EL HOMBRE ATÓMICO

Cristina Lasaitis

Brasil

Era un viejo mendigo que solía ser visto por las calles del centro de São Paulo. En verdad, un mendigo no era cosa muy notable y merecedora de la atención de las atareadas muchedumbres paulistas, pero aquel mendigo en particular merecía su notoriedad. Iba barbudo, sucio, borracho y maloliente como un mendigo cualquiera; usaba el mismo traje desde hacía años y merodeaba por el centro de la ciudad cargando una manta fétida y un maletín viejo y agujereado. Todos los días iba hasta alguna plaza, a veces a República, a Sé o a Ramos, buscaba un asiento y allí se quedaba para leer un periódico viejo. Pasaba muchas horas concentrado en su lectura como un magnate que lee el periódico en el asiento de su avión particular. Casi siempre se quedaba solo, pues no son muchas las personas a las que les gusta compartir el banco de la plaza con un mendigo maloliente; pero cuando algún distraído se sentaba en el rincón opuesto, fuera un señor, una señora, un padre, un muchacho oficinista u otro mendigo, él siempre conseguía empezar una conversación. ¡Y qué buena prosa tenía! Cuando abría la boca, dejaba de ser el mendigo borracho para transformarse en el doctor de la plaza. Poseía una oratoria virtuosa y una formidable talla intelectual. Y como si no fuera bastante, juraba que era físico nuclear y amigo del presidente Garrastazu Médici. Pero de tanto jurar y hablar y decir por tantos años acá en esta plaza o allá en aquella esquina, era conocido por todos los comerciantes, ladrones, borrachos, putas y marginales de las cercanías como el hombre atómico.

¡Eran increíbles las teorías que salían de la boca desdentada del viejo mendigo! Y si no le regalaban el Nobel, por lo menos garantizaban buenas risas a la bohemia de la ciudad y una dosis de aguardiente o una tacita de café frío para el doctor. A veces el dueño de alguna bodega lo convidaba a sentarse a la mesa y conferenciar ante sus clientes acerca de la teoría de las antipartículas, cosa que el hombre atómico hacía con brillo de catedrático, para deleite del dueño de la bodega, que de ese modo veía que sus ventas de aguardiente aumentaban exponencialmente gracias a la clientela de borrachos acumulados en escala logarítmica por el espacio y el tiempo. Y el hombre atómico hablaba y se quedaba, la noche venía, la muchedumbre por la calle São João crecía; todos los tipos de desocupados y diablos de la noche se acumulaban alrededor del viejo amigo del general Médici para oír su alocado soliloquio. El parroquiano tragaba su habano y aspiraba con placer el hollín incandescente de Hiroshima, los vándalos se regocijaban con la explosión de veinte megatones de la bomba de hidrógeno, las putas suspiraban seducidas por el brillo fascinante de la radiación de Cerenkov, el traficante se intrigaba con el procedimiento para enriquecer el uranio, mientras el físico devoraba salchichas y profería grandes elogios al programa nuclear secreto del presidente Médici.

Gradualmente la fama del mendigo excedió las esquinas e hizo un tourpor prácticamente todas las bodegas del centro viejo de São Paulo. Cada noche probaba el salchichón de un bar diferente, en Arouche, Anhangabaú, Paissandu, Boa Vista... y adónde el físico iba, siempre había aguardiente, empanaditas y público para sus alcohólicas conferencias de física nuclear. Fue así que con el pasar de los años el hombre atómico se tornó una leyenda, una leyenda viva, una leyenda urbana con la que uno se podía tropezar en cualquier esquina. En los bares, tabernas y bodegas era asunto recurrente: ¿genio o loco? Algunos apostaban a que no era más que un holgazán excéntrico, otros decían que era un loco superdotado, pero había una gran cantidad de teóricos y pensadores que creían que el viejo mendigo había sido de verdad físico nuclear en los tiempos del gobierno de Médici. Algunos habían decidido desentrañar la cuestión, y cuándo encontraban al viejo hombre atómico entreteniendo a alguna masa de desocupados, iban y le preguntaban acerca de su pasado. El pobre hombre recordaba tristemente su trabajo como científico en el proyecto nuclear secreto del gobierno Médici, hasta el día que Geisel terminara con él, cancelando las pruebas y haciendo desaparecer a los científicos, condenándolos al exilio y a la ley de la mordaza. Y desde su destierro en Paraguay, el hombre atómico se amargaba por aquella situación miserable. Había escrito muchas cartas a Médici pidiéndole ser restituido a un puesto decente en la Universidad de São Paulo, u otra cualquiera, pero no hubo respuesta. Escribió también a Geisel, no en cordialidad, sino con tono amenazante, diciéndole que si no le devolvía la dignidad que merecía como científico brasileño, la noticia llegaría a los periódicos y se podrían ventilar pruebas y otras cositas más... Entretanto, al contrario de lo que hubiera ocurrido en democracia, la respuesta nunca retornó, y el vacío en el que se quedó el pobre físico fue como el que había antes del Big Bang.

Esa historia llegó a los oídos de un periodista del Correo de São Paulo, que salió en busca del paradero del famoso hombre atómico por las esquinas del centro. Logró encontrarlo en una noche triste, abandonado en las escaleras del Teatro Municipal; aprovechándose del silencio de la Calle Barão de Itapetininga, hicieron la entrevista allí mismo. El reportero se sintió un tanto incómodo al apretar la mano sucia del mendigo, que apestó la suya con un olor dudoso, pero fingió cordialidad, prendió el grabador oculto en su bolsillo y comenzó una conversación despreocupada acerca de quarks y neutrinos, hasta que las preguntas pertinentes se insinuaron en las líneas de la conversación:

—Entonces, ¿Médici tuvo un programa nuclear secreto?

—¿Qué duda cabe? ¿Qué iban a hacer los yankeescon toda su tecnología nuclear si no ocultarla entre sus perros guardianes de Sudamérica? ¿Dónde iban a vaciar los residuos atómicos? ¿Y por qué Médici, a quién tanto le gustaban los proyectos faraónicos, no iba a querer un proyectito nuclear al servicio de la dictadura?

El periodista aún parecía descreído:

—¿Los americanos se sentirían seguros con una bomba nuclear en las incompetentes manos de Brasil?

—¿Dónde crees que estuvieron los misiles que Kennedy mantuvo apuntados a las barbas de Fidel Castro? —El mendigo insinuó una risa desdentada y enigmática.

—¿Y las pruebas?

—¿Pruebas? ¡Construyeron un recinto para la deyección de toda la basura del programa nuclear y nadie lo percibió! La esclusa debe estar calentando el agua de los peces en algún rincón de Angra dos Reis1...

¡Caray! ¡Si era lo que parecía, aquella podría ser la noticia del siglo! El reportero estaba encantado con su suerte, y se aventuró a profundizar ciertos detalles, dándole cuerda al hombre para saber hasta dónde estaba dispuesto a contarle. Cuando creyó tener un buen reportaje, terminó la entrevista preguntándole al viejo físico si él no estaba triste por su final miserable.

—¡Ah... así es la vida! —dijo un poco aburrido—. Pero yo sigo intentando hablar con Médici y Geisel y ellos no me responden, fingen que no me pueden oír, y se equivocan al subestimarme. Tendré que hablar alto, y entonces creo que tendrán que escucharme...


Ilustración: Guillermo Vidal

El reportero sintió como si hubieran escupido en sus frijoles. Aquel final demente desgració todo el brillo de la entrevista, que ya no sería la noticia del siglo, tampoco la noticia de la tarde, y si él tratara de maquillar la verdad, el editor no iba aceptarlo. Era impublicable. ¡El hombre no era más que un pobre lunático! No restaba hacer otra cosa que apagar el grabador, ponerle cinco reales en la mano y perderse en el viaducto.

Después de aquella noche nadie volvió a encontrar al mendigo por el centro o por cualquier otro rincón de la ciudad. ¿Qué le había ocurrido al hombre atómico? Se presume que murió infectado por alguna salchicha podrida, recogido y mandado como indigente al Instituto de Medicina Legal, y así habría terminado su carrera científica: acostado en algún laboratorio de anatomía. De cualquier manera, el centro quedó entristecido sin su presencia. Sólo mucho tiempo después de aquella entrevista, el periodista volvería a recordar al hombre atómico. Y eso sucedió en una noche muy especial, mientras caminaba por la Avenida Paulista cuando, al levantar la vista, observó una niebla brillante y bellísima disolviéndose con el viento, entre las altas torres. Finos copos de nieve fosforescente se precipitaban graciosos sobre la ciudad palpitante, y la lluvia iluminada arrebató risas de fascinación y sorpresa. Las parejas de novios se contemplaban el pelo lleno de polvo resplandeciente, los viejitos extasiados estiraban las manos para verlas cubiertas con una tenue película de luz, los niños celebraban y se soplaban polvo fluorescente unos a los otros, mientras jóvenes encantados abrían la boca al cielo y paladeaban el sabor picante del cesio 137.


1 Construida en fines de los años 80, en un acuerdo entre el gobierno brasileño y Alemania, la usina nuclear de Angra dos Reis es la única central de producción de energía basada en fisión nuclear de Brasil.



Título original: O Homem Atômico
Traducción del portugués: Cristina Lasaitis


Cristina Lasaitis tiene 23 años, vive en Sao Paulo, Brasil; es biomédica y se dedica a la investigación psicobiológica. Este cuento forma parte de un libro llamado Visões de São Paulo en el que participa medio centenar de jóvenes escritores y está a punto de ser publicado en su país, por lo que su traducción al castellano es una auténtica primicia. Cristina escribe y publica en su blog personal: www.christie.zip.net


Axxón 169 - diciembre de 2006
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Proyectos secretos: Brasil: Brasileña).

            

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