La llanura de las Ficciones : Libro 1 : El sueño de los Césares

CAPITULO X - TRAVESÍA POR MAR. TIERRA ADENTRO Y LA HENDIDURA DEL RÍO SANTA CRUZ

El Famaillá había afrontado algunas dificultades para abandonar el río de la Plata, pero al final, había ganado la mar. El plan era perimetrar la costa patagónica hasta el estuario del río Santa Cruz; allí, pasar a embarcaciones más pequeñas, trepar la corriente hasta la naciente y descender en el punto.

Tras unos días de navegación, el bergantín recaló cerca de El Carmen o Patagones (un hito en el largo camino hasta la Cordillera Nevada) y Haliford ordenó el descenso para seguir a pie y aprovisionarse en el poblado. El enclave era un oasis relegado del mundo en medio de un desierto seco y hostil; parador obligado de las tropas de mulas que se dirigían hacia el Oeste, o de los barcos que navegaban el océano. Allí se aglomeraban marineros, desertores del ejército, criminales escapados, contrabandistas, loberos, balleneros, peleteros, comerciantes de sal, gringos y criollos, blancos e indios. Se alzaba sobre el río Currú Leuvú o Negro, a 18 millas de su desembocadura y era un villorrio miserable de casas de madera.

Los hombres del Famaillá pusieron pie en tierra para hacer acopio de víveres. Aprovechó Facundo el estancamiento para descender, después de varios días en los que sólo había visto el mar a su siniestra y la monótona línea costera a su diestra. Gabriel Casavalle, cuando el anclaje, también abandonó su camarote y descendió para seguir hasta El Carmen. Era una mañana ligeramente gris; el sol calentaba a través de las nubes no demasiado cargadas que surcaban el cielo. El chicuelo, de inmediato, secundó al joven en el camino hacia la villa.

Apenas Gabriel vio las sórdidas casas de madera elevándose en la terraza escarpada que descendía al río, el medio pedregoso y árido, y el ancho valle que entraba en el territorio, rememoró sus lecturas del viaje de Charles Darwin y sintió una honda emoción. Todo era tal cual lo había descrito el célebre naturalista. Para esta salida, su texto de cabecera era Viaje de un naturalista alrededor del mundo; traía consigo un ejemplar (en inglés). Sí, todo era exacto: la hendidura del valle que Darwin había llamado “excavación de la llanura de gres”, el suelo seco y guijarroso, matorrales espinosos y matas marchitas, y hasta la mezcolanza entre indios y blancos que aún subsistía. Facundo no entendió aquella inspiración que amalgamaba literatura y realidad, ni tampoco comprendió, en un principio, cómo Gabriel podía estar extasiado contemplando un paraje pobre y monótono que escasa belleza tenía. Pero el embeleco del joven estaba motivado, precisamente, por ese estado salvaje, primitivo y estéril que descubría. “En cada rincón del mundo —le dijo Casavalle—, aunque sólo albergue piedras, pastales secos y montes gastados, mora un encanto. Que un único mundo ofrezca sitios como éste alternados con otros floridos y húmedos, y que tanto en uno como en el otro hayan concurrido las condiciones para el surgimiento de vida, ya causa fascinación. Las preguntas de cómo existe, cómo se formó o qué aspecto ofrecía hace miles de años, son razones suficientes para despertar interés”. Y dicho esto, Casavalle encaminó hacia las afueras del ejido.

Gabriel Casavalle era un joven idealista. Afortunado desde la cuna, la expedición era disímil de la vida acomodada que podía llevar en la ciudad. Siempre había mostrado escasa afición por los libros de comercio y las largas filas de números, y se confesaba obtuso para obtener reducciones en los precios o los tironeos mercantiles. De alguna forma, pensaba que era anodino aquello de ir continuamente tras la caza del dinero, y no entendía la motivación de los que se pasaban la vida acumulándolo, más aún cuando los oros ahorrados excedían, en muchos casos, los límites del terruño de la vida. Esas fortunas acolchonaban, holgadamente, no sólo la vida de sus mentores sino la de sus descendientes y alejaban a unos y a otros de los vaivenes económicos.

Resignó, pues, las actividades de intercambio de bienes creyéndolas escasas de motivación; no le resultaba cautivante pelear desde detrás de un escritorio o de un mostrador el precio de una cosecha, para obtener más o menos cobres, aunque elogiaba la habilidad de aquellos que hacían de la venta un arte; un talento que él no tenía. "No podría vender un clavo, porque no explicaría, en forma convincente, que mi clavo es mejor que los otros y que no tiene defecto alguno; y como no podría ofrecerlo, tampoco creerlo, si estuviera del otro lado". Antes bien le fascinaba la actividad fabril, pues encontraba excitante la idea de crear un artículo novedoso con las manos y que los hombres lo encontraran provechoso y útil.

Su padre, en cambio, era un vendedor nato, además de un hombre muy lúcido y enérgico. Vendía lo que no tenía; convenía con unos y, al rato, podía estar cerrando tratos con los competidores de aquellos; y si era criticado por la calidad o el precio de lo que enajenaba, convertía a la víctima en victimario, diciéndole al detractor: "¡Conque estás en juntas con mi competencia!". ¡Y las empresas faraónicas que levantaba sin un peso, empleando sólo sagacidad mental y palabras! Empresas cuyos cimientos se sentaban en la planicie ilimitada de la imaginación y que, al tiempo, estaban materializadas. Podía concluir un negocio habiendo prometido sólo aportar desechos. De otros bolsillos (no de los propios) extraía el metálico para consumar la inversión. Esta reportaba dividendos a todos los socios, ¡él incluido! Como un gato ágil y escurridizo, saltaba de un negocio a otro: cuando los réditos de uno estaban deprimidos o estancados, los dirigía hacia otra actividad. Y, como un jugador experto, disgregaba el cúmulo de sus fichas y las asignaba aquí y allá; y abría otro negocio en tal o cual parte; y se asociaba, y especulaba, y dividía. Gabriel no reconocía en él muchos escrúpulos en lo mercantil, no así en lo familiar, y esto lo hacía interrogarse de cómo un hombre podía ser tan amoral en su faz económica y tan afable en la íntima.

Tampoco podía entender el apañamiento de los menos aptos, como su primo Prilidiano Bazán, por el único hecho de que se tratase de un pariente, en desmedro de dependientes extraños pero, indudablemente, más capaces. A su criterio (quizá, un tanto plebeyo) las prerrogativas de sangre escaso valor tenían a la hora de posicionar personas en la firma “Casavalle y Cía.”. Creía que los beneficiados debían ceder sus puestos a los más idóneos y sólo disfrutar los réditos. Pero Bazán desoía estos mensajes y se obstinaba en enquistarse en la compañía, en contrario del pensamiento de su primo que declamaba que era más conveniente excluirlo que darle participación. Nacido también en una lujosa cuna, en realidad, Bazán sólo alentaba el abultamiento de sus bolsillos. Gabriel lo creyó una extensión del tronco central. Eran iguales el pilar y sus extremidades; cínico, calculador y descarado, el primo Prilidiano detestaba a Gabriel y se encaramaba en el círculo con ansias de devenir en heredero, sabedor de que el hijo mayor del patriarca desatendía el negocio paterno. Era igual de célebre por sus derroches que por los escándalos por asuntos de faldas.

Gabriel era el único de la familia, por tanto, que se había inclinado por las letras y por la sapiencia científica o jurídica, aunque estos conocimientos no eran reconocidos por su parentela. Quería abrir un surco paralelo, independiente, y afín con su delectación. En pocos años plantaría su estudio (seguramente, en sociedad con otros aspirantes) y su privilegiada inserción social lo favorecería en la hora de procurarse una clientela numerosa y pudiente. El viaje a la Patagonia era conteste con esa independencia. La meseta seca y pedregosa que observaba estaba lejos de la rutina de las casas de comercio de Buenos Aires, aunque realizaba esa excursión firmemente sustentada (en lo económico) en ellas. La planicie traería, cada día, cosas nuevas, reconfortantes, y le parecía irracional quedarse en la tediosa ciudad cuando, a escasos pasos, había una tierra para ser descubierta.

Los visitantes se encaminaron hacia el almacén. Facundo anduvo con dificultad, pues las calles estaban fangosas, y debió además sortear los profundos surcos que habían dejado los carretones en el suelo, tanto como los desperdicios y los montículos de escombros que salpicaban el camino. Entró detrás de Gabriel y lo siguió por el almacén. El joven naturalista se detuvo para conversar con Haliford y se colocó junto a ambos. La sala estaba colmada de circunstantes a los que el capitán miró con desconfianza.

—Debes andar con cuidado —advirtió Haliford a Casavalle—. Todos a quienes ves son bribones, desertores del ejército y ladrones a quienes se les impuso este lugar como presidio.


El viaje continuó con buen tiempo en los días venideros, excepto por algunos aguaceros. La tripulación del barco había sido aumentada con la sumatoria de una chusma de indios, aucas puros según su raza, que Haliford había enrolado en Patagones. Provenían de Chile y pertenecían a un pueblo (el aucache) que tenía fama de belicoso, por lo que el capitán no confió inmediatamente en ellos. Era una mano de obra objetable, de imprevisible desempeño, pero barata. Incluso, cierto resquemor causó en los pampas mansos la presencia de aquellos, en razón de rivalidades arraigadas que existían entre los pueblos de de uno y otro lado de la Cordillera de los Andes.

Navegaban a la altura de la península de Valdés, cuando cierta excitación cimbró a Casavalle en la borda. Era una mañana ventosa, y oteaba el firmamento con interés. De pronto, avistó un petrel gigante; el animal planeó durante unos segundos por delante del bergantín para luego batir sus alas y volar hacia la costa. A continuación, observó un grupo de cormoranes imperiales (conocidos así por su penacho) en momentos en que se zambullían en el agua verdosa. Al rato, emergieron con presas en sus picos. Casavalle convocó a gritos a Facundo para que atestiguara el espectáculo aéreo, y el guacho quedó petrificado, gozoso, mientras seguía al gigantesco petrel con la mirada.

Tomó Casavalle presurosamente su manojo de papeles al ver un chorro de agua en forma de v; el hilo alcanzó altura estimable y se eyectaba desde un bulto que avanzaba lentamente en el mar. Se trataba de una ballena franca, la que migraba anualmente hasta esa costa para la parición y el apareamiento. De negro color, se caracterizaba por carecer de aleta dorsal y por unas callosidades sobre la cabeza y los ojos. El avistamiento del cretáceo arrobó a Facundo; quedó estupefacto en el instante en que observó al animal retozar en la masa líquida, voltearse y asomar su gran aleta caudal. Amigable, la bestia se aproximó al casco de la nave, y exhaló una nueva columna hídrica a través del orificio fácilmente observable. Facundo estalló en gritos de euforia ante la candidez del animal. Hasta la atención del displicente capitán fue conquistada por la fraterna cercanía de la ballena.

El mar quedo y el día de refulgente sol propiciaron el avistamiento de una explosión de vida en la costa del istmo. El espectáculo invitaba a descender. A la vera del mar ocurría una reunión multitudinaria y heterogénea de animales. Gabriel, seguido por el pilluelo, se dirigió a Haliford a fin de pedirle autorización para desembarcar en el punto. De mala gana Haliford recordó las recomendaciones de los hombres del gobierno que habían investido a la excursión con el título de “expedición científica”, y concedió la licencia para ambos. Al rato, una chalupa cruzó el vado y Gabriel y su prosélito pisaron la península.

Mientras en el cielo revoloteaban enjambres de ostreros, gaviotas y chorlitos, en tierra reptaban enormes moles, los elefantes marinos (así llamados por la prominente probóscide de sus rostros), que se mezclaban con otros mamíferos pinnípedos, como los lobos marinos de un pelo. Todas estas criaturas tenían en común, entre otras cosas, que los machos nutrían grandes harenes. En razón de ello, tenían lugar raptos de hembras y pugilatos entre los machos, algunos cruentos.

Los animales se mostraron inquietos ante la presencia de seres humanos: sonaron bramidos y gritos. Gabriel, sigilosamente, se inclinó, apoyó una pierna en la arena y en esta posición (que no dejaba de ser privilegiada), contempló los grupos. Habría deseado Facundo aproximarse más, pero Gabriel lo detuvo. “Temen al hombre —dijo—, pues los ha cazado y diezmado: en otro tiempo hubo fábricas para la producción de aceite. Tuvieron a estas focas como materia prima. Mayor estrago se hizo con el lobo de dos pelos, botín por el que se armaron verdaderas trifulcas entre los peleteros”.

Después de la sesión de notas y dibujos que la precisa mano de Gabriel esbozó, recorrieron la orilla y ascendieron por un promontorio veteado de piedras, donde Gabriel se inclinó repetidas veces para fracturar un peñasco o golpearlo con el martillo que asía. A la distancia, en el mar, estaba el Famaillá y todo parecía andar bien en su interior. Divisaron una colonia numerosa de pingüinos magallánicos estacionados en lo inferior. Bajaron en la costa para abordar la embarcación que los esperaba. Entonces Gabriel descubrió un cráneo de delfín. La osamenta cautivó a Facundo tanto como a Casavalle: el naturalista retiró el velo de algas que lo envolvía y lo cargó para llevarlo al Famaillá.

No era el único efecto de la península que había retenido para sí. Los bolsillos de su pantalón iban rebosantes de piedras, moluscos y restos óseos de tamaño diminuto. Y Facundo portaba plantas marinas y otras piedras. Sabía Gabriel que no le hacía buen efecto a Haliford que tornara al barco cargado de plantas, crustáceos y huesos, y menos le gustaba que se hubiere procurado un ayudante para tales faenas. Al menos por ahora, poco o nada podía el capitán objetar porque era su labor facilitar la tarea del naturalista. Pero para el almirante aquellos rastrillajes sólo eran pérdida de tiempo.


El mar no se mantuvo calmo indefinidamente y tras superar el barco la línea del río Chubut las aguas otrora calmas se relamieron en oleajes furibundos cuando una tempestad. Después de tanta monotonía, de días en que los viajeros sólo habían contemplado una línea interminable de barrancas terciarias, la expedición sufría un sorpresivo vendaval que había desalojado la precedente quietud. Los exploradores conocieron que el océano en esta parte del mundo podía ser a veces tranquilo, a veces tempestuoso, y que fácilmente pasaba de un estado a otro.

La lluvia, el viento y la borrasca se unían y azotaban el bergantín. La costa próxima surgía como una franja de salvación: a ella los tripulantes podrían dirigirse a nado de zozobrar el buque. Pero la noche no permitía divisar si navegaban a la altura de una playa o de un acantilado. Si era lo primero, podía oficiar de puerto de redención; si era lo segundo, los náufragos serían estrellados contra los murallones de piedra. Atravesaban un punto en el que, precisamente, habían ocurrido numerosos naufragios, de los tantos que sucedieron a lo largo de la costa patagónica hasta el Estrecho de Magallanes y aún en él. Los escapados de uno de esos hundimientos (quizá ocurrido en una noche como ésa) habían fundado, según una teoría, la Ciudad de los Césares que los atrapados por la borrasca iban a buscar.

Las gigantescas olas subían y bajaban, y el barco se hundía y emergía según esos caprichos. El indócil elemento superaba el nivel del barco y barría su cubierta. El viento arreciaba y los hilos de agua que el cielo derramaba caían perpendiculares o se torcían según las ráfagas. Con estruendos en el cielo y otros en el mar, el bergantín corrió el riesgo de quedar bajo la manipulación de los elementos coaligados, que parecían juguetear con él.

Haliford, enteramente mojado, transitó por la cubierta, impeliendo a los hombres a reforzar los atalajes. En la tripulación había hombres de mar que no se espantaron ante la tempestad. Se movían rápidamente, según las resueltas órdenes que prorrateaba Haliford. Éste se mostraba duro, recio, firme; la lluvia dibujaba ríos en su rostro y el viento gélido batía sus vestidos, pero ignoraba estas cosas tanto como cualquier idea fatalista. En un rincón, aterrados, estaban los aucas que había recogido en El Carmen: nunca antes habían estado en el mar (y menos, cuando un temporal lo agitaba). Las órdenes que Haliford les dirigió se estrellaron contra figuras petrificadas por el espanto; no atinaban a moverse, tampoco a sujetarse fuertemente. Incluso uno cayó en la plataforma y las olas que discurrían bromearon con su cuerpo por un rato, hasta que logró asirse de algo firme.

La mañana recibió a la nave con un mar quedo y un sol deslumbrador. La límpida luminosidad y la temperatura agradable hicieron que Gabriel se encaramase en la cubierta para escribir su diario y terminar los dibujos. Lamentaba el autodidacto que Haliford no hubiese recalado en Punta Alta, donde había grandes yacimientos de fósiles, conforme los hallazgos de Darwin. Tales depósitos contenían restos de mamíferos gigantescos que habían vivido hacía varios miles de años.

—Aquí proliferaron grandes mamíferos, voluminosos ancestros de los perezosos; prosperaron toda clase de armadillos, y hasta primitivos símiles de los elefantes y de los rinocerontes. Una de estas criaturas —explicó a Facundo, mientras pasaba unas hojas de su cuaderno con rudimentarios dibujos de estas criaturas—, era el Megatherium, una especie de perezoso. Tenía un pelambre largo y grandes garras en las patas y en las manos. Podía pararse sobre sus miembros posteriores y utilizaba su cola, corta y ancha a modo de sostén, mientras extraía las hojas de los árboles. Este otro —y volvió la página—, es el Glyptodon doedicurus, una especie de armadillo pero de dos toneladas, dos metros de altura, cuatro de largo y una laga cola rematada con espinas que se superponían. Todo su cuerpo, así como su cabeza y la cola en su origen, estaban protegidos por una coraza de placas circulares e irregulares: se erguía sobre unas patas bajas pero fuertes, terminadas en garras puntiagudas, y podía espantar a cualquier predador… El Mylodon —otro dibujo— o “dientes de sable”, un felino dotado con dos largos dientes de veinte centímetros cada uno.

—¿Queda alguno de ellos? —preguntó Facundo.

—No… Todos murieron y su raza desapareció —dijo Casavalle. Más adelante, se dará cuenta de que estaba equivocado. Pero no nos adelantemos.

Gabriel comulgaba con la teoría de Darwin: éste sostenía que no necesariamente la presencia de animales tan voluminosos había requerido una abundante vegetación. La Patagonia, en gran parte de su territorio, no contaba con una flora copiosa y el inglés estimaba que la flora actual no era muy diferente de la de los tiempos de las enormes bestias. Buscando analogías contemporáneas, el naturalista las había hallado en la árida África meridional donde caminaban mamíferos de porte.


Con el nombre de “Tierra Adentro” se hacía referencia a los territorios internos, a las regiones inhóspitas que se extendían trasponiendo la costa o la línea de la civilización. Desde este linde (trazado a escasas cuarenta leguas de Buenos Aires) Tierra Adentro se alargaba para incluir la pampa del centro, después tocar la Cordillera Nevada y prolongarse hacia el sur, donde las tierras encajonadas por los océanos. La costa patagónica adolecía de varias entradas, hendiduras, y de ellas partían valles que se adentraban en el vasto y alcanzaban los muros en el Oeste. Uno de esos valles era el del río Negro, o Currú Leuvú en araucano, el que la expedición había visitado cuando la parada en El Carmen. Le seguía en importancia el río Chubut, al que los indios habrían llamado Chulilao o Chupat, que en dialecto tehuelche quería decir “transparente”. Hasta él había llegado el teniente Wickman de la expedición de Fitz Roy en 1834. El siguiente era el río Santa Cruz, cuya entrada había sido descubierta en 1519 cuando un naufragio de un piloto de la armada de Magallanes.

El Famaillá alcanzó la bahía del último río en un día claro y de mar calmo. En esta parte de la costa habían tenido lugar grandes naufragios y desesperados salvamentos. La entrada era pobre, ancha, con un margen más elevado que el otro. Sendas mesetas escalonadas, en las que señoreaba la aridez, se dilataban a los lados. Su monotonía sólo era quebrada por promontorios y cerros desnudos. El bergantín se adentró en la amplia rada y avanzó por ella un trecho. Pero temeroso Haliford de los arrecifes y no conociendo la ubicación de los bancos, la nave se fijó en el lado norte para mantenerse a la vela.

El lugar había sido visitado por Fitz-Roy cuando su expedición de 1834 y la excursión al mando de Haliford pretendía delinear el recorrido seguido por aquél hacia la naciente del río, un ancho lago que los nativos llamaban Agua Grande y los españoles, Viedma. Sin embargo —y esto arredraba el espíritu de Casavalle aunque no del capitán—, aquella expedición (como la de Stokes, otro predecesor) no había alcanzado la cuna sino girado de regreso ante la crudeza del río y la exigüidad de las raciones. La bautizada Llanura Misteriosa, entonces, tenía en su haber el truncamiento de dos expediciones. La de Haliford era la tercera que se le atrevía y Gabriel se interrogaba si la región iba a sumar un nuevo fracaso a la lista. Por alguna rara razón, sin embargo, tenía fe en que Haliford iba a proseguir siempre hacia delante, hasta el nacimiento. El afán que había movido a sus predecesores había sido bien diferente del lucrativo que perseguía el rapaz capitán. Y el denuedo del último originaba en Gabriel tanto admiración como repulsa.

En más, el recorrido se haría en dos chalupas de dos velas cada una. En una viajarían Haliford y diez hombres, y en la otra el contramaestre, Gonzalo Montes de Oca, con otros diez. Martínez se quedaba en la nave, con el resto de la tripulación.

Nunca supo Gabriel la razón de la metamorfosis que advirtió en Fausto Robustiano Haliford. Quizá fue la sensación de que la expedición recién empezaba en éste punto; quizá fue la visión de la entrada de la Tierra Misteriosa (la entrada era la bahía); o quizá obró en él la perspectiva de que se encontraba a unos días de tocar el oro de los Césares. Lo cierto fue que notó un cambio en él. Y no estaba seguro de si le agradaba o no. Empezó a percibirlo la noche anterior al inicio de la marcha por tierra cuando, fondeado el barco en la bahía, se dirigió al marino para peticionarle la postergación de la excusión a fin de que pudiera escudriñar la costa y recolectar moluscos, insectos, cascajos e indicios de la presencia, cercana o remota, de nativos. Lo halló en su camarote, ebrio como una cuba, festejando en solitario el arribo al estuario, y obtuvo una dura negativa.

Apenas despuntó el día, confirmó sus impresiones: lo vio parado en una de las chalupas, apremiando con crueldad a los hombres para que arreglaran los velámenes con presteza y acomodaran las últimas provisiones necesarias para el viaje. Para avanzar por Tierra Adentro había trazado este modo: los desgraciados arrastrarían las embarcaciones por turnos, emulando la técnica de Fitz Roy, pero sin reparar en escollos, fatigas o carencias.

Se encontraban en la antesala de la terra incógnita, listos para entrar en ella. Y viendo enfilada la primera racha de hombres que iba a tirar de las embarcaciones, a Gabriel le pareció que, a una señal, el contingente invadiría aquel santuario natural, como era la Tierra Misteriosa. Poco o nada la región había revelado de sí en tres siglos. Y ahora ese grupo de hombres se alistaba para abrir las pesadas batientes, que permanecían cerradas el resto del año, y entrar. Sí; ahora veía a Haliford feroz y envalentonado. Pero hallándose Gabriel en el prefacio de la excursión, también él sintió una viva excitación. Por ahí habían pasado osados viajeros, todos célebres, y la idea de emularlos y retozar por donde ellos habían andado, desató su gozo y su impaciencia.

En las entrañas de la Tierra Misteriosa, punto al que llegarían siguiendo el hilo del río Santa Cruz, se apiñaban los sueños y las desazones, mezclados en inquietante alianza. La puerta estaba en la bahía y daba paso a un corredor, a un pasillo que cortaba Tierra Adentro en dos. Una expedición de esta clase podía encender los ánimos patrióticos o científicos, o ambos, según las dilecciones de quien lo realizaba. En cambio, en la faz de Haliford se leía un anodino apresuramiento, motivado por la avidez, y no de conocimientos o de reportar tierras exploradas para su Patria.

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