CUERPOS ORBITALES

Claudio Amodeo

Argentina

—No te digo que no hagas vida normal, sólo que tenés que cuidarte más que de costumbre.

Su rostro demacrado conmovía cada fibra de mi deteriorado corazón. Esos grandes ojos acuosos y el cabello largo y revuelto le conferían una expresión de profunda angustia. A pesar de la cercanía emocional que poseíamos, Beatriz continuaba siendo mi médico y era su deber ser sincera conmigo. El último paro cardíaco había sido devastador y todos temíamos un nuevo episodio en réplica. Aquel terremoto me había dado una buena sacudida y no podría soportar otro igual.

—El problema no esta aquí —le respondí con la diestra sobre mi pecho—, sino allí —señalé con el índice más allá del cielorraso del hospital.

—Dejate de tonterías. No tenés que preocuparte más que por tu salud... —tomó mi mano entre las suyas como suplicando—. Daniel, vos sabés lo mucho que te quiero, pero lamentablemente la vida no quiso que yo pudiera estar cerca de vos para cuidarte... quiero decir que tu vida pende de un hilo y si los que te rodean no...

—Sé lo que quisiste decir, Bea, no te esfuerces más. Dejá las cosas como están. En tu casa también te necesitan.

Una lágrima rodó por su mejilla y estalló sobre el escritorio. Sentí el impulso de abrazarla pero me contuve.

—No te preocupes, me cuidaré —agregué a modo de despedida alejándome—. Te llamaré el lunes temprano y tal vez podamos desayunar juntos... ¿si?

Me respondió con un gesto de su cabeza y me despidió con la mirada. Aún fuera del hospital sentía que podía escuchar sus pensamientos. El corazón se me había agitado un poco pero aquello no me era fácil de controlar.

Cuando salí a la calle ya era de noche y las estrellas brillaban en lo alto. La oscuridad se me antojó siniestra y eso me confundió. Siempre me había deleitado contemplar el cielo nocturno pero aquellos no eran buenos tiempos y todo parecía estar en contravención con su naturaleza. Decidí que lo mismo daba ir a casa que a cualquier lugar así que conduje mi automóvil hacia el observatorio del Parque Centenario. Allí me conocían mejor incluso que mi propia familia y, cuando llegué, Sabrina, la secretaria, y el guía de turno no tardaron en acercarse y saludarme cálidamente y preguntarme cómo me sentía. Era curioso notar que ellos se preocupaban por mí más que mi fastidiosa esposa y su ascendencia familiar.

Dentro de la sala de observación hallé a mi amigo César, sentado frente al Schmidt-Cassegrain, enfrascado en la investigación de lo que ya era de dominio público: el colapso del cinturón de asteroides de nuestro sistema solar.

—Nos van a dar un día de estos —me gruñó a modo de saludo sin levantar la vista de sus cálculos.

—Entonces prefiero no estar sobrio cuando pase.

Me acerqué y, como si despertara de un sueño afiebrado, me miró con detenimiento y me abrazó afectivamente volcando sus ciento veinte kilogramos sobre mi vapuleada humanidad.

—Che, que no podés descuidarte con la bebida. Ahora te pido un tecito de hierbas...

—Dejate de joder y traete una cerveza del freezer que yo sigo tan fuerte como antes.

Dudó un poco pero al final accedió alzando el índice como indicándome que tan sólo me concedería una. Trajo un par de porrones y brindamos chocándolos instintivamente.

—¿Por qué brindamos? —dije después del primer sorbo.

—No sé... porque estás acá y no te moriste... o por alguno de esos pedazos de piedra que nos van a ahorrar las lágrimas.

—¿Es tan jodida la cosa?

—Muy. Si te fijás bien vas a poder ver tres o cuatro estrellas fugaces importantes por noche, y los pedazos más grandes como si fueran pelotas de golf cruzando a los pedos sobre nuestras cabezas.

—Dicen que la probabilidad que uno de los gigantes nos golpee es una en un millón...

—¡No! —me cortó apurando un trago largo—. Es una en mil. Lo calculé. Sólo que no pueden hacer cundir el terror con esa noticia. Es tan probable que nos pegue alguno como que salga el sol mañana.

César era de esos tipos sensacionalistas que veían el fin del mundo a la vuelta de la esquina tres veces al año y yo lo sabía, pero aún así lo respetaba porque a pesar de ello era un hombre de estudios y muy trabajador.

—No comprendo del todo, César. ¿Cómo es posible que la explosión nuclear del Mariner haya desviado tantos planetoides?

—No fue la explosión, Daniel. Esos científicos estaban probando un nuevo artefacto capaz de abrir un agujero de gusano...

—¡Qué agujero ni nada! Eso es imposible.

—Es real. Escuchame. El Mariner se alejó más allá del cinturón porque si algo salía mal no querían hacerse pelota con los asteroides, pero lo que lograron es dispararlos para aquí. El agujero se abrió efectivamente y se tragó al Mariner. Andá a saber por dónde anda ahora. Lo que pasó es que al doblar el espacio tiempo, las fuerzas gravitatorias de los cuerpos más cercanos al punto de inflexión se descontrolaron. Cuando todo regresó a la normalidad sus órbitas habían sufrido terribles alteraciones y salieron disparados hacia el sol.

—Como si hubieran estirado un elástico y luego lo hubieran soltado... —comprendí.

—Sí, un elástico. Se puede entender así.

Quedamos en silencio unos minutos reflexionando sobre la idea expuesta. Resultaba irónico que un artefacto capaz de dotar a la humanidad con la velocidad suficiente como para abandonar su sistema solar en busca de otros nuevos fuera el causante de la extinción de la propia especie. ¿Pero acaso no pudo haberlo sido también la bomba atómica un siglo atrás? La tecnología había alcanzado un grado tal que el mínimo descuido podría poner en peligro a todos. La cirugía láser, por ejemplo, poseía una efectividad asombrosa pero una falla milimétrica podría matar al paciente; las cirugías cerebrales, las vacunas anticancerígenas, hasta la potabilización del agua dependían de rígidos controles electrónicos.

—Bueno, siempre hay esperanza —añadió señalando mi pecho—. Vos sos un ejemplo de eso.

—Tenés razón. Me gusta esa mirada optimista.

—Sí, sí. Vámonos de aquí que ya es tarde, Daniel.

Apagó los equipos y la luz del escritorio y salimos fuera.

—Andá a tu casa —agregó mi colosal amigo poniendo una mano pesada sobre mi hombro—. Tu esposa debe estar preocupada y con todo esto...

—Debe estar echando chispas...

Alzó las cejas. Él la conocía. Sus ataques de histeria me enloquecían.

Decidí ir a casa de todos modos. Conduje con descuido sin quitar los ojos del cielo oscuro. Con el rabillo del ojo me pareció advertir más de una estrella fugaz. Me dije que si algo pasara realmente jamás me enteraría.

Al llegar a casa descubrí para mi alivio que Elsa dormía acurrucada en un rincón de la cama, abrazando a mi pequeña Rocío. Me desvestí sin encender las luces, orientado por la claridad que la luna me brindaba a través de la ventana abierta. Me recosté procurando no despertarlas y me dormí en algún momento mientras escudriñaba la porción de cielo que alcanzaba a divisar.


El lunes siguiente, temprano a la mañana, me encontré con Beatriz para desayunar como habíamos arreglado la semana anterior. Ella lucía cansada y las ojeras la habían impulsado a utilizar anteojos oscuros.

—No lo soporto más, Dani.

—¿Te levantó la mano?

—No. No. Quedate tranquilo. Jamás haría eso o lo denuncio. Pero ya no soporto esta situación... No lo amo. Yo...

—Por favor, Beatriz. Por favor.

Me miró un minuto en silencio mientras su café se enfriaba irremediablemente. Al cabo su voz cambió quebrándose.

—¡Vayámonos juntos, Dani! ¡Dejemos todo!

Su reacción me tomó por sorpresa. No supe qué decir. Jamás me había planteado seriamente la posibilidad que me proponía.

—¡Nos amamos! Los dos lo sabemos —insistió.

Tomé mi cabeza con las manos sintiendo que una ráfaga de pensamientos me taladraba. No sabía qué decir. Dije no. Dije lo siento, no puedo. No sé por qué lo hice pero así fue. Luego, el rostro pétreo de mi dulce Beatriz, estupefacto, me devolvió a la realidad y supe que había cometido la estupidez más grande de mi vida. Aquello era lo que siempre había deseado aunque jamás me hubiera animado a aceptarlo. Pero ya era tarde. Ya estaba levantándose de su silla, cubierto su rostro en lágrimas, y trastabillaba hasta alcanzar la puerta de salida del local. Y yo me quedé allí, quieto, sin poder reaccionar, y deseé que mi corazón fallara una vez más, una última vez y me liberara de aquel sufrimiento.

No sé cómo pero reuní fuerzas para acudir a la imprenta y me quedé detrás del mostrador con una expresión fría de muerte. Los clientes me miraban preocupados pero ninguno osó invadir mi propiedad privada, mi intimidad. Cuando caía la tarde sonó el teléfono una vez más y reconocí la voz agitada de César del otro lado que hablaba sin pausa palabras ininteligibles.

—¿Qué decís? ¡Esperá! ¡Hablá más despacio que no te entiendo!

—¡Pasó, Daniel! ¡Pasó!

—¿Qué pasó?

—Uno gigante... golpeó directamente en la cara opuesta de la Luna. Lo tengo todo grabado... ¡Es un desastre!

—No entiendo. ¿Qué le pasó a la Luna?

—La golpeó y se salió de órbita... Está cayendo, ¿Entendés? ¡En unas horas estaremos todos muertos!

—¡No puede ser! ¿Estás seguro?

—Esta anocheciendo. Pronto verás la Luna en el horizonte... —Su voz era apenas audible, parecía estar corriendo con el teléfono en la mano, y tal vez lo estuviera haciendo.

La comunicación se cortó y yo quedé petrificado. No podía asimilar la noticia. Encendí la radio pero nada decían de ello, sólo pasaban música y publicidades. No lograba sintonizar una emisora que diera las noticias. Tal vez ya todos estén corriendo en las calles, me dije. Levanté el teléfono y marqué el número de mi casa. No había nadie. Me atendió el contestador. Dejé un mensaje escueto, diciendo que cuando regresara a casa hablaríamos mejor. Pero sabía que ya no volvería. Volví a marcar, esta vez el número del celular de Beatriz. Apagado. Llamé a su casa.

—Hola —la voz masculina me era familiar.

—¿Está Beatriz?

—¿Quién le habla?

—Daniel. ¿Me pasa con ella?

Escuché su voz a la distancia diciéndole a su marido que la negara que no quería hablar con nadie. Cuando él quiso transmitírmelo yo ya había salido de la imprenta y estaba encima de mi vehículo. En la calle, la gente no estaba enterada de nada de lo que me contara César. Tal vez no fuera cierto después de todo pero yo ya no daría la vuelta. En tres minutos llegué a la casa de Beatriz y golpeé la puerta con la mano abierta. Hugo, su marido, me abrió.

—Hola, Hugo, yo soy Daniel y estoy completamente enamorado de tu esposa. ¿Dónde está?


Ilustración: wkowalsky

—¿Qué? —alcanzó a decir Hugo sin comprender nada y miró a su esposa que me veía atónita desde el pie de una escalera.

—¡Vámonos! —le dije a ella—¡Hagámoslo! ¡Te amo!

Beatriz corrió hacia mí escapando por la puerta entreabierta bajo la mirada desconcertada de su marido.

—¿Adónde van? —reaccionó tardíamente viéndonos subir a mi automóvil—. ¡No se pueden ir!

Y nosotros ya rodábamos calle abajo a toda velocidad tratando dejar atrás todos nuestros problemas.

—¿Qué te pasó? —me preguntó luego de que la emoción le permitiera reaccionar— ¿Cómo se te ocurrió hacer algo así, tan descabellado?

—Te amo Beatriz. Eso es lo único que sé. Y si no hiciera esto sería un estúpido. Ya no me queda tiempo para perder...

—¿Te sentís bien? —me miraba con preocupación—. ¿Te duele algo?

Luego, sin esperar mi respuesta, volteó la vista al camino y lo vio. Yo lo había descubierto segundos antes apenas. La ruta se extendía hacia el horizonte bordeada de cañas y juncos y sobre el borde del mundo reposaba la figura, espléndida y aterradora a la vez, de una luna llena, decenas de veces más grande que lo que jamás habíamos visto antes. Estaba cayendo, era verdad.      

Detuve el motor del vehículo y descendimos hipnotizados por aquel espectáculo. Instintivamente nos tomamos las manos y caminamos breves pasos sobre el asfalto húmedo. El viento soplaba con mayor fuerza y supe que ya no se detendría.

—Es curioso —dije—. Nosotros pasamos nuestras vidas orbitándonos el uno al otro sin unirnos jamás. Igual que la Tierra y la Luna. Y hoy...

—Sí —aceptó ella volviendo hacia mí su rostro—. Como si al unirnos desestabilizáramos el equilibrio universal.

Nuestros labios se rozaron apenas, primero, y el cielo rugió. Luego se fundieron en forma definitiva, al tiempo que la tierra se resquebrajaba y desaparecía bajo nuestros pies.



Claudio Alejandro Amodeo tiene 28 años, es técnico en electrónica y vive en la ciudad de Buenos Aires. Es un activo participante del Taller 7 y allí se originaron la mayoría de las ficciones que le publicamos en Axxón, hasta el momento seis: "La chica de rojo" (149), "El libro de las predicciones" (153), "Carrusel fantasma" (155), "Por favor, no leer" (159) y "Crónica de la masacre" (160).


Axxón 164 - julio de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ficción especulativa: Argentina: Argentino).

            

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