DIVULGACIÓN: Un enigma sexual nunca aclarado

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Homo irritus
por Marcelo Dos Santos (especial para Axxón)
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A principios del siglo XVIII, la sociedad secreta conocida como francmasonería (o masonería a secas) transitaba momentos de zozobra.

La Iglesia los perseguía, mientras que a las monarquías europeas no les causaba ninguna gracia tener en sus dominios a grupos —logias— de pensadores independientes que podían oponerse a sus férreos controles políticos, económicos y sociales.

Los antimasones encontraron, como es lógico, numerosos métodos para combatir y denostar a la fraternidad: desde acusarlos de herejía, como muchas veces había ocurrido en el pasado, hasta declararlos ilegales y obligarlos a efectuar sus reuniones en la clandestinidad.

Sin embargo, una de las formas favoritas fue siempre la burla y la mofa, ridiculizando a la organización y a sus miembros y volcando a la opinión pública en su contra.

Hay en la historia de la masonería muchos episodios jugosos plenos de mentiras, falsedades, ocultamientos, absurdos, codicia y enredos, pero uno en particular ha quedado en la historia como el más caótico, ridículo e increíble de todos: la sorprendente historia de un hombre que no estaba seguro ni siquiera... de su sexo.

Acompáñenos en este artículo a desenterrar la historia del chevalier DŽÉon, el desconcertante masón indeciso.

La aldea borgoñona de Tonerre nunca ha sido populosa. Si actualmente tiene 6.000 habitantes —casi todos dedicados a su excelsa industria vitivinícola—, uno puede darse muy buena idea de la bucólica tranquilidad que reinaba allí en 1728. Una isla de paz en medio de un océano de caos: la Francia anterior a la Revolución.


Casa natal de Charles dŽÉon en Tonerre, Borgoña

Allí, en Tonerre, vino al mundo, el 5 de octubre de 1728, el pequeño Charles dŽÉon. Su verdadero y trabajoso nombre era Charles-Geneviève-Louis-Auguste-André-Timothée Déon de Beaumont, pero todo el mundo lo conocía como monsieur DŽÉon. Su familia no era cualquier familia de la aldea: su padre, Louis dŽÉon de Beaumont, era un prominente jurisconsulto, mientras que su madre, Françoise de Chavanson, pertenecía a la más rancia nobleza.  

Siguiendo la tradición familiar, el joven Charles fue enviado a estudiar en París, donde se graduó en 1749 y obtuvo luego un grado en derecho, siguiendo la tradición familiar. De inmediato obtuvo un puesto como secretario del Director de Hacienda y Censor Real. Pero su inteligencia y sus dotes diplomáticas hicieron que a los 27 años de edad se lo asignara al servicio exterior francés, recibiendo un cargo en la embajada de su país en San Petersburgo.

En aquellos tiempos, ingleses y franceses competían salvajemente por la amistad de los rusos: el zar podía ser un aliado invalorable que decidiera por sí mismo cualquier conflicto, ya fuera diplomático, político o militar. Y les estaba yendo mejor a los británicos. Su embajador, sir Charles Hanbury Williams, tenía muchos amigos en la corte de la emperatriz Isabel, y por medio de ellos había conseguido influir en el gobierno ruso para que apoyaran los intereses ingleses en todo el continente.

La capacidad de DŽÉon le granjeó la confianza de sus superiores en la embajada, y pronto fue comisionado para una importante y peligrosa misión: espiar a Williams, robarle la documentación que pudiera, descubrir quiénes eran sus contactos en el entorno de la zarina y, en fin, intentar socavar su posición en Rusia para que Francia pudiese seducir a Rusia de una vez por todas.

Al principio, la labor de Charles fue competente y precisa. Todo hacía suponer que cumpliría su misión a la perfección. Mas, de pronto, los acontecimientos se precipitaron: los franceses e ingleses comenzaron a disputar por una posesión colonial que ambos ambicionaban. Se trataba del fértil valle del río Ohio (en los actuales Estados Unidos). Las tropas inglesas, al mando del más tarde "padre de la patria" norteamericano George Washington, intentaron ocupar la rivera del río, pero fueron derrotadas por las fuerzas francesas. La guerra comenzó de inmediato, y se extendió como un fuego por todo el mundo. Pronto alcanzó a Europa, y llegó a lucharse durante más de quince años en sitios tan dispares como las Guayanas, Canadá, los países escandinavos, las islas del Caribe, el Senegal africano y la India. Había estallado la sangrienta Guerra de los Siete Años, a la que Winston Churchill llamó "la verdadera Primera Guerra Mundial".


La Guerra de los Siete Años

Al estallar las hostilidades en Europa, de inmediato Francia se alineó con sus aliados Rusia, España, Austria, Suecia y Sajonia. Los ingleses, por su parte, formaron en el bando opuesto junto a Prusia, Irlanda, tres principados alemanes (Hannover, Brunswick y Hesse), Portugal y las colonias norteamericanas.

Apenas comenzado el conflicto, Charles dŽÉon solicitó se lo relevara de sus tareas diplomáticas para tomar parte activa en el conflicto. Se lo transfirió al ejército, donde recibió el mando de un regimiento de dragones del ejército galo, y fue destinado con sus hombres a Alemania, donde se enfrentó a las tropas de Federico el Grande para defender las regiones controladas por María Teresa de Austria. Su valentía fue tal que los recuentos de su coraje llegaron a oídos del mismísimo Federico.


DŽÉon en su uniforme de dragón

En 1757, DŽÉon debió conducir una parte del ejército austríaco en la Batalla de Praga, a la que el emperador enemigo llamó "la batalla más sangrienta de todos los tiempos". En esa oportunidad se enfrentaron 65.000 prusianos contra 62.000 austríacos, con 14.000 y 13.000 bajas respectivamente. La batalla concluyó con una grave derrota austríaca, cuyo ejército debió retirarse. Charles, herido honrosamente en acción y aún convaleciente, recibió la orden de llevar la noticia del desastre al gobierno de París, así que debió ponerse en marcha. Apurado, cayó de su caballo y se quebró una pierna, pero, con el miembro entablillado y todo, llegó a París un día y medio antes que los mensajeros austríacos que venían a alertar a su propio embajador.

Luego de mucha sangre y tribulación, ambos bandos decidieron comenzar a buscar una salida pacífica bajo la forma de unas conversaciones de paz. La delegación francesa no estaba encabezada nada más ni nada menos que por el caballero DŽÉon.

Las opiniones inglesas estaban divididas a este respecto: mientras que los tories (conservadores) se sentían proclives a aceptar un tratado de paz, los whigs (demócratas liberales) deseaban continuar la guerra hasta expulsar definitivamente a los franceses de Estados Unidos, Canadá y la India y haber conquistado Francia y Austria. El motivo de esta disparidad de criterios era que los tories habían mantenido conversaciones secretas con los franceses y habían aceptado cuantiosos sobornos para actuar como quintacolumna que ayudara a poner fin a la guerra. DŽÉon, habiendo averiguado estos hechos, se reunió secretamente con los conservadores y agregó al cohecho del gobierno el suyo propio, lo que determinó que los ingleses firmaran el Tratado de París que concluyó definitivamente el conflicto.

Terminada la guerra, Francia y Gran Bretaña recompusieron sus relaciones diplomáticas, y Charles —recién condecorado por Luis XV con la Orden Militar de San Luis, una de las más altas medallas al valor de su país— fue enviado a Londres como Primer Secretario de la embajada francesa. Se había convertido en un personaje celebrado e influyente, y es sabido que la envidia es peor que la tiña... Uno de los diplomáticos de carrera de la embajada francesa comenzó a cultivar una agria enemistad con Charles, y a partir de entonces no perdió oportunidad para perjudicarlo. Se trataba del conde de Guerchy, y su odio hizo tanto en contra de DŽÉon que el militar tomó una decisión drástica: abandonar su puesto y la embajada. Pero, inteligente como era, se robó primero una larga y comprometedora serie de documentos de la caja fuerte de la sede diplomática. Entre ellos se contaban una pormenorizada lista de los diplomáticos ingleses a los que él y Luis XV habían sobornado y el plan completo de una invasión francesa a Inglaterra. Esta invasión iba a ejecutarse durante la guerra, pero el proyecto era tan pormenorizado y bien tramado que podía llegar a ejecutarse en cualquier momento desde entonces en adelante. Su valor de inteligencia, por lo tanto, era incalculable.

Habiendo renunciado a su secretaría, pues, DŽÉon se dedicó a llevar una respetable vida de caballero francés en Londres. Sabía que los documentos que había escondido garantizaban su vida, y que su futuro contemplaba un enorme bienestar gracias a las personas mencionados en ellos. Los tories involucrados comprarían a buen precio su silencio, y Luis XV pagaría más con tal de evitar el escandaloso incidente internacional que se produciría si se divulgaba que había sobornado a los negociadores de paz enemigos en medio de un sangriento enfrentamiento armado.

Dicho y hecho: los ingleses corruptos ofrecieron la friolera de 40.000 libras esterlinas por los papeles pero DŽÉon, que aún no había recibido ninguna oferta de su rey y planeaba sacar una cifra muy superior, se negó a aceptar el trato.

El conde de Guerchy decidió pasar a la acción directa: envió un grupo de matones a casa de Charles para robar los documentos, pero los sicarios no fueron capaces de hallarlos. Desesperado, mandó otra partida para secuestrar a su compatriota, torturarlo y obligarlo a confesar dónde los había escondido, pero DŽÉon previó su movimiento y escapó justo a tiempo.

Agotadas todas las instancias "amistosas", Charles comprendió que debía hacer público el asunto y presentó una demanda criminal contra Guerchy. Pero éste ostentaba inmunidad diplomática, la que fue aceptada por los jueces ingleses y el Gran Jurado de Middlesex y la querella no prosperó.

Todo parecía haber llegado a un punto muerto, aunque la parte más jugosa del relato está a punto de comenzar...

Corría ahora el año de 1764. DŽÉon tenía 36 años de edad. Nadie sabe a ciencia cierta cómo se inició el rumor —es posible que el despechado Guerchy lo haya echado a rodar— pero, de buenas a primeras, en toda esquina, bar y baño público de Francia se escuchaba la misma frase dicha en voz baja entre risitas y murmullos: el chevalier dŽÉon era en realidad una mujer disfrazada. Cinco años más tarde, el rumor no se murmuraba sino que se voceaba en toda Europa, y esto incluía, por supuesto, a Londres. Una vez más, DŽÉon estaba en boca de todos, y no en los términos más elogiosos.

El caballero se indignó, pataleó, bufó y se burló del particular, desestimando enfáticamente toda sugerencia en ese sentido. ¿Acaso podría una mujer haber cabalgado al frente de sus dragones en la masacre de Praga? ¿Hubiese sido una débil fémina reconocida con la Orden de San Luis? Si bien Juana de Arco, bien mujercita, había levantado siglos antes el sitio de Orleáns y había colocado la corona en la cabeza de Carlos VII, verdaderamente el razonamiento de Charles tenía sentido. Pero el daño ya estaba hecho: se vuelve de todas partes menos del ridículo, y cuando el ridículo es consecuencia de un chisme bajo y para colmo de índole sexual, mucho peor. La reputación de DŽÉon como militar, caballero, político y diplomático estaba en entredicho, y él necesitaba formar una base de apoyo y protección que lo sostuviera antes de caer estrepitosamente y para siempre.

Así, pues, tomó una decisión heroica: ingresar en la masonería. En el Strand de Londres se encontraba la taberna Corona y Ancla, en la que se reunía la Logia de la Mortalidad, capítulo masónico de mucho prestigio y al que pertenecían los franceses que vivían en Londres; allí presentó el caballero su solicitud de ingreso. Fue aceptado de inmediato e iniciado como "hermano".

Pero en 1770 se discutía ya acerca de la condición de lesbiana travesti de nuestro héroe (¿nuestra heroína?). Nadie en Europa, desde Lisboa a Moscú, hablaba de otra cosa: DŽÉon era una mujer que se excitaba —o excitaba a sus amantes femeninas— vistiéndose de varón, o una que estimulaba a los numerosos homosexuales ocultos para acostarse con ellos, haciéndolos fantasear que hacían el amor con otro hombre. Conductas similares no eran raras en la Europa de esos tiempos, y para comprobarlo no hay más que leer las obras del Marquén de Sade.

Algunos, empero, vieron en este asunto una oportunidad de hacer dinero, y comenzaron a apostar sobre el verdadero sexo de DŽÉon. No se trataba de su sexualidad, sino de su sexo anatómico. ¿Era hombre o era mujer? Hagan sus apuesta, señoresssss... Arriesgar dinero sobre el tema se convirtió en una moda refinada, y, si bien había quien jugaba un penique o dos, los grandes capitalistas de juego aceptaron apuestas por 120.000 libras... o más. Si bien el juego legal estaba permitido, no era lícito el juego clandestino (como era el caso), por lo que las compañías de seguros decidieron morder su parte del pastel. Asociadas con los apostadores y los capitalistas de esta increíble ruleta, comenzaron a hacer pasar las apuestas como si fuesen contrataciones de pólizas. El éxito de la maniobra fue tal que se fundaron enormes compañías "de seguros" cuya única función era aceptar y administrar lo que se llamaban "Pólizas de seguro sobre el sexo de monsieur le chevalier o mademoiselle la chevalière —nótese la burlona ironía del encabezado, Žla señorita caballeraŽ— DŽÉon". Grandes fortunas cambiaron de mano al término del episodio.

La sociedad europea en general y las francesa e inglesa en particular estaban divididas, porque a pesar del aprente consenso sobre la naturaleza femenina de Charles, alguien tomaba las apuestas en contra: en efecto, había quien creía que los rumores no eran más que infundios.

Los que abogaban por la teoría masculina se basaban principalmente en dos argumentos: el primero era el innegable y fácilmente comprobable historial de heroísmo de DŽÉon durante la Guerra de los Siete Años. A esto se podía oponer lo ya dicho sobre la Doncella de Orleáns y otras guerreras famosas de la historia. Pero el segundo razonamiento era más difícil de discutir: DŽÉon era masón, y era un hecho comprobable desde tiempo inmemorial que los masones comprobaban el sexo de los aspirantes antes de aceptarlos, ya que en la fraternidad estaban prohibidas las mujeres.

La teoría contraria afirmaba que la conducta entera de DŽÉon, valiente o no, francmasón o no, era atípica y antinatural: no se había casado, no se le conocían novias, amantes ni queridas, jamás había perseguido a las menores de edad, nunca había puesto los cuernos a nadie, y esto era horrible e inadmisible en un militar y caballero de aquellas épocas. El chevalier tenía que ser una mujer, o bien se trataba de un señor gravemente enfermo.

La situación era problemática por lo siguiente: ¿cómo sabía el apostador si había perdido o ganado? ¿Cómo lo sabrían los capitalistas de juego? Como es obvio, sólo existía una manera, a saber: obligar a DŽÉon a que se sometiese a un examen médico de sus genitales, para comprobar si se trataba de un hombre o de una mujer. El "pequeño detalle" que quedaba pendiente era convencer al susodicho de que aceptara esto.

Porque el chevalier no estaba dispuesto. No, de ninguna manera.

NO.

Primero probaron por las buenas. Los jugadores le ofrecieron dinero si exponía su entrepierna a la mirada de los médicos, veedores y jueces: 25.000 libras serían suyas si accedía. DŽÉon se negó. Ante ello, decidieron secuestrarlo, maniatarlo y examinarlo por la fuerza. Alertado —una vez más— con anticipación, Charles escapó de su casa y desapareció de los lugares que solían frecuentar. Esta actitud encendió la mecha de una tercera teoría: el héroe de guerra no era ni una mujer ni un hombre a secas, sino un hombre inteligente y ambicioso que había echado a rodar los rumores sobre sí mismo. Por cierto que debía haber apostado en secreto por intermedio de testaferros por la masculinidad. Una vez convencida la sociedad de lo contrario, haría su espectacular reaparición, exhibiría sus atributos de hombre... y sería rico.


El objetivo de las apuestas

Convengamos en que este razonamiento era lógico e impecable. DŽÉon no tenía más motivos para ocultarse que usted o yo. ¿Por qué no someterse a un breve examen y zanjar las dudas y discusiones? ¿Qué razones tendría para negarse? ¿O es que era, en verdad una mujer?

Luego de pasar varios meses escondidos, DŽÉon hizo su aparición en Londres a fines de junio de 1771. Se presentó a la justicia y firmó en presencia del Lord Alcalde una declaración jurada que decía que jamás había apostado sobre su propio sexo, que reprobaba enfáticamente las apuestas ajenas, y que su desinterés por el dinero quedaba demostrado por el hecho de que había rechazado 25.000 libras contantes y sonantes que podía haber ganado por el simple trámite de bajarse los calzones durante un breve instante. A pesar de ello, seguía negándose a dejarse examinar.

La publicidad que rodeó su nueva salida a escena provocó lo previsible: que los rumores arreciaran y que las apuestas menudearan aún más. El humano de sexo indefinido juraba no haber apostado, muy bien, pero no mostraba su pene. O su vulva.

La consecuencia fue que la gente —y particularmente los jugadores— se empecinaron aún más. Casi no pasaba día sin que alguien desafiara públicamente a DŽÉon a desnudarse en público. Los que habían apostado tanto dinero, por cierto, querían saber si eran ricos o se habían arruinado. Pero el insigne militar, impávido y flemático, siempre se negaba rotundamente.

Mientras el extraño episodio se desarrollaba, otro conflicto subterráneo tenía lugar. El gobierno y la corte franceses seguían ansiosos por recuperar los comprometedores documentos que Charles había robado de la embajada. Volvieron a ofrecerle dinero, pero, previsiblemente, el caballero lo rechazó. Presentaron entonces un pedido de captura ante la policía inglesa, pero la justicia, argumentando con ecuanimidad que DŽÉon no había cometido ningún delito comprobable, le negó la extradición. Finalmente, desesperado, Luis XV envió un grupo comando para que secuestrara al hombre a quien él mismo había condecorado, pero una vez más el chevalier logró romper el cerco que le tendían y escapar indemne.

En 1777, por fin, un apostador que estaba convencido de que el sujeto de la controversia era una mujer y había apostado una fuerte suma, quiso recuperar su dinero y no encontró mejor forma que presentar una demanda ante los tribunales de Londres. La causa fue considerada tan importante y trascendente que ni siquiera fue sorteada, sino que se la puso en manos de Lord Mansfield, Juez en Jefe de la Real Corte de Justicia (KingŽs Bench).

Los argumentos del demandante eran los habituales: que Charles nunca se había acostado con nadie —que se supiera—, que no perseguía a las damas, que... Pero el hombre, preocupado por su capital, no iba a quedarse solo en esto. Llevó al tribunal a dos testigos, uno periodista y el otro médico, que afirmaron bajo juramento que, habiendo observado al chevalier sin ropas, estaban en condiciones de afirmar que era, en efecto, una señora.

El defensor expuso, también, los argumentos habituales: que era un héroe de guerra, que los francmasones lo habían aceptado... Pero sus esfuerzos no pudieron contra dos testimonios insospechables. No le quedó al pobre abogado más remedio que solicitar se llamase como testigo al mismo DŽÉon, para que se desvistiese delante de los médicos y los miembros del tribunal. Como el lector imaginará, fue un vano esfuerzo. Charles se negó en redondo y no quiso discutir siquiera la posibilidad.

En este estado de cosas, no había nada que hacer: el jurado consideró que la femineidad del militar había quedado suficientemente probada, que no cabía duda de que DŽÉon era una mujer, y Lord Mansfield declaró ganador al querellante, que se hizo rico con el producto de su apuesta.

Sin embargo, el defensor no se dio por vencido: apoyándose en un defecto de forma —un estatuto de reciente sanción estipulaba que las apuestas eran diferentes de las pólizas de seguro— apeló ante el tribunal de alzada, la Cámara Plenaria del Tribunal del Rey. La corte superior hizo lugar a la apelación y revirtió la sentencia del ex aequo, pero en vano. Ya era tarde: de punta a punta del planeta Tierra la opinión pública se había quedado, ya para siempre, con el fallo de primera instancia. Los diarios habían publicado que el causante era una mujer, los apostadores habían cobrado sus apuesta... ¿quién iba ahora a hacer cambiar de opinión a los ciudadanos?

Nadie. Luis XV había muerto, y su sucesor, Luis XVI, que no olvidaba el asunto de los papeles robados de la embajada, emitió un decreto como Par del Reino, firmado el 19 de agosto de 1777, donde decía textualmente: "De ahora en adelante se le exigirá que deje de usar para siempre el uniforme de dragón que ella llevaba costumbre de lucir, que vuelva a vestirse según su sexo, y le quedará prohibido presentarse en parte alguna del Nuestro reino si no está vestida con las ropas femeninas que le corresponden", pedestre y vil venganza del poder contra la persona que había osado desafiarlo. Dado que el chevalier no disponía de fondos, el monarca destinó una partida presupuestaria destinada a proveerlo de un guardarropa femenino completo.


Luis XVI, el que le compraba la ropa

Charles dŽÉon pareció acatar sumisamente el decreto de Luis XVI, incluso antes de que este se firmara. Trece días antes de la promulgación —el 6 de agosto— el valiente militar apareció en Londres vestido con delicados y elegantes ropajes femeninos, a pesar de que el decreto del rey Borbón no se aplicaba en el Reino Unido. Increíblemente, sacó pasaje en un barco y regresó a Francia, donde sabía que lo esperaban sus enemigos por causa del viejo tema de los papeles robados. Pero, al embarcar, volvió a cambiar de idea y se presentó a bordo con su impresionante uniforme de oficial de dragones. Esta sería la última vez que llevaría los gloriosos colores del ejército francés. Nunca más se lo vería en ropas masculinas.

Ya en Francia, DŽÉon se retiró a las tierras de su familia en Tonerre, y, una vez más dispuesto en apariencia a aceptar el fallo judicial y las presiones del gobierno, del rey y los cortesanos, inició una serie de negociaciones con Luis XVI. Su representante fue el célebre escritor francés Pierre de Beaumarchais. DŽÉon declaró que había nacido como niña pero que su padre había obligado a su madre a criarla como varón, porque su bufete judicial, sus tierras, sus viñedos y los títulos nobiliarios no podían ser heredados por una hembra.


DŽÉon en ropas femeninas

Con estos antecedentes y la voluntad del caballero de someterse, el arreglo al que Beaumarchais llegó fue el siguiente: el gobierno francés pagaría a Charles todos los sueldos atrasados como oficial del ejército y diplomático, se le otorgarían las pensiones por el retiro de ambos cargos y además una indemnización de 3.000 libras. A cambio, el caballero se comprometía a devolver todos los papeles robados de la embajada y a no volver a usar nunca más ropas de varón. Se convertía, ya oficialmente, pues, en la "caballera DŽÉon". Durante los siguientes ocho años fue, con todos y para todos, mademoiselle DŽEon. Pasó ese tiempo retirada como una solterona noble en sus tierras de Borgoña, aunque tuvo tiempo aún para redactar, en 1789, una carta a la Asamblea Nacional de Francia en la que proponía fundar una división de mujeres combatientes —que, por supuesto, estaría bajo su mando— para luchar contra la dinastía Habsburgo. Nadie la escuchó y su solicitud fue rechazada.


Beaumarchais, amigo y defensor de la caballera

Pero la oportunidad que los antimasones estaban esperando había llegado: la francmasonería, universalmente famosa por su machismo y su cerrada negativa a aceptar mujeres en sus filas, había sido miserablemente engañada por una travestida femenina que la dejaba ante el mundo como una pandilla de tontuelos.

Las reglas masónicas establecían que los aspirantes debían ser: "Hombres decentes y homestos, nacidos libres, discretos y de edad madura; de buena moral y libres de escándalos, con una reputación libre de toda mancha. Hombres sanos y fuertes, que no sufriesen deformidad alguna al momento de su iniciación, que no hubiesen perdido ningún miembro. Ni mujeres ni eunucos serán aceptados". Como se ve, esto dejaba claramente fuera a DŽÉon, porque ser mujer era causa de expulsión, lo mismo que si estaba castrado, por no hablar de lo escandalosa de su reputación. Existía, por supuesto —y por aquel tiempo comenzó a crecer también este rumor— de que no se trataba de una mujer, sino que el chevalier era en realidad un hermafrodita que compartía genitales masculinos y femeninos. En este caso, tampoco hubiese podido ser admitido, porque la norma masónica decía claramente "que no sufriese de deformidad" y el hermafroditismo, por supuesto, es una grave malformación congénita.

Para mayor burla y mofa de los antimasónicos, en cierto momento de la ceremonia de admisión se exige al aspirante que se desnude de la cintura arriba, momento ideal para detectar a cualquier mujer que estuviese intentando infiltrarse en la hermandad. Los masones no hacen esto para dilucidar el sexo de nadie sino solo por motivos simbólicos, pero es cierto que la mayor parte de las mujeres pueden identificarse por el busto.

Uno de los opositores de la sociedad secreta escribió en un diario: "Nuestros hermanos (ejem, quiero decir hermanas) masonas han admitido, en una de sus logias del Strand, a una mujer llamada madame DŽÉon". Como es comprensible, la francmasonería expulsó a la chevalière de inmediato.

Mientras tanto, DŽÉon continuaba viviendo en Tonerre y había comenzado otra de las transformaciones que rigieron su extraña vida: se volvió religiosa y solicitó el ingreso en una orden de monjas de clausura, las que la aceptaron.

En 1785 solicitó al rey permiso para regresar a Inglaterra por un tiempo con el objeto de pagar las deudas que había contraído durante su estancia allí. El rey le concedió la autorización y la religiosa DŽÉon se tomó el barco y llegó a Londres. Nunca más regresó a su país natal.

Así vivió, como monja devota, en una tranquilidad suprema, por los siguientes veinticinco años de su vida. Nunca se volvió a quitar sus ropas femeninas.


 Hacia el fin de su existencia se vio sumida en la soledad, la enfermedad y la miseria. Finalmente, postrada, la muerte la encontró el 21 de mayo de 1810.

Pero la sorprendente historia de madame-monsieur DŽÉon no terminó con su muerte: más bien, los interrogantes no harían más que profundizarse.

Pére Elisée era un famoso cirujano militar francés que había debido escapar a Inglaterra por sus conocidas ideas monárquicas a poco de iniciada la Revolución Francesa. Si bien había regresado a Francia durante la Restauración y se había convertido en médico personal del mismísimo Luis XVIII, quiso la suerte que se encontrara en Londres con otro importante colega durante las últimas fases de la enfermedad de madame DŽÉon. Ambos facultativos atendieron a la anciana dama durante su agonía, y, cuando hubo fallecido, comprendieron que tenían ante sí la solución al enigma que había perturbado el sueño de toda Europa durante casi cincuenta años. Sólo debían examinar el cadáver y aventarían todas las dudas. ¿Sería la chevaliére una mujer, un hombre, un eunuco o un hermafrodita?


DŽÉon poco antes de morir

Mientras preparaban el cuerpo para el solemne funeral, el examen postmortem rindió una revelación sorprendente: ¡Charles DŽÉon era en realidad un hombre! Un hombre perfecto, completo, como cualquier hombre normal, común y corriente. Tenía un pene y dos testículos, no estaba castrado, no era hermafrodita, no tenía órgano femenino alguno. Era, en todos los sentidos, un ser humano normal de sexo masculino.

Elisée y su compañero comprendieron que nadie iba a creerles si declaraban semejante cosa sin disponer de testigos. Por lo tanto, convocaron al conde de Yarborough y al médico y almirante de la Marina Real (y masón por añadidura) sir Sidney Smith. Ambos vieron con sus propios ojos la innegable masculinidad del cadáver. Entre los cuatro convocaron a las autoridades inglesas, y veinte funcionarios desfilaron ante el cadáver desnudo, firmando todos ellos una declaración que daba cuenta de la verdad. Por último, se citó al eminente cirujano y catedrático de medicina inglés sir Thomas Copeland, quien asimismo dio fe del increíble descubrimiento.

Al fin y al cabo, los masones no eran tan tontos como sus enemigos creían. Habían admitido a DŽÉon sabiendo que era hombre. Luego habían guardado un empecinado silencio durante los años y años en que las apuestas cundieron, y sólo habían expulsado a su frate cuando él mismo reconoció ser mujer.

Pero la pregunta que todos se hicieron en aquel entonces y que nosotros mismos nos hacemos hoy es la siguiente: si Charles era hombre ¿por qué aceptó la sentencia judicial y pasó los treinta y tres últimos años de su vida vestido de mujer? ¿Por qué no aceptó someterse a un breve examen médico que zanjase la cuestión de una vez y para siempre en la primera oportunidad en que le fue solicitado?


La chevaliére vestida de madame

Nadie lo sabe, y este misterio no se ha resuelto hasta el día de hoy.

¿Sería el chevalier un homosexual no asumido, con veleidades de travestismo, que encontró en los rumores y posterior juicio y sentencia la oportunidad para "salir del placard" y vestirse de muchacha como siempre había ambicionado? ¿Tendría acaso otro secreto más oscuro que no quiso revelar y prefirió someterse y aceptar su cambio de sexo con tal de que lo dejasen en paz y no prosiguieran investigándolo? ¿Por qué jamás se supo de un amorío suyo, ni con hombres ni con mujeres?

DŽÉon publicó su autobiografía, intitulada La Vie Militaire, politique et privée de Mademoiselle dŽÉon ("La vida militar, política y privada de la señorita dŽÉon") en 1779, pero se ha demostrado que la misma fue escrita en realidad por un amigo íntimo de la protagonista, La Fortelle. ¿Habría sido éste el amante homosexual oculto de la chevaliére? Todas las investigaciones destinadas a probar o descartar esta hipótesis han fracasado. Como dato anecdótico, cabe consignar que cinco años antes de su muerte la caballera firmó contrato para escribir —esta vez ella misma— una nueva autobiografía, que se titularía La Pucelle de Tonerre. Nunca llegó a redactarla. Pero sí es llamativo el título; significa "La Doncella de Tonerre", y es el mismo apodo con que se conocía a Juana de Arco: La Pucelle dŽOrleans. ¿Creía DŽÉon que podía compararse con la joven comandante? En realidad, como cristiana y ex soldado, era devota de la Santa de Orleans, patrona de todas las mujeres militares, y seguramente pensando en ella puso ese título a su libro fallido.

DŽÉon se comportaba, vestida de mujer o no, como un varón fuerte y decidido. Durante muchos años participó en torneos de escrima contra hombres y mujeres, venciendo a la mayoría de sus contrincantes, entre los que se contó el Príncipe de Gales, soberbio espadachín. En más de una ocasión se batió a duelo, hasta que en 1796 fue gravemente herida y debió abandonar esta costumbre.


Mademoiselle DŽÉon (a la izquierda, vestida de mujer) batiéndose a duelo

La apariencia de DŽÉon seguía siendo masculina. El escritor, poeta y político inglés Horace Walpole, primo del almirante Nelson, conoció a la caballera en 1786. Walpole era homosexual y amante del poeta Thomas Gray, así que debemos aceptar sus opiniones como de conocimiento de causa: "Aunque lleva su condecoración sobre el pecho izquierdo, sus brazos y manos no parecen haber sido incluidos en su cambio de sexo, ya que son mucho más adecuados para cargar un pesado sillón que para agitar un abanico", escribe.


DŽÉon con pechos y condecoración, tal como la vio Walpole

Existen testigos presenciales que han declarado que en efecto la madre de DŽÉon lo vestía con las ropas de su hermana mayor "para divertirse". Este tipo de conductas —que pueden ser nocivas para la estabilidad psicológica del niño sometido a ellas— fueron bastante comunes hasta fines del siglo XIX. Las únicas fotos conocidas de la infancia del escritor norteamericano H.P. Lovecraft lo muestran invariablemente vestido de niña. Sin embargo, Lovecraft no se convirtió en homosexual ni travestido por ello.


Horace Walpole

Como sea, no es posible para los historiadores dilucidar la verdad acerca de Charles dŽÉon. Tal vez en el futuro aparezcan nuevos documentos o escritos que echen más luz sobre su sorprendente vida y nos aclaren los múltiples aspectos de su vida que aún permanecen en la oscuridad.

Por lo pronto, su nombre ha sido perpetuado en el término "eonismo" (que se refiere a lo que hoy llamamos travestismo) y los transexuales, travestis y transformistas veneran su memoria como "santa patrona".

A pesar de las lagunas historiográficas que no podemos sortear y la incomprensible negativa a certificar su sexo (que condicionó su vida y se la amargó por más de medio siglo), sigue siendo interesantísimo hablar y discutir sobre la asombrosa vida de Charles dŽÉon, a quien muchos deben haber considerado "hombre pero sin fanatismo" y a quien nosotros hemos denominado con el equivalente latino de la expresión "el hombre dudoso": Homo irritus.


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