LA TRAMPA

Fernando José Cots

Argentina

I

El General observaba con atención una de las dos pantallas en compañía de su Estado Mayor. En la otra pantalla, el rostro del Coronel Baker mantenía la actitud reservada del caso.

La primera pantalla mostraba una carta escrita en correcto inglés. Un inglés académico, propio de quien no nació hablándolo.


Al General Sir Lionel Bors

Comandante en Jefe de las

Tropas Británicas de Ocupación:

Posiblemente le sorprenda esta carta de su enemigo, sobre todo de un enemigo que está a punto de ser derrotado; no obstante, consideré necesaria esta comunicación.

Usted es comandante de la tropa de lo que fue un Imperio, pero que ha podido, con cierta dignidad, conservar la sombra de sus glorias pasadas.

Hoy se presenta como "aliado" —una forma elegante de decirlo— de una horda analfabeta y sanguinaria comandada por sus primos, que los mantienen a su lado tal vez con el afán de dar cierta respetabilidad a sus actos.

Pero bien sabemos que sus aliados han cometido crímenes atroces, cuya sola mención empalidecería los crímenes de los legendarios Nazis de hace casi cien años.

Le confieso, General Bors, que no estamos en condiciones de ganar la guerra, si se puede llamar guerra a esta ocupación infame que sus primos han hecho de mi querido país. Esperamos ser derrotados, pero no vencidos; aniquilados, pero no prisioneros.

No somos suicidas. Nuestro último acto de resistencia, que estamos preparando para lanzar en breve tiempo, causará un daño grande en la cabeza de nuestros invasores. Aunque el sacrificio sea grande.

No impedirá eso, por supuesto, que las maquinarias de sus empresas saqueen sin piedad nuestro territorio. No nos necesitan ni siquiera como esclavos, así que nada tenemos que perder.

Pero no somos dementes.

Hay, entre nosotros, un grupo de niños. El mayor tiene doce años y otros apenas caminan. Los cuida un escaso grupo de mujeres, algunas de edad avanzada. En conjunto, no llegan a un centenar de personas. Ninguno de ellos merece morir.

Por eso apelo a usted, General Bors. Dentro de la horda que nos ocupa, ustedes los ingleses son un poco más confiables que los demás; creemos que conservan aún cierto sentido de civilización.

Este grupo, desarmado e indefenso, se entregará a usted mañana en la localidad de San Julián, cerca de la costa, donde ha anclado su flota.

Les pedimos que los protejan, si es que todavía tienen algo de poder.

Se despide de usted para siempre,


              Nahuel Milla
Presidente del Consejo de Resistencia.


El General terminó la lectura y volvió a mirar la imagen del Coronel Baker en la pantalla.

—Interesante. Muy interesante.

—General Dougherty, espero sus órdenes para saber si debo dejar que esta comunicación llegue al comandante inglés, o no. Estamos en el límite de la demora. Si la recibe tarde, sospechará.

—Usted es de Inteligencia, Coronel Baker. ¿Qué sugiere?

—Sugiero que la dejemos llegar, General. Y que el inglés decida qué hacer.

—¿Y si decide aceptar?

—Vigilaremos el encuentro por satélite. Si descubrimos de dónde viene el grupo, podremos descubrir el centro de operaciones del enemigo. No obstante...

—¿No obstante?

—Es posible que el movimiento haya sido coordinado. Que los refugiados ya estén esperando una señal, pero que sus jefes no estén con ellos.

—Está bien. Dejaremos que el encuentro se haga. Prepare una bomba para destruir San Julián.

—Estarán también los ingleses, señor.

—Yo respondo sólo ante el Presidente. Él hablará con John Bull y... creo que estarán contentos de verse libres de Bors. De todas formas, estos parientes resultan ya molestos.


II

Al día siguiente, el General Dougherty mandó llamar al Coronel Baker. Estaban solos en una habitación a prueba de toda detección e interferencia. Dougherty miraba con severidad a Baker, quien permanecía firme, impertérrito.

—Descanse, Coronel.

Baker obedeció la orden dentro de lo estrictamente reglamentario.

—Coronel, me ha decepcionado. ¿A qué se debió esa orden demencial que dio usted hace una hora, abortando la operación?

—Orden que, para nuestra desgracia, no fue obedecida, señor.

Dougherty golpeó la mesa con furia.

—¡Aquí yo doy las órdenes! ¡Y por encima de mí sólo está el Presidente!

—Y yo soy oficial de Inteligencia, señor. Pensé que sería comprendido y obedecido. Ahora ya es tarde.

—Será mejor que se explique antes de que lo degrade a cabo y lo envíe al Antártico.

—Puedo explicarlo, señor —respondió Baker, al tiempo que sacaba un archivo digital de su bolsillo. Colocó el archivo en el deck correspondiente y presionó los comandos. Una pantalla se iluminó. En ella se veía la imagen satelital de la costa.

—Esto es San Julián, antes de la bomba, antes del encuentro.

Baker señaló unas formas mar adentro.

—Aquí está la flota británica, señor.

—¿Qué hacían tan lejos?

—Se retiraban, señor. Con Bors y su Estado Mayor a bordo.

Dougherty miró a Baker con alarma.

—¿Escaparon?

—Dijeron haber detectado actividad enemiga... Sólo dejaron la fragata médica y dos destructores pequeños. Para cien refugiados era suficiente. Pero eso no es todo.

El coronel disminuyó la escala de la imagen satelital y la desplazó tierra adentro. Sobre la costa se veían unos puntos de color perfectamente delineados. Hacia el interior, nada.

—Esos puntos son los ingleses, que estaban esperando contactar a los refugiados. Observe lo que sucederá a continuación.

De pronto, comenzaron a aparecer más puntos, dispuestos en abanico alrededor de San Julián. Los puntos emprendieron una lenta marcha hacia la zona donde se encontraban los ingleses.

—Ésos eran los refugiados, señor. Avanzaban a pie hacia San Julián, como surgidos de la nada. Hubieran llegado en menos de una hora.

La imagen se aproximó a tal velocidad que, aún cuando Dougherty sabía que era una ilusión, sintió contraerse su estómago. Los puntos se habían transformado en personas vistas desde arriba. Eran, indudablemente, muchos niños y algunas mujeres. Un pequeño tropezó y cayó, lo que permitió verlo con detalle. Una mujer retrocedió a la carrera, lo levantó en brazos y continuó la marcha.

—Pero ¿de dónde demonios salieron, Baker?

—No lo sabemos, señor. Envié varios equipos al lugar para que investiguen, pero aún no han enviado informes. Los efectos de la bomba no les han permitido comenzar a trabajar en la zona.

—¿Refugios subterráneos?

Baker negó con la cabeza. —Nuestros satélites los habrían detectado, General. Excepto que hubieran estado a más de quinientos pies bajo tierra, donde no llegan nuestros sensores. Pero si hubiesen tenido refugios allí, no los habríamos visto aparecer en forma tan abrupta. Habríamos captado las puertas que se abrían.

—¿Cómo burlaron nuestros sistemas, entonces?

—Lo ignoramos, señor. Si hubiésemos detenido la bomba, tal vez lo habríamos averiguado.

Dougherty quedó pensativo unos instantes, luego volvió a mirar a Baker.

—¿Qué tan fiable es esto? ¿No podría ser una ilusión de los instrumentos?

Por toda respuesta, Baker accionó unos comandos y la pantalla se dividió en seis partes. Todas las imágenes mostraban, desde distintos ángulos, una instalación militar sanitaria de emergencia. Había tropas, pero también médicos, personal de enfermería y varias cocinas de campaña en plena función. En tres de las pantallas se podía ver el mástil con la bandera británica ondeando ante el intenso viento.

—Ésa era la base inglesa, momentos antes de la llegada de los refugiados. Esta imagen es confiable. Vea, allí comienzan a llegar. Aquí fue donde intenté detener nuestra operación.

Por un recodo del camino aparecieron los primeros niños acompañados por una mujer. Las cámaras los mostraron en primer plano. Ella era joven, pero avejentada, escuálida y desgarbada. Los niños tampoco evidenciaban salud. Todos tenían una luz fantasmal de miedo y odio en la mirada. El pequeño grupo ganó el centro del campamento, al tiempo que otros se iban acercando.

—Vea su aspecto. No hemos estado tanto tiempo en guerra como para que se encontraran en ese estado. Lo que vemos aquí es el resultado de nuestras armas biológicas. Esos refugiados ya estaban condenados a muerte para cuando llegaron a la base.

Súbitamente, las imágenes desaparecieron en medio de un fogonazo.

—Y ésa fue nuestra bomba, General. Observe el área de impacto.

La nueva imagen satelital mostraba la zona donde antes había estado San Julián. Ahora sólo quedaba un inmenso agujero que estaba siendo invadido por el mar.

—La radioactividad alcanzó a la flota inglesa, aunque bien sabemos que nada podía hacerles. En este momento, Bors está hablando con su gobierno... y el Primer Ministro está hablando con el Presidente. No me extrañaría que en poco tiempo el Presidente lo llame a usted, señor.


Ilustración: Guillermo Vidal

Dougherty miró a Baker con un dejo de temor, aunque no quería demostrarlo.

—Aún no comprendo lo que quiere decir, Baker. ¿Por qué intentó detener la bomba?

—El hecho de que la flota inglesa se alejara ya era sospechoso. Pero que los refugiados aparecieran como por arte de magia... Era necesario interrogarlos. Si hubiésemos detenido la bomba, todavía habríamos podido salvar nuestra posición.

—¿De qué está hablando?

—General, todavía debo confirmarlo. Pero supongo que los ingleses ya sabían que interceptábamos sus comunicaciones y que las demorábamos. Imagino que los rebeldes sospechaban algo parecido.

—Abrevie, Baker.

—Los rebeldes se comunicaron con Bors de una forma que desconocemos. Le propusieron una operación en la que nada tenía que perder y mucho para ganar. Querían demostrarles a los ingleses cuánto podían confiar en nosotros. Si la bomba no hubiese estallado, la estrategia enemiga habría fracasado. Ahora...

Dougherty parecía golpeado, pero intentaba buscar una solución.

—Ahora no sólo los ingleses... los otros aliados... ¡Pero todavía podemos salvar nuestra reputación! ¡Habíamos previsto una excusa de fuego amigo!

—Tal vez funcione, señor. Pero también estaba previsto que Bors y su Estado Mayor murieran. Ahora que han sobrevivido, ahora que no sólo han enviado mensajes al Primer Ministro, sino al Rey, al Parlamento y al Comando Unificado... y a los muchos amigos que tiene...

—¿No interceptó usted esos mensajes?

—Supongo que los tenían preparados y los enviaron por una línea segura que desconocemos... Creo que en cualquier momento recibirá una llamada del Presidente, señor.

Dougherty se tomó la cabeza.

—No... no estamos listos... no para dominar a todo el mundo... no para tener al resto del mundo de enemigo... ¡Y todavía esos malditos rebeldes que preparan una operación para dañarnos!

—General... creo que ya la hicieron.

Aún dentro de su marcialidad, Baker tenía una leve y amarga sonrisa de triste ironía.

La línea de emergencia comenzó a sonar. En otra pantalla apareció el rostro del Presidente Bolander, con una expresión que presagiaba un negro futuro.



Fernando José Cots ha acompañado la evolución de la ciencia ficción argentina desde los tiempos de Sinergia, cuando su relato "Apashanka" se publicó en el N° 8 de la revista. Fernando vive en Córdoba, tiene 54 años y sigue escribiendo con gran entusiasmo. Sus trabajos publicados en Axxón, con éste, suman siete: "Quilino" (119), "Caracoles" (123), "El día de la rata" (137), "Rechazo" (146), "Obertura Para dioses locos" (147) y "Procónsul" (160).


Axxón 166 - septiembre de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Distopía: Guerras: Argentina: Argentino).

            

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