PAPÁ

Ivaylo Ivanov

Bulgaria

“Respeta a tu padre y a tu madre
para tener una vida larga en la tierra,
que Dios, tu Señor, te la regala.”

Exodo 20:12, La Santa Biblia


Voy andando y no oigo mis pasos. El susurro se pierde en el golpeteo de la lluvia y se hunde en el retumbar sosegado de los relámpagos. Yo no tengo pasos… Las tibias gotas resbalan por mis sienes y mejillas, luego empapan mi ropa y bañan el ramo de narcisos blancos. Sin querer, recuerdo las leyes de la mala suerte; es decir, cuando llueve, llueve a cántaros y yo no he traído el paraguas, ¡caramba! Pero, ¿qué tiene que ver el paraguas? Sector noveno, quinta fila; aquí está la pequeña lápida de cobre “Shon Simon nació en el año 2053, murió en el año 2081”. Mi padre. ¡Mi propio padre! Quiero agarrar de las solapas a un peatón casual y gritarle: “¡Yo tengo padre! ¿Estás oyendo? ¡Tengo!” Pero, ¿quién puede estar vagando por el cementerio al anochecer con el único objetivo de que yo le grite estas palabras? Además, debo protegerme a mí mismo de la demolición emocional. Eso han dicho los médicos. Mi psiquis alcanzará la edad de mi cuerpo en unos pocos años más. Me habían puesto en un incubador a los ocho años. Y cuando salí de allí a los veinticinco —siendo ya un hombre hecho y derecho, con barba y gafas— tenía la edad mental de un niño. Habían transcurrido diecisiete años… Durante ese lapso me habían educado mediante “el método del sueño”, se habían comunicado conmigo, por supuesto, pero en lo que se refería a las emociones seguía siendo un niño. Por el contrario, me atiborraron de teoría, había terminado la secundaria durmiendo y hasta había mostrado un envidiable coeficiente de inteligencia, pero no estaba a su alcance desarrollar mis emociones. Era imposible.

Estoy de pie, ante la lápida de metal con el ramo de flores en la mano. ¡Caramba!, la cara me pica muchísimo. ¿Y cómo no? Hace menos de una hora que me he afeitado la barba, ¡maldita sea! Estoy aquí, de pie, y no acabo de preguntarme, ¿cómo ha ocurrido todo esto? ¿Por qué ha sucedido? ¿Cuándo ha empezado todo? ¿En el incubador? Todos los hombres verdaderos llevan barba y tú, Oliver, ¡eres un hombre de verdad! No lo sé, ¿alguien me lo había sugerido durante mi estancia en el incubador? ¿O todo había empezado con las gafas? ¿O había sido la culpa del legajo de documentos recibidos cuando me dieron el alta de Pan Alfa Medics? Me los habían entregado al salir del hospital, unos diecisiete años después de haber ingresado. He clavado los ojos en estos papeles, ¡hoy mismo! En mis escasos recuerdos de la niñez, mi padre aparece como un hombre absorto, riguroso y malhumorado, muy a menudo sin causa evidente para su hosquedad, apretando un cigarrillo entre los labios. Recuerdo su voz, sólida, tenaz, y que no aceptaba ninguna objeción. Pero al mismo tiempo era una voz blanda y retumbaba por toda la casa. Yo no podía evitar obedecerle, ya fuera para que ayudara a mamá en alguna tarea, para que no siguiera jugando en la calle con los otros niños hasta bien entrada la noche, para que me portara bien en la mesa... Pero el respeto que emanaba de mi padre con frecuencia me repugnaba y yo hacía esfuerzos por mantenerme bien lejos de él. Muchas veces, después de hacer una picardía, me agazapaba entre los pliegues de la falda de mamá para escapar de una buena sacudida de nalgas. Me parece que por aquel entonces yo no quería mucho a mi padre. Sí, pero cuando empecé el colegio, mi mamá nos abandonó; había encontrado a otro papá... Recién ahora lo recuerdo: cuando era pequeño guardaba cama con frecuencia, en diferentes hospitales, y en aquel tiempo sólo me visitaba mi papá. Mamá, nunca. De veras, cuando era niño hubiera dicho que no quería a mi padre. ¡Pero... no lo sabía! ¿Cómo podía saberlo? ¡Perdóname, papá! ¿Pero, y ahora? Ni la imaginación más encendida podrá crear las palabras adecuadas para expresar cuánto te quiero, papá...

Seguramente toda la historia empezó hace un año, cuando decidí cambiar las gafas por lentes de contacto, igual que todo el mundo. La empleada de la óptica averiguó algo por medio del ordenador y luego, con una sonrisa encantadora, dijo: —Señor, usted no puede llevar lentes de contacto. Sus ojos tienen alguna clase de incompatibilidad. Es una información de Pan Alfa Medics. —Me encogí de hombros y me fui. Y no sospeché nada. Ni lo más mínimo. No. En realidad empecé a explorar este asunto unos tres meses después, cuando una tarde llamaron a la puerta.

Al abrir tropecé con una simpática joven en uniforme de policía. Su gorra de visera estaba coquetamente inclinada hacia un lado, quizá tapando un moño no muy bien hecho. Unos rizos negros caían indóciles sobre sus hombros.

—¿Señor Oliver Simon? —preguntó ella cortésmente.

—Sí —dejé escapar, confuso.

—Sargento Ema Bruc —se presentó ella—. ¿Le puedo hacer unas cuantas preguntas?

Yo estaba vestido de bata, por lo que mi aspecto no era el adecuado para recibir huéspedes; además mi apartamento, ¡mmm!, no estaba lo que se dice ordenado... pero igual la invité a pasar. Ni siquiera le llamó la atención la ropa interior sucia que estaba amontonada en el pasillo. Nada extraño, claro, pues los policías se meten en cualquier parte cuando están de servicio. Para eso pagamos impuestos, ¿no es cierto? Entramos al salón. Ella se sentó en el sillón, se cruzó de brazos e inclinó la cabeza, como si estuviera pensando cómo expresarse con la mayor precisión.

—Verá usted —dijo al fin, y me miró—; estoy interesada en Shon Simon.

Mis ojos se agrandaron. —¿Mi padre? ¡Hace veinte años que está muerto! Casi no lo recuerdo...

Ella agitó la cabeza y respiró nerviosamente:

—¡Vaya, por Dios! Simplemente... no sé cómo decírselo. En general lo llamamos “verificación rutinaria”, pero... Mire, yo misma sé que su padre ha muerto. En el año 2081. El 29 de mayo. Hace veinte años. Esta registrado en el ordenador. —Sus ojos me observaron desvalidos—. Pero ayer —siguió diciendo— en mi distrito, en el Central Universe Bank se cometió un robo a mano armada...


Ilustración: Pedro Belushi

—¿Eh? —Comencé a guiñar los ojos.

—Es increíble —dijo ella, turbada—; hemos comprobado todos los rastros y las huellas dactiloscópicas de cada uno de los clientes, los empleados e incluso los barrenderos; todos los que están registrados por delitos, hasta por los más insignificantes, y unas cuantas huellas coinciden con las de su padre. Lo habían registrado cuando tenía catorce años. Lo habían atrapado en una fiesta escolar fumando hierba, marihuana. ¿Lo sabía?

¡Ja! ¿Cómo podía saber lo que había hecho mi padre siendo chico? Pero fuera como fuese, todavía no lograba entender qué quería esa mujer de mí.

—Así que —ella movió la cabeza dándose la cuenta de mi perplejidad— lo único que quiero preguntarle es esto: ¿tiene usted alguna información de que su padre pudiera estar vivo?

—No —farfullé—. No tengo. Yo...

—¡Gracias! —me interrumpió—. Lo estoy apuntando en el protocolo y el caso con su padre queda cerrado. ¡Es un error del ordenador!

Luego se precipitó hacia la salida. Quedé inmerso en la más fantástica situación; me sentía como si estuviera en jaque. Nunca me había pasado algo parecido, nunca en mi vida. ¿Mi padre, vivo? ¡No, imposible! Pero, por otra parte, yo también soy cliente del Central Universe Bank, voy allí con frecuencia. No se lo han dicho a la policía por el tema del secreto de los depósitos. Pero mi padre... Desde que me habían dado de alta en el hospital, supe que no tenía a nadie. Mi madre figuraba como “domicilio desconocido”, y mi padre estaba muerto. Despertarte siendo aún un niño, pero en el cuerpo de un hombre maduro, y estar solo en el mundo... Aceptaron mis estudios a distancia, incluso me encontraron trabajo; ahora estoy vendiendo coches en un taller de automóviles. Pero la soledad es una de las cosas que un ser humano jamás puede aceptar. Como si estuviera siendo castigado por pecados nunca cometidos. La soledad no puede describirse con palabras. Ella es simplemente... soledad.

Y de repente, ¡mi padre! En determinadas ocasiones un hombre está dispuesto a creer cualquier cosa. Hasta imaginé que mi papá estaba vivo y tropecé con él por la calle, pero no fui capaz de reconocerlo, mientras él giraba la cabeza y se quedaba mirando hacia atrás durante un momento. Pero, ¿por qué estás tan callado? ¿Qué estás escondiendo, papá? Y entonces, ¿quién está enterrado en el sector noveno, fila quinta?

No dormí en toda la noche. Bebí tanto café que podría haber espantado a cada narcómano del mundo. Intentaba recordar. En vano; mi memoria se destrozaba sin falta contra las paredes del incubador. Lo recordaba antes del hospital, sano, robusto, grueso. Y había muerto unos días después de mi ingreso a aquel lugar. ¿Cómo ocurren cosas así? Error del ordenador. ¡Cómo no! En todo el mundo no hay dos personas que tengan las mismas huellas dactiloscópicas, ¿verdad?


Al día siguiente, temprano por la mañana, me presenté en el Centro de Medicina Legal y pedí la exhumación. La enfermera de la oficina de registro me explicó amablemente que para hacerla era necesaria una resolución del fiscal, así que debería esperar la respuesta por lo menos durante dos semanas.

Para mi sorpresa la respuesta llegó por correo electrónico aquella misma noche; era breve y perentoria: “La exhumación no se permite”. Figuraban todas las firmas imprescindibles.

¿Pueden imaginárselo? Por segunda noche consecutiva la pasé en vela, estrujándome el cerebro. Y las incógnitas. ¿Está vivo mi padre? ¿Por qué se está escondiendo de mí? ¿Por qué hay alguien que no quiere que yo sepa la verdad? Una vez más apreté la colilla contra el cenicero. El montón de colillas acumuladas ya llenaba casi la mitad de la papelera. La salida del sol me halló inclinado sobre la guía telefónica con el auricular en la mano. Busqué al primer detective privado cuyo número encontré. Uno llamado Juan Martínez.

El despacho era moderno y estaba bien decorado: muebles contemporáneos, ordenador impresionante y poderoso sobre un buró de cristal... Martínez era de estatura mediana, tenía mi edad, estaba vestido con un bonito traje azul y tenía una fisonomía inteligente. De cualquier modo no me gustó su mirada; había indecisión en ella, como si el tipo fuera algo miedoso pero diabólicamente cínico... ¿Cómo saberlo? Podía ser una deformación profesional, ya que el número de cornudos que requerían sus servicios debía ser bastante grande. Le expuse la situación en pocas palabras; no había mucho más.

—Hum. —El detective reflexionó—. ¿Debo descubrir a un muerto, perdón, a un desaparecido? Es carísimo, señor Simon, además le advierto: en el caso de que descubra que su padre ha sido quien robó efectivamente el banco, estoy obligado a avisar a la Policía. ¿Está usted de acuerdo? ¿Vale?

Lo acepté. Mi padre podría ser cualquier cosa, pero no era un delincuente. Martínez me explicó que la muerte era el encubrimiento ideal para cualquier malviviente. Acepté lo que me decía; era verdad, nadie investiga a un fallecido. Pero fuera como fuese, era seguro que este asunto no tenía nada que ver con mi padre. Le pagué un adelanto y me fui.


Transcurrieron tres semanas. Al fin y al cabo, cuando Martínez me llamó era para informarme que estaba en un callejón sin salida. Me invitó a ir a su despacho. Lo encontré paseando inquieto por la habitación con las manos en los bolsillos. El cuarto hedía a cigarrillos. En cuanto me vio, Martínez saltó sobre mí.

—Mire usted... No pude... —Consiguió manotear una carpeta del buró mientras seguía hablando entrecortadamente—. Investigué todo lo que mis informantes pusieron en mis manos... Aquí está —abrió la carpeta—. Nacido el 14 de enero del año 2053 en la ciudad de Chicago, católico... Bien... —Sus dedos removían las hojas febrilmente—. Había estudiado en el colegio “Santo Tomás”; en el año 2067 fue detenido por el uso de drogas; una tontería juvenil. No tenía otros delitos. Se casó el 4 de julio del año 2071 con Uma Scot. Ingeniero; se había recibido de bachiller en el 2072, cuando apenas tenía diecinueve. Ese mismo año realizó la práctica habitual de la carrera: un período de tres meses en la base cósmica R-24, en el cuarto planeta. Otra cosa interesante: a su regreso de Marte fue internado en el hospital, luego fue transferido por Pan Alfa Medics con un diagnóstico excepcional; aquí esta, algo en latín... —Martínez levantó la vista hacia mí—. Había sido afectado por una enfermedad extraterrestre, señor Simon. No era nada serio, sólo un malestar general. Le habían dado el alta: clínicamente sano. Pero existe una nota inexplicable en la ficha médica... ¡Mire usted mismo! —Me alcanzó la carpeta—. Aquí.

Debajo de la palabra “sano” estaba escrito con letras minúsculas: “capacidad de fecundación reducida; existe riesgo para la descendencia”. Tonterías; yo había nacido unos once meses más tarde.

—Lo último que averigüé sobre su padre —siguió Martínez, ya más tranquilo—, es que el 18 de mayo del 2081 hizo una llamada telefónica a su cargo a la United Medics, cuya sucursal es Pan Alfa Medics. Una conversación larguísima, de casi una hora. Y de ahí en adelante todo está en las nubes. Hum, todo excepto el certificado de defunción, que está aquí... No está claro hacia cuál de las sucursales de United Medics fue realizada la llamada; allí me han dicho que todo lo que está en relación con Shon Simon es secreto profesional y si yo lo descubriera mediante el ordenador iría a parar a la cárcel. En otras palabras: aquí está el ordenador. Pero entiéndame, Simon, yo soy mexicano. Me pondrían en prisión y luego me extraditarían. Por favor, no me obligue a que lo haga... ¡Por favor!

Antes de que yo abriera la boca sacó una tarjeta de visita del bolsillo de la camisa; no podía dejarme así. La miré; en ella, con letras simples, estaba escrito: “Jason Maclaud, detective privado”, y unos números de teléfono imposibles de memorizar.

—Maclaud es el mejor, el más capaz en nuestro trabajo de quien puedo acordarme. —Martínez movió la cabeza—. He oído que lo hace todo por su cliente: desde... hasta... No importa si el encargo es de un desgraciado o de la mafia. Es incomparable. Además es blanco...

¿Que podía hacer? Le di las gracias y estaba a punto de irme cuando Martínez me detuvo y me pasó la carpeta.

—Hay algo más. —Frunció los labios—. Lo va a notar. ¡No hay modo de que no lo note!

Naturalmente. ¿A quién no le hubiera llamado la atención el hecho de que en los documentos de la carpeta faltaban todas las fotos de mi padre? Todas, hasta la última. En algunos lugares se notaba que habían sido despegadas, porque permanecía medio sello de láser y la otra parte estaba limpia; el resto del sello se había ido con la foto. Incluso en las fotos de la promoción de la Universidad la cara de mi padre estaba muy retocada.

Al día siguiente yo estaba en la oficina de Maclaud, que no se parecía nada a la de Martínez. El buró, el mobiliario y hasta el revestimiento de las paredes eran de madera. Ningún cristal, ninguna lata, ninguna chuchería moderna. Hasta el ordenador no era lo que establecían las últimas tendencias de la moda en materia de artilugios técnicos. Con toda esa madera, la alfombra persa y las cortinas de felpa verde oscuro, el despacho irradiaba un confort excepcional. Maclaud se parecía menos aún a Martínez. Tenía unos cuarenta años, era un fortachón enorme con el pelo prematuramente encanecido y parecía un tipo calmo. Aceptó la comisión tomándosela a pecho como si de mí dependieran todos los honorarios que podría recibir hasta el fin de sus días. En efecto, Martínez me había avisado que Maclaud me trataría de esta manera, como si fuese su único cliente; esa era su forma de trabajar. Maclaud me pidió los documentos conseguidos por Martínez. Se los entregué. Dos semanas después Maclaud me llamó por teléfono y pidió mis propios papeles de Pan Alfa Medics. Por supuesto se los entregué. Estaban sobre la estantería en lo alto de mi armario, ya que los hojeaba muy raras veces. Los odiaba igual que odiaba el incubador que me había robado diecisiete años de vida. Por supuesto yo sabía que había estado muy enfermo, algo congénito, algo heredado... También sabía que había salvado la vida gracias al incubador; mi permanencia en él había sido calificada con una sola palabra: “adaptación”. A pesar de que aquello no estaba del todo claro: ¿permanecía adaptándome... a qué? Sabía todo eso pero, no obstante, el odio permanecía.

Empecé a esperar de nuevo. Días y noches... Semanas y meses... Maclaud no me llamó. Lo busqué por lo menos diez veces en su despacho, pero me respondía el contestador telefónico. Recién hoy, después de cinco meses, se presentó en mi casa sin llamarme previamente. Llegó y no dijo ni una sola palabra. Entró con gesto sepulcral, dejó sobre la mesa todos los documentos que le había entregado e intentó marcharse.

—¡Espere! —Lo tomé de la manga—. ¿Descubrió algo? —Maclaud me echó una mirada. Era obvio que aquel hombre había comprendido, lo sabía todo. Pero, ¡por favor!; parecía más cerca de hacerse un harakiri que de relatar cualquier cosa relacionada con mi asunto—. Lo escucho —le dije y me senté.

él movió la cabeza negativamente. —Por favor, no me pregunte...

—Pero, ¿por qué, Dios mío? —exclamé.

—Porque... —Fue como si estuviera buscado las palabras adecuadas para contestarme—. Porque yo también soy padre. Tengo dos hijos de ocho y diez años de edad... No puedo...

Me quedé mirando al hombrón, grande como una montaña; era evidente que le había costado pronunciar aquellas palabras. No lograba entender: ¿por qué no quería decírmelo? ¿Qué le había pasado a mi padre?

—Pero ¡diga algo, carajo! —Lo tomé del cuello de la camisa—. ¡Le pagué para que lo haga!

Entonces él sacó un sobre del bolsillo y me lo entregó.

—Al fin. —Respiré aliviado y casi destrocé el sobre al abrirlo—. Significa que me ha traído algunos documentos, al fin y al cabo.

—No son documentos —dijo Maclaud en voz baja—, es su dinero. Hasta el último dólar. —Luego sonrió sombríamente—. Yo no esperaba tener que hacer esto, nunca en mi vida...

Del sobre empezaron a caer los dólares.

—Todos estamos buscando algo, señor Simon —dijo balanceado la cabeza—, y muy a menudo lo que buscamos está muy cerca, tan cerca que solamente tienes que quitarte las gafas y lo verás. Todo está en los documentos que me ha entregado usted; yo no hice nada. —Movió su cabeza—. Perdóneme.

Me quedé solo antes de comprender qué había ocurrido.

En aquellos documentos había muchísimas cosas incomprensibles a primera vista a las que nunca les había prestado atención. Por ejemplo, en la página doce estaba anotado que el incubador registraba que “todas las funciones vitales habían cesado”. ¡Boberías! Si eso hubiera sido verdad habría salido de allí a los ocho años y no a los veinticinco. Estaba enfermo. Muy enfermo. Cáncer en los huesos, distrofia total de los músculos, deshidratación general del cuerpo. Pero, ¿cómo había sobrevivido entonces? ¿Y por qué razón una semana antes de salir yo del incubador me habían operado los ojos con láser? Además, antes de aquello mi vista era normal, y luego tenía 0.5 dioptrías de miopía con la recomendación de que no usara lentes de contacto “con el objeto de que no se sienta emocionalmente deprimido”. Ninguna “incompatibilidad”.

En ese momento, mi conciencia se abrió a la comprensión, aquella comprensión que tanto anhelaba y que ahora temía aceptar. Mi padre había muerto el 29 de mayo del 2081, en el primer día de la así llamada “adaptación”. Sí, aquí está su certificado de defunción... Expedido por Pan vita medics, que se encuentra en el mismo edificio que Pan Alfa Medics.

Parecía como si mis manos hubieran tomado el teléfono por su propia voluntad. ¡No, no era verdad! No podía ser verdad... Del otro lado del teléfono me saludó una agradable voz femenina. —Clínica de donantes Pan vita medics. ¡Buenas tardes! Dígame... Dígame...

Era verdad. Como en un sueño atravesé el pasillo y entré en el cuarto de baño. Lentamente me quité las gafas. Unas simples gafas pueden cambiar muchísimo el aspecto de un hombre. Tomé una navaja de afeitar y empecé a quitarme la barba. Me afeité muy despacio, centímetro a centímetro. En la mejilla derecha apareció un pequeño lunar marrón. Pero yo no había tenido nunca tal lunar... Lo había tenido aquel triste, pensativo y absorto hombre de mi infancia. El hombre con el cigarrillo entre los labios... Revolví febrilmente mis cabellos y acabé por encontrar las cicatrices de la trepanación cuidadosamente escondidas.

Fue como si todo circulara ante mis ojos: lentes de contacto... barba... huellas dactiloscópicas... el incubador... donantes... sector noveno... la exhumación no está permitida... Papá... ¡Por Dios!, papá, ¿qué has hecho?...

Estaba enfermo, muy enfermo. Mi cuerpo se deshacía. Necesitaba un donante, un donante que me entregara todo su cuerpo. Además debería ser un cuerpo que pudiera adaptarse a mi cerebro. El cuerpo de algún familiar cercano... Por eso no me permitieron exhumar el cuerpo, por eso me sugirieron llevar la barba y no quitarme las gafas. Para que yo creyera que la semejanza con mi papá era la cosa más normal del mundo, la semejanza entre padre e hijo. Para no saber lo sucedido. Para no enloquecer...

¡Dios mío! Al principio tuve ganas de saltar desde la terraza, pero me he contenido. Mi papá no lo hubiera querido. Hubiera querido que yo siguiera viviendo. Viviendo una larga vida.

Y si yo había sobrevivido no fue por el incubador sino por mi padre. El incubador solamente nos unió. Y yo tengo padre. ¡Tengo!

Debo protegerme de la depresión emocional. Eso han dicho los médicos. Debo estar tranquilo. Pero estoy tranquilo. Incluso aquí, en el sector noveno, fila quinta, delante de la pequeña, muy pequeña lápida de cobre.

Y la lluvia sigue cayendo... Es como si las gotas estuvieran penetrando en mi conciencia, como si se unieran conmigo, y me convirtiera en lluvia.

Estoy andando. No oigo mis pasos. Incluso no oigo el retumbar de los truenos. No, no estoy emocionalmente demolido; estoy tranquilo ¿no? Ni siquiera estoy llorando. En realidad no sé... ¿Es necesario llorar? No, apenas es todo este cielo deshecho. Es posible que sea simplemente la lluvia.



Traducción: Tanya Mileva y “Equipo Axxón”


Ivaylo Ivanov es búlgaro, tiene 35 años y ejerce su profesión de abogado en Burgas, una ciudad a orillas del Mar Negro. Ivaylo ha ganado varios premios nacionales en su país y sus cuentos se publicaron en revistas y antologías búlgaras de ciencia ficción. Recientemente se editó una colección de sus relatos bajo el título Herraderos y es, en opinión de Khristo Poshtakov, uno de los escritores más promisorios de Bulgaria.


Axxón 172 - abril de 2007
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ficción Especulativa: Cruce de realidades: España: Español)

            

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