PINOCHO SIEMPRE MIENTE.
SIEMPRE MIENTE PINOCHO

César Bravo

Perú

Ilustración: Fraga

Un hombre de edad y porte marcial se ejercita rítmicamente en una estera rodante. Otro hombre —más joven— monitorea un cronómetro y el odómetro de la estera. El primero disminuye el ritmo y dice:

—Marca y tiempo.

—Seis kilómetros. Treinta minutos, cuarenta segundos; diez segundos menos que ayer.

—Gracias. Informe.

—La asesoría legal opina que podemos sostener nuestra posición por dos semanas más, independientemente de la decisión de hoy en el tribunal. También es unánime en opinar que en la tercera semana perderíamos jurisdicción sobre estas instalaciones y usted seria capturado.

—¿Y la seguridad?

—Su guardia personal ha formado un perímetro de seguridad alrededor del edificio; cada uno de ellos se encuentra a cien metros el uno del otro; esa distancia ha sido elegida como una solución de compromiso entre la cantidad de personal disponible y las posibilidades materiales de cambiar de guardia a cada seis horas. Para reforzar las posiciones, hemos intercalado, a cada 50 metros entre las posiciones del personal operativo, fuerzas de apoyo con equipo de comunicación y acceso rápido a registros de seguridad; esas fuerzas forman dos círculos concéntricos, uno dentro y otro fuera del perímetro. Nada puede entrar ni salir sin que lo sepamos.

—¿Bajas?

—Ninguna de nuestro lado.

—Hábleme de los que no podrán volver a salir.

—Tres hasta ahora; hace dos días las fuerzas de apoyo identificaron tres hombres, aparentemente alcoholizados, encaminándose hacia la parte de ingreso de suministros de las instalaciones. Los registros fueron consultados y se consiguió una identificación positiva: ex-dirigente sindical, realmente alcohólico, viviendo en la calle hace diez años y sin ningún interés de la familia: los dos hijos viven fuera de la ciudad y la mujer lo abandonó después que se fue con otra y se dio a la bebida, aparentemente por crisis de media edad. Fue enviado un equipo encubierto con licor y algunas monedas para llevarlos a otro suburbio. No fue posible convencerlos: obviamente, los mendigos del área están acostumbrados a venir a buscar restos de comida y eventuales suministros descartados por mala manipulación. De modo que fueron detenidos e interrogados; así fue posible establecer la identidad de los otros dos; un campesino que baja a la ciudad en esta época de seca y un mendigo profesional que usualmente duerme en los alrededores de los trenes subterráneos o en los albergues de la iglesia cuando hace demasiado frío.

—¿Destinos?

—Los tres puntos cardinales disponibles: El sindicalista fue dejado en el desierto del norte, fuera de ruta comercial, minutos previos a la salida del sol; para acelerar la deshidratación se le permitió beber whisky a discreción y se le empapó la ropa con agua salada. El mendigo fue destinado al pasaje entre las nieves perpetuas y el campesino fue reubicado en la tierra de nadie de los hielos del sur; previamente estos dos últimos fueron obligados a realizar diversos esfuerzos físicos para disminuir su resistencia y se les retiró toda ropa que pudiera servir como abrigo.

—En las condiciones actuales: ¿Cuál es su recomendación?

—No esperar a su captura. Me comuniqué con monseñor y él le garantiza refugio en la ciudadela. Para llegar allí hemos considerado tres salidas de la ciudad: por tierra, en un vehículo blindado hasta alcanzar la costa, donde podría abordar un navío submarino; por aire en un helicóptero artillado hasta el aeropuerto y de allí hasta Panamá, desde donde seria posible hacer camino por mar o aire. Esas dos primeras alternativas tienen la desventaja de la visibilidad y las posibles maniobras que podrían ser articuladas para detenerlo. La última alternativa es salir en forma encubierta por el sistema de desagüe. Hemos establecido doce rutas posibles, pero las ventanas de tiempo son limitadas y tendríamos que andar muy rápido.

—No tenemos un histórico de operaciones navales exitosas y, francamente, el desagüe no me atrae. Con Panamá uno nunca sabe: muy cerca de Cuba. Aparte del hecho que no voy a salir corriendo después de todo el trabajo que tuve para hacer que las cosas funcionaran. Estos demócratas de hoy son los que nos atacaban con bazucas ayer. Tal vez espere que pasen las dos semanas. ¿Que hará la guardia en ese caso?

—A menos que reciban una orden directa de usted, ellos no abandonarán sus puestos, lo que significa que serán capturados, porque tampoco ofrecerán resistencia a menos que tengan una orden directa.

—¿Y usted?

—Mantendré mi puesto, a espera de sus órdenes.

—Admiro su valor y el de nuestros muchachos; me recuerda a su padre, aquella noche terrible; él pensó que podría contemporizar y llegar a una solución de compromiso. Lo recibieron a balazos. Esa fue una lección dura de aprender. No volveré a cometer el mismo error. Demasiado riesgo para los nuestros. Creo que ha llegado el momento de morir.

—Con respeto, señor: creo firmemente que podemos alcanzar la vía que usted elija entre las mencionadas; aún en caso de intercepción, está previsto apoyo aéreo y de artillería para garantizar que sean alcanzados los puntos de embarque. En todo caso, el factor sorpresa es determinante. La logística está preparada hasta el último día de la tercera semana, pero sería mejor salir inmediatamente ahora que el personal no está cansado.

—Gracias por su opinión. Es usted un gran administrador. Hablando de eso ¿Ya ha pensado que va a hacer cuando todo esto acabe? ¿Y que pasará con la guardia?

—Inteligencia dice que, aunque no seamos juzgados, nuestras carreras están arruinadas. De cualquier modo, todos pensamos renunciar.

—Ya veo. Si me permite una sugestión, considere la posibilidad de dedicarse a servir en algún tipo de sociedad de beneficencia; hay algunas bastante bien organizadas en las que un joven como usted puede, además de ayudar a nuestra sociedad, hacer una brillante carrera.

—Lo tendré en cuenta señor.

—Tengo tres órdenes para usted. Primera: Trasmita a monseñor esta palabra: "saulo". Segunda: Llame a mi médico personal. Tercera: Quiero que vaya al centro comercial del oeste de la ciudad y asista a una película checa que está en cartelera. Cuando vuelva, las disposiciones para lo que resta de hoy y la orden del día de mañana estarán sobre mi mesa.

—Entendido. Con su permiso.


Minutos después suenan en la puerta tres discretos golpes.

—Adelante.

—El mensaje fue trasmitido. Y el doctor M. está en la sala de espera.

—Hágalo pasar y puede retirarse.

El hombre sale y otro hombre entra en la sala:

—Buenos días, Herr G...

—Por favor, viejo amigo, evitemos formalidades; he decidido finalmente dar por terminada mi participación en acontecimientos públicos y creo que me merezco descansar como cualquier hombre que trabajó toda su vida. Lo he hecho llamar para pedirle su apoyo una última vez. ¿Como está el cuerpo?

—Todo en orden. Acabo de verificar las lecturas de monitoreo y podemos proceder en el momento que usted lo desee.

—¿Está enterado usted de la decisión judicial que será expedida hoy?

—Sí.

—Haga coincidir los eventos. Nos veremos en Colonia.

—A sus órdenes. Y hasta pronto entonces.


Durante la función cinematográfica, el hombre se concentra plenamente en las imágenes visuales, en las palabras, en los actores, en la historia. Historia. Es una orden. Hasta antes de entrar en la sala de exhibición, su cerebro trataba de descubrir por qué motivo era enviado lejos del campo de operaciones para realizar una actividad aparentemente banal, pero al trasponer la puerta dejó esos pensamientos de lado. En el camino de regreso volvería a pensar en el asunto, sin conseguir encontrar un motivo. A veces, las cosas no son como parecen. Cuando volvió al teatro de los acontecimientos, fue directamente a retirar sus órdenes; esperaba algún tipo de arreglo, un cambio de estrategia, algo que pudiese dar un nuevo giro a los acontecimientos. En vez de eso leyó dos líneas:

—Desmovilice a los efectivos.

—Vaya para casa.


El administrador se dirigió a la joven secretaria extendiéndole un conjunto de hojas engrampadas:

—¿Me haría usted el favor de llamar a este candidato para una entrevista?

—Ciertamente. ¿Alguna preferencia de horario?

—No hace falta. Vea cuál es el mejor horario para él, haga los arreglos necesarios, y avíseme, por favor.

El hombre se retiró de nuevo hacia su sala reservada y comenzó a tomar notas sobre cuentas de gastos e ingresos por recibir.


El teléfono celular tocó cuando estaba en el subterráneo; dejó sin atender la llamada, porque sabía que no podría escuchar bien. Al salir, cerca a un shopping, caminó sin prisa hasta las instalaciones de un centro de cabinas telefónicas y discó el número que había aparecido en la pantalla del celular. Una voz femenina, con un leve acento sajón, respondió:

—Fundación Colonia.

—Acabo de recibir una llamada desde ese número.

—¿El señor Ugarte?

—El mismo.

—Usted nos envió un currículo y nuestro administrador me ha pedido que concrete una entrevista, para que puedan ustedes conversar sobre la posición, en un horario que le sea a usted conveniente.

—Para mí estaría bien mañana por la mañana.

—Perfectamente, lo esperamos a las diez de la mañana, en la misma dirección a la que usted envió el currículo.

—Pero eso es fuera de la ciudad.

—Exactamente. Le estaremos haciendo llegar, esta tarde, por mensajero, un pasaje de ida y vuelta, en vuelo comercial de taxi aéreo; es sólo media hora de viaje con buen tiempo, o tal vez 40 minutos. Al llegar al aeropuerto local de nuestra ciudad, diríjase al stand de taxis, mencione su nombre y pida ser traído a nuestra dirección. Los gastos de ida y vuelta de este taxi están cubiertos. El vuelo sale a las ocho y treinta de la mañana. Si usted prefiere, podemos intentar combinar en otro horario.

—No es necesario. Estaré ahí a las diez en punto.

—En caso de cualquier imprevisto, avísenos en este número telefónico.

—Lo tendré en cuenta. Gracias por su ayuda.

—Gracias a usted y buenas tardes.


A la mañana siguiente, el rápido desplazamiento hasta el aeropuerto y el vuelo posterior le dejaron tiempo libre para meditar. ¿Trabajar en área rural? Al parecer el salario no seria despreciable, por la facilidad con la que pagaban para hablar con él. Era sólo que eran muchos cambios en poco tiempo y seguir cambiando... quién sabe, seguir viviendo en la ciudad y trabajar fuera. Sólo media hora de viaje de ida; otra media hora de vuelta. ¿Volver a la ciudad sólo durante los finales de semana? ¿Estar siempre viajando? ¿Cuándo podría tener un perro? ¿Vivir y trabajar en área rural? El vuelo fue rápido y el viaje en taxi también. Un lugar muy calmo, sin polución, gente tranquila. Al llegar a la fundación, tocó discretamente tres veces la puerta de madera. Una joven rubia, de ojos azules, vestida sobriamente de negro, le abrió la puerta y lo saludó:

—Señor Ugarte, pase por favor —le dijo con acento sajón, indicándole el camino con la mano derecha.

—Gracias —respondió él y se encaminó por el corredor. Ella lo acompañó hasta la puerta abierta de una sala en la que se encontraban un escritorio y algunos sillones.

—Póngase cómodo por favor. Nuestro administrador estará con usted en seguida.

Ugarte la siguió con la mirada en cuanto ella salía de la sala.


—Qué placer verlo, mi joven amigo.

—¡Señor!

—Cálmese. Tenemos mucho de qué hablar.

—Pero ¿Cómo es posible?

—La mejor forma de desaparecer es hacerlo frente a todos.

—Pero yo estuve de guardia. Yo vi el cuerpo.

—Exactamente: usted vio el cuerpo. Pero tenemos cosas más importantes que discutir ahora. Esta joven que trabaja conmigo es muy eficiente, pero debe ser entrenada; hay asuntos muy complejos de logística para resolver. Cuento con usted para eso y quiero que le vaya repasando tareas en forma creciente, de modo que cuando estemos libres de aspectos burocráticos podamos pensar en expandirnos.

Todo se aclaró en ese momento. De pronto dijo:

—La película checa.

El viejo sonrió y replicó:

—Exactamente. La película checa.



César Alberto Bravo Pariente nació en El Callao, Perú, en el año 1964 y actualmente vive en São Paulo, Brasil. Éste es su primer cuento publicado en Axxón, y la película a la que se refiere en él no es otra que "El Ilusionista".


Este cuento se vincula temáticamente con La hélice (166) y Convidados del futuro (169), ambos de José Altamirano, y Apéndice para obra desconocida, de Luís Filipe Silva (173).


Axxón 173 - mayo de 2007
Cuento de autor sudamericano (Cuentos: Ficción Especulativa: Conspiraciones: Perú: Peruano).

            

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