NUNCA BESES A UN EXTRAÑO

Nuria C. Botey

España

"To those of us who knew the pain/
of Valentines that never came"

Janis Ian


—¡Fíjate, Maite! ¿Quién vivirá ahí? —recuerdo haber exclamado, frenando la bici en seco y soltando el manillar para señalar hacia el objeto de mi curiosidad. Pero el aspecto de la casa, erguida en el extremo opuesto del pasillo de baldosas color tierra ante el que nos habíamos detenido, justificaba de sobra mi admiración.

La puerta blanca se abría en mitad de una fachada de piedra con minúsculas incrustaciones de feldespato, brillantes como luciérnagas bajo la luz del atardecer, mientras los cristales que cerraban los balcones simétricos del piso superior se parapetaban tras sendas rejas de forja. Por encima de ellos, el tejado de pizarra a dos aguas remataba el edificio con sobria oscuridad, rota sólo por los destellos metálicos que el sol arrancaba de una claraboya abierta en el ala derecha de la villa, de modo que la construcción entera parecía hablar en código Morse al mismísimo cielo. Varios metros por debajo, a los pies de un amplio ventanal cuyos cristales exhibían sin pudor el reverso de unas cortinas color ámbar, flanqueaba la propiedad un jardín de pinos, algarrobos y matas de lavanda, por entre las cuales se intuían los rastros irisados de esos caracoles mediterráneos de concha casi transparente.

Mi prima detuvo su bicicleta delante de la mía, y apoyó un pie en el suelo.

—¿Por qué te interesa tanto esa casa?

—Pues porque es preciosa. ¿A ti no te gustaría vivir en un sitio así?

—¿A mí? ¡Qué dices! ¡Claro que no!

—¿No? ¿Por qué no?

—Pues porque... está embrujada —añadió mi prima en un susurro.

—¡Venga ya! Te lo estás inventando, Maite.

Por toda respuesta, ella esbozó media sonrisa enigmática, de esas que hacen imposible averiguar cuántas mentiras se esconden en una sola frase, y yo sentí que debía volver otra vez los ojos hacia el edificio. Pese a sus palabras, la casa seguía teniendo un aspecto muy acogedor.

El cristal del tragaluz rutilaba bajo el sol, las piedras nos hacían guiños con sus muescas brillantes, las hojas de las plantas eran verdes, y los troncos de los árboles parecían sanos y fuertes. En ese preciso instante, la voz de Maite atrapó mi atención.

—Hace cinco años, un alemán se volvió loco ahí dentro y mató a su mujer. Dicen que la ahogó en la bañera, la cortó en pedazos y luego fue enterrando los trocitos en distintos puntos del jardín... Supongo que por eso crecen tan bien las plantas —añadió, como si me hubiese leído el pensamiento —El caso es que al final el tipo no tuvo fuerzas para cargar con la culpa, y unos meses más tarde acabó confesando su crimen a la policía, que tuvo que excavar por todo el terreno para encontrar cada uno de los cachos en que había convertido a su esposa. Sin embargo, a pesar de que el asesino llegó incluso a dibujar un mapa del lugar dónde debía estar, ni los detectives ni los perros consiguieron dar nunca con la cabeza de la pobre desgraciada.

Igual que si se la hubiese tragado la tierra... hasta el día de hoy. Pero lo más extraño de todo es que en el pueblo hay gente que asegura haber visto la cara ensangrentada de una mujer asomándose por los balcones y gritando... ¡Mira eso, Noelia!

Pero yo no miré. En realidad, hice todo lo contrario: cerré los ojos, y comencé a chillar y a patalear, de modo que mi bicicleta perdió la línea recta, y yo caí al suelo, acompañada por el escándalo del metal al chocar contra la gravilla del camino. Maite se echó a reír estrepitosamente.

—¡Pero qué imbécil eres, prima! ¡Pues claro que me lo he inventado! ¿Cómo voy a saber yo quién vive ahí dentro, si llevo el mismo tiempo que tú en la isla? ¡Es que te lo crees todo!

Abrí los ojos, consciente de que el dolor en la rabadilla no llegaba a ser ni la mitad de molesto que la sensación de vergüenza que me enrojecía la cara. Maite tenía razón: sólo una imbécil creería a pies juntillas lo que ella contaba. Claro que esa imbécil apenas tenía trece años, y aquellas vacaciones eran las primeras que pasaba lejos de sus padres.

El médico había sido tajante: después del infarto sufrido en mayo, el corazón de papá no estaba en condiciones de soportar un viaje a la playa en agosto, de modo que, muy a su pesar, mamá y él tuvieron que cambiar el apartamento reservado en Cullera por una buena provisión de hielo y un par de ventiladores con que enfrentarse a los rigores del verano madrileño. En cuanto a mí, mitad para favorecer el clima de relax recetado por el médico, mitad para evitar que viviese la rehabilitación de mi padre como un castigo, decidieron enviarme a pasar el mes de agosto de 1984 con mis tíos Sergio y Cristina, y su hija Maite.

Nunca supe por qué, pero la familia de mi tío materno adoraba veranear en las islas.

Habían estado en La Toja, en Mallorca, en Tenerife y hasta una vez en Cerdeña, así que a nadie le sorprendió que aquel año su destino fuese Santa Eulalia, un tranquilo pueblo de pescadores situado en la cara noreste de Ibiza, donde el clásico bungalow de alquiler fue sustituido como por arte de magia por dos habitaciones a pensión completa en el Hotel Los Loros de Cala Llenya, doble la del matrimonio, y otra con camas separadas para Maite y para mí. O quizá no tan por arte de magia. Y es que a pesar de la atmósfera de normalidad que se respiraba entre mis tíos, yo me di cuenta enseguida de que aquellas paradisíacas vacaciones no eran más que un último intento por arreglar la tensa situación que latía en el seno de su pareja.

Tal vez por eso fui la única que no se sorprendió cuando ese mismo año anunciaron su inminente divorcio durante la cena de Nochebuena. Lógicamente, mis padres y mi abuela interpretaron su decisión como la consecuencia final de la terrible desgracia que sacudió a la familia con las primeras lluvias de septiembre, pero yo sabía de buena tinta que aquel incidente no había sido más que la gota que colmaba un vaso rebosante de desencuentros. De sangre, eso sí, pero gota al fin y al cabo. Aunque si algo aprendí durante aquel mes de agosto de 1984 es que no conviene adelantarse a los acontecimientos.

Haciendo bueno el dicho de "a río revuelto, ganancia de pescadores", la inestabilidad afectiva de mis tíos se convirtió en una situación ventajosa para nosotras desde el momento mismo de llegar al hotel, porque apenas habían soltado las maletas en recepción, y ya nos estaban alquilando sendas bicicletas a cada una. Bien es verdad que luego hubo que aguantar un breve sermón acerca de horarios y chicos, pero cinco minutos más tarde ya teníamos carta blanca para movernos a nuestro aire, mientras ellos se disponían a invertir su tiempo de ocio en lavar todos los trapos sucios de sus quince años de matrimonio.

La verdad es que yo no estaba acostumbrada a disfrutar de tanta libertad de golpe, pero tampoco tenía de qué preocuparme: mi prima Maite era una auténtica experta en el arte de apurarla. Ojo, con esto no quiero decir que fuera mala persona, si no que... Bueno, que la adolescencia había hecho de ella el mejor ejemplo de lo que la Hermana Piedad, mi tutora de sexto curso, llamaba "una chicuza".

Porque Maite se cardaba el pelo con laca, se pintaba los ojos, los labios, los coloretes y las veinte uñas de las manos y los pies, usaba colonia Farala y vestía, como Madonna en Buscando a Susan desesperadamente, botines de tacón incluidos para parecer más alta.

Siempre estaba pensando en chicos, fumaba a escondidas... Y el mero hecho de caminar a su lado me convertía de inmediato en una niña hortera, gorda y ridícula, cuando no invisible. Claro que el peculiar sentido del humor de mi prima tampoco ayudaba mucho a mejorar mis sentimientos.

Porque a pesar de que Maite no era mala persona, lo cierto es que tenía una debilidad bastante molesta: siempre necesitaba quedar por encima de los demás... aunque eso implicara dejar en ridículo a cualquiera. Como sucedió aquella vez junto al borde de la piscina.

En comparación con la lengua persistente e inquieta que el Mediterráneo estrellaba mil veces al día contra la costa, la piscina no era más que una charca de caldo primigenio curtida con cloro. Sin embargo, parecía haber ganado al mar la batalla de convertirse en el centro de reunión de todos los menores de veinticinco años de nuestro complejo hotelero. Y, por supuesto, nosotras no podíamos ser menos.

Llevábamos ya tres semanas alojadas en Los Loros cuando sucedió. Es decir, tiempo más que suficiente para que el aburrimiento y la popularidad hubiesen establecido una sólida relación entre mi prima y yo: cuanto mayores eran los estragos del primero sobre mí, más célebre se volvía ella entre la pandilla de chicos de quince a diecisiete años del hotel. Y aquel día no tenía pinta de ser muy distinto del anterior.

Era la enésima vez que miraba el reloj, pero sus manecillas a duras penas alcanzaban la una menos cuarto. Es decir, todavía quedaba algo más de una hora para que empezasen a servir la comida. Bostecé con energía. Unos metros a mi derecha, Maite tonteaba con Xavi y Alberto, dos valencianos que se lanzaron a su conquista en cuanto vieron que los ingleses con quienes trataba de entenderse a carcajadas la tarde anterior no tenían la menor posibilidad.

Ahora voy a ser sincera: durante la primera semana en la isla, traté con todas mis fuerzas de estar a la altura de Maite. Intenté ser simpática con los chicos, luché contra mi timidez habitual por mostrarme ingeniosa y divertida, y me estrujé la cabeza para cazar al vuelo las bromas de doble sentido. Sin embargo, no tardé en comprender que jamás conseguiría sus resultados con el sexo opuesto, porque no dependían de mí esfuerzo, sino de las circunstancias.

Y es que, ¿quién iba a interesarse por una mocosa de trece años que aún va a colegio de monjas, cuando puede hacerlo por una quinceañera de instituto que viste como Madonna?

Volví a bostezar. Se veía a la legua que mi prima no estaba interesada en los valencianos... Pero allí la tenías, dándoles cancha como si en su fuero interno le atenazase la duda de con cuál fugarse esa misma noche. ¡Y qué forma de reír sus tonterías! ¿De verdad son tan bobos los chicos como para creer que esa clase de carcajadas puede ser sincera?

—Noe, ven —gritó de pronto Maite —¡Venga, tía, que es para hoy! —añadió, haciéndome señas impacientes con la mano.

Avancé hacia el trío lo más despacio que pude, tratando de camuflar —sin éxito— mi curiosidad bajo una capa de apático desinterés. ¿Para qué me llamaría ahora? Seguramente para dar fe de cualquiera de sus mentiras. Tía, diles a éstos que es verdad que... y yo juraría que sí, aunque no supiera ni de qué me hablaba. Luego ellos tres volverían a sumergirse en su diálogo de besugos, y Noelia pasaría a convertirse en otro cuerpo preadolescente a medio broncear, indistinguible de cuantos pululaban al borde de la piscina.

—¿Qué pasa?

—Nada, tía... Que Xavi quiere preguntarte algo.

Los brazos se me pusieron en carne de gallina. Xavi tenía quince años, pelo castaño, ojos marrones, orejas de soplillo y gesto descarado. Estaba flaco, y fumaba tan en secreto como mi prima. No me gustaba... pero quería preguntarme algo. Y eso sólo podía significar una cosa.

—¿Ah, sí? —fue lo único que me atreví a decir.

Por nada del mundo hubiera querido parecer estrecha. Pero, claro, tampoco podía permitir que me tomase por una chica fácil a las primeras de cambio. Sentado sobre la toalla de mi prima, Xavi me repasó de pies a cabeza con la mirada, y yo me arrepentí mentalmente de haber rehusado la oferta de Maite para depilarme las piernas por primera vez.

—Venga, pregúntaselo —le azuzó ella, con una de sus clásicas sonrisas en la boca.

—¡Ché1, tía, sin prisas! A ver, Noelia, ¿tú te pintas los labios?

Aquello me cogió completamente por sorpresa. Tal vez suene ingenuo, pero esperaba algo más directo, del tipo ¿quieres salir conmigo? o así. Sin embargo, no tardé medio segundo en encontrar una explicación lógica para semejante forma de ligar: Maite debía de haberse decidido por su amigo Alberto, y ahora Xavi quería estar seguro de que yo no iba a desentonar cuando quedásemos los cuatro juntos. Es decir, había que dejar el palmarés bien alto.

—Pues claro que me los pinto.

—¿Los de la boca también?

Tardé un par de segundos en entender el motivo de sus estentóreas carcajadas... Pero en cuanto me vino a la memoria qué otra parte de la anatomía femenina recibe ese mismo nombre, faltó muy poco para que me echase a llorar.

—Sois unos... —empecé a decir pero, al comprender quién estaba realmente detrás de aquella burla, ni siquiera fui capaz de dar con un insulto lo bastante potente como para evitar que una oleada de calor me tensase los pómulos. En su lugar, apreté los puños y me alejé corriendo, perseguida por aquellas risotadas que se deslizaban tras mis pasos por entre las toallas y los botes de crema bronceadora, con la astuta crueldad de las alimañas venenosas.

Enganchándome las manos y los pies con las costuras a causa de la rabia, me enfundé una camiseta blanca y unos shorts, salí de la piscina, monté en mi bicicleta, y dejé que el caminito empedrado del garaje del hotel me guiase lo más lejos posible de aquel lugar. Aún llevaba el bañador húmedo, de modo que no sólo se me pegaba al cuerpo y me tiraba de la piel, sino que en poco tiempo toda mi ropa se transparentaba como una medusa al sol. Seguro que mi prima se habría sentido la mar de sexy en semejante situación —rollo Miss Camiseta Mojada 84, o algo por el estilo—, pero a mí sólo me sirvió para aumentar el malestar que ya me reconcomía.

Durante el cuarto de hora más corto de mi vida, pedaleé con furia por un sendero de tierra roja que discurría a través de un bosquecillo claro de pinos mediterráneos, cuya inconsciencia vegetal había animado a crecer casi al borde de una pared de roca bajo la que se estrellaba amorosamente el mar... Hasta que me detuvo la visión de cuatro paredes de piedra con brillos de feldespato, y un tejado de pizarra negra encima. Desde el jardín llegaba el chirrido indiscreto de una cigarra, y muy por encima de nosotras —de la casa solitaria y de la cría mojada— una gaviota graznaba al azar, describiendo círculos en el aire.

Desmonté de la bici, apoyé el sillín contra el tronco de un árbol, y avancé un par de pasos hacia la villa. Los balcones del piso superior continuaban cerrados, al igual que la puerta principal. Sabía que toda aquella historia del asesinato había sido un cuento de mi prima, pero...

—Hola.

Me volví de un salto, acompañando el desacompasado gesto con un gritito de susto.

Recostado contra el tronco de un pino y con las manos en los bolsillos de los vaqueros, un chico de ojos rasgados y pelo lacio me contemplaba con aire amistoso. Era más alto que cualquiera de los orientales que yo había visto hasta entonces —cuyo número, por cierto, se reducía a los tres camareros del restaurante chino de mi barrio— y además de los vaqueros, vestía una camiseta roja de manga corta y playeras de lona.

—¿Cómo te llamas?

Hablaba despacio y sin levantar la voz, con un suave acento extranjero que tampoco guardaba el menor parecido con la pronunciación mordiente y atropellada de los empleados de El Dragón de Jade.

—Noelia —respondí con cautela.

—Yo soy Kaz.

—¿Kaz?

—Bueno, Kazuyaki. Kazuyaki Kiwahato, pero todo el mundo me llama Kaz.

—Es que el chino es muy difícil de pronunciar.

—En realidad es japonés.

Para variar, una violenta sensación de sonrojo se adueñó de mi cara.

—Lo siento, he metido la pata —musité.

—No te preocupes, os pasa a todos los españoles. ¿Estás de vacaciones aquí?

—Sí, en el hotel.

—¿En qué hotel?

—En ése.

Él volvió la cabeza para seguir el camino que mi dedo índice trazaba en el aire, y su perfil almendrado quedó al descubierto ante mis ojos. Tenía la nariz pequeña, los pómulos marcados, los labios carnosos... Sin saber por qué, me sonrojé de nuevo.

—¿Y has venido desde ahí en bicicleta? —insistió, mirándome otra vez a los ojos.

Sólo entonces caí en la cuenta de lo lejos que me había llevado la rabia. Vistas desde allí, las catorce plantas de Los Loros apenas parecían un poco más grandes que la réplica de la Torre Eiffel que adornaba el despacho de mi padre. Sin embargo, cosa rara en mí, no me sentí asustada. Había algo en aquel chico, quizá sus larguísimas pestañas o su sonrisa tranquila, no lo sé, que me hacía sentir bien. Tanto, que hasta me atreví a ser yo la siguiente en preguntar.

—Sí. Y tú, ¿dónde vives?

—Aquí.

—¿En la casa del asesinato? —exclamé, mientras un escalofrío me sacudía la espalda.

—¿Cómo dices?

—No, nada —pero ya no podía echarme atrás—. Al parecer, en el pueblo se rumorea que hace años un alemán asesinó ahí a su mujer... Aunque yo no me lo creo, claro —me apresuré a añadir, y Kaz sonrió.

—¡Qué curioso! Nosotros llevamos casi seis meses viviendo en ella, y nunca habíamos oído nada de eso... Bueno, la verdad es que Helga ha nacido en Bonn, pero te aseguro que jamás ha matado a nadie. Supongo que sólo es una coincidencia.

—¿Helga es tu novia?

—Oh, no... —por un momento, su mirada se perdió en la línea azul oscuro del horizonte del mar—. Helga es pintora; yo sólo trabajo para ella. Soy su modelo.

—¿En serio? ¡Qué guay! —exclamé, con los ojos abiertos como platos.

—¿Te gusta la pintura?

—Sí... pero no entiendo mucho. Bueno, la verdad es que no entiendo nada —reconocí, un poco preocupada por la impresión que aquella afirmación podía causar a Kaz. Pero jamás hubiera podido imaginar la forma en que reaccionó.

—Vaya, es una pena, porque iba a preguntarte si te gustaría ver los cuadros de Helga... Aunque quizá a ella no le hiciera gracia.

—¿No? ¿Por qué no? Te prometo que no tocaré nada.

—¡Oh, no es por eso! Sólo que a Helga no le gustan mucho los desconocidos, ¿sabes?

—Ya, entonces supongo que es una de esas artistas solitarias que...

—No, qué va —me interrumpió él—. Sus amigos de Alemania pasan por aquí al menos una vez al mes. Recogen los cuadros que le encargan los compradores, y a veces hasta se quedan unos días. Ya no deberían tardar en venir... Bueno, ¿qué? ¿Entras? —añadió, haciéndome una señal con la cabeza al tiempo que echaba a andar hacia la casa.

—¿Pero no has dicho que...?

—Sí, pero ahora es buen momento. Helga ha ido a comprar espátulas y óleo rojo al pueblo, así que podemos ver sus pinturas antes de que vuelva... Si tú quieres, claro.

Inconscientemente, los ojos se me fueron hacia la casa, con sus persianas bajadas, sus cortinas corridas y su tejado negro. Nadie, ni siquiera mi prima, sabía dónde andaba. Apenas pasaba gente por aquel bosquecillo, y yo tampoco tenía la menor idea de qué clase de persona era aquel chico. Hasta entonces se había mostrado muy amable y educado, ¿pero quién me aseguraba que seguiría comportándose igual cuando cruzásemos la puerta blanca? Por suerte, la esfera de mi reloj se encargó de ayudarme a decidir.

—Creo que no puedo ir —él se volvió a mirarme con ojos apenados—. Mis tíos ya deben estar esperándome para comer, y si me retraso...

—¿Qué hora es?

—Casi las dos menos cuarto.

—Ah, entonces Helga tampoco tardará en volver. Pero puedes pasar otro día, ¿no?

Durante una milésima de segundo, me quedé sin respiración. Kaz me contemplaba con la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha, expectante. Despacio, me senté en el sillín de la bicicleta, puse el pie izquierdo en el pedal y sonreí. ¿Por qué no?

—¡Claro! —grité, al tiempo que comenzaba a pedalear.

A lo lejos, el suave acento extranjero de mi nuevo amigo se perdió entre los pinos.

—¡Ven cuando quieras! ¡Helga pasa muchas mañanas fuera de casa!

Recorrí la distancia que me separaba de Los Loros como una exhalación. Maite se pondría verde de envidia cuando lo se lo contara.


—He conocido a un chico.

Mi prima me miró con aire de femme fatal a vuelta de todo.

—Si es el rubito belga que acaba de llegar, no te molestes. No habla español.

—No, no es belga, es japonés. Se llama Kaz, es modelo y vive en la casa....

Iba a decir "del asesinato", pero su inusitado interés me lo impidió.

—¿Qué dices? ¿Tú has hablado con un modelo? ¿Un modelo de verdad?

—Sí. Trabaja para una pintora alemana, y ha prometido enseñarme sus cuadros.

—¿En serio? ¡No me lo puedo creer! ¡Qué fuerte! ¿Y es guapo? ¿Cuántos años tiene?

—Pues no se lo he preguntado... Más de dieciocho, supongo —respondí, ignorando la pregunta anterior. Me daba miedo ponerme roja otra vez al decir que sí.

—¿Más de dieciocho? Y modelo... ¡Tía, tengo que conocerle enseguida! ¿Cuándo has dicho que vamos a ver esos cuadros?

—¿Vamos? ¡Me ha invitado a mí!


Ilustración: Manuel de Escayola Peña

—¿Y quedar tú sola con un tío al que no conoces de nada? A mis padres no les gustará...

—¡Maite!

—¿Qué?

—¿Serías capaz de chivarte? —le interrogué en un susurro, casi incapaz de creer que mi prima pudiera idear una cosa todavía más rastrera que la bromita de los valencianos.

—¡Claro que no! Pero algo tendré que decirles cuando me pregunten por qué no estás conmigo en la piscina... Y no querrás que mienta, ¿verdad?


Al día siguiente, Maite y yo cambiamos los bikinis por los vaqueros, cogimos las bicicletas y nos adentramos entre los pinos. Kaz estaba en el jardín, tumbado una hamaca y hojeando un libro con desgana.

—Hola —exclamé nada más verle.

—Ah, hola, Noelia —me saludó, acercándose a la verja con una sonrisa.

—Hola, yo soy Maite.

—Mi prima —añadí por decir algo, mientras ellos intercambiaban besos en la mejilla.

—Me han dicho que eres modelo de una pintora... —se aventuró Maite, y él asintió.

—¿Entonces habéis venido a ver los cuadros? Es un buen día, hoy tampoco está Helga.

Atravesamos el jardín en fila india, Kaz en cabeza y yo cerrando la comitiva.

—Tiene su estudio arriba, en la bohardilla, pero hay pinturas por toda la casa. Las del salón son mis preferidas.

—Entonces yo quiero ver esas —decidió mi prima, con un aire pícaro en la voz—. Por cierto, Kaz, ¿cuántos años tienes?

—Veintiuno. ¿Por qué?

—No, por nada. Por nada.

Pero si hubiese visto la cara de Maite al darse media vuelta y guiñarme un ojo, sus dudas se habrían disipado a la misma velocidad que lo hicieron las mías. Arrepintiéndome para mis adentros de haber cedido a su chantaje, entré en la casa detrás de ellos y cerré la puerta.

Como era de esperar, en aquel salón no había rastro de cuerpos mutilados o de cabezas ensangrentadas. Sólo dos sofás, una mesita baja, algunos adornos... y muchísimos cuadros. Pero aunque ni Maite ni yo teníamos idea de pintura, ambas nos quedamos atónitas al observarlos.

En efecto, Kaz no había mentido respecto a su trabajo como modelo para Helga. Sin embargo, todo parecido con la idea que dicho término suscitaba en nuestras mentes adolescentes distaba mucho de coincidir con la realidad. Y es que a pesar de aparecer representado en todos los cuadros, Kaz no protagonizaba ninguno, o al menos, no del modo en que nosotras habíamos imaginado. En honor de la verdad, sólo ciertas partes de él lo hacían.

Por ejemplo, la pintura que tenía ante mí reproducía un jarrón de flores rojas y azules. Algunas no era más que meros capullos, otras acababan de abrir sus corolas, y la gran mayoría mostraba sus brillantes pétalos extendidos, los cuales transmitían al espectador una nítida sensación de suavidad gracias a las pinceladas untuosas, largas y espesas empleadas por su autora. Sólo con verlas saltaba a la vista que Helga era una gran artista. Sin embargo, sus dotes técnicas para conseguir efectos de textura o brillo quedaban eclipsadas por completo ante el motivo central del cuadro, un extraño detalle que parecía nacer directamente en cada uno de los centros de todas sus maravillosas flores, y que jamás he vuelto a ver en ningún otro lienzo, por moderno o creativo que éste sea.

Porque lo que hacía verdaderamente especial al bouquet pintado por Helga es que las corolas de cada uno de sus tallos habían sido sustituidas por un rictus diferente del rostro de Kaz, como si el relieve de sus facciones —alegre, melancólico, divertido, sonriente, dormido, enfadado, asustado— brotase de ellos de un modo tan espontáneo, lógico y natural como los estambres o los pétalos. Pero todavía había algo más extraño: aquel efecto no sólo ocurría en el cuadro que yo tenía ante mí. Por ejemplo, en el bodegón sobre fuente de plata que contemplaba mi prima, los ojos, pómulos y nariz del joven nipón parecían emerger de cada una de las frutas relucientes que lo componían, germinando a partir de las caderas abultadas de las peras de agua, o sobresaliendo de la cintura de unas manzanas rojas como la que mordió Blancanieves.

En realidad, todos los lienzos que nos rodeaban —ya estuvieran colgados de las paredes del salón o a lo largo de la escalera que abría paso hacia el piso superior, sujetos en atriles, o apoyados en el zócalo— seguían el mismo esquema. Representasen lo que representasen, frutas, vírgenes, flores, rocas, el rostro de Kaz surgía inevitablemente en algún punto de ellos. Y cuando digo "surgía" lo hago con toda la intención, porque por extrañas, inverosímiles e inconexas que fuesen las tramas de todos aquellos elementos, las facciones de Kaz parecían amoldarse a ellas como si su propia carne se hubiese transmutado para tal fin.

—¡Estos cuadros molan un montón, tío! ¡Anda que no hay que tener imaginación para dibujar una cosa así! Son una pasada, ¿verdad, Noe? —exclamó mi prima, sin apartar la vista de las pinturas. Pero yo, que ya me había vuelto hacia Kaz para escuchar su respuesta, sólo pude dejar escapar un murmullo.

—Maite... Maite, mira.

Sentado de medio lado en uno de los sofás que teníamos a la espalda, nuestro anfitrión contemplaba con atención no exenta de tristeza el hocico descolorido y los ojos vidriados de un ajado osito de felpa marrón que sostenía entre sus manos.

—En realidad, Helga sólo pinta lo que ve —insinuó en un susurro grave.

En ese preciso instante, advertí que el contorno de sus ojos rasgados parecía haberse vuelto completamente redondo, y también que sus pupilas se iban tornando vítreas por momentos.

Poco a poco, su nariz achatada y su mentón apenas esbozado comenzaron a hincharse y alargarse según las líneas que describen la forma de un hocico de peluche, mientras el volumen natural de sus pómulos se rebajaba a pasos agigantados para adaptarse, lenta pero inexorablemente, a la fisonomía del muñeco que su propietario contemplaba con aire melancólico. Un segundo más tarde, Kaz dejaba el juguete sobre la mesita y volvía hacia nosotras aquel extraño rostro, a medio camino ya entre la piel y la tela.

—No sé por qué ocurre, ni cuándo. Simplemente sucede. Me quedo absorto con algo, un objeto, una imagen y... Por ejemplo, esas flores que estabas mirando hace un momento, Noelia. Eran tan bonitas, con sus pétalos recién abiertos... —murmuró, mientras el marchito gesto de felpa se desprendía paulatinamente de su imagen, permitiéndome reconocer de nuevo el rostro que me había hecho sonrojar el día anterior—. Helga me da un motivo, manzanas, plantas, este oso, y espera. Luego inventa el fondo... y sus amigos alemanes se llevan los cuadros.

Ahogando con alevosía sus últimas palabras, el eco de un motor se abrió paso por el esbozo de carretera de grava que discurría paralelo al flanco derecho de la villa, hasta detenerse en un lateral de la verja. Kaz parpadeó, sacudió la cabeza despacio y frunció el ceño.

—¿Por qué vuelve tan pronto? Bueno, da igual: tenéis que iros, chicas. A Helga no le haría gracia encontraros aquí, ¿comprendéis? Lo... Lo siento.

Pero yo no necesitaba ninguna explicación.

—¡Vámonos, Maite! —grité en voz baja, avanzando a toda prisa hacia la puerta.

Por desgracia, había olvidado del afán de mi prima por hacerse inolvidable. Aunque en un principio me siguió sin rechistar, casi habíamos cruzado el umbral cuando ella se detuvo.

Entonces, sin mediar palabra, volvió rápidamente sobre sus pasos. El golpe sordo de un maletero al cerrarse resonó al otro lado de las cortinas echadas.

—¡Maite!

Con la sutileza de un hipopótamo pasando la gamuza por un expositor de cristales Svarowsky, mi prima regresó junto a Kaz, le estrelló un beso en los labios y echó a correr hacia la salida, sin preocuparse por averiguar si yo era capaz de seguirla. Por suerte para mí, lo fui. Y por suerte para las dos, no llegamos a coincidir con la tal Helga.

—¿Por qué has hecho eso? —le increpé nada más poner mi bici a la altura de la suya, ya casi a las puertas del hotel.

—¿El qué?

—¡Besarle!

—Eso no ha sido un beso, ha sido un pico, tonta. Los besos se los daré esta tarde.

—¿Qué?

—Que voy a enrollarme con él... y ni siquiera la famosa Helga podrá evitarlo.

—¿Pero es que te has vuelto loca? ¿Y lo que le hemos visto hacer?

—¡Un truco para impresionarnos! Deben tener un proyector de hologramas escondido en algún sitio del salón, o algo así... Alberto y Xavi me han dicho que en Ku hay varios.

—¿Ku?

—¡La discoteca, boba!

—Sí, bueno, ya lo sé. ¿Pero qué me dices de los cuadros? ¿También están hechos con un proyector de esos? Maite, yo creo que tú tenías razón: en esa casa pasa algo muy raro.

—¡No digas chorradas, prima! Lo único raro que hay en esa casa es un chino de veintiún años que trabaja como modelo, ¡y yo voy a enrollarme con él! Ya me imagino la cara de mis amigas cuando se lo cuente...

—Kaz no es chino, es japonés. Además, ¿por qué estás tan segura de que querrá rollo contigo? A lo mejor me mintió, y sí que está saliendo con Helga... O quizá tú no seas su tipo.

A menos de diez metros de la entrada principal del Hotel Los Loros, mi prima detuvo su bicicleta y me miró con gesto de conmiseración.

—Aprende una cosa, Noelia: los tíos no son como nosotras. Ellos no necesitan estar enamorados para decirle que sí a una chica, y tampoco les importa hacerlo mientras salen con otra. ¡Ni siquiera hace falta que les guste de verdad! Por eso estoy tan segura de que tu amigo Kaz no se me resistirá esta tarde: porque ningún hombre es capaz de decir no a una mujer que le pide rollo. ¿O acaso pensabas hacerlo tú? —me interrogó, al tiempo que me regalaba una de sus sardónicas sonrisas por encima del hombro.


Eran las cinco y cuarto de la tarde cuando cogimos de nuevo las bicicletas. Maite iba arreglada como una muñeca, y olía igual que una estrella de cine. Por contraposición, yo ni siquiera me había molestado en cambiarme de ropa.

Los neumáticos del coche habían dejado su huella junto a la verja blanca, pero aparte de eso no encontramos el menor rastro de Helga en los alrededores de la casa. En cambio, las cortinas del salón estaban descorridas, de modo que a través del ventanal vimos a Kaz sentado en el sofá, con el libro de la mañana entre las manos, y sin un solo rastro del oso de felpa en su gesto. Pese a mis reticencias, Maite y yo saltamos la valla.

—Tú quédate aquí, y avísame si viene alguien —me ordenó ella, señalando el muro que servía de sustento al cristal que nos separaba del inquilino de la casa.

—¿Cómo que me quede aquí?

—¿De qué vas, Noe, de sujetavelas? ¿No ves que nos cortarás el rollo si entras? Además, no te quejes, prima: ¡te voy a dar una clase práctica de cómo tratar a los tíos! —añadió, guiñándome un ojo al tiempo que se encaminaba hacia la puerta principal de la casa.

A regañadientes, me agaché bajo el poyete de la ventana, con los ojos fijos en su propietario. Maite apretó el timbre un par de veces. Desde mi estratégico observatorio, vi cómo él abandonaba su libro y se disponía a abrir, con el gesto intrigado de quien no espera visita.

—¡Hola, Kaz!

—Vaya, qué sorpresa...

—Maite.

—Maite, es verdad. ¿Y Noelia, dónde está?

El corazón me dio un vuelco al oír mi nombre pronunciado en su suave acento extranjero, pero mi prima se encargó enseguida de romper el hechizo con una candorosa negación, mientras pestañeaba con fingida inocencia.

—No, ella no ha venido. ¿Puedo pasar? Es que... me gustaría... ver los cuadros otra vez.

—¿Los cuadros? Oh, sí. Sí, claro. Pasa.

La puerta se cerró tras ellos, llevándose consigo cualquier sonido distinto del monótono murmullo del mar y el canto inclemente de las cigarras. Un momento después, Kaz y Maite regresaban a mi campo de visión.

Primero se detuvieron un instante ante el cuadro de las flores. Luego, le dedicaron algunos segundos al bodegón. Cuando alcanzaron al siguiente lienzo, donde la nariz y los labios entreabiertos de Kaz daban vida a la cara de un soldado de plomo vestido de húsar, mi prima le cogió de la mano. Entonces se miraron a los ojos. Ella dijo algo, y sonrió. Él le devolvió la sonrisa, e hizo un gesto para que le acompañase al sillón, donde se sentaron uno frente al otro. Acercándose hasta que su rodilla rozó la del chico, Maite le acarició el pelo, y él correspondió a su ademán recorriéndole la mejilla con la punta de los dedos. Cuando las yemas de éstos alcanzaron la nuca de mi prima, comenzaron a besarse.

De haberme estrellado contra una pared, no creo que el golpe hubiera podido ser más seco. ¡No seas ridícula, Noelia!, me regañé a mí misma, tratando de impedir que la punzada de dolor que me atravesaba el esternón me animase a soltar una lágrima furtiva. Pero no fui capaz.

Al fin y al cabo, yo había sido la primera en hablar con él... y aquella conversación escuchada a hurtadillas venía a confirmarme que el mío era el único nombre que había llegado a aprenderse. De acuerdo que yo no era bonita o atrevida como mi prima, pero Kaz me gustaba.

Me gustaba de verdad. No porque tuviera veintiún años, o fuera modelo, o japonés, o las dos cosas, como le ocurría a ella, sino porque era guapo, simpático, hablaba sin gritar, no se reía de mí, ni hacía bromas tontas a mi costa... Porque era especial. Y no me refiero al tema de los cuadros, o del oso de felpa. ¡Eso no podía intuirlo cuando nos conocimos! E incluso ahora que lo sabía... Bueno, tampoco me importaba demasiado. Probablemente Maite tuviera razón en cuanto al proyector de hologramas. Lo importante es que Kaz parecía muy distinto a todos los chicos que yo había conocido hasta entonces... y eso era lo que realmente me gustaba de él.

Pero ahora, mientras mis pupilas se revelaban incapaces de apartarse de la amalgama que sus labios formaban con los de ella, comprendí lo equivocados que estaban mis presentimientos. Después de todo, sí que era como el resto de los chicos. Mi prima lo había vaticinado en la puerta del hotel, y allí estaba la prueba. Como en los cuentos de hadas, había bastado con un beso para romper el hechizo. E igual que le ocurrió a Cenicienta, al final mi carroza plateada se había transformado en una simple calabaza madura.

Me sequé los ojos con la palma de la mano, haciéndome daño a propósito, y volví a mirar por la ventana.

Por supuesto, ellos seguían enfrascados en su tarea, con los párpados cerrados y los dedos rápidos. De hecho, las manos de Kaz descansaban a ambos lados de la cintura de mi prima, mientras las de ésta sostenían el rostro de... ¿Maite?

No cabía la menor duda. Las pestañas cubiertas de rimel negro, la sombra de ojos color azul, la naricilla respingona e indiscreta de mi prima ocupaban ahora con absoluta claridad el rostro de pómulos todavía prominentes —único rasgo reconocible de Kaz— con el que ella se besaba. De hecho, incluso los rizos lacados de Maite habían acabado por suplantar la identidad del pelo lacio color azabache del chico. Y en ese preciso instante, mis ojos se convirtieron en testigos de cómo la camiseta de éste se amoldaba progresivamente a las formas redondeadas del busto de aquella jovencita cuyas caderas él había comenzado a acariciar.

Yo sabía bien qué significaba aquello. El propio Kaz lo había dicho apenas unas horas antes, cuando los rasgos de felpa del osito de peluche comenzaron a diluirse en su rostro, para desaparecer por completo unos segundos después de interrumpir su contemplación. No sé por qué ocurre, ni cuándo. Simplemente sucede. Me quedo absorto con algo, un objeto, una imagen y... Y evidentemente, ahora estaba absorto en mi prima. Tal vez mucho más absorto de lo que jamás había llegado a estar con nada. ¡Por eso su cuerpo se transformaba así de rápido! Apenas quedaba ya relieve de sus verdaderos pómulos... Desde luego, aquello no podía ser obra de una máquina de hologramas. Pero la naturaleza de la situación no era lo que más me preocupaba.

En cambio, mi cabeza se llenó de otro tipo preguntas. ¿Sería posible que Kaz llegara a convertirse en una réplica exacta de mi prima? Y si eso llegaba a suceder, ¿qué vendría después? ¿Recuperaría su forma cuando se separasen? ¿O quedaría atrapado para siempre en las facciones de Maite? No parecía un chico demasiado fuerte. En cambio, ella... Bueno, ella era especialista en quedar por encima de quienes le rodeaban.

De pronto, mientras ellos dos se besaban como si el mundo se fuera a autodestruir en menos de treinta segundos, comprendí el verdadero motivo de mi prima para enrollarse con él.

No era cuestión de atracción física, o de curiosidad por lo exótico, no. De hecho, ni siquiera se trataba de poner a prueba sus habilidades como mujer fatal: era una competición en toda regla con sus amigas de Madrid por presumir del romance veraniego más espectacular. ¡Por eso tenía tanto interés en ligarse a Kaz! ¿Quién podría perder con un tío como él en su vitrina de conquistas? Sobre todo, si le sumabas una testigo de confianza oculta bajo el poyete de la ventana. Una testigo... y, de paso, otra víctima más de su superioridad femenina.

Porque yo podía haber sido la primera en hablar con él, y mi nombre el único que realmente había llegado a aprenderse, pero ella... Ella, con sus botines de tacón, su maquillaje exagerado y sus cigarrillos a escondidas, no había necesitado más de cinco minutos para llevarle a su terreno.


Ilustración: Manuel de Escayola Peña

Las lágrimas volvieron a nublarme los ojos. Sin embargo, por primera vez en mi vida un sentimiento mucho más fuerte que las ganas de llorar se encargó de enjugarlas. Maite no había jugado limpio con nosotros. Ni con Kaz, ni conmigo. Sobre todo, conmigo. Y no era momento de llorar por sus trampas, sino de hacerle pagar por ellas.

El crepitar de unos neumáticos al deslizarse por la carreterita de grava desvió momentáneamente mi atención de la pareja, aunque ni siquiera ese ruido pudo interrumpir el zumbido de los pensamientos que, como zánganos en pleno cortejo nupcial, revoloteaban con machacona insistencia dentro de mi cerebro.

Supongo que por eso decidí agazaparme un poco más bajo el poyete del ventanal y guardar silencio cuando el vehículo se detuvo por fin junto a la verja blanca. Y así permanecí, quieta, callada y escondida mientras sus ocupantes, una mujer madura y dos hombres jóvenes que hablaban entre sí en voz baja y áspera dicción germana, se apearon del coche, recorrieron el camino de losetas color tierra con pasos rápidos y alcanzaron la puerta principal de la casa.

El ruido de la llave en la cerradura hizo separarse de golpe a la pareja que se besaba en el sofá... y juro sobre la Biblia que hubiera dado mi paga de un año por escuchar el grito de mi prima cuando, al abrir los ojos, se encontró a dos milímetros de la copia en relieve de sí misma en que Kaz se había transformado. En cambio, a quien sí oí gritar con total claridad a través de la puerta que acababa de abrir fue a Helga. Porque aquella mujer de gesto adusto, pelo cortado a lo garçon y ojos desesperados, no podía más que la autora de esos cuadros híbridos de piel y objetos que se apiñaban opresivamente a lo largo de las paredes de la casa solitaria.

—¡Kaz! ¿Qué has hecho, amor mío?

Como impulsado por un resorte, él, o mejor dicho, lo que quedaba de él —unas playeras de lona y unos vaqueros sobre los que se erigía el torso, el cuello y la cara de mi prima, ahora sutilmente achinada— se interpuso entre aquella mujer y la verdadera Maite, que temblaba sobre el sofá como un pajarito aterido.

—Helga, yo... ¡Puedo explicarlo, te juro que puedo explicarlo!

Pero uno de los hombres que acompañaban a la susodicha consideró innecesaria su oferta y, apartando con un busco empellón a la mujer, se encaró con Kaz. En los ojos ya de nuevo rasgados de éste —aunque todavía pintados de sombra azul— intuí una nota de pánico.

—¡Schei _e! ¡Maldito idiota! ¿Quién es esa fulana?

—Renzok, no, escucha, ella... Ella no tiene la culpa. Es... Sólo es una niña, ¿comprendes? No ha visto nada...

—¿Que no ha visto nada? ¿¡Pero tú te has mirado, imbécil!? ¡A esa golfa le faltará tiempo para hablar sobre ti! Y entonces qué hacemos, ¿eh? ¿Damos una rueda de prensa para explicar quién eres, y de dónde has salido?

Por primera vez en su vida, mi prima tuvo la lucidez suficiente para comprender que su cara bonita y su cuerpo de barbie no le servirían de nada en esta ocasión. A la desesperada, se levantó de un salto del sofá, y comenzó a forcejear con el tirador de mi ventanal.

—¡Eh! ¿Dónde crees que vas, hure?

—¡No, Renzok, por favor, deja que se vaya! —gritó Kaz, tratando de sujetar al hombre que ya se abalanzaba sobre Maite—. Déjala marchar, por favor. ¡Por favor!

En el mismo instante en que mi prima conseguía abrir los cristales, el revés del alemán hizo rodar al chico sobre el respaldo del sillón, y un hilillo de sangre brotó de la comisura de esa boca otra vez suya, que tanto había deseado besar yo.

A pesar del golpe, él alzó los ojos, supongo que con la esperanza de ver escapar a mi prima... Y durante una milésima de segundo, sus pupilas oscuras coincidieron con las mías, que asomaban tímidamente por encima del alféizar.

En un primer momento, su mirada se llenó de sorpresa. Sin embargo, ésta enseguida dejó paso a un guiño que mi fantasía se apresuró a traducir como "Me alegro de que estés aquí". Y casi inmediatamente me eché a temblar.

Porque de pronto, como en un mal sueño, los párpados rasgados de Kaz comenzaron a enderezarse siguiendo esa línea que yo estaba harta de ver al mirarme cada mañana en el espejo, al tiempo que sus labios manchados de sangre comenzaban a adelgazar, curvándose en un gesto demasiado cotidiano para mis ojos. Rápidamente, él apartó la cabeza. El proceso de mutación se detuvo, y yo comprendí con tristeza que aquella era la última vez que nos veíamos.

—¡Vámonos de aquí, Noelia! ¡Vámonos ya!

Pongo a Dios por testigo de que jamás he vuelto a correr de una forma tan desaforada como lo hice entonces. Cuando llegamos a Los Loros, el corazón se me salía por la boca, la falta de aire hacía que me doliera el pecho como si acabasen de patearme las costillas, y tenía la espalda empapada de sudor frío... Pero Maite no podía presumir de un aspecto mucho mejor.

Sin embargo, estábamos vivas.

A partir de aquel momento, nos distanciamos por completo. Bajábamos a la piscina por separado, apenas hablábamos en la mesa... Eso sí, jamás volvimos a salir del hotel. Por fortuna para nosotras, aquel año la gota fría se presentó a finales de agosto, de modo que el viento y la lluvia se convirtieron en una coartada inmejorable para nuestro confinamiento voluntario. Por fin, cuatro días después del incidente en la casa, el cóctel envenenado entre el cambio climático y el definitivo fracaso matrimonial de mis tíos acabó por convencerles de que lo mejor sería adelantar nuestro regreso a Madrid.

Volver a la rutina tranquila y segura de casa de mis padres me resultó un auténtico placer. Además, el corazón de papá había respondido tan bien al reposo que incluso tuvo ánimos para hacer algunas excursiones relajadas por El Pardo, Aranjuez o El Escorial, así que entre los exámenes de recuperación y los paseos en familia, no encontré ni una sola ocasión para hablar con mi prima a lo largo del mes de septiembre. Por desgracia, no pasó mucho tiempo sin que tuviéramos noticias suyas.

Apenas quince minutos después de las cinco de la madrugada del domingo treinta, mi abuela llamó por teléfono para darnos la terrible noticia: Maite acababa de morir.

Al parecer, mi prima y tres de sus mejores amigas volvían de celebrar el cumpleaños de una quinta. La noche era buena y el lugar de la fiesta no quedaba lejos de sus respectivas casas, de modo que decidieron regresar andando tranquilamente, como ya habían hecho en más de una ocasión. Sin embargo, esta vez las cosas fueron distintas, porque un coche robado, conducido por un par de borrachos, se salió de la calzada y se les echó encima.

Las cuatro chicas tuvieron una suerte muy desigual. Dos salieron ilesas, y otra ingresó en estado grave en el hospital. En cambio, Maite falleció en el acto.

Meses más tarde, supimos que el coche pertenecía a un súbdito alemán llamado Torsten Renzok, en paradero desconocido desde que la justicia de su país dictase sobre él una orden de busca y captura por delitos contra la salud pública, la integridad de las personas y el tráfico de obras de arte. Lamentablemente, a día de hoy todavía nadie ha podido aportar un solo dato que permita su detención.


1 N del A: Si bien la Real Academia Española no establece distinción ortográfica entre el uso argentino, boliviano, paraguayo o uruguayo de la interjección “che” y su homólogo valenciano, he considerado pertinente añadir aquí una tilde a este último, para remarcar la diferencia fonética real que -a mi juicio- mantiene con los anteriores.

A mediados del año pasado publicamos en Axxón un cuento de la madrileña Nuria C. Botey: "Dancing with an angel" (164). Nuria ha ganado el I Concurso Literario Los Nuevos de Alfaguara 1993, el XII Premio Pablo Rido de Relato Fantástico 2003, el XVII Premio Clarín de Cuentos 2004 y también ha sido finalista del VII Premio Joven UCM de novela 2004. Pero a esta altura del camino (el que lleva a "esa" casa) ustedes no necesitan leer antecedentes. Busquen y encuentren sus otras ficciones en Artifex, Paura, Visiones, Solaris y Parnaso. Y después nos cuentan...


Axxón 171 - febrero de 2007
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantasía: Fantástico: Criaturas: España: Española).

            

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