LOS FESTEJOS DEL FIN DEL MUNDO

Pablo Dobrinin

Uruguay

Escucho un gemido ahogado. Una mujer de Bergel, con los codos y las rodillas apoyadas en el suelo, es penetrada por un fauno que la sostiene de la cintura. La espalda se dobla con movimientos compulsivos, cada vez más violentos, hasta que en el clímax del placer se escucha el sonido de algo que se quiebra. La piel se rasga dejando asomar parte de la columna vertebral, y entre la sangre que sale a borbotones y los huesos rotos, surge una Mariposa de Agua. El fauno estira sus zarpas, pero el insecto gira a su alrededor y se eleva fuera de su alcance. Lejos de resignarse, la criatura se enfurece, abandona los despojos de la mujer y corre tras la presa.

La Mariposa se burla abriendo y cerrando sus alas. El hombrecito con patas de cabra se desespera intentando acercar su boca a esa otra boca escurridiza y azucarada. Sabe que el calor evaporará ese manjar y que si no lo bebe rápido, ya nunca más podrá hacerlo. Mientras tanto, los Relojes de Fuego siguen avanzando. Implacables.


La ciudad es una fiesta. La gente sale a las calles para presenciar el Fin del Mundo. Hoy no existen jerarquías ni orden de ningún tipo. La libertad es incondicional. Todo lo que siempre quisimos hacer, hoy lo hacemos. Hoy torturamos a nuestro jefe, lentamente, saboreando cada momento, y después lo matamos; o le hacemos el amor a nuestra jefa, lentamente, saboreando cada momento, y después la matamos. Hoy conducimos los coches que siempre quisimos conducir, comemos la comida que siempre quisimos comer, jugamos los juegos que siempre quisimos jugar, gritamos las cosas que siempre quisimos gritar... y nadie nos detiene. Hoy somos las personas que siempre quisimos ser, decimos las cosas que siempre quisimos decir, hacemos las cosas que siempre quisimos hacer... y nadie nos detiene. Porque hoy es el Fin del Mundo, y no habrá otro igual.


Todos los individuos abandonan sus puestos de trabajo. No, no todos. José no puede evitar que sus empleados renuncien, pero decide permanecer al frente de la Cervecería. Sabe que hoy es el Fin del Mundo, que la gente sale a las calles y que tiene mucha sed y que gasta su dinero en cervezas. José está contento, espera una venta extraordinaria.

El Domador de Tigres Alados decide reírse de José, le dice que hacia el final del día ya va a llevar vendidos varios millones de pesos, y que de acuerdo con sus cálculos, juntando la venta de tres Fines del Mundo podrá comprarse un local mucho más grande y recaudar aún más dinero. Ahora José está feliz.

La Cervecería es el sitio perfecto. Es lo suficientemente grande como para albergar una multitud; además, no tiene techo, y eso nos permite observar el cielo en espera del gran acontecimiento.

El fauno persigue a la Mariposa de Agua entre la mesas. Se da cuenta que el insecto juega con él, porque gira en torno suyo como una mosca molesta y se aleja tan pronto como está por alcanzarlo. Esto pone furioso al fauno, que de tanto en tanto detiene la persecución, se tira al piso y se pone a patalear como un niño caprichoso, mientras los clientes de José toman cerveza y se ríen a carcajadas.

Se escucha un rumor proveniente del cielo, son los Relojes de Fuego que se acercan.


Un cíclope gigante se dirige al mostrador y regresa con un inmenso barril de cerveza. Abre la canilla pero no sale ni una gota, entonces lo deja en el piso, le quita la tapa y se inclina para observar. Pero ante su sorpresa y la de los que estamos aquí reunidos, un enano sale con dificultad del recipiente, lanza un eructo monstruoso, da unos pasos zigzagueantes y cae de bruces partiéndose la nariz. Mezclado con las risas de los presentes alcanzo a escuchar unas notas musicales. Giro la cabeza y descubro a los Tres Músicos que están ensayando la Melodía del Fin del Mundo para cuando lleguen los Relojes de Fuego. Sus instrumentos son unas masas amorfas de color azul, llenas de agujeritos que ellos pinchan con largos estiletes. Según en qué agujero introducen el estilete, es el sonido que se logra. La música se parece a los chillidos que las Mujeres Porcinos emiten en primavera.


A trescientos metros sobre el mar levitan colosales Relojes de Fuego, alimentados por enanos que recorren sus interminables galerías. Cuando los Relojes lleguen a la ciudad y se enciendan, el mundo se terminará.


Sigue llegando gente a la Cervecería. Veo a un hombre flaco, desnudo, cargando una oveja debajo del brazo.

—¡Oiga! —le grito—. Usted, el de la oveja debajo del brazo.

—¿A mí?

—Sí, dígame, ¿no lo he visto antes en Woodstock?

—¿Cómo me reconoció?

—No lo sé, quizás tenga buena memoria. ¿Le importaría sentarse a beber conmigo?

—Claro —dice con entusiasmo, y se sienta frente a mí, con la oveja en el regazo. Tengo varias botellas de cerveza en mi mesa, porque nunca se sabe quién puede aparecer.

—No me gusta beber solo. Mi mujer se disgustó conmigo y no quiso venir. No es bueno que el hombre esté solo.

—Oh, sin duda, yo pienso exactamente igual.


Las criaturas que alimentan los Relojes de Fuego son tan pequeñas que no necesitan agacharse para recorrer las galerías, tienen apenas unos sesenta centímetros de altura. Debido al intenso calor sólo visten un taparrabos que les llega hasta la rodilla, que más que ocultar su virilidad, da cuenta de su proverbial fanfarronería. Un sudor grasiento acentúa su compacta musculatura. Van de un lado a otro cargando leños y recipientes de un combustible que es el resultado de la cooperación, a nivel tecnológico, de las más extrañas civilizaciones que habitan el multiverso.


Alguien le dice a José que es un idiota por trabajar sabiendo que hoy es el Fin del Mundo. El le responde que es más listo que de lo que creen: está cobrando por adelantado. Después anuncia que se le ha terminado la cerveza, lo que es recibido por los clientes con una exclamación de disgusto.

El fauno corre tras la Mariposa de Agua que revolotea sobre las mesas. En el frustrado intento por darle caza, tira y rompe todo lo que encuentra a su paso: botellas, platos de comida, vasos, cubiertos, sillas. Pasa encima de las parejas que hacen el amor en el suelo, pisotea algunos cadáveres y sigue corriendo. Sin poder evitarlo tropieza con el Domador de Tigres Alados, que está recostado en la barra bebiendo cerveza. El Domador ve su deliciosa bebida del Fin del Mundo caer lenta, irremediablemente, como una cascada de oro líquido. Mientras la cerveza cae se pregunta quién será el responsable, cómo es posible que exista un cretino semejante en el universo, repasa mentalmente todo lo que ha hecho en su vida y llega a la conclusión de que no ha sido tan malo como para merecer ese castigo, y sin apartar la vista del preciado néctar una ira incontenible comienza a crecer dentro de su pecho. El fauno mira la cerveza que está cayendo, después descubre el rostro del Domador de Tigres Alados y comprende el grave error que acaba de cometer. Todos los clientes de la cervecería miran la cerveza que cae, miran el rostro desfigurado del Domador de Tigres y abren la boca y los ojos y esperan lo peor. El fauno sabe que ninguna disculpa lo podrá salvar, y con los brazos colgando y una mueca de sufrimiento observa la cerveza que cae, lenta, irremediablemente. El Domador de Tigres Alados espera a que la cerveza llegue al piso, y cuando esto finalmente ocurre, su cólera se desata, busca con la mirada a uno de sus Tigres Alados, abre la boca desmesuradamente y grita:

—¡Luzbel, atrapa a ese maldito fauno!

Luzbel vuela persiguiendo al fauno, que a su vez persigue a la Mariposa de Agua porque recuerda que de todas formas va a morir. Los clientes continúan ahora con sus quehaceres habituales. Los Tres Músicos arremeten nuevamente con su condenada melodía del Fin del Mundo.


Un viento suave empuja las nubes y la luna llena se descubre en todo su esplendor. Es un disco blanco y perfecto, hasta que la increíble mole de un Reloj de Fuego comienza a recortarse contra su superficie.


Veo llegar a un hombre vestido de negro, enarbolando una bandera que tiene las siglas de la Iglesia de Cristo Revolucionario.

—¡Oiga! —le grito—. Usted, el de la bandera.

—¿A mí?

—Sí, dígame, ¿Usted no es el pastor de la Iglesia de Cristo Revolucionario?

—¿Cómo me reconoció?

—No lo sé, debe ser por el peinado. ¿Le importaría sentarse a beber conmigo?

—Claro —dice con entusiasmo, y se sienta frente a mí, junto al hombre desnudo que tiene una oveja en el regazo.

—No me gusta beber solo. Mi mujer se disgustó conmigo y no quiso venir. No es bueno que el hombre esté solo.

—Oh, sin duda, yo pienso exactamente igual.


El fauno tropieza con un cadáver y cae al piso, el Tigre Alado que viene atrás no acierta a detenerse y atrapa la Mariposa de Agua que se disuelve en su enorme boca. El fauno llora desconsoladamente mientras Luzbel se aleja caminando, con un ronroneo feliz.

El fauno me da pena, debe estar sediento después de tanto correr. Lo invito a compartir la mesa.

—Gracias —dice sollozando, y se sienta entre el pastor de la Iglesia de Cristo Revolucionario y el hombre delgado que tiene una oveja en el regazo.

—No me gusta beber solo —le explico—. Mi mujer se disgustó conmigo y no quiso venir. No es bueno que el hombre esté solo.

—Oh, sin duda, tampoco es bueno para los faunos. Lo que me ha pasado es terrible. ¡Soy un desgraciado!

—Al menos está vivo —afirmo.

El fauno mira de reojo al Domador de Tigres Alados, que ha juntado restos de cerveza de vasos ajenos y bebe tranquilo.

El pastor lo increpa:

—Hijo mío, ¿por qué no dejas de lamentarte y aprovechas para darme tu confesión?

—¿Confesarme! ¡Soy un fauno, no necesito una confesión! Lo único que quiero es una Mariposa de Agua...

—La verdad —advierte el hombre que estuvo en Woodstock— es que no veo ninguna mujer de Bergel en la Cervecería como para... ¡Hey! ¡Deja de mirar de esa forma a mi oveja!

—Un momento, un momento —intervengo tratando de apaciguar los ánimos—, tengamos nuestro Fin del Mundo en paz.

—Quizás exista una solución, después de todo —señala el pastor.

—¿A que se refiere? —pregunta el fauno con ansiedad.

—Bien, no debería decir esto, porque soy un pastor y...

—¡Ya, ya, dígalo de una vez!

—Está bien, se lo diré... pero sólo si me permite observar.

—Es un hecho. Tiene mi palabra, soy un fauno de palabra.

—Hay una mujer de Bergel en la Cervecería.

—¿Dónde!

—No se apresure, déjeme explicarle. Hay un pequeño inconveniente.

—¿Inconveniente, qué quiere decir con un inconveniente?

—Esa mujer ha hecho el amor cientos de veces, con cientos de hombres, y hasta ahora ninguno ha sido capaz de arrancarle una Mariposa de Agua de la espalda.

—¡Ja! —dice el fauno— ¡porque no me conoció a mí!

—Lo único que faltaba —se lamenta el dueño de la oveja— tener que soportar a este engendro de la naturaleza haciendo alarde de sus atributos.

—Diga donde está, todos queremos saber —le indico al pastor.

—Bien —señala una figura apoyada en la barra— es aquella.

—Pero, parece un monje —dice el fauno.

—No, está disfrazada para que nadie la moleste. Quítele la capucha y verá...

El fauno se levanta de la mesa y va por ella. El hombre de Woodstock acaricia la oveja con ternura.


El calor dentro de los Relojes de Fuego es prácticamente insoportable, pero los enanos lo resisten estoicamente, porque saben que ya queda poco. Pronto los Relojes iluminarán la noche. La voz del fuego dirá las últimas palabras y pasaremos a mejor vida.


El fauno ha logrado convencer a la mujer, que ahora avanza hacia el centro del local. Camina lentamente, con el silencio de los gatos y las lunas. Se quita la capucha y su cabello cae con la cadencia de una guitarra en la noche. La ropa se desliza por las curvas y llega al piso.


Ilustración: Guillermo Vidal

El fauno se acerca. Ella le dobla en altura.

El cíclope está sentado sobre un barril y la observa con su ojo bien abierto, que parece congelado. José deja de contar su dinero y la mira. El pastor, el hombre de Woodstock, el Domador de Tigres Alados... todos miramos sin poder creerlo. Sopla una brisa que nos trae su cálido perfume de sueños.

El hombrecito con patas de cabra recorre con sus manitas velludas las interminables piernas y se detiene en las tibias colinas. Ella lo toma del cabello y lo atrae hacia su vientre.

La mujer de Bergel se estremece mientras el brillo de la luna baila en su cuerpo. Al cabo de un rato, apoya los codos y las rodillas en el suelo y espera la llegada del fauno.

Uno de los Tres Músicos introduce suavemente un estilete en su instrumento. Después se van sumando los otros, y una melodía tibia y húmeda impregna el aire de la noche.

No podemos apartar la vista del espectáculo. Es como si cada uno de nosotros tuviese algo de ese fauno, que busca su Mariposa de Agua para saborear la eternidad del último instante. Todos hemos bebido, devorado, fornicado, matado, en esta noche del Fin del Mundo, y sin embargo...


Los Relojes van a llegar en cualquier momento. Puedo sentir en el aire el combustible que queman los motores.


Los músicos pinchan cada vez con más violencia sus instrumentos. La mujer abre la boca y sus dientes brillan con un fuego lunar. Los estiletes perforan una y otra vez, más rápido, más fuerte, más adentro.

Los Relojes ya están aquí.

La piel de la espalda se estira, formando un bulto.

Se enciende el primero de los Relojes.

La columna vertebral se parte con un crujido desagradable, puedo ver los huesos y la sangre. El fauno abre la boca esperando atrapar su presa. Pero en lugar de una Mariposa de Agua surge un ser monstruoso con un caparazón rojo y unas pinzas enormes. El hombrecito grita, pero ya es demasiado tarde. La horrible criatura salta sobre él y en cuestión de segundos le devora la mitad de la cabeza, para luego perderse entre las sombras.

Los músicos terminan bruscamente de tocar y dejan caer sus instrumentos, que se alejan arrastrándose, mientras un líquido azul les brota de las heridas.

El silencio es total.

Apartamos la vista de los muertos y miramos hacia arriba.

Se enciende el segundo de los tres Relojes.

Siento un vacío en el estómago.

La puerta de la Cervecería se abre. Es mi esposa. La miro a los ojos y sé que me ha perdonado. Le doy a beber un trago en mi copa y la tomo de la mano. Se enciende el último Reloj. En cada uno de ellos el fuego se alza como una lengua o una espada primordial. Aprieto la mano de mi esposa y de una forma que no alcanzo a explicar, comprendo que todos los misterios están a punto de ser develados. Entonces los tres brazos del fuego se unen en una espiral de luz que nos arrastra lejos, muy alto y muy lejos, hacia las estrellas.



Profesional de Enseñanza Periodística y cursó tres años de Literatura en el Instituto de Profesores Artigas. Ha publicado en Diaspar, Cuásar y la Asimov española, entre otras revistas. Junto a Enrique Abelenda compiló una antología de ciencia ficción uruguaya que permanece inédita. En Axxón N° 160 apareció su artículo titulado "El carácter político de la ciencia ficción uruguaya".


Axxón 164 - julio de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Realismo conjetural: Uruguay: Uruguayo).

            

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