NO MAS SOPA

José Altamirano

Argentina

El aparato llegado del espacio permaneció en el centro del poblado durante tres días enteros sin dar señales de vida. Durante ese lapso, la reacción de los habitantes varió del susto mortal en un principio —ante la posibilidad de que fuera uno de los antiguos ingenios meganucleares del pasado, reactivado por vaya a saber uno que causa— hasta una recelosa indiferencia hacia el tercer día, cuando consideraron que ya había pasado tiempo suficiente para que estallara, si en verdad era una bomba.

Al promediar la mañana del cuarto día, de las entrañas del aparato surgió un sonido similar al originado por los cuernos que los aldeanos utilizan para llamar a reunión y, por costumbre, a falta de una razón mejor, la gente comenzó con renuencia a agruparse en su derredor.

Al cabo de un tiempo, una sección de la bruñida superficie del ingenio se deslizó formando una rampa que llegaba al suelo, y por ella descendió una estrafalaria figura parecida a un huevo de medio metro de altura y un poco menos de circunferencia en la zona del ecuador. El extraño ser estaba provisto en su parte inferior de un par de piernas articuladas finas como varillas y en la superior un par de brazos, también articulados y del mismo grosor que las piernas. Se diferenciaban en que las piernas terminaban en una especie de escobillas parecidas a pies y los brazos, en escobillas parecidas a manos. Se podía deducir que el visitante tenía “atrás” y “adelante” por una ranura enrejada en la parte superior de “adelante” parecida a una boca (una boca de buzón, hubieran dicho los aldeanos si hubiera entre ellos alguno que conservara la remota idea de qué cosa era un buzón).

Por algún método cuya naturaleza se nos escapa, ya que no tenía ojos visibles, el ovoide pareció advertir entre los presentes al jefe de la aldea, un gigante de largas mechas y barbas renegridas, vestido como los demás con una burda túnica de lana pero armado con un pesado garrote de madera endurecida al fuego, y hasta él se encaminó para ubicarse a una media docena de pasos, distancia que el huevo consideró saludablemente prudente, visto que el terrestre se había puesto de pie revoleando ominoso el garrote por sobre su cabeza.


Ilustración: Fraga

—Saludos, hermano planetario. —La voz surgida de la ranura sonó como la de un locutor de programas de entretenimientos (especie, por razones que el lector encontrará obvias, tiempo ha desaparecida de la faz de la Tierra). A continuación el huevo hizo una dramática pausa para aguijonear la atención del auditorio y a la vez para evaluar el potencial riesgo del garrote—. Vengo en misión de buena voluntad —continuó al fin—. Soy un ordenador de máxima resolución enviado por los Magnánimos Señores del Centro Galáctico a los fines de detectar civilizaciones con evidentes grados de atraso en lo que ustedes llaman el Sistema Solar. Antes de pasar al tema de mi visita, permítanme explicarles que, durante los primeros tres días, no me presenté ante ustedes por estar ocupado en el interior de la nave-sonda, aprendiendo vuestro lenguaje a partir de los escasos fragmentos de conversación que llegaban hasta mis mecanismos de decodificación. Advertí vuestro temor ante la posibilidad de que mi nave fuera una bomba, por lo que deduje que lo sucedido en el pasado de la Tierra habrá sido algún… ejem… lamentable accidente tecnológico.

Un suspiro de alivio recorrió a la escasa veintena de aldeanos; si esto no es una bomba meganuclear bien vale la pena seguir ocupándose de las tareas de la casa, parecieron pensar algunas mujeres, por lo que se levantaron y se llevaron a sus críos con ellas. Dos hombres se enzarzaron en una discusión acerca de a quién le tocaba regar el maíz y hasta el gigantón jefe de aquella tribu pareció darle más importancia a esta que al discurso del huevo.

Alarmado por la súbita falta de interés del auditorio, el ordenador agitó sus flacos brazos por encima de lo que podría decirse era su cabeza.

—¡Escuchen —dijo— la maravillosa nueva de la que soy portador! —De mala gana, los hombres de la tribu volvieron a prestarle atención, salvo uno que se alejó hasta unos matorrales cercanos para orinar—. Los Magnánimos Señores del Centro Galáctico —peroró el huevo, esta vez con voz de vendedor de tienda—, han enviado sondas a todos los sistemas solares de la galaxia, cada uno con un ordenador de máxima resolución como yo. En mi interior se almacenan todos los conocimientos científicos y culturales del Universo dominado por los Señores del Centro. Verdaderas semillas de progreso puestas a disposición de cualquier especie inteligente que, ya sea por atraso evolutivo o por haberse excedido un poco en... digamos... un cierto afán belicista, no hayan alcanzado un fructífero grado de civilización, acorde al existente en los planetas más progresistas del Universo. ¡Estoy en condiciones de asegurarles que cuento con los medios necesarios para que, en menos de cien años, la civilización, la tecnología y la cultura vuelvan a reinar en este planeta!

El huevo hizo una nueva pausa y abrió sus esqueléticos brazos como invitando a los presentes a prorrumpir en maravilladas hurras. En vez de ello, el jefe de la aldea le dirigió por primera vez la palabra.

—Explícame, didáctico mensajero, ¿tus Magnánimos Señores saben de tu presencia en el planeta?

—¡Oh, por supuesto que no, sus múltiples obligaciones no les permiten el derroche de tiempo! Nosotros, los ordenadores de máxima resolución, somos los encargados de detectar civilizaciones, evaluar atrasos evolutivos y eventualmente corregirlos para capacitar a las especies que encontremos, allanando el camino que un día las lleve a Sus Presencias. Por el tiempo que ha menester para la tarea no se preocupen; mis baterías se mantendrán operativas al menos por tres mil años más.

—Entonces, mi parlanchín amigo, temo que la respuesta a tu propuesta de ayuda puede resumirse en cuatro palabras: no queremos más sopa —dijo el malencarado jefe de la comunidad en un tono más bien aburrido.

El huevo evaluó la respuesta poniendo todos sus circuitos a trabajar. Al fin, apoyando la articulación del codo sobre las escobillas que hacían de mano en el otro brazo, se rascó la zona debajo de la ranura.

—Bueno, veamos qué significa tu respuesta... por lo que he aprendido, ustedes toman sopa y de hecho es una comida habitual que consumen casi a diario. De modo que, sin lugar a dudas, la frase corresponde a una figura metafórica. ¿Serías tan amable de explicarme su significado?

—Por supuesto, petulante enviado de los Magnánimos Señores del Centro Galáctico: significa que después de la última guerra meganuclear necesitamos más de cien generaciones para adecentar nuevamente el planeta. Y el significado de esas cuatro palabras es que no, gracias, no queremos empezar otra vez con lo mismo.

Y antes de que el huevo se lo viera venir, el musculoso jefe de la aldea le asestó un tremendo garrotazo que lo partió en mil pedazos, con mucha profusión de chispas, siseos y olor a circuitos colapsados.

Un par de días más tarde uncieron un buey a una carreta, cargaron al huevo y a su nave en ella y los arrojaron al cráter activo de un volcán cercano.



Se hace complicado presentar a alguien tan presente en Axxón como José Altamirano. Por ese motivo vamos a dar un paso atrás y pensando en aquellos que no lo conocen tanto como nosotros, diremos que José nació en 1950 en la provincia de Córdoba, Argentina, que durante la década de 1980 fue un activo e ingenioso animador de los encuentros de los viernes del CACyF y sin lugar a dudas uno de los escritores más interesantes surgidos de aquella ebullición, dueño de una prosa clara y muchísimo sentimiento en sus textos.


Axxón 172 - abril de 2007
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Contactos: Argentina: Argentino).

            

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