja.

—¿Te parece que no es una buena idea?

La rata —Gibbo, lo supe por el micrófono ComD™ todavía adherido a su cabeza— asintió gravemente, haciéndome acordar de la maestra de Nika cuando ella me aseguró que por supuesto su escuela era una institución sumamente responsable.

Como para dar más peso a la opinión de Gibbo, Cara Marcada se levantó de su aparentemente despreocupada siesta a la entrada de la cueva y dejó escapar un gruñido profundo y peligroso.

—¿Qué pasa, Cara Marcada? ¿Amigos o enemigos?

Un leve movimiento de la cola de Cara Marcada llamó a los otros lobos a ponerse de pie. Fui a echar un vistazo.

Naturalmente, una cuadrilla venía hacia nosotros; consistía de tres hombres y un perro. Todos los hombres estaban armados.

Sentí más que vi erizarse todos los pelos del cogote y el lomo de Cara Marcada, esta vez como preparación para una pelea.

Oh, no. No esa clase de estupidez melodramática, ni siquiera cuando se trataba de la Vida Real.

Regresé a mi mochila y descargué cuidadosamente a todas las ratas encima de ella. —Asegúrate de que se queden aquí —le dije a Nika, principalmente para darle algo que hacer. Entonces recogí el arma.

—El heroísmo estúpido sólo soluciona los problemas en las películas, Cara Marcada —le dije, activando la Heckler para fuego individual y llevándomela al hombro.— Pero más tarde puedes hablar con el perro.

Disparar un arma no tiene que ver con la vista o la destreza. Ni siquiera tiene que ver con el talento, no en realidad. Tiene que ver con la necesidad que uno tiene de acertar los disparos. Cuando eso es lo único que se puede hacer, cuando tantas vidas —lobos, ratas, niñitas, lo que sea— dependen de ello, uno no tiene otra opción más que acertar el tiro.

Y uno tira a matar.

Podría haber pensado que quizás era una clase de castigo adicional (¿merecido?), para expiar mejor el fracaso central de mi vida. Quizás sentí que era una especie de disculpa hacia los fantasmas de mi esposa y mi hija: ¿ven? Salvé estas vidas aunque no pude salvar las de ustedes, así que estoy cometiendo esta atrocidad para nivelar las cosas. Por otra parte, quizás se tratara sólo de algo necesario, y me había entrenado a mí mismo demasiado bien como para no prestar atención a las necesidades.

O quizás yo era muy bueno para engañarme a mí mismo con toda esa mierda. De todos modos, después de los tres disparos, Cara Marcada fue a hablar con el perro. Nika no me había visto disparar y si el toque de las garras de Gibbo en mi hombro cuando volví a sentarme para tratar de usar el InstantFono™ pareció ser un golpecito compasivo, siempre podría atribuirlo a mi calenturienta imaginación.

Ana respondió al primer llamado.


Y así fue como Nika, las tres ratas y yo regresamos a la civilización sin más inconvenientes. La reunión entre madre e hija fue, naturalmente, muy dichosa y sus expresiones de gratitud fueron exuberantes. Atribuyeron mi falta de entusiasmo al agotamiento. Y a un poco de preocupación: tenía tres cadáveres para explicar y una cantidad desconocida de tipos malos aún sueltos que debía detener. Pero esa parte dejó de ser problema mío cuando, al llegar la policía, Gibbo desprendió cuidadosamente su ComD™ y me lo colocó en la mano.

—...Este —dije, preguntándome por dónde comenzar—. Bueno. Oficial. Quizás.

El hombre parecía más inteligente de lo esperable y ni siquiera parpadeó al ver las ratas sentadas sobre mis hombros. —¿Quizás haya algo en la memoria del Com que podríamos usar en la investigación? —preguntó para ayudarme.

Lo había y vaya que sí: toda la información sobre la financiación de la Megacorporación Malvada™ para producir los SensoPlenos ilegales y para mejorar a los animales más allá de todos los límites legales con el fin de lograr los efectos deseados. Gibbo nos había resultado una oficiosa y activa ratita de laboratorio.


Ilustración: Wkowalsky

—Bueno, no fui sólo yo —explicó con modestia cuando le devolvieron el ComD™ y pudo conectarse otra vez a un sistema de traducción—. Sally, aquí, es grandiosa para descubrir datos ocultos y Dippy es realmente el que tiene la mejor interfase de todos nosotros. El puede obtener información de cualquier cosa que tenga una conexión.

Dippy, la rata con la oreja partida, alzó alegremente la garra delantera izquierda y mostró a todo el mundo el pequeño enchufe de interfase construido y conectado directamente al interior de su cuerpo. Para el oficial de policía, ver la interfase y llamar de inmediato a una trabajadora anisocial fue todo uno.

Y ella, naturalmente, sugirió que se las des-mejorara de inmediato. Era ilegal forzar a los animales a ser tanto más inteligentes de lo que serían en su estado natural, y menos que menos a tener una interfase biológica. Pero como las ratas habían obtenido un puntaje de 97,98, 98,32 y 98,28 en el test de Méssy-Frestad-Lürberger, tuvieron también derecho a que se les otorgara una audiencia. Y todas declinaron volver a su estado natural.

—Bueno —dijo la trabajadora anisocial, arreglándoselas para parecer de mediana edad a pesar de los obvios emparches recientes—. Sólo podría aprobarlo si alguien se ofrece a responsabilizarse por ustedes. No interesa cuánto las hayan mejorado, todavía siguen siendo ratas. ¿Lo entienden? No hay posibles fuentes de ingresos y sus patrones de conducta social son impredecibles.

—¿¡¿Impredecibles?!? —dijo Sally, sin poder dar crédito a sus oídos—. ¡Somos la especie más estudiada del mundo!

La trabajadora anisocial se encogió de hombros. —Me limito a citar la letra de la ley. Necesito la firma de un tutor o custodio en los formularios de desvinculación.

Sentí los ojos de Gibbo sobre mí y me retorcí incómodo. No iba a caer en esa trampa.

Los ojos de Gibbo eran pequeños, rojos y sin expresión alguna. Nika podría ofrecerse como voluntaria, o bien si no ella, Ana podría. Después de todo, las ratas habían salvado la vida de Nika. ¿Cómo podían las ratas pasar tanto tiempo sin siquiera parpadear? Yo no necesitaba tres personas más en mi vida, incluso si esas personas eran realmente ratas. Yo no quería una familia. Ya no más, o por lo menos, todavía no. Quizás en otro momento.

Pero, como ustedes recordarán desde el principio, ésta es la historia de como a mí, Johnny Gobac, alias El Sabueso, me endilgaron de prepo tres ratas super-mejoradas. Así que ustedes saben que en algún momento parpadeé, maldije entre dientes y dije algo así como "oh, bueno, está bien, me haré cargo de ellas."

Mientras íbamos saliendo del Parque, ya me estaba empezando a acostumbrar al contacto de diminutas garras sobre mis hombros y en realidad me alegré de tener un intérprete cuando Cara Marcada apareció en el borde del bosque reforestado.

—Quiere hablar contigo —me dijo Gibbo a través de su Com, ahora ya calibrado en la frecuencia del auricular para mi Instantphone™.

—Lo sé —dije. Me acerqué con lentitud al gran lobo, preguntándome qué haría uno en el mundo lobuno en lugar de estrecharse las manos para despedirse.

Descubrí que se olfateaban los morros. Gibbo conferenció con Cara Marcada por unos minutos mediante gestos y chillidos, y finalmente se volvió hacia mí. —Dice que siempre serás bienvenido en la manada. Y te da las gracias.

Fruncí el ceño. —¿Por qué?

Gibbo dejó escapar un pequeño sonido, aparentemente intraducible. —Nunca había tenido un nombre antes.

Por alguna razón, eso me hizo sentir como un canalla, en el verdadero y antiguo sentido de la palabra. Dar golpecitos en la cabeza del líder de una manada habría sido condescendiente, así que me rasqué mi cuero cabelludo en cambio. —Dile que le agradezco la invitación. Y dile que la importancia de los nombres está sobre-exagerada.

—Seguro, jefe —dijo Gibbo, pero era obvio que estaba bromeando.


Así que todos nos fuimos a casa. Y sólo para cerrar el círculo, déjenme agregar que Dippy con el tiempo me encontró la verdadera receta para el budín de pan con manteca. Y el de Ana siguió siendo mucho mejor, aunque improvisaba algo diferente cada vez que lo preparaba. Pero así es la vida. No se puede tener todo y toda esa mierda. Y además, todavía me gusta que mis salidas tengan un objetivo.


Traducido del inglés por Norma Dangla


Milena Benini nació y vive en Zagreb, Croacia. Se graduó en Literatura en la Universidad de St. George, en Oxford y actualmente alterna sus actividades de escritora y traductora con la ilustración, el diseño, y cualquier otra cosa que le atraiga en un momento dado, como por ejemplo ser jefe de redacción del Boletín Económico Semanal Croata...


Axxón 163 - junio de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantasía: Ciencia Ficción: Cruce de géneros: Croacia: Croata).

            

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