La llanura de las Ficciones : Libro 1 : El sueño de los Césares

CAPITULO XI - UN TROPEL HAMBRIENTO Y DESANIMADO CRUZA LA TIERRA MISTERIOSA

La travesía empezó. Adelante la monumental meseta escalonada, plagada de arenas, arcillas y cascajos, moteada de arbustos y de esqueletos de guanacos y avestruces. La Tierra Adentro (o Misteriosa, o incógnita, como gustaba llamarla Gabriel) los acogió en su recibo, bien lejos del murallón rocoso. Y la Tierra estaba cortada por un valle casi recto, que se perdía en la lontananza. En su inferior serpeaba el río de aguas azuladas, algo verdosas, y fondo guijarroso. A veces, los diez pares de pies tropezaban con los cascajos que cubrían el lecho; otras, se deslizaban sobre la arena que había sucedido a las piedras. Las negras siluetas resaltaban sobre el resplandor rojizo del cielo cuando el ocaso, pues la faena se extendía hasta él, tras todo un día de marcha.

Al principio avanzaron por entre farallones e islas que encajonaban la corriente haciendo que ganara mayor velocidad. Los hombres, sudorosos bajo el implacable sol, entre juramentos, arrastraban los botes (unido uno con el otro por sogas) sobre el cauce cubierto de cantos rodados. “¡Cerca de la orilla!”, sonaba repetidas veces en los fondos, desde una de las embarcaciones. A las dos horas, la primera decena era relevada y la segunda asía las sogas para seguir el tironeo de las barcazas.

¡Oh, aquel río, a veces tardo, a veces ligero, en el que los hombres caminaban como espectros, ora callados, ora murmurando anatemas y blasfemias, alentando imaginarias insurrecciones! ¡Y el terrible momento en que debieron, en el segundo día, abandonar el lecho y remontar los botes por tierra porque el río a su frente no tenía suficiente agua; y el esfuerzo hercúleo que los hombres realizaron para treparlos por la lomada que se les ofreció, por entre cactus lacerantes y espinos desgarradores! No pocos hilos de sangre brotaron de las piernas, ni pocos pies se mascullaron con la subida.

A medida que los hombres subían por el valle, afrontaban vericuetos y remolinos en el agua, tal o cual isla dificultaba el paso, o una cerrazón de matorrales espinosos los lastimaba. En esos momentos no tenían efectos ni las quejas ni las murmuraciones para evadir el cruce, porque el capitán ordenaba marchar siempre hacia delante. ¡Y el paisaje! ¡Y el sol ardoroso! Las ristras pasaban ante mesetas escalonadas y estériles, macizos fracturados que habían producido las piedras que por todos lados había, cerros denudados, vegetación miserable. ¡Y el continuo sonido del agua chocando en las piedras o emboscada en los vericuetos!

Los primeros tres días fueron de inflamado sol y esto añadió su cuota de ahogo a la fatiga. Cuando las noches, había que buscar un paradero para el vivaque, bajo una protección natural. Encontrado, los viajeros se repartían las múltiples labores que imponía el traslado de un contingente numeroso: boleaban guanacos (de esto se ocupaban los indios), encendían de la lumbre, buscaban la leña y armaban las tiendas. La noche traía una contradicción, el frío, cuando el día había sido ardoroso. Entonces los hombres se recogían envueltos en mantas, abrigos y quillangos, y se anticipaban que la jornada siguiente iba a ser tan ardua como la expirante. Y miraban a Haliford, cuyo rostro estaba oscuro, y detectaban sus ojos, como luceros sobre un tapiz cetrino. Ahí estaba, pensando y hasta contabilizando los minutos y las horas, aguardando el amanecer, porque cada alba lo conducía hacia el Oeste, y en el Oeste rutilaba el dorado.

Por lo general, en la madrugada, Gabriel estaba despierto. Ese era el momento del día, acalladas las voces e inertes los cuerpos, cuando se entregaba a sus pensamientos. Sentía que la vivísima agitación original había dado paso a un desolador desasosiego. Hallaba la causa en la tristeza del paisaje y, en mayor grado, en el penoso trabajo de los hombres. Éstos —sus caras lo reflejaban y no hacía una semana de la salida—, estaban fatigados, afligidos y, por sobre todas las cosas, hambrientos, pues las raciones eran escasas y en dos días no habían encontrado animales para bolear.

En la cuarta noche, Gabriel comenzó a escribir sus impresiones en un cuaderno, que oficiaría de diario. Al lado del insomne escribiente yacía Facundo, profundamente dormido. En verdad éste era el único que se placía con la travesía. Los escasos patos que avistaban, los zorrillos o un coleóptero eran suficientes alicientes para sostener su ánimo. Gabriel, en cambio, deploraba en algo el viaje. En primer lugar el ambiente moral era sombrío: los hombres murmuraban y complotaban, y reprochaban a Haliford todos y cada uno de sus males. Casavalle atestiguaba los cambios que habían operado en Haliford, cambios que todos habían percibido. Pero quizá la aparente transformación no era una alteración de su carácter sino la reedición del verdadero ser del marino. Aquellas ruindades, aquellas vilezas ya habitaban en él sólo que, ahora, habían aflorado. Era inmoral y hasta crudo con la tripulación: ese mismo día había humillado a un hombre, a la vista de todos, por la pérdida de un poco de fariña. En cuanto a los indios (eternos supersticiosos) él de buena gana habría liberado a los aucas en esa soledad. Por otra parte, los rastreos estaban relegados y no sabía si en forma definitiva o provisoria.

Tras la publicación del nuevo día, los cuerpos se incorporaron y la extenuante marcha reinició. La línea avanzó por el valle, serpeando, alargándose, vadeando el río cuando fue necesario, tirando del bote desde la tierra o desde el lecho. Numerosas aves de rapiña dieron giros en el cielo sobre las cabezas de los pasantes en curso estas fatigas, y algunos las entendieron como heraldos nefastos que pronosticaban desgracias. El sol, nuevamente, era ardiente, cegador; los cuerpos, sudorosos, avanzaban con el riesgo de quedar exánimes por el calor y el esfuerzo. Debió Haliford abolir las marchas en la franja del día más ardorosa (lo cual no fue de su agrado) pero para no postergar el avance adicionó dos horas a la última fracción del día.

Las manos de todos estaban ulceradas de ampollas por la presión de la cuerda, y los vestidos devenidos en harapos, y los zapatos deshechos. ¡Miembros que sufrieron nuevos cortes y terminaron de desollarse cuando hubo que trepar otra loma! ¡Y el río, atestado de remolinos, crecía, más y más! Pronto, afrontaron los rápidos: el agua brincaba y rebullía, y giraba en remolinos, y succionaba los botes hacia los fondos. Uno estaba atado al otro: si el primero zozobraba arrastraría al segundo hasta el eterno descanso en los fondos. O, lo que era peor, ambos terminarían astillándose contra las rocas. En uno de los botes iba sentado Facundo.

Ante los rápidos, los esfuerzos fueron mayores: los músculos, sudorosos, se tensaron intentando no soltar las embarcaciones que el agua pretendía arrebatarles. Pero la primera hilera de hombres cedió; Facundo vio camaradas desaparecer en el agua, al bote ladearse e iniciar una vertiginosa carrera hacia el centro. Pero la segunda fila asió con firmeza el siguiente bote y éste retuvo, sirga mediante, al que se alejaba.

Asomó un nuevo problema: la falta de víveres, pues aunque previstos y estibados en los botes, la escasez de carne comenzó a desesperar a los hombres. Las piezas arrojadas por la llanura (cuando la caza) eran nimias y de esta carencia inculparon a Haliford. En verdad, todo le era endilgado: destinatario único de todas sus condenaciones, le habrían reprochado también la salida del sol por el poniente.

El desánimo aumentaba a medida que el contingente se adentraba en la meseta, y con cada paso, con cada milla que se dejaba atrás, ascendía el descontento. De todos modos, caminaban, si así se puede llamar a ir tropezando y trastabillando en los cantos rodados, en las lomadas pedregosas y en los matorrales. Negros pendones, sombríos murallones de piedra, colosos derruidos, los flanqueaban y atestiguaban de su paso. En modo alguno encontraban motivación para seguir en la posibilidad de hallar tesoros escondidos; tampoco, en la eventualidad de consumar una proeza patriótica que anotaría sus nombres en los anales de la historia de la Nación. ¿Qué parte recibirían ellos de todo eso? ¿Quiénes sabían que esas almas desanimadas deambulaban por las tierras del Sur?

En el fondo, estaba Haliford, siempre Haliford, que desde uno de los botes arengaba al tropel de turno, y repartía directivas a sus integrantes para que no dejaran ladear el bote, que conservaran la proa a la corriente (cuyo ímpetu no arredraba) y que atendieran las provisiones, a fin de no perderlas en las espirales.

En la noche de otro día agotador los hombres tuvieron su cuota adicional (y no de comida) cuando escucharon a Haliford declamar como un sofista sobre la existencia de la Ciudad Dorada. Y lo decía con real convencimiento; podía repetir casi de memoria los testimonios de blancos y de indios (contenidos en el libro de Zaldívar) que aseguraban haber oído de la plaza, visto a los inmortales o contemplado la isla en el centro del lago. Un libro que había traído, y que releía, e investigaba asiduamente. Estimaba —según le contó a Gabriel— que se encontraban a mitad de camino; aún no habían superado el punto en que Fitz Roy había emprendido el retorno, pero sí el dejado por Stokes. En tiempo más los recibiría el Agua Grande o lago Viedma, descubierto en 1782, y ese sería el fin del tironeo, porque los botes se deslizarían por el manto del ancho lago. El capitán arrojó una catarata de datos y de indicios (todos, por supuesto, materializaban la Ciudad) extraídos del texto, pero el positivismo de Casavalle no daba crédito al mito.


Los días pasaron; el contingente soportó el sol y los temporales, vendavales extremos en los que los nimbos cubrían el cielo, descargaban y, en caída la lluvia, se abrían. Entonces, los rayos del sol atravesaban la cortina tenue de agua y tocaban el suelo, para luego diluirse cuando el cielo cicatrizaba. Y el viento arreciaba, y acrecía la corriente del río, y concurría con el agua y con el sol, todo en un mismo tiempo. No obstante, el tropel avanzaba, agotado por la falta de sueño, rendido por las marchas y las resistencias del medio, y hambriento, siempre hambriento, pues la caza era insuficiente.

Los exploradores superaron la altura a la que habían llegado Darwin y Fitz Roy hacía un cuarto de siglo antes: éste era un hito célebre, relevante, pero no fue causa de celebraciones ni de gozos, excepto para el capitán. Y, en algo, para Casavalle. Allí empezaba propiamente la Llanura del Misterio, nombre que el capitán inglés había impuesto al territorio. Apenas atravesado el punto (el que estaba señalizado, pues aún quedaban las marras dejadas por esa expedición), Haliford, exultante, dispuso el campamento, despachó a cuanto hombre encontró para que cazase pumas, avestruces o guanacos, malgastó los víveres e impuso un descanso hasta que el persistente temporal amainara.

Aprovechó Gabriel la parada para reanudar sus recorridas. Secundado por Facundo, por Montes de Oca y por otro sujeto, realizó una breve excursión. Haliford le asignó los acompañantes, diciendo: “Vayan con el hombre, y tráiganlo sano y salvo. Es flojo y débil: lo veo descollando en las tertulias, enamorando beldades, o en los claustros, pero no en el desierto. No vaya a ser cosa que se lastime y después Buenos Aires me recrimine no haber cuidado a uno de los promisorios miembros de su juventud dorada”.

El valle que recorrieron estaba constreñido por mesetas escalonadas, donde aquí y allá sobresalían macizos, todos pedregosos, cortados por riachos. Dirigieron los excursionistas sus ojos hacia el Oeste y, en el punto, asomaron los gigantes. Las altas cimas de la inexpugnable Cordillera Nevada cortaban y trillaban el horizonte. ¡Sí, allí estaban, los altos picos azules, y negruzcos, hasta bermejos, con sus cumbres coronadas por las nieves perennes! Y las puntas destacaban diáfanas, libres de los cinturones de nubes que de tanto en tanto las ocultaban. Y la emoción los embargó, y hasta este arrobamiento repentino les hizo diluir la instalada y, para esta altura, consolidada languidez por las fatigas del viaje. Fue Facundo quien más festejó de todos; quedó boquiabierto, con los ojos desorbitados de asombro, con la cara cortada, de lado a lado, por una sonrisa. Los ojos de Gabriel también sondearon con afán la lontananza, y el joven y el niño se estrecharon, y rieron, y el avistamiento insufló renovado ánimo en el naturalista. Quería ahora descubrirlo todo, escudriñarlo todo y desembocar en el amplio lago que Haliford ilustraba.

En curso estas celebraciones, Montes de Oca los conminó, bruscamente, a callarse. Había visto el marino una figura en la lejanía, trasponiendo un plano ancho alfombrado de pastizales. Todos los ojos otearon el horizonte, pero nada divisaron. De improviso, Gabriel descubrió una figura montada en un caballo; cortaba el linde que separaba la bóveda celeste de la tierra. El jinete cruzaba la lontananza a galope sostenido. Los testigos se quedaron petrificados; ninguno hizo movimiento alguno porque no sabían qué hacer. ¿Huir? ¿Quedarse? “Tehuelches”, clasificó Montes de Oca. Los señores del país recorrían sus dominios; feudos que el hombre blanco pisaba. Los visitantes (desprovistos de invitación) conformaban una avanzada aislada, solitaria y, por tanto, desprotegida. ¿Qué harían si el salvaje viraba y venía hacia ellos? Y era probable que el vigía no anduviese solo; en cuestión de minutos la meseta podía estar infestada de indios. Tenían estos aborígenes fama de ser más mansos que sus hermanos del norte, los pampas, emparentados con los díscolos y bravíos araucanos, quienes se habían derramado sobre Tierra Adentro y subsumido a los clanes que habían hallado.

“Son hospitalarios —reseñó Montes de Oca— y dóciles, a diferencia de los pehuenches del Limay o los gennaken del centro del país. Pero, de todas maneras, somos intrusos”. “Habrán advertido nuestra presencia”, dijo Gabriel, un tanto perturbado. “Vigilarán nuestros movimientos —anticipó Montes de Oca—. De todas formas, en pocos días estaremos navegando el Viedma, fuera del alcance de sus lanzas”. La silueta del indio desapareció, pero esto no tranquilizó a los excursionistas, sino que los inquietó más. No sólo se encontraban en un territorio inconmensurable e ignoto, sino que sus naturales habitantes seguramente conocían cada arteria y cada resquicio de esa tierra, en la que ellos, de ser abandonados, se extraviarían sin remedio. No sólo los fenómenos de la Naturaleza, que se anticipaban grotescos (todo allí parecía de dimensiones colosales), eran invencibles para ellos. Su ya endeble posición debía considerarse más precaria aún cuando se comparaban a otros miembros del género humano (los aborígenes), sus originarios príncipes, mejor dotados de conocimientos y resistencias.

Pero a Gabriel la Patagonia le resultó fascinante porque la región, aunque seca y desgastada, ventosa y cubierta de nieves en el invierno, era una explosión de vida. Tanto la habitaban animales erráticos de porte, hasta fieras, como hombres primitivos.


Ciertamente, el día en que los botes desembocaron en el lago Viedma y comenzaron a surcar su manto esmeralda, Gabriel fue agitado por una embriagadora emoción. A su entender, la expedición era histórica, trascendente: había superado la barrera de la excursión de Darwin, quien había llegado hasta escasos doce kilómetros de los Andes. Comprendía las razones del desistimiento del capitán Fitz Roy, pues el camino se le había anticipado más tortuoso de lo que había sido. Pero también pensó (a pesar de su gozo) que el hercúleo esfuerzo corporal de esta nueva intentona estaba empañado por un afán netamente lucrativo. En efecto, una ambición ciega, desmedida, que desbordaba el ser del preboste y accedía al exterior por los poros, había empujado a esa retahíla de hombres hacia la naciente del Santa Cruz. Una rapacidad que ya alteraba la faz de Haliford, que lo turbaba, que le quitaba el sueño y lo impulsaba a seguir, siempre a seguir, sin reparar en las penas y en las blasfemias silenciosas de sus subalternos.

Los hombres, en sus reuniones, hablaban terriblemente mal de Haliford, y también de Casavalle, a quien entendían un lacayo de aquel. El hambre, siempre presente, abonaba cada noche los enconos; comían una noche, otra no, porque la caza había sido insuficiente o no se había campeado nada. Se dormían con los estómagos vacíos, y no era la primera noche en que el estómago no recibía su cuota diaria; quizá, la segunda, y hasta la tercera. Al día siguiente un guanaco, un gamo o un avestruz cortaba la abstinencia, para reimplantarse al sol siguiente. A veces la Providencia les obsequiaba un puma viejo y rancio, muerto naturalmente, o algún mamífero agonizante, abandonado por el cazador, quien éste fuera. Por otra parte, las provisiones que traían eran escasas y estaban medidas. Corrió la infausta voz de que se agotarían en días más y que Haliford estaba consciente de esto y que callaba. Venía la noche, glacial aunque corta, porque los días eran más largos que en la llanura de Buenos Aires; tal vez, el viento avasallante, y alguna llovizna esporádica. ¡Y la podredumbre del paisaje! Interminables bloques de basalto a uno y otro margen, que en el río se fragmentaban en piedras cada vez más grandes; y lomas gastadas, y pastizales duros y rasos. ¡Y los esfuerzos para tirar de los botes, sin importar si el camino era de agua o de piedras, de lomadas o de cardos! ¡Y la sangre que brotaba repetidamente de pies y manos; y los calzados deshechos, y las ropas vueltas andrajos! Antes que una ristra de expedicionarios, parecía un tropel de pordioseros, casi en pelotas como los indios.

Como ya dije, las embarcaciones fueron echadas al Gran Lago. Era un ancho y alargado riñón que se prolongaba desde la zona árida y de mesetas desnudadas hacia la Cordillera Nevada revestida de bosques y de campos nevados. A poco de andar, desprendimientos de hielo recibieron a los viajeros, cantos de pórfido depositados en la orilla pedregosa; témpanos flotantes liberados por un ventisquero que descansaba en el extremo. ¿A qué distancia se encontraría aquel río de hielo? Debía ser insondable, de dimensiones colosales para arrojar tal número de despojos. A medida que los botes se acercaban al origen de los trozos, éstos eran de mayor porte. Perdían masa en su trayecto por el lago. ¡Témpanos flotantes; ríos de hielo echados al sueño en el poniente! ¡Y picos azulados, rematados con mantos de nieve, enmarcando el paisaje! El plan divino había reunido todas esas maravillas en un solo sitio; maravillas capaces de extraer suspiros de la boca de los mortales; de enorgullecerlos por ser custodios y beneficiarios de un mundo hermoso. ¡Oh, los agraciados ojos que contemplaban esos portentos!

¡Y las montañas que los rodeaban! Las gastadas y secas serranías fueron sucedidas por montañas azuladas, que se mezclaban con otras ocres de menor altura. Sus cúspides eran puntiagudas. Se alzaban en la parte posterior porque a sus pies se erguían promontorios de piedra, redondos y escabrosos: farallones basálticos cortados por infinitos surcos y hendiduras; peñascos arrugados que se enclavaban en otros, y se escalonaban. Y estas salientes se torneaban y se plantaban rígidas, y anfractuosas, y matas verdes los cubrían.

Facundo, extasiado, no estaba satisfecho con meramente ver los témpanos; quería tocarlos, partirlos, hasta degustarlos: iba de un punto a otro de la chalupa, chocando contra piernas y remos, gritando y aullando. Gabriel, en cambio, estaba mudo; su mutismo era plegaria, y era gratitud, y era respeto. Garabateaba, céleremente, instantáneas; este risco, aquel paisaje, ese bloque fondeado en el margen. Pero todo dibujo era insuficiente: sólo arrimaban una pálida noción de una vista que no podía ser circunscripta a los cortes abismales de una hoja.

—Esa montaña parece más baja que aquella —dijo Facundo.

—La vista puede ser engañosa —contestó Gabriel—; por ello, la razón viene para iluminarla. En realidad, algunos cerros que se ven altos no lo son tanto, y son menores a otros que parecen, en comparación, inferiores en altura. Para dilucidar esto, fíjate en el nivel de la vegetación: aquellos cerros que tienen sus cimas peladas son mayores a los que las tienen recubiertas de arbustos.

—Dicen algunos que en la parte alta de las montañas nevó en la noche. Por eso algunos picos están cubiertos.

—Es verdad. ¿Ves las puntas en el fondo del canal? Están vestidas de blanco, porque mientras aquí abajo no nieva, hay precipitaciones allí, aunque sea verano.

Llegó la noche y, con ella, el descontento. A pesar de las novedosas postales que el medio obsequiaba, cierto era que la expedición estaba en la línea de la hambruna. Había unas pocas conservas y unas carnes charqueadas, pero eran insuficientes para la manutención del grupo. Además, los hombres no habían visto animales de porte en esta etapa del viaje y los cazadores habían regresado trayendo por único botín dos zorros. Intentó Gabriel que su gozo no se esfumara en medio de estas tempestades que turbaban a los viajeros. Sin embargo, temía una insurrección, y la misma parecía correr de boca en boca, aunque nadie se animaba a proclamarla públicamente.

Ocurrió una junta entre Haliford y sus íntimos, porque éstos habían acudido al capitán, alarmados por los inquietantes rumores. Pero si los rostros de los concurrentes estaban desarmados a causa del pánico y la tribulación, la disposición que hallaron en Haliford estaba lejos de tales inquietudes. Gabriel, presente en la reunión, percibió que el oficial había alcanzado el pináculo de la execración. Si antes había sido duro y calculador, y estas cualidades le habían sido de provecho en el pasado para sortear incontables peligros, ahora hervía de codicia y desenfreno. A poco de principiar el conciliábulo, apenas los asistentes deslizaron el motivo de su audiencia, presenciaron, en la persona del capitán, la erupción de un volcán. Los ojos de Haliford se salieron de órbita; sus rasgos se plegaron y se arrugaron con cada gesticulación, y habló tan cerca de las caras de los marinos, que los salpicó con su saliva. Relegando al olvido la humanidad de los excursionistas y anteponiendo su interés a la supervivencia de la chusma, aseguró que no se marcharía sin haber escudriñado el Oeste. Había invertido mucho dinero, contraído deudas voluminosas con prestamistas y usureros para costear la expedición, por lo que el retorno anticipado con los pabellones replegados le irrogaría una ruina ineludible.

Helo ahí, crudo, colérico, temeroso de perder fortuna; la avaricia trasponía la materia y escupía el rostro de los infortunados. Irradiaba un viento tan gélido como el aliento de los ventisqueros. Remolinos turbulentos subvertían todo orden de los principios y de las prioridades, entronizando el lucro en la cabeza y la dignidad en los pies. No; no habría vuelta, ni retroceso y, de esta forma, los muros de la vida de Haliford, que especuladores y agiotistas amenazaban como buitres, perdurarían incólumes y dormirían otro sueño, hasta que nuevas reminiscencias de una Ciudad perdida en alguna parte del mundo dispusieran las piezas para un nuevo jaque.

—Capitán —dijo uno, atribulado—: el país está agotado. El hambre y la enfermedad cabalgan sobre la región. Casi no quedan provisiones en los botes y no hay suficientes animales para campear, pues el lugar es pobre en los mismos.

—Los hombres están cansados —dijo otro—, hambrientos, descorazonados: murmuran a tus espaldas y, como gatos, traman intrigas y traiciones en velados cabildeos, y siembran discordia y resentimiento en quienes pretenden conservar el juicio.

—Ordene regresar a la bahía —agregó un tercero—, porque si hombres más excelsos que nosotros no pudieron con este medio, debemos aceptar idéntico sino y emprender también el regreso. Además, nada asegura que la Ciudad que busca, exista: quizá, al final del camino, sólo encuentre una ilusión. Para entonces, será tarde. Los descontentos unen fuerzas en nuestra contra, y no podremos resistirlos.

Pero el arrogante capitán se incorporó de su sitial, casi iracundo.

—Se atribulan —tronó Haliford— (y pretenden trasladarme su debilidad) ante el menor incidente. ¡Vuestra aflicción me azora! Hombres débiles, faltos de coraje, me rodean y extienden su flojera sobre mi mando. ¡Oigo vuestros lloriqueos en mi torno!

—El grupo sucumbirá por entero —dijo Montes de Oca— y todos contigo.

—¿Habrá en esta expedición, bravos arrojados que no giman como niños? ¡En ustedes hallo la razón de mis desgracias! Los arrojaré a la llanura para que los pumas y los caranchos se ocupen de ustedes y los borre de la faz de la tierra, antes que su cobardía me alcance.

Desdeñó Haliford la presencia de los marinos y se encerró en la tienda. Casi fuera de sí, frenético, se apoltronó en un asiento, ante el texto de Zaldívar, y lo exploró buscando aquello que salvaguardara al grupo de un desastre mayor.

Gabriel se ocupó de sus escritos; con una candela a medio consumir (Haliford le había advertido que no le entregaría una más) el joven escribió con denuedo, con impaciencia, como si las ideas y las imágenes se atropellaran en la puerta de su cerebro, pugnando por salir y él fuera tardo para encauzarlas a todas. Y acabó también los dibujos; un postrero recuerdo ilustrado que llevaría consigo a la civilización. A pesar de todo, estaba feliz: extrañaba, no obstante, a su padre, a su madre, a sus hermanos, a Cristina (la mocita linda que había dejado en Buenos Aires), su lecho mullido, y hasta los despachos de Casavalle y Cía. Y se deleitaba por anticipado con la exposición de relatos y de visiones que prodigaría a su selecta audiencia porteña. ¡Hasta su fiel ayo se quedaría pasmado con sus explicaciones!

El día de la separación de sus compañeros de odisea, realmente, sentiría pena; especialmente avizoraba que el distanciamiento de Facundo sería traumático. Su imagen lo acompañaría el resto de su vida. Pero, ¿por qué debía alejarse del muchacho? ¿No era su familia pudiente y propietaria de una casa grande como para acogerlo? Incluso su madre, siempre generosa, lo reprendería si se enteraba que había compartido la travesía con un niño huérfano y, una vez acabada, no lo había llevado a la casa para que ella se hiciera cargo de él. La mujer rastrearía cielo y tierra para dar con sus parientes y se quedaría con él si su búsqueda no había logrado dar con ellos.

—Cuando esto termine —le dijo, entonces—, vendrás conmigo.

—¿Contigo? —preguntó el mozuelo, sin dar crédito a su afirmación.

—Sí —confirmó—. Te llevaré a mi casa. No te dejaré suelto.

Facundo, exultante, lo abrazó tras la noticia: se aferró de su cuello, y lo estrujó, y luego dio palmas, y rió sonoramente. ¡Una casa! ¡Un hogar! ¡Una familia! ¡Qué dicha para el mendicante que brazos, pechos y corazones afables lo reciban en la intimidad de su morada! ¿Qué es lo que enlaza y une para formar una unidad, más allá de los cuerpos? El amor; éste, perfecto, de fuente divina, mora en cada ser, y responde al llamado de unir a los hombres hasta formar una hermandad universal.

continúa...


            

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