MUERTE LENTA

Ernesto Sierra

España

No pude sospechar lo que me esperaba. Cuando miré a mi alrededor todo había cambiado. La vaciedad de hacía unos pocos minutos, o lo que a mí me parecían pocos minutos, se había transformado en una multitud que se reía, que gritaba, que se movía con bailes espasmódicos de la caja torácica.

El tiempo empezó a pasar a cámara lenta. El láser barría toda la sala. Me acodé en la barra, el camarero me dijo algo que no pude entender, sólo veía las muecas.

Pensé que iba a vomitar de nuevo. Me contuve todo lo que pude, no quería hacerlo delante de toda esa gente. Pero era demasiado tarde. Se apagaron las luces, todo quedó a oscuras y aproveché para arrojar más bilis con los ojos abiertos, sin ver nada. A trompicones conseguí llegar a la escalerilla, poniendo la pulsera fluorescente de Fluotox delante de mi cara.

En el espejo del baño daban las noticias de la mañana. Aparté con un gesto a la presentadora, una rubita anoréxica reconocida e intenté sintonizar el canal porno. Estaba deshabilitado. Me conformé con lavarme la cara. Entonces entró Bowman.

El mismo Bowman que me había cortado las orejas en la colonia de Ravele, volvía a amerizar en mi vida, una noche perdida en la cloaca de esta noche perpetua.

No me reconoció. Se metió en uno de los excusados y comenzó a mear. Silbaba la tonada de siempre, o eso me pareció. Cerré la puerta de entrada mientras pensaba qué es lo que iba a hacer. Muchas veces había pensado, me había visualizado viviendo algo parecido. Pero la realidad es distinta. La realidad nos coge desprevenidos, huele a desinfectante, y por descontado, a váter. Oía el chapoteo.

El arma había quedado en mi apartamento. No puedo salir por ahí con la ira cargada. Es lo que dicen mis jefes. No seré yo quien les contradiga. Ojalá tuviera mi pistola conmigo. Todo sería coser y cantar, un disparo certero que nadie podría apreciar y una retirada discreta. Los arcos voltaicos centelleaban. Afuera la música desertizaba todas las almas que se mantenían activas con R. A mí no me gustaba esa basura, prefería el antiguo método, beber hasta desmayarme. Sujetarme la cabeza, despertar sin saber dónde. Aunque siempre sea de noche. Estamos lejos del padre Sol.

Me gusta vivir la muerte lenta.

Vi a Bowman justo a mi lado. Se lavaba las manos con parsimonia. Sonreía como una comadreja. O como un pájaro. O como un saco de cieno. En los ojos, el brillo de la R. Las pupilas dilatadas. Hasta le temblaban los labios. Se le habían caído varios dientes y las venas del cuello estaban adquiriendo el tono cárdeno característico.

—Estás muerto, Bowman. ¿No te lo habían dicho antes?

Dejó de mirarse al espejo como un tonto. Me enfocó con serias dificultades y consiguió farfullar, tras varios intentos.

—¿Qué dice? ¿Quién es usted?

Bowman siempre nos trataba de usted, allá en Ravele. Aunque nos estuviera matando, aunque nos estuviera llenando de plomo los pulmones.

—¿Ya no me recuerdas? Dicen que la R te consume la memoria.

—Yo no le conozco —respondió, y fue hacia la tobera, a secarse.

Pasado el tiempo establecido, la presentadora anoréxica volvió a apoderarse de toda la superficie del espejo. Estaba hablando de la explosión de una Base Gravitacional abandonada. Al parecer se trataba de ocupas llegados a Alphus en una de las lanzaderas ilegales que caían como maná de los cielos. Las que se topaban con el mar tenían más suerte. Era otra forma de palmarla lejos de tu galaxia.

Me recogí el pelo en una coleta apresurada. Las cicatrices que tenía en lugar de orejas eran pequeñas cordilleras rosas que parecían hechas de cera. Tersura retorcida.

—¿Tampoco me reconoces ahora? —le grité. Esperaba que en cualquier momento entrase alguien.

—¿Qué le ha pasado en las orejas?

—Me las cortaste con un cuchillo incandescente.

—Usted está loco perdido.

Se dirigió a la puerta con paso vacilante. De una patada le senté en el suelo.

—Hijo de cien perras. ¿Será posible que no me recuerdes? ¿No te acuerdas de cómo nos hacíais cavar? ¿No te acuerdas de cómo mandabais los cohetes con los muertos del día hasta la órbita de Vicario? Tampoco te acordarás de cómo muchos se sacaban los ojos por culpa del Virrus...

Le estaba gritando con todas mis fuerzas. Menos mal que afuera, en la sala de baile, la música estaba tan alta que nadie reparaba en el alboroto de los servicios. Por mi parte, de forma inconsciente, empecé a recorrer con la mirada todo el habitáculo. Necesitaba un cable.

—¡Yo no conozco ningún Virrus, si ni siquiera le había visto antes!

—Bowman, los años te han echado a perder. Nunca imaginé que te rebajaras tanto. Que negaras tus obras. Te hacían sentir tan orgulloso. ¡Mi torturador particular!

Sólo veía haces de luz. Los cables estaban desapareciendo a pasos agigantados. Cada vez eran más difíciles de encontrar. Desde luego dada la escasez de cobre era buen negocio desmontarlos y vender los aprovechables, como las monedas de níquel.

Como vi que intentaba levantarse, le di otro par de coces hasta dejarle tendido sobre el sucio suelo de cerámica porosa. Arranqué la tapa del retrete más próximo, y se la rompí en la cabeza. Así de simple. Cuando el cuerpo actúa solo, retrocede milenios.

Acto seguido, lo metí en el baño, empujé los restos de piedra de la tapa rota con el pie, hasta hacerlos desaparecer bajo la puerta entornada. Salí disparado, mirando al suelo. La iluminación seguía en mínima potencia, tan sólo flameaban artificialmente las llamas verdes de los pebeteros.

Palpando la barra recorrí todo el camino hasta la puerta principal. Allí Peanyte montaba guardia como siempre. Me saludó con la cabeza.

—¿Qué te ha pasado en las orejas?

—Es una vieja historia —me deshice la coleta, pues se me había olvidado antes, con las prisas—; algún día te la contaré.


Ilustración: Héctor Chinchayán

—Bah, a mí me volaron la pierna en el cerco de Mimas —se la palmeó y sonaba a hueco—. Nunca me gustó Saturno. Demasiado grande.

—Y demasiados gases. Ninguno bueno.

Nos reímos un rato y después alcancé la calle. En este pedrusco que habitamos, ninguna luz natural llega durante demasiado tiempo. Era de noche como desde el primer día que aterricé. De joven la noche me apasionaba, creía que todo tenía un encanto especial, que el misterio y la maravilla se acercaban. Ahora lo único que se esconde en la sombra es el miedo a olvidar la luz. Cualquier estrella me valdría.

No es fácil salir de D-911. Aquí todos tenemos historiales con líneas borradas.

Al pasar el deslizador, crucé la calle. Vivía cerca, aunque aquí todo está bastante cerca. A las diez manzanas, se acaban las casas, por no decir barracas, y sólo queda llanura gris ceniza. Ni una montaña, ni un cráter. Sólo la enorme Antena Repetidora recortada contra un cielo nunca azul. Todo es negro o inventado por el hombre.

Un traqueteo sonó a mi espalda. Un hombre encorvado empujaba un viejo carrito repleto de deshechos metálicos por la acera desconchada. Las placas de silicio las llevaba metidas en uno de los bolsillos. Llantas chamuscadas, bujías y relés, toda una colección de aislantes de vidrio sacada de algún museo o de algún robot aspirador.

Le dejé pasar. Los dos a la vez sería imposible, y nunca iba a amanecer, de todas formas. Ya no tenía tanta prisa.

—Gracias, buenas noches —me dijo, con voz pastosa.

Le miré la cara, sonriendo, cuando pasó a mi lado, y la capucha se le movió ligeramente sobre uno de sus hombros.

El viejo Bowman. No sabría decir cuánto tiempo estuve sin latidos.

La muerte aquí es lenta. En la mayor parte de las ocasiones.



Ernesto Sierra Sanz, nació en Zaragoza, España, a finales de 1976. En su país ha intentado publicar repetidas veces, pero se resiste (el país), ¿debido quizás al buen gusto? Bromas aparte, forma con dos amigos el "Triángulo Escaleno", tridente afortunado de lectores que se atreven a escribir. Es posible que él mismo u otros vértices se arrojen sobre nosotros próximamente. Estaremos preparados.


Axxón 163 - junio de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantasía: Fantástico: Fronteras: España: Español).

            

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