LA BALA QUE FALTA

Pedro Félix Novoa Castillo

Perú

"Las órdenes se cumplen,
sin dudas ni murmuraciones".
Lema militar


Borges lo dijo, y creo que sería una crueldad innecesaria repetirlo: los militares que comienzan a pensar, están dejando de ser militares. Pero no lo he dicho. Lo he pensado mecánica, libre, pérfida y hasta criminalmente. ¿Cómo una bala perdida? No sé, creo que podría ser así o algo peor que eso. El soldado Eléspuru acarició su FAL con un amor enfermo, de esos perturbados que nacen del odio, de la desesperación, del desconcierto. Su puesto de guardia estaba incrustado en un pequeño morro; parecía una especie de asteroide escupido con asco desde el cielo, y que se había enroscado tercamente en la punta de una protuberancia geográfica. ¡Qué estupidez! Los morros son los primeros blancos que se tumban, renegó recordando las clases de ataque israelita cuando estaba en la escuela de infantería de marina. Buscó un cigarrillo; el fusil al hombro era una carga acostumbrada, un compañero silencioso que estaba allí para cualquier cosa. Para la defensa, la destrucción y también para la autodestrucción, si razonable o absurdamente fuera necesario. El viento traspasó el pasamontañas y trajo consigo el recuerdo de esa docena de sondas que alguna vez determinaron que sería un eficiente soldado mechanicpara siempre. ¿Para siempre? Eso es mucho tiempo, je, soy como un fusil, pensó. Estoy aquí para matar, para que otra mente —necesariamente un electronic— me diga hacia dónde apuntar y disparar. No importa la forma, ni siquiera el fondo. Importa lo que tengas o aún tengas en la cabeza. Esas cosas explosivas que siempre suelen quedar en algún lugar de nuestras mentes como la sombra de algo bello que duró mucho o poco, o que simplemente estuvo allí por descubrirse y que por no llamarlas de algún modo, terminamos negando o simplemente olvidando y sólo las volvemos a tener cuando ya no se pueden evitar: indóciles, salvajes, subversivas. Entonces se destruye un espacio, un tiempo y luego la nada envuelta en humo, en ruido. Un ruido blanco que nos estira hasta reventarnos como en el primer orgasmo. Y todo, absolutamente todo, explota. El recuerdo se disipa y sus esquirlas de acero nos hieren detrás de los ojos, del pasado. Y sin ser fusiles FAL, conservamos cosas maravillosas en nuestras recámaras además de proyectiles atascados. Aspiró del cigarrillo e imaginariamente detonó una bala al lado derecho de la sien. El tabaco era malo, pero era mejor que nada a esas horas: tres de la madrugada, en el puesto numero siete, el más puerco de la base naval de Arica.


Mientras el proyectil entraba, pensó en Yolanda, en las mentiras que le había dicho tan sólo para llevarla a la cama. Lamentó que el recuerdo y el humo del cigarro sean tan nocivos para un mechanic en estas circunstancias, en realidad en cualquier circunstancia. Tenía la imagen de los ojos tristes de ella; su piel cobriza, el cabello semiondulado. Era casi negra, prieta. Amaba a esa mujer, sus enormes caderas y ese trasero que la volvían sencillamente eterna para sus manos, para sus ojos, y para todo lo que había por debajo y encima de su memoria. Recordó cuando le dijo algo que ahora resultaría menos que irónico: seré del lugar donde estén tus ojos. La vida le había hecho una emboscada por el lado más vulnerable de su existencia: se la habían llevado hasta la capital del Imperio. Es que tú no quieres ser nada en la vida, había dicho. ¿Quieres quedarte para siempre en la infantería de marina como mechanic, ganando la quinta parte de lo que gana un basurero en la Metrópoli? Sí, sé que no es sólo el dinero. Son las oportunidades. ¡Las miserables oportunidades que puedan presentarse a un mechanic! A lo lejos, la patrulla de cambio de guardia llegaba arrastrándose como un viejo saurio en el desierto.


El teniente era un electroniccomo todos los tenientes de cualquier ejército del Imperio. Tenía un emblema dorado en el pecho. Era un sol radiante. En las solapas, dos cordones púrpuras indicaban su grado. El soldado Elèspuru arrojó de inmediato el cigarrillo a medio consumir y acomodó como pudo un destartalado saludo militar que se le estaba cayendo del rostro. El teniente llegaba acompañado de cinco mechanic: tres fusileros, un granadero y un radio transmisor. Soldado, dijo sin emoción contestando el saludo con un flácido movimiento, entregue las consignas y las novedades. Lo miró con ojos entre severos y aburridos. Sin novedad, mi teniente, respondió el soldado Elèspuru aún acabando su saludo inicial. Desenroscó una sonrisa que en vano buscó respuesta. Continúe en su puesto de guardia, y deje de fumar soldado.


La patrulla continuó su recorrido reptil hacia el siguiente puesto de guardia. El soldado Eléspuru siguió encima del morro, resignado al destino de las siguientes tres últimas horas de guardia. Buscó lo que quedaba del cigarrillo. Lo rearmó con la convicción de adicto consumado y lo volvió a encender. Aspiró hondo, contuvo el humo y lo paseó por el techo de la garganta. Sus fosas nasales bailaron dentro de ese sahumerio de tabaco. Logró reanimarse un poco. Tuvo el atrevimiento de sonreír. Sabía que los enemigos no irían a venir a estas horas, ni siquiera la patrulla. Decidió recostarse, y buscó algo blando para usarlo como almohada. Se acostó. Buscó el sueño y el sueño lo encontró a él, en una posición fácil. Lo acribilló en medio de la frente y fue la ficción lo único que quedó en su mundo.

Eran dos seres. Uno de oreja puntiaguda, visión concentrada y una especie de monitor de computadora como cabeza. Carecía de pupilas y esto agregaba a su mirada un tono de ausencia perversa. Los músculos del rostro eran rígidos y en su conjunto parecía muy avejentado. En la pantalla de la computadora estaba la imagen de una zanahoria. Representaba la vida sana, dentro de un cerebro robusto que parasita el resto del cuerpo que aprisiona: con su peso, con su importancia. El rostro de aquel ser adoptó las fisonomías de todos los electronicque se le habían aparecido en su vida. El carrusel de rostros se detuvo en el de su actual teniente.


Ilustración: Germán Amatto

El otro tenía los ojos clausurados, quizá reventados a golpes por lo inflados que estaban. No tenía propiamente una cabeza, sino una especie de engranaje mecánico, movido por dos ruedas: una grande y la otra pequeña. Este mecanismo hacía funcionar un soporte en forma de palo de horca, con el cual se podía coger todo tipo de cosas y llevarlas de un lugar a otro. Los rostros también variaron, pero de una manera sutil, casi imperceptible. Las imágenes que aparecían eran en realidad las mismas. Al igual que el anterior ser, éste también parasitaba el resto del cuerpo. Pero lo hacía de una manera infeliz, lamentable. Sufriente. El soldado Elèspuru pensó: todos los mechanictenemos el mismo rostro por dentro. El pellejo que está encima es un camuflaje mal llevado que no representa nada.


Despertó. Tenía al frente la silueta de algo que crecía en contrapicado. No pudo verle el rostro, porque un inesperado y furioso sol lo opacaba a contraluz. ¡Levántate, pedazo de mierda!, ordenó. Reconoció la voz familiar del teniente y una bota que se le hundió en las costillas. No gimió, logró negar el dolor y se incorporó. Descompuso su rostro con un bostezo. Disculpe, me había quedado dormido, logró decir. Entregó el fusil. El teniente lo revisó cuidadosamente. Falta una bala, advirtió. El soldado Eléspuru puso cara de desconcierto. Revisó una y otra vez sus bolsillos. ¿No habrá visto mal?, dijo como quien da su primer paso en un campo minado y se aferró a esta posibilidad para no explotar de un momento a otro. Sin saber por qué, se sintió desolado. Sintió que había fallado como soldado, que, irresponsablemente, había soñado.

El teniente hablaba con su acostumbrada voz desprovista de emoción. El sol atrás de él le seguía desdibujando el rostro. ¿La bala que falta, no habrá sido la que le ha destrozado la cabeza a ese pobre infeliz? El soldado Eléspuru miró hacia donde, efectivamente, había un hombre reventado. En vez de sesos, una especie de engranaje mecánico y dos ruedas de distinto tamaño se desparramaban por el suelo.



Pedro Félix Novoa, un peruano de 32 años que nació en Lima y ha publicado en su país, Chile y España. Fue finalista del Concurso Internacional de Cuentos de Ciencia Ficción del Fanzine Fobos con dos cuentos que se publicaron en Púlsares 2004. En Axxón N° 159 apareció su relato "Lápices lacrimales".


Axxón 166 - septiembre de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Guerras: Perú: Peruano).

            

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