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Pedro Pablo Enguita Sarvisé

España

Manfred miró a su esposa con compasión. Agachó la cabeza y removió el café, notando cómo los crujientes terrones de azúcar se deshacían en el espeso líquido. De igual forma sentía que su matrimonio se desmenuzaba frente a una maquinaria contra la que no podían hacer nada.

—¿Quieres leche? —preguntó no obstante, intentando darle a Agneta algo de conversación. Ella levantó un poco la mirada, lo suficiente como para que Manfred pudiera ver sus ojos enrojecidos, y negó con la cabeza.

La locutora de televisión repasaba las noticias. Lucía un brillante procesador externo que le envolvía la cabeza por los costados. Manfred miró las parpadeantes luces azules del procesador y sintió náuseas. En el fondo no podía quitarse de la mente la idea de que aquello no estaba bien, que estaban atentando contra la obra de Dios.

La locutora pasó a la noticia principal del día: el Tribunal Europeo de Derechos Humanos había rechazado el recurso que habían presentado más de un millar de asociaciones contra la polémica Ley de Derechos de Autor Genéticos. Manfred se preguntó para qué había servido que medio millón de personas —entre las que se encontraba él— se manifestaran en Berlín contra esa ley. Pero eso no era lo que importaba: lo conveniente era proteger los derechos de autor de las empresas de manipulación genética. Los ciudadanos que tenían ADN modificado se encontraban ahora que debían pagar a una multinacional por tener un hijo. Pero nada de eso importaba a la locutora, más centrada en los disturbios que estaban causando los "radicales" que se oponían a la medida.

—Quita esa mierda —ordenó Agneta.

Manfred suspiró. Si hubiera podido volver atrás habría cambiado muchas cosas, pero ahora nada de lo que hicieran cambiaría nada: serían por siempre "naturales". Y lo que era peor, nada de lo que hicieran podría evitar que su hija padeciera su mismo destino. Lo habían intentado, Dios sabía que lo habían intentado, pero ahora las brechas sociales se transmitían de padres a hijos.

Un reloj digital parpadeaba en la pared de la cocina por falta de pilas. Los trastos de la cena del día anterior se acumulaban en el fregadero sin que ninguno de los dos hiciera un esfuerzo por limpiarlos. Una mancha de humedad con cara y ojos se reía de ellos en el techo. La lluvia repiqueteaba en las planchas prefabricadas. Manfred echó un vistazo a la calle y vio a un perro husmeando en la basura.

Manfred abrió el frigorífico y repartió su mirada de un lado a otro hasta que encontró algo decente que desayunar entre los aparadores vacíos. Volvió a la mesa y se dejó caer en una de las sillas. Sorbió un trago de su café y cogió un par de galletas transgénicas. Tal vez fuera cierto lo que dijera la publicidad y bastaran dos de aquellas galletas para completar el desayuno, pero Manfred estaba convencido de que los de su infancia habían sido más sustanciosos.

Afuera diluviaba. Manfred deseó que Hamburgo se inundara otra vez para que la policía no pudiera venir. Pero era un deseo inútil, faltaban meses para la estación de los monzones.

—Será mejor que aprovechemos el tiempo.

—Ah —rezongó ella sin mirarle—. ¿Para qué?

Manfred se detuvo. A veces Agneta perdía el contacto con la realidad.

—Para estar con nuestra hija y despedirnos de ella —repuso finalmente.

—No pienso hacerlo —aseguró ella, dando por primera vez muestras de humanidad—. Es nuestra hija y no nos la arrebatarán.

—No hay forma de evitarlo. El software no tiene copyright.

—Podemos escondernos, podemos...

—Agneta: se acabó —razonó él apoyando la mano en su hombro—. Lo hemos intentado. Ahorramos todo lo que pudimos, incluso vendimos el coche para poder pagar el procesador externo, pero el software que hemos instalado es pirata.

—Hablas como ese estúpido abogado —acusó ella y se alzó de la mesa.

Manfred se quedó solo en la cocina, sintiendo cómo la mancha del techo se reía aún más de él. Cielos, tenía que reconocer que no eran precisamente unos padres perfectos. Les sucedía igual a todos los que en su día se autodenominaron orgullosamente "naturales".

Manfred no podía culpar a sus padres, cuando él nació los procesadores externos acababan de salir al mercado y sus padres se negaron a instalárselo, convencidos de que atentaba contra los designios del Señor. Manfred sabía que habían hecho lo que les había parecido mejor para él, y recordaba haber tenido una infancia feliz.

Pero un día las cosas empezaron a cambiar. Recordaba haber asistido a las multitudinarias manifestaciones que sacudieron toda Alemania cuando se decidió separar en la escuela a los niños #naturales# de los #procesados#. Sus padres le habían dicho entonces que era una medida racista, igual a las que propuso Adolf Hitler un siglo atrás. Cuando llegó al instituto se empezó a alzar frente a él —en realidad frente a todos los naturales— un muro invisible que no tardó en hacerse insalvable. Nadie hablaba de discriminación, pero era un hecho que las posibilidades no eran las mismas para unos y para otros. Todos los niños procesados sabían tocar al menos dos instrumentos musicales y hablaban seis o siete idiomas con fluidez. Cuando veía chavales de su edad publicando poesía, optando al premio Nobel o diseñando naves espaciales a Manfred le hervía la sangre. En esa época llegó a odiar a sus padres por haber querido que él fuera natural. Pero ya era demasiado tarde para enmendarlo, el procesador externo no servía de gran cosa si no se instalaba en la infancia.

Manfred terminó la carrera de derecho, fue uno de los últimos cursos en los que los naturales aún pudieron hacerlo, antes de que una nueva reforma de la enseñanza elevara otro muro más que lo hizo virtualmente imposible. Pero por aquel entonces ya sabía que el título obtenido no servía de nada. Al menos, no siendo natural. Se vio abocado al mismo destino que todos los naturales, a trabajos míseros que a duras penas le daban para sobrevivir.

Entre tanto, la férrea resistencia de los naturales se desmoronó. Inmoralidad, habían alegado los cristianos. Riesgos para la salud, habían avisado los ecologistas. Pero incluso los más fanáticos tuvieron que rendirse a la evidencia: los naturales ya no importaban en la nueva sociedad, si querían que sus hijos fueran algo más que basureros o teleoperadores debían aceptar los procesadores externos.

Manfred juró que no condenaría a sus hijos a padecer el mismo destino que él y que les dotaría con un procesador externo. Pero su juramento chocó con su triste sueldo como reponedor de supermercado. A final, tras muchos esfuerzos, él y Agneta pudieron comprar el procesador, pero no les quedó dinero para un software con licencia.

Alguien llamó a su puerta. Demasiado obcecado en sus pensamientos, Manfred no advirtió quién debía ser y temió que se tratara de la policía. Se levantó y se dirigió a la entrada del piso.

Era su abogado. No es que confiaran mucho en él, pues desde el principio les había insistido en que no tenían ninguna posibilidad contra la multinacional. Casi había procurado hacerles desistir en lo que él calificaba como inútil resistencia que sólo empeoraría las cosas. A Manfred semejante actitud le ponía enfermo. Agneta ni siquiera podía verlo.

—Buenos días, señor Meestrich —se presentó el abogado con perfectos modales. A Manfred siempre le había parecido una persona mediocre. Incluso con ese procesador externo que emitía titilantes luces azules en su sien y sus perfectos dientes perlados Manfred se lo imaginaba siempre como un borracho cervecero. Posiblemente sin el procesador hubiera acabado siéndolo.

—Buenos días. Pase, por favor.

—¿La niña sigue...? —incitó, bajando la voz para que Agneta no le oyera.

—Sí, todavía lo lleva. ¿Quiere pasar a verla? —sugirió Manfred abriendo la puerta de su habitación. Tan dulce, tan pequeña, con sus rizos dorados cayendo por su frente...

El abogado hizo caso omiso. No le interesaba ver a la niña.

—Verá, señor Meestrich. Creí que había quedado claro: es imperativo que naturalicen a la niña antes de que llegue la policía.

—Déjenos pasar un rato más con ella mientras aún tiene el procesador externo —suplicó.

—Está bien —concedió el abogado—, pero insisto en que si es la policía quien retira el procesador a la niña les acusarán de resistencia a la autoridad.

Manfred dejó atrás al abogado y regresó a la cocina. Las lágrimas de Agneta le dijeron que sabía qué iba a suceder.

—Tenemos que hacerlo —le recordó Manfred.

—¡No quiero que mi hija se convierta en un monstruo! —gritó ella abalanzándose sobre él, los ojos inyectados en sangre, la saliva colgando entre los dientes.

—No será ningún monstruo —aseguró Manfred abrazándola.


Ilustración: Ferrán Clavero

—La despreciarán, la discriminarán...

—Pero será nuestra hija. Balbuceará, gateará y se caerá. Aprenderá a hablar cuando tenga un año y a escribir cuando tenga seis. No descubrirá la vacuna contra la ICE, ni será piloto de aviación. Pero será nuestra hija.

Volvieron a llamar a la puerta. En esta ocasión el ritmo apremiante de los golpes no presagiaba nada bueno.

—La policía ya está aquí —dedujo Manfred, apartando los brazos de Agneta—. No podemos esperar más.

Su esposa se desplomó de nuevo en la silla de la cocina y Manfred, enfilando el pasillo, abrió la puerta de su casa con la mayor dignidad de la que fue capaz. Dos agentes de policía esperaban en la entrada. A juzgar por la expresión de sus rostros no parecían muy orgullosos de lo que habían venido a hacer. Manfred les dejó pasar, pero pidió hacer él mismo la desconexión.

Se detuvo ante la puerta que llevaba a la habitación de su hija. Su abogado y los dos policías esperaban a su lado sin decir palabra. Incluso Agneta, desde el otro extremo del piso, parecía haberse sumado al respetuoso silencio. Al fin, con un paso vacilante, Manfred empuñó el pomo de la puerta y penetró en la habitación. Allí estaba su hija de tres meses, con su rizado cabello rubio, sus mofletes sonrosados y los ojos muy, muy abiertos. El procesador externo emitió un patrón de luces amarillas y naranjas y la niña le dedicó una mirada que le desconcertó.

Manfred apartó la mirada de su hija y cerró la puerta tras de sí.



Pedro Pablo Enguita Sarvisé nació en Barcelona el 9 de septiembre de 1975, donde vive todavía. Estudió Ciencias Físicas en la Universidad de Barcelona y actualmente trabaja como informático. Aunque ha escrito bastante (incluidas varias novelas) de momento aún no ha publicado nada; comenta el autor: de hecho posiblemente sea ésta la primera publicación, a menos que se adelante la revista NUEVO MUNDO.


Este cuento se vincula temáticamente con "Soporte vital", de Marcelo López González (167) y "Cabeza cableada", de Raú:l Soto (182)


Axxón 186 - junio de 2008
Cuento de autor europeo (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Discriminación : Cibernética : Modo de vida en el futuro : España : Español).

            

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