ORDEN DIRECTA

Diego Martínez

Argentina

A GvH, el Fundador...


Don Ricardo se dio vuelta en la cama para ver la hora; encendió el velador, eran las cinco y veinte. "Cada vez duermo menos", pensó; "las pastillas para dormir ya casi no me hacen efecto". Se recordó más joven, cuando dormía seis, siete horas de un solo tirón. "Me estoy haciendo viejo", se dijo, sintiéndose como un anciano de ochenta años, aunque sólo tenía sesenta y dos.

Algo lo sobresaltó. Un temblor de la cama, un movimiento de la lámpara del techo, apenas visible por la poca iluminación. Se levantó casi de un salto, encendió la luz; sí, la lámpara del techo se movía. "Un terremoto", pensó. Salió al pasillo; el suelo ya no temblaba. Fue así como estaba, en piyama, hacia la puerta del departamento, encendió la luz de la sala, aferró el picaporte.

Pero no llegó a abrir. Una tremenda explosión sonó a sus espaldas. Se agachó instintivamente, tapándose la cabeza con los brazos, pero nada le cayó encima. Estuvo así unos segundos, hasta que se atrevió a espiar. Todo estaba como siempre. Se levantó sin comprender nada, con dificultad; se rascó la cabeza, se encogió de hombros y decidió ir a la cocina a tomar un vaso de leche tibia; tal vez eso lo ayudaría a dormir. Lo tranquilizaba pensar que eso no había sido un terremoto, que era su imaginación, pero al mismo tiempo sentía una especie de cosquilleo, algo que le gritaba que debía estar alerta, que tuviera cuidado.

Antes de que pudiera dar un paso, estalló la pared que tenía enfrente, la que separaba la sala del dormitorio. Volaron escombros hacia todas partes y uno casi lo golpeó en la cabeza; se tiró al suelo, debajo de la mesa, y recién entonces se dio cuenta. No había oído, en ese momento, ninguna explosión. En cuatro patas, miró a su alrededor y vio el piso tapizado de escombros, el polvo todavía flotando en el aire, uno de los vidrios de la ventana destrozado. Miró hacia la pared, pero no divisó del otro lado de un agujero, como esperaba, su dormitorio. Había un armatoste blanco, esférico, incrustado entre la pared y parte del piso, alto casi hasta el techo, sucio en algunas partes con polvo de ladrillo.

—¡La Secretaría!—dijo don Ricardo, mientras se paraba con dificultad. Oyó un ruido del lado del dormitorio, que asoció a una puerta que se abría, y voces de hombres en tono de discusión, o de reprimenda. Alcanzó a oír tres o cuatro insultos, todos de la misma voz autoritaria y colérica. Fue hacia el dormitorio, despacio, esquivando los escombros, y con cuidado de no hacer ruido.

—¡Usted es un idiota, Veintitrés, un imbécil, un boludo! —gritaba uno de los hombres, haciendo esfuerzos evidentes para no golpear a uno de los tres que lo acompañaban, mientras éste lo oía firme, pero con la cabeza baja—. ¿Se da cuenta de la entrada que hizo! ¡Nos pudo haber matado a todos!

—¡Sí, señor! ¡Sí, señor! —contestaba el otro.

—¡No le quiero pegar, Veintitrés! ¡No le quiero pegar! —gritó el primero, seguramente el Jefe, dándole la espalda; de repente volvió a enfrentarlo, girando de golpe, pero con el puño derecho levantado, y lo golpeó en la cara, haciéndolo caer.

—Mire, señor —dijo uno de los otros, señalando a don Ricardo.

—¡Que no escape! —ordenó el Jefe del grupo.

Enseguida salieron de la esfera entre quince y veinte hombres más, empujando y amontonándose en el hueco de la escotilla. "El viejo modelo, chico por fuera, grande por dentro", pensó don Ricardo. El Jefe se quedó parado en el medio del dormitorio, señalándolo con el brazo derecho extendido. Los hombres, vestidos con una especie de mameluco azul, comenzaron a dar vueltas por todo el departamento, abriendo y cerrando cajones y armarios, desparramando la ropa del ropero, dando vuelta la cama y los sillones... Chocaban entre ellos, como enloquecidos, mientras entre cuatro impedían moverse a Don Ricardo. Estuvieron así unos diez minutos, hasta que de a poco fueron tomando posiciones en el departamento, sentados en los escombros, apoyados en la pared, en la mesa dada vuelta... Pero no tenían aspecto agresivo, más bien parecían indiferentes, como si les diera lo mismo estar ahí o en cualquier otro lugar del universo. Dos de ellos, en la cocina, preparaban café.

—Usted es Ricardo Sánchez, El Evadido —dijo el Jefe, todavía señalándolo; de repente se dio cuenta de su posición ridícula y bajó el brazo.

—Sí, yo soy Ricardo Sánchez, ¿con quién tengo el gusto...?

—Mis datos de filiación están clasificados —contestó enseguida el Jefe.

—Está bien... Son de la Secretaría, supongo —dijo don Ricardo, ahora custodiado solamente por dos hombres; los otros, junto a los demás, estaban tomando café con leche y medialunas en la cocina; alguien estaba preparando tostadas.

—Así es —contestó el Jefe, hinchándosele el pecho de orgullo; era un hombre de unos cincuenta años, alto, canoso; lo miraba sin borrar de su cara un gesto constante de desprecio, con la ceja derecha un poco más levantada, la frente arrugada y la boca arqueada hacia abajo. Cruzó las manos detrás de la espalda. —Queda detenido, por orden directa del Secretario de Asuntos Estrambóticos.

—Quiero ver la orden escrita —pidió don Ricardo, ya totalmente libre de sus guardias, que se habían mezclado en la cocina con sus compañeros.

—¡Orden escrita! Usted es un evadido, desobedeció todas las reglas que debe cumplir un agente de la Secretaría, y ahora me viene con órdenes escritas... le dije que es una orden directa del Secretario, y como ya sabe, las órdenes directas no necesitan ser escritas en ningún papel.

Don Ricardo enderezó una silla y se la ofreció al Jefe, hizo lo mismo con otra, y se sentó.

—¿Cómo me encontraron? —preguntó, mirando el suelo—; después de tanto tiempo, después de casi treinta años, pensé... qué sé yo... pensé que ya no me encontrarían más, que ya no les interesaba.

—Está equivocado, Sánchez —dijo el Jefe del Grupo, todavía de pie—, hace rato que lo buscábamos pero en realidad, desde su partida sólo pasaron cuatro años...

—¡Cuatro años!

—Sí; ya sabe, los viajes a través de planos alternos tienen esas cosas. —Los hombres se habían acercado a presenciar la escena, algunos todavía limpiándose la manteca de la boca con la manga.— Pero ya ve —siguió el Jefe—, tarde o temprano, la ley triunfa.

—¿De qué ley me habla? —dijo don Ricardo levantando la cabeza, mirando al otro a los ojos—. ¿El Secretario sigue siendo Maldquist, ese racista inmundo?

—¡No le permito!

—Ya sabemos entonces lo que son las órdenes directas de Maldquist. "Este no me gusta, aquel otro tampoco, ese es negro, ese es amarillo, ese es verde..."

—En este caso es distinto. Acá el criminal es usted. Usted, que utilizó, como agente de la Secretaría, los medios para llegar a este plano sin ser rastreado; usted y los colaboradores que lo acompañaron y ayudaron a modificar la secuencia temporal local y transformarla en este presente, sin autorización, clandestinamente, y lo que es peor, cortando toda vinculación con sus superiores. No sé qué razones tuvo, pero...

—¿Qué razones tuve? ¿No le parece suficiente el haberme hartado de los manejos de la Secretaría, de sus arbitrariedades, de su autoritarismo? ¿No le parece una buena razón el querer desarrollar un mundo libre de esa peste?

—¡Usted es un subversivo!

—Está bien, está bien... A lo mejor tiene razón... —interrumpió don Ricardo, mientras uno de los hombres le pedía permiso para pasar al baño— pero todavía no me contestó cómo me encontraron.

—En realidad, lo encontramos indirectamente. —El Jefe no sabía si explicarle o no al Evadido, pero su vanidad lo venció.— Usted hizo muchos cambios en este plano, Sánchez, muchos, y de un peso enorme. El universo tolera ciertas variaciones, pero a usted se le fue la mano. Controló todas las variables para que este lugar del mundo, este país en la punta de Sudamérica, fuera la primera potencia mundial...

—Bueno, en muchos planos alternos hay una, dos o tres potencias líderes, no veo cómo...

—Pero en este caso... —el Jefe seguía hablando, caminando de un lado a otro del cuarto; sus hombres lo seguían con la mirada, algunos habían salido al balcón—, en este caso esta realidad tiene un índice de improbabilidad muy alto, Sánchez. En este plano, la "República de las Provincias Unidas del Río de la Plata" es el centro del mundo, es la primera potencia económica, técnica, científica, militar; todos los grandes inventos, todos los grandes avances de los últimos dos siglos, surgieron de este país... Tiene tratados de comercio con todo el mundo, presta dinero a los países subdesarrollados del hemisferio norte, ha llegado a la Luna, Marte, y los asteroides, ha desarrollado más que nadie la energía nuclear... Su moneda local es oro en todo el mundo, su literatura se lee en todo el mundo, su cine se ve en todo el mundo, sus empresas tienen sucursales en todo el mundo...

—Sigo sin ver qué es lo improbable...

—¡Todo es improbable! —gritó el Jefe, levantando los brazos—. Vivió en este plano treinta años, y pasó todo ese tiempo transformándolo...

—Bueno, solamente trabajamos unos ocho años, todo lo demás se hizo solo; ahora hace diez que vivo de una jubilación...

—¿Ocho años solamente? Usted debe ser un genio... Pero el caso es que este plano es muy improbable; el universo tiende al equilibrio, y ya ve, planos improbables generan planos improbables. Ese es el punto que usted no tuvo en cuenta.

—Disculpe; saliendo a la calle, dos cuadras para la izquierda —señaló don Ricardo a tres de los agentes, que querían incautar café y medialunas del lugar—. ¿Y cuál es ese punto? —le preguntó al Jefe.

—Le dije antes que a pesar de que lo buscábamos, lo encontramos indirectamente... Sin proponérselo, Sánchez, al alterar este plano también alteró o creó otro... Otro que hace dos años comenzamos a investigar, también con un nivel muy alto de improbabilidad, cuyo origen rastreamos hasta llegar acá.

—¿Pero... cómo es ese plano? —preguntó don Ricardo, con una mezcla de curiosidad y miedo.

—¿Quiere saber? —preguntó el Jefe, mirándolo con su único gesto, creando suspenso—. Es un plano alterno en el que su República de las Provincias Unidas del Río de la Plata es también una república, pero una de las naciones más derrumbadas económica, científica, técnica, moral... —hizo silencio unos segundos, y notó que faltaba algo—...mente —terminó—. Una nación endeudada hasta las... muy endeudada, con corrupción en todos los niveles del gobierno y de la sociedad; una nación en la que los educadores, los agentes de salud, los investigadores, ganan sueldos miserables. —Don Ricardo se encorvaba en la silla, tomándose la cabeza entre las manos. —Donde a pesar de tener riquezas minerales, animales, y vegetales, hay millones que sufren hambre... Donde los representantes del pueblo no representan a nadie, donde los universitarios se van del país... Un país con la cifra más alta de accidentes automovilísticos, un país desconocido para muchos de los habitantes del superdesarrollado hemisferio norte, un país que entabla una guerra suicida contra una gran potencia militar... un país campeón mundial de fútbol dos veces...

—¿Fútbol? ¿Qué es eso? —dijo don Ricardo, de repente.

—¿Ve? Hasta esa porquería creó usted sin saberlo... Ese plano alterno no puede existir, Sánchez, es un caos, debemos destruirlo, alterar las variables suficientes para que se transforme en una realidad probable. Pero si dejáramos este... —Don Ricardo lo miró con los ojos llorosos— daría origen a otro plano igualmente caótico, o tal vez peor. La solución más sencilla es alterar este plano alterno, para que también cambie, o desaparezca, aquel otro.

—Así que entonces van a cambiar todo esto, todo este trabajo de años, van a destruir esta obra de arte...

—Sí. —Se puso firme. —Queda detenido, Ricardo Sánchez, usted y sus cómplices serán procesados y condenados. Llévenselo.

Los agentes, sentados en el suelo, tardaron un poco en reaccionar; se levantaron de mala gana, dejando el tablero de ajedrez en el piso, y metieron a don Ricardo en la esfera. Uno de ellos llamó a sus compañeros en la calle, desde el balcón, y se acercó después al Jefe.

—Disculpe, Jefe, ¿puedo preguntar algo?

—Sí, cómo no, muchacho —contestó hinchando el pecho.

—Hay algo que no entiendo... Estoy haciendo un curso sobre Mecanismos de Funcionamiento del Universo Dividido en Planos, en la Secretaría, y según aprendí, estos dos planos están perfectamente equilibrados, señor. Acá, este país es el primero, en el otro plano es el último. Acá, es una gran potencia, allá es un quilombo... con perdón de la palabra, señor. Mientras haya en el universo planos tan contrarios, tan equilibrados, no hay ningún peligro para el resto de las divisiones alternas...


Ilustración: Leicia Gotlibowski

—Usted es muy inteligente —dijo el Jefe sonriendo, algo que muy pocas personas habían visto; le puso una mano en el hombro—. ¿Cuál es su número?

—¡Dos cinco seis, tres seis ocho, señor!—contestó el agente, contento.

—Muy bien, Dos Cinco, muy bien, usted es un buen agente, tal vez un día llegue a ser un Jefe, como yo.

—¡Gracias, señor!

—Tiene razón en lo que dice, Cuatro Nueve... pero recuerde que somos todos subordinados, que todos recibimos órdenes, que a veces hay razones que nosotros no podemos entender... Y para eso están los que saben, para eso está el Secretario... y seguramente hay alguna razón importante para que él nos ordene detener a Sánchez y alterar este plano, destruyendo así el otro...

— ¡Tiene razón, Señor!

—Vaya, Tres Siete, vaya...

El Jefe vio entrar al agente a la esfera. Ya todos estaban adentro, incluido el Evadido. Otros grupos estarían tomando prisioneros a los colaboradores de Sánchez, y recogiendo los elementos de la Secretaría que habían traído a este plano. Más tarde llegarían los Agentes Especiales, encargados de alterar la realidad local, logrando la modificación de este plano... y la desaparición de aquel otro, caótico, consecuencia de éste.

—¡Ya estamos listos, Jefe! —le avisaron.

El Jefe caminó hasta la esfera, todavía pensando. Miró a su alrededor, antes de entrar. Miró hacia adentro, acordándose de algo, y gritó como si la persona a quien se dirigía estuviera muy lejos. —¡Y usted, Veintitrés, le conviene hacer una mejor entrada ahora que volvemos, porque si no lo voy a mandar a manejar calesitas, infeliz!

Cerró la puerta de la esfera detrás de sí, mientras pensaba en la próxima transformación de todo un universo, todo un plano alterno, por orden directa del Secretario Maldquist... para evitar la consecuente aparición de un universo improbable, demente. Un universo en donde, entre tantas improbabilidades, la más incoherente e inaceptable de todas, era que un hombre, también llamado Maldquist, también al frente de la Secretaría de Asuntos Estrambóticos, nacido el mismo día, el mismo mes, el mismo año, era petiso, morocho, provinciano, hijo de madre judía, y peronista...



Recuerdo a Diego Martínez, joven, muy joven, asistiendo a las reuniones del Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía en la década de 1980. En el invierno de 1985, Sinergia N° 9 publicó su cuento "Animale genus"... y luego lo perdimos de vista. Veinte años después nos enteramos que Diego es médico, vive en la provincia de Neuquén y escribe cuentos para niños, tal vez porque ha sido padre y cede ante la demanda natural de sus hijos. Es posible que este regreso al ruedo lo anime y nos mande otros relatos.


Axxón 163 - junio de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Sátira: Argentina: Argentino).

            

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