CUANDO LA BASURA NOS TAPE

Gonzalo Martré

México

Camanduleando vengo de Londres a México en un Constellation supersónico para 500 pasajeros. Permanecí allá una década gracias a una beca que la Fundación Pazcárraga me otorgó para leer "La doble mama" de su ilustre y llorado Pope. Inicialmente la beca de mil libras mensuales cubría tres años, pero como mostré muchas aptitudes de lector y logré llegar hasta la página quince entendiéndole algo, me otorgaron otra igual para leer "Las trampas de la infiel", y debido a mi tesón, pues ya leía la difícil prosa pazcarraciana con cierta soltura, me obligaron a aceptar una tercera y última beca de cuatro años para leer la obra maestra de nuestro eximio Nobel: "El Narco y la Tira".

Leer al finadito Pope no es fácil. Aunque escribió en español contemporáneo, esto es, usó palabras que aisladas poseen un significado muy definido, el conjunto de éstas en prosa: frases, oraciones, párrafos, páginas, o en versos, presenta grandes dificultades cognoscitivas. Uno puede leer, por ejemplo, diez versos de "El Narco y la Tira" y quedarse en babia; o una página de "Las trampas de la Infiel" y no salir de la misma; no, no es cuestión de interpretación, para esto se necesita otra beca, es solamente la dificultad de leer su prosa o poesía sin dormirse a los pocos minutos. Constituye un soporífero tan efectivo como el opio. He de aclarar que estas becas no son muy solicitadas, pues someterse al bombardeo inclemente de conceptos pazcarracianos es un sufrimiento atroz. Tan sólo temerarios del temple de los Templarios, heroicos gramatinautas avezados en cruzar el proceloso mar paciano sin temor a perder la coordinación del habla para siempre, optan por este difícil medio de ganarse el sustento diario pese al dolor de recorrer una y otra vez los mismos párrafos, las mismas páginas sin entender maldita sea la cosa.

Muy necesitado andaba de fondos, lo confieso, para atreverme a solicitar y aceptar la primera beca. Fue una medida desesperada, hija de la urgencia, entenada de la miseria endémica provocada por el bienestar de la familia... gubernamental.

Allá en Londres pocas noticias aparecían del terruño y como todos mis amigos cancelaron nuestra amistad al aceptar la primera beca, poco o nada supe de lo sucedido en lapso tan largo. Mi obligación era leer en voz alta y bajo la supervisión de un asesor, durante seis horas al día el discurso del difunto y venerado Pope. Quedaba exhausto; mas, por fortuna, si México posee la plaza Garibaldi, Londres tiene el Soho, y ahí distraje con las suripantas inglesas, escocesas, irlandesas y alguna que otra negra sudafricana, un poco de lo tan duramente ganado. Por eso no me ocupaba de los periódicos, ni radio, tele u holo.

A las tres horas de vuelo supe que estaba arribando a los linderos del Defe porque vi volar, desde mi ventanilla, millones de condones usados de formas variadas, tamaños y colores, algunos con crestas y otros con pequeñas coronas de plástico duro; tan gratificante panorama me obligó a quitar la vista de la película que proyectaban en la aeronave; por el sonido local, el capitán informó de nuestra entrada en la condonósfera, esto es, la capa más externa del gas envolvente de la Tierra.

—La atmósfera de la Tierra —explicó doctoralmente el capitán— está compuesta por una serie de capas con determinados límites de densidad, grosor, resistencia y elasticidad. Si la primera capa, que es la tropósfera, se resiente por la invasión masiva de objetos sólidos que desplazan a los gases, éstos se procurarán una salida haciendo presión sobre la atmósfera (capa siguiente hacia arriba) y ésta a su vez, presionará sobre la quimiósfera, la que presionará a la ionósfera, la cual finalmente presionará a la exósfera arrastrando los estorbos a su paso.

Hemos descendido a la exósfera y cruzamos la ionósfera, conocida por estas latitudes con el adecuado nombre de condonósfera, debido a hallarse saturada de tales adminículos de uso sexual. Los condones, por ser ligeros, se autoinflan con los gases calientes de la tropósfera contaminada y tienden a subir hasta las dos últimas capas atmosféricas, flotando en ellas sin descender. Es de advertir que este curioso fenómeno tan sólo puede ser observado en las alturas de la ciudad de México. En el crepúsculo y en el amanecer, cuando los rayos de sol atraviesan en ángulo obtuso el látex de los condones, se produce una difracción de la luz —similar a la ocurrida con las gotas de agua suspendidas en el aire— que recibe el nombre de condoiris, pero no presenta la forma de arco, sino la de un colosal chafarote goteante. Infortunadamente estamos en el mediodía, por lo cual, amables pasajeros, no podrán admirar tan inusitado espectáculo. Aconsejamos que, cuando dejen México, compren un vuelo adecuado para disfrutar de tan excitante e insólita fiesta de la naturaleza contaminada.

Lo que no advirtió el ladino capitán es que, a veces, los condones forman bancos y se adhieren entre sí debido al gotear del semen pegajoso. Estas masas pueden arder al contacto de las chispas despedidas por los turborreactores y también suele ocurrir que fragmentos desprendidos de estas masas se introducen por la boca de los motores, obstruyendo el fluir de los gases y provocando accidentes de consecuencias fatales; por ello los aviones con destino a la ciudad de México están provistos de deflectores que los protegen. Antes de aplicar esta medida, los condones se inflaban solos hasta adquirir proporciones elefantiásicas y salían despedidos a la estratósfera, donde reventaban con estrépito. Infortunadamente, ya no podemos extasiarnos con tan fascinante panorama.

Así, absortos en el ir y venir de esos adminículos, dejamos la condonósfera y entramos en la bolsósfera, más densa y por lo tanto más peligrosa, donde en vez de condones contemplé miles de millones de bolsas del mandado hechas de polietileno. De nuevo la recia voz del capitán llamó la atención sobre lo que estábamos viendo.

—Esta es la quimiósfera defeña; como ustedes pueden notar, la visibilidad es nula gracias a las bolsas polietilénicas que la pueblan. Durante algunos minutos no verán otra cosa, pero pueden entretenerse apostando por la aparición de determinada marca de producto o nombre de tienda. Son "Home Mart" y la "Carrefour" las responsables de esta formación, pero la BOAC dará un premio a quien identifique, señale y posicione alguna bolsa de charritos. Son pequeñas y esparcen polvillo picoso de maíz frito a su alrededor.

—El paso de la bolsósfera a la tampósfera —anunció impertérrito— será precedido de una turbulencia seria. Por favor, permanezcan en sus asientos, apaguen sus cigarrillos y recen tres padrenuestros, porque la alta densidad de la tampósfera ha sido causa de varios accidentes. Como ustedes ya saben, pues lo advertimos al abordar, el aeropuerto internacional "Carlos Salinas" es el más traidor del mundo debido precisamente a su tampósfera.

Todos los pasajeros miramos por las ventanillas cómo íbamos abriéndonos paso dificultosamente a través de una pesada capa de tampax, kotex y otras almohadillas sanitarias usadas. Era esa especial tropósfera defeña la más peligrosa, la más difícil de cruzar, porque presentaba una empecinada tendencia a introducirse en los motores; en este caso los deflectores mecánicos eran inútiles, se hacía necesario utilizar lanzallamas para reducirlos a cenizas antes de que taponaran cada turborreactor como si fuese una vagina gigante. El espectáculo de ver quemados algunos millones de cochambrosas toallas sanitarias femeninas en el aire no estaba exento de hermosura; se producían llamas de vívidos colores y ya me imagino cómo se veía el avión desde tierra, como un gran pájaro de fuego. ¡Ah, Stravinsky!


Ilustración: Fraga

—Nuestra velocidad de aproximación es de 900 kph. —En ese instante la película terminó, pues el capitán no deseaba que nos distrajéramos y nos perdiéramos lo mejor del espectáculo: ¡lo que nos esperaba ahí abajo!

Al dejar la tampósfera entramos en la parte baja de la tropósfera; ante nuestros azorados ojos apareció una gigantesca pompa de detergente de color gris opaco, mugroso. De nuevo habló el capitán, explicando a los pasajeros que por primera vez llegaban al Defe y a quienes regresaban después de una ausencia de más de diez años.

—Lo que ustedes ven en sus pantallas, damas y caballeros, es quizá el Defe. En el siglo pasado fue conocida como la región más transparente del aire, pero ya al comienzo del presente siglo, cuando fue imposible sacar la basura del Defe, por el inmenso tonelaje que representa, el aire fue sustituido por una nata color gargajo gris de 150 metros de altura en forma de domo; al año 2030 que corre, alcanza ya los 200 metros de altura sobre el nivel del Zócalo, cubriendo hasta el rincón más recóndito. Suponemos que abajo de esa nata inmunda que ustedes ven se halla aún el Defe, de acuerdo con los instrumentos de nuestra nave; pero hemos visto tantos fenómenos raros en otros vuelos sobre esta ciudad que pudiera ser que la imagen indicada por el radar y la computadora maestra sólo sea un eco del recuerdo grabado en su memoria, y que debajo del gran gargajo sólo hallemos una inmensa montaña de basura. Todo es posible.

Tan pesimista contingencia fue interrumpida por las luces de alarma y sus correspondientes sonidos estridentes me estremecieron. En las pantallas individuales comenzó otra película. El capitán pidió calma y explicó:

—Aparentemente estamos sobrevolando territorio enemigo, por donde las líneas comerciales no pueden cruzar. Tal vez estén disparándonos cohetes tierra-aire, pero no teman, abróchense sus cinturones, que en peores nos hemos visto y vamos a salir adelante.

Yo, aterrorizado, escudriñaba por mi escotilla temiendo ver cruzar alguno que otro misil, pero no existía tal agresión, la nave surcaba una inmensa parvada de objetos volantes, inocentes latas vacías de refresco y cerveza. La alarma fue activada por los sensores automáticos del superconstellation cuando un megabillón de latas vacías testereó la cola. El piloto automático inició un vuelo zigzagueante para evitar otros bancos de desechos sólidos. Una vez pasado el momento de zozobra, el capitán nos invitó a ver hacia abajo.

—Lo que ustedes ven ahora, amables pasajeros, no es un incendio en el Defe, sino el cinturón de mierda luminescente que ha sustituido a la luz del sol. Como ya es universalmente sabido, el Valle de México es la zona urbana donde más perros callejeros hay, se calcula cien millones de ellos, se alimentan de desperdicios orgánicos que previamente han sido rociados con sustancias fermentadoras fluorescentes no tóxicas, cagan en la vía pública, nadie recoge sus detritus, pero mediante esa fermentación especial se disgregan y forman un finísimo polvillo que es levantado por el escaso viento y queda suspendido a 50 metros de altura. Cuando la basura tapó al Defe, el sol se ocultó para siempre, pero gracias a ese maravilloso invento, el Valle no quedó privado de luz cenital. La deuda externa del país, y en especial del Defe, provoca que no exista un presupuesto bastante amplio como para retirar la basura de las calles, por lo cual, el compatriota gobernador del Defe, C. Pulcro Salinas, decidió que cada habitante generador de basura se las arreglara como pudiera. El resultado de esta atinada medida fue... ummm... bueno, lo que ustedes ven abajo... Si es que ven algo.

De nuevo la transmisión fue interrumpida con brusquedad al entrar la nave en la zona llamada mierdósfera. El aparato cabeceó y vibró violentamente. Las viejas rezaron, los niños lloraron. Las aeromozas trataron de calmar a los más nerviosos. A las viejas les dieron té, a los bebes, la chichi; entre ellos se coló un enano que se prendió como becerro de año a la más guapa.

La aeronave salió de la fatídica zona y en la pantalla vi una panorámica difusa (la visión por la escotilla era imposible). A lo lejos columbré algunas luces del aeropuerto, flanqueado por montañas de basura que sobrepasaban la altura del cerro del Peñón. El capitán indicó:

—Ahora miran en su pantalla algo que no existe allá abajo porque ésta es una toma panorámica de hace quince años, cuando aún podíamos distinguir las azoteas de los edificios más altos, pero la exhibimos para que se den cuenta de los cambios. En cinco minutos abasuraremos. Para amenizar esta parte final del vuelo, voy a leer a ustedes un pasaje de la épica chilanga La II Guerra de la Basura, del atildado escritor Fito Kosteño: Cuando C. Pulcro Salinas envió el primer trailer de basura y lo vació frente al reloj de Pachuca, el gobernador de Hidalgo se llamó a ultrajado y suspendió relaciones diplomáticas con el gobierno del Defe. Igual sucedió cuando, en busca de horizontes más amplios para tirar su basura, la descarga fue hecha en las plazas principales de las ciudades de Cuernavaca, Tlaxcala, Toluca y Puebla. Las entidades federativas así afectadas rompieron relaciones diplomáticas y declararon la guerra. No corrió la sangre porque el gobernador C. Pulcro Salinas optó por dejar la basura en los linderos; sin embargo, ésta formó montañas y luego, por gravedad, rodó hacia los estados limítrofes, cubriendo su geografía inconteniblemente.

"Los cinco estados vecinos declararon por segunda vez la guerra al Defe y en cosa de un año la ganaron. De ahí que, prohibido sacar basura de su contorno, en la actualidad ésta haya cubierto territorio hasta la altura de un rascacielos de 50 pisos.

"No se sabe de qué materia están hechos los defeños, pues se han adaptado extraordinariamente bien a esta situación, aunque, claro, es mi deber advertir que la tasa de mortalidad por enfisema pulmonar, diarreas pútridas y parasitosis es la más alta del mundo, pues el reciclaje de aguas residuales para convertirlas en potables no es confiable. Por eso, y en atención a la salud de ustedes, nuestras lindas aeromozas pasarán a venderles su paquete preventivo medicinal, por tan sólo la módica suma de 30 libras; incluye el último modelo de máscara provista de un efectivo anticontaminante mamuchizado".

Compré la mía, desde luego, abroché mi cinturón y puse el respaldo en posición vertical. La única pista disponible estaba llena de perros, gatas y ratas muertas, por lo que nuestra aeronave dio muchos tumbos al abasurar.

Al entrar en la sala principal del añoso aeropuerto internacional "Carlos Salinas", tan deteriorado que en nada se parecía al dejado hacía diez años, que ya estaba mal, dudé de mi ubicación, pero de pronto topé con un gigantesco tablero eléctrico donde campeaba el mismo lema que recordaba haber visto a mi partida:

Bienvenidos. Tenemos una inversión térmica fugaz, de escasa importancia, inocua para el organismo humano. En pocos minutos se restablecerá la normalidad. No haga caso, disfrute usted de nuestra maravillosa ciudad.

Si había dudado de hallarme en México lindo y querido, recobré la compostura y el orgullo de ser mexicano; no cabía duda, ¡estaba en México! Lloré, aunque no estoy muy seguro que fuese de alegría, mas bien porque fui lento en ponerme la máscara mamuchizada y el aire ácido hirió mis ojitos pizpiretos.



Cuando en Axxón N° 159 publicamos la sátira de Gonzalo Martré "Los antiguos mexicanos a través de sus ruinas y sus vestigios", le pedimos más. Y podemos garantizar que nos inundó de cuentos, cada uno más desfachatado que el anterior. Gonzalo Martré nació en Metztitlán, Hidalgo, en 1928. Realizó estudios de ingeniería química en la UNAM y fue profesor y director de la preparatoria Uno. Entre sus libros se destacan Los endemoniados, Safari en la Zona Rosa, La noche de la séptima llama, El Chanfalla, Dime con quién andas y te diré quién herpes, ¿Tormenta Roja sobre México?, Apenas seda azul, Los símbolos transparentes y La emoció n que paraliza el corazón.


Axxón 169 - diciembre de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Polución: Sátira: México: Mexicano).

            

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