LA MUERTE DEL CAPITAN FUTURO

(Premio Hugo 1996)

Allen Steele

Estados Unidos

El nombre del Capitán Futuro, supremo adversario de todo mal y de todos los malvados, era conocido por todos los habitantes del Sistema Solar.

Ese joven aventurero —alto, alegre y pelirrojo, de risa fácil y puños voladores— era el implacable Némesis de todos los opresores y explotadores de las razas humanas y planetarias del Sistema. Combinando una audacia dicharachera con una inquebrantable voluntad y un incomparable dominio de la ciencia, había dejado su ardiente rastro a lo largo y a lo ancho de los nueve mundos, en defensa de los justos.

                        -Edmond Hamilton

                         El Capitán Futuro y el

                         Emperador del Espacio

                         (1940)


Esta es la verdadera historia de cómo murió el Capitán Futuro.

Estábamos bordeando el cinturón interior, rumbo a nuestro punto de encuentro programado con Ceres, cuando el comlink de la nave recibió el mensaje.

—¿Rohr...? Rohr, despierte, por favor.

La voz que provenía del techo era fuerte, oscura y atractiva, muestreada de uno de los viejos vids de Hércules de la colección del capitán. Penetraba la oscuridad de mis aposentos, en la cubierta intermedia, donde estaba durmiendo después de ocho horas de guardia en el puente.

Giré la cabeza para mirar, con los ojos fruncidos, la terminal de computadora que estaba junto a la litera. Por la pantalla se desplegaban líneas de códigos alfanuméricos que indicaban los chequeos y actualizaciones de rutina del sistema; como segundo oficial, se suponía que yo debía monitorearlos en todo momento, incluso cuando estaba fuera de servicio y muerto para el resto del mundo. Sin embargo, no había ningún mensaje de emergencia recuadrado en rojo; a primera vista, todo parecía normal.

Salvo la hora. Eran las 0335 Zulu, plena noche, maldita sea.

—¿Rohr? —Ahora la voz sonaba un poco más fuerte—. ¿señor Furland? Por favor, despierte.

Gruñí y rodé en la cama. —Bueno, bueno; ya estoy despierto. ¿Qué quieres, Cerebro?

Cerebro. Ya era bastante desagradable que la IA de la nave sonara como Steve Reeves, pero, como si fuera poco, también tenía un nombre estúpido como Cerebro. En todas las naves en las que presté servicio los miembros de la tripulación usaban nombres humanos para las IA, nombres como Rudy, Beth, Kim, George o Stan, en honor a algún amigo, miembros de su familia o tripulantes fallecidos, o apodos que podían ser inteligentes o remanidos, como Boswell, Isaac, Slim, Flash o Ramrod, además de los muy frecuentes Hal y Data que agradaban a los nostalgiosos. Una vez trabajé en la nave auxiliar de un remolcador lunar donde la IA se llamaba Tonto —para decir Eh, Tonto, a ver la grilla de tránsito de la Estación Tycho—, pero nadie, salvo un imbécil, le pondría a su IA un apodo tan idiota como Cerebro.

Es decir, nadie salvo el Capitán Futuro... y yo todavía no tenía decidido si mi actual jefe era un imbécil o si simplemente estaba chiflado.

—El Capitán me solicitó que lo despierte —dijo Cerebro—. Quiere que se presente en el puente de inmediato. Dice que es urgente.

Volví a revisar la pantalla. —Aquí no veo nada urgente.

—Son órdenes del Capitán, señor Furland. —Los fluorescentes del techo comenzaron a encenderse lentamente detrás de sus paneles rajados y llenos de polvo, obligándome a fruncir los ojos y tapármelos con una mano—. Si no se presenta en el puente dentro de diez minutos, se le descontará una hora laboral y sufrirá una marca en la credencial del sindicato.

Las amenazas así generalmente no me perturban —todo el mundo pierde unas horas o gana unas marcas durante un viaje largo—, pero en estos momentos no podía darme el lujo de tener una mala foja de servicio. Dentro de dos días, la ACET Cometa llegaría a Ceres, donde estaba programado que debía incorporarme a la Comercio Joviano, con destino a Calisto. Había tenido suerte de llegar tan lejos y no quería que mi próximo comandante me dejara en tierra debido a un informe desfavorable del capitán anterior.

—Bueno —mascullé—. Diles que voy para allá.

Balanceé las piernas hacia el costado y tanteé el suelo, buscando la ropa que había dejado tirada. Me habría encantado lavarme, afeitarme y disfrutar de una agradable y prolongada sesión de meditación en el baño, para no mencionar una taza de café y un pastelito de los que había en la cocina, pero era obvio que no iba a poder hacer nada de eso.

De las paredes comenzó a brotar música, una obertura para orquesta, que gradualmente fue aumentando de volumen. Hice una pausa, con las pantorrillas a medio meter en los pantalones, cuando las cuerdas se remontaron por los aires con heroica potencia. Opera alemana. Wagner. La Cabalgata de las Walkirias, por Dios...

—Quítala, Cerebro —dije.

La música se interrumpió en la mitad de un acorde. —El capitán pensó que lo ayudaría a despabilarse.

—Estoy despabilado. —Me puse de pie y me subí los pantalones hasta arriba. Bajo la luz mortecina, percibí un pequeño movimiento en un rincón de mi compartimiento, junto al armario; en un momento estaba ahí y después había desaparecido—. Aquí hay una cucaracha —dije—. ¿Quieres tomar medidas al respecto?

—Disculpe, Rohr. He tratado de desinsectizar la nave, pero hasta ahora no he sido capaz de localizar la totalidad de los nidos. Si deja la puerta de la cabina sin llave mientras no esté, enviaré un unidad remota para...

—No importa. —Me subí la cremallera de los pantalones, me calcé un buzo y busqué los zapatos de velcro. Los había pateado debajo de la litera al quitármelos; me arrodillé sobre la alfombra raída y los recuperé—. Me cuidaré solo.

Cerebro no había hecho ese comentario con segundas intenciones; sólo quería librarse de otra de las tantas pestes que había encontrado a bordo de la Cometa desde que la nave carguero partiera de LaGrange Cuatro. Las cucarachas, las pulgas, las hormigas, y hasta algún ratón de vez en cuando, se las arreglaban para colarse en todas las naves que se acoplaran regularmente con espaciopuertos cercanos a la Tierra, pero yo, realmente, nunca había estado en una nave tan infestada como la Cometa. Sin embargo, no iba a dejar sin llave la puerta de mi cabina. Una de las pocas reglas inviolables del sindicato, que también estaba vigente a bordo de esta nave, era el derecho a sellar mi cabina. No quería darle al capitán la oportunidad de curiosear entre mis cosas. Él estaba convencido de que yo llevaba contrabando a la Estación Ceres y, aunque tenía razón —dos quintos de whisky de malta lunar, un regalo tradicional de recién llegado para mi próximo comandante—, no quería que arrojara esa excelente bebida por el sumidero basándose en un reglamento de la Asociación que ninguna otra persona se molestaba en cumplir.

Me calcé los zapatos, me puse el cinturón utilitario y salí de la cabina, echándole el cerrojo a la puerta con la huella de mi pulgar. Avancé por un corredor corto, que se curvaba hacia arriba, y pasé delante de las puertas cerradas de otras dos cabinas de tripulantes, que decían CAPITAN y PRIMER OFICIAL. El capitán ya estaba en el puente y supuse que Jeri estaría con él.

Había una boca de hombre que llevaba al eje de acceso central y al carrusel. Pero antes de subir al puente me detuve en la sala de oficiales, para llenar un bulbo de exprimir con café. La sala de oficiales era una desastre: había una bandeja con restos de la cena sobre la mesa, envoltorios descartados de comida tirados en el suelo y un pequeño robot parecido a una araña que caminaba por la pileta de la cocina, peleando una batalla solitaria contra la suciedad de los utensilios que estaban allí abandonados. El capitán había estado aquí recientemente; me sorprendió que no me hubiera hecho llamar para que le limpiara la mugre. Al menos, en la cafetera quedaba café caliente, aunque, a juzgar por su olor y viscosidad, probablemente tenía unas diez horas de antigüedad como mínimo. Antes de servirlo en el bulbo, lo rebajé con azúcar y leche semi-agria del refrigerador.

Como siempre, los cuadros de las paredes de la sala de oficiales capturaron mi atención: reproducciones enmarcadas de tapas de viejas revistas pulp, que databan de hacía mucho más de cien años. Las revistas mismas, todas ellas en vías de desmenuzarse y cuyo precio era imposible determinar, estaban guardadas en bolsas selladas herméticamente, en un armario del cuarto del capitán. Fantasiosas ilustraciones de astronautas con cascos como peceras, peleando contra improbables monstruos alienígenos o científicos locos que, a su vez, amenazaban a rollizas muchachas vestidas con ropa transparente. Los nombres de las fantasías adolescentes del siglo pasado —"Planetas en Peligro", "Aventura Más Allá de las Estrellas", "Senda Estelar a la Gloria"— y sobre todos ellos, impreso en ostentosa negrita, ocupando toda la parte superior de cada tapa, de una punta a la otra, un título...

CAPITAN FUTURO

Hombre del Mañana

En ese momento, una voz ronca que salió del techo interrumpió mi ensueño:

—¡Furland! ¿Dónde está?

—En la sala de oficiales, capitán —Apreté la boquilla del bulbo y la sellé con un catéter; luego me colgué el bulbo del cinturón—. Vine a buscar café. Subiré en un minuto.

—¡Tiene sesenta segundos para llegar a su lugar de trabajo o de lo contrario le descontaré el jornal del último turno! ¡Ahora mueva ese culo perezoso y venga inmediatamente!

—Voy ahora mismo... —Abandoné la sala de oficiales, y ascendí por el corredor, hacia el eje—. Escuerzo —murmuré en voz baja cuando atravesé la compuerta y salí del rango de alcance de la comnet de la nave. ¡Miren quién me llama perezoso!

Capitán Futuro, Hombre del Mañana. Si eso es cierto, que Dios nos ayude.


Diez minutos después, una pequeña nave con forma de lágrima elongada se elevó desde un hangar subterráneo ubicado bajo la superficie lunar. Era la Cometa, la nave superveloz de los Hombres del Futuro, conocida en todo el Sistema como la nave más rápida del espacio.

                  -Ibid;

                   Llamando al Capitán Futuro

                   (1940)


Me llamo Rohr Furland. Para bien o para mal, soy un espacial, igual que mi padre y la madre de mi padre.

Llamémosle tradición familiar. La abuela perteneció al grupo de montadores originales que ayudaron a construir el primer satélite energético en la órbita terrestre; luego emigró a la Luna, donde concibió a papá durante una noche de juerga con un ignoto lunario que murió en una explosión dos días después. Papá pasó una infancia de hijo no deseado en la Estación Descartes; a los dieciocho años, escapó de allí y se hacinó a bordo de un carguero Skycorp con destino a la Tierra, donde vivió como un perro vagabundo, en Memphis, hasta que sufrió un ataque de nostalgia y se empleó en una compañía rusa que buscaba selenitas nativos. Papá volvió a casa justo a tiempo para acompañar a la abuela en sus últimos años, pelear la Guerra Lunar en las filas de Pax Astra y, no incidentalmente, conocer a mi madre, que era geóloga en la Estación Tycho.

Yo nací en el lujo de un departamento de dos ambientes, debajo de Tycho, en el primer aniversario de la independencia de Pax. Me cuentan que papá celebró mi llegada emborrachándose con vino lunar barato y revolcándose con la partera que me había traído al mundo. Por notable que parezca, mis padres permanecieron juntos el tiempo suficiente para que yo terminara de aprender cómo se usaba un traje. Mamá volvió a la Tierra, mientras papá y yo permanecimos en la Luna, disfrutando de los beneficios de la ciudadanía plena de Pax: tarjetas de oxígeno Clase A, que servían para obtener aire aunque estuviéramos desempleados y en quiebra. Lo cual, en el caso de papá, sucedía bastante a menudo.

Todo eso me convierte en un mestizo, en un auténtico hijo de bastardo, amamantado con aire y acostumbrado a las caminatas lunares desde antes de dejar los pañales. En mi cumpleaños número dieciséis me entregaron la credencial del sindicato y me dijeron que consiguiera trabajo. Dos semanas antes de cumplir dieciocho, el transbordador LEO que acababa de contratarme como peón de carga aterrizó en una pista de Galveston y, con la ayuda de un exoesqueleto, caminé sobre la Tierra por primera vez en mi vida. Pasé allí una semana, suficiente para romperme el brazo derecho al caerme en una acera de Dallas, perder mi virginidad con una ramera de El Paso y sufrir un ataque de agorafobia de los mil demonios por culpa de tanto paisaje abierto de Texas. Mandé a la mierda a la cuna de la humanidad, con colchón y todo; tomé la siguiente nave a la Luna y festejé los dieciocho con una torta de cumpleaños que no tenía velas.

Doce años después, ya había pasado por casi todos los trabajos del sindicato a los que podía aspirar una persona con mis antecedentes —peón de muelle, capataz de carga, navegante, jefe de sistemas de sustento vital, incluso un par de puestos de segundo oficial—, en más naves de las que podría contar, desde remolcadores orbitales y cargueros lunares hasta transbordadores de pasajeros y cargueros de mineral clase Apolo. Ninguno de esos empleos me duró mucho más de un año: a fin de garantizar la igualdad de oportunidades a todos sus miembros, el sindicato nos hacía rotar de nave en nave, permitiendo que sólo los capitanes y primeros oficiales permanecieran en el mismo lugar más de dieciocho meses. Era un sistema espantoso; cuando ya estabas acostumbrado a una nave y su capitán, te transferían a otra nave y debías aprender todo de nuevo. O, mucho peor, estabas sin trabajo varios meses, lo que significaba quedarse holgazaneando en algún bar de espaciales de la Estación Tycho o de la ciudad de Descartes, esperando que el representante local del sindicato echara a otro tipo de su empleo para dártelo a ti.

Era una forma de vida, pero poco para ganarse la vida. Tenía treinta años y lo único que poseía eran los dedos de mis manos y pies, y una preciosa y escasa suma de dinero en el banco. Después de quince años de trabajo agotador, lo más cercano que tenía a un domicilio permanente era el armario de almacenaje de Tycho donde guardaba mis pocas pertenencias. Entre un trabajo y otro, vivía en las hosterías que el sindicato tenía en la Luna o en los ele-cinco, generalmente ocupando una litera apenas lo bastante grande para invitar a un gato o a una prostituta. Hasta ellas vivían mejor que yo; a veces les pagaba sólo para poder dormir en una cama decente y no por el sexo.

Para empeorar las cosas, estaba loco de aburrimiento. Excepto por un viaje de ida y vuelta a Marte cuando tenía veinticinco años, había pasado toda mi carrera —diablos, toda mi vida— volando entre la órbita terrestre y la Luna. No es una mala existencia, pero tampoco es fabulosa. Hay una gran abundancia de viejos tristes y estúpidos que se eternizan en los locales del sindicato, contándoles a todos los que quieran escucharlos grandes mentiras acerca de sus días de gloria como astronautas o lunarios, mientras se gastan toda la jubilación en alcohol. Pobre de mí si terminaba como ellos... sabía que si no salía de la Luna muy pronto estaría lustrando tanques de oxígeno el resto de mi vida.

Mientras tanto, se estaba abriendo una nueva frontera en el sistema exterior. Había cargueros espaciales que transportaban helio-3 proveniente de Júpiter para alimentar los tokamaks de fusión de la Tierra. Aunque la Reina Macedonia había vedado el acceso a Titán debido a la Plaga, la colonia Japeto todavía operaba. Si se conseguía colocación en una de las grandes naves que viajaban entre los gigantes gaseosos y el cinturón, se podía ganar buen dinero; además, los miembros del sindicato que encontraban trabajo en viajes a Júpiter y Saturno tenían contratos garantizados por tres años. No era lo mismo que hacer otro viaje más entre la Luna y la órbita terrestre cada tantos días. Los riesgos eran mayores, pero también el sueldo.

La competencia por conseguir empleo en las naves del sistema exterior era feroz, pero igualmente me postulé. Mi legajo de quince años de servicio, con muy pocas quejas de parte de los capitanes, y un viaje a Marte a mi favor me ayudaron a pasar por encima de casi todos los postulantes. Mientras esperaba, trabajé de capataz de carga durante un año, pero el sindicato finalmente me obligó a rotar y me dejó librado a mi suerte en el bar del Torpe Joe, en Tycho. Seis semanas después, justamente cuando estaba pensando en emplearme como tractorista en el proyecto de construcción del Domo Clavius, me llegó la noticia: la Comercio Joviano necesitaba un nuevo oficial ejecutivo y yo había resultado favorecido en el sorteo.

Sólo había un impedimento. Como la Comercio sólo ingresaba al sistema interior hasta Ceres, y como el sindicato no me otorgaba el pasaje al cinturón como parte del convenio, tendría que viajar a bordo de un clíper —imposible, ya que no tenía dinero— o buscarme un trabajo temporario en algún carguero que viajara a los asteroides.

Bueno, estaba dispuesto a buscarme ese trabajo, pero entonces había otra complicación: muy pocos cargueros tenían puestos disponibles para selenitas. La mayoría de las naves que operaban en el cinturón principal eran propiedad de la Asociación de Cuerpos en Tránsito y los capitanes de la ACET preferían contratar tripulantes de otras naves de la cooperativa antes que del sindicato. Y tampoco querían contratar a un tipo que sólo haría el viaje de ida, porque lo perderían en Ceres, antes de haber llegado a la mitad del viaje.

El representante del sindicato me explicó el conflicto cuando me reuní con él en su oficina de Tycho. Schumacher era un viejo amigo; habíamos trabajado juntos a bordo de un remolcador orbital, antes de que el sindicato lo nombrara representante en la Estación Tycho, de modo que me conocía bien y estaba dispuesto a lanzarme una soga.

—Mira, Rohr —dijo, apoyando los mocasines en el escritorio—. Tengo una primicia: estuve buscando una nave que quisiera contratarte y encontré lo que estabas buscando. Una nave de carga de mineral clase Ares, que está por salir para Ceres... en realidad, ya está atracada en LaGrange Cuatro y lista para partir apenas el capitán encuentre un segundo oficial.

Mientras hablaba, Schumacher presionó un botón e hizo aparecer un holo de la nave que se puso a dar vueltas en el holotanque, flotando encima del escritorio. Era una transportadora de roca estándar: ochenta y dos metros de largo, con el motor nuclear en un extremo y un módulo para tripulantes, con forma de tambor, en el otro, unidos por una larga y delgada columna vertebral y por las bodegas de carga a cielo abierto. En realidad, un carguero común y corriente, sin nada que me resultara desconocido ni intimidatorio. Tomé un trago de la petaca de whisky que Schumacher que había sacado de un cajón del escritorio.

—Grandioso. ¿Cómo se llama?

Vaciló. —ACET Cometa —dijo de mala gana—. El capitán es Bo McKinnon.

Me encogí de hombros y le devolví la petaca. —¿Y qué problema hay?

Schumacher pestañeó. En vez de tomar un trago de whisky, tapó la petaca y la arrojó al interior del cajón.

—Déjame repetirlo —dijo—. Cometa. Bo McKinnon. —Me escudriñaba como si me hubiese contagiado la Plaga de Titán—. ¿Quieres decir que nunca oíste hablar de él?

Yo no estaba muy enterado de las actividades de los cargueros ACET y sus capitanes; volvían a la Luna una vez cada varios meses para dejar su cargamento y cambiar de tripulación, de modo que muy pocos selenitas tenían oportunidad de verlos, a menos que los encontraran emborrachándose en algún bar.

—Ni idea —le dije.

Schumacher cerró los ojos. —Magnífico —murmuró—. Debes ser el único tipo que nunca escuchó hablar del Capitán Futuro.

—¿Capitán qué?

Volvió a mirarme. —Mira, olvídate de todo, ¿sí? Hagamos de cuenta que nunca te lo mencioné. Hay otra transportadora de roca que parte para Ceres dentro de seis o siete semanas. Hablaré con la Asociación, trataré de conseguirte un puesto allí en vez de...

Meneé la cabeza. —No puedo esperar seis o siete semanas más. Si no estoy en Ceres dentro de tres meses perderé el trabajo en la Comercio Joviano. ¿Qué problema hay con esta nave?

Schumacher suspiró mientras volvía a meter la mano en el cajón para sacar la petaca.

—El problema —dijo— es el chiflado que está al mando. McKinnon es el peor capitán de la Asociación. Ninguno de los que se han embarcado con él ha aceptado quedarse a bordo, excepto tal vez esa ojos de sapo que consiguió como primer oficial.

Cuando me dijo eso, tuve que morderme la lengua. Éramos amigos, pero el racismo no es un rasgo que me agrade. Claro, los Superiores pueden ser raros —empezando por sus ojos, que eran la razón por la que los apodaban así— pero si eres de los que usan palabras como negro, amarillo, rojo o chicano para describir a la gente, entonces no eres amigo mío.

Por otro lado, cuando uno está hambriento de trabajo es capaz de aguantar prácticamente cualquier cosa.

Schumacher leyó la expresión de mi rostro.

—No es sólo eso —se apresuró a agregar—. Entiendo que la primer oficial es muy buena. —Para ser una ojos de sapo, le faltó decir, aunque no lo hizo en voz alta—. El problema es McKinnon. Hay gente que ha saltado de la nave, que ha fingido enfermedades, que ha hecho pedazos la credencial del sindicato... cualquier cosa, con tal de escapar de la Cometa.

—¿Tan grave es?

—Tan grave. —Tomó un largo trago de la petaca, jadeó y me la pasó por encima del escritorio—. Oh, el sueldo está bien... jornal mínimo, pero según el estándar de la Asociación, que es mejor que la escala del sindicato... y la Cometa aprueba todos los requisitos de seguridad, o al menos los aprobó cuando la inspeccionaron. Pero a McKinnon le faltan unos cuantos tornillos, si entiendes lo que te digo.

No bebí de la petaca. —No, viejo, no entiendo lo que me dices. ¿Qué es eso de... cómo lo llamaste?

—Capitán Futuro. Así se hace llamar él, y sólo Dios sabe por qué. —Sonrió—. No sólo eso, sino que a la IA le puso "Cerebro"...

Me reí bien fuerte. —¿Cerebro? ¿Como si tuviera un cerebro flotando en un frasco? No entiendo...

—No sé. Una especie de fetiche. —Meneó la cabeza—. Como sea, todos los que trabajaron con él dicen que se cree una especie de héroe espacial y espera que todos coincidan con esa idea. Y supuestamente es muy severo con la gente... si no fuera tan imbécil, se podría pensar que es un perfeccionista.

Yo ya había trabajado con tipos de las dos clases, y también con unos cuantos sujetos muy raros. No me molestaban, siempre y cuando me pagaran como correspondía y no se metieran en mis asuntos.

—¿Lo has visto personalmente?

Schumacher estiró la mano; le pasé la petaca y tomó otro sorbo. Así era su vida: con el culo en la silla todo el día, emborrachándose y decidiendo el futuro de la gente. No lo envidiaba. Si alguna vez yo me encontraba en la misma situación, esperaba que alguien tuviera la amabilidad de degollarme.

—No —dijo—. Ni una vez. Pasa todo el tiempo en la Cometa, incluso cuando esta aquí. Casi nunca sale de la nave, según me han contado... y ese es otro tema. Los tipos que trabajaron con él cuentan que McKinnon obliga a la tripulación a hacer absolutamente de todo, menos limpiarle el culo cuando sale del baño. En su nave nadie tiene recreo, excepto tal vez la primer oficial.

—¿Qué me dices de ella?

—¿Ella? Una chica agradable, de nombre... —Pensó intensamente un momento, luego chasqueó los dedos—. Jeri. Jeri Lee-Bose, sí. —Sonrió—. La vi una vez, no mucho antes de que fuera a trabajar a la Cometa. Es muy dulce, para ser una ojos de sapo. —Guiñó un ojo y bajó un poco la voz—. Me contaron que siente una atracción especial por nosotros, los simios —murmuró—. En realidad, me contaron que se acuesta con el capitán. Si la mitad de lo que he oído de McKinnon es cierto, está dos veces más enfermo de lo que tengo entendido. —No le respondí. Schumacher bajó los pies y se inclinó sobre el escritorio, entrelazando los dedos mientras me miraba directo a los ojos—. Mira, Rohr —dijo, tan mortalmente serio como si estuviera hablando de mis intenciones de casarme con su hermana—. Sé que estás trabajando con un límite de tiempo y sé lo que significa para ti el empleo de la Comercio Joviano. Pero tengo que decirte esto: el único motivo para que el Capitán Futuro se digne a aceptar a bordo a un trabajador temporario es que ninguna otra persona quiere trabajar con él. Si quieres rechazarlo no lo anotaré en tu legajo y te conservaré el turno en la fila. Quedará entre tú y yo, ¿está bien?

—¿Y si lo rechazo?

Agitó la mano. —Como te dije, puedo tratar de encontrarte otra nave. La Reina del Níquel debe regresar en unas seis semanas, más o menos. Tengo algo de influencia con su capitán y quizás pueda conseguirte un puesto... pero, para ser franco, no puedo prometerte nada. La Reina es una buena nave y todos los que conozco quieren trabajar allí, en la misma proporción en que nadie quiere acercarse ni un milímetro a la Cometa.

—¿Entonces qué me sugieres que haga?

Schumacher se limitó a sonreír sin decir nada. Como representante del sindicato, tenía legalmente prohibido tomar decisiones por mí; como amigo, había hecho lo mejor posible por advertirme sobre los riesgos. Desde ambos puntos de vista, si embargo, sabía que yo en realidad no tenía opción. Podía pasarme tres meses a bordo de una nave comandada por un casi psicópata o el resto de mi vida masturbándome en la Luna.

Lo pensé unos momentos y luego le pedí el contrato.


Los tres Hombres del Futuro más leales a Curt Newton, sus camaradas de toda una vida, contrastaban de un modo impactante con su joven líder, alto y pelirrojo.

                  -Ibid;

                   Los Reyes de la Cometa

                   (1942)


Cuando me arrastré a través de la compuerta carrusel y entré al puente, desapareció el sexto de gravedad.

El centro de comando de la Cometa estaba ubicado en el puente delantero no giratorio del módulo de tripulantes. El puente era el compartimiento más grande de la nave, pero hasta en caída libre se veía abarrotado de cosas: sillas, consolas, pantallas, armarios con trajes de emergencia, el tablero central de navegación con su holotanque y, en el centro del techo de baja altura, la barriga hemisférica de la burbuja de observación.

A pesar de que las lámparas del techo estaban atenuadas —Cerebro parodiaba la noche de la Tierra—, vi que Jeri estaba sentada en su puesto de trabajo, en el extremo opuesto del puente circular. Cuando escuchó que se abría la compuerta, se volvió.

—Buen día —dijo, sonriéndome—. Eh, ¿eso es café?

—Algo parecido —mascullé. Miró con envidia el bulbo que tenía en la mano—. Perdón, a ti no te traje —agregué—, pero es que el Capitán...

—Sí. Escuché que Bo te gritaba. —Esbozó un puchero que no duró mucho—. No importa. Puedo ir a buscármelo después de la ignición.

Jeri Lee-Bose: un metro ochenta y cinco, que no es mucha altura para un Superior, con esos ojos enormes, de color azul oscuro, que justifican el desagradable apodo con que llaman a los espaciales creados por la bioingeniería. Delgada y de pecho chato, al punto de que se le notaban los huesos, con manos ambidiestras de dedos largos y finos. Los pulgares casi le llegaban a las puntas de los dedos índices. Tenía el cabello rubio ceniza afeitado casi hasta el cráneo, excepto por la larga trenza que se extendía desde la nuca hasta la base de la estrecha columna vertebral, donde comenzaban las piernas de doble articulación.

La piel pálida de su rostro estaba decorada con tatuajes finamente delineados alrededor de los ojos, la nariz y la boca, formando las alas de una mariposa monarca. Se los habían hecho al cumplir los cinco años. Además, como los Superiores acostumbran agregarse un tatuaje cada vez que cumplen años y Jeri Lee tenía veinticinco, los pictogramas le cubrían casi todos los brazos y hombros: constelaciones y dragones, que se movían sinuosamente alrededor y debajo de la camiseta sin mangas que usaba. Yo no tenía idea de qué otras cosas tenía debajo de la ropa, pero me imaginaba que estaba en vías de convertirse en una pintura viviente.

Jeri era extraña, incluso considerando que era una Superior. Por empezar, su raza generalmente se segrega de los Primarios, como nos llaman educadamente a los humanos básicos (o simios, cuando nosotros no los escuchamos). Prefieren permanecer dentro de los límites de sus clanes familiares, operando satrapías independientes que tratan directamente con la ACET y con las demás compañías espaciales importantes, pero sólo por necesidad económica. De modo que es raro encontrar a un Superior trabajando en una nave perteneciente a un Primario.

En segundo lugar, aunque he convivido con los Superiores la mayor parte de mi vida y nunca me provocaron escalofríos como a la mayoría de los topos terranos e incluso a muchos espaciales, nunca me cayó bien el despliegue de distante condescendencia del que hacen alarde frente los humanos no manipulados genéticamente. Si les das unos minutos, te dejan sordo de tanto hablar de la filosofía Superior de la evolución extrópica y todas esas tonterías. Sin embargo, Jeri era una refrescante, y hasta ridícula, excepción a la regla. Tenía un carácter muy dulce, y desde el momento en que entré a la Cometa me había aceptado como un igual y como un nuevo amigo. Nada de pomposidad, nada de arengas sobre el celibato o sobre la falta de espiritualidad de los comedores de carne o de los que decían malas palabras. Era una compañera y nada más.

No. Nada más no.

Cuando superabas el hecho de que Jeri parecía un espantapájaros, con pies que funcionaban como otro par de manos y ojos del tamaño de válvulas de combustible, te resultaba sensual como los mil demonios. Era una mujer hermosa, y yo había sucumbido a sus encantos. Schumacher hubiera dado un respingo de asco ante la idea de acostarse con una ojos de sapo, pero en las tres semanas que habían transcurrido desde que Cerebro nos reviviera y nos sacara de los tanques zombi, en más de una ocasión mi deseo de verle el resto del cuerpo había excedido la simple curiosidad por los tatuajes.

Pero sabía muy poco de ella. Por mucho que adorara mirarla, mi admiración por su talento innato como espacial era todavía mayor. En términos de destreza profesional, Jeri Lee-Bose estaba entre los mejores primeros oficiales que había conocido. Cualquier capitán de la Marina Real, de la ACET o de una nave independiente habría cometido un asesinato con tal de tenerla a bordo.

Entonces, ¿qué diablos estaba haciendo en una nave de mala muerte como la Cometa, bajo las órdenes de un payaso como Bo McKinnon?

Recogí las rodillas, hice un medio salto mortal hacia atrás y las suelas de mis zapatos de velcro aterrizaron en la alfombra. Con los pies ya firmemente plantados en el suelo, caminé por el compartimiento circular hasta el tablero de navegación, chupando del bulbo que tenía en la mano izquierda.

—¿Dónde está el capitán? —pregunté.

—Arriba, tomando datos del sextante. —Con la cabeza, hizo una seña hacia la burbuja de observación que estaba sobre nosotros—. Bajará en un minuto.

Típico. El motivo de que los Superiores tengan ojos modificados es, en parte, otorgarles una mejor capacidad para realizar trabajos ópticos como, por ejemplo, leer el sextante. Esa debía ser tarea de Jeri, pero aparentemente McKinnon consideraba que la burbuja era su trono personal. Suspiré, mientras me acomodaba en mi sillón y me ajustaba el arnés.

—Debí adivinarlo —mascullé—. Te despierta en plena noche y después, cuando quieres una respuesta directa, desaparece.

Jeri curvó la boca en un gesto de condolencia. —Bo te dará más información cuando baje —dijo, y después giró el sillón y volvió a centrar su atención en la consola.

Jeri era la única persona a bordo que tenía permiso para llamar al Capitán Futuro por su verdadero nombre. Yo no tenía ese privilegio, y a Cerebro no lo habían programado para hacerlo. El afecto que había empezado a sentir por Jeri durante las últimas tres semanas estaba atemperado por el hecho de que, en casi todos los desacuerdos, ella defendía la opinión del capitán.

Obviamente, en este momento había algo que Jeri sabía pero no me contaba, prefiriendo dejar el asunto en manos de McKinnon. Durante las últimas semanas, me había acostumbrado a ese comportamiento, pero de todas maneras me resultaba irritante. La mayoría de los primeros oficiales actúan como intermediarios entre el capitán y la tripulación, y en ese sentido Jeri se desempeñaba bien, aunque en situaciones como esta yo sentía que tenía más en común con Cerebro que con ella.

Que así fuera. Giré el sillón para quedar de frente al tablero de navegación. —Eh, Cerebro —llamé—. Dame un holo de la posición y trayectoria actuales, por favor.

El espacio interior del holotanque fulguró brevemente; luego, flotando encima de la mesa, apareció una rodaja arqueada que era el cinturón principal. Los pequeños puntos de luz naranja que representaban a los asteroides más importantes, identificados con sus números de catálogo, se desplazaban lentamente por senderos siderales de color azul. La Cometa era una diminuta réplica plateada de la nave, montada sobre una línea roja quebrada que intersectaba las órbitas de los asteroides.

La Cometa estaba cerca del borde de la tercera brecha de Kirkwood, uno de los "espacios vacíos" del cinturón, donde las fuerzas gravitacionales marcianas y jovianas hacían que la cantidad de asteroides identificados disminuyera por fracción de unidad astronómica. Ahora estábamos en el 1/3 de la brecha, a unas dos UA y media del Sol. En otro par de días ingresaríamos en el cinturón principal, acercándonos a Ceres. Una vez allí, la Cometa dejaría la carga que traía de la Luna y, a cambio, cargaría mineral crudo extraído del cinturón y enviado a la Estación Ceres por los exploradores de la ACET. También era allí donde estaba programado que yo abandonara la Cometa y aguardara el arribo de la Comercio Joviano.

O, por lo menos, ese era el itinerario. Ahora, mientras estudiaba el holo, advertí una alteración no tan sutil. Desde que finalizara mi última guardia, unas cuatro horas antes, la línea roja que representaba la trayectoria de nuestro carguero se había modificado.

Ya no interceptaba a Ceres. En realidad, ya ni siquiera estaba cerca de la órbita del asteroide.

Mientras yo dormía, la Cometa había cambiado de curso.

Sin decirle nada a Jeri, me desabroché el arnés y me acerqué más al tablero, donde me quedé observando el holo silenciosamente un par de minutos, usando el teclado para enfocar manualmente y agrandar la imagen. Nuestro nuevo rumbo nos alejaba casi un cuarto de millón de kilómetros de Ceres, exactamente al otro extremo del 1/3 de la brecha de Kirkwood.

—Cerebro —dije—, ¿cuál es nuestro destino?

—El asteroide 2046-Barr —respondió. Encendió un nuevo punto anaranjado en el tanque, directamente delante de la línea roja de la Cometa.

La modorra que me quedaba desapareció, convirtiéndose en una furia al rojo blanco. Sentí la mirada de Jeri en mi espalda.

—Rohr... —comenzó.

No me importó. Le di un puñetazo al botón del intercom del tablero. —¡McKinnon! —aullé—. ¡Baje aquí!

Largo silencio. Sabía que me había oído.

—¡Maldito sea, baje! ¡Ahora!

En el techo, los motores gimieron; con un reflejo de luz irisada, se abrió la compuerta que estaba en la parte inferior de la burbuja de observación y entonces comenzó a descender al puente el sillón de respaldo alado que contenía al comandante de la ACET Cometa. La figura sentada no habló hasta que el sillón tocó el puente.

—Puede llamarme... Capitán Futuro.

En las antiguas revistas pulp que McKinnon tanto adoraba, el Capitán Futuro tenía una estaura de un metro noventa y cinco, una apostura de enérgica belleza, la piel broncínea y los cabellos rojos. Nada de esto se aplicaba a Bo McKinnon. Bajo y obeso, rellenaba el sillón igual que media tonelada de manteca de cerdo. Tenía el pelo negro y enrulado, encanecido en las sienes y mugriento de caspa, con entradas en la frente y cayéndole sobre los hombros, mientras una barba desprolija y grasosa le chorreaba por los costados de sus gordas mejillas del color de la cera mohosa. En la parte delantera de su buzo gastado había añejas manchas de comida, y en la entrepierna de sus pantalones se veían unas marcas oscuras, producto de su fracaso al tratar de sacudirse como correspondía la última vez que había visitado el baño. Y tenía olor a pedo.

Si mi descripción les parece poco caritativa, no se confundan: Bo McKinnon era un hijo de puta, feo como un culo, con pinta de sucio... y yo tenía autoridad para juzgarlo porque había conocido muchos imbéciles parecidos a él con quienes compararlo. Tenía muy poco respeto por la higiene personal y menos todavía por las delicadezas sociales; no podía ser modelo de nadie. Y en ese momento yo no estaba de humor para escuchar sus estupideces melodramáticas.

—Modificó el curso. —Señalé el holotanque que tenía a mis espaldas, con la voz temblorosa de ira—. Supuestamente, teníamos que salir de la brecha de Kirkwood dentro de cinco horas, pero usted alteró el curso mientras yo dormía.

Con toda tranquilidad, McKinnon me devolvió la mirada. —Sí, Señor Furland, así es. Alteré la trayectoria de la Cometa mientras usted se encontraba en sus habitaciones.

—Ya no nos dirigimos a Ceres... Por Dios, ¡ni siquiera vamos a pasar cerca de Ceres!

No hizo ningún movimiento tendiente a levantarse del trono.

—Correcto —dijo, asintiendo con lentitud—. Le ordené a Cerebro que modificara nuestro curso para poder interceptar a 2046-Barr. Encendimos los impulsores de maniobra a las 0130 horas de a bordo, y dentro de dos horas ejecutaremos otra corrección de trayectoria. Eso nos pondrá dentro del rango del asteroide en unas...

—Ocho horas, capitán —dijo Jeri.

—Gracias, señorita Bose —dijo, apenas prestándole atención—. Ocho horas. En ese momento, la Cometa tomará las medidas de seguridad necesarias para una acción de emergencia. —Cruzó los brazos por encima de su amplia barriga y me miró con expresión quejumbrosa—. ¿Alguna otra pregunta, señor Furland?

¿Otra pregunta?

Me quedé con la boca abierta unos momentos, incapaz de hablar, incapaz de protestar, incapaz de hacer nada, salvo analizar el redomado descaro de esa amalgama mutante de genes de humano y escuerzo.

—Sólo una —finalmente logré decir—. ¿Cómo espera que me encuentre con la Comercio Joviano si nos desviamos a...?

—2046-Barr —dijo Jeri suavemente.

McKinnon ni pestañeó. —No vamos a desviarnos —replicó—. A decir verdad, ya envié un mensaje a la Estación Ceres, informando que la Cometa se demorará un poco y que nuestro nuevo horario de arribo estimado es indefinido. Con suerte, llegaremos a Ceres dentro de unas cuarenta y ocho horas. Usted podrá...

—No, no podré. —Me aferré del apoyabrazos de su sillón con ambas manos y me incliné hasta que mi rostro estuvo a unos pocos centímetros del suyo—. La Comercio debe partir de Ceres dentro de cuarenta y dos horas como máximo, para llegar a tiempo a la ventana de lanzamiento a Calisto. Se irán, con o sin mí, y si se van sin mí quedaré varado en Ceres y sin trabajo.

No. No era enteramente cierto. La Estación Ceres no era como la Luna; era un puesto de avanzada demasiado pequeño para permitirse el lujo de que un espacial náufrago se quedara holgazaneando hasta que pasara por ahí la próxima nave al sistema exterior. El representante de la ACET en Ceres exigiría que el sujeto se buscara un trabajo, aunque implicara que un explorador tuviera que emplearse como peón. Era poco más que una servidumbre por contrato, ya que en Ceres mi credencial del sindicato no significaba una mierda en términos de alojamiento, comidas y provisión garantizada de oxígeno; todas esas cosas se tragarían mi sueldo. Como si fuera poco, no había garantías de que pudiera conseguir otro empleo a bordo del siguiente transporte con destino a Júpiter o Saturno; ya había tenido demasiada suerte al conseguir el puesto de la Comercio Joviano.

Era eso, o meter la cola entre las patas y volver por donde había venido... lo que implicaba quedarme en la Cometa y hacer el vuelo de regreso a la Luna.

En este último caso, prefería de todo corazón hacer el intento de volverme caminando.

Traten de entenderme. Durante tres semanas, desde el mismo momento en que salí del tanque zombi, me había visto obligado a soportar casi todas las indignidades posibles bajo las órdenes de Bo McKinnon. Su primera orden, en realidad, había tenido lugar en el puente de hibernación, donde me dijo que le sacara el catéter de la verga y le sujetara la bolsa donde quería mear.

Eso fue sólo el principio. Hacer doble turno de guardia en el puente porque él tenía pereza de levantarse de la cama. Reparar equipos decrépitos que tendrían que haberse reemplazado hacía años, para que se volvieran a romper a los pocos días, después de que el capitán los exigiera mucho más allá del límite de tolerancia. Recibir órdenes espurias en un ataque de capricho, para luego soportar que me diera una contraorden antes de que la tarea estuviera a medio terminar, porque tenía más trabajo de aprendiz que quería que yo hiciera... y luego aguantar sus regaños porque la primera tarea había quedado inconclusa. Comer salteado, porque el capitán decidía que ese era el momento justo para que yo hiciera una AEV e inspeccionara los pescantes de la bodega de carga. Períodos de descanso interrumpidos, porque quería que le trajera un bocadillo de la cocina y estaba muy "ocupado" para ir a buscarlo personalmente...

Pero sobre todo, el sibilante y agudo chillido de su voz quejosa, como la de un niño malcriado al que un padre excesivamente indulgente le hubiera regalado demasiados juguetes. Cosa que, en verdad, describía exactamente lo que él era.

Bo McKinnon no se había ganado el puesto en la ACET por mérito propio. Se lo había comprado su padrastro, un adinerado empresario de la Luna que era uno de los accionistas principales de la Asociación. Cuando el viejo se la compró al nene, como medio para sacarse de encima al hijastro indeseable, la Cometa era un carguero obsoleto, a punto de ser dado de baja y vendido como chatarra. Antes de eso, McKinnon había sido inspector de aduana en Descartes: un burócrata de poca monta, con delirios de grandeza alimentados por las space-operas baratas de su colección de mohosas revistas del siglo veinte, en las que, aparentemente, se gastaba todos los créditos que tenía en el banco. Sin duda, el padrastro se había hartado de McKinnon tanto como yo. De esta manera, al menos, había logrado que el mugriento fanfarrón se pasara la mayor parte del tiempo en el cinturón, transportando rocas y berreando órdenes a todos los que tuvieran tanta mala suerte de dejarse convencer de trabajar en la Cometa.

Esto era lo que yo sabía, después de estar en la nave tres semanas. Cuando le envié el mensaje a Schumacher, exigiéndole que me hiciera saber qué otras cosas no me había contado de Bo McKinnon, ya estaba casi a punto de robarme la cápsula salvavidas de la Cometa para tratar de llegar a Marte. Cuando Schumacher me envió su respuesta, se disculpó de una manera muy frívola por no contarme todos los detalles de los antecedentes de McKinnon; en todo caso, su trabajo era enrolar tripulantes para las naves de espacio profundo y no podía tener favoritismos, cuánto lo siento, etcétera...

A esas alturas, yo ya me había imaginado el resto. Bo McKinnon era un niño rico jugando a ser comandante de una espacionave. Quería el personaje, pero no quería asumir las consecuencias: adquirir la experiencia, ganada con mucho esfuerzo, que cualquier verdadero comandante debe poseer. En vez de eso, se las ingeniaba para embaucar a desesperados como yo que le hacían el trabajo sucio. No sabía qué arreglo había hecho con Jeri; por mi parte, yo era el último de una larga fila de esclavos a su servicio.


Ilustración: wkowalsky

No me robé la nave auxiliar, principalmente porque si lo hacía echaría a perder mi carrera y porque los colonos de Marte se comportan de una manera notoriamente antipática con los visitantes que se invitan solos. Además, me figuraba que la situación iba a ser transitoria: tres semanas de Capitán Futuro, y luego una historia que contarles a mis compañeros de la Comercio Joviano, mientras sorbíamos whisky sentados a la mesa de la sala de oficiales. ¿Piensan que este capitán es insufrible? Bueno, dejen que les cuente del último que tuve...

Ahora, por más que quisiera irme de la Cometa de una buena vez, no tenía el menor deseo de quedarme encallado en Ceres, donde estaría a merced del jefe de la Estación.

Hora de intentar un plan de acción diferente con el Capitán Futuro.

Solté los apoyabrazos y retrocedí, inspirando profundamente, mientras me obligaba a calmarme.

—Muy bien, capitán —le dije—. ¿Qué tiene de importante ese asteroide? Es decir, si usted localizó una posible veta de mineral, siempre le queda el recurso de presentar el pedido de explotación ante la Asociación y venir a buscarlo después. ¿Qué apuro hay?

McKinnon levantó una ceja imperiosa. —Señor Furland, yo no soy explorador —bufó—. Si lo fuera, no estaría al mando de la Cometa, ¿verdad?

No, le respondí mentalmente, es verdad. Ningún buscador de rocas que tuviera algo de amor propio le permitiría abordar su nave.

—¿Qué es tan importante, entonces?

Sin decir palabra, McKinnon se desabrochó el arnés y se levantó del sillón. Para las personas con sobrepeso, la microgravedad es un gran ecualizador. Flotó por el estrecho compartimiento con la gracia de un trapecista lunar, haciendo un mortal en el aire y aferrándose de un travesaño del techo, encima del tablero de navegación, y allí se quedó, balanceándose cabeza abajo al tiempo que escribía una orden en el teclado.

El holo se expandió hasta que 2046-Barr llenó todo el tanque. Ahora se podía apreciar que era una roca con forma de papa, de unos tres kilómetros de largo y setecientos metros de diámetro. Colgada de un extremo del asteroide, había una máquina parecida a un pulpo, con un tubo largo y delgado apuntando al espacio.

La reconocí inmediatamente. Era un Impulsor de Masa Clase B de la General Astronautics, del tipo utilizado por la Asociación para empujar los grandes asteroides de corondita carbónica hasta el cinturón interior. A los efectos prácticos, era una perforadora móvil. Los largos barrenos que se hundían en el asteroide extraían del núcleo el material crudo, que luego circulaba hasta la refinería, que tenía forma de barril y que separaba los metales pesados y volátiles de la antigua roca. El detrito arenoso que se producía era disparado por un lanzador electromagnético, para que sirviera de masa de reacción y propulsara tanto al asteroide como al impulsor de masa en la dirección que se deseara.

Cuando el asteroide llegara a la órbita lunar, la perforadora habría refinado suficiente níquel, cobre, titanio, carbono e hidrógeno para hacer que todo ese esfuerzo valiera la pena. Los restos huecos del asteroide podían venderse a alguna de las compañías, que entonces comenzarían el proceso de transformarlo en otra colonia LaGrange.

—Es la ACET Oro de los Tontos —dijo McKinnon, señalando la imagen generada por computadora—. Se supone que debe alcanzar la órbita lunar dentro de cuatro meses. Hay doce personas a bordo, incluyendo al capitán, primer oficial, oficial ejecutivo, médico, dos metalúrgicos, tres ingenieros...

—Sí, bueno. Doce tipos que se van a hacer ricos cuando se repartan los dividendos. —No pude evitar que mi voz tuviera un dejo de envidia. Sólo uno o dos asteroides del cinturón principal lograban entrar al sistema interior, cada varios años, especialmente porque los exploradores no encontraban suficientes rocas de esa clase para que valiera la pena la inversión de tiempo, dinero y atenciones. A las más pequeñas generalmente las fraccionaban con explosiones nucleares; ante cualquier cosa que fuera un poco más grande, los exploradores declaraban el descubrimiento y se les adjudicaba la explotación. Por otro lado, si se localizaba y se explotaba un solo asteroide de los buenos, las ganancias eran suficientes para que sus descubridores se hicieran ricos y no trabajaran nunca más—. ¿Y con eso qué?

McKinnon me miró fijo un momento; después hizo una vuelta carnero, dejó de estar cabeza abajo y metió la mano en un bolsillo. Me entregó una hoja impresa hecha un rollo.

—Lea —dijo.

Leí:


MENS. 1473 0118 GMT 26/7/73 CODIGO A1/0947

TRANSMISION CON PRIORIDAD DE REPETICION DE LA ESTACION CERES A TODAS LAS ESPACIONAVES

INICIO DE MENSAJE

LLAMADO DE AUXILIO DEL IMPULSOR DE MASA ACET

"ORO DE LOS TONTOS" RECIBIDO A LAS 1240 GMT EL 25/7/46 PUNTO LA NAVE EXPERIMENTA PROBLEMAS DESCONOCIDOS —REPITO DESCONOCIDOS— PUNTO SE INFORMAN HERIDOS Y POSIBLES VICTIMAS FATALES POR CAUSAS NO DETERMINADAS PUNTO ESTADO DE LA NAVE DESCONOCIDO PUNTO NO MAS COMUNICACIONES DESPUÉS DEL LLAMADO DE AUXILIO PUNTO LA NAVE NO RESPONDE PUNTO SE SOLICITA URGENTE ASISTENCIA DE LA NAVE MAS CERCANA DE CUALQUIER MATRICULA PUNTO FAVOR RESPONDER LO ANTES POSIBLE FIN DE MENSAJE

(LA TRANSMISION SE REPITE)

0119 GMT 26/7/73 CODIGO A1/0947


Miré a Jeri. —¿La nave más cercana somos nosotros?

Ella asintió gravemente. —Lo verifiqué. La única nave que está en la zona es una exploradora, cerca de Gaspara, a treinta y cuatro horas de Barr. Todas las demás están más cerca de Ceres que nosotros.

Maldición.

Según la ley de la costumbre, la nave más cercana a cualquier espacionave que envía un llamado de auxilio está obligada a responder, sin importar la misión o las obligaciones previas que tenga, salvo que se trate de la emergencia más extrema... y mi trabajo a bordo de la Comercio Joviano no tenía la categoría de emergencia, por más que me hubiera gustado pensar lo contrario.

McKinnon estiró la mano. Le devolví el papel. —Supongo que ya habrá informado a Ceres que vamos para Barr.

El capitán, silenciosamente, estiró la mano hacia otro panel y presionó una serie de botones. Se encendió una pantalla chata que mostraba una grabación de la transmisión que había enviado a la Estación Ceres. En la pantalla apareció un simulacro del Curt Newton de ficción.

—Aquí el Capitán Futuro, llamando de la ACET Cometa, matrícula México Alfa Foxtrot uno-seis-siete-cinco. —La voz pertenecía a McKinnon, aunque no el atractivo rostro. Cerebro había sincronizado los movimientos de los labios y el resultado era tristemente absurdo—. Recibí la transmisión y voy camino a investigar la situación a bordo de la Oro de los Tontos. Los Hombres del Futuro y yo los mantendremos informados. Capitán Futuro, cambio y fuera.

Gruñí al escuchar eso. El muy idiota no podía diferenciar su vida de fantasía de todo lo demás, ni siquiera de una llamada de auxilio. El Capitán Futuro y los ¡puaj! Hombres del Futuro al rescate.

—¿Tiene algo que decir, señor Furland?

McKinnon proyectó su peluda barbilla hacia mí, pensando probablemente que su expresión denotaba una obstinada resolución, pero en realidad se asemejaba más al gesto petulante de un niño inseguro, desafiando a un amiguito a poner un pie en su rincón del arenero. No por primera vez, advertí que su única manera de tratar con la gente era hacerse el mandamás, aprovechando la poca autoridad que podía adjudicarse y sabiendo que, como esta era su nave, nadie podía objetar ni hacerle un desplante. Y yo menos que menos.

—Nada, capitán. —De un empujón, me aparté del tablero de navegación y floté hasta mi consola. Me gustara o no, ya no había solución; él tenía la ley y la matrícula a su favor, y yo no iba a convertirme en un amotinado por negarme a obedecer a mi comandante y a responder a una llamada de auxilio.

—Muy bien. —McKinnon se lanzó hacia la compuerta carrusel—. El sextante confirma que estamos en el curso a Barr. Si me necesitan estaré en mi cabina. —Se detuvo; después me miró por encima del hombro—. Tendrá que preparar la cápsula de armamento. Puede haber... problemas.

Después desapareció, indudablemente para recuperar el sueño que yo había perdido.

—Problemas, claro —mascullé en voz baja.

Miré a Jeri. Si yo esperaba un guiño disimulado o una sonrisa comprensiva, no recibí nada por el estilo. Detrás de la máscara de mariposa que usaba, su rostro tenía una expresión estoica; se tocó la mandíbula, hablándole al micrófono que le habían implantado debajo de la piel cuando era niña.

—ACET Oro de los Tontos, habla la ACET Cometa, México Alfa Foxtrot uno-seis-siete-cinco. ¿Me escuchan? Cambio.

Estaba atrapado en una nave comandada por un lunático.

O eso pensaba yo. La verdadera locura todavía estaba por venir.


Los piratas espaciales no eran una novedad en el Sistema. Siempre existieron corsarios, que infestaban los asteroides marginales o las lunas más inexploradas de los planetas exteriores.

                  -Ibid;

                   Mundo Criminal

                   (1945)


Lo único bueno que se puede decir de haber estado cumpliendo la segunda guardia consecutiva en el puente es que, finalmente, pude averiguar un poco más sobre Jeri Lee-Bose.

¿Les parece sorprendente que hubiera pasado tres semanas de trabajo activo en la nave sin enterarme de la historia completa de la vida de un compañero de vuelo? Si es así, entiendan que entre los espaciales existe un cierto código de conducta: como muchos tenemos pasados desagradables que preferimos no divulgar, no se considera de buena educación importunar al prójimo con preguntas sobre asuntos particulares, a menos que el interesado los traiga a colación. Por supuesto, hay algunos compañeros que te matan de aburrimiento con su cháchara acerca de todo lo que alguna vez dijeron o hicieron, hasta que te dan ganas de empujarlos por la compuerta exterior más próxima. Pero también he tratado a mucha gente, incluso durante muchos años, sin saber hasta el día de hoy dónde nacieron o quiénes son sus padres.

Jeri pertenecía a la segunda categoría. Después de que reviviéramos de la bioestasis, me había enterado de muchas cosas pequeñas sobre ella, pero no de muchas cosas grandes. No era que Jeri ocultara concientemente su pasado; era simplemente que, durante las pocas veces que habíamos estado solos, sin la presencia del Capitán Futuro pendiendo sobre nosotros, nunca había surgido el tema. En realidad, el viaje podría haber terminado sin que ella pasara de ser casi una extraña para mí, de no haber sido por un comentario casual que le hice.

—Seguro que este egoísta hijo de puta nunca pensó en el prójimo en toda su vida —le dije.

Yo acababa de volver de la cocina, de donde había traído dos bulbos de café para Jeri y para mí. Todavía echaba humo por las orejas por la pelea que había perdido y, como McKinnon no podía escucharnos, me descargaba con Jeri.

Pasivamente, ella sorbió el café mientras yo lanzaba insultos y me quejaba de mis desgracias. Me escuchó pacientemente mientras yo caminaba de aquí para allá con mis zapatos de velcro, expresando a voz en cuello mi opinión sobre el dudoso equilibrio mental del comandante, su fisonomía repulsiva, sus cuestionables gustos literarios, su olor corporal y cualquier cosa que me viniera a la mente. Cuando hice una pausa para tomar aire, Jeri finalmente puso sus cartas sobre la mesa.

—Me salvó la vida —dijo.

Me dejó literalmente desequilibrado. Mis zapatos se despegaron de la alfombra y tuve que agarrarme de un pasamanos del techo.

—¿Cómo dices? —pregunté.

Sin levantar la vista, con aire ausente, Jeri Lee jugueteó con el bulbo que tenía en la mano izquierda; con el pie derecho, mantenía abiertas las páginas de su bitácora personal.

—Dijiste que nunca pensó en el prójimo en toda su vida —me respondió—. Podrás decir cualquier otra cosa, pero en eso estás equivocado, porque él me salvó la vida.

Apreté el bulbo para sorber el café. —¿Es algo que quieras contarme?

Se encogió de hombros. —No es nada que no se te haya ocurrido. Es decir, es probable que te hayas preguntado por qué una ojos de sapo sirve como primer oficial a bordo de esta nave, ¿verdad? —Cuando quedé con la boca abierta, sonrió un poco—. No te sorprendas tanto. No somos telepáticos, a pesar de los rumores que afirman lo contrario... Es que ya escuché decir lo mismo una y otra vez, durante todos estos años que han pasado desde que estamos juntos.

Jeri miró pensativamente a las ventanillas delanteras. Aunque estábamos fuera de la brecha de Kirkwood, no se veía ningún asteroide. El cinturón es mucho menos denso de lo que cree mucha gente, de modo que lo único que se veía era un ilimitado paisaje estelar, con el distante y rojizo globo de Marte a babor.

—Tú sabes cómo nos apareamos los Superiores, ¿verdad? —me preguntó por fin, todavía sin mirarme.

Sentí que la cara se me ponía caliente. En realidad, no lo sabía, aunque con frecuencia había fantaseado que Jeri me ayudaba a descubrirlo. Después me di cuenta de que hablaba en forma literal.

—Matrimonios preestablecidos, ¿no?

Asintió. —Todos muy cuidadosamente planeados, a fin de evitar la endogamia y garantizar la mayor variedad genética posible. Se permite una cierta selección, desde luego... nadie te dice exactamente con quién debes casarte, siempre y cuando no pertenezca a tus clanes y no sea un Primario. —Hizo una pausa para terminar el café; después abolló el bulbo y lo lanzó a un costado con el pie derecho. El bulbo flotó por el aire, describiendo una órbita en miniatura alrededor del compartimiento—. Bueno, a veces las cosas no se dan así. Cuando tenía veinte años, me enamoré de un joven de la Estación Descartes... y el destino quiso que fuera un Primario. O por lo menos pensé que estaba enamorada... —Hizo una mueca, apartándose la larga trenza del hombro delicado—. En retrospectiva, supongo que sencillamente nos llevábamos bien en la cama. A la larga no importó demasiado, porque ni bien descubrió que me había embarazado, arregló con el sindicato que lo enviaran a Marte. Estuvieron muy felices de hacerlo, a fin de evitar...

—Una situación incómoda. Ya veo. —Respiré hondo—. Te dejó plantada y con un hijo.

Meneó la cabeza. —No. Ningún hijo. Traté de tenerlo, pero perdí el embarazo... En todo caso, cuanto menos se hable del tema, mejor.

—Perdona. —¿Qué otra cosa podía decirle? Jeri debió tener más cuidado, ya que nunca había existido un cruzamiento de razas exitoso entre Superiores y Primarios. Ella era joven y estúpida, y esos dos pecados son perdonables, en especial porque generalmente vienen en tándem.

Jeri dejó escapar un suspiro. —No tuvo importancia. A esas alturas, mi familia me había desheredado, principalmente porque había violado el convenio que habían hecho con otro clan para mi matrimonio. Ambos clanes se escandalizaron y, como resultado, ninguno de los dos me quería. —Me miró de reojo—. La intolerancia es una cosa de ida y vuelta, ¿sabes? Ustedes nos dicen ojos de sapo, nosotros les decimos simios... y yo me había acostado con un simio. Un insulto al ideal extrópico. —Cerró la bitácora, la lanzó del pie izquierdo a la mano derecha y la guardó en una redecilla que había debajo de la consola—. Así fue que quedé anclada en Descartes. Una pequeña mensualidad, suficiente apenas para pagar el alquiler, pero ninguna verdadera razón para vivir. Supongo que esperaban que me hiciera prostituta... cosa que fui por un breve tiempo... o que cometiera el suicidio ritual y les ahorrara la molestia a todos.

—¡Qué frialdad! —Pero no era algo inaudito. En el sistema interior se podían encontrar algunos Superiores anclados en tierra, pobres y tristes personas que hacían trabajos serviles en las colonias LaGrange o en la Luna. Recuerdo un ojos de sapo alcohólico que frecuentaba el bar del Torpe Joe: tenía tatuadas unas alas de águila en la espalda y pedía a los turistas que le pagaran una bebida a cambio de hacer vueltas carnero por todo el local. Un águila con la cola cortada. Cada tanto, te enterabas de algún Superior que se daba por vencido, entraba en una cámara de descompresión y apretaba el botón de vacío. Nadie sabía por qué, pero ahora ya tenía una respuesta. Así actuaba un Superior.

—Para ti, eso es la extropía. —Se rió con amargura y luego se quedó callada un momento—. Empecé a pensar en emprender la larga marcha —dijo por fin—, pero Bo me encontró primero, cuando yo... bueno, me le ofrecí. Me pagó un par de tragos, escuchó mi historia, y cuando terminé de llorar me dijo que necesitaba un primer oficial. Nadie quería trabajar con él, así que me ofrecía el trabajo por el tiempo que yo deseara quedarme.

—Y te quedaste.

—Y me quedé —terminó—. Que conste, señor Furland, que siempre me trató con el mayor de los respetos, a pesar de lo que puedan haberte contado otras personas. Nunca me acosté con él, ni tampoco me ha exigido que lo haga...

—¡Yo no...!

—No, claro que no, pero probablemente te habrá carcomido la duda, ¿verdad? —Cuando me puse colorado, volvió a reír—. A todos los que trabajaron en la Cometa les pasó lo mismo, y a veces les gusta contar historias sobre la ojos de sapo y el gordo mugriento haciendo el amor en la cabina del capitán entre turno y turno. —Sonrió, meneando la cabeza lentamente—. No es así... pero, para serte franca, si alguna vez me lo propusiera le diría que sí sin pensarlo dos veces. Al menos le debo eso.

No dije nada por un par de minutos. No es frecuente que un compañero de viaje descargue lo que lleva en el alma y Jeri me había dado muchas cosas en qué pensar. Y lo menos importante de todo no era precisamente la lenta toma de conciencia de que ahora, más que nunca, me sentía cada vez más atraído hacia ella.

Antes de bajar a su cabina, McKinnon me había dicho que activara la cápsula de misiles externos, de modo que, de un empujón, me impulsé hasta su consola y usé esa tarea de menor importancia como excusa para disimular mi turbación.

Adosarle una cápsula de misiles a un carguero clase Ares era otro ejemplo de la imaginación afiebrada de McKinnon. Cuando una vez le pregunté por qué lo había hecho, me dijo que se la había comprado como desecho de guerra a la Marina Real de Pax Astra en el '71, después del secuestro de la TBSA Olimpia. Nadie supo jamás quién se había llevado a la Olimpia... en realidad, se descubrió lo del secuestro recién cinco meses después, cuando la nave a velas solares, sin tripulación, llegó a la Estación Ceres con las bodegas de carga vacías, pero existe la divulgada creencia de que fue obra de exploradores independientes, desesperados por conseguir comida y provisiones diversas.

Tuve que disimular la sonrisa cuando McKinnon me dijo que estaba preocupado porque los "piratas" podían tratar de apoderarse de la Cometa. Llevar a remolque, detrás de la sección de carga de la Cometa, cuatro nucleares de 10k era como poner misiles detectores de calor en una cápsula auxiliar. No era que a McKinnon no le hubiera encantado que trataran de robarle la nave... el Capitán Futuro se enfrenta a los Piratas del Asteroide y demás. Pero a mí me preocupaba que abriera fuego sobre cualquier nave exploradora fuera de curso que tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino.

Se me ocurrió otra idea. —¿Cuando McKinnon te eligió... eh... cuando te contrató como primer oficial... estabas al tanto de que no estaba muy conectado con la realidad?

Jeri no respondió de inmediato. Estaba a punto de repetirle la pregunta cuando sentí que algo me tocaba el brazo con suavidad. Bajé la mirada y vi que su pie derecho me rozaba y pasaba de largo, y que los dedos del tamaño de pulgares activaban el interruptor de MISILES EN STAND-BY que yo había omitido accionar.

—Claro —me dijo—. En realidad, solía llamarme Joan... por Joan Randall, la novia de Curt Newton... hasta que lo obligué a no hacerlo más.

—¿De veras?

—Ajá. —Apoyó la pierna derecha contra el respaldo de mi sillón—. Considérate afortunado de que no te llame Otho o Grag. Eso hacía con los anteriores tripulantes, hasta que yo le expliqué que nadie entendía el chiste. —Sonrió—. Alguna vez tendrías que tratar de leer esas historietas. Las cargó en el anexo biblioteca de Cerebro. No es gran literatura, seguro... en realidad, son bastante tontas... pero, para lo que era la ciencia ficción de principios del siglo veinte, son...

—¿Ciencia qué?

—Ciencia ficción. Así llamaban a la fantasía en aquella época... bueno, no importa. —Retiró la pierna y la dobló hacia atrás, mientras volvía a mirar por la ventanilla—. Mira, sé que Bo puede parecer raro la mayor parte del tiempo, pero tienes que comprender que es un romántico atrapado en una época donde la mayoría de la gente ni siquiera sabe lo que significa esa palabra. Él quiere actos intrépidos, fanfarronadas, grandes aventuras... quiere ser un héroe.

—Oh, no. Bo McKinnon, héroe espacial. —Traté de trasladarlo a las tapas de revistas que tenía enmarcadas en la cocina: empuñando una pistola de rayos en cada mano, defendiendo a Jeri de salvajes monstruos. No sirvió de nada, salvo para hacerme ahogar una carcajada.

—No es mucho pedir, ¿verdad? —Cuando Jeri me miró, vi tristeza en sus ojos. Antes de que yo pudiera borrarme la sonrisa de la cara, ella volvió a mirar la ventanilla—. Puede ser. Esta no es época de héroes. Movemos rocas de aquí para allá por todo el sistema, ponemos dinero en el banco y nos felicitamos por nuestra ingenuidad. Hace cien años, lo que estamos haciendo ahora era el material de los sueños, y la gente que lo hacía era superior a la vida misma. Eso es lo que le resulta tan atractivo de esas historias. Pero ahora... —Dejó escapar un suspiro—. ¿Quién puede culpar a Bo por querer algo que no puede tener? Está condenado a permanecer en un carguero de segunda, con una ex-prostituta como primer oficial y un segundo oficial que lo desprecia abiertamente, y es el objeto de burla de todos los bromistas que existen, desde la Tierra hasta Japeto. Con razón abandona todo para contestar una llamada de auxilio. Puede ser la única oportunidad que se le presente.

Estaba a punto de replicarle que mi única oportunidad de conseguir trabajo en una nave decente se me estaba escurriendo de los dedos, cuando su consola emitió un doble bip. Un momento después, salió la voz de Cerebro por el parlante del techo.

—Perdonen, pero es hora de las maniobras de corrección de trayectoria. ¿Desean que las ejecute?

Jeri giró el sillón. —Está bien, Cerebro. Nosotros nos hacemos cargo, por control manual. Dame las coordenadas.

La IA respondió exhibiendo una grilla tridimensional en las pantallas de Jeri.

—¿Quieres que haga algo? —pregunté, aunque era obvio que ella tenía todo bajo control.

—Tengo todo cubierto —dijo, mientras sus largos dedos tecleaban las coordenadas—. Duerme si quieres. —Me dedicó una rápida sonrisa por encima del hombro—. No te preocupes, no le diré a Bo que te echaste una siesta en su sillón.

Fin de la conversación. Además, era una buena idea. Empujé el sillón hacia atrás, me abroché el arnés y metí las manos en los bolsillos para que no flotaran. Podía pasar un buen rato antes de que tuviera otra oportunidad; cuando llegáramos a 2046-Barr el Capitán Futuro estaría otra vez en el puente, berreando órdenes o haciéndome la vida imposible.

Jeri me había contado muchas cosas sobre Bo McKinnon, pero nada que lo relatado me había inspirado el menor afecto por ese tipo. Para mí seguía siendo el imbécil más grande que había conocido. Si había alguien a bordo de la ACET Cometa que se merecía mi compasión, era Jeri Lee-Bose, que estaba para cosas mejores que esta.

Cuando cerraba los ojos, se me ocurrió que el sillón del capitán me quedaba mucho mejor a mí que a McKinnon. Algún día, quizás, tendría suficiente dinero en el banco para comprarle el puesto. Iba a resultar muy interesante descubrir si el capitán sabía obedecer órdenes tan bien como sabía darlas.

Era una idea cálida y reconfortante, y me acurruqué en ella como si fuese una almohada, mientras me iba quedando dormido.


—Mira Arraj... ¡es un meteoro! —gritó el marciano más joven con excitación—. ¡Y una nave lo guía!

Por un momento, ambos miraron fijamente el increíble espectáculo. Estaba claro que el punto negro que se iba expandiendo era un meteoro gigantesco, que volaba a tremenda velocidad hacia Marte. Y a su lado, muy cerca del meteoro que se acercaba como un bólido, volaba una espacionave oscura que le disparaba rayos a la enorme mole. La nave estaba propulsando el meteoro hacia Marte.

                  -Ibid;

                   El Desafío del Capitán Futuro

                   (1940)


Varias horas después, la Cometa se encontró con 2046-Barr.

El asteroide se parecía mucho al representado en el holotanque —una enorme roca color carbón—, pero la Oro de los Tontos era la espacionave más grande que yo había visto, aparte de las colonias LaGrange. Empequeñecía a la Cometa como un transatlántico amarrado junto a un yate: una máquina monstruosa, adosada a un extremo de la mole del asteroide.

Una máquina monstruosa, y aparentemente sin vida. Nos aproximamos al impulsor de masa con gran precaución, con cuidado de esquivar la popa, para no quedar atrapados en la corriente de detritos que el lanzador eyectaba constantemente. Ese era el único signo aparente de actividad; aunque la luz resplandecía en los portales de la esfera giratoria de comando, no pudimos detectar movimientos en las ventanillas y la radio seguía tan silenciosa como durante las últimas dieciocho horas.

—Miren allá. —A través de la ventanilla, señalé la bodega hangar, una amplia dársena incluida en el casco principal cilíndrico, justo por delante del lanzador. Las puertas estaban abiertas y, cuando la Cometa pasó cerca, vimos la nave auxiliar y las cápsulas de servicio amarradas en sus correspondientes plataformas—. Está todo. Hasta las cápsulas salvavidas están en su sitio.

Jeri movió la cámara del pescante de telemetría para poder escudriñar el interior de la bodega. Sus grandes ojos se angostaron mientras estudiaba el primer plano que se veía en pantalla.

—Qué extraño —murmuró—. ¿Por qué despresurizaron el hangar y abrieron las puertas si no...?

—¡Acábenla, ustedes dos! —McKinnon estaba atado en su sillón, del otro lado del puesto de trabajo de Jeri Lee—. No importa por qué lo hicieron. Limítense a mantener la vista alerta, por si hay piratas... podrían estar agazapados en algún lado, cerca.

Opté por callarme y seguir piloteando la Cometa; pasamos junto a los enormes brazos de anclaje del impulsor de masa y luego sobrevolamos la parte superior del asteroide. Desde el momento en que McKinnon había vuelto al puente, hacía una hora, después de darse una ducha y de tomar, con toda tranquilidad, el desayuno que a mí me había negado, estaba abocado a su pasatiempo preferido: los piratas de los asteroides se habían apoderado de la Oro de los Tontos, tomando de rehenes a los tripulantes.

Insistía con eso, a pesar de que no habíamos localizado ninguna otra espacionave durante nuestro viaje y a pesar de que no se veía nada en la vecindad del asteroide. También se podía argumentar, con toda lógica, que a la tripulación de una nave exploradora, compuesta por cuatro personas, le habría resultado muy difícil superar a la tripulación del impulsor de masa, compuesta por doce personas, pero para el Capitán Futuro la lógica no significaba nada. Su mano izquierda descansaba sobre la consola, muy cerca de los controles de la cápsula de misiles externos, y estaba desesperada por lanzarle una nuclear a la nave pirata que seguramente se encontraba agazapada a la sombra del asteroide.

Sí, terminamos de sobrevolar el contorno completo de 2046-Barr y no encontramos ninguna nave. En realidad, nada que se moviera, salvo el propio asteroide.

Se me ocurrió una idea. —Eh, Cerebro —dije en voz alta—. ¿Tienes la posición y la trayectoria del impulsor de masa?

—Afirmativo, señor Furland. Es X uno-siete-seis, Yanqui dos...

—¡Señor Furland! —se metió McKinnon—. ¡Yo no le di orden de...!

Lo ignoré. —Pasemos por alto los números, Cerebro. Sólo dime si continúa en curso cislunar.

Pausa momentánea; después: —Negativo, Señor Furland. La Oro de los Tontos modificó su trayectoria. Según mis cálculos, hay una probabilidad del setenta y dos punto uno de que ahora se encuentre en trayectoria de colisión con el planeta Marte.

Jeri se puso pálida y respiró hondo, y hasta McKinnon logró quedarse callado.

—Muéstramelo en el tanque —dije, mientras giraba el sillón para quedar de frente al tablero de navegación.

El tanque se encendió, mostrando un diagrama holográfico de la posición actual de la Oro de los Tontos en relación con la hora sideral marciana. Marte aún estaba a media UA de distancia, pero cuando Cerebro trazó una línea anaranjada, ligeramente curva, que cruzaba el cinturón, vimos que ésta interceptaba claramente la órbita que el planeta rojo describía alrededor del Sol.

Cerebro tradujo los cálculos que aparecían en un cuadro, cerca de la grilla tridimensional. —Suponiendo que su actual delta-ve permanezca sin alteraciones, 2046-Barr chocará con Marte en doscientas treinta y seis horas, doce minutos y veinticuatro segundos.

Hice unos cálculos mentales. —Son unos diez días.

—Nueve punto ochenta y tres días estándar de la Tierra, para ser exactos. —Cerebro expandió la imagen de Marte hasta que ocupó todo el tanque; sobre una zona ubicada justo por encima del ecuador apareció un blanco de tiro—. Punto estimado de impacto, aproximadamente doce grados norte, sesenta y tres grados oeste, cerca del borde de Lunae Planum.

—Al norte de Valles Marineris —dijo Jeri—. Oh, Dios, Rohr, eso está cerca de...

—Lo sé. —No necesitaba un curso de actualización sobre geografía planetaria. El punto de impacto se encontraba en las planicies bajas, al norte del Valle Mariner, a sólo unos cientos de kilómetros al noreste de la Estación Arsia, para no mencionar los más cercanos asentamientos de colonos que estaban desperdigados a lo largo de toda la extensión del sistema de cañones. Por lo que yo sabía, hasta podía haber una pequeña ciudad minera en la mismísima Lunae Planum. En aquellos días, Marte estaba siendo colonizado tan rápidamente que era muy difícil saber en qué lugares podía haber un puñado de personas, del millón y medio de habitantes que tenía el planeta, que habían decidido reclamar su derecho a la propiedad de una porción de terreno y llamarse Nueva Chattanooga o lo que fuera.

—¡Sabotaje! —gritó McKinnon. Se desabrochó el arnés y se empujó hacia adelante, acercándose al tablero de navegación, donde se quedó mirando el holo de arriba abajo—. ¡Sabotearon el impulsor de masa para que choque con Marte! ¿Se dan cuenta...?

—Cállese, Capitán. —No necesitaba de su histrionismo para saber lo que sucedería si... cuando 2046-Barr se estrellara en medio de Lunae Planum.

El ecosistema marciano no era tan frágil como el de la Tierra. En realidad, era mucho más volátil, ya que el intento de los '50 de terraformar el planeta y hacer que el clima fuera más estable no había dado tan buenos resultados. Sin embargo, los colonos que aún quedaban en Marte después de tanto trabajo inútil se habían acostumbrado a depender de sus rasgos estacionales, dedicándose a la agricultura, las granjas solares, las operaciones mineras y a otras actividades que garantizaban su supervivencia básica.

Era una existencia muy insegura, que se apoyaba en una conservadora predicción de los cambios climáticos. El impacto de un asteroide de tres kilómetros, y en la región ecuatorial, sería como arrojar todo eso directamente a la pila de estiércol. Los terremotos localizados y las tormentas de polvo serían sólo el principio: podían morir instantáneamente doscientas o trescientas personas, pero eso no era lo peor. La cantidad de polvo que se levantaría en la atmósfera por la colisión oscurecería el cielo durante meses y meses, provocando un descenso de la temperatura global, desde el Monte Olimpo hasta Hellas Planitia. Como resultado, todo, desde la agricultura hasta las plantas de generadoras de energía, se vería afectado, para decirlo con moderación. En cuanto a la mayoría de los sobrevivientes, acabarían muriendo de inanición, sumidos en el frío y la oscuridad.

No era el juicio final. Algunos asentamientos aislados podrían sobrevivir, con la ayuda de equipos de emergencia enviados desde la Tierra. Pero Marte, como la mayor colonia planetaria de la humanidad, cesaría de existir.

McKinnon seguía hipnotizado con el holotanque, hundiendo el dedo en Marte mientras deliraba sobre saboteadores, piratas espaciales y Dios sabe qué otra cosa, y entonces miré a Jeri. Ante mi ausencia, había tomado el timón y ahora la Cometa se acercaba nuevamente a la Oro de los Tontos. Estudié detenidamente al impulsor de masa que aparecía en pantalla.

—Muy bien —le dije con calma—. El hangar queda descartado... no podemos enviar la cápsula, porque está despresurizado y las plataformas están todas ocupadas. Tal vez si...

Jeri estaba mucho más adelantada que yo. —Aquí hay un collar de amarre auxiliar —dijo, señalando la tronera de la berlinga que conducía a la esfera de comando—. Será difícil, pero creo que podemos entrar, muy justos.

Miré la pantalla. Muy justos. A pesar de que la Cometa tenía un adaptador universal de amarre, no estaba diseñada para acoplarse con una nave tan grande como la Oro de los Tontos.

—Sí, es difícil —dije—. Pero si nos deshacemos del pescante de telemetría podemos conseguirlo.

Asintió. —Se puede, no hay problema... salvo que eso significa perder contacto con Ceres.

—Pero si no nos acoplamos —repliqué— alguien tendrá que salir, para tratar de entrar por la compuerta de servicio.

Sabiendo que ese alguien probablemente sería yo, no me agradaba mucho la idea. Una caminata espacial entre dos naves en aceleración es un asunto, como mínimo, riesgoso. Por otro lado, dadas las circunstancias, cortar nuestra conexión radial con Ceres tal vez no era una buena idea. Si metíamos la pata en alguna cosa importante, nadie de la Estación Ceres estaría informado de la situación; además, un aviso de peligro transmitido a tiempo, de Ceres a la Estación Arsia, podía salvar algunas vidas, pues comenzarían a evacuar las colonias cercanas a Lunae Planum con bastante anticipación.

Me decidí. —Vamos a acoplarnos —dije, girando el sillón hacia la consola de comunicaciones—, pero primero enviaremos un mensaje a Ceres, para hacerles saber lo que está...

—¡Eh! ¿Qué hacen ustedes dos?

Finalmente, el Capitán Futuro había decidido fijarse en lo que hacían los Hombres del Futuro a sus espaldas. Le dio un puntapié al tablero de navegación y se lanzó hacia nosotros, aferrándose de los respaldos de nuestros sillones, con una mano en cada uno, para quedarse flotando sobre nuestras cabezas—. Yo no di ninguna orden y en esta nave no se hace nada sin mi...

—Bo, ¿escuchaste lo que estuvimos hablando? —La expresión de Jeri, que lo miraba desde abajo, era cuidadosamente neutral—. ¿Escuchaste al menos una sola palabra de lo que Rohr y yo estábamos diciendo?

—¡Por supuesto que...!

—Entonces sabes que este es el único recurso —dijo, hablándole todavía con calma—. Si no nos acoplamos con la Oro no tendremos la oportunidad de apagar el lanzador y desviar la trayectoria.

—Pero los piratas... ¡Podrían...!

Suspiré. —Mire, Capitán, que le entre en la cabeza de una vez. No hay...

—Rohr —interrumpió Jeri, lanzándome una mirada severa que me hizo callar. Cuando volví a convertirme en un muñeco, clavó nuevamente sus enormes ojos azules en McKinnon—. Si hay piratas a bordo de la Oro —dijo con paciencia— los encontraremos. Pero, por ahora, no lo podemos resolver disparando misiles. Rohr tiene razón. Primero, es necesario enviar un mensaje a Ceres, ponerlos al tanto de lo que ocurre. Después...

—¡Ya lo sé!

—Después tenemos que acoplarnos con...

—¡Ya lo sé! ¡Ya lo sé! —Su cabello grasiento se desparramaba en todas direcciones, mientras sacudía la cabeza con frustración—. Pero yo no... yo no di la orden y...

Calló y me miró, hirviendo de furia contenida, y de pronto me di cuenta de cuál era la verdadera razón de su ira. El segundo oficial, el subordinado de McKinnon, a quien él había acosado y castigado constantemente durante tres semanas, había tenido la arrogancia de encontrar una solución que a él se le había escapado. Peor todavía, el segundo oficial había contado con la cooperación de la primer oficial del capitán, la misma que había estado tácitamente de acuerdo con él en todas las ocasiones anteriores.

Sin embargo, esta no era una cuestión trivial, tal como revisar la bomba primaria de combustible o limpiar la cocina. Había una incontable cantidad de vidas en juego, se estaba acabando el tiempo y, mientras él escupía estupideces obvias sobre los piratas espaciales, el señor Furland estaba tratando de tomar el mando de su nave.

Si yo hubiese tenido un táser convenientemente metido en el cinturón me habría puesto a discutir con él, le habría aplicado unos cuantos voltios y luego lo habría atado, a él y a su gordo culo, en su precioso sillón, y así Jeri y yo hubiéramos podido continuar con nuestro trabajo sin ser perturbados. Pero como el motín va en contra de mi naturaleza, mi única arma en ese momento era llegar a un acuerdo.

—Le pido perdón, Capitán —le dije—. Tiene toda la razón. Usted no dio la orden y le ruego que me disculpe.

Después giré el sillón, apoyé las manos en el regazo y esperé.

McKinnon respiró hondo. Miró por la ventanilla, a la Oro de los Tontos; por encima del hombro, miró una vez más el holotanque, haciendo un balance entre las pocas opciones disponibles y la mole de su ego. Después de demasiados segundos desperdiciados, finalmente tomó una decisión.

—Muy bien —dijo. Se soltó de nuestros sillones y se lanzó a su asiento de costumbre—. Señorita Bose, prepárese para acoplar con la Oro de los Tontos. Señor Furland, aliste la compuerta de la cabina de descompresión principal y prepárese para la AEV.

—Comprendido, señor —dijo Jeri.

—Eh... sí... comprendido, señor.

—Mientras tanto, enviaré un mensaje a la Estación Ceres para informarles de la situación antes de que perdamos contacto. —Satisfecho de haber tomado la decisión correcta, posó las manos en los apoyabrazos—. Buen trabajo, Hombres del Futuro —agregó—. Lo hicieron muy bien.

—Gracias, Capitán —dijo Jeri.

—Comprendido, señor. Gracias. —Me desabroché el arnés y me impulsé hacia la compuerta de salida del puente, tratando con todas mis fuerzas de reprimir la sonrisa.

Una pequeña victoria. Yo no sabía entonces que, por insignificante que pareciera, mi vida iba a depender de ella.


Ocupó el sillón del piloto y dirigió la Cometa hacia la posición computada del asteroide invisible.

—¡Seguramente verán que nos acercamos! —advirtió Ezra—. ¡El Mago de Marte no va a correr ningún riesgo, Capitán Futuro!

—Vamos a emplear una estratagema para posarnos en el asteroide sin que él sospeche nada —informó Curt—. Observen.

                        -Ibid;

                         El Mago de Marte

                         (1941)


Soy un animal de costumbres, al menos en lo que se refiere a los procedimientos de seguridad establecidos, y entonces fue por hábito que me puse el traje AEV antes de iniciar el ciclo de la compuerta de la Cometa y entrar en la Oro de los Tontos.

Por un lado, usar un aparatoso traje espacial dentro de una nave presurizada es estúpidamente redundante; por otro lado, el panel de la cámara de descompresión me indicaba que del otro lado de la compuerta había presión positiva. Sin embargo, podía darse el caso de que los sensores de la cámara estuvieran fuera de punto y que en la berlinga no hubiese nada más que un salvaje vacío; es bien sabido que esto ha sucedido en algunas muy raras ocasiones y que como resultado ha muerto gente. En todo caso, el "Manual General del Astronauta" dice que, cuando se aborda otra nave bajo ciertas condiciones de incertidumbre, se debe usar un traje AEV... y, por lo tanto, yo hice lo que decía el manual.

Y al hacerlo, salvé la vida.

Entré solo, dejando a Jeri y a McKinnon dentro del carguero. La compuerta me condujo a la cámara de descompresión de la Oro y luego al túnel de acceso a la berlinga, todo lo cual estaba desierto. Encendí el micrófono externo del casco, pero no escuché nada, salvo el acostumbrado zumbido de fondo del sistema de ventilación, otra evidencia de que las cabinas de tripulantes de la nave seguían presurizados.

A esas alturas, yo bien pude quitarme el casco y engancharlo del cinturón utilitario. En realidad, la única razón por la que no lo hice fue que no quería llevarlo colgando mientras pasaba por el carrusel, que estaba al final del túnel, a mi derecha. Además, la quietud del túnel me daba escalofríos. Seguramente, alguien había advertido el acoplamiento no autorizado de un carguero clase Ares, que además estaba muy lejos de Ceres. ¿Por qué no había un oficial esperándome a la salida de la cámara de descompresión, para echarme a patadas por arriesgarme a sufrir una colisión con su preciosa nave?

La respuesta llegó cuando terminé de rotar por el carrusel y entré en la esfera giratoria de comando. Allí encontré el primer cadáver.

Había un hombre desnudo, colgando cabeza abajo por un orificio de inspección abierto, con los brazos laxos apuntando a un gran charco de sangre que había en el piso. Era difícil verle la cara, porque la sangre que la había teñido de rojo salía de un tajo con forma de cimitarra que tenía en el cuello. Mirando hacia arriba por el orificio de inspección, vi que sus pies habían sido prolijamente atados con una cuerda, que a su vez estaba amarrada a un ducto del techo del pasillo que estaba directamente encima.

Como no tenía manchas de sangre en los hombros, era obvio que le habían cortado el cuello después de colgarlo del ducto. La sangre estaba seca —la mayor parte, al menos— y el cuerpo estaba rígido. Se encontraba así desde hacía bastante tiempo.

Informé de mi hallazgo a Jeri y a McKinnon, y luego empujé alegremente el cuerpo a un costado y continué avanzando por el corredor.

Por favor, si todo lo que les digo les suena fríamente metódico, incluso insensible, compréndanme. Primero, para los que han trabajado en el espacio tanto tiempo como yo —es decir, toda la vida— la muerte, sin importar lo horrible que sea, no es una extraña. La primera vez que vi morir a un hombre fue cuando tenía nueve años, cuando un micrometeorito, de los que existen uno en un millón, atravesó el visor del casco de un maestro mío que nos guiaba en un viaje de estudios por la zona de aterrizaje de la Apolo 17, en Taurus Lithrow. Desde entonces, he podido apreciar los espantosos resultados de la descompresión explosiva, de la sobreexposición fatal a la radiación, de los horripilantes accidentes de minería, de los procedimientos incorrectos de colocación de un traje, de los incendios en los cascos de las naves y de las electrocuciones, e incluso vi a un tipo que se ahogó con su propio vómito, después de consumir demasiado vodka enfriado en la bañera, durante una fiesta de cumpleaños. La muerte nos llega a todos, en algún momento; si uno es cuidadoso y astuto, lo máximo que puede hacer es asegurarse de que no sea muy dolorosa y que después nadie tenga que ponerse a limpiar.

Segundo, si ahora me pusiera a describir todos y cada uno de los cuerpos que descubrí mientras avanzaba por la Oro de los Tontos, el resultado no sólo sería proporcionarles una satisfacción gratuita a los que se regodean en tales detalles, sino que además nunca podría terminar este relato..

Para decirlo sucintamente, la esfera de comando de la Oro de los Tontos parecía un matadero.

Encontré diez cuerpos más, cada uno más destrozado que el anterior. Estaban en las cabinas de los tripulantes y en los corredores, en la cocina y en el baño, en la sala de recreación y en la oficina del jefe de intendencia.

Casi todos estaban solos, pero dos estaban juntos; aparentemente, habían muerto a causa de las heridas que se habían infligido mutuamente. Un hombre y una mujer, que habían tratado de despedazarse con unos cuchillos que habían sacado de la cocina cercana.

Un par de cuerpos estaban desnudos, igual que el primero, pero en su mayoría estaban total o parcialmente vestidos. Casi todos habían muerto por heridas punzantes o golpes producidos por cualquier cosa que se pudiera usar como arma, ya fuera un bolígrafo, un destornillador o una tenaza de montaje.

Una mujer había tenido suerte. Se había suicidado, ahorcándose con una sábana enroscada que había colgado de una puerta. Espero que se haya estrangulado con éxito, antes de que le seccionaran el brazo derecho con el soplete de corte que estaba tirado ahí cerca.

A medida que subía escaleras, asomaba la cabeza por las compuertas y pisaba cadáveres rígidos, mantenía un constante monólogo, informando a la Cometa en qué parte de la nave me encontraba exactamente y qué acababa de encontrar, sólo para dejar constancia de que los cadáveres parecían razonablemente recientes y que la mayoría de las manchas de sangre estaban secas.

Y había sangre por todos lados. Salpicada en las paredes, empapando las alfombras y goteando de los muebles, al punto de que ya no parecía sangre, sino pintura roja chorreada. Me alegré de tener el casco puesto, porque el visor ponía distancia entre mi persona y la masacre; además, el fétido hedor me habría hecho descomponer más de lo que ya estaba.

Aunque escuchaba algún jadeo o exclamación ocasional de Jeri a través de mis auriculares, pasado un rato no pude detectar más la voz de McKinnon. Supuse que se había retirado a un lugar privado para vomitar. Era comprensible; la violencia que me rodeaba podía enloquecer a cualquiera.

En la esfera de comando había cuatro puentes, uno encima del otro. Cuando llegué al puente superior, ya había contado once cadáveres. Recordando que McKinnon me había dicho que la tripulación de la Oro de los Tontos ascendía a doce personas, comencé a preguntarme dónde estaría el cadáver que faltaba.

La compuerta que conducía al puente superior estaba sellada; utilicé el soldador láser que tenía en el cinturón para cortar la cerradura. Cuando giré la rueda de cierre y abrí la compuerta a medias, se oyó un leve ruido como de algo que rozaba, y fue en ese momento cuando escuché unos golpes metódicos, casi rítmicos, como de algo azotándose contra un mamparo.

El primer pensamiento que tuve fue que se trataba de otro ruido de fondo proveniente de la nave, pero cuando abrí más la compuerta el ruido que hice interrumpió los golpes.

Me detuve, con la compuerta entreabierta, mientras escuchaba atentamente. Oí una lejana risita y luego recomenzaron los golpes.

En el puente superior quedaba alguien con vida.

El centro de comando estaba tenuemente iluminado: los fluorescentes estaban apagados y las únicas fuentes de luz eran las pantallas de las computadoras, las pantallas de las consolas y los interruptores multicolores. El puente estaba en ruinas, como si hubiese sufrido un descompresión violenta, aunque el manómetro externo indicaba que seguía presurizado: sillones patas arriba, bitácoras y manuales hechos trizas y desperdigados por el suelo, los restos de una camisa ensangrentada.

El golpes continuaban. Buscando su origen invisible, encendí la linterna del casco y caminé bajo su rayo, lanzando rápidas miradas a todos lados, buscando al único sobreviviente de la Oro de los Tontos. Estaba a la mitad del puente cuando, por el rabillo del ojo, vi algo garabateado en un mamparo. Dos palabras, pintadas en la superficie gris con un dedo mojado en sangre:

                  PLAGA

                  TITAN


Ilustración: wkowalsky

Fue entonces cuando descubrí que el traje AEV me había salvado la vida.

Temblando bajo sus capas aislantes, crucé el puente desolado, buscando al último tripulante de la Oro de los Tontos.

Lo encontré en la cámara de descompresión de emergencia, acurrucado en un rincón, junto a la compuerta, con las rodillas recogidas hasta el mentón. El mameluco que llevaba puesto estaba veteado de sangre coagulada, pero en las charreteras aún se podían distinguir las insignias de capitán. Ante el resplandor de mi linterna, frunció los ojos extraviados y se rió como un niño al que pescan revolviendo los cajones de la cómoda de mamá.

Y después siguió golpeando el suelo con el brazo humano seccionado que aferraba en la mano izquierda.

No sé cuánto tiempo me quedé mirándolo. Unos segundos, varios minutos, quizás más. Jeri estaba diciendo algo que yo no entendía; no le presté atención, ni podía responderle. Recién cuando escuché el otro ruido —a mis espaldas, el lejano sonido de una compuerta que se abría— pude apartar la vista del demente capitán de la Oro de los Tontos.

Bo McKinnon.

Me había seguido, saliendo de la Cometa.

Y, como buen idiota que era, no se había puesto el traje AEV.


La pequeña nave con forma de lágrima, la Cometa, volaba a velocidad máxima rumbo a la Tierra, respondiendo a la urgente llamada. Sombríamente, el Capitán Futuro pensaba en las muchas oportunidades en que había debido responder a llamadas así. En todas esas ocasiones, él y los Hombres del Futuro se habían tenido que enfrentar a los mortales peligros de la batalla. ¿Iba a suceder lo mismo esta vez?

"No podemos ganar siempre", pensó con tristeza. "Hasta ahora tuvimos suerte, pero la ley de las probabilidades en algún momento se volverá contra nosotros".

                  -Ibid;

                   El Triunfo del Capitán Futuro

                   (1940)


A pesar de su nombre, nadie conoce el origen exacto de la Plaga de Titán. Los primeros en contraerla, en 2069, fueron los miembros de la expedición de la Exploradora Hershel, durante el malogrado intento de Pax por establecer un puesto de investigación en Titán. Aunque más tarde surgió la teoría de que el virus era originario de Titán, el hecho de que prosperara en ambientes de oxígeno y nitrógeno llevó a mucha gente a especular que la Plaga se había originado en otro lugar, no en la atmósfera de nitrógeno y metano de Titán. Incluso corría la versión de que, al llegar a Titán, los expedicionarios se habían encontrado con una raza extrasolar y se habían contagiado la Plaga de ellos... pero, desde luego, era sólo un rumor.

En todo caso, la verdad indiscutible eran esta: cuando la MRPA Exploradora Herschel regresó al sistema interior, se descubrió que la mayor parte de la tripulación se había vuelto loca a causa de un virus aeróbico. Los tres miembros de la expedición que habían sobrevivido, incluyendo al comandante de la nave, no estaban infectados por la sencilla razón de que habían logrado encerrarse herméticamente en el centro de comando, donde habían subsistido gracias a los depósitos de oxígeno de emergencia y al cuidadoso racionamiento del agua y la comida. La mayoría de los tripulantes que quedaron afuera de la cuarentena se asesinaron mutuamente en el transcurso del largo viaje de regreso, y el resto murió, después de una terrible agonía, cuando la enfermedad, en su etapa terminal, les pudrió el cerebro.

Cuando la Exploradora Herschel llegó al cinturón de asteroides, los sobrevivientes la dejaron orbitando Vesta y huyeron en una nave salvavidas. Tres meses después, la Exploradora Herschel fue destruida por la MRPA Intrépida. A esas alturas, la Reina Macedonia había dictado la prohibición de enviar expediciones a Titán, decretando que cualquier nave que intentara aterrizar allí sería destruida por la Marina de Su Majestad.

Sin embargo, a pesar de las precauciones, se habían presentado algunos brotes aislados de la Plaga de Titán, aunque con muy poca frecuencia y siempre en colonias del sistema exterior. Nadie sabía con exactitud cómo se había esparcido la enfermedad de la Exploradora Herschel, aunque se creía que los propios sobrevivientes habían sido los portadores, a pesar de la rigurosa descontaminación. Aunque los primeros síntomas se asemejaban a los del resfrío común de antaño, tal vez un poco más acentuados, la demencia homicida que rápidamente se sucedía era inconfundible. Cuando una persona se contagiaba la Plaga no había otra opción que aislarla, quitarle todo lo que pudiera servirle de arma y esperar a que muriera.

Nunca se descubrió la cura.

Y ahora, de alguna manera que nunca podremos saber cuál fue, la Plaga había logrado abordar la Oro de los Tontos. En los reducidos espacios del impulsor de masa, había logrado extenderse por toda la nave, enloqueciendo a la tripulación antes de que se dieran cuenta de nada. Quizás el capitán había logrado deducirlo, pero, a pesar de sus precauciones, también se había infectado.

Yo estaba a salvo, porque estaba explorando la nave con el traje espacial puesto.

Pero Bo McKinnon...

El Capitán Futuro, Hombre del Mañana, intrépido héroe de las carreteras siderales... En su obsesión por la aventura, McKinnon había ingresado en la nave irresponsablemente, sin tomarse la molestia de colocarse el traje.

—¿Cerró la compuerta de la cabina de descompresión? —le grité.

—¿Qué? ¿Eh? —Pálido, visiblemente conmocionado por los horrores que había visto, McKinnon miró al maniático acuclillado en la cabina de descompresión que estaba a mis espaldas—. ¿Compuerta? ¿Qué... cuál...?

Lo agarré de los hombros y lo sacudí con tanta fuerza que se le cayeron los auriculares hasta el cuello. —¡La compuerta de la Cometa! ¿Cuando entró, la cerró o la dejó abierta?

Ahora incapaz de oírme, se puso a tartamudear, hasta que al fin se dio cuenta de que se le habían caído los auriculares. Con torpeza, logró colocárselos en su lugar.

—¿La compuerta? Creo que sí, que...

—¿Cree que sí? ¡Retrasado mental! ¿La cerr...?

—Furland, oh Dios mío... —jadeó al reparar en el caos que lo rodeaba—. ¿Qué le pasó a esta gente? ¿Acaso...? ¡Cuidado!

Me di vuelta, justo a tiempo para ver de soslayo que el loco se ponía de pie. Aullando a todo lo que daban sus pulmones, se abalanzó sobre nosotros, sacudiendo el brazo seccionado como si fuera un palo de cricket.

Empujé a McKinnon a un costado. Mientras él se desparramaba en el suelo, me prendí de la compuerta de la cabina de descompresión y la cerré con fuerza. El loco casi la abre de un golpe, pero yo apoyé el hombro contra la compuerta y ésta terminó de cerrarse. Accionando la cerradura giratoria, la sellé herméticamente; no obstante, se sentían unas vibraciones sordas, porque el loco, del otro lado, le seguía pegando martillazos con la ayuda de su horrendo trofeo.

No podía tenerlo ahí encerrado para siempre. Tarde o temprano encontraría la cerradura giratoria y recordaría cómo hacerla funcionar. Tal vez podría someterlo —si tenía mucha suerte, considerando que parecía un guerrero vikingo enfurecido—, pero aun así nunca me atrevería a llevarlo a la Cometa.

Sólo existía una solución. Encontré el panel de control exterior de la cámara de descompresión y levanté la tapa.

—Lo lamento, señor —le susurré al lunático—. Que Dios tenga piedad de nosotros.

Después presioné el interruptor que eyectaba la compuerta exterior.

Las alarmas que resonaron por todo el puente fueron la marcha fúnebre del pobre tipo. Desactivé las alarmas y se produjo un largo silencio, finalmente roto por la voz de McKinnon.

—Señor Furland, acaba de asesinar a un hombre.

Di media vuelta. McKinnon había logrado ponerse de pie; se aferraba del respaldo de un sillón para no perder el equilibrio y me miraba indignado.

Antes de que pudiera responderle, escuché la voz de Jeri en el comunicador. —Rohr, sí cerró la compuerta al salir. La Cometa no está infectada.

Dejé escapar un suspiro. Por una vez, Bo había logrado hacer algo bien sin ayuda. —Grandioso, nena. Que siga cerrada hasta que yo regrese a bordo.

Me alejé de la cabina de descompresión, dirigiéndome al timón, ubicado en el extremo opuesto del puente. McKinnon se me plantó delante, impidiéndome el paso.

—¿Me oyó, señor Furland? —exigió, mientras su nuez de Adán, debajo de la barba, subía y bajaba—. Acaba de matar a un hombre... ¡Yo lo vi! Usted...

—No me lo recuerde. Ahora déjeme pasar. —Lo empujé a un costado y marché hacia el timón.

Una de las pantallas de la consola mostraba un cuadro esquemático de la posición del asteroide y su trayectoria estimada. Como yo sospechaba, algún tripulante del impulsor de masa había establecido deliberadamente el nuevo curso durante un ataque de demencia. Probablemente, el propio capitán, considerando que estaba encerrado aquí.

—¡Queda arrestado! —me gritó McKinnon—. Con mi autoridad de agente de la Policía Planetaria, le...

—Eso no existe. —Me incliné sobre el teclado y me puse a trabajar para acceder a la computadora principal; mis dedos, cubiertos por los guantes del traje, estaban gruesos y torpes—. No existe la Policía Planetaria, no existen los piratas de los asteroides. Sólo existe una nave con los ductos infestados de Plaga. Usted está...

—¡Soy el Capitán Futuro!

El virus ya debía estar afectándolo. Hubiera podido revisarlo, para ver si estaba desarrollando cualquiera de los síntomas seudo-gripales que supuestamente eran las primeras señales de la Plaga, pero McKinnon era la menor de mis preocupaciones en ese momento.

Hiciera lo que hiciera, no lograba acceder al programa del sistema central de navegación. Me faltaba la contraseña, que probablemente había muerto junto con todas las almas condenadas de la nave, y tampoco funcionaban los procedimientos alternativos ni las interfaces estándar. Estaba con las manos completamente atadas; me era imposible alterar la velocidad o la trayectoria de la nave que propulsaba a 2046-Barr directamente hacia Marte.

—¿Y qué es lo que está diciendo? ¿Que no permitirá que nadie aborde la Cometa hasta que usted lo ordene? —McKinnon ya no estaba revoloteando a mi alrededor: había encontrado el sillón del difunto capitán y se lo había apropiado, como asumiendo el mando de una nave mucho más grande que su insignificante carguero—. El jefe de esta nave soy yo, no usted, y continuaré al mando hasta que...

Muy bien. El timón no quería obedecer ninguna instrucción novedosa. Quizás todavía quedaba la posibilidad de destruir la Oro de los Tontos. Accedí al subsistema de ingeniería y comencé a buscar una manera de cerrar el circuito refrigerante primario del reactor y de sus sistemas de seguridad redundantes. Si calculaba bien el tiempo, quizás la Cometa podría escapar a buena distancia antes que la sobrecarga del reactor... Y si además éramos exageradamente afortunados, la explosión podría sacar de curso al asteroide.

—¿Rohr? —Otra vez Jeri—. ¿Qué está ocurriendo ahí?

No quería decírselo, y menos sabiendo que McKinnon estaba escuchando nuestra charla.

Al oír el sonido de la voz de Jeri, McKinnon se puso de pie de un salto. —¡Joan! ­Este tipo trabaja para Ul'Quorn, el Mago de Marte! ¡Va a...!

Lo escuché acercarse mucho antes de que me alcanzara. Me puse de pie, estiré el brazo hacia atrás y le apliqué un gancho derecho en la peluda mandíbula.

Con eso se calmó, pero no sería por mucho tiempo. McKinnon era corpulento. Trastabilló hacia atrás, con los ojos fuera de foco, buscando a tientas un sillón de donde sujetarse.

—Traidor —masculló, tocándose la boca con la mano izquierda—. Es un traidor, un...

Yo no tenía tiempo para esas idioteces, así que volví a darle un puñetazo, esta vez directamente en la nariz. Este segundo golpe fue el definitivo: rodó hacia atrás, se golpeó contra el sillón y se desplomó de espaldas.

—¿Qué haces? —exigió Jeri.

Los nudillos me dolían como los mil demonios, a pesar del grueso acolchado de los guantes. —Algo que había que hacer desde hace mucho tiempo —murmuré.

Linda frase. Con ella agoté la poca buena suerte que me quedaba. Estuve chapuceando con el timón durante varios minutos antes de someterme a lo inevitable. Igual que los controles de navegación, el subsistema de ingeniería no obedecía mis comandos porque faltaban las contraseñas correspondientes. Era posible que estuvieran anotadas en alguna parte, pero no tenía ni tiempo ni ganas de ponerme a buscar en los manuales de operación, especialmente porque en su mayoría se encontraban desparramados por todo el puente, convertidos en basura.

Pero aún no se nos acababan las opciones. Todavía quedaba una alternativa final, la que el propio McKinnon nos había proporcionado.

Fue entonces cuando supe que el Capitán Futuro debía morir.


—¡El Capitán Futuro ha muerto!

La voz resonante del verde y enorme marinero joviano se elevó por encima de las risas, las charlas y el entrechocar de copas del atiborrado bar de espaciales de Venusópolis. Miró a la barra, a su pequeño grupo de compañeros, como si los desafiara a contradecirlo.

Uno de los curtidos espaciales, un marciano moreno y menudo, meneó la cabeza pensativamente.

—No estoy tan seguro. Es cierto que los Hombres del Futuro hace meses que están desaparecidos. Pero son duros de matar.

                  -Ibid;

                   Criminales de la Luna

                   (1942)


Escribo esto, ya de vuelta en la Luna, sentado a una mesa, en un rincón del bar del Torpe Joe. Casi es hora de cerrar; las muchedumbres se han dispersado y el cantinero ha tocado la campanada del último aviso. Sin embargo, tengo permiso para quedarme después de que se cierren las puertas. A los héroes nunca los echan a patadas, como a la chusma, y desde que volví de Ceres dispongo de bebida gratis en abundancia.

Después de todo, soy el último que vio al Capitán Futuro con vida.

Los medios informativos nos ayudaron a mantener nuestra coartada. Era un historia que lo tenía todo. Aventura, romance, sangre y tripas, incontables vidas en juego. Y lo mejor de todo: un noble acto de sacrificio personal. El video será fantástico. Ayer vendí los derechos.

Ustedes ya saben cómo termina la historia, puesto que la han relatado hasta el cansancio. Advirtiendo que estaba fatalmente infectado con la Plaga de Titán, Bo McKinnon... perdón, el Capitán Futuro... impartió sus últimas instrucciones como oficial al mando de la ACET Cometa.

Me ordenó regresar a la nave, y luego, cuando estuve a bordo y a salvo, le ordenó a Jeri emprender la retirada y llevarse a la Cometa lo más lejos posible.

Dándonos cuenta de lo que intentaba hacer, tratamos de disuadirlo. ¡Oh, y cómo discutimos y le rogamos, diciéndole que podíamos ponerlo en bioestasis hasta que regresáramos a la Tierra, donde los médicos podían intentar salvarle la vida!

Al final, sin embargo, McKinnon desconectó el comunicador para poder enfrentar el fin con dignidad y elegancia.

Cuando la Cometa se había marchado y se encontraba a una distancia segura, el Capitán Futuro se las ingenió para darle a la computadora principal del impulsor de masa las instrucciones necesarias para provocar la sobrecarga de los reactores de la nave. Sentado en la soledad del puente abandonado, esperando el final de la cuenta regresiva, tuvo apenas el tiempo suficiente para transmitir el valeroso mensaje final...

No me obliguen a repetirlo, por favor. Ya es bastante espantoso que la Reina lo haya leído en la ceremonia de homenaje, pero ahora, según tengo entendido, también lo van a inscribir en la base de la estatua de McKinnon que van a erigir en la Estación Arsia y que tendrá un tamaño que duplica el natural. Jeri hizo lo mejor que pudo cuando lo escribió, pero yo, entre nosotros, sigo pensando que es un completo mamarracho.

Bueno, la explosión termonuclear no sólo arrasó con la Oro de los Tontos, sino que también alcanzó para alterar la trayectoria del 2046 en cantidad suficiente. El asteroide pasó a cinco mil kilómetros de Marte; su vuelo cercano fue registrado por un observatorio de Fobos y los pueblos situados sobre el Meridiano Central informaron que se había producido la mayor lluvia de meteoritos en la historia de las colonias.

Y ahora Bo McKinnon es recordado como el Capitán Futuro, uno de los más grandes héroes de la historia de la humanidad.

Era lo menos que Jeri podía hacer por él.

Considerando que Bo fue un imbécil hasta el fin de sus días, yo podría haberme adjudicado todo el mérito, pero finalmente predominó la fuerte voluntad de Jeri. Supongo que tiene razón: sería muy mal visto que divulgara que McKinnon, convertido en un lunático delirante, murió ejecutado por el segundo oficial.

Del mismo modo, nadie tiene por qué saber que los que destruyeron el reactor principal del impulsor de masa fueron cuatro misiles lanzados por la Cometa, provocando así la explosión que desvió a 2046-Barr de su trayectoria mortal. La cápsula de misiles vacía fue eyectada antes de que la Cometa llegara a Ceres; con un pequeño soborno a un burócrata de poca monta de Pax, nos aseguramos de que todos los archivos donde constaba que la habían instalado en el carguero fueran completamente borrados.

Apenas importa. En definitiva, todos conseguimos lo que queríamos.

Por ser la primer oficial de la Cometa, Jeri ascendió a comandante. Me ofreció su antiguo puesto y yo acepté de mil amores, puesto que mi trabajo en la Comercio Joviano se había ido a la mierda. Antes de que pasara mucho tiempo, Jeri me ofreció además la oportunidad de ver el resto de sus tatuajes, invitación que también acepté. Su clan sigue sin dirigirle la palabra, especialmente ahora que tiene planeado casarse con un Primario, pero al menos los Superiores se han visto obligados a reivindicarla como una de los suyos.

Por ahora, la vida es buena. Hay dinero en el banco, hemos logrado borrar nuestra fama de ovejas negras y abundan las compañías que quieren contratar a los legendarios Hombres del Futuro de la ACET Cometa. ¿Quién sabe? Cuando nos cansemos de trabajar en el cinturón, tal vez podamos sentar cabeza y dedicarnos a probar suerte en ese asunto del cruzamiento de razas.

Y Bo también consiguió lo que quería, aunque no vivió lo suficiente para disfrutarlo. Y por eso mismo, quizás la humanidad también consiguió lo que quería.

Hay una sola cosa que todavía me incomoda.

Cuando McKinnon se enloqueció en la Oro de los Tontos y trató de atacarme, yo supuse que se había contagiado la Plaga. La presunción era correcta: se había infectado en el instante mismo de atravesar la compuerta.

Sin embargo, después me enteré de que la incubación de la Plaga de Titán en el cuerpo de un ser humano demora al menos seis horas... y ninguno de nosotros dos había estado en la Oro de los Tontos ni la mitad de ese lapso.

Si McKinnon finalmente se volvió loco, no fue por la Plaga. Hasta el día de hoy, no tengo idea de qué fue lo que lo trastornó, a menos que creyera que yo tenía la intención de escaparme con su nave, su chica y su maldita gloria.

Diablos, quizás era cierto.

Anoche, mientras estaba aquí en el bar, un muchacho nervioso —un peón de un carguero orbital, posiblemente con la credencial del sindicato todavía inmaculada— se me acercó tímidamente y me pidió un autógrafo. Mientras firmaba en la contratapa de su bitácora, me habló de un extraño rumor que había oído recientemente: el Capitán Futuro había logrado escapar de la Oro de los Tontos justo antes de que explotara. Según él, unos exploradores del cinturón interior informaron haber visto en sus pantallas una nave auxiliar... un nave auxiliar cuyo piloto, antes de que se perdiera la transmisión, respondió a las llamadas identificándose como Curt Newton.

Invité al joven con un trago y le conté la verdad. Naturalmente, no quiso creerme, y no lo culpo.

Los héroes no son fáciles de encontrar. Cada vez que aparecen entre nosotros, es necesario que los recibamos con los brazos abiertos. Pero hay que ser cuidadoso y elegir al tipo indicado, porque es muy fácil fingir que se es lo que no se es.

El Capitán Futuro ha muerto.

Viva el Capitán Futuro.


dedicado a la memoria de Edmond Hamilton


Nota del Autor: Aunque en estos días haya caído en el olvido, el Capitán Futuro era un personaje de pulp-fiction muy popular de los años '40. Creado por el editor de Better Publications, Mart Weisinger, durante la Convención Mundial de Ciencia-Ficción del año 1939, Curt Newton tuvo su propia revista durante varios años, y más tarde apareció en Startling Stories. En los años '60 se reeditaron varias novelas del Capitán Futuro en edición de bolsillo, pero desde entonces el personaje se ha ido perdiendo en la noche de los tiempos.

Este relato está dedicado al difunto Edmond Hamilton, autor de la mayoría de las aventuras del Capitán Futuro. Las citas extraídas de las historias originales del Capitán Futuro fueron utilizadas con autorización de los herederos de Edmond Hamilton.

El autor desea agradecer a la Srta. Wood, Julius Schwartz, Forrest J. Ackerman, Sam Moskowitz y Chuck Segal por su colaboración.


Título original: The Death of Captain Future
(c) Allen Steele, 1995
Traducción: Claudia De Bella



Allen Mulherin Steele nació en Nashville, Tennessee, el 19 de enero de 1958. Tras obtener una licenciatura en comunicaciones en el New England College y un Master en periodismo en la Universidad de Missouri, trabajó algún tiempo en diarios y periódicos de Tennessee, Missouri, y Massachusetts antes de optar por una carrera como escritor de ciencia ficción, actividad en la que se profesionalizó en 1988, luego de que se publicara su cuento "Live From the Mars Hotel" en Isaac Asimov's Science Fiction Magazine. Desde entonces, se ha convertido en un prolífico autor de novelas, historias cortas, y ensayos, y sus trabajos han aparecido en Inglaterra, Francia, Alemania, España, Italia, Brasil, Rusia, Israel, Chekia, Polonia, y Japón.

Ha sido nominado varias veces a los premios más importantes del género y ganó el Hugo a Best Novella con "The Death of Captain Future" (1996) y "Where Angels Fear to Tread" (1998). Su novela Descomposición Orbital (Orbital Decay; 1989) fue publicada por Ultramar en España. Su bibliografía en español se completa con los relatos "Motín de la Alabama" (Revista Asimov N° 1) y "Tiempo muerto" (Revista Asimov N° 3). Se trata de la edición de Megamultimedia.

Steele vive actualmente en Massachusetts occidental con su esposa Linda y sus dos perros.


Axxón 165 - agosto de 2006
Cuento de autor norteamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Espacio: Estados Unidos: U.S.A.)

            

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