LOS ESPECTADORES

Eduardo Abel Giménez

Argentina

Del principio no se acordaba nadie, porque estaba escondido bajo la roca, los desechos, las leyendas, los avances y los retrocesos de la construcción. Los campamentos llegaban hasta el horizonte, desparramados alrededor de la colina, formando conjuntos arbitrarios de ropa sucia, casas rodantes y pilas de basura, y la nube de polvo y olores iba mucho más allá. Las leyes de la estadística habían desaparecido de los manuales, arrastradas por los contraejemplos de la construcción. Los arcos y las hachas de guerra se habían usado como materiales para la obra, igual que los huesos de sus dueños y de sus víctimas, y también las lanzas, las corazas, las espadas, los fusiles y las ametralladoras, aunque quedaban otras armas y otros enemigos que la construcción todavía esperaba recibir transformados en ladrillos. Los peregrinos se mezclaban con los ejércitos, con las comisiones gubernamentales, con los que se habían equivocado de camino y con los turistas. El ruido de las máquinas, las peleas, los ronquidos y las plegarias daba la vuelta al mundo. Varias oleadas de tecnología nueva habían acortado distancias y algunos brotes teóricos habían explicado fenómenos, pero los problemas seguían siendo cada vez mayores. Había más organizadores y menos orden. Los constructores llegaban y se iban, sin alcanzar a darse cuenta de que eran constructores. Las piedras recorrían un camino más largo y aleatorio que nunca, y cuanto más constructores había más lento se hacía el trabajo. Quedaba poco espacio para que alguien se pusiera a recordar algo que no tenía importancia.

Pero el primero que llegó fue un viejo con bastón, que se pisaba la barba. Estaba vestido de negro, arrastraba los pies y cargaba una bolsa repleta a la espalda. Vio la colina desde lejos, y seguramente habrá pensado algo, pero tropezó con su barba y se olvidó.

La colina no estaba en los mapas, y nadie la había visitado desde la inauguración del mundo, pero eso al viejo no le interesaba. Caminó hasta la base, miró hacia arriba, miró hacia abajo, apoyó la bolsa en el suelo y dio media vuelta para estudiar el desierto, donde todavía no se reunían ejércitos ni turistas ni peregrinos, en la dirección de sus propias pisadas. Más allá había una región silenciosa y llana, habitada por lagartos y arbustos con espinas. El horizonte daba la vuelta por detrás y tropezaba consigo mismo después de buscar por el norte, el sur, el este y el oeste, sin encontrar nada.

En esa época anterior a la acumulación de materiales la colina era un cono casi perfecto. Debía tener algún tipo de atracción especial, porque el viejo dedicó mucho tiempo a contemplarla. Midió con la vista su contorno desde la base hasta el vértice, calculó el paso de las nubes que rozaban la cima, escuchó el viento que la golpeaba, la empujó con el bastón como para probar su resistencia y dijo:

—Puede ser.

Un lagarto, escondido entre los arbustos, fue el único testigo de este primer examen que la colina tuvo que aprobar.

El bastón del viejo era una flauta. Le quitó el polvo, la humedeció con el aliento, se echó la barba por encima del hombro y empezó a tocar. El viento se llevaba las notas y las mataba cinco pasos más allá. El lagarto se acercó, arrugó la nariz ante el olor rancio de la música y se fue. Cuando terminó las tres melodías que sabía, el viejo acercó una piedra grande, la acomodó en un hueco del suelo y se sentó en ella. Así empezó la construcción.

Un solo hombre pudo ver al viejo junto a la colina. Llegó varios días después, montado en un caballo al que habían disfrazado de guerrero. Bajó del caballo a diez metros de distancia y se quedó ahí, esperando a que el viejo hiciera el siguiente gesto.

El viejo seguía sentado en la piedra. Durante esos días había conseguido un aura de sabiduría y misterio capaz de asustar a cualquiera. Tal vez era el polvo que se le acumulaba en la ropa, o la barba enrollada al cuello para luchar con el frío, o un efecto de la colina. Había distribuido a su alrededor el contenido de la bolsa: a su derecha había una manta extendida, a su izquierda un cuenco vacío, y frente a él una mesita plegable cubierta con un mantel blanco, donde se apoyaban dos panes enteros, una botella de vino y una bandeja de plata con un pollo asado que todavía estaba caliente.

Le sonrió al recién llegado y se cruzó de brazos, como para mostrarle que él también tenía tiempo que perder.

El recién llegado se cansó pronto.

—Quiero tu comida —dijo, porque era un soldado, y los soldados tenían derecho a exigir cosas.

—Si te la doy —contestó el viejo—, dejará de ser mi comida. Aun suponiendo que este hecho no fuera injusto, ¿seguirías queriéndola entonces?

—Dámela —insistió el soldado.

Se oyó un trueno. Entre una respiración y la siguiente el norte se llenó de nubes oscuras.

—Me gustaría que fueses más claro —dijo el viejo—. Podrías decir, por ejemplo, "quiero que tu comida se convierta en mi comida".

El viento que empezaba a levantarse agitó la túnica del viejo, que no se movía. El soldado miró las nubes.

—Tengo agua —ofreció después, señalando un odre que cargaba el caballo.

—No la necesito —dijo el viejo. Levantó el bastón y lo hundió en la ladera de la colina. Empezó a brotar agua. Al mismo tiempo las nubes cubrieron el sol.

—Entonces dame la comida —dijo el soldado, mientras caminaba hacia la mesa. El viento, las nubes y el viejo empezaban a ponerlo nervioso.

—La verdad —dijo el viejo, que parecía o simulaba no darse cuenta de nada— es que no puedo. Estoy esperando a alguien para almorzar, y ni siquiera sé quién es. Si pudieras demostrarme...

El soldado acababa de arrancar el bastón de donde estaba clavado, y un chorro de agua turbia saltó hacia ellos, cayó sobre la mesa y arrastró el pollo, los panes y la botella de vino. Hubo otro trueno, el más fuerte que se oyó en muchos años, y el extremo de una nube se enroscó en la cima de la colina. El caballo se levantó sobre las patas traseras, relinchó y se puso a galopar en círculos. El viejo aspiró hondo.

—Joven tonto —dijo.

El soldado alzó el bastón y lo golpeó contra la cabeza del viejo. Se quebraron los dos.

El pollo y los panes estaban mojados pero comestibles, y la botella se había roto bajo las herraduras del caballo. La fuente de la colina se secó enseguida y no volvió a brotar. Las nubes pasaron de largo, sin una gota de lluvia, aunque hubo algunos truenos más y el viento tardó en amainar. El soldado enterró al viejo bajo una pila de piedras, y la construcción avanzó un poco más.

A los que vinieron después les fue fácil llegar, porque cualquier camino es más duro la primera vez que alguien lo transita. Unos traían el calor del norte, y venían cantando en un idioma que nadie entendía, probablemente ni ellos mismos. El calor era parte de su vida, y lo seguían sintiendo bajo el cielo frío que empezaba encima de la colina y se sostenía de alguna manera sobre el desierto. Otros escapaban de las lluvias del sur, y el agua se les escurría de la ropa y formaba charcos que los del norte usaban para refrescarse. No consiguieron secarse nunca.

Junto a la colina encontraron un caballo y una flauta. La flauta se la guardó alguien, y al caballo lo soltaron después de discutir mucho. Luego formaron una ronda alrededor de la base y bailaron hasta la mañana siguiente, invocando algo que, o no llegó, o no pudieron ver.

Pasaron un día entero instalando sus campamentos. Los del sur levantaban tiendas de tela impermeable que estaban mojadas por fuera y por dentro, se lamentaban de su suerte, y pedían a unos dioses húmedos y lejanos que enviaran la sequía prometida en el comienzo de los tiempos. Los del norte desplegaban mantas para dormir a la intemperie, se sentaban en grupos para golpearse las piernas y cantar siguiendo el ritmo, y procuraban mantenerse cerca de los del sur para disfrutar de las salpicaduras.

Un visitante del norte trató de escalar la colina. Sus amigos dijeron haberlo visto acariciar una nube antes que el viento lo separara de la pared lisa. Su tumba fue la segunda que quedó al pie de la ladera, y con esas pocas piedras la construcción llegó a un punto en que sería imposible volver atrás.

Después siguió una época pacífica. Gracias a los del sur, no faltaba agua. Y gracias a los lagartos, había comida. El progreso de la construcción fue rápido, porque había muchas piedras alrededor de la colina, y los sucesivos grupos que llegaban, fueran del norte o del sur, tenían que moverlas para instalarse. La dirección en que las apartaban era imprecisa, pero muchas iban a parar a la colina, donde había que acomodarlas y afirmarlas para que no rodaran y volvieran a molestar. Las otras, las que habían caído lejos, tampoco estaban perdidas: a medida que llegaban nuevos visitantes que instalaban nuevos campamentos, la probabilidad de que esas piedras aterrizaran en la colina era mayor, y así tarde o temprano terminaban formando parte de la construcción. La primera hilera de gradas quedó terminada en quince años, antes que nadie se diera cuenta de lo que ocurría, y rodeaba la colina por completo.

Por entonces había varios miles de constructores que acampaban en torno a la colina, y ninguno sabía cuál era su verdadera función. Creían estar esperando la llegada de viejos amigos, o levantando su nueva ciudad, o viendo pasar los días hasta que algo ocurriese. A quienes venían del norte y del sur se les había sumado gente del oeste, que pasaba el día entero metiendo sus narices enormes en todas partes y contando cuentos que nadie había oído nunca, y del este, que venía a buscar oro y perforaba la tierra con palas mágicas, y que decidió quedarse aunque no había oro, a escuchar los cuentos del oeste, las canciones del norte y el entrechocar de las gotas de agua del sur. Con los años, los puntos cardinales se habían ido mezclando, y había entre los campamentos y la construcción grupos de chicos narigones que cantaban en un idioma desconocido, hacían pozos para llenarlos con el agua que ellos mismos chorreaban, o usaban palas mágicas como tambores.

Pero llegó un momento en que no hubo más piedras sueltas, y la construcción quedó paralizada. Nadie se preocupó, porque nadie comprendía siquiera que hubiese una construcción, y sin embargo era un signo de que las cosas debían cambiar.

Al día siguiente llovió sobre la colina, por primera vez en cincuenta años.

—Sabíamos que no era una auténtica sequía —dijeron los del sur—. En cincuenta años no llegamos a secarnos, y ahora los dioses demuestran que se han olvidado de nosotros.

Una semana después seguía lloviendo, y todos andaban blancos y arrugados entre los campamentos, con el agua hasta las rodillas. Las palas mágicas se oxidaron. Los del norte sintieron frío. Los del oeste se resfriaron.

Llovió durante diez días, y la inundación duró un mes. Los habitantes del desierto pensaron en volver a sus tierras, pero a esa altura sus tierras eran las de la colina, y no podían volver porque ya estaban allí.

Entonces vino gente de otro continente, que no levantaba campamentos sino que ocupaba los que había cuando sus dueños no estaban. Escaseó la comida, porque los últimos lagartos habían muerto ahogados y se los había llevado la marea, y nadie quería ir a buscar provisiones a otros lugares. Un emperador y tres reyes condujeron al mismo tiempo sus ejércitos para conquistar la colina, y lucharon entre sí hasta morir todos; las armas, las corazas y los cascos apenas alcanzaron para compensar las piedras que se habían roto y las que habían desaparecido, y la construcción siguió igual, un poco más vieja.

Hubo que esperar casi un siglo para que la construcción volviese a avanzar. Durante ese tiempo los del norte murieron, los del sur se deshicieron en charcos y terminaron evaporándose, los del oeste repitieron los mismos cuentos una y otra vez y los del este volvieron a pensar en el oro. La mezcla de puntos cardinales llegó al extremo en que la última generación no tenía rasgos especiales, y se dedicaba a sobrevivir mirando hacia el horizonte, buscando algún modo de reconocerse a sí misma.

Hasta que un día pasó cerca de la colina una caravana que transportaba piedras para alguna otra construcción. Había muchos hambrientos entre los pobladores del desierto, y la caravana fue atacada. Los cuerpos de los viajeros y los camellos, las carrozas, los tesoros, los carromatos y los víveres desaparecieron en medio de la batalla, y sólo quedaron las piedras distribuidas al azar. Más tarde, otros constructores quisieron instalarse en ese lugar, y tuvieron que mover las piedras. En sólo tres días la construcción trepó un metro más por las laderas de la colina.


Cuando llegaron los filósofos, la construcción casi alcanzaba las nubes. Muchos pueblos habían ocupado el desierto, se habían reproducido y se habían ido, dejando una hilera de gradas como efecto secundario de su permanencia. Se habían abierto caminos a través del desierto, por los que pasaban reyes, mercaderes y mendigos. Se había inventado la pólvora, el telescopio, el mundo esférico, la ciencia y los libros. Se había escrito una historia igual a todas las otras, con batallas, pestes, poderes crecientes y poderes menguantes, mientras la construcción seguía en marcha sin que nadie se lo propusiera.

De vez en cuando alguien había sospechado que allí pasaba algo, y había señalado a los otros los grupos de piedras cuidadosamente colocadas por el azar más absoluto en los lugares más improbables. Pero los otros tenían cosas importantes en qué pensar.

—En todas partes pasa algo —habían contestado.

Sin embargo, las leyendas de la colina habían conseguido atravesar los límites del desierto, y en otros lugares había estudiosos de misterios antiguos que ahora se interesaban por este misterio moderno. Uno de ellos se había atrevido a usar la palabra construcción al hablar de la colina, y mientras muchos se reían otros la habían repetido. Ahora que los tres filósofos llegaban al desierto, la construcción era famosa. Incluso había una religión nueva que obligaba a sus fieles a arrastrar grandes rocas hasta la colina, con la promesa de un paraíso en el que vivirían de rentas.

Los tres filósofos eran calvos, bajos y muy ancianos, y vestían túnicas blancas. Era imposible distinguirlos, salvo por sus escritos. La carroza en que viajaban era casi tan blanca como ellos, y los dos caballos también. El contraste con los colores fuertes de los campamentos era tan grande que muchos se daban vuelta para mirarlos. Pero a los filósofos no les importaba, porque estaban acostumbrados.

No había una ruta que llevara a la colina. La carroza avanzó y retrocedió por senderos invisibles, entre tiendas, plazas, casas de madera, batallones que hacían maniobras, escuelas, herrerías, lavanderas, como si recorriera un laberinto. La colina, poco a poco, se veía más grande. Después de varias horas los filósofos pudieron distinguir a los constructores más atrevidos, que colocaban piedras a cien metros por debajo de la cima, en lugares más propicios para los pájaros.

Tardaron dos días en llegar al pie de la construcción, y tuvieron que hacer la mitad del camino sin la carroza, porque la multitud era una barrera que le impedía el paso. Cansados, con las túnicas hechas pedazos, palparon la grada inferior, alquilaron un banco largo de madera y se sentaron a meditar.

A su alrededor iba y venía la gente. Un grupo de perros se acercó a olerlos. El ruido era tan fuerte que para oírse tuvieron que gritar.

—Parece un templo —dijo uno, cuando recobraron el aliento.

—Si fuera un templo —respondió otro, dos minutos después—, estaría dedicado a un dios muy poderoso. ¿Y qué dios conserva hoy día tanto poder?

—No puede ser un templo —dijo el tercero, y lo tuvo que repetir porque un vendedor ambulante había conseguido gritar más que él—. No puede ser un templo. Para hacer un templo se necesita planos, directores de obra, sacerdotes que den instrucciones.

—Tal vez hubo todo eso —dijo el primero—, hace mucho tiempo.

Alguien pasó junto a los filósofos y los saludó con un movimiento de cabeza. Llevaba una piedra que debía pesar cincuenta kilos. Apoyó un pie en la primera hilera de gradas y empezó a subir por la construcción, buscando un lugar donde dejar su piedra.

—Para mí, es una escalera —dijo el segundo filósofo.

—¿Para subir a dónde? —preguntó el tercero.

—No para subir —contestó el segundo—, para bajar. Hay alguien, allá arriba, que quiere bajar.

El primer filósofo alejó a un perro de un golpe.

—Puede ser —dijo después—. Que yo sepa, nadie subió jamás hasta la cima. Quién sabe qué hay ahí.

—Si sólo quisiera bajar —dijo el tercero, mientras espantaba al mismo perro—, no necesitaría semejante construcción. Le bastaría con deslizarse por la ladera. Y además no creo que haya nadie en la cima. Es un lugar muy incómodo, como la punta de un alfiler. Yo pienso que...

Lo interrumpió un grito más fuerte que los demás. El hombre de la piedra había dado un paso en falso a seis metros de altura, y ahora caía rodando por las gradas. La piedra golpeó el suelo un instante antes que él, y se partió en dos pedazos grandes y un puñado de polvo. Los filósofos esperaron que un grupo de personas alzara al hombre y se lo llevara. Otro grupo levantó las dos piedras y empezó a subirlas por la construcción. Del puñado de polvo nadie se ocupó.

El tercer filósofo terminó su discurso:

—Yo pienso que esto es una señal.

—¿Una señal para quién? —preguntó el primero.

Los tres callaron para pensar. El perro, que seguía rondando, apoyó las patas delanteras en las rodillas del segundo filósofo y le lamió la cara.

—Es inútil —dijo el segundo filósofo, con la cara húmeda—. Aquí sentados no nos pondremos de acuerdo. Propongo que tratemos de escalar hasta la cima.

—Acepto —dijo el primer filósofo.

—Yo también —dijo el tercero.

Devolvieron el banco de madera, cambiaron sus túnicas rotas por otras nuevas, convencieron al perro de que se quedara abajo, y empezaron a trepar. El ascenso no era difícil, porque las gradas más altas no superaban el medio metro, y había lugar donde poner los pies, pero pronto se les hizo demasiado largo. Apenas habían subido ciento cincuenta metros cuando se sintieron cansados y tuvieron que sentarse a reponer fuerzas.

Las piedras de la construcción formaban una especie de barniz alrededor de la colina, desde la base hasta muy por encima de sus cabezas. Más allá, los campamentos parecían una alfombra interminable, llena de agujeros, quemaduras y suciedad. Por todas partes había constructores subiendo y bajando, algunos con las manos vacías, otros cargados con piedras, maderas, ollas o atados de ropa para lavar.

—La construcción me recuerda a un remolino en el mar —dijo un filósofo.

—Es cierto —dijo otro—. De a poco absorbe todo lo que hay alrededor.

—Sólo que los remolinos apuntan hacia abajo —dijo el último.

—Una diferencia menor —dijo el primero—, teniendo en cuenta las propiedades que comparten con la construcción.

La etapa siguiente fue más corta: unos cien metros. Y la tercera más corta todavía. Por un momento temieron no llegar nunca a la piedra más alta, donde todavía les faltarían cien metros para alcanzar la cima. Pero luego de doce etapas consiguieron sentarse en las últimas tres piedras, y contemplaron la ladera desnuda de la colina.

—Será difícil seguir subiendo —admitió un filósofo, mientras acariciaba la uperficie de granito, que casi no tenía imperfecciones.

Los constructores habían quedado mucho más abajo. Eran pocos los que se tomaban el trabajo de ir tan alto sólo para depositar una piedra molesta o cualquier objeto que les sobrara.

—Ya hemos hecho bastante —dijo otro filósofo, señalando hacia el horizonte—. Desde aquí se ve más de lo que cualquier ser humano quisiera ver de una sola vez.

—Esa es una opinión arriesgada —dijo el tercero—. ¿Hay límites para lo que el ser humano quiere ver?

El segundo filósofo estaba dispuesto a seguir la discusión, pero el primero, el que acariciaba la ladera, se lo impidió.

—Aquí hay escalones —dijo, mirando un punto de la pared que quedaba a su derecha.

Los otros se pusieron de pie y se acercaron. El primer filósofo les mostró un semicírculo casi blanco que se destacaba en la superficie de la ladera. Un poco más arriba había otro, y luego otro más, y así seguían hasta perderse de vista en dirección a la cima.

—Es yeso —dijo el segundo filósofo.

—Un material blando —confirmó el primero—. Si pudiéramos sacarlo, quedaría un lugar adecuado para apoyar los pies.

—Es de suponer —dijo el segundo— que alguien hizo esto para permitirnos subir.

—Veámoslo —dijo el tercero, sacando algo del interior de su túnica—. Tengo un cuchillo.

A los pocos minutos, con la ayuda del cuchillo, habían limpiado los primeros cuatro escalones. Tenían la forma exacta de un pie. Los filósofos meditaron un rato, y decidieron aceptar la invitación que les hacía la colina, o quien había puesto allí la colina. El dueño del cuchillo se ofreció a ir primero, y mientras subía de un escalón a otro iba limpiando los siguientes. Sus compañeros iban detrás y trabajaban menos, pero recibían en la cara los trozos de yeso.

Tardaron tres horas en llegar al último escalón. El filósofo que iba delante se detuvo cuando el sol se acercaba al horizonte.

—Estoy en el último escalón —anunció—, y mis brazos todavía no llegan a la cima.

—¿Cuánto falta? —preguntó el que iba en el medio, haciendo esfuerzos por respirar.

—Más o menos tres metros —contestó el de arriba.

—Nos queda un solo recurso —dijo el de abajo, y lo explicó. Los otros no querían aceptarlo, pero tampoco estaban dispuestos a rendirse a último momento. Finalmente, el del medio trepó como pudo sobre el de arriba y se paró sobre sus hombros. El de abajo, entonces, trepó sobre ambos, apoyó los pies en los hombros del que estaba en el medio y, estirándose lentamente, se abrazó a la cima y miró hacia el otro lado.

—Me duelen los hombros —dijo el de abajo—. ¿Qué pasa ahí arriba?

—Yo no sé —dijo el del medio—. No veo nada.

El que estaba abrazado a la cima tardó en hablar. Aspiraba hondo, y echaba el aire por la boca con tanto ruido que era posible oírlo en medio del viento.

—Ahora estoy seguro —dijo finalmente.

—¿De qué? —preguntó el de abajo.

—No hay límites para lo que un ser humano quiera ver —dijo el de arriba.

—Apurémonos, por favor —dijo el del medio.

Pasó otro minuto. El sol tocó el horizonte, y en los campamentos, al pie de la colina, empezaron los preparativos para encender fuego.

—Ya sé qué es la construcción —anunció el de arriba. —Un anfiteatro. Un circo. Un estadio.

—Pero está al revés —protestó el de abajo—. En cualquiera de esos sitios las gradas miran hacia adentro, no hacia afuera.

—La misma objeción que mereció la teoría del remolino —recordó el del medio.

—He tenido una visión —dijo el de arriba—, que duró menos de un segundo. Mientras ustedes se quejaban del peso en los hombros, vislumbré un secreto del universo. No sé si podré describirlo.

—No me importa —dijo el del medio—. Bajemos que ya no puedo más, y luego juzgaremos tu oratoria.

El de arriba no quería soltarse de la cima, así que el del medio optó por dejarlo colgado donde estaba y deslizarse por sobre el que estaba abajo, hasta aterrizar en un escalón. Ambos descendieron un trecho, y entonces el que estaba en la cima, sin moverse de su sitio, volvió a hablar.

—El adentro y el afuera son relativos —dijo a los gritos, como si quisiera ser oído desde el horizonte—. Un leve giro en la percepción, y ambos son lo mismo.

—¿Qué le pasa? —preguntó uno de los que estaban abajo, dirigiéndose al otro.

—Supongo —dijo el otro— que se refiere a esos dibujos donde un cubo parece apuntar en cierta dirección, y luego en una diferente.

—Llegará el día —siguió gritando el de arriba—, cuando la construcción quede terminada, en que los hombres ocuparán el anfiteatro. Entonces, el adentro y el afuera serán permutados, y los espectadores de la colina tendrán el universo entero a sus pies, para contemplarlo. Llegará el día en que...

El de arriba se interrumpió, porque se le habían acalambrado los brazos. Tuvo que soltarse, y cayó suavemente ladera abajo hasta donde esperaban los otros dos, que lo atajaron. Luego, los tres iniciaron el regreso, mientras el sol se ponía.



Ilustración: Aradano

Los últimos cien metros de construcción llevaron mucho tiempo, porque estaban lejos de los campamentos, y también porque quienes se enteraban de que era una construcción no querían subir piedras hasta allí sin cobrar nada. Mientras tanto, las tiendas fueron reemplazadas por casas rodantes, los caminos de tierra por autopistas de hormigón, los mensajeros a caballo por equipos de radio y los ejércitos conquistadores por oleadas de turistas. La leyenda de la construcción se convirtió en un mito, y como todos los mitos fue a parar a los libros donde se hablaba de platos voladores, pirámides y agujeros en la tierra. Los científicos aseguraban que la construcción no era más que un monumento natural, una de las tantas cosas creadas por el azar para sorprendernos, y en más de un sentido tenían razón. Durante años un grupo de fanáticos se había dedicado a arrastrar piedra tras piedra, decidido a terminar lo que otros, fueran quienes fuesen, habían empezado. La construcción perdió algo en espontaneidad, pero ganó mucho en altura.

Cuando sólo faltaban unos pocos centímetros para llegar a la cima, las agencias de viajes organizaron excursiones especiales, los diarios y las revistas enviaron sus corresponsales y los canales de televisión llevaron al desierto sus camiones de exteriores. Millones de personas quitaron el polvo acumulado en las cámaras fotográficas y se reunieron alrededor de la colina. Nadie esperaba que ocurriese nada, pero todos querían ver la construcción en el momento del equilibrio más delicado, cuando todavía no estaba del todo terminada pero cualquier incidente podía destruir el mito o resucitarlo.

El incidente necesario demoró un rato, pero llegó. Un hombre desprevenido tropezó con una piedra pequeña al bajar de su casa rodante, y se cayó. Apenas se lastimó una rodilla y un codo, pero la cámara fotográfica se le hizo pedazos. Cuando volvió a ponerse de pie, estaba furioso. Pensó en tirar la piedra lejos, pero había tanta gente alrededor que no se atrevió. Entonces la levantó y caminó hasta la colina, buscando un lugar donde tirarla. No encontró ninguno. Trepó a toda velocidad por las gradas, temblando de rabia, y no paró hasta llegar a la cima. Allí había un sitio perfecto. Alzó la piedra por encima de la cabeza y la arrojó entre otras dos piedras, justo sobre los últimos centímetros desnudos de la colina.

En todas partes se hizo silencio. Hasta el viento dejó de soplar. Los cronistas de la televisión dejaron caer los micrófonos. Los motores encendidos se apagaron solos. Los que estaban hablando cerraron la boca. El hombre de la cima olvidó su rabia y se sentó sobre la piedra que acababa de subir.

La multitud dejó sus pertenencias y empezó a trepar por las gradas, hasta que el anfiteatro invertido estuvo lleno. Cada persona encontró su lugar, y ningún lugar quedó desocupado. Todos miraron al frente, a un punto situado sobre el horizonte. Hacía frío. El tiempo pasaba. En cualquier momento, algo tenía que suceder.



Eduardo Abel Gimenez, nacido en 1954 en Argentina, participó activamente en El Péndulo, Minotauro, Sinergia y Pársec en la década de 1980. Más tarde se dedicó al diseño de juegos de ingenio y a la música y actualmente co-dirige Imaginaria, un portal literario dedicado a niños y adolescentes. De aquellos días de intensa actividad datan sus novelas El fondo del pozo y Un paseo por Camarjali y un puñado de cuentos, algunos de los cuales nos empeñamos en rescatar. Hasta ahora hemos publicado ocho de ellos en Axxón: "El bagrub" (154), "Pronóstico" (155), "El viaje de K" (156), "La máquina" —con Luisa Axpe— (157), "Escaleras" (160), "Quiramir" (160) y "La isla" (161).


Axxón 169 - diciembre de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Narrativa Conjetural: Argentina: Argentino).

            

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