CAMA FAMILIAR

Kit Reed

Estados Unidos

—¡Tenemos que irnos!

Como un ratón cuando el gato está afuera agazapado, esperando, mi hermana se arrebuja más. Tiene aliento a cacao.

—¿Por qué, si está tan lindo?

—Lo digo en serio, Beth. —Hundo el dedo en su flanco regordete—. Somos demasiado grandes para estar aquí dentro. Francamente, hay migas.

—Liiiindo. —Bethany, a quien mamá le puso ese nombre por algo que no sé, se sumerge en el sueño como una roca en la laguna.

Oh, claro que aquí está lindo. Demasiado lindo. Suave y tibio y seductor.

—Mamá, los otros chicos no se van a la cama a las...

—Shh, Sarah. —¿Puede una persona susurrar con voz de trueno? Mamá puede—. Nosotros somos los Dermott. Esto es lo que somos.

Los seis estamos, digamos, atrapados dentro de una idea que ella tuvo. Antes éramos siete, pero una noche Darryl salió y eso es todo lo que sé. Papá dice que Darryl está peleando por nuestro país en el Líbano.

—¿Sarah? —masculla el único hermano que me queda—. Cúbreme, compañera.

Mi corazón pega un brinco.

—Bill, no te...

Me tapa la boca con la mano.

Pero la palabra sale igual, con un pequeño resoplido:

— ...vayas.

Pero sí se irá. Bill acomoda las almohadas hasta darles forma de cuerpo, mientras mamá cierra el libro y apaga la luz con ese chasquido odioso, como si estuviera cerrando una tapa sobre nosotros. Durante el ritual de las buenas noches, Bill se escabulle como un hurón; afuera lo espera un coche: cinco chicos atractivos, riendo y susurrando, rumbo al centro comercial. Le agarro la mano.

—No vayas.

—¡Niños! —El siseo de mamá rompe la conexión entre nosotros. ¿Soy la única que oye a Bill serpentear por la alfombra? Afuera, el coche arranca y mi corazón va tras él. En el centro comercial hay muchachos, tipos apuestos y música fuerte. Azuzo a Bethany.

—No podemos seguir así.

Pero seguimos. ¿Nos ves en TV, nos ves en las revistas, los felices Dermott, sonriendo, sonriendo, sonriendo, y piensas "qué maravilloso, qué familia tan dulce, todos juntos, ahí en la oscuridad, qué vínculo tan cercano"?

Bueno, escucha.

Aquí, en la oscuridad.

¿Comprendes?

Las luces se apagan después del cacao de la noche, o sea, tengas o no tengas sueño. Nada de música a la hora de dormir, nada de I-Pod, nada de susurros; nada de retorcerse ni de tararear, por favor... me altera los nervios, ¿sabes? Nada de Gameboy, niños, y nada de TV, especialmente ahora, y definitivamente nada de charla después de la media hora destinada oficialmente para conversar, en la cual cada uno de nosotros tiene que decir algo bochornoso para lograr que se acabe, y en cuanto a llamadas por celular o mensajes instantáneos, olvídalo. Te castigan, o peor.

—¡Mamá, apenas son las nueve!

—Termina tu cacao. Son las nueve —dice con un tono de noticiero del Canal Cinco. Implacable, agrega lo que ya conozco de memoria— y sé dónde están mis hijos. Buenas noches, niños. Besos para todos. Mmm, ahora para ti. Mmmmm. Y para ti. Y para ti. —¿Nos está contando?—. Que duerman bien.

¡Mamá, tengo dieciséis años!

Qué hermoso, pensarás tú, pero sólo porque mi madre te ha lavado el cerebro. Tenemos la madre perfecta. Es lo que dicen todos por TV. Somos un fenómeno mediático: revistas, folletos de supermercado. Qué perfecto, piensas tú cuando ella se pone demasiado efusiva con los asuntos familiares, cosa que hace en todos los programas de aquí a la China. Ojalá nosotros fuéramos tan unidos. Acurrucados como conejitos en su madriguera.

¿Escuchas lo que estás diciendo?

—Unión familiar —dice mamá con esa sonrisa presuntuosa, perfecta, mientras papá asiente gravemente, mirando a la cámara que sea, siiiii, siiiiii—. Este es nuestro momento privado y especial.

¡Mamá, todos los que me interesan están en el centro comercial!

Pero tengo incrustadas rodillas, y codos, y talones de papel de lija en la cama grande y especial que papá hizo construir para nosotros cuando la súper grande nos quedó chica, seis Dermotts encerrados toda la noche. Juntos. Otra vez. Bueno, todos menos uno, y eso es lo que todos ellos ignoran, o sea: al abrigo de la oscuridad, el único hermano mayor que me queda ha escapado.

Todavía extraño a Darryl. Quiero a Billy y tengo miedo por él, bueno, un poco. Pero también estoy enojada. ¿Por qué tiene que acaparar toda la diversión? Va al centro comercial con la putita de Jacie Peterson; por lo que sé, van a tener sexo. ¿Y yo? Amo a Tommy. ¿Por qué no puedo...? Es por su propio bien, creo, pero me estoy mintiendo a mí misma.

—Mamá.

—Shhh shhh, Sarah, buenas noches.

—¡Mamáaa!

Ella posiblemente ya lo sabe. Se lo quitará de encima, igual que hace con todo lo demás que no encaja en su cuadro reluciente, es decir, fingirá que no está sucediendo. Cuando le agarro el dedo del pie, dice:

—Howard...

Papá planta un pie sobre mi hombro.

—Sarah, ya es suficiente.

—¡Pero papá! Bill está... —Sólo Dios sabe qué está haciendo y eso me está matando—. ¡Mamá, se fue!

—Querida, probablemente tenía que... —Pausa embarazosa—. Ya sabes.

—¿Hacer pis? Eso es pura mierda y tú lo sabes. Él está...

—¡El vocabulario!

De todos modos, continúo:

—...en el centro comercial.

Así que ella tiene que enfrentar la verdad.

—No por mucho tiempo. ¡Howard!

Papá bosteza.

—No te preocupes, querida, volverá. Que duermas bien.

—¡Howard, dije! —Cuando usa ese tono me hace cagar de miedo.

—¡Mamá, estaba bromeando! —¿Qué te he hecho, Billy?

Papá emerge en medio de un penacho de mantas, como Moby Dick lanzando agua.

—¡Está bien, está bien!

Al minuto de haberlo hecho me siento mal. Es después de Apagar la Luz, así que no vemos a mi padre vestirse. No vemos lo que saca del cajón y abrocha a su cinturón, y en realidad no sabemos qué hará cuando atrape a Bill; solamente sabemos que ya ha ocurrido antes, y que Bill vuelve a la cama alterado pero no cambiado. Ocurre y nunca hablamos de ello. Nunca hablamos de nada malo. Echaría a perder el show. Papá se calza las botas: tum.

Salto de la cama.

—Papi, voy contigo. —Tengo que salvar a Bill de alguna manera.

Mamá me arrastra hacia atrás tirándome del pelo.

—Afuera es una jungla.

—¡Pero tengo que colaborar!

—No es seguro.

—¡Mamá! —Quiero pegarle o gritarle que son mentiras, pero en nuestra familia no se grita ni se pega. No nos dejan lloriquear—. Todos los demás chicos...

—Acuéstate. Como premio especial, leeré otro capítulo.

El mes pasado fueron El Progreso del Peregrino y Moby Dick. Tiene una voz grandiosa para leer, pero los cuestionarios que vienen después son difíciles. Esta noche es Don Quijote, luego de lo cual reitera las buenas noches y apaga la luz, luego de lo cual se espera que nos quedemos acostados y quietos hasta que el sueño venga a rescatarnos, al menos por ahora.

Como si una persona pudiera dormir con Bill desaparecido y papá allá afuera, armado con Dios sabe qué. Además, Beth me está clavando el codo en la teta izquierda y papá me raspó el cuello con la uña del pie cuando salía. Mamá cambia las sábanas todos los días, así que nunca hay manchas de cacao, pero sigue habiendo migas. Probablemente, esto de la cama era lindo cuando éramos bebés, pero... ¡mamá! Para peor, tú y papá acaparan las almohadas, con el bebé, Ronnie, metido en el medio. Sólo Dios sabe cuándo tuvieron sexo ustedes dos.

Por el bien de mi madre, dormimos en el vientre de la bestia. ¿Y a cambio de nuestra libertad? Somos famosos en la TV.

Mañana, Vandella LeSpire grabará el programa Dentro de Todo desde nuestra cama. Para prepararse, mamá se encrema la cara hasta las orejas y se peina con apretadas hileras de trenzas, cuyos abalorios y adornos, si me permites decirlo, son bastante poco originales. O sea, se le ve el cuero cabelludo y su pelo está gastado de tanto teñirlo de rubio. Se supone que las trenzas son para demostrar que lo que estamos haciendo es muy de avanzada, o sea: en esto de la Cama Familiar no hay nada retro. Mamá quiere que la gente nos vea por TV y diga "qué maravilla". Qué buena madre es, hacer eso por sus hijos. Mira qué protegidos y felices están, estrechando lazos en la Cama Familiar.

¿Ya mencioné que es así como la llama? Cama Familiar. También conocida como Sueño Compartido. Cualquier cosa con tal de usar un eufemismo para esta cárcel mullida. ¿Y te estás preguntando cómo puede ser que una alumna de décimo grado como yo conozca palabras grandes, largas y arcanas como "arcanas" y "eufemismo"? Mañana oirás a mamá explayarse (¡otra palabra, y otra más!), enfrentando la cámara solemnemente, con esas trenzas tirantes que ejercen el efecto de un mini-lifting que supuestamente la hace parecer más joven: "La Cama Familiar es un magnífico constructor de vocabulario", dirá, cuenta con eso. "Además de la sensación de seguridad. Mis hijos nunca dudan de ser amados".

Luego citará la Biblia. Yo he leído y leído a ese San Lucas y todavía no lo entiendo: Y entonces el que está dentro responde: "No me molestes. La puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme a darte nada".

A mí me suena bastante egoísta.

Mamá dirá que nosotros, los Dermott, le debemos nuestros cálidos corazones y nuestro fantástico vocabulario al execrable tiempo íntimo, el que nos cambia la vida, que pasamos en este paradigma, mi prisión: la Cama Familiar.

¿He mencionado los pedos y los raspones, el nerviosismo que surge cuando estás acurrucado con tu papá y tus hermanos y alguien desaparece? ¿Dónde está Darryl, a todo esto? Para no hablar de las migas. Puede parecerte superficial, pero... santa Cremora, cuando se pinte el último cuadro de la Tierra, habrá migas.

Más tarde. Papá arroja a Bill a la cama con un empujón. Escucho sollozos comprimidos. Le toco el hombro y se sobresalta. ¿Es sangre seca? Espero hasta que estén dormidos. Luego murmuro:

—Billy, perdona.

—¿Sabes lo que me hiciste? —Su voz es un ronquido seco.

—Oh, Dios, Bill. No sabía que él iba a...

Entonces me asusta:

—Darryl no fue el primero, sabes.

—¿Qué?

—Eras muy pequeña para recordarlo. Howie —dice—. Howard Junior. No sigas pensando que él fue el primero.

—¿El primer qué, Billy? ¿El primer qué?

Pero mamá está inquietándose y él me tapa la boca.

—Esta noche me dieron el ultimátum —dice en tono normal, porque ya no le importa lo que suceda. Entonces papá se aclara la garganta y, en vez de terminar, Bill rueda hacia un lado con un pequeño gemido; me da la espalda y allí termina todo. Pero dice, como si quisiera que ellos lo escucharan—: Sólo me tienen aquí por el programa.

Es tan raro estar aquí sentada, en pijama, bebiendo cacao a mitad del día.

—Comenzó —le está diciendo mamá a Vandella LeSpire— cuando Bill era chiquitín. —¿Vandella no está sorprendida de encontrarnos a todos metidos en la cama en pleno día, sólo para grabar este programa? ¿Esta mujer no ve lo rara que es la sonrisa de mamá?—. Me encantan los bebés, son tan pequeñitos e indefensos, y adoro tenerlos cerca. —La voz de mamá es suave y acogedora, como si ya fuera hora de irse a dormir—. Billy es mi hijo mayor, como usted sabe.

Espera un minuto. ¿Y Darryl? A los chicos no nos permiten hablar por TV. Hay cosas que no he contado, como por ejemplo que no nos dejan acercarnos al sótano, lo cual, a decir verdad, no tengo para nada en claro, o que cuando amaneció vi que Bill tenía marcas de azotes en la espalda.

—Siempre será mi bebé —dice mamá, mientras, a mi lado, Billy rechina los dientes hasta que se le parten los molares—. ¿No somos todos bebés indefensos en este mundo? Mi chiquito y dulce Billy, solo en una cuna enorme y oscura... claro que lloraba, ¿no lloraría usted? —La voz de mamá es profunda y suave—. Lo traje a la cama con nosotros y fue hermoso. Así que, como ve, ese fue el principio. Cuatro hijos hermosos, todos dormimos juntos, y eso es lo que nos mantiene unidos.

Mascullo:

—¿Y Darryl, mamá? Pero...

Peor aún, Billy gruñe:

—¿Y Howie y ellos?

Mamá nos empuja hacia abajo. Luego le dedica a Vandella esa sonrisa de madre, falsa, luminosa.

—¡Amo tanto a mis bebés!

Vandella piensa antes de preguntar:

—¿Qué sucede cuando crecen, Sra. Dermott?

Mamá es como un faro que irradia amor resplandeciente.

—Siempre serán mis bebés, no importa lo que pase. —Pellizca a Bill en la mejilla. Es obsceno—. Tan chiquitines, indefensos y dulces.

Escudados con rimmel de calidad profesional, los ojos de Vandella se humedecen con la idea. Todas ustedes, pobres mujeres con bebés, ven a mi madre y se sienten inadecuadas. ¿Y nosotros? No pregunten.

—Este es nuestro momento crucial de unión —le dice mamá a Vandella con ese tono dulce y uniforme que significa "compra esto o morirás" —. A las malas madres no les importa lo que les ocurra a sus hijos siempre y cuando estén callados. Las buenas madres cobijan a sus hijos en la Cama Familiar.

Fenómenos. Nos ha convertido en fenómenos.

En la escuela, al día siguiente de uno de estos programas, viene el ritual de esquivarnos. Para Bethy y Ronnie (¿ya dije que el "bebé" Ronnie está en primer grado?) también está el ritual de ponerles apodos, seguido del ritual de pegar goma de mascar en el pelo de ella. Las madres pueden creerse toda esta mierda porque la maternidad hace que las mujeres se sientan ansiosas e inadecuadas, pero los chicos... los chicos ven las ojeras oscuras que tienes en los ojos y lo saben. Reconocen la mirada asustadiza y la palidez de frustración que ocasiona el tiempo pasado en la Cama Familiar, donde no hay discusiones y nadie tiene la noche libre. "¡Si papá y yo tenemos que quedarnos aquí todas las noches," nos dice mamá, y yo siento el borde afilado de su resentimiento, "lo menos que pueden hacer ustedes es quedarse aquí y estar contentos!".

Pero nada de esto se transmite a Vandella, que no puede ver más allá de las sonrisas forzadas de nuestras caras relucientes, y nada de esto se filtra al interior de la niebla rosada que ocluye las mentes de las madres novatas, que tienen tantas ansias de hacer todo bien que harían cualquier cosa, incluido algo tan monstruosamente erróneo como esto.

Cuando tenga edad para ir al psiquiatra, tendré una cosa que agradecerle a mi madre: suficientes palabras para expresar lo que nos ha hecho. Es decir, si vivo lo suficiente para conseguirme un psiquiatra.

Entonces mi hermano Bill se apoya sobre los codos, haciendo muecas para atraer la atención de Vandella. Papá ya tiene un codo enganchado alrededor de su cuello, así que solamente escucho lo que sale:

—Pregúntele de los otros.

Y, más rápido de lo que puedo contarlo, Bill desaparece. Fingiendo que están enlazados en un abrazo padre-hijo, papá lo empuja bajo el acolchado de duvet gigante que nos cubre a todos. Vandella es extremadamente cortés. Promete sacarlo de la grabación en la edición, antes de que salga al aire, pero tengo mis sospechas. ¿Esta gente no miente a veces, para conseguir la historia que quiere? Vandella nos agradece y dice que regresará el jueves para terminar en vivo, en su programa de la mañana temprano, entrevistando a los felices Dermott mientras van saliendo de casa. Mamá ya ha seleccionado nuestro vestuario para el programa.


Billy se fue. Cuando nos despertamos, no estaba. Hoy mis hermanas y yo tuvimos que ponernos e-pulseras de rastreo para ir a la escuela, con calcetines de angora estirados hasta arriba para esconder el bulto: un paso en falso y el chillido de dolor podría reventarle los oídos a un león de piedra. Cuando esta noche nos fuimos a la cama, nadie nos los quitó. Billy se fue y mamá está embarazada otra vez. O lo está pensando. Los oigo hablar por la noche. Cuando me levanto a hacer pis, golpeo algo afilado.

—¡Arrrggg!

—¿Qué pasa, Sarah?

—¡Estaba yendo al baño! —Alambre cortante rodeando la cama.

—Papá te llevará —dice mamá. Usa su voz especial, la que hace pudrir el acero inoxidable—. ¡Howard!

—Primero Bill y ahora alambre cortante. ¿Dónde está Billy, además?

Mamá jadea como si le hubiera preguntado dónde están los extraterrestres del espacio.

—¿Quién?

Dejo que papá me lleve por una abertura en el alambre y me acompañe al baño. Intercambio buenas noches adicionales para demostrar que he regresado a la Cama Familiar, pero estoy pensando. Estoy pensando intensamente.

Billy está en algún lugar de la casa, lo sé. Esta mañana, cuando me levanté, descubrí uno de sus zapatos espaciales hiperbólicos debajo de la cama, y no estoy tan segura de mamá y papá, pero conozco a mi único hermano mayor. Billy no sale de casa sin sus zapatos espaciales hiperbólicos. Un mensaje para mí, pienso cuando lo encuentro. Es un mensaje para mí. Dentro hay un pedazo de papel. Letras de molde, escritas con el rotulador amarillo de Billy. NO LO BEBAS.

Tengo miedo, pero estoy entusiasmada. Billy puede haberse ido de la Cama Familiar, pero sé que está en algún lugar de la casa. Lo han puesto en el Solitario o algo así, y lo único que debo hacer es descubrir dónde. Lo liberaré y escaparemos juntos, él y yo.

A todo esto, ese chico de la escuela, Tommy, del que estoy enamorada... también me ama. Lo que yo soy en Arte, él lo es en Oficios, lo que significa que es un genio de la electrónica. Desactiva mi e-pulsera con su PDA. Todavía la llevo puesta, o sea que cuando me presento en la Cama Familiar prontamente, a las 8:30 de la noche, nadie se da cuenta de que ya no funciona. Finjo pedir el teléfono y luego le dedico a mamá un gratificante chillido para demostrar que ella me ha puesto en mi lugar. Esquivo diplomáticamente el cacao y trato de no quedarme dormida durante Don Quijote. Me acurruco con Beth y Ronnie, al que han trasladado a los pies de la cama para hacer espacio para el nuevo bebé por venir.

—Buenas noches. —Mamá está más rosada que una gruta llena de Vírgenes. ¿Ya está embarazada? Está dulce, más dulce que nunca—. Ahora, que duerman bien. Quiero que mañana se vean de lo mejor. Recuerden, vamos a estar en el programa de Vandella.

Nos va a entrevistar a los seis... eh... a los cinco, a los felices Dermott, bajo el brillante sol, aunque yo ya sé que nosotros, los chicos, nunca podemos hablar. ¿Y Billy? Está peleando por nuestro país en Irán.

Los amo más cuando todavía son bebés, dice mamá, tan pequeñitos, indefensos y dulces.

Va a ser una noche muy larga.

Antes de que papá se duerma, lo hago llevarme al baño de nuevo. He visto la abertura en el alambre cortante a la luz del día, pero necesito saber cómo navegar por allí en la oscuridad. Realmente no necesito hacer pis. En vez de eso, meto la cabeza debajo del lavabo. Muy silenciosamente, golpeteo los caños del baño. Clinki, clink. Aguanto la respiración. Entonces lo sé. Lo único que debo hacer es seguir la cañería hasta el sótano. Ese es Bill, respondiéndome desde alguna parte de las profundidades, debajo de la casa: clinki, clink.

Dejo que papá me lleve de vuelta a la cama. Luego espero. Hay algunos movimientos debajo de las mantas: mamá. Hay algunas quejas: papá. Ella debe estar ansiosa por conseguirse ese lindo bebé nuevo.

Puajjj. Quiere que él lo Haga con ella esta noche, aquí mismo.

—Esta noche no —dice papá. —Después usa la voz motivadora—. Quieres estar bonita para el público de mañana, ¿verdad? Piénsalo: Dentro de Todo. Nosotros, en vivo, TV global.

Horrible lo que le dice ella a continuación. Me meto Kleenex en las orejas y espero a que los padres se callen. En realidad, no es difícil salir de la cama una vez que te decides a hacerlo; ese no es el problema. Es muy difícil lo que tengo que hacer después.

Tengo que forzar la puerta del sótano. Está claro que es allí donde lo tienen, porque es la única parte de la casa, aparte de la sala (¿ya mencioné la alfombra blanca de pared a pared o las fundas de plástico transparente de los muebles blancos?) donde los chicos tenemos prohibido ir.

Por la noche, la cocina es un sitio tenebroso. Haces de luz de luna lustran el suelo inmaculado de mamá. Naturalmente, supongo que la puerta del sótano estará con llave, pero, sorpresa, no está muy cerrada, sólo está cerrada como para "abrirla con tu tarjeta de crédito". Hago eso con la tarjeta Discover descartada de papá. Cuando mamá decidió que estábamos gastando mucho se la quitó y yo, de casualidad, vi dónde la ponía. La saco de abajo del paño Rubbermaid que está en el cajón de los cubiertos de la cocina, que también es donde mamá guarda su linterna Maglite. Qué bueno.

Cuando deslizo la tarjeta Discover por la puerta y ésta se abre, estoy esperando que el sótano huela mal, no sé por qué, sólo por la impresión que causaría, supongo, todo eso. No bajen allí, chicos, de lo contrario...

En cambio, el aire huele a flores. A flores y, según resulta, al sudor de mi hermano. Apunto la Maglite a todos lados; aquí abajo el lugar es más grande de lo que pensé. Al final de la escalera, susurro:

—¿Bill?

Lo localizo por el sonido. Es el sonido que uno hace cuando tiene la boca tapada con cinta adhesiva.

—Dios mío, Billy, ¿qué te han hecho?

Lo encuentro en la entrada de la cámara que está debajo de nuestra sala; lo han atado a un poste con cinta. Está amarrado al poste, y en la habitación del sótano que está detrás de él hay una cama que se parece mucho a la nuestra y la luz de mi Maglite es tenue, pero puedo discernir que hay figuras en la cama y que están sonriendo, sonriendo, parecen réplicas de cera de... ¡Darryl!... ¡Darryl!... y dos personas que no reconozco.

—¿Billy, qué pasó?

Hace una mueca. Le arranco la cinta de la boca y jadea.

—Pensé que nunca vendrías.

Lo más rápido que puedo, comienzo a desatarlo, caminando y caminando a su alrededor mientras la cinta se separa de su cuello, de sus hombros. Cuando sus brazos quedan libres, me detengo.

—¿Qué está ocurriendo? ¿Qué es eso? —Estoy mirando a la cama.

—Ah, eso —Me dedica una sonrisa extraña—. Se ven perfectos, ¿no?

—¿Qué son? ¿Por qué estás aquí?

Bill sonríe con su cálida sonrisa de Billy:

—Todavía no me hicieron nada.

—Pero te ves terrible.

—Cuando lo hagan —dice, y me aterra— me veré como ellos.

Echo un vistazo al trío de estatuas o lo que sean. Tan bonitas, acostadas en la cama, tan quietas.

—¿Qué, Bill? ¿Qué?

—Ya te lo dije, todavía no me hicieron nada.

Ahora que lo pienso, las figuras de la cama no parecen estatuas, se parecen más a mi abuela en su ataúd. Perfectas. Brillantes. Limpias. Me muerdo la muñeca.

—Oh, Dios mío. ¿Qué vamos a hacer?

—No te preocupes —dice mi hermano Bill, el valiente Billy—. Sabía que pasaría esto. Tengo un plan.

Escucho ruidos en otro lugar de la casa, o pienso que los escucho. Imagino a mamá tanteando para encontrarme con sus pies callosos, imagino su pie derecho dibujando una línea en la sábana vacía, en mi sector de la cama. Podría jurar que la oigo gruñir Howard... espero el ruido aterrador de papá poniéndose las botas. Lo imagino cruzando el dormitorio ahora, sacando el pistola aturdidora de la cómoda; pienso que lo oigo bajar ruidosamente las escaleras... y después de que me encuentre, ¿qué sucederá? Mi cara se pone blanca hasta los nudillos; te aseguro que me estoy volviendo loca.

—¿Qué vamos a hacer?

—Cálmate —dice él. Los brazos de Bill están libres y él continúa desatándose, pero no puede agacharse lo suficiente para liberarse las piernas y pies—. Primero tienes que bajarme.

A pesar de que estoy cagada de miedo de que nos descubran, hago lo que él dice. Enciendo la lámpara del techo y, como me indicó, desato la cinta adhesiva. Como me indicó, comienzo por los pies. Deben haber usado como cuatro kilos. Estoy tardando una eternidad de desenrollarla, y cada vez que paso por detrás del poste tengo que mirar a la cama y a los tres no sé qué que están allí acostados, en perfecta paz, y tengo tanto miedo que mi murmullo suena más como una respiración dificultosa:

—Ya vienen, lo sé, van a atraparnos, y cuando nos atrapen nos pondrán en esa cama con el pobre Darryl y... ¿quiénes son los otros dos?

—Howie, creo. —Estábamos susurrando, pero de repente Bill está hablando en tono normal—. Y Duane. ¿Sabías que teníamos otro hermano mayor?

—Shh, ¡te oirán!

Demasiado fuerte. Está hablando demasiado fuerte.

—Creo que el tercero es Duane.

Estoy temblando, frenética.

—Billy, cállate, nos oirán. ¡Apúrate, ya vienen!

Pero, con esa sonrisa suya, mi hermano simplemente sigue despegando la cinta.

—No —dice—. No, no vienen.

—¿Cómo lo sabes?

La sonrisa se transforma en una mueca asombrosa, alegre.

—¿No bebiste el cacao, verdad?

El inteligente Bill. Mi hermano, el genio.

—¿Cómo...?

—Te dije que sabía que pasaría eso. Ayer, antes de que ellos se levantaran, adulteré la mezcla de cacao.

—Billy, no los habrás matado ni nada de eso...

—¿Quién, yo? —Mi hermano sonríe, sonríe; no puede parar—. Diablos, no. Son mi familia. Están durmiendo como conejitos, o ratoncitos, en su dulce nidito. Ahora apúrate —dice—. Tenemos mucho que hacer antes de que llegue el personal de Vandella a disponer todo para la filmación.



Ilustración: Pedro Belushi

Así que tenemos mucho que hacer, pero gracias al horario de acostarse de las 9 de mamá, tenemos mucho tiempo para hacerlo. Cuando Billy y yo subimos a la cocina apenas es medianoche. Es que el tiempo pasa tan mortalmente lento cuando estás acostado y despierto en la oscuridad... Lo primero que hacemos es tirar el resto de cacao en polvo en el Desechador y encender todas las luces de la casa... bueno, salvo la del dormitorio, donde los cuatro felices Dermott disfrutan de un sueño profundo y drogado. Por la mañana tenemos que arrastrar a nuestra familia dormida al piso de abajo y afuera, a través de las puertas francesas de la sala, y luego trasladar lo que yo supongo que son los restos de nuestros tres hermanos mayores, —¡Duane, apenas te conocimos!— desde el sótano y acostarlos junto a los otros en el césped, pero antes de hacer todo eso, sacaremos todas las sábanas y mantas de la cama súper-grande que papá nos hizo construir especialmente, porque el colchón es demasiado pesado y no podemos moverlo. Extenderemos las sábanas y mantas en el jardín del frente para hacer un simulacro —¡te debe encantar este vocabulario!— de la cama. Allí es donde la gente de la TV encontrará a mamá y a sus "siempre serán mis bebés", todos ellos dulces y limpios y dormidos, abrigados bajo el duvet, con las cabezas sobre las mullidas almohadas, afuera, a plena luz del día, justo delante de la casa. Cuando Vandella venga para la transmisión en vivo, tendrá tantas preguntas para hacerle a mamá sobre los tres hermanos mayores o lo que queda de ellos, tendrá tantas preguntas sobre lo que mamá y papá les hicieron a Howie, Darryl y Duane y sobre cómo los procesaron para mantenerlos dormidos como bebés, que no advertirá la ausencia de dos niños Dermott vivos. O sea, una vez que terminemos de acomodar todo, Bill y yo escaparemos con la tarjeta Discover de papá.

Saldremos de este paradigma, de nuestra prisión, de esta gran institución norteamericana que las madres de todo el mundo temen y admiran, y que —en el transcurso de una sola transmisión— llegarán a execrar. No saldrán a buscarnos a Billy y a mí. Menos después de que vean a esta herramienta ostensiblemente maravillosa de la maternidad expuesta como lo que es. Mamá acostada a plena luz del día con papá y sus bebés, exactamente como ella los quiere. Inertes.

Seguros y obedientes. Acurrucados en la Cama Familiar.


Título original: "Family Bed"
© 2004 - Kit Reed
Traducido y publicado con autorización de la autora
Traducción: Claudia De Bella © 2006.


Kit Reed nació en California, Estados Unidos de Norteamérica, y vivió en London, Connecticut, Washington D.C., St. Petersburg, New Haven, Middletown y varios otros lugares. Los lectores hispanos la identifican como cuentista, ya que casi toda su ficción corta que se publicó en nuestro idioma entra de lleno en esa categoría. "La espera" (1958), "El tigre automático" (1964), "En la colonia de huérfanos" (1964), "La parra" (1967), "Winston" (1969), "Los días del perro" (1971), "Shan" (1978), "El perro de la verdad" (1986) son excelentes muestras de los relatos que escribe. Lamentablemente están dispersos en revistas y antologías y tampoco han sido publicadas en castellano sus novelas, una docena. No obstante, está a punto de aparecer en España la última que escribió, The Baby Merchant (2006), por lo que esa omisión comenzará a ser reparada. La prosa de Kit Reed es incisiva, sus relatos sombríos; parece preferir la descripción de los horrores que se agazapan detrás de apariencias inocentes a las acuarelas frívolas y conformistas. Es, en síntesis, una escritora dura.


Axxón 166 - septiembre de 2006
Cuento de autora norteamericana (Cuentos: Fantástico: Terror: Humor Negro: Estados Unidos: U.S.A.)

            

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