EL AMANTE DE LAS ESTATUAS

Ian Watson

Inglaterra

Así que allí estaba yo al fin, subiendo a pie por una ancha avenida bordeada de árboles en el enorme Parque del Retiro de Madrid, empequeñecida por el alienígena que se hacía llamar el "Amante de las Estatuas".

El Amante de las Estatuas iba desnudo, a excepción de una bandolera que portaba pequeños objetos de equipamiento personal... de uso desconocido, aparte de la "llave" de su nave espacial. Una gran extensión de piel marrón curtida, aunque sin características sexuales obvias.

¿Debía ser obvio el sexo de un alienígena? ¿Sólo porque era humanoide? En mi mente, por defecto, yo seguía considerándolo él a causa de su altura de casi dos metros y medio y de su corpulencia. Un pelín intimidante. Después del tour de tres semanas por las estatuas famosas de Europa me había acostumbrado a nuestro visitante, aunque al principio había temblado por dentro. Por suerte, gracias a que tiempo atrás había recibido clases de interpretación, sabía cómo simular compostura.

Me preguntó:

—Mary, ¿qué significado tiene Retiro?

Yo llevaba micrófonos y en la limusina que nos seguía el rastro había compañeros escuchando, pero sobre aquello no necesitaba que me apuntaran.

—Un rey usaba este parque como retiro, para su descanso e intimidad. Después lo abrieron a las masas. La gente llama a este parque los pulmones de Madrid.

El Amante de las Estatuas podría ser neutro o incluso un robot orgánico; uno que por consiguiente necesitaba alimentarse y hacer sus necesidades. Diseñado o creado mediante ingeniería genética para que tolerase ambientes hostiles, aventuraban algunos científicos. Podía sellar la nariz y las orejas —como las oscuras anémonas de mar— y cubrir sus ojos con una membrana. Sólo se abría una vez al día para hacer sus necesidades, por un ano entre sus nalgas que se abría como una flor púrpura y después se volvía a cerrar herméticamente. (Por supuesto se le espiaba constantemente.) Se combinaban orina y sólidos.

¿Por qué me importaba tanto su sexo? Decididamente tenía que ver con el modo en que miraba fijamente a las estatuas, pero yo aún no era capaz de poner el dedo en la llaga, no más de lo que el Amante de las Estatuas puso nunca un dedo en ninguna de ellas. Simplemente las rodeaba y las miraba con atención. Esto, hasta donde yo podía entender, pero había algo más que eso.

El sol abrasaba. Una pareja de nuestros helicópteros en el aire eran bolas de plata y mercurio. La temperatura debía haber alcanzado más de treinta y tantos grados. Bancos de nubes negras se deslizaban lentamente desde el sur, amenazando tormenta, por lo que el cielo parecía dividido entre el día y la noche. Entre los árboles que flanqueaban la carretera a cada lado líneas gemelas de policías uniformados de azul mantenían el paso, con el aspecto de ser tan espectadores como las multitudes de curiosos y periodistas a los que mantenían a distancia.

A cien metros detrás de nosotros se deslizaba nuestra limusina negra, las ventanas opacas. El Amante de las Estatuas insistía en recorrer a pie el tramo final que llevaba a nuestros diferentes objetivos, un poco a la manera de un peregrino. Si los cielos se abrían, la limusina podría salvarnos de quedar empapados. A lo mejor al alienígena no le importaba un chaparrón, pero a mí sí, con mi blusa de manga corta y mis pantalones sport. Quizá tendría que haber traído un paraguas.

—Si la ciudad tiene pulmones —inquirió el alienígena—, ¿tiene también genitales?

Esta pregunta me desconcertó bastante. Parecía apuntada casi telepáticamente. En reacción a mi silencio, la voz de Phil en mi audífono sugirió la zona de prostitutas, o alternativamente el hospital de maternidad. Una tercera sugerencia vino de Luis:

—Hey, pensad en cojones. Los huevos españoles. En una corrida de toros es donde mejor pueden verse. Fuera de la Plaza de Toros de Madrid tenemos una bonita estatua de un matador lanzado al aire por una bestia que caracolea detrás de él. El matador parece como triunfante en medio del aire con un brazo levantado, como si estuviera saludando a la multitud... en su camino hacia el Paraíso de la corrida.

Te has pasado viendo Predator, dije yo entre dientes. Sin embargo, veía adónde quería llegar Luis. El Amante de las Estatuas parecía un luchador. Más que caminar, andaba a pisotones... sobre un talón poderoso, planta corta, y cuatro enormes dedos que parecían garras en cada pie (aunque sus manos eran realmente diestras). Sus ojos negros tenían un aspecto depredador, como los de un cazador. Y la pura enormidad de todo él.

¡No se comportaba como un depredador precisamente, aterrizando en Italia y solicitando un tour por las estatuas notables de toda Europa, apenas lo que nadie habría esperado nunca de un alienígena que visitara la Tierra!

El programa de televisión que yo había presentado no mucho tiempo atrás, basado en mi libro El Factor Pygmalion, era una razón fundamental para que se me hubiera nombrado su escolta cultural y guía turística, y no tenía intención de echarlo todo a perder. Aquellas clases de interpretación del pasado me sirvieron para la tele, y ahora resultaban útiles de nuevo. Por no mencionar cómo el saber actuar me ayudó cuando Jeremy me abandonó, el mierda... no, yo aún amaba a Jeremy, no, no lo amaba. Al menos podía comportarme como si me importara un comino. El Amante de las Estatuas llegó a mí como una distracción que resultó muy bien acogida en mi repentino abandono.


Cuando mi cuerpo desempeñaba un papel, por lo general mi mente adoptaba las actitudes de ese papel. Si adoptaba una pose valiente, genuinamente me sentía de algún modo más valiente. Las configuraciones del cuerpo pueden influenciar los circuitos del cerebro. Tal vez debí haber perseverado y haberme convertido en una actriz profesional. Sin embargo, yo quería mirar más que ser mirada. Sentí la llamada de la Historia del Arte, que implica especialmente observar.

Como defendía en mi libro, las estatuas son las más invulnerables representaciones del cuerpo humano y al mismo tiempo las más vulnerables. Su vulnerabilidad a menudo no se destaca. Sin embargo, una estatua comparte el mismo espacio que nosotros... y no puede moverse ni un ápice. Puedes caminar alrededor de una estatua, mirarla con detenimiento tan de cerca como quieras. Puedes acariciarlo o acariciarla. Es bastante distinta de la pintura de un desnudo, incluso aunque en su escenario ésta última parezca más realista. La pintura permite el voyeurismo, mientras la estatua existe en un tangible mercado de esclavos.

Por eso es por lo que los hedonistas griegos y romanos pintaban sus estatuas con tonalidades color carne y lápiz de labios. Lo que hoy admiramos como mármol blanco fue diferente en otro tiempo. Pygmalion, el escultor que anhelaba que su estatua de Galatea cobrase vida, consagra esta verdad.

Nos equivocamos al imaginar que la Venus de Goya es más asequible —potencialmente— que una Afrodita de mármol.

La planificación del itinerario del alienígena se hizo en Roma. Eso fue porque la nave del Amante de las Estatuas había aterrizado en el aeropuerto de Fiumicino, un sitio razonable para aterrizar aunque bastante desconcertante para el control del tráfico aéreo; no porque la nave espacial fuese grande sino simplemente porque era un buque que venía del espacio.

Negra y con una curiosa forma de caja, era del tamaño de una casa mediana. Una casa sin ventanas. El Amante de las Estatuas se quedó a bordo hasta que el tour que solicitó pudo organizarse... del mejor estatuario del continente de Europa. El alienígena llegó bastante versado en nuestro mundo y con un inglés semi-fluido. ¿Basado en emisiones? ¿Que viajaban desde la Tierra a la velocidad de la luz, detectables sólo por la avanzada tecnología alienígena? Ésta parecía la mejor apuesta, así que probablemente era errónea, y apenas explicaba por qué nuestro primer visitante alienígena de todos los tiempos debía ser un conocedor del arte, quizá un artista de propio derecho.

Se me invitó —con cierta premura— a ser la guía del extraterrestre porque no había manera de que los italianos como anfitriones se pusieran de acuerdo con rapidez, y las otras naciones europeas presionaban con urgencia. Era necesaria una solución negociada. Yo soy irlandesa, lo cual siempre parece neutral y objetivo, así como entusiastamente europea... aunque vivía en Londres, donde había conocido a Jeremy en una exposición privada de la muestra de estudiantes del Royal Collage of Art. A pesar de las estridentes protestas en esta ocasión, Inglaterra ya no era parte del "continente" más de lo que lo era Irlanda; así que no había problema. Gracias a mi programa de televisión emitido en unos cuantos países, mi imagen estaba fresca en la memoria de la gente. Poseía credibilidad... y gracia y encanto, según Paolo de la Facultad de Arte de la Universidad de Roma. Paolo acuñó un ingenioso titular: "La Bella guiará a la Bestia". Universidad de Romeo, más bien. Si pensaba que así iba a llevarme a la cama, iba listo.

Para cuando llegué a Roma, un comité había organizado los puntos fuertes del tour, que como tuve el placer de advertir reflejaban a grandes rasgos el espíritu de mi libro. Quizá el único modo de concretar la lista era elegirme a mí como guía. Muchos egos nacionales —¿o debería decir superegos?— se daban de empujones. Si Francia consideraba cinco estatuas como las mejores, España debía considerar también cinco. Italia debería contar como diez porque el Vaticano es una entidad separada. Etcétera.


Mientras el alienígena y yo observábamos la Venus Capitolina desnuda, una mano ocultando su sexo, la otra a punto de esconder un pecho, le pregunté si él mismo era escultor. Se suponía que yo tenía que hacerle un montón de preguntas. Planteadas directamente por científicos, él contestaba en su propio lenguaje gutural, alegando que los conceptos no podían traducirse con claridad; un modo inteligente de burlarnos. Había lingüistas intentando decodificar sus afirmaciones con referencia a las preguntas formuladas, un intento muy poco fructífero.


—Soy amante de estatuas —me dijo. ¿Así que era un historiador de arte igual que yo? ¿Un coleccionista, incluso? Tal vez podía realizar registros holográficos simplemente con mirar. ¿No deberíamos estar cobrando un royalty por cada vistazo, si la principal atracción de la Tierra era su arte? (¿Y por qué no podía ser así?)

La esperanza general parecía ser la de que él nos diera algo gratis, de inestimable valor. Cuando llega un dios, no se le regatea.


En la Galería Borghese rápidamente le volvió la espalda al famoso Rapto de Prosperpina de Bernini.

—Dos figuras... demasiadas —me informó.

Así que en adelante sólo figuras individuales. Por implicación eso dejaba fuera cualquier figura a caballo.

En Florencia prestó gran atención al David de Miguel Ángel... Luego, acompañados por un séquito, partimos hacia Francia.

Políticos y dignatarios religiosos trataban de capitalizar la presencia del Amante de las Estatuas, pero la audiencia con el Papa había resultado profundamente insatisfactoria cuando el alienígena permaneció en silencio y atento todo el rato, convirtiéndose en la audiencia él mismo. Decididamente ésta era una visita artística y de ningún otro tipo.


Un problema con Jeremy era que quería poseerme por completo. Durante nuestros tres años como amantes traté de que aprendiera que yo era una persona independiente. Todas sus llamadas de teléfono para decir que me amaba, preguntándose exactamente dónde estaba yo en cualquier momento del día; qué tierno, porque yo adoraba a Jeremy. Si yo lo hubiese dejado a él, supongo que puede que se hubiese convertido en un acosador. Sin embargo, durante el último año de nuestra relación, sin que yo lo supiera, se estaba preocupando también por otra mujer. Simplemente nunca me lo imaginé hasta aquella tarde en Kensington Gardens cuando Jeremy me confió que sentía tener que romperme el corazón, tener que decepcionarme. De modo que deseaba abandonarme con tacto. Lo que ocurrió no tuvo tacto, aunque puede que tranquilizara la conciencia del propio Jeremy. En unos veinte segundos, desde que alboreó la primera sospecha hasta el tiro de gracia al final de una frase bastante larga, me vacié por completo. Durante otros cinco minutos Jeremy me consoló noble y tristemente mientras yo, como embotada, trataba de analizar lo que estaba diciendo, luego simplemente me fui. Puesto que no podía poseerme por completo y convertirme en una sombra de sí mismo, había encontrado otra mujer que desempeñara ese papel, con sumo gusto, imaginé... Jeremy era muy bueno en la cama. Llevaba una agencia de diseño textil, así que podría decirse que los edredones y las camas eran para él su segunda naturaleza.

Mientras vagaba sin rumbo fijo en el despertar de su confesión, me vino a la cabeza la idea de que por fin estaba libre de sus llamadas de teléfono. Libre. Y me había ido convirtiendo en alguien no libre. Pero no me sentía libre. Era un fiel perro casero abandonado junto a la carretera con un puñado de galletas que morder. Jeremy había usado lo mejor de su carisma para remodelar mi vida y ahora estaba remodelando la de otra persona. ¿Debía yo buscar un pedestal y subirme a él como una estatua?

Ojalá Jeremy no me hubiera obligado a escuchar, como si eso supusiera algún tipo de consuelo o de explicación adecuada, quién era la otra mujer, y por qué. Jeremy había empezado a mencionar su nombre y sus circunstancias bastante a menudo de un modo inocente, casual... era una de sus diseñadoras. En su mente estaba preparando el terreno, como comprendí al mirar hacia atrás y atar cabos. No me estaba tomando exactamente por sorpresa, ¿verdad? La hipocresía de todo aquello.

El Amante de las Estatuas llegó como un gran alivio. Su solidez ocupaba mi vacío.


Y todo esto mientras nos aproximábamos a la única estatua de Satán en todo el ancho mundo. Ésta iba a ser la primera vez que yo viera al Ángel Caído en... no, no en carne, sino en bronce. Extrañamente, nunca antes había estado en Madrid. Pero había visto fotos de esta estatua en el Parque del Retiro.

—Los gays se dejan caer por aquí por las noches —señaló Luis en mi oído.

Yo oí ver. Porque el alienígena y yo nos habíamos parado para mirar.

—Es un sitio popular para ligar, la avenida ésta.

Ahora no era de noche. Nos bañaba la luz del sol, aunque más de un tercio del cielo estaba negro, hinchado de lluvia, lanzado intermitentes destellos de electricidad.


¡Las multitudes en los bosques, los policías, la limusina siguiéndonos, los helicópteros en el cielo! A pesar de todos aquellos mirones, el Amante de las Estatuas y yo parecíamos estar casi solos a medida que nos acercábamos a la fuente de la que surgía la estatua de Satán. Era como si el extraterrestre y yo estuviésemos encerrados dentro de una especie de burbuja móvil; su pared de cristal hecha de expectación y creciente intensidad. Esto nos aislaba a nosotros solos, a mí y al incognoscible alienígena. Los árboles, los espectadores a derecha e izquierda, aparecían borrosos.

La amplia carretera se dividía alrededor de los bajos muros blancos de la fuente y el estanque, que estaban rodeados más allá por un seto cuidadosamente recortado de no más de un pie de alto, y un lecho de plantas en flor, luego otro borde de seto cercado por una verja baja de aros, todo muy al estilo de un parque municipal.

Malvadas, impías gárgolas vertían agua al estanque a través de sus bocas que enseñaban los dientes, al tiempo que aferraban con sus garras reptiles que se retorcían como si éstos fueran su comida, o quizá sus hijos. Una gárgola-demonio guardaba cada una de las caras del elevado pedestal que se alzaba con forma de octágono, sobre cuya cima Satán, musculoso y desnudo, caía eternamente hacia atrás.

La boca abierta en un silbido silencioso, una serpiente se enroscaba alrededor de la parte superior del muslo de Satán —ocultando así sus genitales— y alrededor de la pantorrilla de su otra pierna, y alrededor de la muñeca de su brazo derecho, la mano apretada en un puño. La serpiente infestaba a Satán y lo arrastraba hacia abajo. Más tarde, en el Jardín del Edén, esa serpiente podría convertirse en el ayudante domesticado de Satán, pero en ese momento me vino a la mente el castigo turco por adulterio... la pecadora atada dentro de un saco con una serpiente venenosa y arrojada al Bósforo, para que se ahogara mientras agonizaba por la mordedura. Así es como el poder castiga... supongo que podría decirse que el ejercicio de la libre voluntad, de la libertad del espíritu.


Ilustración: Carlos Sánchez

¿No amaba Satán a Dios, al tiempo que, finalmente, acabó desafiándole? Yo no había desafiado mucho a Jeremy. Sólo había intentado preservar el núcleo de mi identidad al tiempo que le rendía tanto de mí misma. Sin embargo, me había expulsado del paraíso de la obediencia absoluta. Dios es un tirano benevolente, y al menos en el caso de Jeremy, como ahora comprendía yo, un hombre es un dios en miniatura.

Recordaba tan bien mis rendiciones emocionales y físicas ante Jeremy, como si me derritiera en sus brazos, el tópico romántico. Pero usualmente después de hacer el amor, mientras Jeremy se deleitaba en aquello que había creado —concretamente adoración— una pequeña y secreta parte de mí se había resistido. ¿Resistido a qué exactamente? A que se me reprogramara la libertad que en un principio yo había dado por hecha. La igualdad, la habilidad para debatir y decir sí o no.

Y lo mismo, tal vez, con Dios y Satán. En un principio existía la igualdad democrática entre los ángeles superiores, pero Dios lo quería todo. Sólo la omnipotencia podría alguna vez satisfacer Su creatividad. El propio Jeremy no era creativo... manipulaba a la gente que era creativa. En eso consistía su pericia.

Eva fue creada a partir de Adán. La mujer es creada a partir del hombre, a partir de su mirada y después de su contacto, igual que se crea una estatua. Previamente está llena de potencial. Luego desciende a la realidad, y se queda así congelada. Terminada. Completa. Sin más posibilidades. Oh, por supuesto se mueve por ahí y hace cosas y tiene niños. De hecho hace tantas cosas que su mente está ocupada por completo y olvida aquel tiempo anterior de potencial y posibilidad en el que podría haber llegado a ser cualquier cosa, o incluso muchalquiercosa, una palabra que debería existir y que tal vez podría existir en un lenguaje de mujeres. Oh, Mary hace muchalquiercosa. Realiza multi-tareas todo el tiempo. El hombre focaliza más, e impone un modo particular, una particular interpretación.

—¿Qué está pasando? —la voz de Phil zumbó en mi oído como una mosca molesta.

¿Por qué tenía que estar pasando algo absoluto y concreto todo el rato? ¿Por qué no nada y mucho al mismo tiempo?

—¿Mary?

Estamos mirando la estatua. Shhh.

Estamos contemplándola, el alienígena y yo. ¿No es eso el arte en definitiva?

Pensé todo eso pero de algún modo no pude pronunciar aquellas palabras. Una de las alas estaba aún elevada, la otra plegada y baja. El brazo izquierdo de Satán se doblaba hacia arriba, su mano pareciendo proteger su oído y sus ojos de un ruido enorme o de un resplandor cegador, o de ambas cosas. Miraba fijamente a lo alto con resolución o desesperación y su boca se abría en un grito. O bien se mostraba aún desafiante mientras caía desde los cielos o era que le atormentaba la posibilidad de perderse aquella última visión.

El Amante de las Estatuas estaba temblando. Aquel enorme cuerpo alienígena se estremecía. Parecía estar afectado por aquella pieza concreta del estatuario como por ninguna otra hasta el momento, excepto, quizá, en mucho menor grado, por el David de Miguel Ángel en Florencia.

—¿Qué significar? —preguntó.

Durante unos momentos me resultó difícil responder, hasta tal punto mi propia interpretación de la estatua contaminaba mi objetividad.

Me di cuenta de que podía dirigirme al alienígena con bastante claridad:

—En nuestro mito —contesté— un ser supremo conocido como Dios crea el mundo. Los oficiales de Dios son llamados ángeles. El ángel principal, noble y hermoso, se llama Satán. Los ángeles viven en un lugar bendito, o estado de existencia, llamado el Cielo (como yo con Jeremy). Satán no considera a Dios completamente todopoderoso. Así que Dios, airado, expulsa a Satán de los Cielos. Después Satán se vuelve malvado y vive en un lugar o una condición de horror, llamada Infierno, y trata de sabotear la creación de Dios. Aquí puede verse a Satán, aún noble y hermoso, siendo expulsado del Cielo... junto con una serpiente. La serpiente personifica el mal, y Satán la usará para seducir a la primera mujer, llamada Eva. En cierto modo Satán y la serpiente se convierten en uno solo.

—¿Mal y Eva son la misma palabra?1

—Sólo en inglés.

—¿Dios hace a Satán malvado? ¿Dios es la bondad? ¿Pone una parte malvada en Satán?

¡No lo compliques, Mary!

—El mito tiene muchas versiones. Algunas versiones se contradicen con otras.

Y según la Biblia Satán estaba aún haciendo encargos para Dios cuando llegó el momento de tentar a Job, algo que ocurrió bastante después del asunto aquél del Jardín del Edén...

—En dimensiones más elevadas —dijo el Amante de las Estatuas— las contradicciones se reconcilian.

—¡Bien! —dijo Phil en mi oído—. Al fin una verdadera afirmación sobre física.

O sobre metafísica. Yo estaba pensando en dimensiones más elevadas del mito, cualesquiera que aquélla o aquéllas pudiesen ser.

—Preciosa —dijo el Amante de las Estatuas. Temblaba, como podría uno temblar en presencia de Dios, quizá de Satán igualmente.

¿Era ésta a sus ojos la principal candidata a la mejor estatua de Europa? No una obra de Miguel Ángel o Canova o alguien famoso, sino la creación de —oh Dios, ¿cómo se llamaba?— ah, Ricardo, Ricardo Bellver. Que ganó al primer premio por su creación en una exhibición nacional en algún momento de finales del S. XIX.

—Único —dijo el alienígena.

Decididamente único. La única estatua de Satán.

El Ángel Caído ciertamente poseía poder. Tal vez el bronce estaba influenciado por el grupo de Laoconte del Vaticano; Laoconte y sus dos hijos mientras morían estrangulados por serpientes porque habían cabreado a un dios, Apolo. No era una estatua muy suave, este Ángel Caído: había cierta aspereza en cuanto a su musculatura. Quizá este aspecto atraía especialmente a un alienígena tosco, de piel de cuero.

Dado que Satán estaba cayendo hacia atrás, este momento de su caída parecía aún más congelado y suspendido que la postura de la mayoría de las estatuas. Lenguas de nubes oscuras que flotaban en lo alto —precursoras de la tormenta— le conferían una ligera ilusión de movimiento, al mismo tiempo que la calurosa luminosidad que quedaba en el cielo contradecía aquella congelación. Satán tenía que estar bastante caliente al tacto después del sol abrasador que había hecho todo el día hasta entonces.

Me lo imaginé continuando en su caída, desplomándose de manera absurda en el estanque poco profundo, o bien abrasando el asfalto en su viaje hacia las entrañas infernales de la Tierra.

—Cuatro minutos treinta segundos —comentó Phil.

El tiempo que el alienígena dedicaba a la contemplación, un nuevo modo de clasificar las obras maestras, en el caso de que más turistas extraterrestres siguieran su estela. La guía artística de las estrellas.

Lo que ocurrió después fue atestiguado por muchos, y por supuesto filmado, y sin embargo aún parece increíble.

Estremeciéndose, el Amante de las Estatuas elevó los brazos.

Y el Ángel Caído se movió.

¡Una ilusión, causada por el movimiento de las nubes en el cielo!

No, no era una ilusión en absoluto. El ángel había girado la cabeza para mirar al alienígena. La estatua había girado la cabeza.

La carne del Amante de las Estatuas se ondulaba, como si gusanos o músculos se estuvieran moviendo bajo su piel. Comenzó a lanzar un gemido como el de un gato macho cruzado con un didjeridu2, un lamento sobrecogedor que fue subiendo de intensidad, un llamamiento, una llamada, un sonido que yo sentía que podría ser capaz de transformar aún más al objeto de su serenata alienígena. Escalofríos recorrían mi espalda, y yo también estaba temblando por la pura proximidad del Amante de Estatuas. ¿Debía salir corriendo? No podía. Estábamos juntos en esa extraña burbuja que excluía al resto del mundo, y que sin embargo ahora incluía también a la estatua de Satán allá en lo alto en su pedestal sobre el estanque.

—Mary, ¿qué es ese ruido?

Traté de decir: Le está cantando a la estatua, Phil. Cantándole. Encantándola. Pero no pude poner voz a las palabras, no para nadie que estuviera fuera de la burbuja.

Oh, pero ahora comprendía en mi propia carne el significado del nombre del extraterrestre, y lo que estaba —de un modo imposible— a punto de pasar. Mi alienígena no era un admirador de estatuas, no en el sentido estético. Era literalmente un amante, no de cuerpos mundanos, sino de estatuas... estatuas a las que traía a la vida.

Lentamente, con aquella mano sujeta por una espiral de serpiente, el Ángel Caído se agarró al pico de la roca de bronce que lo sostenía... y se impulsó hacia arriba.

—¡Hey, Mary, la estatua se está moviendo! ¡Como si estuviera viva!

¿Qué poder hacía que el metal se moviese? ¿Qué espíritu infundía al Satán esculpido? ¡Seguramente alguna capacidad paranormal del alienígena, seguramente nada inherente a la estatua en sí misma! ¡Una estatua no podía de ningún modo convertirse en aquello que representaba!

¿Qué había querido decir el Amante de las Estatuas con lo de dimensiones más elevadas? ¿Que él tenía acceso directo a ellas, como un mago? ¿Qué una estatua era como una rebanada tridimensional de una realidad superior y ahora él estaba convocando esa realidad superior, millones de versiones de esta misma estatua en universos alternativos, mediante lo cual podía hacer que la estatua se moviera superponiendo todos los marcos en los que la estatua existía de modo estático, aquí y en todos los demás lugares?

Un relámpago parpadeó con fiereza, como convocado por el Amante de las Estatuas. El frente de tormenta de nubes negras se tragó al sol, oscureciendo y refrescando el parque considerablemente. Cómo temblaba yo con mis pantalones y mi blusa. Una vaga luz amarilla recorrió las gárgolas que arrojaban sus arcos de agua y me di cuenta de que la limusina había encendido los faros. ¿Estaba un rayo a punto de caer desde las nubes, de un modo cegador, y golpear a Satán?

No... pero Satán estaba empezando a brillar emitiendo luz. Lucifer, el portador de la luz.

Allí estaba Satán, más grande que la misma vida, casi del tamaño del Amante de las Estatuas, sus alas desplegadas, mirando fijamente a aquél que le estaba invocando.

La serpiente cayó al estanque. A pesar del ruido que hacía el alienígena pude oír claramente un chisporroteo al contacto de la serpiente con el agua... ¿para volverse rígida de nuevo?

—¡Mary, sal de ahí!

Oh, Phil no tenía ni idea. Yo sentía que podía volar. No escapar, lo cual era imposible, sino volar. ¡Si alzaba los brazos y saltaba hacia arriba, me convertiría en un ángel!

Por un momento pensé que la cabeza de la serpiente y parte de su cuerpo se habían quedado allí, atrapados entre los muslos de Satán, pero entonces me di cuenta, atónita, de que lo que estaba viendo era el miembro de Satán, erecto. En ese mismo momento Satán saltó y se deslizó hacia nosotros, su mirada resuelta.

El Amante de las Estatuas estaba abriéndose a Satán; no se me ocurre otro modo de describir la extraña metamorfosis, como se desplegó la ingle del alienígena, anteriormente en blanco, para recibir la erección de Satán mientras el Ángel Caído se lanzaba contra el extraterrestre, que envolvió en sus brazos al Satán resplandeciente.

Una de las alas del ángel estrechó la espalda del alienígena, pero con el extremo de la otra me sostuvo a mí y me arrastró hacia arriba apretándome contra el costado del alienígena mientras la estatua viviente y el Amante de las Estatuas copulaban. En unos momentos yo misma experimenté un orgasmo tan intenso que casi sentí convulsiones.

¿Podría todo el público ver aquello? ¿Podrían comprender?

El ala dejó de sostenerme. Incapaz de mantenerme en pie, casi me desvanecí. Andando de costado, a trompicones, caí al suelo donde estaba demasiado aturdida para concentrarme y fijar la vista. De repente la lluvia me enjuagó abundantemente, empapándome en un instante, cegando aún más mis ojos.

Haciendo acopio de valor (supongo) Phil y Luis habían corrido a levantarme y sacarme de allí. Hice lo que pude por volver a la limusina, tambaleándome, y no constituir un peso muerto.

Envuelta en una manta, estaba aún lejos de estar coherente pero sabía que necesitaba un brandy del mueble bar del coche... y también que me trajeran una muda de ropa a toda prisa, porque desde luego no tenía intención de abandonar el parque. Oí a Luis hablar por teléfono, pero no entendí su español. Mientras tanto —visto a través de los limpiaparabrisas— el alienígena seguía aferrado a Satán bajo el aguacero. Tal vez pasaron quince minutos antes de que ella soltara a Satán. El borroso Satán parecía una estatua otra vez.

Unos vaqueros y un jersey llegaron con rapidez sorprendente. Luego me enteré de que se los compraron a alguien de las cercanías a un precio exorbitante de cientos de euros, en compensación para el donante por haberse quedado en ropa interior. Media hora después de que espectáculo hubiese comenzado, la Amante de las Estatuas volvió por fin hasta nosotros, caminando pesadamente.


La última vez que vi al Ángel Caído yacía rígido sobre el asfalto, aparentemente con su misma configuración original. Si hubieran vuelto a colocar a Satán sobre su pedestal —en vez de que científicos lo seccionaran en busca de pistas— y si de algún modo la serpiente pudiera haber sido ablandada y enrollada de nuevo alrededor de él, después de aquello parecería ya siempre que Satán miraba fijamente no a la luz de Dios y del Paraíso, sino al cielo de la noche, buscando alguna estrella distante desde la que su amante había descendido.


Al día siguiente, acompañé a la Amante de las Estatuas de vuelta a Roma. Ella había alcanzado ya la consumación y no tenía mayor necesidad de permanecer sobre nuestro mundo. Dentro de nuestro mundo. Digo dentro porque se demostró a sí misma que era tan diferente en cuerpo, en mente, en deseos, en motivos de lo que quizá nosotros podemos comprender. ¿Se había autofertilizado mediante este extraño acto sexual? ¿Eran las palabras él y ella totalmente irrelevantes?

¿Había pasado una prueba? ¿Se había llevado un trofeo? Me dijeron que no quedó ni rastro del pene de Satán, que yo había visto. Aquél residía, estoy segura, dentro de la Amante de las Estatuas después de que su ingle se volviera a quedar en blanco. Qué suerte para algún representante de la especie humana que ella no viniera a la Tierra en busca de algún trozo de humano como amante.


Extraterrestre se folla a la Estatua de Satán fue el titular que recorrió el mundo en ciertos periódicos sensacionalistas. A partir de ahí hubo multitud de variantes más discretas. El Papa ciertamente no iba a ofrecer una audiencia de despedida. De hecho, la Amante de las Estatuas despegó del aeropuerto de Fiumicino en su casa negra de tecnología alienígena en veinticuatro horas.


Jeremy me telefoneó a mi habitación del hotel en Roma. Yo no había cambiado mi número de móvil porque nunca soñé que se atrevería.

—Mary, ¿podrás perdonarme? Cometí un terrible error. Te admiro tantísimo.

Maldita sea, pero una parte de mí me dolía al oír su voz. Era un dolor de sufrimiento, no de añoranza... oh, no sé lo que era. Tendría que ser estricta conmigo misma.

—No siento nada por ti —le dije.

—Mary, te amo profundamente.

Era como si estuviese pronunciando una frase clave, la llave de mi cerradura.


Yo había estado cerca del poder, de un poder impresionante. Había estado demasiado cerca para que Jeremy no anhelara tomar ese poder de mí.

Así que colgué el teléfono.


¿A qué distancia estaba ya el Amante de las Estatuas? ¿A cien millones de millas? Escrita en mi interior estaba la memoria de aquel orgasmo, que fue quizá sólo una consecuencia indirecta, un desbordamiento. ¡Cuánto más intensa debía haber sido la experiencia para el alienígena! Lo suficientemente intensa para venir en su busca desde las estrellas.


Notas
1 - Los términos correspondientes en inglés son Evil y Eve.
2 - En inglés escrito también como didgeridoo. Trompeta de los aborígenes australianos construida con madera o bambú. El intérprete mantiene un bordón grave que es interrumpido por ráfagas de armónicos más agudos. Aparte de ello, el intérprete canta en el interior del instrumento mientras sopla, produciendo así una gran variedad de notas, timbres y ritmos. Se encuentra únicamente en el norte de Australia, donde acompaña a los cantantes y a los bailarines.


Título original: Lover of Statues, © 2005 Ian Watson
Traducción: © 2006 Luisa María García Velasco


Ian Watson nació en Inglaterra en 1943. Se graduó en 1963 en la Universidad de Balliol, Oxford, con una mención honorífica en Literatura Inglesa, a lo que siguió en 1965 un post-grado en literaturas francesa e inglesa del siglo XIX. Se convirtió en escritor profesional en 1976, tras el éxito de sus dos primeras novelas, Empotrados (1973) —que le valió los premios John W. Campbell y el Prix Apolo en Francia— y El modelo Jonas (1975) que ganó el Premio de Asociación de ciencia ficción británica y el Orbit. Entre sus otras obras importantes merecen citarse Embajada alienígena (1977), El jardín de las delicias (1980), Visitantes milagrosos (1987), Carne (1988) y Magia de reina, magia de rey (2002). En julio de 2006 se publicó su obra más reciente: The Butterflies of Memory, una colección de diecisiete relatos entre los que se cuentan "An Appeal to Adolf", "One of Her Paths", "A Speaker for the Wooden Sea", "Hijack Holiday" (que anticipa los eventos del 9/11), "The Grave of My Beloved" co-escrita con el italiano Roberto Qualia y "Giant Dwarfs".


Axxón 169 - diciembre de 2006
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Visitantes: Inglés: Inglaterra).

            

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