La llanura de las Ficciones : Libro 1 : El sueño de los Césares

CAPITULO VIII - UNA EXPEDICIÓN, FUERA DE TIEMPO, SE PREPARA EN BUENOS AIRES

Cuando Facundo volvió en sí, sintió dolores en su cuerpo. Unas tablas duras se le clavaban en las costillas. Por el oscilar del suelo, y por los nimbos grisáceos que observó según alzó la vista, tuvo la primigenia impresión de que se encontraba en el interior de un bote. Se incorporó, y avistó la sucesión de caseríos que quedaba en la orilla, y las agujas, y las torres, y las cúpulas destacando sobre la edificación achaparrada.

Pero no era un bote, sino una carreta de grotescas ruedas, tirada por un tranco de matungos lacerados y enfermos. Y el transporte se encontraba en medio de un océano dulce, el río de la Plata, y se adentraba más y más en él. Era poco profundo pero a diferencia de otras acumulaciones de agua, era ancho, tanto que los naturales del país proclamaban ser soberanos sobre el río más ancho del globo.

Un gaucho grosero y pendenciero, montado en uno de los bichocos, entre pullas y chanzas, golpeaba a las bestias. Y aunque los términos soeces del vaquero azoraron a Facundo, similar efecto no causaron en los hombres que se apiñaban en el transporte. Estos, toscos y mordaces, también mascaban tabaco negro y poca atención prestaban a las palabras del gaucho. Uno tenía la vista puesta en el infante: era el mismo sujeto que lo había cogido de la casa de Funes, por entrega de su fementida esposa.

El hombre lo había llevado hasta la ribera, rebosante de barcazas, de desvencijadas carretas y de negras que restregaban la ropa de sus amas en las piedras. Allí el mocoso había andado entre rostros desconocidos de ramplones que cargaban enseres y provisiones en carruajes y botes, un cargamento que tenía como destino final al bergantín Famaillá; hombres que, acabada la faena, se habían echado para fumar sus pipas y beber ginebra holandesa mientras esperaban la orden de embarcar. En el sitio lo encontró el anochecer, rodeado de extraños que lo ignoraban. Se había acostado en el muelle, ese espigón que se adentraba en el río delante del edificio semicircular de la Aduana (otra de las recientes obras de la separatista provincia) y en esta pasarela, cerrado los ojos.

Los había abierto repetidamente en la noche, cuando una risa o las voces de dos hombres que platicaban próximos a él, para volver a cerrarlos inmediatamente. Mamita Amalia estaba aterrada y los hombres malvados estaban llegando. La casa estaba ardiendo y tenía que darse prisa, mucha prisa, porque los soldados rebullían aquí y allá, y vigilaban los caminos. Mas no restaba nadie y él sentía miedo, y no podía darse prisa. Y Funes que no encontraba el sendero en medio de la noche; y lo golpeaba, y le gritaba. Pero cuando abría los ojos no era a su madre, o a su padre a quienes veía, sino caras desconocidas que balbuceaban palabras, labios que se movían pronunciando dictámenes respecto a su estado.

—Tiene fiebre. Delira. En esta condición no podemos llevarlo. ¿Por qué recibió al pobrecito?

Y una mano candorosa retenía la propia. La voz suave decía con tono acariciador: “Duerme”, y la mano ponía un paño frío en su frente. Se encontraba en una cama, con la cabeza apoyada en una almohada mullida. Su cuerpo era acometido por rachas de frío que se alternaban con otras de calor. Siempre que Facundo abría los ojos decía: “Mamá”, y la voz le contestaba: “Ella no está aquí”, y se acordaba de que Amalia ya no existía, que la casa era un mar de fuego y que debía escapar, escapar. Pero no podía. Unas veces el ambiente era oscuro; en otras, una luz lo enceguecía.

Al tercer día estuvo mejor, y visualizó el rostro de quien había velado por él. Se trataba de un hombre joven, de unos veintitantos años. Llevaba largas las patillas, el pelo enmarañado y tenía unos ojos verdes diminutos. El hombre estaba con la cabeza inclinada sobre un cuadernillo: su mano, apoyada en el papel, trazaba cuidadosamente unas líneas. Cerró el cuaderno apenas se percató de la conciencia del muchacho.

—Nos diste un gran susto —le comunicó el joven.

Pero no hubo tiempo para más atenciones. El mismo sujeto que lo había robado de la casa de Funes (que se apellidaba Martínez, según extrajo de soslayo de una conversación) penetró a la hora en el cuarto y le comunicó que debía ponerse de pie. Débil aún, lo hizo. Salió de la casilla que lo había cobijado durante su convalecencia: trémulo, caminó hundiendo los pies en el barro y en el liviano musgo, y accedido a la carreta.

Tras el tramo en el transporte, en medio del río el contingente abordó una chalupa. En ella se aproximó al bergantín Famaillá, el destino final. Era ineludible aquel traspaso en razón de que las aguas del Río de la Plata eran barrosas y poco profundas, y las embarcaciones de calado estimable corrían el riesgo de encallar si se aproximaban demasiado a la costa.

Una vez en cubierta, un hombre grueso, de mediana estatura y facciones europeas (después sabría que era el capitán, Fausto Haliford) se aproximó a Facundo, secundado por el mentado Martínez que lo había cogido en tierra.

—¿Un niño? —inquirió el primero a su lugarteniente—. ¿Qué haré con un niño? ¡Hombres sanos y fuertes necesito!

—Pues —le contestó el otro—, por la paga que ofrecía nada mejor pude conseguirle. Mírelo —y tomó las manos de Facundo—: estas manitas pueden serle de utilidad para pelar papas, lavar su ropa y hasta cargar algunos objetos pesados. ¿No dijo que todos los brazos eran útiles?

—Sí —contestó el principal, molesto—, pero los niños no sirven para nada —y habló al mocoso—. ¡Conque tú fuiste el motivo de mi demora! Porque sabes que tu estado le quitó el sueño a mi joven naturalista, Casavalle… ¡Mi pronóstico no fue desacertado! —acotó volviéndose hacia el otro sujeto—. Los chiquillos lloran, se enferman y no miden las raciones… ¿Cuál es tu nombre? —girando otra vez hacia el infante.

—Facundo Borda…

—Es huérfano —ilustró el secuaz—. La mujer que lo tenía me dijo que su familia en San Juan era de prosapia, pero que ahora nadie daba un céntimo partido al medio por él. Un gaucho bruto lo recogió. El muchacho lo engatusó con mentiras de que unos parientes en Buenos Aires le pagarían una buena suma por él. Engañado en su confianza (porque esos parientes sólo existían en la imaginación del crío), lo entregó a su esposa para que lo cuidara, mientras él se emborrachaba en las pulperías. Y la perversa mujer lo trocó por unas escasas monedas. Verá usted, en este relato, que el muchacho es mentiroso, temerario, y de un temple de acero.

—Un guacho —aseveró el principal—. ¡Eres un convincente fabulador! Pero no resulta difícil engañar a uno de esos gauchos haraganes y alborotadores, aunque quizá deslumbre el hecho de que haya sido una persona tan joven como tú el autor del embuste. No pareces un niño remilgoso y chillón, sino un hombrecito resuelto.

Tras dar unos giros, se convenció de transportar al chicuelo y de valerse de él.

—Tu lugar será la bodega —le ordenó—. Pero las raciones no te pertenecen. Durante la mañana limpiarás la cubierta; luego te presentarás ante mí para servirme. En las comidas distribuirás los panes, y cuando los hombres se levanten para escanciar las copas, derramarás en ellas el vino embriagante, y soportarás con estoicismo sus pullas y ramplonerías. Si alguno cae abatido por la bebida, lo cargarás y lo ayudarás a arrastrarse hasta su jergón. Luego, comerás tú, pero ni una medida más de la que te sea servida en el plato.

Dicho esto, el que mandaba se dio vuelta hacia Martínez. El muchacho era cosa del pasado.


Durante los días que siguieron, el bergantín Famaillá se convirtió en su hogar, y en su prisión. Cada jornada era un interminable barrer suelos, tender camas, trasladar provisiones desde la bodega hasta la cubierta y servir al capitán Haliford hasta en sus más nimios caprichos. Y estas faenas las realizaba Facundo con especial esmero. Iba prácticamente descalzo, vuelto un desarrapado, con el claro cabello ensortijado y largo. Unas veces relumbraba el ardoroso sol y el mar estaba quedo; en otras, una ventisca meneaba el barco con furor, y Facundo se deslizaba por la cubierta, mojado de la cabeza a los pies, cargando cubos o enseres, afrontando el riesgo de resbalar. En otras oportunidades era aventado a la bodega (cuando los hombres estaban reunidos en el camarote del capitán, departiendo o engullendo los alimentos) y tornaba con botellas de ginebra y de cerveza en su regazo. "¡Corre! ¡Muévete!", le ordenaba Haliford y el chiquillo, solícito, corría hasta el depósito, cogía las bebidas pretendidas y volvía con ellas. Quizá le permitían permanecer, o se burlaban de él, pero sin crueldad, y el mozuelo se enorgullecía de poder participar de la plática de los mayores.

Por quien más predilección sentía de todos los tripulantes era por Gabriel Casavalle, el mozo que había velado por él cuando la enfermedad. Repetidas veces lo encontraba descansando en la cubierta, o enfrascado en sus anotaciones, o en sus garabatos. Su pelo era de tono ceniza, revuelto, como el suyo; detentaba dos pequeños pero suspicaces ojos verdes; su cutis era, en origen, rosado, aunque ahora estaba bronceado por el sol; sus manos eran delicadas, como las de una muchacha, e iguales de finas eran las facciones de su rostro.

Era el único individuo ilustrado del barco, estudiante de Derecho y aficionado al naturalismo. Había sido empleado de una firma comercial inglesa, pero renunciado ante el tedio y la monotonía de la tarea; entonces, había regenteado la casa de comercialización de granos y de carnes de su padre, "Casavalle y Cía.". Allí descubrió que la compra y venta de artículos en el afán de alzarse con una diferencia no era lo suyo. Se enroló en las filas de los aspirantes a juristas y doctores, actividad que encontró más afín con sus aspiraciones. Pero también había despertado en él una afición por las especies de la naturaleza. Conocidos de su padre, funcionarios del Gobierno porteño, lo escogieron para integrar la novedosa expedición del capitán Haliford que se adentraría en el Sur, territorio donde restaba consumar la soberanía nacional.

Sin embargo, Haliford no realizaba aquella excursión para el beneficio exclusivo de la Nación, sino que anteponía su propio interés. Había convenido con las autoridades de Buenos Aires (a cambio de los fondos para costear el viaje) el relevamiento de las tierras que visitare, la colección de especies y el trazado de cartografía que diera una cabal idea de la toponimia de las tierras que se extendían al Sur. A cambio, el gobierno le había provisto el metálico necesario para llevar a cabo estas cosas y otras, y eran las últimas las que realmente le atraían. Iba tras la onírica Ciudad de los Césares, postrera leyenda americana que había estado en boga hasta finales del siglo anterior y que Haliford había desempolvado.

—¿A dónde nos dirigimos? —interrogó Facundo.

—¿Ignoras el motivo principal de esta expedición? —introdujo Casavalle, con sorpresa.

El niño no respondió pues era manifiesto que lo ignoraba.

—Pues, "nuestro" capitán encontró nuevos indicios, expedientes antiquísimos, informes trazados por manos doctas que relatan sobre una plaza que se encontraría en el interior de la Cordillera Nevada, cruzando la meseta patagónica, y que los antiguos llamaron Ciudad de los Césares. Su nombre parece evocar, hasta con cierta jactancia, a los emperadores de Roma, pero así se la llamó, en realidad, porque quien por vez primera relató de ella tenía por nombre Francisco César, hombre de la expedición de Sebastián Gaboto.

¿Emperadores romanos? Pues, por lo poco que recordaba, Roma era una ciudad legendaria que se encontraba en Europa, no en Argentina. Y sus emperadores habían vivido hacía mucho tiempo ya. ¿O le parecía? Y, ¿por qué "Césares"?

—¿Césares?

—"César" era el título de los emperadores romanos.

—¡Ahhhh! —exclamó el chiquillo.

—Pero, ¿de dónde eres?

—De San Juan.

—¿Qué hacías en Buenos Aires, entonces? —le preguntó Casavalle, sorprendido—. ¿Sabes que la mujer que te cuidaba te entregó a nosotros? Comentan que eres un embaucador irredento.

—No lo sabía —respondió Facundo, con cierta desilusión—. Bajé a Buenos Aires en busca de mi tío, pero no encontré a nadie... Embaucador, ¿irredento? —preguntó, sin cabal conocimiento del significado de la afirmación.

—Un mentiroso incorregible —aclaró—. ¿Y tus padres?

—Murieron... Unos hombres villanos lo hicieron... Hubo un gran lío, cuando sacaron al gobernador... ¿No lo supo, usted?

Se hizo el silencio. Casavalle no percibió pena o aflicción desmedidas en el chicuelo. Por el contrario, su temple parecía ser del más fino acero. De otra manera, ¿cómo habría resistido la interminable travesía desde San Juan a Buenos Aires? Porque el instinto de supervivencia lo había hecho persistir y viajar a la llanura. Pero el peregrinaje había tenido por epílogo fatal los fríos y silenciosos muros de la Calle Larga de Barracas, paredes que no había alcanzado a conmover para que le intimaran sobre el paradero de sus antiguos amos. Y aferrado a la vida debía estar cuando la enfermedad, y la fiebre, y la fatiga, lo habían hostilizado sin tregua durante dos días con sus noches. Derrotados, se habían marchado, diciéndole: "Te respetaremos esta vez; no nos retes de nuevo".

—¿Hacia dónde vamos? —volvió a interrogar el pequeño.

—Primero recalaremos en El Carmen o Patagones, una pequeña villa a orillas del río Negro. Luego navegaremos siguiendo la costa hasta el río Santa Cruz, para remontarlo hacia el Oeste, hacia las altas montañas, hasta el lago Viedma. Seguiremos el itinerario que hicieron dos hombres hace unos veinticinco años, Darwin y Fitz Roy, a bordo de un barco de nombre Beagle. Y esperamos llegar más lejos que ellos; ambos emprendieron el retorno a la altura de la que llamaron la “Tierra Misteriosa”.

—¿Allí encontraremos la Ciudad de...?

—No lo sé —contestó Casavalle, volviéndose hacia el mar—. Es cosa de locos —confesó—. En reiteradas ocasiones numerosos hombres la buscaron, mas no la encontraron. Ideas tales fueron abonadas en los tiempos de la Conquista, pero ahora, a mitad del siglo diecinueve, es irracional pensar en la existencia de una plaza tal, por más novedosos documentos que obren en poder de Haliford apoyando la tesitura.

Y giró, otra vez, hacia el mozuelo.

—Según la leyenda —contó, como si le relatase detalles de un cuento de hadas—, en la ciudad moran hombres de piel blanquísima, cabellos albos y ojos claros, que no mueren sino muy viejos. Habría prados floridos cargados de árboles frutales y de rebaños, y casas con techos de oro, y sitiales de plata… El capitán Haliford pretende obtener una porción de esos tesoros.

La descripción agradó al niño, que abrió desmesuradamente los ojos.

—¿Por qué estás aquí?

El joven de sucias gafas giró lentamente.

—El gobierno de Buenos Aires me encomendó a Haliford para que recabe informes sobre los animales, el terreno y la flora de la región… No encontraron a otro loco que quisiera hacerlo. Viajamos a un sitio donde las cosas no tienen nombre (al menos, nombres en español), una tierra de vericuetos y rincones que no regaló aún un solo mapa. Al menos, uno verosímil. Cuando nos encontremos con sus montañas y sus mares internos, ellos serán los asombrados y nos recibirán diciendo: “Al fin llegaron; los años se acumularon y sumaron milenios, y en todo ese tiempo permanecimos aquí, inmóviles, esperando ver el rostro del primero que llegara desde el mar”. Ese territorio corresponde a la República y es su derecho recorrerlo y conocer hasta donde llega, para delinearlo. El gobierno se vale de este viaje para propósitos propios.

Poco entendió Facundo de la disquisición. Sólo tuvo el efecto de que había insalvables distancias entre el joven naturalista y el avezado capitán del barco. Uno no tenía más interés que el científico; el otro respondía a un provecho netamente personal, pues el mito refería a una ciudadela rebosante de metales preciosos, último refugio americano de una civilización extinta, o de rebeldes que no habían querido obedecer al Rey español de turno.

sigue...


            

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