PAT

Greg Egan

Australia

—Señora O'Connor, quiero que averigüe quién mató a mi madre. ¿Lo hará?

La cólera quebraba la voz de Helen Sharp; parecía casi tan exaltada como si hubiera venido a encontrarse cara a cara con el asesino. Aunque, dadas las circunstancias, el acto mismo de insistir en que había un asesino equivalía a vociferar acusaciones a los cuatro vientos. Se necesitaba valor para eso, por más que no tuviera idea de a quién estaba acusando.

—El informe del forense no es concluyente —dije con cuidado—. No soy abogada, pero me imagino que aún así Third Hemisphere estaría dispuesto a llegar a un acuerdo extrajudicial por...

—¡Nadie está acusando a Third Hemisphere! Por supuesto, es posible que paguen de todas formas, sólo para impedir la publicidad negativa. Pero sucede que no estoy interesada en un chantaje legalizado. —Sus ojos destellaban con furia; no se esforzaba por ocultar su indignación. Sin duda sus abogados le habían hecho la misma recomendación; no parecía que la idea fuera a entusiasmarla. Tenía treinta y dos años, apenas cinco menos que yo, pero irradiaba un idealismo tan pertinaz que me resultó difícil no verla como alguien de otra generación.

—Bien —levanté una mano en gesto conciliador—. Es su decisión. Pero le sugiero que no firme nada que la limite. Y no haga ninguna declaración pública de absolución. Es posible que se arrepienta después de pagar mis gastos durante seis meses. Incluso podría encontrar algo que la haga cambiar de idea. Han sucedido cosas más extrañas. —Aunque nada más extraño que un deudo que declinara la ocasión de sacarle hasta el último centavo a una multinacional.

—El implante PAT no fue el responsable —dijo Sharp con impaciencia—. No hay evidencia que indique eso.

—Tampoco hay evidencia de un atentado.

—Por eso la estoy contratando. Para que la encuentre.

Giré la vista con irritación a la ventana que miraba al norte. El sol ardía a través del vidrio supuestamente inteligente, volviendo la oficina tan calurosa como las ardientes calles de Kings Cross que quedaban más abajo.

Grace Sharp llevaba un mes muerta. Yo había estado siguiendo el caso informalmente, como todo el mundo en Sydney, por pura curiosidad morbosa. La noche del 12 de enero había estado trabajando en su estudio, aparentemente sola. La causa inmediata de la muerte había sido un infarto de miocardio, pero la autopsia había revelado signos de una intensa descarga de adrenalina. Tal cosa podría haber sido el resultado del dolor y el estrés propios de un ataque cardíaco... O pudo haber ocurrido en primer lugar, disparada por una impresión externa desconocida.

Y también era posible que el chip del Protocolo Afectivo Total hubiera inundado su cuerpo con adrenalina sin ninguna razón.

Sharp tenía sesenta y siete años y su salud era razonablemente buena para alguien de su edad, pero también era bastante mayor como para que los límites de lo posible se volvieran difusos. Durante la investigación, los patólogos forenses se habían esforzado por determinar la probabilidad de cada alternativa, pero no había surgido ninguna certeza. Lo cual sin duda era angustiante para los familiares, y los volvía vulnerables a la fantasía de que en algún lugar había una respuesta sencilla esperando a que la encontraran.

—El consenso mediático es que mi madre trabajaba en un poema en el momento de morir —dijo Helen Sharp—, y pensó una palabra en PAT tan "poderosa" que la mató en el acto. —Su tono era venenoso—. ¿En serio se imaginan que noventa mil personas cuerdas se pondrían en el cerebro algo que pudiera hacer eso? ¿O que los fabricantes venderían un dispositivo que podría traerles demandas por miles de millones de dólares? ¿O que las autoridades gubernamentales...?

—Muchas personas han muerto por fármacos licenciados —dije yo—. Los implantes son aún más difíciles de probar. Y softwares "a prueba de fallas", programados según las especificaciones militares más estrictas, han estrellado aviones.

Se aferró triunfante a la analogía.

—¿Y cómo se sabe eso? ¡Porque la caja negra del avión lo prueba! Bien, el implante PAT tiene su propia caja negra: un chip independiente que graba todas sus acciones. Y no hay registro de ninguna falla. No hay registro de que el implante disparara ninguna descarga de adrenalina. Mucho menos una dosis fatal.

—Tal vez la caja negra falló también. Usted dice que es independiente, pero si hay suficiente conectividad como para que sepa todo lo que hace el implante, el sistema combinado podría ser vulnerable a alguna forma de falla común que los diseñadores no previeron.

Sharp apretó los puños, frustrada.

—Eso no es literalmente imposible —concedió—. Pero no creo que sea probable.

—Muy bien. ¿Qué cree que sucedió?

Sharp se serenó. Tenía un aire de estar harta de repetir siempre el mismo mensaje; hacía acopio de fuerzas prometiéndose que sería la última vez.

—Mi madre sí estaba trabajando en un poema esa noche —dijo—, la caja negra no deja lugar a dudas. Pero la hora de la muerte no se puede determinar con precisión: pudo ser hasta quince minutos después del último uso registrado del implante. Creo que la interrumpieron. Creo que alguien entró en el departamento y la mató.

»No sé cómo lo hizo. Tal vez sólo la aterrorizó, sin ponerle un dedo encima, y eso bastó para causarle el ataque. —Su voz era monocorde, deliberadamente desprovista de emoción—. O tal vez le dio una dosis transdérmica de algún estimulante potente. Hay docenas de químicos que podrían causar un ataque cardíaco sin dejar rastros. Pasaron casi nueve horas hasta que la encontraron. Hay análogos de carbohidratos de neuropéptidos estimulantes que en cuestión de minutos se descomponen en glucosa y agua.

Resistí el impulso de recordarle que no había evidencia de una intrusión; habría sido un desperdicio de aliento.

—Pero, ¿por qué? ¿Por qué alguien querría matarla?

Ella vaciló.

—No sé cuánto sabe usted del PAT.

—Suponga lo peor.

—Bien... Lo han descrito de todas las formas incorrectas imaginables: "telepatía", "esperanto informático", "el estándar multimedia para el cerebro"... Claro que empezó como una fusión entre el lenguaje y la realidad virtual, pero ya lleva quince años de crecimiento. Sigue habiendo una palabra para decir <<perro>> —trazó con los dedos los paréntesis angulares, y yo misma adopté la convención más tarde—, que bien podría ser hundo; y otra para decir <<tu querido labrador dorado en la playa sacudiéndose el agua antes de lamerte la cara>>, que evocaría todo eso y más en los cinco sentidos, si usted lo permitiera.

»Pero ahora estamos creando palabras para expresar conceptos, emociones, estados mentales que en otro tiempo habrían sido imposibles de describir. En última instancia, con el PAT no hay nada que un cerebro humano pueda experimentar que tenga que ser necesariamente... inefable, misterioso, incomunicable. Nada es indiscutible. Nada es imposible de analizar. Nada es "indecible". Y muchas personas se sienten amenazadas por esa perspectiva; pone de cabeza muchas de las antiguas estructuras de poder.

Si ese cliché se volviera realidad cada vez que alguien lo invoca, las "estructuras de poder" oscilarían más rápido que la corriente alterna. Helen Sharp marcaba siete en mi índice de paranoia; además de estar comprensiblemente dolida y frustrada, pertenecía a una tecnosubcultura que era mal entendida por el público general, que con frecuencia era representada de manera incorrecta, y que está claro que gustaba de considerarse una elite "peligrosamente" iconoclasta.

—Sé que a alguna gente, los usuarios del PAT les resultan... inaceptables —dije—. Pero, ¿qué podría llevarlos de repente a extremos como el homicidio? En estos quince años, ¿ha habido alguien asesinado sólo por tener el implante?

—No que yo sepa. Pero...

—Entonces está claro...

—Pero puedo decirle qué es lo que ha cambiado. Puedo decirle por qué el conflicto ha entrado en una fase totalmente nueva.

Eso captó mi atención.

—Continúe.

—Usted sabe que es ilegal instalarle un implante PAT a un menor de dieciocho años, ¿verdad?

—Por supuesto. —La misma restricción se aplicaba a todo el hardware neural; sólo estaban exceptuados los chips terapéuticos que restablecían las funciones normales en personas lesionadas o con discapacidades congénitas.

—A principios de marzo, aquí, en Sydney, una pareja emprenderá acciones legales para asegurarse de que podrán instalarle el implante a todos sus futuros hijos, a la edad de tres meses.

Quedé sin habla durante unos instantes. Estaba claro que los planes no habían salido de un estrecho círculo de partidarios; la exhaustiva cobertura mediática de la investigación ni siquiera lo había mencionado como un rumor. No esperaba que a los cabezas de PAT les quedaran sorpresas luego del intenso escrutinio periodístico.

—¿Acciones legales? —pregunté—. ¿Con qué bases?

—Que tienen el derecho de criar a su familia con el lenguaje que prefieran. Lo garantiza la legislación federal. Hay una ley de 2011 que instrumenta la mayor parte de las disposiciones del Convenio Sobre Derechos Humanos de 2005 de la ONU. Buscarán un fallo de la Corte Suprema que derogue las secciones correspondientes del código criminal de Nueva Gales del Sur. Desde un punto de vista legal, eso es mucho más difícil que intentar defenderse de una acusación luego del acto... Pero les ahorra el problema de encontrar un cirujano dispuesto a convertirse en mártir. —Esbozó una sonrisa—. Esa misma ley federal fue invocada hace un año. Una pareja que se comunicaba en lengua de señas estaba recibiendo presiones de Servicios Comunitarios para ponerle un implante auditivo a su hijo. Los padres ganaron en primera instancia, y parece que no habrá apelación. Pero, por supuesto, un caso pro-implante siempre será mucho más difícil. Y la lengua de señas es respetable comparada con el PAT.

—Supongo que la policía sabe todo esto.

—Por supuesto. Pero no parecen estar muy interesados. Y yo no pude introducir el asunto en la investigación. Legalmente hablando, supongo que está todo paralizado.

—Pero usted cree...

—Yo creo que una muerte que todos atribuyeran al PAT haría que las posibilidades de éxito de la acción legal pasaran de ser mínimas a ser... políticamente inviables. Creo que hay personas que pensarían que ése es un resultado por el que vale la pena matar.

Sharp me clavó la mirada por un momento y luego hizo un leve gesto de asentimiento, casi de comprensión, como si yo acabara de pronunciar una palabra que expresara todas las emociones contradictorias que pasaban por mi cabeza: <<Meter hardware neural en el cráneo de un niño de tres meses sólo para satisfacer el capricho de los padres sería obsceno. Pero... Si los omnipresentes implantes auditivos que privilegian el inglés sobre la lengua de signos no son ningún "capricho", ¿por qué lo sería uno que privilegia el PAT sobre el inglés? Y si realmente Grace Sharp había sido asesinada para dificultar el éxito de la acción legal, sus asesinos debían de todos modos ir a la cárcel, con sus pretensiones de superioridad moral y todo. Y mi propio rechazo visceral ante la idea de cabezas de PAT infantiles sólo probaba que bien podía ser un motivo bastante poderoso.

—Y yo creo que aceptará el caso —dijo ella.


Esa misma tarde empecé a revisar la literatura técnica referente al implante PAT. Era lo más cercano que podría encontrar a una descripción objetiva de sus capacidades. Al igual que la mayoría de la gente, imaginaba que ya entendía sus características más notables; pero resultó que había tragado más desinformación de la que imaginaba.

Los dos chips —el implante propiamente dicho y la caja negra, ambos de menos de un milímetro de ancho— se colocaban en la parte posterior del cráneo y compartían el acceso a una delgada telaraña de filamentos de polímero conductor que envolvía el cerebro, estableciendo miles de millones de contactos cuasi-sinápticos con la corteza visual y la auditiva, así como con el área de Wernicke, ubicada en el lóbulo temporal. Otros filamentos llegaban a más profundidad; algunos alcanzaban el sistema límbico. El PAT podía hablarse o escribirse, pero los requerimientos de ancho de banda convertían al infrarrojo modulado en el medio de preferencia. El enlace estaba conectado, por medio de la médula espinal, con células transceptoras IR desarrolladas por bioingeniería e injertadas en la piel de las palmas.

Instalar el implante no otorgaba un dominio instantáneo del PAT; aún era necesario aprender el lenguaje. Un vocabulario completo "precargado" no habría funcionado nunca; el significado preciso de la mayoría de las palabras sólo podía codificarse en su contexto, una vez que el PAT residía en el cerebro de un usuario en particular. En el momento de la instalación, la red neural del implante estaba en blanco en un noventa por ciento; no contenía más que un sistema especializado de adquisición del lenguaje y un sencillo vocabulario de "arranque". Y aunque el proceso de aprendizaje dejaba su marca más que nada en el implante mismo —además de algunos cambios relativamente menores en las regiones cerebrales que codificarían un segundo lenguaje natural—, no tenía sentido decir que el cerebro o el chip aislados "supieran PAT". Un usuario experimentado que cambiara su implante por otro nuevo, recién salido de la fábrica, volvería casi a la casilla uno (en la práctica, todos los datos del viejo hardware serían copiados en el nuevo). Pero, de igual manera, un implante enriquecido por la experiencia que fuera colocado en el cerebro de un usuario novato sería tan inútil como un trozo de corteza cerebral ajena.

Por supuesto, estas observaciones se aplicaban estrictamente a los adultos. A pesar de que había varias docenas de artículos teóricos —la mayoría de los cuales eran cautamente optimistas—, en realidad nadie sabía cómo interactuaría el implante con el cerebro de un niño.

Un usuario de PAT podía interpretar un sensorio estándar de realidad virtual. Pero, intencionalmente, no se había incluido una forma de interactuar de manera convencional con un entorno inexistente. Los implantes RV inmersivos paralizaban en forma temporal el cuerpo orgánico y desviaban los impulsos motores del cerebro hacia un modelo somático informatizado: un cuerpo virtual que funcionaba como parte del entorno virtual y estaba sujeto a sus reglas. Por el contrario, la idea que un usuario de PAT tenía de "interacción" consistía más bien en repensar todo el sensorio y luego regurgitarlo, o responder con algo totalmente distinto. Discutir con la premisa en vez de aceptarla pasivamente. Un usuario de RV no tenía otra opción que suspender la incredulidad o salir —un entorno sensorial completo, fuera surrealista o no, era siempre convincente—, pero un usuario de PAT podía enfrentarse a la misma información con tanto distanciamiento como deseara. Las palabras de PAT —que incluían todo el vocabulario de descripción sensorial de la RV— podían evocar imágenes diez mil veces más vívidas y precisas que el lenguaje poético más denso... O podían mantenerse a distancia y escrutarse desapasionadamente, con la misma facilidad con que el hablante de un lenguaje natural podía contemplar las frases "un destello de luz cegadora" o "el abrumador hedor del amoníaco" sin experimentar lo que describían. En la jerga de los diseñadores del implante —palabras normales, anteriores al PAT—, toda palabra en PAT podía ser examinada (entendida analíticamente) o reproducida (experimentada subjetivamente), o bien interpretada de un modo que estuviera en cualquier punto entre esos dos extremos.

Pero había un aspecto en el que el PAT podía ser más inmersivo que la mejor RV: podía inducir estados emocionales de manera directa. La RV se limitaba a datos sensoriales puros (aunque en extremo manipuladores, a menudo), pero en el Protocolo Afectivo Total existían palabras para <<miedo>>, <<euforia>>, <<tristeza>> (o, más bien, distintos matices de estas categorías generales), y el implante podía alcanzar las profundidades del sistema límbico y generar estos estados con la misma facilidad con que un chip de VR podía generar la ilusión de un cielo inequívocamente azul.

Claro que el usuario seguía siendo capaz de mantener el lenguaje a distancia. La palabra en PAT para <<desesperación paralizante>> sólo podía inducir el "estado de referencia" si se hacía un esfuerzo consciente por reproducirla. Y aunque la gramática formal del PAT no proscribía nada, había filtros de bajo nivel que montaban guardia en previsión de singularidades lingüísticas potencialmente incapacitantes —tales como <<el deseo de reproducir esta palabra para siempre>>—, o de cualquier cosa fisiológicamente peligrosa.

Aún así, por más que la literatura manifestaba una despreocupada tranquilidad al respecto, en última instancia todo se reducía a confiar en los fabricantes y las autoridades reguladoras. No dudaba que, en teoría, era posible diseñar un chip PAT que no tuviera más posibilidad que un cerebro humano sin modificaciones de matar al usuario si accidentalmente pensaba en la palabra para <<descarga fatal de adrenalina>>. Pero que Third Hemisphere hubiera logrado o no tal nivel de seguridad —para cualquier usuario concebible— era otro asunto.

De los noventa mil hablantes de PAT del planeta, Grace Sharp era la de mayor edad, y se decía que era también la que mejor dominaba el lenguaje. Pero si este dominio implicaba un riesgo mayor, a causa del vocabulario más amplio, o menor, debido a un mejor control del lenguaje, era algo que yo no podía saber.


Alrededor de las siete y media me cansé de hojear artículos sobre algoritmos de compresión afectiva sin pérdida. Cerré la oficina y me encaminé a la estación.

Aún se sentía el calor del día ascendiendo desde Victoria Road, pero soplaba una leve brisa del este. Los ostentosos hologramas publicitarios nunca parecían tan vulgares al atardecer como al amanecer, por más que tuvieran los mismos colores desleídos; tal vez todo se debía al humor que dominara en las calles. Aún quedaban pasajeros sudorosos que volvían a sus hogares, irradiando un palpable alivio; y empezaban a llegar juerguistas recién bañados, llenos de una energía optimista. De alguna manera, el amanecer nunca parecía optimista en Kings Cross.

Pasé ante una pandilla de monjes del templo de Darlinghurst, vestidos con túnicas color azafrán, que cazaban almas en la acera de enfrente. James no parecía estar entre ellos, pero era difícil estar segura: todos me parecían iguales, y mis recuerdos más intensos de él no abarcaban la fase terminal, ya con la cabeza afeitada. Ni siquiera cuando rememoraba la noche en que anunció que nos dejaría a Mick y a mí para dedicar su vida a la contemplación ("No tiene sentido discutir, Kath —me había explicado con una expresión de engreimiento trascendental—, ya no soy esclavo de las ilusiones del lenguaje"), ni siquiera entonces, extrañamente, lo imaginaba como había sido diez años atrás. La popularidad del budismo no había dejado de crecer en todo el país desde mi infancia (iba ocupando el espacio que dejaba el retroceso del cristianismo, como si el "vacío" tuviera necesariamente que ser llenado por algo igualmente absurdo), pero en los últimos diez años el gobierno federal había empezado a mantener a los monasterios a lo grande, con un programa de subsidios para el "desarrollo espiritual de la comunidad". Tal vez esperaban ahorrar en seguridad social.

Vacilé antes de entrar a la estación. Pensaba: Una sola palabra en PAT podría capturar este momento; codificar perfectamente todo mi sensorio, y todo lo que estoy pensando y sintiendo. Una palabra que podría pronunciar, escribir, recordar. Estudiar a distancia —examinar— o reproducir, revivir por completo. Conjugar y modificar. Citar con exactitud (o no) al amigo más íntimo o al más distante desconocido.

Tuve que admitir que era una idea inquietante: un lenguaje que podía abarcar, si no al universo, sí a todo lo que pudiéramos experimental de él. En todo momento, el cerebro humano estaba en alguno de los "apenas" diez a la tres mil estados subjetivamente distinguibles. Eran solamente diez mil bits de información: bastante extenso si se lo codificaba en sílabas, pero no más que un destello infrarrojo de un milisegundo. Un usuario de PAT podía narrar con toda precisión su vida interna completa, con una fidelidad del cien por ciento, en tiempo real. Leopold Bloom, cómete tu corazón.

Aún sentía cosquillas en la nuca cuando abordé el tren que iba al sur. El vagón estaba atestado, así que viajé de pie. Iba con los ojos cerrados, dejando que la pregunta girara en la oscuridad de mi cráneo: ¿Quién, o qué, mató a Grace Sharp? El trabajo no era algo que pudiera encender o apagar; y mientras no llegara a la instancia en que alguna parte de mí estuviera pensando en el caso a cada momento, sería difícil que hiciera algún avance.

Helen Sharp creía en una conspiración sin rostro que se oponía al uso del PAT como primer lenguaje, impulsada por pura xenofobia lingüística. Sin embargo, la verdadera oposición podía estar motivada, en parte, por una preocupación perfectamente válida por las consecuencias del PAT sobre el desarrollo de un niño.

Los medios serios favorecían la idea de un simple fallo de la tecnología; varios editoriales respetables habían reescrito el caso Sharp como una advertencia sobre la necesidad de mejorar el control de calidad de la ingeniería biomédica. Los medios amarillistas, por su parte, habían abrazado alegremente la idea de la palabra <<muerte>>, que tenía una carga cuasi-mística suficiente para darles a sus lectores antitecnológicos una sensación de justicia poética ante una cabeza de PAT aniquilada a causa de un pensamiento... y a sus lectores pro-tecnológicos, una sensación de sobrecogimiento ante el Poder del Chip.

Y seguía siendo posible que Grace Sharp hubiera sufrido un simple ataque cardíaco. Sin asesinos, sin poesía fatal, sin fallas.

Por el momento, no podía hacer otra cosa que concordar con el forense: no se podía descartar nada.


Cuando llegué a casa, Mick ya había comido y se había retirado a su habitación para jugar Intrigas políticas austrohúngaras en el espacio. Hacía casi seis meses que ejecutaba el escenario con media docena de amigos, algunos de Sydney, otros de Pekín, otros de San Pablo. En una ocasión habían tenido la amabilidad de dejarme participar como un personaje secundario de nombre impronunciable; pero después de diez minutos estaba tan terminalmente aburrida que procuré morir tan pronto como pude. No tenía nada contra los juegos de rol en sí... Pero éste era el más absurdo que había visto desde El posmodernismo se comió a mi hijo natural. Aún así, todo muchacho de nueve años necesita algo horroroso que superar; algo que al año siguiente pueda recordar con vergüenza incondicional. Los libros que yo misma leía (y adoraba) no eran mucho mejores.

Llamé a su puerta y entré. Estaba acostado en su cama con el casco puesto y las manos sobre la cabeza, haciendo gestos minimalistas con los guantes de control; controlaba un títere de software que no tenía sentido del tacto, del equilibrio ni de la propiocepción. Manipulaba las extremidades con acciones que no tenían nada en común con el movimiento de las suyas propias... pero veía y oía a través de los ojos y oídos del títere.

La mayor parte de los estudios que había leído indicaban que cuanto antes un niño se iniciara en la RV (con casco y guantes, por supuesto, no con implantes), menos efectos secundarios causaba en su coordinación y en su imagen corporal. Las habilidades necesarias para mover cuerpos reales y virtuales parecían no competir por los limitados recursos neurales; se podían aprender en paralelo, con tanta facilidad como dos lenguajes. Sólo los adultos se confundían (y les iba mejor con los implantes RV, que les permitían fingir que estaban usando sus cuerpos físicos). La investigación indicaba que una hora diaria de RV no era más dañina que una hora diaria de cualquier otra actividad igualmente antinatural: violín, ballet, karate...

Pero no dejaba de preocuparme.

El monitor de la habitación le indicó mi presencia. En una pausa conveniente de la acción, Mick se sacó el casco para saludarme. Hacía su mejor esfuerzo por ocultar su impaciencia.

—¿La escuela? —pregunté.

—Sosa —respondió él—. ¿El trabajo?

—Tengo un caso de asesinato.

—¡Resonante! —Su cara se iluminó—. ¿Qué clase de arma?

—Palabras ofensivas.

—¿Qué?

—Es un chiste. —Iba a explicarle, pero me pareció injusto hacer esperar a los demás jugadores—. Dejarás a las nueve, ¿de acuerdo? No quiero tener que vigilarte.

—Mmmm. —Era deliberadamente ambiguo.

—Puedo programarlo —dije con calma—, o puedes apegarte voluntariamente a las reglas. Es tu elección.

—Si no hay diferencia, no es una elección —frunció el ceño.

—Qué profundo. Pero resulta que no estoy de acuerdo. —Me acerqué a él y le aparté el cabello de los ojos. Me miró de esa manera que significaba "quisiera que no lo hicieras, pero esta vez te perdono".

—¿Palabras ofensivas? —dijo de repente—. ¿Hablas de Grace Sharp?

Asentí, sorprendida.

—La semana pasada un gurú estaba hablaba de cómo se PATeó hasta morir. —Parecía divertirlo. Advertí entonces que "gurú" era varios órdenes de magnitud más insultante que cualquier cosa que yo me habría atrevido a decir a su edad enfrente de mi madre. Por lo menos los insultos iban ganando elegancia; los equivalentes de mi generación hacían referencia casi exclusivamente a excrementos y genitales. Mick y sus contemporáneos no eran en absoluto remilgados; simplemente, las antiguas formas escatológicas les resultaban vergonzosamente infantiles.

—¿No crees en la palabra <<muerte>>? —le pregunté.

—No en una mina antipersonal con forma de cáscara de banana que pisas por accidente.

Eso me hizo reflexionar.

—Pero si existiera, ¿no crees que sería más fácil enfrentarse a ella si viniera del exterior que si te la encontraras en tus propios pensamientos?

—El PAT no funciona así —negó con la cabeza—. No puedes inventar palabras al azar. No puedes probar patrones aleatorios de bits. Puedes imaginas cosas, asociar libremente... pero no morir por ello, sin verlo venir.

—¿Cuándo leíste sobre todo esto? —reí.

—La semana pasada. La noticia parecía flash, así que hice una búsqueda en contexto. —Echó una mirada a su terminal e hizo algunos leves movimientos de manos; un cúmulo de íconos de URL se vertió dentro de un sobre con mi nombre, que luego se lanzó a la bandeja de salida—. Referencias.

—Gracias. Malgasté toda la tarde. Tendría que haber venido temprano a casa a buscar tu cerebro. —Bromeaba sólo a medias. Me senté en el borde de la cama—. Pero si no tropezó ella misma con la palabra... No me imagino cómo se la pueden haber dicho: por lo que la policía pudo determinar, no tuvo visitas ni comunicaciones por horas. Y si alguien se metió en el departamento, no dejó rastros.

—¿Qué tal si...? —Mick señaló con un pulgar enguantado la repisa que colgaba sobre la cama.

—¿Qué? —Recorrí lentamente con la vista el desorden de objetos—. Ah.

Mick había instalado un enlace IR con su amigo Vito, quien vivía en un bloque de departamentos del otro lado del parque; podían intercambiar datos veinticuatro horas al día sin que ninguna de las dos familias les pagara un centavo a los magnates de la fibra óptica. El rayo colimado del transceptor de cinco dólares atravesaba sin inconvenientes las dos ventanas.

—¿Crees que alguien... le disparó la palabra <<muerte>> en la palma desde afuera del departamento? —La idea traía imágenes estrambóticas: una figura que apuntaba con una mira nocturna sin arma; Grace Sharp con los brazos extendidos y estigmas infrarrojos.

—Tal vez. ¿Nos repartimos el dinero si tengo razón?

—Claro. Descontando el alquiler, la comida, las comunicaciones...

Mick fingía tocar el violín. Yo fingí darle un golpe en la cabeza. Miró el terminal; sus amigos estaban perdiendo la paciencia.

—Mejor te dejo —le dije.

Sonrió, hizo un gesto de despedida como un buzo a punto de sumergirse, y volvió a calzarse el casco. Me quedé en la habitación unos minutos más; me sentía muy extraña.

No porque estuviera perdiendo contacto con mi hijo. No era así. Pero, de repente, que pudiéramos entendernos parecía el vudú más precario. El lenguaje natural había sobrevivido sin cambios fundamentales a mil revoluciones sociales y tecnológicas... Pero el PAT lo hacía parecer una herramienta de la Edad de Piedra, un trozo de obsidiana tallado burdamente en una época en que se podían manipular átomos a voluntad.

Y era posible que en el largo plazo, todo el ensayo y error, todos los malos entendidos, todos los remedios caseros de sonrisas y gestos, todos los intentos torpes pero bien intencionados de cerrar la brecha, fueran aniquilados por el torrente deslumbrador de comunicación sin fronteras.

Cerré la puerta silenciosamente al salir.


A la mañana siguiente comencé a revisar las transcripciones de la investigación policial, que incluían una imagen tridimensional del estudio de Grace Sharp. Un empleado doméstico que iba tres veces por semana había encontrado el cuerpo a las 8:20; aunque su estado general era bueno, Sharp sufría una severa artritis en las manos. Los paramédicos se habían llevado el cuerpo antes de que llegara la policía, pero antes habían seguido la rutina de fotografiar la escena del crimen.

El departamento estaba en el piso 25, y el estudio tenía un ventanal que miraba al oeste. Las cortinas estaban abiertas de par en par; aunque las transcripciones no mencionaban la posibilidad de que alguien, el hombre que encontró el cuerpo o los paramédicos, las hubiera abierto para que entrara luz. Inserté la imagen en los planos catastrales del suburbio, e hice un burdo trazado de rayos desde el punto en que el software forense indicaba que Grace Sharp se hallaba antes de caer. Una bala habría dejado información direccional, pero una ráfaga IR podría haber llegado desde cualquier sitio que estuviera a la vista. Dadas la incertidumbre de la posición y el tamaño de la ventana, las posibilidades abarcaban las ventanas y balcones de sesenta y tres departamentos. La mayoría estaba fuera del alcance de cualquier equipo IR barato para aficionados; pero averigüé la sensibilidad de los transceptores epidérmicos, la atenuación atmosférica y la dispersión del rayo, y luego empecé a recorrer catálogos. Había varios modelos de láser de comunicaciones que podrían haber hecho el trabajo, y el más barato costaba sólo trescientos dólares. No era algo que se consiguiera en un negocio común de electrónica, pero tampoco existían restricciones formales sobre la compra y la posesión. Después de todo, no era un arma.

¿La poeta en PAT más grande del mundo, muerta por el disparo de una palabra? Era una idea seductora —y me sorprendía que los tabloides no la hubieran recogido semanas atrás—, pero a la fría luz de la mañana, me resultaba cada vez más difícil creer que Grace Sharp no hubiera muerto por causas naturales. El edificio tenía excelente seguridad; el equipo forense no había hallado señales de intrusión. El testimonio de la caja negra no era incontestable, pero en términos generales exoneraba al implante. Y Helen Sharp estaba convencida de que la palabra <<muerte>> era imposible.

Pasé el resto de la mañana con el resto de las transcripciones, pero no había nada esclarecedor. Los expertos se habían lavado las manos en el caso de Grace Sharp. Yo no se los reprochaba: si la evidencia no indicaba un veredicto claro, lo más honesto era decirlo. Sin embargo, en la mayoría de las pesquisas alguien deslizaba alguna que otra especulación: la corazonada de un patólogo, la intuición inverificable de un ingeniero... Unas pocas palabras que pudiera lanzarles acusadoramente a la cara luego de acorralarlos en su oficina, empujándolos a que soltaran la elaborada hipótesis extraoficial que habían estado alimentando por meses. Pero aquí no había un solo punto en que apoyarse; todos los testigos habían sido cautos de manera irreprochable.

Así que hice lo único que me quedaba: me armé de valor y empecé a recorrer los archivos sobre enemigos del PAT.

Entre comunicados de prensa (la mayoría de ellos de políticos y figuras religiosas), cartas y ensayos en publicaciones editadas, y posteos en foros de la red, terminé con unos diecisiete mil individuos que habían dicho algo poco halagüeño sobre el PAT. El algoritmo de búsqueda era multilingüe, pero no confiaba en que fuera capaz de identificar ironías; así que incluso esta muestra aproximada debía tomarse con mucha cautela. El doce por ciento de los posteos en foros eran anónimos —y la muestra al azar que inspeccioné dejaba claro que provenían de oponentes acérrimos—, pero los hice a un lado: el análisis textual de unos cuantos gigabytes de invectivas podía esperar que llegara el momento de raspar el fondo del barril.

El software de grupos identificó varias conexiones bastante predecibles. Dos tercios de las personas que había encontrado hablaban oficialmente en nombre de noventa y seis organizaciones políticas, religiosas o culturales, o bien manifestaban de manera explícita que pertenecían o apoyaban a alguna de esas organizaciones.

El software trazó noventa y seis diagramas de estrella. El grupo más grande correspondía a Sabiduría Natural, un grupo de presión cuasi-ecologista creado con el único propósito de oponerse al hardware neural. La mayor parte de los miembros eran europeos, pero había una presencia australiana significativa. El segundo grupo era La Fuente de la Rectitud, una coalición cristiana fundamentalista con sede en los Estados Unidos; tenían media docena de iglesias locales afiliadas. Pero no necesariamente el tamaño del grupo medía la fuerza de la oposición: la Iglesia Católica local estaba apenas en decimotercer lugar, pero esto sólo se debía a su rígida estructura jerárquica y a su lista relativamente corta de voceros oficiales. La mayoría de las autoridades islámicas tampoco veía con agrado el hardware neural; pero la mayor parte de los países con predominio islámico sencillamente habían prohibido la tecnología, de manera que allí no era un tema de discusión. El mejor exponente del Islam era un grupo del Reino Unido que estaba en el puesto número cincuenta y siete.

Acoté el conjunto de datos para que se limitara a Australia. Aún quedaban diecinueve organizaciones... y no había cambios en los seis primeros puestos. Todo este análisis tenía cierto sabor a cacería de brujas. No estaba acusando públicamente a nadie de nada; no estaba difamando a Sabiduría Natural, ni llamando asesinos a sus miembros por oponerse al implante; pero estas expediciones de pesca siempre me hacían sentir incómoda.

Aún así, si éstas eran las personas que se sentían más amenazadas por la perspectiva de que un niño creciera con el PAT... ¿Quién de entre ellos podría haber sabido de la presentación ante la Corte Suprema?

Revisé las bases de datos de asociaciones legales y paralegales, además de las listas de correo de publicaciones importantes, a la búsqueda de cualquier persona que hubiera dado el domicilio de Huntingdale y Socios, la firma legal que preparaba el caso sobre el implante infantil.

No hubo solapamiento con el grupo anti-PAT; lo cual no era una gran sorpresa. Me imaginé que la policía ya habría llegado al menos hasta aquí, y contaba con más recursos: podían haber obtenido de los registros de impuestos los datos de todos los empleados de Huntingdale, sin que existiera la posibilidad de que se les escabullera un solo asistente administrativo.

Miré la pantalla con desánimo. Después de un día de trabajo, todo lo que tenía eran sesenta y tres departamentos desde los que se veía el estudio de Grace Sharp, y diecisiete mil personas que no habían hecho nada más incriminador que oponerse al PAT en público.

Lo único que me quedaba era intersectar los dos conjuntos.

Lo más difícil fue encontrar los números de departamento que correspondían a sus localizaciones físicas en los planos; los arquitectos y los desarrolladores urbanos no necesitaban incluir detalles tan nimios para lograr la aprobación de sus proyectos. Ya empezaba a contemplar la posibilidad de hacer el trabajo en persona, cuando descubrí que alguien lo había hecho por mí: un consorcio ad hoc de vendedores de seguros, alarmas contra incendios, equipos de seguridad y de control ambiental había encargado una base de datos de toda el área metropolitana, de modo de poder dirigir con más precisión su correo basura. El suburbio que yo necesitaba costaba apenas cincuenta dólares, con direcciones de email y todo.

Hice una búsqueda cruzada con el grupo anti-PAT.

Apareció un solo nombre.

John Dallaporta no pertenecía a ninguno de mis grupos, y tenía un único dato sobre su postura ante el PAT: un ensayo corto que había escrito siete años antes, en el que lamentaba el potencial que tenía el implante para "erosionar la riqueza de nuestras antiguas y bellas lenguas" y para "invadir los espacios misteriosos de nuestras mentes". El ensayo había aparecido en un netzine para profesores de inglés de escuelas secundarias; descargué el número completo y hojeé su inocuo contenido. La mayor parte de los artículos trataban sobre condiciones laborales y preocupaciones que surgían de las nuevas tecnologías; había también una disquisición seria —y casi dolorosamente respetuosa— acerca de cómo tratar con padres que se oponían a que sus hijos tuvieran contacto con la indecente/sexista/atea/elitista/supersticiosa/obsoleta obra de Shakespeare et al. No era algo que pudiera guiarme a un hombre que asesinaba a sus enemigos ideológicos.

Volví a leer con cuidado el ensayo de Dallaporta. Era apasionado, pero difícilmente inflamatorio; parecía más bien la obra de un simple tecnófobo inseguro y lastimero que peroraba ante un público convencido en su mayoría. Yo misma me inclinaba a estar de acuerdo con él —para ser honesta, el implante me ponía la piel de gallina—, pero había un trasfondo interesado que le quitaba fuerza a sus argumentos. Por cierto, era ridículo presentar al inglés como una lengua en peligro de extinción en una época en que tenía más hablantes que en ningún otro momento de la historia.

Y, aunque podía imaginar a Dallaporta frente a la corte con una pancarta una vez que se presentara el caso, me resultaba difícil concebir que el autor de estas palabras moderadas hubiera matado a Grace Sharp a sangre fría. Y aún más difícil me era imaginar que descubriera los medios para hacerlo.

El trabajo de escritorio me estaba cansando, pero pasé las siguientes horas estudiando el retrato fragmentario de este hombre que me ofrecía la red. Tenía cuarenta y siete años y estaba divorciado desde hacía cinco; tenía dos hijas adolescentes. Era de suponer que su ex-esposa tenía la patria potestad de las muchachas, puesto que todos los datos sugerían que vivía solo. Había pasado toda su vida laboral dando clases en secundarias públicas; había publicado poesías en revistas literarias antes de los treinta años, pero, a menos que hubiera adoptado un seudónimo no documentado, no había habido nada más. Parecía no pertenecer a ninguna otra asociación que el Sindicato de Docentes de Escuelas del Estado, y si practicaba alguna religión, ningún demógrafo de marketing lo había podido averiguar.

El perfil electrónico no indicaba nada más. No creía en absoluto que pudiera haber asesinado a Grace Sharp, pero no estaba dispuesta a descartarlo hasta que lo conociera en persona.

Encontré un cronograma de eventos de la secundaria Laurence Brereton Memorial. En tres días habría una reunión de padres y profesores.


Llegué lo bastante tarde como para no tener que merodear por mucho tiempo antes de ver salir a algunos padres que llevaran aún las placas con sus nombres. Pude echar un buen vistazo al estilo y el material, pero tuve más suerte aún: un hombre dejó su placa en una papelera de reciclaje ante mis ojos. Había traído una variedad de muestras de cartón, alfileres de seguridad y broches; pero todo lo que tuve que hacer fue recuperar esta placa descartada, imitar la tipografía con la impresora de mi pad, e imprimir mi propio nombre —prestado— en el lado en blanco.

Nadie me detuvo cuando entré en el vestíbulo atestado y pasé frente al escritorio en el que los padres formaban fila para dejar constancia de su asistencia y recoger sus placas. Distinguí una hilera de estaciones de trabajo que proporcionaban guía. Me acerqué a una de ella y traté de hacer una consulta, pero el sistema estaba hecho de un modo muy inteligente: el único campo para rellenar era "nombre del padre". Aparentemente, era todo lo que necesitaba para indicar la posición de todos los profesores relevantes en un mapa personalizado del vestíbulo. Retrocedí y observé a otros usar el programa hasta que apareciera el nombre de Dallaporta.

Parecía extraño que se hiciera un evento así en este momento del año; la secundaria de Mick había organizado una noche de orientación antes del inicio de las clases, pero no me habían vuelto a invitar. Sin embargo, el rumor de las conversaciones parecía notablemente amigable; tal vez era una buena estrategia traer a los padres tan temprano, para solucionar los problemas antes de que crecieran.

John Dallaporta era alto y delgado, iba bien afeitado, y tenía una calvicie incipiente. Un padre orgulloso le hablaba a los gritos; y aunque tenía los ojos vidriosos y su sonrisa era un poco forzada, no parecía un hombre que hubiera pasado cinco semanas sin dormir por la culpa.

Me acerqué a él cuando el padre se marchó. Dallaporta me ofreció la mano y me saludó:

—Buenas noches, señora Stone. —Vaciló—. Lo lamento, creo que no...

—No, usted no le da clases a mi hija. —Lo desarmé con una sonrisa—. Pero quería hablar con usted, y ésta parecía una oportunidad demasiado buena como para dejarla pasar. Espero que no le moleste.

—En absoluto. Pero debo explicarle que este año no soy el jefe del departamento. El puesto rota entre los profesores veteranos, así que Carol Bailey... —Miró a su alrededor y la señaló—. ¿La ve...?

—No es un asunto departamental —negué, como pidiendo disculpas—. Sólo quería conocerlo. Leí un ensayo que usted escribió hace unos años: "El bit-stream de la rosa". Y me gustó mucho lo que decía. Así que cuando supe que usted daba clases en la nueva escuela de mi hija...

Dallaporta de miró con curiosidad y un tanto perplejo, pero no manifestó incomodidad ni sospecha.

—Hace tanto tiempo de eso que me sorprende que lo recuerde. Mucho menos el nombre del autor.

—¡Claro que lo recuerdo! Y espero que el resto del departamento comparta sus valores sobre esos... asuntos. Yo también era profesora de inglés. Conozco las presiones que soporta. Y claro que quiero que mis hijos estén capacitados en tecnología, pero alguien tiene que hacer algo, o quién sabe qué significará "estar capacitado en tecnología" dentro de veinte años.

Dallaporta asistió con afabilidad, pero ahora vi tensión en los músculos de su mandíbula; los mismos que se contraen cuando alguien se esfuerza por no manifestar algo. Pero, ¿qué probaba eso? Absolutamente nada más que sus sentimientos con respecto al PAT eran más fuertes que lo que estaba dispuesto a discutir con una completa desconocida en un vestíbulo atestado.

Seguí presionándolo.

—Cuando empecé la secundaria, quien no tenía una PC de escritorio en su casa era marginado. En estos días las estaciones de trabajo son gratis si se compra un paquete de acceso "vital" a la red por mil al mes. Y el niño que no pueda entrevistar a una tribu afgana nómade para un trabajo de geografía, o no consiga una transmisión en vivo de la última sonda a Venus a través del JPL, bien podría dejar la escuela y trabajar en McDonald's. ¿Cuál es el límite? Cuando mis nietos tengan doce años, ¿qué se les pedirá?

Dallaporta rió, no muy naturalmente.

—No me atrevo a hacer un pronóstico. Pero tengo fe en la gente. En el sentido común.

Establecí contacto visual directo. Trataba de determinar si su desconcierto era genuino, o si simplemente no tenía confianza para subirse al taburete, incluso ante una interlocutora que estaba con él de manera tan clara.

—¿Sentido común? Espero que tenga razón. Últimamente oí unos rumores que me ponen muy incómoda...

Dallaporta palideció. ¿Significaba que sabía de la acción judicial? ¿Y ahora suponía que yo tenía conexiones con quienes le habían dado la noticia? Le ofrecí una sonrisa conspiratoria: "Tranquilo, soy una amiga. Estamos del mismo lado."

—Vea —le dije—, no era mi intención quitarle mucho tiempo. Pero fue agradable conocerlo por fin en persona. —Le ofrecí la mano y Dallaporta la estrechó, volviendo a piloto automático con obvio alivio.

Salí a la noche cálida. Había una verdadera Lydia Stone, cuya hija acababa de comenzar el octavo año; Dallaporta podía verificar los registros, pero no creía que fuera a confrontar a los profesores de la chica y les pidiera que dibujaran un identikit.

Miré hacia arriba, al cielo descolorido y el puñado de estrellas visibles... Y una vez más pensé: este momento sería una sola palabra en PAT. <<El aroma del pasto cortado en los campos de juego, el rumor del tránsito suburbano, las melancólicas luces amarillas del vestíbulo junto a la oscuridad de las aulas vacías.>> ¿Un momento clavado como una mariposa en un alfiler? ¿Un cadáver de diez mil bits del mundo, desprendiendo pixeles muertos en el ojo de la mente? ¿O un momento capturado como un estado de ánimo, perfectamente evocado por una frase musical? Nunca nadie había sentido la necesidad de asesinar a un compositor sólo para salvaguardar los lenguajes que no podían competir de igual a igual con las sonatas y las fugas. Nunca nadie había segado una vida humana para impedir que los padres excéntricos bombardearan a sus hijos no natos con Bach y Mozart. ¿Qué hacía que el PAT fuera tanto más amenazador? ¿Su capacidad de evocar imágenes y emociones que excedían a cualquier sinfonía? ¿El hecho de que era mucho mejor?

La mayor parte de lo que le había dicho a Dallaporta era lo que realmente opinaba; pero cuanto más consideraba el asunto, tanto más ambivalente me volvía. No querían "obligar" a nadie a usar el PAT, excepto a sus propios hijos; y criar un hijo es imponer un conjunto de opciones, de una u otra manera. Activa o pasivamente. A conciencia, o por pura conformidad y desatención. La perspectiva de que los cabezas de PAT juguetearan con los cerebros de sus hijos sólo para compartir un lenguaje me seguía llenando de un coraje instintivo, visceral... Pero, ¿éramos más virtuosos quienes insistíamos que ningún niño debía recibir el implante hasta que su cerebro estuviera totalmente formado según el molde diez veces milenario de nuestras propias preconcepciones de la Edad de Piedra? ¿Acaso no estaban los dos lados tratando de modelar las generaciones futuras a su imagen y semejanza?

Y haciendo a un lado el prejuicio, el instinto y la nostalgia... ¿Qué primer lenguaje proveería las mejores herramientas para tratar con el mundo moderno?

Era una buena pregunta. Pero no me pagaban para buscar la respuesta.


Instalé una docena de pequeños dispositivos de grabación en varios teléfonos públicos cerca del departamento de Dallaporta y de la escuela. Era muy ilegal, pero también era mucho menos peligroso y tenía más posibilidades de éxito (si realmente era culpable de algo) que tratar de espiar su casa. Había tomado una muestra de su voz en la reunión, de modo que los micrófonos podían descartar las conversaciones de cualquier otra persona. Todos los días pasaba en bicicleta para verificarlos.

Finalmente localicé a Tom Davies, el empleado doméstico de Grace Sharp. Él mismo era un cabeza de PAT. Me dijo que las cortinas siempre estaban abiertas. A Grace le gustaba trabajar contemplando el panorama; había elegido el departamento por la vista.

No pude dejar de preguntar, sarcásticamente:

—¿No habría sido más barato visitar el departamento de un amigo rico y memorizar las palabras en PAT para describir todo lo que veía?

—Por supuesto —rió—. Y podía escribir en su cabeza un escenario que habría avergonzado a cualquier departamento de diez millones con vista al puerto.

—¿Por qué no lo hacía?

—¿Sabe cuál era la definición de Grace de "realidad"?

—No.

—Los diez mil bits que quedan cuando se ha refutado la existencia de todo lo demás.


Luego de semanas de acoso persistente, convencí a Maxine Ho, una de las ingenieras veteranas de Third Hemisphere, de hablar conmigo en forma extraoficial. Sin embargo, se apegó a la versión oficial: la palabra <<muerte>> era imposible. No importaba qué hubiera imaginado Grace Sharp, no importaba con qué secuencia en PAT la hubiera confrontado un hipotético asesino: todas las salvaguardas operaban en un nivel separado, independiente del protocolo del lenguaje. Y cuando el implante fue examinado luego de la autopsia, no se encontraron rastros relevantes de daño o degradación en el hardware ni en el software.

—Claro que un implante neural puede matar. Un marcapasos puede matar. Una estación de trabajo puede matar. Cualquier pieza tecnológica puede fallar. Pero si me trajeran a alguien que murió frente a su estación de trabajo, y al desarmarla no encontrara signos de cables sueltos o brechas en la aislación, no diría: "Debe haber ejecutado el legendario programa <<muerte>>, que le dio instrucciones a la máquina para electrocutarlo". Buscaría otra causa de la muerte.

Era una analogía falaz. El funcionamiento normal de un implante PAT incluía enviar señales al hipotálamo, que a su vez estimulaba las glándulas suprarrenales. El funcionamiento normal de una estación de trabajo no incluye dar ninguna descarga eléctrica.

Aún así, pensé que había sido honesta en lo básico. Si acaso creía que el implante había fallado, pensaba que era una falla con una probabilidad de uno en un millón: no era tanto un defecto de diseño como una prueba trágica de la impredecibilidad intrínseca de cualquier dispositivo real en el mundo real. Algo que habría sido excusado como "causas naturales" si hubiera fallado un sistema biológico igualmente robusto.


El 5 de marzo se conoció públicamente la presentación judicial contra las restricciones sobre el implante. El caso no sería atendido hasta septiembre, pero la reacción a la noticia fue inmediata.

Helen Sharp tenía razón en una cosa: casi todos los comentaristas se aferraron a la muerte de su madre como prueba de que el éxito del caso sería equivalente a legalizar el infanticidio. Claro que Sus Señorías no serían influidos por editoriales emotivos —muera la idea—, pero aunque no fuera así, estaba claro que el gobierno federal tendría listas todas las enmiendas necesarias a días de cualquier fallo que pusiera en tela de juicio la ley criminal. Puse a trabajar a mi software de minería de datos, pero apenas se podían encontrar debates razonados sobre los méritos del caso —méritos reales, no legales— fuera de abstrusas publicaciones sobre neurolingüística. (Los netzines de los hablantes de PAT estaban en PAT, y no tenía software traductor.)

—Quiero uno —declaró Mick la noche en que se difundió la noticia.

—Entonces tendrás que esperar seis años, ¿no es verdad?

—No si ganan.

—Si ganan, será mejor que empieces a cortar pasto y lavar ventanas. De cualquier manera, serán seis años.

Aceptó sin protesta. Pero, inocentemente, preguntó:

—¿Cuál es tu medio favorito?

—El texto. Sí, ya sé, soy una vieja pedorra y aburrida, pero aún no... —Tenía una expresión dolida, y no simplemente porque "vieja pedorra" fuera una forma infantil de hablar. Me habría equivocado si lo hubiera interpretado así—. Perdón. ¿Qué ibas a decir?

Mike habló con cuidado:

—¿Qué te parecería si, cada vez que abres un libro, tuvieras que creerte todo lo que dice el escritor? ¿Si no pudieras detenerte en medio de una oración y pensar: "Esto es... basura"? ¿Si perdieras la capacidad de discutir cada palabra en tu cabeza?

—Lo detestaría.

—Hacia allí va la RV —dijo—. Sin el PAT.

Tan sombrío pronóstico me desconcertó... Pero tenía sentido. Sin un lenguaje que fuera tan poderoso como el medio, había poco espacio para la discusión, para la duda. No había más que suspensión injustificada de la incredulidad.

Tomé el cable que serpenteaba entre su casco y la estación de trabajo, y comencé a enroscarlo distraídamente alrededor de mi dedo.

—Si es tan mala —dije—, deja de usarla. Es tu decisión.

Me contestó con una mirada; no necesitaba explayarse. ¿Por qué tendría que abandonar a la fuerza su propio medio favorito? ¿Por qué no podía tener la oportunidad de rescatarlo, de darle nuevo vigor? Si yo hubiera estado presente en el nacimiento del lenguaje hablado, ¿habría luchado para abolirlo, como un terrorista zen fanático, temerosa de su poder para engañar? ¿O habría luchado para enriquecerlo, para equilibrar ese poder con escepticismo y análisis?

—En la vida hay más que RV —dije, poco convincente.

—Exacto —Mick sonrió triunfante—. Pero no hay más que PAT.


Empecé a aceptar otros casos: niños que huían de su hogar, pequeños fraudes informáticos... Era trabajo de rutina, pero al menos me daba la satisfacción de los resultados rápidos. Helen Sharp ya no podía pagarme para que me ocupara a tiempo completo de su caso, y de todas formas se me habían acabado las formas creativas de gastar su dinero. Si su madre había muerto por una falla irrepetible, ya fuera biológica o de otra naturaleza, nadie podría probarlo nunca. Así que no le ofrecí falsas esperanzas, y trabajé sobre la suposición de que, en unos meses más, volvería a sus cabales y me diría que el caso estaba cerrado.

Y entonces, a mediados de abril, uno de mis micrófonos habló por fin.

Estaba haciendo mi recorrido de rigor en bicicleta, verificándolos bajo la lluvia, aunque ya no esperaba nada. Cuando mi pad emitió el sonido de éxito, casi lo dejé caer en una boca de tormenta.

Reproducir la grabación en la bicicleta, debajo de la lluvia, habría sido imposible. Escucharla en un tren atestado habría sido estúpido —no tenía los auriculares—, pero estuve tentada. Al llegar a mi oficina, ya me había convencido que no oiría nada más que una llamada de servicio: Dallaporta quejándose de que la conexión de su casa no funcionaba.

Me equivoqué.

—Tienen que ayudarme —susurraba Dallaporta con tono urgente—. Necesito que me digan qué hacer. —Era un monólogo; estaba dejando un mensaje—. No lo tiré por ahí de noche. Pensé: "No es ilegal, así que ¿por qué no lo conservo, por si acaso?" —Se me puso la carne de gallina. No se explayó, pero podía imaginarme de qué hablaba: Por si acaso, en algún futuro imprevisible, se hiciera necesario matar a otro cabeza de PAT importante.

Respiró profundo, como si tratara de calmarse.

—Eso fue... una locura, lo sé. No estaba pensando bien. Pero ahora... ¡Ahora no puedo ir y tirarlo en el río! ¿Qué tal si la policía me vigila? ¿Qué tal si revisan mi basura? —Eso era improbable, pero agradecí su paranoia. Y también su incompetencia: susurrarle a un teléfono público, cubriendo (me imaginé) los labios y el tubo con una mano, no lo habría ayudado mucho si de verdad hubiera estado bajo vigilancia policial.

—Ya borré el código. —Mierda—. Seguí las instrucciones, estoy seguro de que funcionó. Pero tengo que deshacerme del aparato. Tengo que saber cuál es la mejor manera, la más segura. Por favor. Llámenme al lugar de costumbre.

Decodifiqué a partir de los tonos el número al que había llamado, pero era un servicio comercial de reenvío de mensajes, demasiado distinguido como para dejarse sobornar o hackear.

Me senté al escritorio, aún goteando, mientras trataba de decidir qué hacer. El sistema de control de humedad de la ventana del norte bombeaba vapor de agua dentro de la habitación; no me secaría a menos que me quedara una hora en el pasillo.

Todo lo que tenía le hubiese resultado inútil a la policía: además de que los micrófonos eran ilegales, toda conexión entre Dallaporta y la muerte de Grace Sharp era pura especulación. Y ni siquiera estaba segura de tener suficiente para convencer a Helen Sharp, quien ni siquiera creía en la palabra <<muerte>>. Nada de lo que había dicho Dallaporta probaba que se refería a un láser infrarrojo para comunicaciones... Y los datos cruciales que había transmitido ya se habían perdido para siempre.

Pero parecía que aún tenía una mínima oportunidad de fotografiar "el aparato" in situ.

La llamada había ocurrido a las 6:23 de la mañana. Miré mi reloj: faltaban dos horas para el fin del horario escolar. No podía saber cuánto tardarían quienes respaldaban a Dallaporta (¿Sabiduría Natural? ¿La Fuente de la Rectitud?) en llegar a su rescate —suponiendo que no hubieran decidido abandonarlo—, pero no podía arriesgarme a esperar un día más.

Sabía que tenía un margen muy estrecho, pero no parecía que pudiera elegir.


En el edificio de Dallaporta había seiscientos departamentos, y la mera magnitud del número tenía sus ventajas. Me instalé en la acera de enfrente, detrás de un refugio de autobús, y esperé a que alguien se acercara a la entrada principal. Cuando apareció un hombre joven, llave en mano, me lancé a cruzar la calle y lo alcancé, sin aliento, empapada, sin paraguas, tropezando. Me dejó pasar sin dudar un momento. Me quedé en el vestíbulo sacudiendo el agua de mi abrigo para no tener que hablar con él en el ascensor. No había tenido tiempo de preparar ninguna mentira creíble, y si llegaba a preguntarme siquiera cuánto hacía que vivía en el edificio, me quedaría estupefacta.

El departamento de Dallaporta, el 1912, tenía una puerta reforzada con una cerradura de aspecto impresionante. Encontré un armario en el extremo del corredor; a esa cerradura la abrí con toda facilidad. Había una escotilla en el cielo raso, y hasta una escalera en un rincón del armario. Revisé en mi pad los planos del edificio. No todos los departamentos tenían una escotilla en el cielo raso: el 1911 tenía; el 1912 no.

Trepé por la escalera y me arrastré tan en silencio como pude entre las vigas polvorientas, esperando no haberme perdido. Durante casi cinco minutos me quedé escuchando sobre el departamento 1911, hasta que me di cuenta de que nunca estaría segura de que no hubiera nadie. Un bebé durmiendo, un adulto leyendo en silencio... Ni siquiera sabía quién vivía allí. No había tenido tiempo de averiguarlo.

Maldiciendo en silencio, regresé al armario, bajé y toqué el timbre del 1911.

Toqué tres veces. No había nadie.

Volví sobre mis pasos, levanté la escotilla, solté una cuerda en el departamento. Me dolían los antebrazos al descender; no había hecho un allanamiento ilegal desde antes de que naciera Mick. El viejo cosquilleo estaba teñido con ansiedades nuevas: era demasiado vieja para jugar al ratero... Y no podía permitirme perder la licencia. Pero también sentía una suerte de euforia desafiante... Precisamente porque todo era más difícil, porque tenía mucho más que perder.

Y, en PAT, todo sería una sola palabra...

Entre los balcones de los dos departamentos había una distancia de menos de un metro, pero estaban al ras de la pared externa del edificio; no sobresalían en absoluto. Trepé a la barda de hormigón, no más ancha que un pie; me afirmé con mi mano izquierda contra el techo, y estiré la derecha a través de los ladrillos desnudos de la pared exterior, hasta alcanzar el balcón de Dallaporta. Tenía suerte; estaba del lado del edificio contrario al viento.

Crucé un pie, abrazando con fuerza los ladrillos; moví el centro de masa de mi cuerpo unos pocos centímetros cruciales —luchando contra el pánico momentáneo—, y en segundos mi pie y mi mano estaban asegurados entre la barda y el techo de Dallaporta, y era más fácil avanzar que retroceder. Salté temblando dentro del atestado balcón, errándole por poco a una maceta. Miré la calle, diecinueve pisos más abajo... Y me imaginé a Mick en mi funeral, negándose aún a hablar con su padre. Existía la posibilidad de que alguien me hubiese visto cruzar, pero no podía hacer nada. Sin embargo, el aguacero parecía poner las cosas a mi favor: apenas podía ver el edificio de Grace Sharp a través de la cortina de lluvia.

Una puerta corrediza de vidrio separaba el balcón del departamento. Corría entre una guía en el techo y un riel incrustado en el piso de hormigón, dejando suficiente espacio para levantarla y reemplazarla con facilidad... pero sólo si estaba abierta. No tenía sentido tratar de usar una ganzúa: no había cerradura, sólo un pestillo que se operaba mediante una palanca que estaba del otro lado de la puerta. Sin embargo, presionando el vidrio con mis manos enguantadas podía levantar e inclinar levemente la puerta. Después de casi diez minutos —con las muñecas casi acalambradas— logré soltar el pestillo.

Abrí la puerta unos pocos centímetros y me detuve en el umbral, buscando alarmas contra robo. No había ninguna.

Al entrar en el departamento oí pasos en el corredor y una llave que giraba en la cerradura. Regresé al balcón, pero ya era tarde para volver por donde había llegado; me habrían visto. Cerré la puerta —no podía volver a trabar el pestillo— y me eché al suelo detrás de un montón de basura.

Oí que al menos dos personas entraban al departamento y giraban hacia la izquierda, al corredor que salía de la sala. Saqué una cámara del tamaño de un botón y la adherí a la bicicleta de Dallaporta, que estaba apoyada en la pared del balcón. Verifiqué la imagen en mi pad y ajusté la dirección hasta que tuve una vista clara de la mayor parte de la habitación.

Volví a esconderme justo a tiempo. Los intrusos —un hombre y una mujer que nunca había visto— volvían con una caja de cartón de unos treinta centímetros de largo. Hice zoom sobre ella; las etiquetas sugerían una botella de whisky. Estaba claro que los amigos de Dallaporta no compartían su paranoia; ellos sabían que la policía no vigilaba el departamento. Él quería que el láser desapareciera, y ellos aparecieron, complacientes, para llevárselo.

—¿Crees que lo borró bien? —dijo la mujer.

El hombre vaciló.

—Yo no contaría con ello.

Me pregunté por qué no habían automatizado el proceso. Pero, por otra parte, habría sido imposible saber cuándo habría una oportunidad para usar el código contra Grace Sharp, o cuántos intentos serían necesarios para acertarle al blanco.

—Bien, no voy a salir de aquí con evidencia incriminadora...

El hombre gruñó, pero abrió la caja. Reconocí el láser por los catálogos que había revisado; la mayor parte del volumen estaba ocupado por la óptica de precisión, que también funcionaba como un telescopio para alinear el aparato; la unidad estaba diseñada para comunicaciones de una azotea a otra. Había un dispositivo del tamaño de una caja de fósforos conectado al puerto de datos; el hombre presionó un botón que había a un lado de la caja y miró una diminuta pantalla LCD.

—Eh, el Chacal lo hizo bien. Estoy impresionado —se rió—. "Pensé: ¿Por qué no lo conservo, por si acaso?" El infeliz realmente pensaba que tenía la palabra <<muerte>> y podía seguir jugando a matar cabezas de PAT todo el tiempo que quisiera.

—No seas ingrato —respondió la mujer con sequedad—. Si hubiera sabido lo que hacía, no lo hubiese hecho.

Se fueron. Me guardé la cámara y volví de inmediato al 1911 para no estar a la vista cuando salieran a la calle. Sobre el cielo raso tuve que obligarme a no darme prisa; si no tenía cuidado, aún me podían descubrir.

Cinco minutos después había salido del edificio. Di la vuelta a la manzana y recorrí en espiral las calles circundantes, apostando por la pequeña probabilidad de volver a verlos.

Después de media hora me di por vencida y fui a un café a ver el video. Debí haber estado rebosante de alegría: tenía una toma clara de un láser de comunicaciones y una grabación de dos personas que hablaban de matar cabezas de PAT.

El problema era que no parecían creer en palabras <<muerte>> más que Maxine Ho o Helen Sharp.


Invité a Helen Sharp a mi oficina. Le mostré el ensayo de Dallaporta y la geometría de los edificios. Reproduje la llamada telefónica y la escena en el departamento.

—Usted es la experta en PAT —le dije—. ¿Quiere decirme qué está pasando?

Guardó silencio un rato antes de responder.

—Existe una posibilidad.

—¿Cuál es?

—Mi madre tenía el primer modelo de implante. Lo tuvo hasta el final. Nunca quiso actualizarlo; no confiaba en que transfirieran bien su vocabulario. Tenía miedo de perder todo lo que había aprendido.

—¿Y usted cree... que los modelos viejos tenían una palabra <<muerte>>?

—No. Pero se podían microprogramar desde afuera.

—Me he perdido. —Eso no era del todo cierto, pero quería que me lo explicara con toda claridad. No estaba segura de cuánto sabía en realidad sobre el implante; cuánto podían haberme confundido los deslumbrantes informes técnicos.

Sharp tenía un aspecto terrible —al fin comenzaba a darse cuenta de que había visto a las personas que planearon la muerte de su madre—, pero explicó con paciencia.

—El hardware básico de cualquier red neural es sólo... un gran conjunto de procesadores RISC interconectados. El chip se produce en masa por centenas de millones al año, y se usa en decenas de miles de dispositivos distintos. Todas las características específicas se agregan por microcódigo: instrucciones de bajo nivel que personalizan el procesador para que haga ciertas tareas útiles. El software principal da ese nivel por descontado, como si todo estuviera codificado directamente en el silicio. Pero no es así.

»Cuando lanzaron el primer modelo comercial de implante PAT, a Third Hemisphere le preocupaba que el microcódigo pudiera tener alguna falla que no se hubiera detectado. Si tenían que sacar todos los implantes de los cráneos de la gente para corregirlo, habría sido una pesadilla publicitaria. Así que dejaron una rutina en el microcódigo que le permitía aceptar actualizaciones por infrarrojo. Modificar cualquier parte, dada la secuencia correcta de instrucciones externas.

—¿Así que había una palabra especial en PAT que podía cambiar toda la infraestructura? ¿Una palabra que decía: <<Reemplazar el viejo microcódigo por X>>?

—¡No! ¡No era una palabra en PAT! ¡Era una secuencia reservada, externa al protocolo del lenguaje! No tenía sentido en PAT, sería imposible pronunciarla. ¡De eso se trataba!

A mí me parecía una distinción menor, pero entendía por qué ella le daba tanta importancia. No fue el lenguaje lo que mató a su madre. Después de todo, la poeta no había muerto por una palabra.

—Pero si eso es lo que sucedió —le dije—, ¿por qué los ingenieros que examinaron el implante de su madre no encontraron ninguna evidencia? Y si usted sabía todo esto...

¡Yo no sabía que aún tenía el microcódigo viejo! —contestó con furia. Apartó la mirada—. Hace nueve o diez años, Third Hemisphere trató de convencerla de que aceptara un nuevo implante, gratis. Al fin habían encontrado un error en el microcódigo. Algo pequeño, nada peligroso, pero querían que todos empezaran a usar los modelos nuevos. Estaban seguros de que ésos ya no eran programables desde fuera.

»Ella no aceptó. No quería un nuevo implante, no quería operarse. Así que le ofrecieron actualizar el microcódigo, reparar la falla... y cerrar la trampa en el proceso, porque creo que también eso los ponía nerviosos. Los usuarios de PAT nunca habrían podido pronunciar el código, por más que quisieran... Pero todos los productos de consumo del planeta empezaban a llenar el aire con señales infrarrojas. Siempre existía el riesgo de ejecutar el programa de modificación por accidente.

»Pensé que tenía el microcódigo nuevo desde hace diez años. Me dijo que había aceptado la oferta. Los registros que Third Hemisphere aportó a la causa dicen que era así, y el informe del ingeniero lo confirmó.

—Pero si en realidad lo rechazó —dije yo—, igual que rechazó el nuevo implante, por miedo a que afectara sus capacidades con el lenguaje... ¿El mensaje de Dallaporta podría haber hecho todo de una sola vez? ¿Abrir la trampa, sabotear la caja negra, disparar una descarga de adrenalina... y después sobrescribir la evidencia con la versión que se suponía que ella tenía?

—Sí.

—¿Y quién tendría bastantes conocimientos para programar todo eso? —¿Sabiduría Natural? ¿La Fuente de la Rectitud? Lo dudaba; aunque era posible que hubieran recurrido a alguien externo.

Sharp era firme:

—Sólo un ingeniero de software de Third Hemisphere pudo hacerlo. Alguien que hubiera estado desde el principio en el proyecto PAT.

—Pero ellos no tendrían nada para ganar, ¿no? ¿Por qué desacreditarían su propio trabajo, su propio producto?

Pero el producto pertenecía a Third Hemisphere; no a un grupo de empleados.

Y la gente cambia de empresa.


Revisé quince años de publicaciones de fabricantes de implantes; estaban llenas de comunicados publicitarios en que se felicitaban de la cantidad de cabezas cazadas.

En marzo de 2008, una firma llamada Cogent Industries le había robado a Third Hemisphere una ingeniera llamada María Remedios. Por supuesto, eso por sí solo no probaba nada. Tampoco que un artículo anterior la nombrara como una de las principales responsables del proyecto PAT.

Pero Cogent tenía algo para ganar. Se especializaba en hardware de realidad virtual; tanto redes neurales inmersivas como cascos. Third Hemisphere no era tanto un competidor directo como una filosofía diametralmente opuesta: la RV se vendía a los publicistas y editores como el sendero a la suspensión incondicional de la incredulidad, mientras que el PAT consistía en cuestionar todo, en analizar todo. El día en que todos los usuarios de RV hablaran PAT, la experiencia de RV más ingeniosamente creada —y manipuladora— se desintegraría en un truco irrisorio de humo y espejos. Y si ésa no era precisamente una amenaza inmediata, la muerte de Grace Sharp la había hecho más remota que nunca.

Podían haber elegido a Dallaporta de la misma manera en que yo lo había encontrado: buscando oponentes apasionados al PAT que también tuvieran una vista despejada del estudio de Grace Sharp. Y quien hubiera hecho contacto con él pudo haberle dicho que era miembro de Sabiduría Natural o algún otro grupo anti-implante; difícilmente habría colaborado si hubiera sabido la verdad. Cuando le hablaron de la presentación ante la Corte Suprema —invocando, sin duda, imágenes de una generación "perdida al PAT"—, la muerte de Grace Sharp debe haberle comenzado a parecer un mal necesario. Una anciana a cambio de todos esos niños. Muerta por su obscena perversión tecnológica del lenguaje. Nada más que justicia poética.

¿Y María Remedios? ¿Acaso Third Hemisphere la había maltratado, provocando que les guardara rencor? ¿O tal vez sus nuevos patrones la habían presionado? Por más que ella tuviera dudas con respecto al PAT —y se horrorizara ante la idea de que se usara el implante en niños—, ayudar a matar a una mujer inocente parecía una respuesta grotescamente desproporcionada. Pudo haberse unido a la campaña pública en contra del transplante; siendo uno de sus creadores, los medios le habrían dado toda la atención que deseara. Y si Dallaporta había caído ante los argumentos "morales" que le daban como excusa, Remedios habría advertido que los motivos de Cogent eran por completo comerciales.

Nueve décimos de las piezas del rompecabezas estaban en su lugar, pero estaba claro que me faltaba una parte crucial. Y buena parte de esos nueve décimos no eran más que conjeturas. Para empezar, tenía que conseguir evidencia sólida de que Dallaporta y Cogent Industries estaban conectados. Eso sería difícil, ya que ni el mismo Dallaporta estaba al tanto de tal conexión.

Busqué las caras del hombre y la mujer que había visto en el departamento de Dallaporta en las fotografías de los empleados de Cogent que había en las revistas.

No las encontré.

Ingresé los nombres de los empleados de Cogent, además de mis diecisiete mil opositores al PAT, en el software de grupos para buscar una conexión, por tenue que fuera.

No había nada.

Se me habían acabado las opciones fáciles.

Le envié un mensaje a Dallaporta a través de un servicio de reenvío, preguntándole si podíamos "continuar nuestra discusión". La verdadera Lydia Stone no figuraba en la guía telefónica, y que usara un número diferente al que estaba en los archivos de la escuela sólo probaría que estaba siendo cautelosa.

Dallaporta me llamó tres horas después. Fue cortés, pero estaba muy nervioso. Le dije que tenía noticias que podían interesarle; no me gritó que me callara por si la línea estaba intervenida, pero su lenguaje corporal dejaba claro que colgaría de inmediato si yo llegaba a mencionar el PAT.

—¿Podemos encontrarnos en algún sitio? —pregunté—. Debemos hablar cara a cara.

Vaciló. Quería desesperadamente que desapareciera de su vida, pero necesitaba saber cuáles eran mis "noticias". ¿Por qué estaba interesada en él? Un viejo ensayo no era suficiente para explicarlo, así que... ¿cuántas personas de la cruzada anti-PAT sabían lo que había hecho? ¿Y qué sabía yo de la muerte de Grace Sharp que nadie se había molestado en decirle?

Por supuesto que estaba paranoico. La investigación había terminado hacía mucho, el láser había desaparecido... Pero el hecho no cambiaba: él había salido a su balcón una noche de verano y había matado a una perfecta desconocida. Ya nada volvería a ser igual.

—Mañana a la noche, en la escuela —respondió—. A las nueve.


Ensayé mentalmente la historia mientras cruzaba el campo de fútbol, que por alguna razón estaba iluminado, aunque no había un alma a la vista. Un amigo de un amigo que trabajaba en cierta firma legal había oído que Helen Sharp había encontrado algo en los archivos informáticos de su madre; algo que la había llevado a iniciar acciones para tratar de acceder a los registros de Third Hemisphere.

Estaba segura de que Dallaporta les transmitiría el rumor a sus benefactores; lo más difícil sería asegurarme de que no mencionara "mi" nombre. Siempre que no dijera nada sobre su fuente de información, tendrían que tomarlo en serio.

Helen Sharp había fraguado una carta —en papel— de su madre dirigida a Third Hemisphere. En ella decía explícitamente que no deseaba aceptar el nuevo microcódigo. Yo confiaba en que lograríamos que Third Hemisphere nos siguiera el juego y pusiera la carnada en el sitio apropiado.

María Remedios sabría enseguida cuál era esa "evidencia". Cogent, actuando según sus recomendaciones, trataría de hacerla desaparecer. Esta vez los atraparían con las manos en la masa.

Por lo menos, ésa era la teoría.

Dallaporta había dicho que estaría en el "Centro de Recursos", que al parecer era el nombre que se le daba a una gran habitación llena de estaciones de trabajo. Yo había encontrado un mapa de la escuela en un folleto on-line, así que sabía exactamente dónde ir. La puerta estaba abierta, aunque las luces estaban apagadas; y al acercarme al umbral vi que todas las máquinas estaban encendidas y conectadas a algún servicio de red. ¿Más muestras de la paranoia de Dallaporta? Tal vez pensara que era una fuente de interferencia ideal para los equipos de vigilancia policial que lo seguían a todas partes; aunque el volumen de la mayor parte de las estaciones había sido bajado al nivel de un susurro.

Me asomé a la oscuridad del cuarto, encandilada y distraída por la multitud de imágenes: cardúmenes de diminutos peces rojos y plateados que cruzaban un arrecife; una animación informática policroma que mostraba el flujo del aire en torno a alguna especie de dirigible; un retrato de un príncipe florentino con un globo de diálogo lleno de italiano moderno; un gurú muerto del siglo XX con cabellos plateados que emitía perogrulladas sobre la naturaleza de la verdad. Junto a la puerta se reproducía un viejo video musical; el cantante repetía: "This is the way, step insi-i-de".

Sonreí incómoda ante la invitación y entré al cuarto. Resistí el impulso de gritar, de burlarme de las elaboradas "precauciones" de Dallaporta. Parecía más diplomático seguirle el juego.

—Soy yo —susurré—. ¿Dónde está?

No hubo respuesta.

Era difícil que los ojos se habituaran a la oscuridad con cuarenta o cincuenta pantallas brillantes a la vista; no tenía razón para mirar ninguna de las imágenes, pero me resultaba muy difícil apartar la vista. Caminé con lentitud hacia el otro extremo del cuarto, irritada, pero preparada para que no se notara. Volví a llamar, un poco más alto. Otra vez no hubo respuesta.

Una supernova animada estalló frente a mí; el repentino fulgor blanco azulado reveló un hombre desplomado en una silla junto a la pantalla. Me acerqué e inspeccioné el cuerpo a la luz del sol moribundo.

Dallaporta tenía una pistola de bajo calibre en una mano y un nítido agujero en la sien. Llevé dos dedos a su cuello; estaba muerto, pero seguía tibio.

Sentí un destello de culpa a través del entumecimiento causado por la impresión; pero no era momento para sentir remordimientos por el modo en que lo había tratado. Había matado a Grace Sharp y no había estado preparado para vivir con eso. Si el miedo de lo que fuera que yo iba a decirle lo había empujado al suicidio, probablemente lo habría hecho de todos modos, más tarde o más temprano.

Tomé mi pad para llamar a la policía.

Entonces la supernova se apagó, y una nueva imagen tomó su lugar.

Un edificio de departamentos, castigado por la lluvia. La cámara hizo zoom sobre una figura que colgaba entre los dos balcones. La magnificación siguió aumentando, implacable... Y cuando la mujer se dio vuelta, su cara llenó la pantalla.

Se me cerró el estómago. Reconsiderando todo, volví a mirar el agujero del cráneo de Dallaporta, nítido, demasiado profesional.. Pero... ¿quién pudo haberme grabado? Si la gente de Cogent sabía que yo estaba en el balcón, ¿por qué había entrado?

La imagen volvió a cambiar. Yo, interviniendo un teléfono.

Me reí, incrédula. Prácticamente habían matado a un hombre ante mis ojos, ¿y ahora trataban de hacerme callar, chantajeándome con un par de infracciones menores?

—Tiene restos de su piel bajo las uñas. —La voz provenía de una distancia de un metro detrás de mí; me sorprendí, pero no me sobresalté—. No es suficiente para que le haya dejado marcas, pero sí para un análisis de ADN.

Me di vuelta con lentitud. El hombre era más o menos de mi edad, y apenas más alto que yo. No me estaba apuntando, pero se lo veía sospechosamente tranquilo.

—La policía descubrirá que Helen Sharp la contrató —continuó—, pero no tendrán fundamentos para citarla a que suministre muestras de tejido. A menos que vean esto— señaló la pantalla.

—¿Y por qué pensarían que querría fraguar la muerte de este hombre? —dije yo—. Que entrara en su departamento no prueba nada...

—Creo que eso depende de que alguien les avise de los cien mil dólares que usted tiene en su cuenta suiza. La unida comunidad lingüística de Grace debió hacer una pequeña colecta y comprar un poco de justicia para el hombre que tenía la palabra <<muerte>>.

Eso me hizo callar. Si la cuenta existía realmente... Eso era abrumador. ¿Cogent me había observado todo el tiempo, preparando esto?

Sonrió.

—Si se porta bien, podrá quedarse con los cien mil, por supuesto. Sin impuestos; todo se organizó a través de una compañía en Macao.

No tuve presencia de ánimo para tentarme siquiera; aún trataba de entender todo el esquema bizantino.

—Olvídelo —dije. Pasé junto a él, en dirección a la puerta. Con el corazón galopando, la alcancé y miré atrás: ya no podía verlo, pero no creí que se hubiera movido un centímetro. Matarme crearía demasiados problemas; demasiados agujeros en el bello guión de su experiencia de RV. Y yo tenía las probabilidades en contra aunque fuera directamente a la policía. —¿Qué esperaban que le dijera a Helen Sharp? "¿A la mierda su madre, el caso está cerrado. Y por favor no haga preguntas, que perderé mi vuelo a Macao?"

—Ya pensará en algo. Créame, usted no quiere pelear con nosotros.

Me reí con furia.

—Una empresita de RV, ¿y creen que dominan el mundo?

—No trabajo para Cogent —dijo el hombre—. Ellos no tienen idea de que usted se ha interesado por ellos.

Me asomé a la oscuridad entre las filas de pantallas.

—Entonces algún consorcio de la industria de RV. —Por algún motivo había empezado a temblar; creo que era la furia—. Aun así, no están por encima de la ley.

—Oh, la vida es más que realidad virtual. —Parecía entretenido.

—¿Sí? ¿Entonces, quién?

Hubo un momento de silencio; luego lo vi acercarse.

—No puedo decírselo. Pero, si quiere, puedo presentarle a ciertas personas que tal vez contesten sus dudas.

—¿Quiénes?

—María Remedios. Y su hija.

—Dijo que no trabaja para Cogent...

Ella trabaja para Cogent. Yo no. Aunque podría decirse que mi trabajo es vigilarlos a los dos.



Ilustración: Guillermo Vidal

Sabía que cuanto más se alejaba el auto del cadáver de Dallaporta, más me comprometía; pero no podía dejar pasar la oportunidad de saber qué estaba pasando. Por más que la revelación tuviera como fin garantizar mi silencio.

—Remedios estuvo entre los primeros voluntarios para probar el implante PAT —explicaba el hombre como al pasar—. Primero ayudó a diseñarlo, y después experimentó los resultados de primera mano. Creo que la realidad debe haberle resultado estimulante de muchas maneras, pero también frustrante.

—¿Por qué frustrante?

—Incluso con hardware neural, aprender un lenguaje exótico siempre es difícil. Para un adulto. —No respondí. Él continuó—: Se las arregló para encontrar un buen neurocirujano que le pusiera el implante a su hija. Pero no aquí; en el extranjero. Eso simplificó mucho las cosas; era más fácil hacer la vista gorda.

Eso me dio un escalofrío.

—¿Y le permitieron seguir adelante? ¿Solamente para poder ver los resultados?

—Bueno, no yo personalmente —rió—. Pero ésa era la idea general.

¿Y los resultados? Recordé algunos de los artículos más pesimistas que había leído sobre el tema. Tal vez los lenguajes naturales —que habían coevolucionado con la inteligencia humana— fueran cruciales en las primeras etapas del desarrollo intelectual... Y aunque otras alternativas relativamente "artificiales", como la lengua de señas, fueran perfectos sustitutos, tal vez el PAT fuera demasiado diferente para organizar las estructuras neurales que hacían posible el pensamiento superior. Y tal vez el hecho de que buena parte del lenguaje estuviera codificado en el chip y no en el cerebro significara que las redes conceptuales vitales estaban ausentes, o al menos eran inaccesibles por otras regiones de la corteza cerebral que las necesitaban para madurar.

Pero seguía sin tener sentido. Si la hija era la prueba viviente de que el implante causaría daños indescriptibles a un cerebro infantil, ¿por qué no le daban publicidad? ¿Por qué había muerto Grace Sharp para ganar el caso si era suficiente dar a conocer la verdad?

María Remedios vivía en una casa modestamente cómoda en la costa norte. Nos estaba esperando; mi acompañante había llamado con anticipación. Me encontré con sus ojos al entrar al recibidor. Había indisimulada vergüenza en su mirada firme; pero también cierto desafío extraño, casi orgulloso. Aparté la mirada, confundida. Si había lisiado a su propia hija con el implante PAT, era comprensible que hubiese dejado Third Hemisphere. Pero, ¿por qué parecía estar en deuda con los asesinos de Dallaporta, al punto de que había permitido que la usaran para manipular a Cogent? ¿La habían amenazado con enviarla a la cárcel? ¿Con internar a su hija en una institución?

Llegamos a la sala, pero Remedios no nos invitó a sentarnos.

—¿Qué ha estado haciendo la niña? —dijo el hombre—. ¿Sigue conectada a las redes todo el tiempo que está despierta? —Remedios le lanzó una mirada venenosa, y no se molestó en responder. Pensé que estaba siendo sarcástico hasta la crueldad. Entonces se volvió hacia mí y me explicó—: Sólo datos entrantes, me temo. No quisiéramos que compartiera sus penas con el mundo.

Remedios salió del cuarto. La oí llamar—: ¿Jane? La señora O'Connor está aquí. —Luego volvió con una niña de unos ocho años, vestida con un pijama a rayas azules y blancas.

Jane me saludó y estrechó mi mano con solemnidad, o con fingida solemnidad. Me bastó una mirada a sus inteligentes ojos grises para saber que había estado haciendo exactamente las conjeturas equivocadas sobre los efectos del implante.

—Esperaba que me dejaran conocerla —dijo—. El tío Daniel se ha estado quejando de usted durante semanas. —Miró al hombre, pero sin malicia visible; más bien parecía un ajedrecista que estudiaba a un oponente formidable—. Y no suele dejarme tener visitas.

No sabía qué decir. El "tío Daniel" intervino para ayudarme:

—Creo que la señora O'Connor está en la oscuridad, Jane. No entiende...

—¿Por qué querrían mantenerme prisionera? ¿Por qué alguien pasaría por tantos problemas para impedir que otros niños crezcan con el PAT? —Su tono excedía la precocidad; no parecía una actriz infantil recitando el parlamento de un adulto. Cada palabra contradecía las implicaciones que habría transmitido normalmente su aspecto.

Y su franqueza ponía los nervios de punta, pero desarmó mi vacilación diplomática.

—Es verdad —dije—. No entiendo.

Jane sonrió con calma. No creo que estuviera resignada a su situación. Pero era paciente. Muy paciente.

—Con el implante —dijo— las palabras se pueden examinar o reproducir. Experimentarlas ciegamente, o entenderlas por completo. Pero el tío Daniel no es muy entusiasta del entendimiento. Él cree que hay ciertas palabras que deberían reproducirse y no examinarse.

—¿Qué clase de palabras?

Levantó una mano, mostrándome la palma. Era un gesto irónico; debía saber que yo era ciega al IR.

—Si reproduzco esta palabra... experimento un sentimiento de lealtad y orgullo sin límite por mi equipo... mi estado... ¡mi nación! —Su cara se iluminó con un gozo ferviente, agónico, casi histérico; a nada se parecía más que a las muchachas armadas con banderas que habían impulsado a un frenesí patriótico como decoración para las olimpíadas del 2000—. Pero si la examino... —Su expresión pasó a ser de leve diversión, como si alguien hubiese tratado de engañarla con un truco muy viejo y muy obvio.

Esta palabra —continuó— se reproduce como lo que muchas religiones llaman "fe". —Ahora su cara era radiante, pero serena—. La paz que desafía la comprensión. —Sonrió como pidiendo disculpas—. Excepto, claro, que no es así. Si la examina, la mecánica es transparente: un pie que presiona un pedal de bienestar neuroquímico, con ecos cognitivos, estéticos y culturales vinculados con el contexto en que tuvo lugar el aprendizaje.

Eché una mirada a Remedios; había lágrimas que resbalaban en silencio por su cara. No encerrarían a la madre, ni internarían a la hija. Matarían a la niña si era necesario. Ésa era la única razón por que los había ayudado a programar la muerte de Grace Sharp.

—Esto es lo que los budistas llaman "iluminación". —Jane cerró los ojos y sonrió con serenidad—. La farmacología básica es similar, pero los componentes de alto nivel son diferentes. Hay una especie de miopía cognitiva autoafirmante: todas las herramientas mentales que podrían exponer la verdadera naturaleza del estado son explícitamente negadas.

Pensé en James, perdido en su tranquilidad sin palabras. El paquete que había tragado entero, el virus mental ajustado a lo largo de siglos de evolución, declaraba: El lenguaje es peligroso, el lenguaje engaña... Porque el lenguaje podía mostrarle la salida del agujero que él mismo se había cavado.

—Y esto es... ¿amor sexual, deseo? Llámelo como quiera, pero si lo examina...

Algo hizo que se interrumpiera. Tal vez fue una mirada de su madre. O pudo haber sido la expresión de mi rostro.

—Hay otras —continuó Jane—. No las mencionaré todas, pero crecer con el implante las hace obvias. Y los amigos del tío Daniel no creen que una subcultura con ese conocimiento sea... propicia para su idea de cohesión social. Tienen opiniones muy fuertes al respecto. —Se volvió hacia él; ahora en su expresión había más lástima que otra cosa—. Y yo entiendo. Porque también he encontrado la palabra que nombra su aflicción. He encontrado la palabra para el amor por el poder.


Cuando llegué a casa era casi medianoche. La habitación de Mick estaba a oscuras, pero él seguía con el juego. Me senté a su lado y le saqué el casco con cuidado; luego lo desconecté.

Abrió la boca para disculparse, o inventar alguna excusa. Lo interrumpí:

—Cállate y escúchame.

—¿Qué pasó? Estaba preocupado —No le había dicho todo, pero él sabía que iba a ver a alguien relacionado con la muerte de Grace Sharp.

Traté de hablar con calma:

—Arruiné el caso. De verdad. Cometí algunos errores estúpidos y ahora tendré que dejarlo. ¿Está bien? Eso es lo que puedo decirte. Y no volveremos a hablar del asunto.

Me clavó la vista, incrédulo.

—¿Por qué? ¿Qué hiciste?

—Dije que no volveríamos a hablar del asunto —sacudí la cabeza.

Empezó a parpadear entre lágrimas. Lo tomé entre mis brazos; no se resistió, pero gritó con furia.

—¡No te creo!

—Sssh.


Más tarde, acostada en la oscuridad de mi dormitorio, hice rodar entre el pulgar y el índice el objeto frío y terso, parecido a una cuenta de porcelana, que Jane Remedios había deslizado en mi mano.

Si había podido hacer una copia de su implante, este chip contendría todo su vocabulario en PAT. Y a un adulto le sería inútil... Pero un recién nacido que comenzara con el conocimiento que ella había tardado ocho años en adquirir podría superarla en la mitad de ese tiempo.

Me vigilarían de cerca, pero no podían vigilar a todo el mundo. Creía que, si tenía cuidado, podía pasarle el chip a alguien que estuviera dispuesto a usarlo.

Así que, acostada en la oscuridad, traté de decidir.

Entre el silencio del poder y la mistificación, la suspensión injustificada de la incredulidad, la manera en que siempre habían sido las cosas... y el torrente de comprensión que acabaría con todo.



Título original: TAP
Traducción: Andrés Diplotti


Greg Egan nació en Perth, Australia, en 1961. No sólo no es aventurado sostener que es el escritor australiano de ciencia ficción más importante de nuestros días, sino que tampoco se exagera cuando se lo califica como uno de los más brillantes renovadores del género en las últimas dos décadas. En su obra se destaca la habilidad para explorar temas y situaciones agudas en las que se ven involucrados los seres humanos con la particularidad de que no desdeña los temas metafísicos, aunque los aborda desde una perspectiva sólidamente científica. Entre sus novelas se destacan Cuarentena (1992 - Gigamesh, 1999), Ciudad permutación (1994 - Ediciones B. Nova, 1998), El Instante Aleph (1995 - Gigamesh, 2001) y Teranesia (1999 - AJEC, 2003). Ediciones Cuasar ha reunido en un volumen (Oceánico, 2005), tres de sus novelas cortas más celebradas: la que da título al libro, "Oráculo" (2000) y "Singleton" (2002).


Axxón 169 - diciembre de 2006
Cuento de autor de Oceanía (Cuentos: Fantástico: Ficción Especulativa: IA: Lingüística: Australia: Australiano).

            

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