MALA COPIA

Laura Quijano Vincenzi

Costa Rica

Existían al menos tres razones por las que Rodrigo Guillén Sirión se sentía tan satisfecho aquel lunes por la noche. La primera tenía que ver con su trabajo. ¡Al fin podría poner a prueba sus ideas en un experimento controlado totalmente por él y con el apoyo financiero adecuado! La segunda razón se relacionaba con su viejo amigo Arturo Noguera, ya que lograría ganarle una apuesta lanzada tiempo atrás en buena lid. Y la tercera razón tenía que ver directamente con su esposa:¡podría ignorar que existía al menos por un par de meses sin que tal hecho le representara inconveniente alguno!

Era una noche apacible, sin lluvia y sin viento, fresca sin aturdir de frío y hermosa para ojos sensibles a la belleza de un cielo estrellado. El enorme complejo de edificios en los que se ubicaba la oficina de Rodrigo Guillén ocupaba un ancho valle rodeado de colinas bajas, apenas iluminado por luces discretas y expuesto desde cualquier ángulo a la vista del firmamento nocturno. Sin embargo, aquella noche como otras tantas, Rodrigo no tendría ojos para tal despliegue de luz estelar. Su corazón estaba muy lejos, en la Luna, y su cabeza muy cerca, en su pantalla de computador.

La oficina de Rodrigo era un pequeño óvalo de paredes blancas, donde destacaba un enorme y vetusto escritorio de madera plástica que parecía estorbar el paso de todo aquel que quisiera moverse por la habitación. Detrás del escritorio apenas se asomaba una silla simple, sin brazos, de respaldar bajo, y un gran ventanal de cristal oscurecido, desde el cual era posible avistar el complejo de edificaciones grises en que se encontraba ubicada la oficina. El resto de la habitación estaba ocupada por tres estanteros repletos de libros electrónicos, documentos varios y algunos artefactos viejos de antiguos experimentos fallidos, un archivero moderno con entradas electrónicas, una mesa de muestra, donde Rodrigo colocaba sus prototipos, y un par de butacas viejas. El desorden imperante era sólo aparente. En realidad, Rodrigo era un hombre metódico y limpio, pero nunca había tenido dinero suficiente para disponer de un laboratorio y una oficina independientes entre sí, por lo que todos sus trabajos tenían que ser realizados allí mismo.

En aquel momento, Rodrigo miraba la pantalla cristalina de su computador personal, que emergía directamente del sobre de su escritorio, donde permanecía bien encajado el propio computador, y revisaba los últimos mensajes recibidos hacía unos diez minutos. Uno era del Departamento de Autorizaciones del Centro de Investigación Clonar de Nueva York, en que lo autorizaba a hacer la prueba inicial con su clon de creación más reciente, debidamente identificado con un número de serie y un símbolo particular escogido por el Centro. Por otro lado, el segundo de aquellos mensajes cruciales era del propio Jefe Supervisor del Instituto de Investigaciones Espaciales de la Luna, mediante el cual le proporcionaba la licencia para que viajase al satélite de inmediato y se incorporase al personal de experimentadores calificados. Rodrigo sonreía, muy, muy satisfecho, y se relamía pensando en los dos meses que le aguardaban en tierras selenitas. ¡Investigación espacial de primer orden!

En el centro de la habitación, alguien carraspeó delicadamente. Rodrigo, sin mirarlo, asintió impaciente y le hizo ademán de que aguardara. Quería estar seguro de que no hubiera perdido ningún otro mensaje importante. Era vital que todo resultase de acuerdo a sus previsiones.

—Bien —dijo de pronto, levantándose de un salto lleno de energía—. ¡Todo listo! Rodriguito, Rodriguito, este será el hito de tu carrera.

Aún con la ancha sonrisa pintada en los labios, fijó su mirada en la persona que con paciencia lo esperaba en medio de la habitación, sin que pareciera sorprenderse de su docilidad. Se trataba un hombre de mediano tamaño, gordezuelo, de piel blanca salpicada de pecas ocasionales, cabellos castaños que empezaban a escasear en las sienes y en la coronilla, una dentadura perfecta, una nariz sin personalidad, completamente corriente, y unos ojos negros, pequeños y brillantes, que lo miraban serenos. Iba vestido con una gabacha blanca, formal, unos pantalones oscuros de limpio aspecto, una camisa también blanca, de manga larga, y un par de zapatos negros, brillantes. Exactamente igual que Rodrigo, pieza por pieza.

Rodrigo asintió aprobador al examinar su vestimenta y se le acercó para arreglar la solapa de su gabacha y sacudir algún polvo que pudiera haberse atrevido a ultrajar la inmaculada apariencia de la prenda. Si algún observador casual hubiese visto en aquel momento a aquellos dos hombres uno frente al otro habría reaccionado con sorpresa, pues era como si Rodrigo se hubiese estado mirando en un espejo, con la diferencia de que la expresión de su "reflejo" era de completa calma, mientras que la propia era de alegría salvaje. Un investigador del Centro de Investigación Clonar de Nueva York le habría dicho, sin embargo, que el clon era, a primera vista, perfecto.

Era un clon magnífico, en verdad. Rodrigo no había seguido enteramente las indicaciones del Centro Clonar, con la idea de ser atrevido y novedoso. Había jugado peligrosamente y había ganado. Su clon era lo que el Centro Clonar llamaba "un clon de clase 1", es decir, un clon perfecto, aunque sin duda no habrían aprobado su plan inicial por heterodoxo.

—¿Cómo te llamas, amigo? —preguntó entonces Rodrigo en tono alegre.

—Rodrigo Guillén Sirión, naturalmente —contestó el clon, con la misma voz, las mismas inflexiones que el original—, pero eso usted lo sabe.

—Sí —dijo Rodrigo sin inmutarse—. Sólo quería constatar que recordaras lo que grabé en tu cerebro. ¿Cómo se llama tu esposa?

—Marta González Merlino.

—¿Tienes hijos?

—Sí. Tengo dos hijos.

—¿Cómo se llaman?

—El mayor se llama Luis y el menor se llama Javier.

—¿Cuántos años tienen?

—Luis tiene quince años y Javier doce.

Rodrigo calló un momento y esperó. Aquellas preguntas eran de rutina y fáciles de contestar para un clon tan perfecto como su Rodrigo. Necesitaba inquirir sobre asuntos más complejos, asegurarse de que Marta no descubriría el engaño...

De pronto, un ligero tintineo en su reloj de pulsera le indicó que llegaban las nueve de la noche. Rodrigo frunció el ceño, pero no perdió el tiempo en divagaciones. Rápidamente tomó la maleta que había preparado, la cual había permanecido hasta el momento oculta detrás del escritorio, y le hizo señas a Rodrigo para que lo siguiera. En el camino le haría más preguntas. Ahora era preciso dejarlo en casa y correr al hangar privado del Instituto de Investigaciones Espaciales de la Luna. Su futuro le aguardaba.


Marta González de Guillén se hallaba en su sala de estar, sentada en un viejo y cómodo sofá marrón con cojines rojos, mientras dejaba reposar sus pies en una pequeña tina de agua caliente que un robot doméstico había dispuesto para ella aquella noche. Era tarde y ya se había terminado el noticiero, pero igual miraba con desgano el programa de entrevistas que pasaban por la televisión a aquella hora. Ésta funcionaba a través de una enorme pantalla plana incrustrada en la pared, la cual también servía de central de mandos de la computadora de la casa. Una pequeña plataforma opalina antecedía a dicha pantalla, en una saliente de la pared, pero permanecía oscura en aquel momento, pues Marta no había accionado la opción tridimensional del aparato, la cual se activaba precisamente en aquel lugar.

Tampoco miraba el programa. Eran dos políticos, un economista y un sociólogo que discutían airados sobre las razones por las que el Estado no invertía sus recursos en resolver las angustias de la pobreza, en vez de despilfarrarlos en "investigaciones fuera de este mundo", como las que se llevaban a cabo en la Luna y en el planeta rojo. Marta había oído tantas veces las mismas discusiones durante tantos años que ya podía anticipar lo que cada uno expresaría casi unos dos minutos antes de que sus palabras emergieran de sus labios.

Estaba sola, como siempre. Sus dos hijos se hallaban con sendos amigos, en casas vecinas, supuestamente embebidos en el estudio, pero de seguro muy concentrados en los últimos lanzamientos en juegos de video tridimensional y canciones con "sensación". Su marido, el insigne doctor Rodrigo Guillén, permanecía más tiempo en su laboratorio que en su propia cama y hacía meses que casi ni le dirigía la palabra. Marta suponía que no la soportaba y tal presentimiento la entristecía, pero al mismo tiempo sabía que nada haría por remediarlo. En realidad, ya no le importaba su matrimonio. Era una misión perdida...

La sala de estar era pequeña, circular, de un lado cubierta por estantes llenos de libros, la mayoría de tipo tradicional (encuadernados en papel), tal como le disgustaba tanto a Rodrigo, y otros de corte electrónico, más modernos. Había también algunas estatuillas y otros adornos pequeños y poco valiosos, incluyendo una vieja foto familiar, de hacía unos 10 años, cuando menos. Detrás de Marta se abría una arcada que daba al vestíbulo donde estaba la puerta principal y las escaleras que guiaban al segundo piso, mientras que a la derecha de Marta se abría un hermoso ventanal, de cristales oscurecidos, que daban al pequeño jardín y a la calle del barrio donde vivían. Una casa típica, en un barrio típico, con sus problemas típicos y sus aciertos típicos.

Marta misma era una mujer bastante típica. O eso pensaba ella. De estatura media, algo regordeta por los años, cabellos castaños que apenas le cubrían el cuello, cuidadosamente entintados de dorado para ocultar las canas, rostro agraciado aunque bastante corriente y un par de ojos de corte almendrado que constituían su único verdadero atractivo. Había dedicado la mayor parte de su vida a atender a su familia y a las exigencias de su trabajo, en una universidad de mediano tamaño, donde enseñaba Literatura Universal y Comparada, y ahora que sus hijos eran mucho más independientes y que su marido parecía haberla olvidado por completo, no sabía cómo enfrentar la soledad. Y allí estaba. Frente al televisor, pensando en lo triste que era su vida.

En aquel momento, sin embargo, escuchó el típico ruidito suave y siseante de la puerta principal cuando se deslizaba hacia un lado para dar paso a un recién llegado. Marta frunció el ceño, preguntándose por qué Rodrigo se regresaba a casa tan temprano (para él), pero al instante, se encogió de hombros y volvió a clavar los bonitos ojos almendrados en la pantalla insulsa del televisor.

Rodrigo entró en la sala de estar con una expresión curiosa. Parecía sonreír, como si algo lo alegrara internamente, y al mismo tiempo, parecía imbuido de una serenidad nueva. O eso le pareció a Marta, que lo miraba con creciente asombro en el reflejo de los cristales oscurecidos.

En aquel momento, el hombre advirtió su presencia. Con una sonrisa aún más ancha, desde detrás del sofá, se inclinó sobre ella y la besó en la mejilla.

—Hola, querida —le susurró suavemente—. Ya llegué.

Marta abrió la boca para responder, pero no pudo hacerlo. El asombro no le dejaba palabras.

—Llévame la cena al comedor —le ordenó Rodrigo al pequeño robot doméstico que aguardaba órdenes en la esquina de la habitación. El robot, que por supuesto no se sorprendió, se deslizó al instante hacia fuera de la sala y desapareció en la penumbra del pasillo que discurría al lado de la escalera del vestíbulo. Era un artefacto ovoidal, de suspensión permanente, que sólo tenía una lucecita roja en la parte superior y una pequeña hendija a un costado. Con su sencillez era capaz de realizar una ingente cantidad de tareas domésticas como si fuese un ejército de sirvientes.

—Iré arriba a cambiarme —le comunicó Rodrigo a Marta entretanto, con una sonrisa tranquila—. Me siento terriblemente sucio, pero pronto lo arreglaré. ¿Ya cenaste?

Marta sólo atinó a asentir.

—En ese caso, ¿te molesta que te deje sola para que yo cene? —le preguntó Rodrigo con naturalidad.

Marta denegó, aún con la boca abierta, estupefacta.

—Magnífico —le dijo él con una sonrisa aún más ancha—. Nos vemos dentro de un rato, pues.

Y con estas palabras, abandonó la sala para dirigirse hacia la escalinata principal.

Marta se quedó contemplando las escaleras durante unos minutos, con el más puro asombro pintado en el rostro. No comprendía qué estaba sucediendo...


Arturo Noguera trabajaba como investigador físico para una enorme compañía internacional. Era un hombre grande y jovial, de ademanes libres y andar enérgico, que se complacía mucho con sus continuos éxitos y los solía proclamar frente a sus amigos y desconocidos. Uno de aquellos amigos era Rodrigo Guillén, a quien no siempre le iban bien las cosas, por lo que cada vez que Arturo recibía una llamada de Rodrigo, siempre se relamía de gusto pensando en lo mal que lo iba a hacer sentir con su impecable cadena de logros.

Aquella mañana de verano, sin embargo, Rodrigo le tenía reservada una sorpresa. Arturo se hallaba cómodamente sentado en una de las sillas de su desayunador, ante una humeante taza de café y el monitor encendido de la computadora de la cocina, por el cual desfilaban las principales noticias de la mañana, justo en el centro de un lujoso miniapartamento ubicado en un gran complejo habitacional de la ciudad. Como Arturo estaba soltero otra vez después de cuatro matrimonios, no había nadie más a la vista, salvo el sempiterno robot doméstico ovoidal que se había convertido en parte indispensable de cada casa de clase media del país y que permanecía a la sazón apostado en una esquina. En aquel momento, el visifono de la cocina timbró sonoramente y Arturo presionó el botón de apertura de comunicación con un distraído movimiento de su dedo índice izquierdo. El rostro redondo y satisfecho de Rodrigo Guillén apareció entonces en el monitor, en sustitución de las noticias matutinas.

—¡Buenos días, amigo! —exclamó, en el mismo tono con que los locutores de moda iniciaban los programas matinales—. ¡Qué bien que te encuentro en el cobijo de tu hogar!

—Dale, Rigo, no te pongas estúpido —le espetó Arturo sonriendo, anticipando algún notición sin sustento, como era lo habitual en su amigo—. ¿Qué me quieres anunciar esta vez?

—Que ya puedes ir preparando la billetera —dijo Rodrigo satisfecho—. Te gané la apuesta.

—¿Qué apuesta?

—La de los dos sitios a la vez. La de mi clon...

Arturo lo miró indeciso unos instantes.

—¿Hiciste el clon?— preguntó al cabo, con voz neutra.

—Exacto.

—¿Y a quién se lo mostraste?

—Primero, a los del Centro Clonar. Luego lo llevé a casa.

—¿Y Martita te dijo que era igual a ti?

—No. Ella no sabe que no soy yo. Yo estoy en la Luna, mi amigo. ¿No notaste algo extraño en mi transmisión?

En realidad, Arturo lo miraba algo borroso, pero lo había atribuido a un desperfecto propio del aparato transmisor de Rodrigo. Claro que, con la observación de éste último, recordó de golpe las quejas recientes de los usuarios de transmisores comunes desde la Luna a la Tierra, que acusaban a las compañías proveedoras de proporcionar un pésimo servicio y cobrar tarifas de lujo.

—¡En la Luna! —exclamó entonces mirándolo incrédulo.

—Así es —aseguró Rodrigo sonriendo—. Si no me crees, puedes llamar al Instituto de Investigaciones Espaciales, comunicarte con tu preciosa Nidia o con alguno de los tipos que conoces por estos lares y preguntarles cuánto tiempo llevo trabajando aquí. De hecho, ya llevo dos semanas y ni rastro de Marta. Hablé con mi clon anoche y parece que cree que estoy realmente allá. ¡Ja! ¿Cuándo me pagas mi dinero?

—Primero tengo que ver al dichoso clon.

—Puedes hacerlo, claro. Lo encuentras en mi casa. Supuestamente estoy de vacaciones. Luego regresará a mi oficina. A hacer nada, porque no tengo idea de qué podría hacer, pero no puedo dejarlo en casa tanto tiempo. Aquí estaré lo menos dos meses, ¿sabías?

—¿Ganaste tu financiamiento? —preguntó Arturo de nuevo asombrado.

—Así como lo oyes, así como lo oyes —contestó Rodrigo aún más satisfecho—. Mira, dejemos lo del dinero para cuando veas a mi Rodrigo. En estos momentos me importa más otra cosa:estás hablando con el futuro as de la investigación espacial. ¡Adiós a los clones de cuarta categoría, Artu! ¡Soy bienvenido en la era espacial!

Y con una carcajada alegre, y tal vez malévola, Rodrigo cortó la comunicación. Arturo quedó mirando el monitor con una suprema expresión boba en el rostro, que le duró unos cinco minutos cuando menos. Luego, sin embargo, recuperando su habitual control, apuró el desayuno, se cepilló los dientes casi con furia y sin más preámbulos, salió ruidosamente de su casa. Tenía un destino obvio:el hogar de Rodrigo Guillén y su esposa, Marta González.


La casa de los Guillén González estaba pintada de blanco, como todas las casas de la calle, y no se destacaba por ningún detalle especial. O al menos así la recordaba Arturo. Pero cuando detuvo su rutilante auto amarillo de impulso solar y línea estilizada delante de ella, sintió que se le desencajaba la mandíbula. ¿No era ese Rodrigo en persona... pintándola? ¿Rodrigo? ¡Incluso juraría que había perdido peso!

—¡Hola, Artu! —exclamó una Marta inusualmente vivaz, acercándose a él casi corriendo—. ¡Tengo tiempo de no verte por aquí!

—Martita —dijo Arturo en respuesta, con una sonrisa complacida y una mirada deleitosa. La recordaba más gruesa y mucho más encogida, por tanto esta Marta tan resplandeciente le resultaba atractiva—. Te veo muy bien, muy, muy bien. ¿Qué...?

Ella se echó a reír y se volvió hacia Rodrigo, el cual, unos metros atrás, pintaba la parte frontal de la casa desde un andamio suspendible, con un rociador automático. Éste dispersaba pintura exactamente donde le había sido programado y tenía una forma vagamente ovoidal. El hombre se veía extrañamente bien, con ropa informal, ligeramente despeinado y hasta con una barba incipiente de varios días.

—¡Ahora es pintor! —exclamó Marta indicándolo con un gesto—. No quiso ni oír hablar de robots rociadores. Dijo que le hacía bien trabajar un poco en la casa. Está de vacaciones, ¿lo sabías? Sólo le queda esta semana y ya tiene que volver, por lo que aprovecha su tiempo libre de una manera que no lo había hecho en años. ¡Hasta bajó un par de kilos desde que comenzó las vacaciones, hace dos semanas! ¿No es estupendo? Creo que yo también perdí peso —y cerró su pequeño discurso con una risita pícara.

Arturo asintió asombrado. ¿Aquel era el clon? Bueno, tenía que admitir que si su amigo no le hubiera advertido de tal hecho, habría creído con fervor que se trataba del propio Rodrigo en persona, en medio de un inexplicable cambio progresivo de conducta.

En aquel momento, el clon advirtió la presencia del recién llegado. De inmediato, hizo descender el andamio en el control de mandos del aparato, y con un ágil salto, impensable en el Rodrigo que Arturo conocía, bajó del objeto y se acercó a él con una ancha sonrisa y la mano extendida.

—Hola, Artu, ¿qué tal? —lo saludó. El recién llegado lo miró sorprendido. ¡Era la voz de su amigo, su misma expresión amable, su gesto natural de saludo!

—Ah... ho... hola, Rigo —le dijo, todavía impactado por la visión—. Me preguntaba nomás qué hacías allí arriba tú, que siempre has sido tan vago para esas cosas, je...

Rodrigo se echó a reír.

—¡Un cambio en mi vida, amigo! —exclamó decidido—. Tuve una experiencia algo traumatizante. Luego te la contaré. Decidí echar tierra sobre mi vieja vida e iniciar un nuevo camino.

—¿Ajá? —Arturo no sabía qué pensar. ¿No se habría imaginado la conversación de aquella mañana?

—¡Pero pasa, hombre! Supongo que tienes un momento para charlar con nosotros, ¿verdad?

—Pues... sí... claro...

—Amorcito, ¿nos atiendes un momento? —le preguntó entonces Rodrigo a Marta con un dejo cariñoso que la dama recibió con una sonrisa complacida y una inmediata aquiescencia.

Arturo parpadeó aturdido. No, no era Rodrigo. No podía ser. Pero... ¡vaya que resultaba confuso! Con la cabeza revuelta, entró en el hogar de sus amigos y se dejó conducir hasta la cocina.

El interior de aquella casa, tan conocida por él, seguía siendo el mismo, pero de algún modo, completamente diferente. Se respiraba limpieza, orden y buen gusto. Algunos cuadros habían desaparecido, otros nuevos colgaban en viejos lugares, había plantas extrañas en sitios insospechados, cambios de color y de orden, cambios de ambiente. Un hogar próspero, resplandeciente, feliz. Algo que Arturo nunca había conocido ni por propia experiencia ni por la de nadie.

El rostro de Marta lucía espléndido. De hecho, tanto se había embellecido que el hombretón podía jurar que sentía olas de atracción inconfundibles hacia ella, impensables hacía tan sólo tres meses atrás.

Mientras se dejaba caer sobre una de las sillas de la cocina, reluciente en su pintura nueva, y Marta ocupaba un asiento al lado de Rodrigo, que sonreía satisfecho, uno de los robots domésticos depositó silenciosamente la bandeja con tazas humeantes de café negro y panecillos aromáticos. Aquella misma mañana habían sido confeccionados por Marta (¡no por el computador de la cocina!, como comprobó Arturo asombrado), y el café acababa de ser preparado por ella también, unos minutos antes.

—Perdona, mujer —le dijo Arturo en tono admirativo, mientras degustaba con deleite la textura crujiente del panecillo en su boca—, ¡pero no sabía que cocinabas tan bien!

—Yo tampoco —dijo ella soltando una risita pícara—. Rigo insistió en que debía intentarlo. "Vamos a tener unas vacaciones diferentes, querida" , me dijo, "y lo haremos haciendo cosas nuevas". ¡Y ya ves! Yo me puse a cocinar y él a reparar la casa y a embellecerla. En el camino, nos dedicamos a hacer ejercicios matutinos y a emprender una nueva dieta. Por eso bajamos de peso los dos. ¡En dos semanas! ¿No te parece magnífico?

—Más que eso —murmuró Arturo.

—La vida hay que disfrutarla mientras se la tiene —sentenció aquel Rodrigo tan seguro de sí mismo, tan relajado, tan lozano—. Me queda por delante una semana más de vacaciones y luego tengo que regresar al trabajo de nuevo. Marta también tendrá que reanudar sus labores. Por tal motivo pensé: ¿por qué no hacernos un paseíto a la costa? Pero entonces tuvimos una idea mejor: ¡y nos vamos de viaje al Mediterráneo! Mañana mismo nos tendrás en un crucerito por las aguas tan conocidas del Mare Nostrum. —En su mirada se encendió una luz de malicia que calzaba muy poco con el Rodrigo que Arturo conocía de años pasados.

Arturo mismo se sintió irreconocible cuando abandonó el hogar de los Guillén González una media hora más tarde. Rodrigo había hablado de muchos de sus proyectos laborales con especial entusiasmo, lo mismo que del viaje que planeaba realizar con su esposa y sus dos hijos adolescentes. Su amigo entonces se sintió inundado del mismo buen ánimo y hasta de un poquitín de nostalgia, al recordar que su último matrimonio ya había terminado. Sin embargo, sonreía de buen humor cuando llegó a su propia oficina y hasta sus colegas comenzaron a tratarlo con mayor calidez, tal vez como reacción a su amabilidad repentina.

Sólo cuando llegó la noche, en medio de la soledad de su lecho, Arturo pensó asombrado en el trabajo que Rodrigo había realizado con el clon. ¿Era realmente uno? Pues tenía que ser. ¡Y qué clon! ¿No superaba al original en muchos aspectos?

Aquella noche soñó que su propio clon reía feliz, abrazado de su última mujer, una preciosa modelo curvilínea, y que ella se deshacía de adoración por él, mientras el original se hacía cada día más gordo y más gruñón.


En medio de la suave penumbra de su oficina, el director del Centro Clonar de Nueva York, un hombre joven, de aspecto corriente y mirada aguda, estudiaba con el ceño fruncido el informe que el doctor Rodrigo Guillén había enviado meses atrás al Departamento de Autorizaciones. Sólo lo iluminaba la luz blanca de su lámpara de escritorio, esférica, sostenida por un soporte metálico sin adornos que salía de una ranura dispuesta en uno de los costados del escritorio. Lo demás, incluyendo al propio director, permanecía en la semioscuridad de aquella vasta habitación de lujos ausentes y sobriedad científica. Fuera, en la noche neoyorkina, brillaban las estrellas y una Luna pálida asomaba por entre jirones de nubes rezagadas. La ciudad permanecía envuelta en sus actividades nocturnas, el bullicio en las calles, la gente sonriendo en las aceras, o apiñándose en las entradas de los establecimientos sociales de moda, mientras el director continuaba indiferente a sus movimientos.

Algo en aquel informe le molestaba de forma suprema. Un detalle en el procedimiento, con una consecuencia grave. No entendía por qué el Departamento de Autorizaciones había dado el visto bueno a una modificación tan irregular en el proceso de clonación. ¿Qué se proponía el doctor Guillén con aquel clon tan extraño, tan... riesgoso? ¿No comprendía acaso que las disposiciones del Centro Clonar habían sido tomadas en especial para salvaguardar la seguridad de los sujetos implicados? Sabía que el resultado final parecía perfecto. Sabía, porque había hecho algunas consultas discretas, que el clon en cuestión se desenvolvía con singular eficacia. Pero seguía existiendo aquel algo que lo atormentaba... un algo que el doctor Guillén tendría que explicar...


Habían pasado cerca de dos meses, cuando Rodrigo recibió dos comunicados que lo enojaron y preocuparon al mismo tiempo. Uno era de su superior en la Luna:sus progresos no eran medibles, sus fallas eran muchas y su experimento estaba al borde de ser retirado de los planes de financiamiento del gobierno. Si no corregía al instante los pobres resultados obtenidos, tendría que empacar sus maletas y regresar a la Tierra de inmediato, sin experimento aprobado, sin dinero y sin nuevos trabajos disponibles. Rodrigo estuvo a punto de patear el monitor de su ordenador al leer aquella misiva tan escueta y seca, pero sabía que tenían razón, pues sus experimentos no habían seguido la ruta que él les había trazado, desde el comienzo.

La segunda carta fue aún más preocupante. Provenía del Director del Centro de Investigación Clonar de Nueva York. Era nuevo en el cargo, un genial científico e ingeniero de primer orden, el cual parecía haber hallado una serie de inconsistencias inadmisibles en el desarrollo de su clon. Rodrigo leyó su misiva con creciente desasosiego y al final se sentía completamente perdido:


"Por el examen del procedimiento incluido, debo deducir que produjo usted un clon adulto, completamente formado, a imagen y semejanza suya, sin que hubiera mediado el tiempo suficiente y normal para que se desarrollara como un ser humano independiente y completo. Me asombra que no haya seguido las disposiciones del Consejo de Gobierno del año pasado en las que se estipula la necesidad de obtener clones con un proceso de crecimiento normal. El clon del que usted expone en su Plan Clonar Guillén 2234 tendría que ser un bebé de 6 meses, no un adulto, en ningún sentido. Comprenda que dicho resultado atenta contra su seguridad, la del propio clon y la de quienes puedan rodearlo. Si no se presenta usted en nuestras oficinas en un plazo de 48 horas a partir de ahora, me veré forzado a iniciar en su contra un procedimiento de desacato a reglamentos federales, a confiscar al clon y a todo su equipo de laboratorio y a emplazar a sus colaboradores, a los cuales, de paso, se olvidó usted de citar."


—¡Por supuesto que no iba a citar a mis "colaboradores", doctorcito! —exclamó Rodrigo en el colmo de la furia y la desesperación—. ¡Lo hice yo solo! ¡Solo! ¡Diablos! ¿Y de qué problema de "seguridad" me está hablando, imbécil? ¡Mi clon es un ser perfectamente confiable, decente y poco original! ¡Yo lo sé! ¡Si lo hice yo mismo! —Era, en verdad, un clon perfecto, una copia indiferenciable. Nadie habría logrado crear un clon tan igual a su original. Incluso había utilizado sus recuerdos y su vida personal para dotarlo de una vida completa. Tal conocimiento estaba más allá de la capacidad de entendimiento de cualquier directorcito pomposo de un centro cualquiera.

Con las manos temblorosas, escribió una breve misiva de disculpa a los supervisores del Instituto de Investigaciones Espaciales, prometiéndoles que reiniciaría el expermiento de acuerdo a un replanteamiento integral del proceso cuestionado. Para tal efecto, viajaría a la Tierra por unos días y regresaría con equipo adicional de "refuerzo" . Esperaba que se lo creyeran y que no le cerraran el financiamiento de sus experimentos espaciales.

Acto seguido, se preparó para un viaje de emergencia a la Tierra. Tenía que recoger a su clon y llevarlo a Nueva York, lo que lo enfadaba en grado sumo. Y aún lo enojaba más el hecho de que sería preciso explayarse en explicaciones que no quería dar, pero confiaba en salir bien librado de tantas tribulaciones.


Eran aproximadamente las diez de la noche cuando Rodrigo Guillén arribó a su casa en los suburbios. Viajaba en un auto pequeño de alquiler, con su maleta de viaje en la cajuela, y fruncía el ceño preocupado, mientras elucubraba la mejor manera de sacar al clon de la casa para llevárselo a Nueva York. Por una nota que había hallado en su antiguo buzón de correo, el cual no revisaba desde que se había ido para la Luna, había sabido que su desempeño laboral de los últimos dos meses en su viejo trabajo había sido excepcional. Una noticia impactante por demás, pues sabía que quien realizaba su "trabajo" en aquella oficina no era otro que su propio clon. Por lo que se veía, Rodrigo se había entusiasmado en su papel de sustituto y había llenado de elogios su carpeta laboral. Tal hecho era un respiro para su actual situación, pues si perdía su trabajo en la Luna, aún podría regresar a su antiguo trabajo en perfectas condiciones.

Por de pronto, estaba tan oscura la noche y tan sumergida su mente en sus angustias, que no se dio cuenta de que había estacionado su auto justo detrás del impresionante deportivo de Arturo Noguera. Torciendo el gesto, se desanimó. Era evidente que Arturo estaba de visita, pues podía verse la luz que emanaba del salón comedor y podía escucharse las risas y la charla alegre que se sucedía en el interior. ¡Qué maldito Arturo tan entrometido! Y... puestos a pensar, ¿desde cuándo pasaba Arturo tanto tiempo de visita en su casa?

Rodrigo observó con creciente asombro su propia vivienda. Era la misma, pero a la vez, muy diferente. El jardín rebosaba de vida y belleza, los muros parecían recién pintados y su entorno general daba una impresionante sensación de prosperidad. Jamás había visto su casa de ese modo. Jamás.

Un momento. ¿No es esa... su esposa?

Una Marta de reluciente sonrisa acababa de abrir la puerta principal y parecía despedirse afectuosamente de otra mujer, muy esbelta y hermosa, que Rodrigo identificó en seguida como Carla Vardite, la última excónyuge de Arturo. Aunque era ciertamente de impresionante belleza, en aquel momento los ojos de Rodrigo estaban fijos en su esposa.

Ella era otra persona. Sus redondeces habían desaparecido, su cabello había crecido, su porte se había impregnado de orgullo y donaire y su sonrisa era especialmente feliz. No recordaba que hubiera sido así alguna vez, excepto por los lejanos días de su noviazgo, hacía más de quince años. ¿Cómo se había operado aquel cambio?

En aquel momento, cayó en la cuenta de que Arturo salía también, seguido de su propio clon.

Rodrigo estuvo a punto de perder el habla y hasta la capacidad de andar. ¿Ese era Rodrigo?

—¡Dios mío! —exclamó entonces Carla Vardite, indicando con un gesto hacia donde se hallaba Rodrigo—. ¡Juraría que veo visiones dobles!

Rodrigo se sobresaltó. Todos lo miraban con asombro en el momento mismo en que se hacía consciente de sus actos. Se había sentido tan aturdido por lo que veía, que se había bajado del auto sin darse cuenta y ahora caminaba hacia la entrada principal como si fuese un sonámbulo.

—¡Oh, por Dios! —exclamó entonces Marta mirándolo por primera vez—. ¡Si es Rodrigo! ¡Pero no! ¡No puede ser! ¿Un gemelo perdido?

Arturo miró a su amigo con las cejas arqueadas y un comienzo de diversión en los labios. ¿Qué le pasaba a aquel idiota? ¿Iba a echar a perder su engaño de manera tan ridícula?

El único que no reaccionó con sorpresa fue el clon. Con un suspiro fastidiado, se adelantó hasta donde se hallaban las señoras e indicó al Rodrigo original con un gesto.

—Parece que mi sorpresa se arruinó —dijo pesaroso—. Es mi clon.

Arturo pegó un respingo y miró asombrado a su viejo amigo, mientras Marta y Carla ahogaban una exclamación de profunda sorpresa. Pero quien más sorprendido reaccionó fue el propio Rodrigo.

—¿Tu clon? —exclamó furioso, sin poder evitar acercársele con intenciones hostiles en la mirada—. ¿Estás loco? ¿De qué diablos estás hablando, imbécil? ¡ eres mi clon!

—Como podrán ver —dijo Rodrigo sin perder la calma—, me salió con graves fallas. Iracundo, inestable, poco dado a aprender, una pésima idea. Quise probar con algunos métodos propios, crear un clon adulto, exactamente igual a mí, y cuando pensé que lo había logrado, se me descarriló. Hace unos días iban a venir por él para llevárselo al Centro Clonar de Nueva York, pero veo que se les escapó. Por eso no te lo había comentado, amor, pues no quería mostrarte el resultado de mis fallas. Lo siento.

Rodrigo sentía que la sangre le hervía de furia, que la sorpresa luchaba contra la ira, y que podía matarlo allí mismo, en aquel mismo momento. ¿Centro Clonar? ¿Qué sabía aquella maldita copia de todo aquel podrido asunto?

—¡No me he escapado de ningún sitio! —exclamó—. ¡Soy Rodrigo Guillén! ¡El único y auténtico Rodrigo Guillén! ¡Tu creador, maldita copia de segunda categoría! Marta, Marta, por favor, no me mires así. ¡No soy yo! ¿No te das cuenta? ¡Y ahorita mismo tengo que llevarte a ese Centro Clonar precisamente, porque resultaste ser una copia defectuosa! ¡Una que no siguió los procedimientos adecuados, rufián mentiroso!

Marta miraba a uno y a otro con completo asombro, lo mismo que Arturo. El parecido era asombroso, aunque ya no exacto. El Rodrigo recién llegado era como el antiguo: gordo, descuidado, irascible, descortés. Por el contrario, el Rodrigo que había estado con ellos aquellos dos meses últimos era un hombre atractivo e inteligente, de maneras amables e inteligencia despejada, que había moldeado su figura hasta alcanzar una belleza masculina apreciable. Marta, inclusive, al recordar sus noches de las últimas semanas, podía afirmar que si era una copia, lo era en versión muchísimo más mejorada.

—No voy a ir a ninguna parte, por supuesto —dijo en aquel momento Rodrigo, con una sonrisa tranquila—. Yo que tú me calmaba y razonaba sobre la conveniencia de gritar alocadamente en media vía pública, amigo.

—¡No me llames tu "amigo", imbécil! —gritó de nuevo Rodrigo furioso, adelantándose hacia él para tomarlo violentamente del brazo—. ¡Tú vienes conmigo!

—Eso sí que no —dijo el clon, con voz calma. Con un hábil movimiento de su brazo, dobló el de Rodrigo hacia atrás y con un lastimero gemido de dolor de éste, lo hincó sobre la acera y lo retuvo por detrás con su brazo doblado y magullado.

—Marta, amor, rápido —le dijo a la mujer con su tranquilidad habitual—. Llama al Centro Clonar. Tenemos que depositarlo adecuadamente en este mismo momento antes de que cause más problemas.

—¡No, Marta, no! —gritó Rodrigo intentando zafarse de la dura sujección de su clon, sin éxito—. ¡No hagas nada! ¡Él es el clon! ¡Tenemos que llevarlo a él! ¡No a mí! ¡Es peligroso! ¡Una mala copia, querida! ¡Debí hablarte antes de él! ¡Marta!

Marta miraba la escena indecisa. Carla, entretanto, clavó en Arturo una mirada inquisitiva. Llevaba un teléfono de pulsera y lo levantó significativamente, pero Arturo denegó rápidamente con la cabeza. En aquel momento, era preciso saber qué iba a hacer Marta.

—Amor, por favor, ayúdame —le dijo entonces Rodrigo a la mujer—. Causará más problemas si no lo llevamos.

—¡Suéltame, maldito clon! —gritó Rodrigo, sin poderse liberar—. ¡Marta! ¡Arturo, amigo! ¡Ayúdame!

Arturo no sentía el menor deseo de ayudarlo. La verdad era que el nuevo Rodrigo le gustaba mucho más. No sólo era un amigo más tranquilo, sino también parecía más inteligente y con mejores intenciones. Le había ayudado a volver con Carla, la cual no lo odiaba como se había temido, y en su vida laboral había representado una ayuda nueva. Incluso había comenzado un nuevo plan de salud y ya había bajado de peso considerablemente. Claro que no era el verdadero Rodrigo... ¿o sí?

Marta miraba con pena al Rodrigo que gritaba. Sí, sabía perfectamente que decía la verdad. Explicaba por qué Rodrigo había cambiado tanto en estos meses. Su Rodrigo, el de siempre, era aquel que vociferaba e intentaba librarse de la sujección del otro. Era un Rodrigo odioso e indiferente, que le había ocultado la verdad por motivos oscuros y que ahora venía a estropearlo todo. Pensando en sí misma, en su vida sexual renovada, en sus ilusiones reconstruidas, en sus propios hijos que parecían haber "descubierto" a su padre... sólo podía tomar una decisión previsible.


Ilustración: Fraga

—Llamaré al Centro —dijo con voz firme, sacando el telefono que pendía de su cadenita dorada—. Tienes razón, amor. Es una mala copia.

—¿A quién le hablas? —le preguntó entonces Rodrigo, confundido.

—A mi esposo, por supuesto —le dijo Marta mirándolo sin ruborizarse—. A ti no, claro está. Estás muy mal armado.

El clon sonrió con aire de triunfo, mientras Rodrigo dejaba caer el brazo libre con desánimo.

—¡Pero, Marta! —exclamó—. ¡Tú eres mi esposa! ¿Y qué hay de mis hijos? ¿También me los quitarás?

—No lo creo —le dijo ella, mientras esperaba comunicación con el Centro—. Hace dos semanas, Luis recibió un premio por su brillante desempeño en Matemática. Ahorita mismo, está de paseo en las montañas con su hermano y con un grupo de chicos del club de astronomía. ¿Sabes qué me dijo antes de partir?

Rodrigo parpadeó confuso.

—Que nunca había sabido lo que era tener un padre hasta ahora —le dijo Marta fríamente—. ¿Centro Clonar? Sí, mire, tengo un caso imprevisto aquí, justo enfrente de mi casa...

Las restantes palabras se perdieron para Rodrigo. No podía creer lo que veía. Lo que escuchaba. Arturo y Carla charlando, mirándolo como si él mismo fuese un producto mal ensamblado del laboratorio. Su esposa, comunicándose con el Centro Clonar, aquel en el que él mismo había trabajado durante quince años, diciendo tranquilamente que un clon evadido estaba causando desorden frente a su propia casa. Y detrás de él, sujetándolo con fuerza de acero, su creación, mirándolo con aire triunfal y una sonrisa despectiva.

—¿Alguna vez te preguntaste cuáles podrían ser las consecuencias de esta pequeña jugada? —le susurró éste entonces, con una voz fiera—. Aunque hayas obtenido una mala copia, como parece que resultó aquí... Buena suerte, Rodrigo Guillén...

En medio de una nube de desconcierto, Rodrigo fue puesto a las órdenes de los guardias del Centro Clonar, que con miradas de admiración (por la fineza de la "obra" ), lo trasladaron a una especie de ambulancia con funciones específicas, para ser sometido a exámenes psicológicos o físicos en el propio Centro. Ellos mismos comentaban lo parecido que era al doctor Guillén, pero sentían que le hubiera resultado tan defectuoso.

—Y ya no se parece a usted tanto, ¿sabe? —le dijo con pena el conductor a Rodrigo—. Supongo que revisará con atención sus procedimientos, ¿no? Tal como hizo el doctor Ruiz el otro día. Le salió una mala copia, pésima, pero se malogró antes de que viviera, afortunadamente. ¡Buenas noches!

Arturo y Carla se despidieron también y pronto quedaron los anfitriones solos. Despacio, en silencio, entraron en la casa. Al cerrar la puerta, sin embargo, Marta clavó la mirada en el clon, con aire de interrogación palpitante.

—En el momento en que vi tu foto, te quise —le dijo Rodrigo con una suave sonrisa—. A los chicos, los admiré. Y esta casa fue mi hogar. Tengo sus recuerdos en mi memoria, pero también tengo mi corazón. ¿Deseas más explicaciones?

Marta suspiró sonriente y le tendió los brazos.

—Para nada —susurró.

Rodrigo sonrió entonces en la penumbra de una casa feliz y no se acordó más de su original, pero la salvaje luz de satisfacción que se encendió en su mirada... nadie la advirtió.



Laura Quijano Vincenzi nació en 1971 en San José de Costa Rica. Empezó escribiendo historietas que luego se hicieron demasiado complicadas y largas, por lo que optó por plasmar sus ideas en cuentos y novelas. Leyó a Borges, Asimov, Agatha Christie y Tolkien, además de otros escritores de fantasía y ciencia ficción. Estudió Derecho y Filología Española y mientras lo hacía retomó la escritura con entusiasmo, lo que se vio recompensado en 1995 con el Primer Premio en el concurso literario Joven Creación, de Editorial Costa Rica, por la novela corta "Una sombra en el hielo", que se publicó al año siguiente. Era, para su satisfacción, una historia de ciencia ficción, algo poco frecuente en los concursos locales. Luego de casarse y tener tres niños ha regresado a la actividad literaria dando comienzo a una trilogía de fantasía titulada A través del Portal, cuyo primer volumen, Magia ya ha sido publicado. Este es su primer cuento en Axxón.


Axxón 167 - octubre de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Clones: Costa Rica: Costarricense: Tico).

            

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