La llanura de las Ficciones : Libro 1 : El sueño de los Césares

CAPITULO VII - UNA CALLE LARGA QUE NO CONDUCÍA A NINGÚN SITIO

La Calle Larga de Barracas[4] destacaba por hallarse flanqueada de residencias monacales y de prados floridos. Estaba oscura, porque la noche había caído y los árboles a los lados formaban una techumbre de brazos sobre el enarenado camino. Nada se divisaba, ni luces, ni formas, tampoco algún ser vivo.

Detuvo Funes el tranco en un punto donde debía, supuestamente, erguirse el señorial edificio del acaudalado benefactor. Oteó Facundo el claro, y cuando el resplandor de la luna desembarazó las tinieblas y derramó su violácea luz sobre el fundo, la silueta de la casa asomó.

—¡Allí está! —gritó Facundo—. ¡Ésa es!

Y tras apearse sin dificultad, traspuso el portal, superó la verja cargada de enredaderas y de madreselvas, y cruzó a la carrera el herboso espacio que separaba la casona del camino. Sí: el largo y agotador camino desde San Juan, una travesía que había durado meses, llegaba a su fin en ese prado, ante esos muros. Lo esperaban una nueva familia, un nuevo colchón mullido, una mesa flamante engalanada con manteles de hilo, cristalería y fina loza, y pesados cortinados de terciopelo en las ventanas. Su tío y su gruesa tía se ocuparían de él y, quizá, por un mágico efecto (cualidad que siempre ligaba con los adultos) resolvieran todas las cosas.

—¡Tío! —gritó—. ¡Tío Lisandro! ¡Soy yo, Facundo! ¡Papá y mamá están…!

Pero calló súbitamente, y toda declamación se ahogó en la garganta.

La puerta estaba entornada, descerrajada a tiros, y dejaba el paso libre hacia las tenebrosas entrañas de la morada. ¡El interior! La estancia carecía de techumbre, y a través del hueco abierto se veía el firmamento salpicado de estrellas. El techo se había derrumbado. No había ventanas, sino agujeros negros; tampoco había puertas, ni colgaduras, ni mobiliario. El pavimento estaba cubierto de trozos de madera, de vigas y de escombros, y la cizaña crecía sin trabas en todos los rincones.

La carita mugrienta elevó sus claros ojos, y ellos recorrieron el entorno, mientras mocos pendían de sus orificios nasales. ¿Qué había sido de su tío, y de la tía, y de los primos, cuyos rasgos recordaba difusamente? Buscaba a quienes habían regenteado la casa de San Juan hacía tiempo, y las remembranzas las extraía de esa visita. Estarían, de seguro, muertos, o exiliados, o se habrían marchado por causa de alguna de las tantas guerras civiles que daban vueltas por ahí. Sabía de tales enfrentamientos, aunque no los entendía.

Con rostro cansino, tornó al camino donde aguardaba la carreta. Funes permanecía encaramado en el pescante. Entonces, el hombre de aspecto rudo se apeó.

—¿Y? ¿Está el tío?

—No, señor —dijo Facundo.

—¿Preguntaste a los criados por él?

—No hay criados... —informó Facundo, débilmente.

—Alguien debe haber —insistió Funes.

Se hizo un silencio. ¿Cómo decirle que la casa estaba vacía y en ruinas, que no habría recompensa, ni comida, ni bebida, ni siquiera un cojín donde pasar la noche antes de seguir viaje?

—No hay nadie...

—¿Qué? —interrogó el gaucho, sin dar crédito a la negativa.

—No hay nadie… Se fueron… O murieron…

—¿Naides? —exclamó, perdiendo el control—. Y, ¿dónde pueden estar?

—No lo sé.

El hombre empezó a perder la compostura y a encenderse. Facundo había esperado ver rostros afectuosos y brazos confortantes, pero el sueño se había desvanecido en la casa. Ahora a su frente tenía otra vez el rostro de pesadilla de Funes. Y en el sujeto no iba a encontrar ni consuelo, ni comprensión, ni paz.

—Pero: ¡debes saberlo! Tal vez tienen otra casa en la ciudad, en el pueblo de Flores o en San Isidro, y volverán pronto.

—No sé de otra casa... Y por el estado de ésta, debo decirle, señor, que hace tiempo que nadie la habita, y que nadie vendrá en lo inmediato.

—¿Cuánto tiempo hacía que no los visitabas?

El pequeño demoró en responder: algo estaba mal.

—¡Habla!

—Hace... cinco años.

Los ojos de Funes casi se salieron de órbita.

—¿Cinco años? —se exasperó—. ¡Pero habrán mediado mensajes, cartas en ese tiempo!

—No señor: en San Juan hacía cinco años que no sabíamos nada de ellos.

La ira, controlada hasta este minuto, afloró. ¡Cinco años! ¡Sin verse los rostros, sin cartas, sin señales de vida! Natural era que se hubiesen mudado, exiliado o muerto. ¡Sin noticias durante tanto tiempo, y a 319 leguas una casa de la otra, cualquier cosa era posible!

—¿Cómo pudiste convencerme —gritó, cogiéndolo de la muñeca— de traerte hasta alguien cuyo rostro viste por última vez cuando tenías cinco años, y del que no tienes noticias desde hace igual lapso?

—Vivía entonces aquí… —se defendió el muchacho—. O al menos, eso creo...

—¿Crees? ¿Tampoco estás seguro?

—Vivía en la Calle Larga... Eso recuerdo... Y creo que ésta era la casa...

—Debes saber sobre amigos o conocidos donde pueden estar alojados u ocultos —díjole para no tronchar su recompensa—. ¡En cualquier sitio que se encuentre me pagará por ti, y con él te dejaré! Por lo demás, es asunto tuyo…

—No… —se echó atrás el crío, balbuceando.

—¿Qué pasa? —bramó Funes, colérico.

—En realidad, señor, en cuanto al dinero, poco importa si es la casa porque... no es cierto…

—¿Qué cosa no es cierta?

—El dinero…

Las facciones de Funes se marcaron y la piel se retrajo en el rostro, pronunciando los pómulos y la frente prominente.

—¿Cómo es eso? —preguntó el hombre, iracundo.

—Mi tío no tiene un cobre, señor: es más pobre que usted y que yo… —confesó el mocoso entre sollozos.

—¡Ay, juna! —exclamó—. ¡No puede ser! ¡Quieres evitar que él gaste su dinero y escaparte para encontrarte con él! Esta no es la casa de un hombre que sufra privaciones.

—No se deje fiar por lo que ven sus ojos —y rompió a llorar—: estaba en apuros económicos desde que el Restaurador le confiscó las estancias y los ganados que tenía… Últimamente orillaba la miseria más vergonzante… Eso me dijo tatita... Le mentí...

Los ojos del sujeto se volvieron de color carmesí. Facundo advirtió que el hombre lo castigaría nuevamente y, esta vez, con mayor crueldad que en las anteriores ocasiones. Quiso escapar. El ademán fue inútil: Funes lo asió fuertemente, lo zamarreó primero y luego descargó su mano sobre el muchacho, una y otra vez. Había sido engañado, engatusado: castigo divino por las argucias que él había empleado asiduamente con otros cristianos. No habría monedas tintineantes: tampoco había un tío. Y si éste era resultado de la imaginación voladora del niño, poca diferencia había. Pero, incluso más: ¿qué haría con el huérfano?

¡Sí! ¡Lo entregaría en guarda a la Sociedad de Beneficencia! O le propinaría una patada en el trasero y lo lanzaría a la calle. ¡No menos se merecía!

El chicuelo estalló en gritos tras la golpiza. Funes, tras el desahogo, quedó sosegado, a su lado. Jamás el guacho había gritado, hasta ahora; los chillidos anunciaban que la zurra había sido desaforada, y superado en crueldad a las otras. Y con el sollozo quedo del niño como fondo, Funes se tomó la cabeza y lamentó su suerte. Ahora no sólo no tenía en su mano las cantantes monedas prometidas; no sólo no tenía ninguna moneda, sino que tenía a esa sabandija prendida a sus pantalones.

Entonces, vino a su mente el pensamiento de que siendo pobres ambos, entre iguales en condición no podía haber mezquindad, ni retaceos. Era oprobioso eso de que los desventurados tuvieren que conformarse con las migajas que caían de la mesa, pero más lo era que pelearan como fieras hambrientas por esas migajas. Esa era una pelea de lobos, de criaturas de la noche desposeídas, que tenían iguales predadores, compartían el mismo terruño y a las cuales las necesidades urgentes podían henchir también de egoísmo a la hora de quedarse con la presa. No había nada peor para un pobre, pensó, que otro pobre devenido en lobo, y en ave de rapiña; al no poder sortear la distancia que existía entre sentarse a la mesa de los amos y conformarse con las sobras, donde debía abundar la generosidad, algunos se volvían feroces con sus pares más desfavorecidos, los únicos de los que podían abusar. El mismo era el claro exponente de ello: él, cuando desplegaba argucias y trampeaba para obtener una diferencia; él, cuando ocupaba el tiempo en los boliches y se recostaba en la comodidad de que su esposa proveería el sustento; él, cuando golpeaba al chicuelo, y lo disminuía, y lo mortificaba.

Volvió a sí mismo. ¿Era culpable del ostensible maltrato y del desprecio; de que, como trabajador que era, errase sin trabajo, y teniendo dos brazos fuertes, no pudiera emplearlos para ganar el pan? A la sazón, decidió (aunque con escaso convencimiento), amparar al niño, reparar las afrentas propinadas contra esa diminuta personita y conducirlo a su propia casa.

—¡Cállate! —le gritó, avergonzado—. Vendrás conmigo. Aunque mi esposa me matará cuando conozca que te acogí.

Se acercó a Facundo, lo tomó por la barbilla y calmó sus ahogos. Ahora sonaba fraterno, afable y sosegado. Extendió la mano al mocoso para que subiera a la carreta. Y tras agitar la vara, los bueyes, mudos testigos de lo que había ocurrido, echaron a andar por el sendero.

La casa de Funes estaba próxima a la Calle Larga. Por eso, el conjunto siguió por ella.

A poco de andar, ante un terreno en el que señoreaba el descuido y donde los pastales crecían sin trabas, los brutos se detuvieron. Allí, entre las tinieblas, se alzaba un rancho sórdido: el techo era de paja, las paredes estaban revocadas con estiércol y la ramada parecía que estaba por derrumbarse. Un punto de luz prendió en el interior de la morada y, a continuación, emergió una mujer de ropajes sencillos y carácter parco. La alegría del hombre fue rápidamente interrumpida por las recriminaciones y los exabruptos de su esposa, porque su arribo debía haber ocurrido hacía semanas. Pero el gaucho logró atemperar el ímpetu de la mujer y, finalmente, provocar el abrazo postergado.

A los segundos, el niño de ambos aterrizó ante su mamá y ésta se deshizo en manifestaciones de afecto. “Mamita —gritó el chicuelo—: en la carreta hay otro niño y tatita dijo que vivirá con nosotros”. Tras este anuncio a viva voz, Facundo, llevando una traza penosa, se colocó ante los ojos de la mujer, de nombre Susana. Ésta, desorientada, miró la faz de su esposo pero el bribón no pudo rebatir la afirmación de su prole: sólo bajó la cabeza y asintió con ella.

“Es huérfano… No tiene a naides…”, interpuso Funes intentando ablandar a su mujer. “¡Un guacho despilchao[5]!”, exclamó, rabiosa. “¿Cómo lo mantendremos? —tronó a continuación—. ¿Acaso tú te procurarás un trabajo para mantenerlo? ¡Apenas si puedes mantener a tu propia familia! Y en verdad, ¡no la mantienes! ¡Gaucho vago y chancleta! En San Juan, si no trabajaba yo, no comía naides”.

Facundo se quedó quieto, escuchando el enfado furibundo de la mujer que el hombre no sabía contener. Ese era el seno del hogar que lo agogía.


Ciertamente, los siguientes meses en la humilde casa de los Funes no pueden estimarse placenteros ni felices. La compañera del miserable hombre, Susana Reyes, hacia gala de un temperamento poco menos que tiránico. Escasas las provisiones para los naturales de la familia, y no consiguiendo el esposo reunir lo suficiente para sustentar las manutención de los suyos, el clan afrontaba, ahora, tener que alimentar una boca más. La que más se resistía a esta idea era la mujer. Y no escaseaban razones para ello.

A poco de llegado, la esposa ya podía decir de su marido que tenía fama de haber recorrido todas las pulperías de la ciudad y de la campaña; de entrampar a sus adversarios en los juegos, y de no procurarse una ocupación que le reportara algunas monedas. Mientras ella pasaba el día ocupada en los quehaceres domésticos y fregando y cosiendo para damas de la sociedad, el consorte masculino deambulaba por las tabernas llevando una vida ociosa. De esta manera, las promesas de prosperidad material manadas alguna vez de la boca del varón, jamás se materializarían.

Cuando una mañana, portando su viejo vestido gastado y harto remendado, discurrió con una vecina sobre las actividades de su esposo, la lindera le dijo: “He visto a tu esposo esta mañana, ebrio como una cuba, armando trifulcas por ahí”. Susana la miró con cierto escepticismo, entremezclado con una irrefrenable sensación de ira: el muy ladino y mentiroso se había marchado temprano, asegurando que iba a dirigirse a un tambo cercano por un empleo. ¡Y helo por ahí! ¡Deambulando borracho por las pulperías cuando bien ese tiempo podía destinarlo para una labor! Furibunda, se encaminó hacia el rancho: avistó en la galería a Facundo y sobre éste descargó su rabia.

Mucho y fatigoso era tener que alimentar a todos los de la casa, como para tener que velar por uno más, con el que no la unía vínculo alguno, ni biológico, ni contractual. ¿Qué necesidad u obligación tenía de ocuparse de un chiquillo ajeno, malcriado y harto hambriento siempre? De todas las cosas absurdas que su esposo había realizado, la de haber acogido a un niño extraño era la más inadmisible de todas.

—¿Qué haces? —espetó la mujer, de bello y juvenil rostro, con dureza—. ¿No te dije que fueras al río, cargaras las cubetas con agua fresca y las trajeras aquí, sin demora?

—Me encontré con unos hombres —le dijo el niño—, que viajaban en un coche lujoso, y me entregaron unas monedas…

—¿Monedas? —repreguntó, con igual crudeza—. ¿Qué monedas?

El pequeño extrajo las sonantes monedas del corroído bolsillo de su pantalón: estaba, prácticamente, desnudo, sin calzado, con los pies lacerados por los guijarros y las maderas. Y más andrajoso de los tobillos hacia arriba.

En el instante en que las piezas relumbraron en la manita del chicuelo, los ojos de la mujer se desorbitaron de codicia, y con un certero movimiento de mano las apropió para sí.

—Yo me quedaré con ellas —dictó.

—Pero —repuso el niño, bamboleando los brazos para arrebatarles las piezas—, ¡son mías!

—¿Tuyas?

Algo análogo a una sonrisa malévola se dibujó en los labios de la mujer.

—De este dinero me cobraré lo que he gastado en ti. ¡Yo determinaré qué es tuyo y qué no lo es! Vete al río.

Y se marchó.

Pero Susana Reyes, mujer de Funes, hizo más que eso. Hacía varios meses que el guacho vivía en la casa. Dormía en el suelo, sobre unos cojines malolientes, que compartía con una población de pulgas, con los perros de la casa y con las parásitos de éstos. Comía en un plato de metal, donde la exigua ración del día se mezclaba con los restos de la de días anteriores. Y cada nuevo día la abyecta mujer lo despertaba cuando el alba; entonces, lo forzaba a barrer los suelos, tender las camas, traer leños, cargar pesados cubos de agua, cocinar y lavar, cuando no lo enviaba a la ciudad a mendigar. Sin embargo, a pesar del empeño que ponía Facundo, siempre había razones para un regaño o para una tunda. Finalmente, decidida a deshacerse del mocoso, aprovechó una ausencia de su marido para disponer de él antes de que tornara.

Se anotició en una de las casas de la calle Restaurador (donde moraba una de las damas de alcurnia para quien lavaba y cosía) que una expedición de hombres arrojados, aunque algo delirantes, se aprestaba en el Hueco de Lorea para viajar al oeste. La comitiva partiría hacia Tierra Adentro (una mención que originaba espanto en quien la escuchara), siguiendo una recreada y alocada ruta del oro, y estaba sumando cargadores y excursionistas. ¡Era una oportunidad inigualable para librarse del mocoso! Nada mejor, para evitar futuras reclamaciones de la familia de sangre (si algún pariente provinciano quedaba con un hálito de vida), las pesquisas de las autoridades y hasta una absurda intentona de su esposo por reintegrarlo, que remitirlo lejos.

Se deslizó hasta el Hueco de Lorea. Cuando llegó al punto, vio una tropa de guardias nacionales y rememoró los recientes hechos políticos que habían tenido lugar en la provincia. Los hijos de Buenos Aires y de la Confederación se habían batido en los campos de Cepeda, y la derrota de los primeros había puesto fin a la separación. ¡Otra guerra! Otro campo de batalla para los libros de historia. Y no era el último.

Arrastrando su imagen de mujer miserable y de inferior ralea, avanzó por entre las carretas, los bueyes y las mulas, todos éstos mezclados. Al pasar, escuchó repetidamente una mención de boca de los cargadores, Ciudad de los Césares, y fue la primera vez que oyó de ella. Por esa razón no unió la nominación con un antecedente conocido. Peticionó a uno de los cargadores, hombre de rostro achinado y faz curtida por el sol, encontrar a quien dirigía el contingente. Lo halló: permaneció con él. Detenidos en el medio de la plaza, dialogaron durante largo rato. La plática fue animosa, y cuando Susana se volvió para marcharse, lo hizo satisfecha, guardando una abultada suma en metálico en el bolsillo.

A las dos horas, un jinete abandonaba el prado del rancho de Funes, con el crío en su regazo, y enfilaba por la Calle Ancha en dirección al centro de la ciudad. Pero el plan no le resultó a la esposa tan acabado como lo había urdido porque en el minuto exacto en que el negro corcel se echaba al galope con la presa, el marido bajaba por el camino en dirección al rancho.

Tan pronto como Funes avistó al chicuelo encaramado en la montura del jamelgo delante de un circunspecto montador, la expresión de su rostro abandonó la exultante (y ebria) complacencia que traía. Abrió grandemente los ojos, los músculos de su faz contrajeron su boca y observó, sin comprender lo que ocurría, al jaco iniciar una marcha rauda, como fugitiva. Echó a correr, en diagonal, hacia el caballo, mientras su esposa, que contemplaba la escena desde la rústica morada, descendía al camino, con los brazos en alto, declamándole a su esposo que se serenara y que diera rienda suelta al curso de las cosas.

Siguió Funes al jaco durante un trecho del camino, hasta que detuvo su andar al reconocer la inutilidad de su esfuerzo, pues la visión del potro se difumaba, más y más, en la lejanía.

sigue...


[4] Actual avenida Montes de Oca. [↑volver]

[5] Andrajoso. [↑volver]

            

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