LA HÉLICE

José Altamirano

Argentina

Paredes de veinte metros de hormigón, emplacado cada pocos centímetros con planchas de aleaciones aislantes, conformaban el formidable "bunker" que resguardaba a los mejores científicos sobrevivientes de las razas humanas de un exterior convulsionado por la guerra de exterminio. Afuera, vientos huracanados barrían planicies desoladas y un cielo ominoso, techado con densas nubes negras, descargaba sobre el muerto paisaje la furia de apocalípticas tormentas electromagnéticas. Ríos y lagos eran meras depresiones calcinadas y los océanos hervían en un burbujeo constante y maloliente.

El profesor Stiko, de la Universidad Submarina de Roelios paseó la dolida mirada de sus ojos redondos, sin párpados ni pestañas, por la escasa veintena de asistentes a la reunión.

—Somos pocos —dijo apesadumbrado y su voz se expandió a través del traductor adosado a su estanque de agua salada con un tono metálico—. Somos muy pocos, y sin embargo, los aquí presentes debemos encarar el mayor desafío que se ha presentado alguna vez a las razas humanas dominantes de la Tierra.

Su introducción produjo un incómodo momento en la reunión y no precisamente por sus palabras. A pesar del entrenamiento científico que los llevaba a apreciar méritos más allá de las diferencias morfológicas, el estar sentado codo a codo con el hasta ayer irreconciliable enemigo producía, amén de la sensación de peligro inminente, un sentimiento de estar traicionando de alguna manera a su especie.

Claro que ya no existían especies a las cuales traicionar, y por mucho que algunos de ellos hicieran en el pasado lo imposible por destruir la raza humana anfibia, no dejaban de reconocer que el profesor Stiko era la máxima autoridad mundial en genética. Sus trabajos en el genoma humano a fines de producir soldados capaces de accionar no sólo en las profundidades, sino también en la tierra y en el aire, habían llevado a los anfibios casi a ganar la guerra. No sucedió gracias a la acción de militares ensoberbecidos por un nacionalismo suicida que los llevó a desatar la guerra de exterminio total antes que aceptar una rendición honrosa.

—Profesor —intervino el doctor Qratos, de los Praderas, acomodando en el asiento su armonioso cuerpo flexible de suave pelambre anaranjada—: todos los aquí presentes estamos al tanto de sus logros y trabajos y, cual más, cual menos, nos hacemos una idea de lo que usted tiene para decirnos. Somos conscientes de que no hay muchas soluciones al alcance de las manos y la que usted propondrá seguramente va a ser drástica. La pregunta es: ¿la aceptarán nuestros militares?

De haber estado diseñada para sonreír, la boca del profesor Stiko se habría abierto en una amplia demostración.

—Oh... despreocúpese usted. Le aseguro que ya no tienen opción.

La bioquímica Yodato, de los Arbóreos, levantó la mano para intervenir. Tuvo que aclararse un par de veces la voz, ya que estar sentada al lado de un Praderas no era tranquilizador, precisamente. Durante la larga noche evolutiva éstos habían sido depredadores naturales de los Arbóreos y el terror y la desconfianza surgía desde el arcano, especialmente cuando un Praderas abría la boca para hablar, descubriendo sus aún temibles y puntiagudos colmillos al hacerlo.

—¿Sí, doctora Yodato?

—A pesar de su despreocupado optimismo por la reacción de los militares, yo no estaría tan confiada. Al contrario, creo que cualesquiera sea la posible solución que usted exponga aquí y ahora, no será aceptada por ellos, salvo el exterminio total de todas las razas humanas excepto, claro está, la propia. Y cada uno de los jefes exigirá que la raza sobreviviente sea la de él.

—Usted ha definido precisa y concisamente la mentalidad de nuestros militares, doctora. Por eso la solución la discutiremos entre nosotros, los científicos sobrevivientes del holocausto. Le aseguro que ningún general estará en condiciones de oponérsenos.

—¿Cómo puede ofrecer tal seguridad?

El anfibio paseó nuevamente la mirada por la concurrencia. A pesar de su rostro inexpresivo, conocía el valor de la pausa como galvanizadora del momento.

—Verán ustedes —continuó al fin—. Como buen conocedor de la idiosincrasia militar, dejarlos fuera de esta discusión era prioritario.

Indicó con el gesto de un tentáculo la pared a la derecha del salón.

—Detrás de esta pared hay un salón algo más pequeño que este. Esta pared es peculiar, ya que se puede ver a través de ella en ambas direcciones, aunque no en las dos a la misma vez. Les hice creer que en esta sala, hoy, se gestaría un movimiento de científicos que tenían como común denominador la traición a las razas humanas y los invité a que cada uno presenciara y escuchara personalmente lo que aquí se diría y haría.

Un movimiento de terror onduló por la asamblea. Se escucharon exclamaciones ahogadas y alguien elevó el tono de voz en una airada protesta. El doctor Stiko los calmó con un ademán perentorio, al tiempo que accionaba un dispositivo y la pared se transformaba en pulido cristal que permitía ver perfectamente al otro lado. La escena que se presentó a los ojos de los científicos los hizo caer en un silencio atónito.

—Por supuesto —dijo el anfibio con voz sin emoción—, ninguno declinó la invitación a saber cuál científico se inclinaba por la traición y cuál no. Así que cuando estuvieron todos adentro, sellé la puerta del salón y los asesiné con gas.

La pared tornó a su cualidad de tal, ocultando la dantesca visión de cuerpos retorcidos en las mil artísticas posiciones que adopta la muerte.

—Y ahora, vayamos a lo nuestro... A nadie escapa que la devastación provocada por la guerra de exterminio total se debe a profundas y jamás resueltas diferencias entre las múltiples razas humanas. En nuestra prehistoria nos cazábamos y comíamos mutuamente. Lo hacíamos sin odio y en un todo de acuerdo a las leyes naturales, pero en nuestros genes jamás se borró la información de que debíamos depredar para no ser depredados. Durante toda nuestra evolución hacia un estadio inteligente, esa información subsistió haciendo imposible la convivencia pacífica. ¿Cómo hacerlo, si hace apenas 10.000 años nuestro vecino de ahora nos perseguía para comernos? En cuanto seres pensantes, jamás pudimos interactuar para crear una raza única: un anfibio no puede acoplarse con un alado y un praderas no puede tener descendencia con un arbóreo. Esa dificultad ya no existe; hace tiempo que desciframos el plano del genoma humano y los avances sobre modificaciones a la hélice de ADN tampoco es cosa nueva. Y aquí no voy a cometer el error de pecar por modesto; creo que todos saben que soy el científico que más ha experimentado en la materia.


Ilustración: Daniel Erazo

El doctor Stiko hizo una pausa para permitir algún comentario disidente. Como no los hubo, tras la pausa continuó:

—Doctores; estoy en condiciones de informarles que podemos diseñar artificialmente una nueva hélice de ADN y confeccionar un mapa inédito del genoma humano.

—Crear una raza nueva —susurró con voz aflautada un genetista alado.

—Sí, doctor, crear una raza nueva con particularidades de cada una de las razas existentes. Una raza artificial que se adapte a las nuevas condiciones que imperarán en el planeta una vez que la naturaleza haya tenido el tiempo suficiente para lamerse las heridas. Piensen en una raza única, mínimamente diferenciados sus exponentes por la herencia recibida de las razas madres. Una raza pensante que pueda acoplarse entre sí y tener descendencia a pesar de esas inevitables diferencias de escasa importancia. Una raza de tal característica no carecería de la propensión a la violencia, implícita en nuestros genes; pero jamás podrán ver al vecino pensante como descendiente de sus antiguos depredadores porque la información sería cuidadosamente borrada.

—¿Y qué pasará con nuestras razas? —preguntó la doctora Yodato.

—Esa es la parte más penosa. Y la que nos exigirá un sacrificio que sólo nosotros, humanos unidos más por el amor a la ciencia que por el nacionalismo, podemos imponernos e imponérselos al resto de los humanos que hayan podido sobrevivir.

—¿Un gen recesivo? —afirmó más que preguntó el genetista alado. El silencio del anfibio fue más elocuente que cualquier respuesta.

—Nos pide usted más que el sacrificio personal, doctor Stiko —dijo con amargura un Pradera sentado en la última fila—. Nos pide el sacrificio de la raza; nos pide hasta la renuncia de la memoria de lo aquí decidido. En una palabra, nos pide usted que involucionemos a la categoría de nuestros animales. Volver a la práctica de devorarnos mutuamente, transformarnos en mascotas del nuevo humano único, en su ganado, en trabajadores forzados que recibirán alimentos y mínimos cuidados a cambio.

El doctor Stiko giró lentamente en su contenedor líquido hasta fijar su mirada sin expresión en el Pradera que había hablado. Y cuando le contestó, hasta la fría máquina que traducía sus palabras pareció dotarse de una inédita emoción:

—Está equivocado, doctor, muy equivocado. La nueva raza por nosotros creada llevará en sí misma toda la información de lo que hagamos. Llegará el día en que habrá evolucionado lo suficiente como para descubrir y descifrar el mapa de su genoma. Y lo que allí va a encontrar despertará su curiosidad, pues entonces descubrirá la singularidad de no descender de ninguna especie en particular, sino de una suma. Ello lo impulsará a estudiar la información grabada y oculta en la hélice de su ADN y allí nos encontrará. Se conocerá como raza creada artificialmente y sabrá de nosotros como sus Creadores. Y entonces, tal vez, si hicimos bien nuestro trabajo, despertará en su conciencia un sentimiento de agradecimiento y respeto. Y mirarán y tratarán a nuestros descendientes, sus mascotas, su ganado y a sus trabajadores forzados con la ternura y la misericordia que se merecen los dioses creadores que expresan su divinidad modelando desde el barro... patético resto producto de sus grandes errores.

El silencio dominó al austero salón. Después, cada uno a su manera, los científicos sobrevivientes de la Tierra dieron su consentimiento al proyecto.



Hablar de José Altamirano aquí es innecesario: ya hemos dicho que José estuvo en el número cero y que ahora está en el 166, cuando Axxón cumple 17 años... Números... Otros números. En Axxón se publicaron, con éste, veintiún cuentos de Altamirano: "Por la puerta de atrás del paraíso" (0), "Cuaderno de sobreviviente" (14), "Ezequiel según Melissa" (39), "La real existencia del terror" (58), "El vuelo del cóndor" (71), "Las estrellas no están tan lejos" (88), "Al tiempo del retiro" (88), "La umita" (88), "Los guerreros de Urachk" (88), "Cyborg se necesita" (88), "Elefante" (88), "Tienda de antigüedades" (88), "Los que vibran en Acuario" (100), "Concepción" (106), "Comé sandía" (107), "El clon que contó la historia" (110), "Tango cósmico" (147), "Abierto las 24 horas" (148), "Un planeta camino a Aldahir" (160) y "Los colmillos de la serpiente" (165). ¿Hace falta agregar algo más?


Axxón 166 - septiembre de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Genética: Argentina: Argentino).

            

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