EL BAILE DE LAS VÍCTIMAS

Carlos Gardini

Argentina

Toi, tu seras mon apprenti!

Francés jadeante, acento italiano. Monsignor Betulla, sin duda. Su carruaje frenó bruscamente en el empedrado. Su corpachón asomó entre las cortinas.

Me quedé petrificado. Por instinto extendí la mano hacia el carruaje para pedir limosna, la retraje con súbita timidez, me la apoyé inquisitivamente en el pecho. ¿Yo, aprendiz de Monseñor? Miré furtivamente a los costados.

La peste había llegado a la ciudad. Los ricos huían a sus casas de campo, las autoridades tapiaban las casas de los apestados, los talleres de artesanos cerraban sus puertas. ¿Por qué, en medio de esa confusión, Monsignor Betulla se fijaría en mí? Monseñor tenía fama de libertino, ¿pero qué podía esperar de un mendigo rotoso y sucio? Miré su cara blanca y porosa. Una mano pálida y venosa salía de sus vestiduras negras aferrando una cruz de plata. Monseñor me señaló con la cruz, volvió a llamarme. Me acerqué tímidamente, y él mismo abrió la puerta del carruaje. ¡Ah, Monseñor era humilde! Esto me desconcertó. Ese corpachón montañoso era una encarnación de la virtud que iluminaba el camino de los miserables como yo. Monseñor tenía derecho a predicar la humildad sin practicarla, pero condescendía a abrirle la puerta a un pordiosero.

Subí, tratando de no rozar sus ricas vestiduras. Monsignor Betulla chistó y el cochero azotó los caballos. Caí en el mullido asiento. Mi espalda se sorprendió de esa blandura.

Arrancamos, y fue como si echáramos a volar. Al mirar por la ventanilla pestañeé, asombrado de nuestra celeridad. Las casas pasaban como un borrón, y pronto sólo hubo árboles y prados. Me restregué los ojos legañosos mientras corríamos bajo un sol polvoriento. El carruaje de Monsignor Betulla no seguía el camino de los demás fugitivos sino el opuesto, el que conducía a la ladera de la boscosa montaña a cuya sombra vivíamos. Monsignor no hablaba. Entrecerraba los ojos. Acariciaba su cruz de plata, pensé, casi con lascivia. En silencio pedí perdón por este pensamiento blasfemo, y también por mi ingratitud. Así como ahora nos visitaba la peste, años atrás nos había visitado la guerra. Una hueste que se dirigía al sur para embarcarse rumbo al Oriente había saqueado nuestra comarca al grito de «¡Dios lo quiere!». La guerra me había dejado huérfano y cojo. Había tenido que abandonar el campo para mendigar en la ciudad. Quizá la peste fuera más benigna conmigo.

—Nos dirigimos a mi castillo —me explicó Monseñor al cabo de un par de horas, despertando de un sopor vegetal.

Agaché la vista, sin atreverme a hacer las preguntas que me martillaban la cabeza al ritmo del galope de los caballos. ¿Sería su aprendiz? ¿Por qué yo? ¿En qué oficio iniciaría a un mendigo estúpido e ignorante?

—Ya tendrás tus respuestas —dijo Monseñor, como si me hubiera leído el pensamiento. Cuando alcé la vista, él había vuelto a cerrar los ojos.

Al atardecer el cochero aminoró la marcha. Desde un camino lateral se nos unió una columna de guardias armados que marchaba junto a un par de carromatos. Estos crujientes vehículos de madera eran jaulas con barrotes de hierro. Iban cargados de hombres, mujeres y niños que llevaban estrellas de seis puntas cosidas en el pecho. La visión de esos desdichados me desgarró el corazón, y quise santiguarme. Monseñor me contuvo, tocándome con la cruz de plata.

Sono ebrei —me dijo—. Judíos.

—Judíos —repetí sin entender.

Una ráfaga caliente me pegó en la cara. Sentí el tufo de los prisioneros, un empalagoso olor a vómito y excremento.

—Ellos han traído la peste. Debemos exterminarlos, y tú serás mi aprendiz.

—¿Exterminarlos?

Monseñor me miró con severidad.

—Está escrito —declaró—: «Vuestra sangre sea sobre vuestra cabeza».

Habló con vehemencia de la putrefacción que esa gente había traído al mundo de la cristiandad. Habían conspirado para matar a Nuestro Señor, y ahora conspiraban para destruirnos.

—No son humanos, y son propensos a la lepra —afirmó—. Son aliados de Satanás, y no comen cerdo porque procrean como cerdos.

Me señaló con su cruz de plata.

—¿Alguna vez viste a un judío trabajando la tierra? —preguntó, como si hubiera adivinado mi origen campesino.

—¡Jamás! —respondí con apasionamiento. Su breve y enfático discurso me había contagiado su devoción.

—Usan su lengua, la lengua en que les habló el Señor, para crear hechizos.

—¡Hechizos! —exclamé.

Monseñor asintió gravemente.

—Ser piadosos con ellos es ser cruel con los piadosos —murmuró.

Agaché la mirada, masticando esa frase, y las palabras me quemaron la boca como ascuas. Sentí un súbito orgullo. ¡El Señor había fijado los ojos en una criatura ruin como yo, y le brindaba los medios para redimirse! ¡Sería el aprendiz de Monseñor, le ayudaría a exterminar a nuestros enemigos! Eso me exigiría actuar con crueldad, ¿pero qué redención se obtiene gratuitamente? ¡Mi crueldad sería la medida de mi fe!

Me asomé eufóricamente por la ventanilla del carruaje. Una brisa pegajosa me masajeó las mejillas: el perfume del bosque, una sinfonía de putrefacción y fecundidad. Monseñor aspiró profundamente, y el sonido me estremeció. Su respiración era el burbujeo esponjoso de un leño húmedo.

—Estamos cerca —murmuró.

Trepábamos por el agreste sendero hacia un giboso château, una montaña sobre la montaña. Un poniente bilioso se astillaba contra sus flancos negros. Cerré los ojos, encandilado. Cuando los abrí, atravesábamos las puertas del castillo para entrar en el adoquinado patio interior. Monsignor Betulla bajó del carruaje con sorprendente agilidad. Súbitamente, a la sombra de esas murallas, era noche cerrada. La columna de guardias y los carromatos de prisioneros se detuvieron junto a nosotros. Silenciosos sirvientes se acercaban por la líquida negrura del patio, y sus sombras contrahechas nadaban sobre las paredes. Monseñor impartió órdenes, chasquidos enérgicos que contrastaban con los lánguidos gemidos de los prisioneros.

Sirvientes y soldados abrieron la puerta de un carromato y bajaron a golpes a cuatro de los cautivos mientras otros sirvientes nos acompañaban al interior del edificio. Cojeando con esfuerzo, yo seguía a Monseñor sin decir palabra. Su voluminosa mole se deslizaba sobre el piso de piedra como Jesús caminando sobre las aguas. Atravesamos corredores mohosos, bajamos escaleras hediondas. Tuve la sensación de estar recorriendo el ramaje de un árbol de piedra. Para mí, campesino y mendigo, todo era imponente en ese lugar, aun la inmundicia. Así viven los ricos y poderosos, pensé: la suciedad, que para nosotros era una imposición, era un lujo para ellos. Nos detuvimos en una sala perfilada por aristas de sombra. Los sirvientes encendieron velas y se retiraron. La luz de las velas derritió las aristas de sombra, creando una penumbra grumosa en cuyo centro flotaba un altar con un cáliz de plata. Monseñor hundió la mano en sus vestiduras, sacó un puñal enjoyado, se arremangó, se abrió un tajo en el brazo. Vertió su sangre en el piso, dibujando una cruz. Me ordenó que bebiera esa cruz de sangre.

Lo miré con pavor. ¿Beber la sangre de Monseñor? Pero su mirada imperiosa —ojos verdosos hundidos en la corteza de su cara blanca— no admitía vacilaciones. Me agaché y lamí tímidamente la savia de Monseñor. Alcé la vista, pregunté con timidez si era suficiente. Monseñor aún me clavaba esa mirada vegetal. Lamí la cruz de sangre hasta la última gota. Monseñor se echó a reír, un crepitar de hojarasca, y me ayudó a levantarme. Con un gesto casi fraternal, me entregó el puñal. Tenía hoja de acero, mango de plata y pomo de diamante. Vacilé en aceptarlo, porque me sentía indigno de ese objeto exquisito, pero Monsignor Betulla ya había tomado el cáliz de plata del altar y se dirigía a una sala contigua.

Lo seguí, empuñando torpemente el puñal. En la sala contigua, amarrados a sillas, esperaban los cuatro prisioneros que había visto bajar del carromato. Una familia: un hombre y una mujer mayores con dos hijos adolescentes, un varón y una muchacha. Monseñor repitió sus diatribas contra la raza que había crucificado a Nuestro Señor. Yo apenas le entendía. Un zumbido persistente me arañaba los oídos y las venas. Oleadas de negrura barrían mi cuerpo palpitante. Noté sin asombro que mi cojera se había curado.

—Hora de alimentarnos —dijo Monseñor.

Entendí perfectamente. Las gotas de la cruz de sangre que acababa de beber dialogaban en mis venas con las gotas de mi sangre. Ese húmedo murmullo explicaba a mi cuerpo lo que debía hacer: extraer la sangre de cada una de las víctimas, verterla en el cáliz, dársela a Monseñor. Nuevamente sentí orgullo. Era un cruzado de Cristo, aunque una parte de mí gritara que mi cuerpo sólo era el perro de Monseñor.

Monseñor Betulla se sentó en una silla de madera áspera y nudosa que tenía el mismo color de su cara. Un escudo heráldico con árboles tallados aureolaba su cabeza. Su caudaloso manto cubrió los brazos y las patas de la silla. Su gruesa mano asomó en esa cascada de sedosa negrura, aferrando la cruz de plata. Hizo un gesto y fue como si tirase de una correa. Mi cuerpo, el perro de Monseñor, corrió hacia las víctimas llevando en la mano el cáliz de plata.

Me acerqué al padre de la familia, que empezó a recitar en su lengua. Una canción diabólica, pensé, y eso fortaleció mi voluntad de sacrificarlo. Pero Monseñor movió la cruz de plata, alejándome de ese hombre con otro tirón de su correa invisible. Lo miré desconcertado, y Monseñor señaló a la mujer y los hijos. Comprendí. No sólo quería atormentarlo con la muerte, sino hacerlo testigo de la pérdida literal de la sangre de su sangre. Deposité el cáliz de plata en el piso, aferré la cabellera de la hija, tiré bruscamente hacia atrás y segué el arco de su garganta con el puñal. Espumosos borbotones rojos llenaron el cáliz. La madre abrió la boca en un alarido mudo que le humedeció las pupilas. El padre agachó la vista y siguió recitando. La madre y el hijo varón recitaron con él mientras yo le llevaba el cáliz a Monseñor, que bebió con lentitud y deleite. Después sacrifiqué al hijo varón y a la madre. Temía a cada instante que la magia del canto demoníaco de las víctimas detuviera la ceremonia. Cada vez que se apagaba una voz de ese coro infernal, sentía alivio y exaltación, sentía la aprobación de Dios. Cuando degollé al padre, oí un coro de ángeles. Recogí la sangre, pero Monseñor la rechazó. Ya estaba satisfecho.

El coro de ángeles me dio sed. El zumbido que antes me raspaba la sangre y los oídos ahora me arañaba la garganta. Miré con avidez el cáliz rebosante. Monseñor me abofeteó por mi atrevimiento y señaló el piso. Me agaché a beber los charcos de sangre que cubrían las losas. Al beber, sentí que esa sangre se fundía con la mía. Era mi alimento, pero me devoraba por dentro. Me sumergí en el sopor de una punzante saciedad, y mucho después emergí agitando los brazos. Entreví en sueños una sucesión de corredores mohosos y escaleras hediondas. Desperté sobresaltado. Los asistentes de Monseñor me arrastraban hasta las puertas del castillo, y mi cuerpo atontado apenas lograba resistirse. Me echaron a empujones y mordí esa tierra húmeda que sabía a putrefacción y fecundidad.

Cuando me despejé, golpeé las puertas rogando que me dejaran entrar, pero nadie escuchó mis ruegos. Lloré. El eco de mi llanto se parecía al aullido de los lobos, y me heló la sangre. Me acurruqué contra un peñasco mientras crepitantes relámpagos acuchillaban una bóveda de nubarrones negros.

Poco antes del alba, el carruaje de Monseñor salió del château seguido por los guardias y los carromatos de prisioneros. Corrí e imploré, pero me tropecé y quedé tendido en la tierra seca mientras los jinetes se alejaban. Cuando la polvareda se disipó, vi que los seguía una cohorte de ratas.


En el linde de ese bosque, me senté a esperar el amanecer. Con una lucidez que nacía de mi nueva naturaleza, comprendí. Monseñor no me había engañado por necesidad, sino por gusto. Su poder le habría bastado para obligarme a cumplir su voluntad, pero el engaño le complacía, así como le complacía llevar de un lado a otro la peste por la que culpaba a sus víctimas. Ahora su sangre hablaba en mis venas. También hablaba en mis venas la sangre de esa familia, y sus palabras incomprensibles —la canción que había acompañado el martirio de mi inocencia— se repetían en un latido continuo. Esperaba que la luz del día disipara esa pesadilla. Pero cuando el sol asomó sobre la arboleda, sus rayos me quemaron la piel. Tuve que refugiarme en las sombras del bosque para protegerme. ¡El sol era mi enemigo! En mi letargo, empecé a comprender el significado de mi sed. Me había transformado en una de esas criaturas nocturnas de que hablaban las comadres cuyos chismes, en mi infancia, yo escuchaba con risueño espanto. Me oculté en el hueco de un árbol. A la noche siguiente eché a andar por el bosque siguiendo las huellas de Monseñor y su séquito, pero pronto me perdí. Me sentía fuerte pero confundido. La magia de la sangre me había curado de mi cojera, pero ninguna magia podría curarme de mi orfandad. Ni siquiera los lobos se me acercaban.

La noche se erizó de sonidos nuevos, voces que me llamaban apelando a mis nuevos sentidos. Seguí esas voces. Me llevaron hacia una banda de carroñeros que pronto me reconocieron como uno de los suyos. Eran, como yo, aprendices que habían perdido a su maestro. Estaban, como yo, condenados a sufrir la sed y errar por la noche.

A diferencia de mí, recordaban a su maestro con admiración y nostalgia. A diferencia de Betulla, él no los había abandonado. Era un líder, un caballero, un hombre de honor, insistían, retándome a ponerlo en duda. Los habitantes de una aldea cercana habían descubierto que era un hijo de la noche, lo habían sorprendido en su refugio, le habían perforado el pecho con una estaca, lo habían abierto en canal con una azada, lo habían rellenado de ajo y lo habían quemado en una pira. El fuego había durado tres días. Desde lejos, sus aprendices habían presenciado la hoguera entre convulsiones, como si las llamas los devorasen a ellos. Uno de ellos, el más devoto, había agonizado en un ebrio chisporroteo de carne, confesando que él había delatado al maestro porque lo amaba tanto que su vida era un suplicio continuo. Los demás habían rondado la aldea durante varias noches, pensando en vengarse, pero los aldeanos estaban protegidos por su salvaje intolerancia. De día ahorcaban a los forasteros, temiendo que fueran apestados, leprosos o avanzadas de un ejército de saqueadores. De noche usaban círculos de fogatas y barricadas de estacas filosas para ahuyentar a los lobos, los osos y las criaturas como nosotros.

—¿Quién es tu maestro? —me preguntaron mis compañeros.

Se asombraron cuando mencioné a Monsignor Betulla.

—¡Monseigneur! —exclamaron incrédulamente.

Me creyeron cuando les mostré el puñal con mango de plata.

—Era él, sin duda —suspiraron.

Esas caras bestiales no sabían expresar sentimientos, pero se contorsionaron en una mueca donde aún ardía una chispa de compasión. Los miré sin comprender.

—Nuestro maestro era antiguo —me dijeron.

—Nuestro maestro era sabio.

—Nuestro maestro nos explicó todo.

—¿Todo sobre qué? —pregunté.

—¡La raza de la noche!

Hablaron por turnos, como si fueran una sola persona con diferentes voces. Los vampiros que describían las comadres eran espectros sedientos de sangre que obedecían obtusamente la ley de la necesidad. La raza de la noche era infinitamente más compleja. Había vampiros vivientes que habían alcanzado la inmortalidad mediante la práctica del mal. Había cadáveres que habían contraído el vampirismo como otros contraían la peste, y estaban condenados a beber sangre aunque la aborrecían. Había vampiros solitarios como águilas, y vampiros gregarios que cazaban en manada, como lobos. Algunos necesitaban espejos para reforzar la solidez de su diluida imagen. Otros sentían tanta repulsión por lo que eran que odiaban los espejos, y a veces ni siquiera se reflejaban. Los aprendices éramos los más despreciables. Los maestros eran los más enigmáticos.

Monsignor, por su parte, era un maestro sumamente poderoso. Aunque pertenecía a la noche, como todos nosotros, podía sobrevivir a la luz del día. Aunque el sol era su enemigo, se bañaba con deleite en su resplandor. Los objetos sagrados que intimidaban a otros vampiros eran chucherías para él. No los consideraba reliquias, sino piezas en la utilería de su parodia. El mismo papa de Roma había bendecido uno de los cálices que usaba. Era un gourmet, y nunca bebía toda la sangre de sus víctimas. Las sacrificaba en abundancia, y sólo consumía la porción que consideraba más exquisita. Engendraba aprendices como un libertino que esparciera su simiente sin preocuparse por los hijos que traía al mundo. La sencillez de su crueldad era aterradora. Todo aprendiz sentía un desgarrón al perder a su maestro, pero la posesión de Monseigneur era tan absoluta que sus aprendices no sobrevivirían si alguien lograba destruirlo. Si alguien mataba a Monsignor Betulla, yo también moriría. Tirité de espanto ante la idea de morir repentinamente sin haber vengado la pérdida de mi inocencia.

—¿Por qué a mí? —pregunté—. Yo era sólo un mendigo.

—Para él, todos somos mendigos.

—¿Hay un modo de liberarme de esta maldición?

Había un modo, pero sólo me lo explicaron varias noches después. La única manera de liberarse del dominio de un maestro como Betulla y sobrevivir era bañarse en su sangre.

Una furia impotente se sumó al espanto. Mi venganza era imposible. ¿Qué oportunidad tendría de reencontrarlo? Ni siquiera había podido seguir el rastro de sus carruajes, sus mercenarios y su cohorte de ratas. Ni siquiera había podido regresar al castillo donde él me había iniciado en mi humillante inmortalidad. Betulla era un príncipe de la iglesia, un favorito de Roma que frecuentaba a nobles y monarcas. Yo, que había sido un mendigo, era un mero carroñero. Él recorría libremente las anchuras del día. Yo estaba encarcelado en la mazmorra de la noche. Él poseía sus escondrijos, sus castillos, su ejército de sirvientes. Yo sólo tenía mi sed. En nuestro lamentable grupo, ya ni siquiera tenía nombre. Nos conocíamos por apodos que evocaban viejos defectos o enfermedades. Yo era el Cojo, aunque ya no cojeaba. Los demás eran el Ciego, el Manco, el Giboso, el Leproso, el Sordo. Esos apodos evocaban una doble ausencia. Una mutilación o deformación nos había privado de algo. Al transformarnos lo habíamos recuperado, pero en cierto modo nos dolía haber perdido nuestra pérdida. El Manco se rascaba continuamente con la mano que había recobrado. El Ciego quería convencernos de que era un visionario. Yo me erguía exageradamente, ansiando borrar hasta el fantasma de una cojera cuya ausencia me recordaba que Dios, por mi propio acto, me había expulsado de un manotazo.

Y como si todos sintieran la violencia de ese manotazo, abandonamos esa comarca e iniciamos una larga peregrinación, buscando un nuevo maestro.


Evitábamos a la gente y nos alimentábamos de la sangre de liebres, ratas, pájaros del bosque. Entrábamos tímidamente en las posadas para escuchar los rumores. Los rumores nos llevaron a un pueblo, Toisondor, donde oímos hablar de las correrías de un marqués que en su locura había diezmado a sus vasallos. Presentimos que era uno de los nuestros, y fuimos a visitarlo. El olor de su mansión nos confirmó que ya no pertenecía al mundo de los humanos. Nos presentamos ante él. Le suplicamos que nos considerase sus aprendices, sus esclavos.

Toisondor se echó a reír y dijo que nos contaría una historia.

Era lo que siglos después se llamaría una historia romántica, aunque entonces ni siquiera existía esta palabra. Se había casado por amor con una aldeana, para escándalo de sus parientes y aliados. Se había ganado el afecto de sus vasallos, que habían organizado un ejército informal para defenderlo. Su esposa había muerto joven, sumiéndolo en la desesperación. Se había entregado a un frenético libertinaje, y su ejército de protectores se transformó gradualmente en una banda de salteadores que robaba aldeanas en regiones vecinas, o compraba esclavas sarracenas en las costas del sur. Una de sus amantes lo había vampirizado, regalándole una odiosa inmortalidad que lo privaba del ansiado reencuentro con su esposa difunta. Decapitó a esa amante sin perforarle el corazón, y ese fantasma descabezado rondó las inmediaciones del castillo hasta que el sol lo pulverizó. El marqués liquidó uno por uno a sus criados y buscó víctimas entre los aldeanos que antes protegía. Su ejército se disolvió, pero nunca alzó las armas contra él. Su gente lo temía, quizá lo odiaba, pero aún le profesaba lealtad.

Al marqués le agradó la idea de contar con un nuevo ejército formado por espectros. Para él éramos una parodia, y amaba esta parodia porque odiaba a su familia. Los polvorientos retratos de sus antepasados indicaban que era el último de una raza de guerreros que habían obtenido sus posesiones mediante el terror. El marqués era el anverso de esa medalla. Era alto, delgado, pálido, afeminado. Sólo era brutal porque lo impulsaba la sombra del amor. Sabía leer, lo cual era insólito entre los nobles, y tenía una inmensa biblioteca de manuscritos.

Una noche le pedí que me enseñara.

—¿A leer? ¿Para qué?

Yo recordaba que las palabras de Monseñor me habían quemado la boca. Si aprendía a leer, pensaba, quizá pudiera apagar su ardor.

—El ardor crecerá, y después no podrás volver a tu ignorancia.

—Por favor —supliqué.

Toisondor se encogió de hombros. Me llevó a su biblioteca, abrió un crujiente manuscrito y me hizo seguir con el dedo las letras iluminadas mientras repetía melodiosamente el sonido de cada palabra. Milagrosamente las frases cobraron vida, vibraron gloriosamente en mi cabeza. Comprendí que la celeridad con que las asimilaba nacía de mi condición, de mi funesta magia. Absorbía las palabras tal como mis venas absorbían la sangre de mis víctimas. Miré agradecido al marqués, que sonrió lánguidamente y continuó con su lección. Mi fascinación le divertía.

—¿De qué pueden servirle las palabras a un campesino? —comentó.

Pero las palabras eran mi nuevo sol. Las palabras eran tiempo, igual que la sangre. Me refugié noche a noche en esa biblioteca, y pronto el latín no tuvo secretos para mí. Leí libros cuya existencia el marqués mismo ignoraba, y así conocí muchos otros atributos de la raza de la noche. ¡Ah, mis compañeros me habían enseñado muchas cosas, pero ignoraban muchas más! Y mi sed de conocimientos era tan intensa como mi sed de sangre. Una noche el marqués me sorprendió paseándome rabiosamente entre sus libros. Me preguntó si buscaba algo en especial. Le repetí la canción de mis víctimas, le pregunté si la conocía.

—El médico judío que atendió a mi esposa me enseñó un poco de hebreo —dijo el marqués.

Reconocía las palabras, aunque no podía repetirlas con la precisión con que las repetía yo, que no las entendía.

—¿Cómo es posible? —pregunté.

—Un alma sencilla —murmuró. Y sin aclararme esa respuesta, me explicó—: No es una canción sino una oración. Oye, Israel: el Señor es nuestro Dios, sólo el Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas.

¡El hechizo que tanto me obsesionaba no era una maldición sino un rezo y una alabanza! Anhelé el perdón de mis valerosas víctimas.

Rompí a llorar.

—El ardor crecerá —suspiró compasivamente el marqués—. Te lo había advertido.

Fueron las últimas palabras que me dirigió. El Ciego siempre había ansiado estar al frente del grupo. Decía que sus visiones se lo ordenaban, y la delicadeza del marqués lo inducía a creer que ser maestro no podía ser tan difícil. Sorprendió a Toisondor cuando cavilaba de rodillas frente a la tumba de su mujer y le perforó el corazón. Quiso incinerar el cadáver frente a todos los demás, para confirmar su liderazgo. Respondimos con apatía. Toisondor no era un verdadero maestro, sólo un sustituto. Las llamas lo consumieron rápidamente, pues su carne ansiaba la disolución. Pero el Ciego descubrió que en secreto él ansiaba la oscuridad. Aún crepitaban las llamas cuando empezó a contorsionarse, palpándose los ojos.

—¡No veo! —exclamó—. ¡Y mis visiones se han disipado!

—Tus visiones eran un engaño —replicamos con pasiva crueldad.

Lo abandonamos a su suerte. En su recobrada ceguera, no distinguía el día de la noche. El sol lo destruyó al día siguiente.


La muerte de Toisondor destruyó un círculo mágico. Un aura unía al marqués con los vasallos que primero había protegido y luego atormentado. Ese aura se disipó y los aldeanos parecieron notarlo. Ya no estaban obligados por su lealtad, y por primera vez se atrevieron a invadir la vetusta mansión de los Toisondor. Irrumpían de día, para destruirnos mientras dormíamos. Cada noche despertábamos para descubrir el cadáver incinerado de uno de los nuestros. Descubrí que no compartía la lánguida reacción de los demás. Algo ardía en mi interior, y no era sólo el miedo a la muerte ni la punzada de la sed. En un antiguo manuscrito del marqués, había aprendido que excepcionalmente un aprendiz podía transformarse si lograba deshacerse de su naturaleza gregaria. Necesitaba zambullirse en su soledad y sobrevivir al aislamiento. Las palabras, que habían sido mi perdición, me dieron la fuerza que necesitaba. Primero, lo que decía ese libro me infundió valor para alejarme de ese patético grupo condenado al exterminio. Si estaba escrito, podía lograrse, pensé en mi ingenuidad. Después, cuando estaba solo en el bosque y extrañaba la compañía de esos desdichados, me refugié en la plegaria de mis víctimas. Oye, Israel, recé. Este sacrilegio renovó mis fuerzas.

La escarcha de la soledad me quemó noche a noche, y en esa soledad busqué y forjé la imagen que, según decía el libro, debía ser el centro de mi equilibrio. En mi indecisión fui lince, chacal, comadreja. También practiqué el delicado arte de la licantropía. Aullaba, bramaba o rugía bajo la luz lechosa de la luna. Al fin adopté mi forma favorita de depredador: un león que era un leopardo que era un tigre que era una pantera, un felino blanco de melena roja.

Con el tiempo afiné y perfeccioné esa forma, que también modificó mi forma humana. Al mirar mi fluctuante reflejo, veía un rostro triangular, manos delicadas estirándose en zarpas robustas, labios finos ensanchándose en fauces babeantes, piernas gráciles alargándose en el arco de un brinco mortífero. Poco a poco el vampiro es más imagen que carne y parpadea como un reflejo en el agua, una metáfora de sí mismo que teme el escalpelo de la claridad. Por eso no tolera la luz del día. La luz es un cirujano.


El león blanco remontó su noche de siglos, una jaula enlodada de sangre y cartílagos. En esa jaula no había sueños, y ya no oía la canción de sus víctimas. A veces buscaba con nostalgia la compañía de los humanos, aunque temía ser tentado por el sabor de su sangre. El león, absurdamente, rezaba para evitar esa tentación, para no alimentarse con criaturas que aún consideraba sus congéneres. Pero descubrió que esos congéneres conspiraban para destruirlo, a él y a todas las criaturas de la noche.

En mi noche de siglos llegué a tiempos en que se adoraba la Razón, y la ciencia me hizo peligrar con sus filosos instrumentos. Sus luminosos análisis nos ponían en pie de igualdad con los ángeles, los demonios y otras habladurías de los sacerdotes y los aldeanos. Éramos supercherías de una época de ignorancia. Estos argumentos eran tan convincentes que podían resultar mortíferos. Conocí vampiros racionalistas que perdieron la vida por sólo creer en los conceptos que los condenaban a la inexistencia. Pero la luz de la ciencia era tentadora para quienes estábamos privados de la luz del sol. Frecuenté las tertulias de París. Dialogué con gente que, desconociendo mi naturaleza, me enseñaba que yo era una imposibilidad. Pronto las tertulias se disolvieron en la tormenta del Terror. Y la Razón, que tanto me había amenazado, me regaló un alimento exquisito. El susurro de la guillotina, preciso como un silogismo, me alimentó con sangre fresca que corría en cascadas por las alcantarillas. ¿Cómo resistir la tentación de esa sangre gratuita? Durante cuarenta días me alimenté con el precioso regalo de esa época generosa.

Pero las épocas generosas terminan pronto, y el festín de sangre llegó a su fin. El fulgor de la Razón dejó de alumbrar mis noches hambrientas, y debí volver a mis hábitos de depredador. Noté con espanto que no había pensado en las consecuencias del festín. Ya no podía prescindir de la sangre humana. El león, absurdamente, rezó para obtener la sangre de sus víctimas sin matarlas. A veces me miraba en el espejo y veía una imagen despedazada, contradictoria.

Necesitaba distraerme de mi angustia, necesitaba diversión. Y no era el único. Al finalizar el Terror, algunos aristócratas celebraban lo que llamaban le bal des victimes, el baile de las víctimas. Estaba reservado para gente de la nobleza que había perdido parientes en la guillotina. Dominé a uno de esos aristócratas sobrevivientes, lo obligué a llevarme al baile. Me presentó vagamente, sin dar mi nombre, pero mi porte fue suficiente para que nadie hiciera preguntas. Por mi acento, me tomaron por un aristócrata de provincias; por mis ojos, supieron que estaba familiarizado con la sangre vertida en el cadalso. Bailé ese baile de marionetas. Hombres y mujeres llevaban una cinta de seda roja en el cuello y el pelo cortado al rape. En el baile se saludaban con un gesto mecánico que imitaba el movimiento de una cabeza rodando en el cesto tras el golpe de la cuchilla.

Para mi desgracia, el baile de las víctimas me enseñó de nuevo a soñar. Era un solo sueño que se repetía todos los días y me obsesionaba todas las noches. Yo entraba en un salón donde los bailarines llevaban ropa de arpillera con una Estrella de David cosida en el pecho. Bailaban un vals muy lento, y la cinta roja del cuello se convertía en un tajo limpio de donde caían rutilantes chorros de sangre que se derramaban en un cáliz. La música del vals era la oración de mis víctimas, Oye Israel. El sueño me provocaba dolor y nostalgia. No extrañaba mi cojera ni mi pobreza, y mucho menos la mísera aldea donde había nacido. Sólo extrañaba la limpidez de mi inocencia. Extrañaba el resplandor de mi enemigo, el sol, que en la vigilia me habría pulverizado y en el sueño ni siquiera despuntaba como un recuerdo.

Busqué el sol del amor, pero sólo encontré nuevas víctimas, porque yo era una fiera que sólo podía optar entre la cacería o el burdel. Me distraje con el sol de la riqueza. Robé y heredé fortunas, las multipliqué con especulaciones, tratando de contagiarme del espíritu de los nuevos tiempos. ¡Minas, ferrocarriles, bancos! La luz del Progreso me dio poder. El poder me dio protección. Pasaba años encerrado en mi residencia. Mis sirvientes se encargaban de satisfacer mis necesidades.

A principios de un nuevo siglo visité una sala donde proyectaban imágenes animadas. Viaje a la Luna, anunciaba la marquesina. En una pantalla proyectaban trémulas criaturas en blanco y negro que me recordaron mi melancólica existencia. La luna era un pastel con un cohete clavado en el ojo. Esta burla me entristeció y decidí volver a mi encierro. A veces rompía espejos con el pomo de diamante de mi puñal. Destruía los reflejos porque yo era un reflejo, y adquirí una rara destreza en este ejercicio fútil. A veces veía en el cristal a mi odiado maestro, Monsignor Betulla, el inalcanzable Abedul. Las esquirlas del espejo astillado eran las únicas lágrimas que podía derramar.


Al despertar una noche, mordí las astillas del espejo que había destruido la noche anterior. El filo del cristal roto disipó las imágenes de mi sueño, el baile de las víctimas. Pero el dolor también me arrancó súbitamente del letargo de mi cacería. Me asomé al balcón y vi un mundo nuevo. Miré con otros ojos la ciudad donde me encontraba. ¿Amsterdam, París, Roma? ¿Qué importaba? Donde la noche anterior sólo había visto una selva borrosa, ahora veía una inmensidad acribillada de luces. Esas luces lo alumbraban todo. ¡Todo! No sólo eran luces sino imágenes. Las pantallas que parpadeaban en bares y comercios, en aeropuertos y estaciones, en casas, depósitos, hoteles y supermercados, mostraban guerras en Oriente, hospitales en África, surfistas en Australia, modelos en Nueva York. Estos nombres y estas imágenes cobraron una deslumbrante nitidez.

Escupí las astillas de cristal, escupí sangre. Escruté las calles luminosas y atestadas.

El mar del tiempo, en un flujo y reflujo de noche y sangre, me había mecido en su oleaje hasta arrojarme a la playa de esta época que temía el anonimato. ¡La sangre de esta época era fantasmal! Viajaba por cables y ondas formando un cuerpo invisible. Este cuerpo también era hijo de la Razón. Y también era, como el vampiro, una metáfora de sí mismo.

La Razón me ofrecía un nuevo regalo.

Betulla.

Después de una resignación de siete siglos, esta revelación fue embriagadora. Todo lo que antes separaba a mi maestro de mí ahora lo aproximaba. Si antes el poder lo hacía inalcanzable, ahora lo ponía en exhibición, unido a los demás por las arterias de luz de esta época donde todo era público. Porque sin duda era un poderoso, y sin duda no pasaría inadvertido. Con su amor por la comedia, Betulla no podía estar ausente en ese gran teatro. Antes sólo nos unía la crueldad de su poder, pero la sangre electrónica de estos tiempos lo sujetaba a mí como un cable de acero. La Razón anulaba el poder de la magia con que él me había desorientado. Más aún, Betulla no podría escapar de su símbolo, su emblema. Busqué posibles variaciones de su nombre. Encontrarlo fue ridículamente sencillo.

Ya no era un monseñor, sino un financista, pero aún era el Abedul. Ahora se presentaba como un especulador americano llamado James Birch. Hacía años que vivía recluido en una estancia de Sudamérica. Rara vez aparecía en público, pero sus fotos y declaraciones estaban en diarios y revistas de todo el mundo. ¿Cómo habría podido perderse esa oportunidad de montar una farsa? Mientras hundía países y organizaciones en la bancarrota, proclamaba que la codicia era una virtud, que uno debía beber la sangre de la vida hasta la última gota. Estas palabras se repetían con unción en círculos profesionales y académicos. Más llamativa era la entrevista donde decía que se había aislado en su estancia porque esos campos le recordaban el océano de los siglos. Los periodistas veían en esta declaración el lirismo excéntrico de un millonario. Yo sabía que era profundamente literal.

Pero al releer esas palabras, al masticar esas palabras —ascuas en la boca—, mi euforia desembocó en angustia. ¡El océano de los siglos! ¡Qué natural sonaba en él esta frase! Para mí los siglos aún no eran un océano. Para enfrentar a mi maestro tendría que igualarlo. Para destruir su principado de salvajismo, tendría que practicar el salvajismo. Tendría que buscar la pureza hasta que mi nueva constitución me permitiera romper los barrotes de la sombra. Tendría que ser un maestro, y refinar mi maestría hasta el punto en que lograra resistir la luz del sol. Tendría que abandonar todo jirón de piedad.

Nuevamente me fortalecieron las palabras. Canté Oye, Israel mientras formaba a mi primer aprendiz, un chico de la calle que me recordaba al mendigo cojo que yo había sido siglos atrás. Canté Oye Israel mientras le hacía beber la estrella de seis puntas que dibujé en el piso. Canté Oye, Israel mientras lo obligaba a entregarme la sangre de mis víctimas en antiguas copas labradas. Poco a poco la blasfemia aclaró y endureció mi pensamiento. En vez de devorarme por dentro, cada gota de sangre era devorada por la mía. Año a año mi imagen felina se estilizaba aún más. Me sumergí en mi propia metáfora. Y mi sueño también cambió. El baile de las víctimas se prolongaba hasta la madrugada, la luz de las velas se extinguía, poco a poco asomaba la luz del alba. Finalmente, en mi sueño, el resplandor del día disipó la noche. Salí a enfrentar el amanecer. De pronto supe que ya no soñaba. Estaba despierto, y el sol que enfrentaba era real.

Temblé de pies a cabeza. Un solo error en la maquinaria de mi sueño, una sola vacilación, y las llamas me freirían. Sentí los cuchillazos del sol en la cara mientras mi enemigo trataba en vano de incinerarme. La luz era un ácido turbio que me mordía la piel, pero mi pureza me protegía. Miré de frente el ojo del cielo, abrí los brazos y bailé. Jugué bajo la luz del sol, disfrutando de su resplandor.

Pero pronto bailé al son de otra música cuya melodía era el raciocinio. Necesitaba un plan. Ansiaba llegar hasta mi maestro, penetrar en su aislado refugio, la estancia Los Abedules, pero no podía hacerlo como un enemigo. Lo protegería su inmenso poder, lo protegerían sus aprendices. Tenía que buscar un resquicio de debilidad, pero sólo lo encontraría si lograba entrar allí. Tenía que despertar su curiosidad, darle a entender que alguien más nadaba, como él, en el océano de los siglos. Mi recurso sería la farsa, pero no la farsa improvisada y displicente del Abedul, sino un engaño paciente y artificioso. Exigiría semanas de espera, pero mi paciencia y mi artificio ya habían logrado engañar al sol.

En mi renovada corrupción, adoraba este mundo fraudulento.


Tenía un par de siglos de experiencia en especulaciones financieras, y ahora que podía burlarme de la mirada de mi enemigo, el sol, podía manejar mis operaciones personalmente. Hostigué una de las empresas que pertenecía indirectamente a James Birch. Luego, en un gesto magnánimo, me negué a apropiarme de ella. Aunque trabajé a través de otros operadores, dejé un rastro inequívoco de mi identidad. Si no hubiera dejado ese rastro, él me habría buscado para destruirme, económica, moral o literalmente. Como el rastro estaba presente, y era evidentemente deliberado, desperté su curiosidad. Un día recibí una llamada en un teléfono que no figuraba en ninguna guía y me dieron un teléfono que tampoco figuraba en ninguna guía. Llamé.

—¿A qué debo su generosidad? —preguntó Birch, Betulla, el Abedul, sin preguntar quién atendía. A pesar del cambio de idioma, de los siglos, del teléfono, reconocí esa crepitación de hojarasca. El Abedul había consolidado su imagen. Arqueé mi lomo felino.

—No es generosidad sino admiración —respondí, con respeto pero sin obsecuencia.

—Aún no está a salvo de mí —jadeó el Abedul. No se molestó en usar un tono amenazador. Con una llamada telefónica, James Birch podía eliminar a sus rivales, pulverizar su vida privada, borrarlos de la vida pública.

—No quiero estar a salvo de usted, sólo conocerlo.

—Ah, querrá enriquecerme con su experiencia.

—En absoluto. Es sólo que somos tan raros, usted y yo.

—¿Raros?

—Excepcionales. Nadamos en el océano de los siglos, pero no tememos la luz del día.

El Abedul calló un largo rato, una pausa arbórea.

Hai appartenuto alle tenebre! —jadeó al fin.

—Pero ahora sólo pertenezco a mi imagen.

El Abedul lanzó una carcajada. Enterarse de que alguien más había triunfado sobre la noche le provocaba cierta exaltación. Yo lo sabía: en el momento de mi triunfo sobre el sol, había admirado a mi maestro, el maestro que odiaba con toda mi alma corrupta. Y mi frase no era del todo cierta. No sólo pertenecía a mi imagen, sino también a mi maestro. Era un alivio que no me reconociera, aunque también me dolía y me decepcionaba.

Birch dejó de reír abruptamente.

—Es verdad —suspiró—. Sólo pertenecemos a nuestra imagen. ¡Tanta voracidad para alimentar algo tan insustancial!

En cada una de estas tres frases, su fugaz cordialidad se diluyó paso a paso.

—Venga a visitarme —concluyó. Era una orden, no una invitación. Viniendo de James Birch, esa orden era un privilegio.


Así llegué a esa ciudad, Buenos Aires, donde se hablaba un dialecto cantarín del español. Sus habitantes aún arrastraban, sin saberlo, la música de otros idiomas, el acento de antepasados que habían cruzado el Atlántico para viajar a esa meca del destierro. ¡Un país de extranjeros! Ahora comprendía por qué el Abedul lo había elegido. El vampiro era un extranjero por definición. No quise permanecer demasiado tiempo en esa ciudad que parecía hecha de retazos de Francia, Italia, España e Inglaterra. Aunque me atrajera ese patchwork pintoresco, ansiaba llegar a Los Abedules, reencontrar a mi maestro, lograr mi liberación o mi extinción.

Pronto sobrevolaba en un taxi aéreo esos campos que reflejaban el océano de los siglos. Esta frívola frase del Abedul se adecuaba extrañamente a mis circunstancias. Me sentía como si hubiera brincado sobre siglos de desesperanza. El viento sacudía la avioneta, recordándome el traqueteo del negro carruaje que me había llevado al negro château donde mi maestro me había iniciado en la negra magia de la sangre. Un par de horas después, el piloto me señaló Los Abedules. La estancia incluía un campo de girasoles que parecía un comentario irónico de James Birch. Esas plantas, que buscaban todo el día la luz de nuestro enemigo, se burlaban así de su resplandor.

La avioneta aterrizó en la pista de tierra. Poco después levantó vuelo dejando una estela de polvo. Pensé melancólicamente que ya no recordaba la cara del piloto, así como nunca había recordado la cara del cochero que nos había llevado siglos atrás a ese castillo de montaña.

Una mansión se elevaba al desnudo en esa planicie inmensa. Por lo que había visto desde el aire, en esa planicie toda construcción estaba rodeada de árboles. Esos árboles protegían contra el sol, contra el viento, contra la soledad. Los Abedules era un desafío. Ni un árbol redimía la chatura de esa llanura verde y amarillenta. En cambio, Los Abedules estaba rodeada por una laguna artificial donde se reflejaba impecablemente. Al examinar el reflejo, que parecía más verídico que su original, comprendí que el edificio era la imagen invertida de un bosque de abedules, y que sólo en su reflejo se atrevía a mostrar lo que era. Mi propio reflejo —el león blanco— cimbreó en un arco ondulante. ¿No había subestimado el poder de mi enemigo? Atravesé el terraplén que cruzaba la laguna artificial, entré en un amplio porche cuyas líquidas sombras me recordaron un lejano atardecer en una lejana montaña.


Ilustración: María Del Valle

Un cortejo de jóvenes afeminados salió a recibirme. Ah, Monsignor Betulla tenía fama de libertino, y era evidente que James Birch seguía sus pasos. Uno de ellos se adelantó para saludarme, pero no dijo una palabra. Les sonreí, aunque sabía que cada uno de ellos podía ser mi asesino. Aún no sabía cómo lucharía con mi maestro y temía a esos aprendices aunque los despreciara.

Abrieron otras puertas, y entramos en el corazón de ese edificio arbóreo donde una galería sucedía a la otra. Las paredes estaban llenas de espejos donde el león blanco avanzaba con pausada prudencia en medio del cortejo de jóvenes afeminados. También nos reflejábamos en los espejos del cielo raso y en el piso marmóreo. Instintivamente sentí el deseo de destruir esas imágenes con mi puñal. Y al aferrar el mango de plata, comprendí cuál era la debilidad de mi oponente. ¡Imágenes! El destello de la victoria pestañeó en mi corazón.

Llegamos a una sala central. El Abedul estaba sentado en una poltrona. Usaba un quimono negro, holgado como una sotana. Un aprendiz le masajeaba la espalda.

—Etnaleda —murmuró mi enemigo. Su voz era una cascada vegetal, y los espejos de las paredes reflejaron el burbujeo de esa cascada en una secuencia invertida—: Adelante.

Birch hablaba como si él estuviera dentro del espejo, y los espejos invertían la secuencia con un curioso sentido del equilibrio. Necesitaba esos reflejos porque estaba encarcelado en su propia imagen. La laguna que rodeaba la casona no era sólo ornamental. La casa era su propio reflejo. Betulla era pura imagen, y para colmo su imagen era una paradoja. Si un vampiro era un extranjero por definición, no podía ser un árbol, una criatura con raíces. Aun yo, con mi imagen de depredador felino, podía sufrir ese mismo destino si seguía su ejemplo. Al cabo de varios siglos sería sólo un león enjaulado paseándome entre las rejas de mi pureza.

Rodeados por sus asistentes, hablamos como dos estadistas en una reunión cumbre, intercambiando sonrisas amables y frases corteses en presencia de los periodistas. Después el Abedul hizo un gesto terminante y los asistentes se marcharon. Los dos estadistas conversarían de cosas importantes.

Usamos pocas palabras. Había pocas cosas que necesitáramos decir explícitamente. A fin de cuentas, los espejos reflejaban un robusto abedul y un león de melena roja. Dos figuras nacidas de la magia de la sangre dialogaban nostálgicamente en las honduras del cristal.

Me preguntó cómo había llegado a abrazar el reino de la noche. En su indiferencia, no sospechaba que yo había sido un aprendiz A pesar de mí mismo, sentí orgullo de mi actuación. A pesar de mí mismo, me ruboricé. El rubor estuvo a punto de traicionarme.

—¿Algún secreto? —preguntó el Abedul, con tensa cordialidad.

—Muchos —respondí con una sonrisa.

Pensé en Toisondor, y con toda naturalidad conté la historia del marqués como si fuera mía. Sólo en ese instante comprendí esa historia. Toisondor, con su patética fragilidad, con su desesperado amor, era más fuerte que el Abedul.

—Un grupo de aprendices sin maestro vino a visitarme, a ofrecerme sus servicios —le dije a James Birch. Y añadí, con un desdén aristocrático que había tardado siglos en aprender—: Yo ignoraba lo que era un aprendiz, un maestro. Sólo creía en la pureza de la sed.

Charmant—observó Birch. Su francés aún tenía acento italiano.

—Uno de ellos me regaló esto.

Le mostré el puñal de mango de plata.

El Abedul no reconoció el puñal. Lo miró con indiferencia, invitándome a seguir. Conté la historia de este aprendiz. Mencioné la peste, los judíos. Asintió vagamente, como si el collar de atrocidades que había hilado a lo largo de tantos años fuera tan extenso que no pudiera recordar cada una de sus cuentas. Sentí una satisfacción suprema con esta acrobacia. Me dolía que él no pudiera reconocer mis méritos, pero me halagaba superarlo en su propio juego, contarle mi historia como si fuera ajena, la del marqués como si fuera mía. Jugaba con el puñal. Acariciaba la hoja de acero, el mango de plata, el pomo de diamante. Sus destellos se multiplicaban en los espejos de las paredes.

—Qué precisión en los detalles —suspiró el Abedul—. Yo no recuerdo a mis aprendices. Estos jóvenes que cuidan de mí... no sé diferenciarlos. —Señaló la puerta cerrada.

Siguiendo ese gesto, me levanté. Caminé hacia la puerta, me acerqué a las paredes, fingiendo que estudiaba los objetos de arte que adornaban la sala, mirándolo por el espejo. Nuestras miradas se cruzaron, y en ese instante él vio mi intención. Miró los ojos del león y supo que el león se proponía destruirlo. Supe que lo sabía como si sus ojos fueran míos. Nos estudiamos con detenimiento durante la eternidad de ese instante. James Birch sonrió. Un león no podía destruir un abedul. En su vegetal indiferencia, ni siquiera se preguntó por qué quería matarlo. Y no se molestó en pedir ayuda. Sólo murmuró, con su voz de madera:

—Tu puñal nunca tocará mi corazón.

Pero Birch había olvidado dónde estaba su corazón.

El león saltó de un espejo al otro. El puñal no buscaba el pecho del Abedul sino el cristal de los espejos, astillándolos uno por uno. El Abedul miraba este espectáculo circense con una sonrisa.

De pronto la sonrisa fue una rajadura en su corteza.

Mientras los espejos estallaban, comprendió que yo sabía su secreto. Quiso gritar, pero sus fuerzas se desvanecían a medida que desaparecían sus imágenes. Se desplomó en el piso, abrazando su reflejo en el mármol, su último aliento. Sus ojos verdosos, donde el mal se ramificaba en exquisitas nervaduras de perversión, tenían el lustre opaco de los ojos de una res. Del otro lado de la puerta, sus aprendices serían víctimas del mismo efecto, y abrazarían sus imágenes evanescentes en los espejos de las paredes. Me acerqué a mi maestro, lo degollé, lo alcé sobre mí, lo sostuve con las palmas abiertas. Sentí en las manos, a través del quimono negro, el rabioso grito de su carne sacrificada. Su cuerpo descomunal derramó sobre mí su lluvia de redención. El calor de su sangre empapó mi ropa y penetró en mis poros. Poco a poco volví a sentir el hormigueo de la mortalidad. A medida que el Abedul se marchitaba, vibraciones eléctricas martillaban mis vértebras. Solté su cuerpo yerto, que cayó blandamente sobre su diluido reflejo.

Al salir de la habitación, vi a los discípulos abrazados a sus imágenes, tratando de beberlas como si fueran sangre salvadora. Sólo aceleraban su destrucción. Lentamente serían absorbidos por ese reflejo que era una parodia.

Seguido por mi imagen multiplicada, que palpitaba en su afán de recobrar su forma felina, me dirigí a la puerta, crucé el amplio porche, me zambullí en la laguna. Una bandada de patos echó a volar con un coro de graznidos, recortándose contra el poniente. La sangre del Abedul, la sangre que me había liberado, se diluyó en el agua opaca. Emergí y me senté en la orilla. En mi agotamiento, noté que el agua de la laguna se cristalizaba, que las paredes de la mansión se convertían en matorrales raquíticos y montaraces. Llegó la noche. El cielo de esa llanura era un valle abismal, cóncavo y silencioso.

Sin quitarme la ropa mojada, inicié el regreso. Por lo que había visto desde el aire, sabía que me esperaba una larga caminata hasta la ruta más próxima, pero así quería volver al mundo, saboreando el dolor de mi cojera recobrada. Miré el cielo estrellado y vi mi sueño del bal des victimes reflejado en las constelaciones. Horas después, una pálida aurora borró las estrellas una por una y el sueño se esfumó para siempre. Repetí mi plegaria, Oye, Israel. Sentí en la sangre el perdón de mis víctimas.

El sol me lamió la cara sin hostilidad. Ya no era mi enemigo. A su alrededor las nubes formaron la silueta de un león blanco de rostro triangular y largos colmillos. El viento deshilachó las nubes y sólo quedó la pureza de la luz.

Cojeando por el camino polvoriento, sentí el tedio aplastante de mi redención.



Desde aquel día de 1983 que recibimos el anuncio de su triunfo en el Concurso del Círculo de Lectores con el cuento "Primera línea", seguimos la carrera de Carlos Gardini (1948) como algo personal y trascendente. Y no cabe duda de que lo es. A lo largo de los últimos veinte (y tantos) años Carlos ha ido construyendo una trayectoria que incluye novelas y colecciones de cuentos que marcan el quehacer fantástico nacional de un modo decisivo. Pero no vamos a repetir aquí lo que pueden encontrar en muchos sitios. Haremos algo más positivo: los invitamos a leerlo y obtener por sí mismos una experiencia directa de este creador fundamental. Sus libros: Mi cerebro animal (Minotauro, 1983. Cuentos); Primera línea (Sudamericana, 1983. Cuentos); Sinfonía Cero (Riesa, 1984. Cuentos); Juegos malabares (Minotauro, 1984. Novela); Cuentos de Vendavalia (Sudamericana, 1988. Cuentos infantiles); El Libro de la Tierra Negra (Letra Buena, 1993. Novela); El libro de la tribu (El Aleph - Abismo, 2001. Novela); Vórtice (Transversal, 2002. Novela); Fábulas invernales (Minotauro, 2004. Novela); El libro de las voces (Página 12, 2004. Dos novelas cortas). En Axxón se han publicado quince de sus obras, entre cuentos, novelas cortas y novelas. Las más recientes son: "Pescadores de ojos" (109), "Música en las venas" (115), "El beso de la valquiria" (142) y "Los nombres de la luz" (150).


Axxón 169 - diciembre de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Criaturas de la noche: Mitos: Argentina: Argentino).

            

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