¿LO HARÍAS POR MÍ, AMOR?

Juan Pablo Ringelheim

Argentina

El 15 de febrero de 1590 no amaneció en Florencia.

A media mañana había tantas estrellas en el cielo como lunares en la espalda de Guilia. El cielo era un espejo de su piel más blanca. Sus párpados cerrados, como los portones de la Iglesia de Santa María Novella, separaban el mundo profano de la vigilia del espacio sagrado de sus sueños. Vincenzo acercó un candil a los ojos de su enamorada y creyó sondear así la profundidad de la inocencia; ella no despertó.

El observatorio estaba iluminado por tres lámparas con tanto aceite como para arder una eternidad o más. Vincenzo se había preparado para el tiempo en que el sol ya no saldría. En el centro del observatorio reinaba la cama, y en la cama, Guilia. Vincenzo la contemplaba. En la noche del mundo la amó mucho más.

La sábana de seda verde cubría a Guilia hasta la cintura y se enroscaba entre sus piernas. Vincenzo todavía la contemplaba cuando se apagó un candil y cambiaron las sombras. Pronto creyó ver que la sábana retorcida era la serpiente Ofión copulando con Guilia. Y creyó ver que Guilia era la diosa Eurínome antes de quedar encinta y poner el huevo universal. Cayó de rodillas perplejo ante inmensa lujuria. Imploró valor a Dios. El valor de San Jorge. Y tuvo suficiente como para llegar a gatas a los pies de la cama. Y ver que la sábana era sólo una sábana, pero era buena para ser quemada. La arrancó. Hizo con ella una bola y la roció con aceite, la prendió fuego y la arrojó por la ventana. La bola encendida se ahogó en el arroyo, justo cuando en el cielo moría una estrella fugaz.

Ahora encendió el candil. Su Eurínome, desnuda, no despertó.

Desnuda es mejor para trabajar, pensó Vincenzo. Hacía ya algún tiempo que había inventado un astrolabio especial. Un astrolabio que servía para buscar la posición de los astros en la espalda de Guilia: los lunares eran estrellas o planetas. Nunca había podido hallar al sol.

Apoyó el astrolabio en la piel y comenzó por Júpiter, pronto encontró sus cuatro lunas. Estaban donde debían estar. Giró la placa madre del artefacto y encontró la luna terrestre. La Tierra debía ser el lunar más grande, y pronto lo halló. Se detuvo en la Tierra y disfrutó la fortuna de vivir ahí, en la piel de Guilia.

Ahora estaba todo preparado: si movía la pieza superior del astrolabio una aguja indicaría dónde estaba el sol. Movió la pieza. La aguja señaló una mancha roja y pequeña, no podía ser el sol. Volvió atrás y giró la pieza otra vez. Ahora un lunar más grande que la Tierra y negro como el carbón había nacido de la espalda de su Eurínome. Tuvo que contenerse para no gritar de contento. Su obra había concluido, nunca más saldría el sol en este planeta.

Paolo Vincenzo era un astrónomo eremita de las afueras de Florencia. Los asuntos de Florencia no eran los suyos. Su torre bordeada por un arroyo claro como el cristal era todo lo que tenía por ciudad. Jamás lo vieron en la plaza Santa Croce, ignoró la construcción del Palacio Uffizi, el mercado le pareció algo superfluo, y los Médicis no supieron nunca su nombre ni su ciencia. Tuvo un joven discípulo, a quien nunca pudo enseñar su saber.

El discípulo había golpeado a su puerta en 1585, después de un largo viaje junto a su madre.

Había nacido en Pisa y tenía por único sueño conocer el Ponte Vecchio de Florencia. Había sido el primer puente en la historia construido enteramente en piedra y era algo milagroso que no se hundiese en el río Arno. Pero lo que verdaderamente interesaba al joven era navegar bajo el arco central del puente en un atardecer, cuando en las aguas se reflejara el lucero. Era leyenda que si un navegante se detenía bajo la bóveda del arco, y preguntaba al reflejo del lucero por su destino, en la noche se le aparecería un oráculo para responder qué tarea debía realizar en el mundo.

Cumplió los veintiún años sin haber salido nunca de Pisa. El día del cumpleaños su padre murió atragantado con un hueso de pollo. A la mañana siguiente el joven tomaba un velero con su madre para llegar a Florencia remontando el río Arno. Antes de partir la viuda prendió fuego el corral y la casa. Antes de partir el joven rogó al cielo. Rogó que el oráculo le revelara una misión que lo hiciera padre de algún invento. Zarparon.

El valle del Arno le pareció similar al purgatorio. Habían dejado atrás el infierno de Pisa y era probable que el paraíso florentino abriera sus puertas a las prostitutas, ladrones, huérfanos y doctores que navegaban hacia el este. En caso de morir por pecado prefería hacerlo después de haber mordido la manzana prohibida, y no atragantado por un hueso de ave, pensó.

Había pasado más de un día de viaje y atardecía. El capitán anunció que faltaba poco más de una hora para arribar a Florencia. También dijo que todos debían abandonar el velero: el cielo está gris oscuro y sólido como el mármol. El aire está quieto. Una tempestad espera agazapada entre la eternidad y un estornudo, así habló el capitán.

Vincenzo dibujaba el cielo en un papel cuando golpearon a su puerta. Dibujaba con tinta hecha de yema de huevos de paloma y pigmentos orientales. Ahora estaba dibujando montañas en la luna. Y montañas tendría la luna en el cielo desde la medianoche, cuando terminara su trabajo. Y para que los hombres no vieran a la luna cambiando de forma, había dibujado nubes marmóreas entre la tierra y el cielo. Y las estaba terminando cuando golpearon a su puerta. Y volvieron a golpear.

Un joven y una mujer en la intemperie. Se detuvo en la mujer y la recorrió desde los tobillos hasta la frente celestial, le pareció Venus, le pareció virgen, le pareció ninfa, sagrada; su nombre era Guilia y así la llamaría durante los siguientes cinco años.

Ella podría pasar la noche en la torre, el joven no. Debía continuar su camino a Florencia para realizar su sueño, para conocer su destino esa misma noche, dijo Vincenzo. Pero en la tempestad no veré al lucero, replicó el joven. Lo verás, y mañana vendrás a contarnos cuál es tu destino revelado. Cerró la puerta. Guilia quedó adentro y su hijo afuera. Ella quiso abrir para ir con él. Vincenzo la tomó de las muñecas. Ella lo miró a los ojos, ardían. Ardían como había ardido el corral, y como había ardido su propia casa en Pisa. Ardían y ella quiso vivir en los ojos de Vincenzo, una vida diferente.

No había tiempo que perder. Debía terminar de construir la nueva luna. Debía también despejar una parte del cielo para que en el Ponte Vecchio se viera el lucero. Nubló el cielo entero y dejó una ventana para la estrella. Trazó más montañas en la luna. Y dejó que Guilia dibujara también, y llegó la noche, y Guilia creó una cadena de montañas y dijo que ahora la luna tendría una cara.

Vincenzo repasó la nueva luna y le pareció que estaba bien. El trabajo había concluido. Ella sentada a su lado no creía todavía que la mismísima luna en el cielo fuera a cambiar en algo por haberla dibujado en un papel. Entró un viento por la ventana y el viento apagó un candil, y el humo hizo que Guilia estornude sobre el papel, entonces una lluvia milenaria se desplomó sobre el cielo florentino.

Cuando Vincenzo lloraba sin saber por qué, Guilia apagó el último candil. No había Dios en esa tempestad y ellos se enamoraban.

Pasó la noche en Florencia y por la mañana fue a visitar a su madre a la torre. Dijo que el oráculo le había revelado su destino: ser un mensajero, un vulgar mensajero. La madre le indicó la dirección de la más famosa escuela de matemáticas en Florencia y le dio dinero de Vincenzo. El joven volvió a Florencia. Todos los domingos visitaría a su madre y traería a Vincenzo huevos de paloma y pigmentos orientales.

Esa noche vieron la nueva luna. Cuando una fina nube negra la cortaba en dos mitades, ella lo miró a los ojos. Ardían. Quisiera, dijo ella, quisiera, si me quieres, que ya no cambies los cielos... ya no los cambies con dibujos en papel. Quisiera que lo dibujes en mi espalda. Vincenzo juró ante Dios que Guilia tendría un firmamento entero en su piel.

Comenzó por Júpiter y le hizo cuatro lunas. Pasaron dos años y la Vía Láctea había sido recreada con nuevas estrellas, recorriendo la espina dorsal. A veces borraba una estrella de la espalda para ponerla en otro lugar, y por un momento desaparecía del cielo. Y los astros que giraban alrededor de la Tierra eran dibujados con círculos orbitales que trazaban sus recorridos. Y mientras progresaba su trabajo Guilia resplandecía como una mujer encinta.

Pasaron cinco años y el trabajo concluyó. El astrolabio servía para verificar que el cielo obedeciese a la piel de su enamorada, y obedecía. Había un cielo entero en Guilia, y la Tierra era el centro de ese universo, pero no había un sol. La tinta se borroneaba cuando lo dibujaba, y el sol en el cielo no obedecía a los trazos en la piel. Por su carácter divino, decía él, no puedo dominar al sol, no puedo.


Ilustración: Valeria Uccelli

Quisiera, si me quieres, quisiera que ya no haya sol en el mundo, dijo Guilia. Una noche eterna para nosotros dos, pidió.

—Tendría que detener al sol en la noche... —pensó Vincenzo en voz alta— para que no salga. ¿Lo detendrías?, preguntó ella. ¿Lo harías por mí, amor?

Era sábado 14 de febrero de 1590. Vincenzo sabía que para lograr que el sol no se borronee en la piel tendría que grabarlo con una aguja. Una vez grabado, evitando hacer un círculo orbital, lo dejaría quieto. Al caer la tarde molió tallos de lechuga secos para usarlos como somnífero y Guilia durmió. Comenzó la operación.

El 15 de febrero de 1590 no amaneció en Florencia.

A media mañana Vincenzo comprobó con el astrolabio que el sol estaba al fin en la espalda de Guilia. Tuvo que contenerse para no gritar. Nunca más saldría el sol en este planeta.

Besos en la espalda, para despertarla. Caricias en la cara. Unas palabras de amor. Palabras de miedo. Gritos. Una bofetada.

Eurínome había muerto: ya no habría cosmos sobre este planeta.

Quiso retroceder el tiempo, quiso volver atrás. Entonces trazó con furia un círculo orbital para que la Tierra gire, para que ande hacia atrás. Pero la Tierra comenzó a andar hacia delante. Por primera vez se movía y esto no hizo más que empeorar las cosas. El tiempo se aceleró. La espalda de Guilia comenzaba a descomponerse cuando la Tierra giraba por primera vez alrededor del sol.

El joven llegó a la torre cuando Vincenzo la prendía fuego.

Algunos años después, el joven Galileo Galilei, sólo tuvo que explicar al mundo lo que había visto, en términos matemáticos.



Juan Pablo Ringelheim nació en Buenos Aires el 8 de diciembre de 1973. Le ocurre que la inspiración sólo le llega andando en bicicleta. Cuentos oscuros inspirados en un túnel, cuentos eróticos al pasar frente a una vidriera con maniquíes, melodramas al cruzar un kiosco de periódicos, o historias de hadas frente a una casa de electrodomésticos. Además es docente. Y ha publicado cuentos en revistas como RAYANDO LOS CONFINES, ARTEFACTO y AXOLOTL. Es miembro del comité editorial de la revista ARTEFACTO. PENSAMIENTOS SOBRE LA TÉCNICA.


Este cuento se vincula temáticamente con "LA GUARDIA NOCTURNA", de Carlos Enrique Abraham (149), "ANUBIS", de Martín Casatti (154) y "Tlallin (Susan on the West Coast waiting)", de Gabriel Trujillo Muñoz (146)


Axxón 186 - junio de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Mitología : Surrealismo : Argentina : Argentino).

            

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