RUINAS DE NEÓN

Alexis Brito Delgado

Espaņa

La piel tersa parecía pertenecer al protagonista de una película de ciencia ficción que, luego de un prolongado viaje claustrofóbico, sale de la cápsula a la superficie luminosa de un planeta desconocido...
J.G. Ballard

Ahora, después de tantos años, intento enfocar de otra manera el pasado. Llevo sufriendo mis traumas demasiado tiempo, atrapado en una madeja de remordimientos que me han impedido crecer, mientras los años borrosos se desdibujaban en mi memoria. Quisiera reconciliarme conmigo mismo, olvidar los errores cometidos y empezar una nueva vida. Sé que no será sencillo, soy demasiado conflictivo para aceptarme, los injertos biónicos me lo han arrebatado todo...
Dorian Stark


1

VANCOUVER


La limusina descendió el paso elevado, circuló bajo dos columnas de hormigón y se introdujo en la autopista transcontinental. El deslizador color negro metalizado cambió de carril, sorteando la circulación intimidatoria, mientras se dirigía al área megapolitana delineada en el horizonte. Los edificios de acero y cristal de Vancouver destellaban como espejos bajo el cielo plomizo. Pesadas nubes cargadas de agua cubrían los inmensos rascacielos, los bloques de oficinas, los zigurats de las Casas Madres y los apartamentos kilométricos. En un costado del vehículo, un gallardete plateado ondeaba al viento con el emblema de la Corporación Schneider en el centro: una mano mecánica con el ojo humano impreso sobre la palma abierta.

Impávido, Stark apartó la vista del cristal e ignoró la carretera circundada por colinas perladas de césped artificial. El Agente Ejecutor vestía las ropas sobrias propias de su orden: gabardina de cuero, camiseta de kevlar, pantalones militares, guantes de neopreno y botas de combate de caña alta. En su torso, dentro de un arnés multipropósito de nylon, destellaban a ambos costados dos W-PPK de manufactura europea, y en la parte posterior diez cargadores standard de nueve balas de punta endurecida. Los ojos biónicos del alemán estudiaron el interior de la limusina: asientos tapizados con cuero de imitación, videófono Sony Ericsson, mini-bar para cuatro personas y un televisor de catorce pulgadas Sanyo. Interiormente, Stark aborrecía los lujos puestos a su disposición, a pesar de ser un oficial continuaba actuando como un soldado raso, las comodidades ablandaban a los hombres de su clase y los volvían imprudentes; detalle que no estaba dispuesto a permitir en su persona. Curioso, abrió la puerta del aparato y comprobó su contenido: vino, refrescos, botellas de agua mineral, bebidas energéticas y champán. Una mueca sardónica recorrió su rostro.

El comandante Aries me conoce bastante bien, pensó. Me agasaja con todas estas porquerías porque sabe que no consumiré nada.

Después de cumplir su última misión de exterminio en Nueva Delhi, sus superiores lo habían enviado de inmediato a Canadá, detrás del rastro de los cibernados que no había logrado aniquilar en la India. Como de costumbre, Aries no contaba con su estado anímico; el alemán llevaba dos meses detrás de aquellas máquinas sin tomar un respiro, merecía unas semanas de permiso, cosa que los líderes de la Schneider se empeñaban en obviar. Dorian soltó un suspiro, estaba harto de su profesión, tarde o temprano terminaría siendo herido por algún oponente: pasar por el bioquirófano por enésima vez no le interesaba en absoluto.


2

RUINAS DE NEÓN


A lo lejos, sobre los carriles cuádruples de la autopista, los anuncios tridimensionales obsequiaban todo tipo de productos durante las veinticuatro horas en una catarata ininterrumpida de marketing. Sin que lo deseara, un eslogan publicitario llamó su atención, arrancándolo de sus tenebrosas reflexiones. Una modelo oriental, de cabellos oscuros y miembros delicados, aparecía encuadrada por un fondo virtual que evocaba el interior de una fábrica. Los dientes de Stark chirriaron, la joven le había recordado a Nessa, sus rasgos exóticos eran idénticos a los de la cyborg que había amado una década antes. Con la boca seca, pasó por alto el ardor de sus mejillas y los latidos que amenazaban con romperle la caja toráxica: las anfetaminas comenzaban a jugarle una mala pasada. El Agente Ejecutor se quitó las gafas de sol y estudió las facciones de la mujer; la semejanza física era increíble; parecía una copia de los Beta-3 con los que había trabajado en el pasado. Un nudo estranguló su aliento, presionó sus pulmones y le arrebató la respiración hasta causarle ganas de vomitar: el peso de los remordimientos lo abrumaba como una losa de plomo. Alterado, buscó el frasco de estimulantes, pero a medio camino su zurda se detuvo: sabía que narcotizándose no solucionaría nada.

Durante su viaje a Vancouver, una sensación de nerviosismo le había arruinado el trayecto. Inconscientemente, el alemán había intuido la negra depresión que se aproximaba, que fue tomando fuerza según avanzaban los kilómetros interminables. A pesar del aire acondicionado, un escalofrío le erizó los pelos de la nuca. La frialdad que llenaba su interior crecía, insidiosamente, amenazándolo con arrastrarlo a un abismo de pesar que conocía de memoria. Stark apretó los puños hasta que le dolieron los dedos, no permitiría que su lado oscuro tomara el control, tenía cosas más importantes por las que preocuparse: su profesión era una prioridad fundamental; el resto carecía de sentido.

Poco a poco, el cielo descargó su masa, inundó la calzada y repiqueteó sobre la superficie del vehículo. Melancólico, Dorian percibió la carretera en movimiento: las señales de tráfico, el brillo de los deslizadores urbanos, el fulgor de los intermitentes y el sonido amorfo de los motores de gran cilindrada.

No quedaba esperanza, el mundo era una cloaca devorada por la alta tecnología que, tarde o temprano, sucumbiría ante el avance implacable de la cibernización. El alemán, como sargento de la Orden de los Centinelas, representaba a una pequeña fracción de su casa. Gracias a hombres como Stark, la Tierra y el resto de los planetas del Sistema Solar colonizados, tenían un freno para las máquinas rebeldes que amenazaban con conquistar el universo conocido.

Soy una escoria, meditó con desprecio. Cualquiera de mis víctimas tendría más derecho a existir que yo.


3

REFLEXIONES


Con una expresión de desánimo, apoyó la mejilla contra la ventana manchada de gotas de lluvia y cerró los párpados. ¿Por qué no era capaz de afrontar el presente con integridad? Dorian sopesó la idea de abrir una de las botellas, pero la desechó de inmediato: las pastillas echarían a perder los efectos del alcohol. Stark deseó desaparecer del mapa, relegar sus responsabilidades a oficiales competentes, cosa del todo imposible; en caso de desobedecer las órdenes o de atreverse a desertar, sería fusilado por Alta Traición a la Schneider.

Lo que más odiaba de su juventud, entre otras cosas, fue la vulnerabilidad que sufría en aquella época. El alemán nunca había tenido seguridad en sí mismo, ni creía en sus posibilidades, menos en su talento o aptitudes como individuo. Madurar, en un principio, representó un desafío, pero las circunstancias, junto a todas sus complejidades, derribaron por tierra el puzzle que constituía su espíritu. Ahora era distinto, los remordimientos que atesoraba lo habían moldeado en un asesino frío e implacable, capaz de cometer las peores atrocidades; sus superiores debían estar satisfechos ante los resultados, de ello no le cabía duda alguna. Aunque quisiera, Stark no podía recobrar las esperanzas perdidas, no le quedaban fuerzas ni ilusiones para intentarlo, los dados estaban echados desde que un misil le voló las piernas y parte de su costado derecho doce años atrás.

Aceptar su personalidad fue la tarea más difícil: pesadillas innombrables lo desvelaban por la noche, recordándole que no volvería a ser humano, que tenía más cosas en común con las máquinas que lo que le gustaría reconocer. La paz espiritual, como concepto, le estaba negada de antemano: era demasiado tarde para cambiar de parecer, parecía que continuaría aferrándose al pasado hasta el día de su muerte.

Nessa fue el punto de inflexión, gracias a ella no hubo marcha atrás, perder a la cyborg consumió las emociones que le quedaban, después sólo restó el vacío de la pérdida y la amargura: poca cosa para continuar adelante. La insensibilidad, el odio, el rencor y el arrepentimiento que experimentaba al respecto forjaron un núcleo de diamante en su interior y realzaron las peores cualidades que jamás permitió salir a la luz.

Por ello, disfrutaba eliminando a sus enemigos, era una forma de vengarse de la sociedad que le había dado la espalda, de ratificar el aborrecimiento que hacía de su existencia un infierno. Lentamente, los recuerdos anegaron su memoria y lo obligaron a regresar a una adolescencia que anhelaba destruir con todas sus fuerzas...


4

NESSA


Dorian cruzó el corredor rodeado por cámaras de criosueño. Técnicos de Información desfilaban por los pasillos cubiertos de baldosas acrílicas, que apenas se distinguían de los tonos impersonales de las altas paredes que se inclinaban en sentido oblicuo sobre su cabeza. Sin prestar atención a los cristales ahumados donde las distintas clases griegas descansaban, Stark se subió a la pista deslizante con movimientos cansados. Durante el camino, estudió los letreros luminosos que especificaban el número de serie de cada unidad de combate. Aún se preguntaba el por qué de aquel extraño deseo, no era capaz de responderse, se dejaba arrastrar por la marea del destino donde quiera que lo llevara: debía vivir todo lo posible antes de ser eliminado en alguna de sus operaciones. El alemán abandonó la pista en marcha y se acercó al compartimiento asignado a los Beta-3, con una mirada expectante en el rostro. Limpiando el vaho del cristal con la manga de la trinchera, las estilizadas cápsulas se revelaron ante sus ojos, cada una ocupada por un inquilino sumido en un profundo sueño artificial. Sus pupilas recorrieron las superficies de acero y gomaespuma, encontrando a la mujer que buscaba desde el principio dentro de una cámara cubierta de escarcha, que se amoldaba a los bordes su fisonomía. La cyborg dormía plácidamente, con la faz relajada, sin pesadillas que turbaran su descanso. Hipnotizado, el Agente Ejecutor contempló las líneas esculpidas en carne sintética: el pelo negro enmarcaba la belleza del enigma detrás de un velo de inconsciencia, frente amplia en un rostro bello de rasgos orientales, las cejas formaban dos semicírculos sobre los ojos biónicos (uno oculto por una microcámara de rastreo) de largas pestañas, pómulos marcados, nariz pequeña, boca de labios sensuales y barbilla redondeada. El cuerpo desnudo de metro ochenta de altura era perfecto: músculos precisos de bailarina, piel blanca, hombros anchos, cintura estrecha, senos pequeños bien formados, vientre liso, caderas estrechas y piernas largas.

¿Cómo te llamas?, preguntó a la máquina intentando conseguir una respuesta. ¿Quién eres?

El rostro dormido no pudo responderle, despertaría cuando sus superiores lo ordenaran, probablemente para ejecutar otra misión. Stark no podía explicar por qué se sentía fascinado por la mujer, no cesaba de pensar en ella desde que lo había auxiliado en la catedral moscovita. Debería odiarla, era una máquina, idéntica a las que le arrebataron su humanidad durante aquel ataque en Tokio. Al contrario de sus deseos, sólo podía sentirse atraído por aquel ser en todos los sentidos. Durante el escaso tiempo que compartiero se encontró protegido entre sus brazos, el sostén que le proporcionó calmó los dilemas que deterioraban su interior.

Me siento atraído por ella, pensó. Si fuera humana intentaría hacerle el amor. Pero es una cyborg, terminará rebelándose contra sus creadores, hasta que uno de nosotros tenga que cazarla.

Fascinado por la belleza sobrenatural de su cara, la nostalgia por los tiempos felices se expandió, invadió sus fibras y se transformó en una necesidad sin nombre que nubló su visión de lágrimas...


5

LA MUERTE DE LOS AMANTES


Atormentado, el Agente Ejecutor regresó al presente, con la garganta estrangulada por las imágenes del pasado. El deseo de cambiar las cosas lo abrumaba, quizá de esta forma pudiera dar sentido a todo aquello de lo que se avergonzaba, renacer de las cenizas que habían forjado su personalidad estoica y obsesiva el día que despertó en el bioquirófano con un cuarenta por ciento menos de humanidad.


Ilustración: M.C. Carper

Debo darme una oportunidad, meditó. O todo lo bueno que experimentamos se desvanecerá sin dejar rastro.

Su actitud no le aportaba nada bueno, sólo las mismas contriciones de siempre, que le arrancaban las esperanzas que aún era capaz de alimentar. En el momento actual, Stark odiaba a la cyborg con todas sus fuerzas; nunca le perdonaría que lo hubiera abandonado en mitad de la madrugada, una noche sombría, después de hacer el amor en su apartamento de Los Ángeles. Cuando despertó entre las sábanas vacías, el olor de su cuerpo ausente estuvo apunto de arrancarle la razón: nunca logró superar su despedida.

Dorian inspiró una bocanada de aire, estiró los músculos de su espalda y procuró tranquilizarse: odiaba actuar como un estúpido. Acto seguido, procuró controlar sus sentimientos; acababa de cumplir treinta años, era hora de olvidar lo que lo angustiaba, aceptar que no tenía remedio y tomarlo como una experiencia más. La idea calmó sus nervios torturados y le concedió un instante de respiro; merecía una segunda oportunidad, llevaba siglos estancado en aquel punto muerto.

El alemán debía reunir el valor suficiente para enfrentarse a sus miedos, no podía permitir que sus obsesiones arruinaran la misión, o su historial militar tendría su primera mácula. No era tan sencillo huir de sí mismo, llevaba demasiado tiempo atado a sus heridas. Le era imposible olvidar el precio que había pagado por continuar adelante; los implantes cibernéticos lo marcaron, convirtiéndolo de manera radical en un bioconstruido. Dorian estaba obligado a enfrentarse a su propia personalidad a diario, día tras día, mes tras mes, año tras año, sin posibilidades de encontrar redención por los pecados cometidos. ¿Realmente había querido cambiar desde el principio? Lo dudaba, le atraía demasiado el lado tenebroso de su ser, la misma parte que arruinaría el mañana con sus bordes afilados, obligándolo a suicidarse cuando desapareciera el límite que lo distanciaba de la hibridación absoluta. Stark arrastraba una cruz imaginaria sobre su conciencia, lo positivo contra lo negativo, era la disyuntiva que soportaba con aborrecible autocompasión desde su infancia.

Los vivos no deben amar a los muertos, pensó. No quiero vivir de esta forma.

Era el momento apropiado para evolucionar, de olvidar los lienzos tétricos del pasado, de aceptar que aún le quedaba toda la vida por delante y que despreciando el recuerdo de la cyborg jamás sería feliz. Por primera vez en años, Dorian esbozó una sonrisa satisfecha, sin la dosis habitual de amargura que acompañaba a aquel gesto: puede que en un futuro próximo pudiera admitir sus fracasos y recuperar los deseos de continuar adelante...



Alexis Brito Delgado nació en Tenerife en 1980. Es autor de la novela Luz blanca / Calor blanco (Ediciones Parnaso, 2007), y ha colaborado con diversas revistas, NEXUS, VELERO 25, AURORA BITZINE, NGC 360 y otras. Sus sutores preferidos son William Burroughs, Michael Moorcock, James G. Ballard, y Philip K. Dick, entre muchos.



Axxón 187 - julio de 2008
Cuento de autor europeo (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Cyberpunk : Espaņa : Espaņol).

            

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