UNA CUESTIÓN DE BALÍSTICA

Marcelo Sáez Worsley

España

En vista de los acontecimientos no deja de ser curioso, pero toda la vida he sido un escéptico. Río al ver lo crédula que es la gente que acude a santeros, cree en los fantasmas, lee los horóscopos, percibe propiedades esotéricas en piedras, amuletos y demás. Quise ser científico, pero me quedé corto con las notas y decidí matricularme en un curso de Humanidades que trata de la historia de las ideas. Estoy terminando mi tesis sobre la genealogía de la casuística en el pensamiento científico. No me ha ido mal, me habría gustado concluir el proyecto, escribir la palabra FIN antes o después de la bibliografía, si es que tal grafismo es tolerado por mi director de tesis, un monstruo con el bolígrafo rojo de las críticas siempre dispuesto... Por esta razón (y alguna más) no lo voy a echar de menos.

Junto a mi talante empirista, desde la más inquieta infancia o desde los primeros recuerdos que aún conservo, he sentido la compulsión de establecer pautas y reglas (por no decir vínculos, símbolos e interacciones) en el infinito datumdel mundo natural y social en el que necesariamente estamos inmersos.

Todos conocemos a alguien que cuenta las baldosas que pisa o evita caminar sobre las líneas que las demarcan, o tiene la manía de los números pares, impares, primos o qué sé yo. También te encuentras a personas para quienes existen los colores prohibidos, fechas negras, lugares funestos, o lo contrario a lo enumerado; además de gestos propicios, formas de cortejar a la buena suerte e incluso augurar la buenaventura en un viaje de negocios con una baraja de cartas en una partida de solitario.

¿Son estas manías formas encubiertas de superstición? Mis compañeros de piso, tanto mi querida Ángela como su hermano Víctor, así lo estiman, pero yo no estoy tan seguro. Creo que las supersticiones requieren algo más, un fondo cultural al que pertenecer en el cual adquieren, en último término, su sentido; soy incapaz de pensar en alguna de estas prácticas o creencias que no deriven de una forma de ver el mundo que puede ser religiosa o metafísica, mientras que las pequeñas manías que he sugerido remiten a un lenguaje privado (por mucho que proteste Wittgenstein), o, para ser más exactos, utilizan el lenguaje cotidiano para establecer sentidos que otra persona, ajena al usuario, difícilmente podría comprender o valorar adecuadamente.

Mi propia manía obsesivo-compulsiva para utilizar la terminología de Ángela es bastante más interesante que las inocentes costumbres que acabo de mencionar. Para mí, cuando mis antenas están perfectamente calibradas, dos árboles del parque que atravieso para ir a la Facultad riman con un álamo solitario que cabecea frente a la fuente en la que beben los estudiantes en las tardes de verano. Existe una cierta poesía esclarecedora en los signos que percibo. Afirmo contra la opinión de mis compañeros que se trata realmente de un ejercicio de conocimiento, probado empíricamente, cuyo alcance y trascendencia sólo hoy he llegado a intuir.

Este momento de revelación empezó a gestarse gracias a un detalle de lo más prosaico (a la luz de los acontecimientos, es posible que esta descripción sea siempre engañosa). El piso que alquilamos está dotado del mobiliario minimalista y vetusto característico de las viviendas que arriendan los estudiantes: alfombras raídas, tres o cuatro sillas de difícil equilibrio, armarios de conglomerado... Tal austeridad queda más que compensada, sin embargo, por una mesa de billar que ocupa buena parte del salón. La dueña del inmueble se quedó de piedra al descubrir, durante la visita que habíamos concertado, que algún inquilino caradura había instalado sin permiso, y después abandonado, aquel mamotreto en la sala. Escandalizada, se comprometió a deshacerse de la mesa; por supuesto nos negamos vehementemente a aceptar su ofrecimiento, y de hecho, gracias al entrechocar de las bolas, hemos llegado a convertir nuestra casa en un lugar clave para el esparcimiento social de nuestros colegas. Huelga decir que los vecinos no comparten nuestro entusiasmo por los juegos de salón.

Me he proclamado campeón de billar durante los dos últimos años, he vencido a todo el que por aquí se ha presentado, de modo que mis amigos no cesan de animarme a que me dedique al tema profesionalmente. El secreto de mi éxito es simple: además de una cierta habilidad natural para discernir ángulos, fuerzas y trayectorias, se lo debo al entrenamiento en solitario. Cada mañana, antes de salir a la calle, antes incluso de preparar el desayuno o mirar la esfera del despertador, practico durante un espacio de tiempo aleatorio, definido por una serie de reglas generales que dejan espacio para la improvisación.

El objetivo de mi entrenamiento obedece a las vicisitudes cotidianas de mi vida. Si un día tengo examen, dependiendo de la dificultad del mismo, estoy obligado a embolsar un cierto número de bolas, una cifra que viene dada por una intuición automática. La consecución de la tarea determina el resultado de la prueba (insisto en que esta relación ha sido verificada experimentalmente). Supongamos, para utilizar otro ejemplo, que estoy pensando en pedir una cita a una chica de la Facultad, o que voy a declararme (ridícula expresión, ya caduca) a Ángela. Para que tales intenciones lleguen a buen puerto, es menester embocar, respectivamente, cinco y siete bolas en forma sucesiva. Si consigo superar la prueba a la primera, la felicidad está asegurada; de no ser así, el número mágico es invariablemente tres; es decir, éste es el número de tentativas previsto por la reglamentación. El fracaso, por supuesto, conlleva la cancelación del proyecto, ya se trate de un examen (he tenido que renunciar a presentarme a dos este año), de un tema de cariz amoroso, o de cualquier otro asunto lo suficientemente importante como para ser cotejado.

Es en este punto donde Ángela discrepa con mis conclusiones. Una mañana, hace unos meses, cuando el entrechocar de las bolas la obligó a levantarse de la cama para afearme la costumbre he de admitir que mis prácticas matinales no son del agrado del personal, sobre todo, como en este caso, cuando hay resaca de por medio cometí el error de explicarle los entresijos de mi ciencia; por descontado que obvié decirle que mis sentimientos hacia ella habían ocupado ya un sinfín de prácticas solitarias. Estuvo pensativa durante un buen rato antes de abrir la boca, como preocupada por algo, se rascó las palmas de las manos como siempre hace cuando reflexiona sobre un asunto difícil y finalmente me soltó la frasecita: Ya hemos hablado de este tema en otras ocasiones. Posiblemente tengas algún trastorno obsesivo-compulsivo. ¿Te has planteado hablar con un psicólogo?

Es innecesario glosar el dolor que sentí al oír aquellas palabras, viniendo de la preciosa boca de mi demonio particular, cuyos labios me atormentan incluso en estos momentos desesperados. Me defendí como un gato panza arriba, le aseguré que miobsesión no era tal sino que constituía una ciencia, recité de memoria toda una serie de ocasiones que demostraban la correspondencia entre prueba y resultado, le hablé de exámenes, viajes, partidos de fútbol, apuestas ganadoras en el hipódromo...

Ángela pareció asustarse ante la cantidad de datos que contrasté, pero ¿se rindió? Ni por asomo. ¡Alto ahí! me dijo ¿Cómo sabes que funciona tu sistema si te niegas a actuar en caso de derrota?Estoy convencida de que habrías acertado los caballos ganadores aunque no hubieras embolsado veinte bolas, o las que fueran, pero tú te niegas a actuar a menos que obtengas un buen resultado, ¿cómo puedes mantener entonces que se trata de un método científico?

Aquí sí que me dio de lleno. Una vez que regresó a su habitación, con un vaso de agua en una mano y un paquete de aspirinas en la otra, decidí investigar la negativa de mi método a la primera oportunidad, para probar la bondad de los resultados fuera de toda duda. Con esta resolución, empezó la cuenta atrás que me ha conducido al desastre...

Ocurrió a la mañana siguiente. La sentencia elegida para verificar o falsificar mi método era producto de una imaginación sobreexcitada por los hervores a los que había sido sometida durante los dos últimos años de convivencia; dadas las circunstancias, no pudo ser más desastrosa, ni más destructiva para mis aspiraciones eróticas. Me dije: si emboco siete bolas seguidas, entraré en el cuarto de Ángela esta tarde, durante la siesta, me acostaré a su lado, le haré el amor y ella me aceptará.

A la tercera tentativa, la disposición de las bolas (un fenómeno aleatorio constituido por la ciega mano de la fortuna) era harto prometedora. No dejé que la fiebre que ya me consumía nublara la buena estrategia de la jugada. Emboqué tres seguidas sin mayor dificultad, colocando la blanca en el lugar idóneo para la siguiente carambola; con la cuarta empezaron las dificultades, la bola entró, pero un mal efecto, producto de un defectuoso entizado, estropeó la planificación de los siguientes movimientos. En la quinta, me jugué el todo por el todo; imprimí una gran violencia al taco, la bola blanca golpeó tres bandas antes de detenerse en el lugar más propicio para embocar las dos restantes. Prorrumpí en un grito de triunfo. La sexta cayó sin dificultad, dejándome un tiro facilísimo para la consecución del desafío. Entonces, una nueva regla hizo acto de presencia en mi mente: para garantizar el propósito que te anima, ante la importancia del mismo, debes embocar la última con los ojos cerrados. "¡Chupao!", me dije. "No hay problema, está a punto de caramelo". Coloqué el taco, determiné la fuerza exacta que debía imprimir, cerré los ojos y ¡voila!, golpeé la bola con suavidad y firmeza. Cuando los abrí, descubrí horrorizado que algo siniestro había ocurrido... Inexplicablemente, la última bola seguía sobre la mesa.

La duda empañó toda aquella mañana fatídica. ¿Me atrevería a intentarlo de todos modos? ¿Qué mejor ocasión para contrastar mi método? Ángela me había convencido de que debía lograr mis objetivos sin tener en cuenta el resultado de mis retos, ¡cuán oportuno que ella misma fuera el motivo y el objeto de la prueba!; además, ansiaba estrecharla fuerte, toda mi felicidad dependía de su abrazo, necesitaba saber si mis esperanzas tenían fundamento.

Pasé la mañana en la biblioteca, hojeando volúmenes de filosofía racionalista, sin absorber un solo párrafo de lectura. A las dos acudí al comedor universitario, me senté junto a Víctor, compañero de piso y hermano de Ángela, que se percató de mi estado de inquietud, alertado por la desacostumbrada desgana que me producía la comida y la cantidad de vino peleón que fui capaz de ingerir. Ante su solícito interés, durante unos segundos estuve a punto de confesarle la verdad, pero teniendo en cuenta mis lascivas intenciones, consideré que lo más prudente sería mantener la boca cerrada.

A las tres, una vez que Víctor se hubo marchado en pos de una de sus interminables partidas de mus en la cafetería de la Facultad, corrí a casa, sintiendo una excitación que crecía con cada paso que me acercaba a la resolución del enigma que me había mantenido en vilo durante los dos últimos y frustrantes años: Ángela.

La aletargada quietud del piso, apenas arrullada por una ligerísima melodía proveniente de la habitación de mi compañera, componía una escena que yo ya había previsto en mi imaginación. Sé que Ángela hace la siesta siempre que su horario se lo permite, sé que escucha música antes de caer dormida, tengo entendido que duerme desnuda... ¿Cierra su puerta con llave? ¿Tiene el sueño profundo o ligero? ¿A qué sabe su piel? En aquel momento, la respuesta a estas preguntas era más importante que la que atañe a las cuestiones más trascendentales del acervo científico a través de los siglos.

Me quité la ropa. Caminé de puntillas por el pasillo hasta tener la oreja pegada contra la puerta de su habitación. La música era extraña, hipnótica, atrayente, sincopada, el volumen algo elevado para el propósito de conciliar el sueño; de hecho, la melodía aparecía puntuada por un eco de voz rítmico. Me gustó: era excitante. Probé el picaporte y obtuve la respuesta a la primera de mis preguntas: cedió, ¡había dejado la puerta sin correr el cerrojo! Mi pecho estaba a punto de explotar, notaba un intenso calor en las mejillas, me temblaban las manos, tan mal me encontraba que estuve a punto de echarme atrás, respiré hondo dos o tres veces antes de entornar la puerta para pegar el ojo a la rendija, una última precaución antes de adentrarme en un espacio de tiempo y actuación indeterminado.

Se trataba, por así decirlo, de mi Aleph particular: vi una espalda desnuda, tatuada con una imagen de sobra conocida, que se movía al compás de la música, vi ropa por el suelo, vi zapatos de tacón, vi una cama deshecha, vi que Ángela no estaba sola, vi un cuerpo debajo del suyo, vi un maletín de aspecto académico descansando sobre una silla, vi que el mundo se caía en pedazos, creí ver la cara congestionada de mi director de tesis... Supe que el mecanismo, o la inteligencia cuya extensión visible es el ejercicio de balística del juego de billar y las reglas ad hoc que determinan su cumplimiento, se estaba vengando del agente que había designado para manifestarse; yo era el elegido, ni más ni menos, una parte crucial del engranaje, un sujeto experimental de suma importancia... No se toleraría desviacionismo alguno.

Pasé las semanas y meses que siguieron a este episodio absorto en una ardua investigación, de dificultad progresiva, para conocer la verdad última que se esconde tras la apariencia del mundo cotidiano. El punto de partida resultó ser tan evidente como genial: un buen día me di cuenta de que bastaba con utilizar el juego de billar para iniciar el proceso de recopilación de datos. A saber: si emboco diez seguidas—me reté— aparecerá automáticamente la siguiente instrucción, el siguiente paso en la senda del conocimiento. Una señal lleva a otra señal, sólo hay que proponerlo, aceptar las reglas e ir quemando etapas en pos del final del hilo conductor, y por ende, de lo que allí aguarda al explorador incauto, al científico especulativo que realiza el arriesgado trabajo de campo.

Ocurre del siguiente modo:

En caso de éxito en la primera prueba, vuelvo a mi cuarto, e invariablemente los dígitos rojos de mi radiodespertador marcan una cifra capicúa. Me visto, siguiendo un orden establecido por una imperativa variable, salgo a la calle y camino 222 pasos, me doy la vuelta, regreso al portal dando exactamente el mismo número de zancadas, la vecina de enfrente sacude el edredón, la quiosquera me saluda, accedo al portal y el ascensor está esperándome, pero sé que no debo utilizarlo; el truco consiste en subir las escaleras hasta el cuarto piso, donde está nuestro apartamento, en menos de veintidós segundos. Si logro la hazaña, un perro empieza a ladrar en algún lugar indefinido del edificio. Entro jadeando a casa, los hermanos están discutiendo, escucho la palabra entropía, no se percatan de mi presencia, cierro la puerta del salón y espero a que se vayan a clase, después toca embocar otras diez bolas de billar, suena la alarma del despertador, entro en mi cuarto y el número en la pantalla vuelve a ser capicúa.


Ilustración: Pedro Belushi

Esta es la instrucción definitiva, la señal postrera. ¿Cómo lo sé? Porque después de intentar pasar las pruebas enumeradas durante los últimos tres meses, esta mañana he conseguido por primera (y última) vez cumplir todas y cada una de las tareas que me han sido encomendadas... Y sí, es cierto: he accedido por fin a la terrible realidad del cosmos. Pero a qué coste...

Supe que había llegado al final del camino cuando, al entrar en mi cuarto, pude leer el número 22:22 en la pantalla de mi despertador; una cifra extraña teniendo en cuenta que, a menos que me hubiera vuelto loco, según mis cálculos aún faltaban horas para el mediodía. Traté de confirmar mis instintos mirando por la ventana pero fui incapaz de entender el paisaje. Sentí mariposas en la boca del estómago, como si mi habitación se hubiera convertido en un ascensor e iniciara un descenso prolongado. Intenté salir, pero descubrí que la puerta estaba sellada herméticamente. Grité hasta la ronquera, sólo para ver cómo mi voz se perdía en el estruendo de una maquinaria desatada y misteriosa, una cacofonía de múltiples matices e intensidad variable —desde un insoportable rugido que me hizo pensar en una cascada de ingente volumen hasta el silbido atonal de una flauta— cuya progresiva lejanía denotaba un continuado descenso hasta convertirse en un runrún uniforme.

Desconozco cuánto tiempo he estado retenido entre estas cuatro paredes; la ventana se ha vuelto opaca, negra como un tizón pero, de cuando en cuando, una multitud de relámpagos sincronizados ilumina un exterior profundamente inquietante, un espectáculo asombroso que apenas soy capaz de asumir. Enormes torres de diseño alienígena se pierden en los umbrales de la capacidad visual humana, hendiendo un cielo de tela de araña del que cae una fina lluvia de ceniza. Estos colosos están comunicados entre sí por circuitos espejados de un enrevesamiento tal que, en un principio, se me asemejaron a los tensos músculos de un gigante de dimensiones galácticas.

Pero hay mucho más de lo que pueda contarse. Digamos que el cosmos es un intrincado juego de poleas, mecanismos de disparo (otros, de una laboriosidad extenuante, que no me atrevo más que a nombrar), túneles como venas llenas de líquido negro y viscoso, molinos de aspas inmensas que se mueven en una inercia sin viento, planchas de un material desconocido que suben, bajan y rotan, construcciones mecánicas sólo aparentemente infinitas, trayectorias pendulares de cuerpos extraños que aparentan marcar los segundos, más otros segmentos elípticos que nada saben de la temporalidad humana, pues tienden a la eternidad, enormes esferas suspendidas que brillan tenuemente; no hay localizaciones, sólo laberintos de movimiento continuo...

Las máquinas funcionan a pleno rendimiento quejándose como columpios colosales, viejos y oxidados, mientras las mónadas de primer orden, por denominar de una manera clásica a las incontables esferas que discurren por los circuitos reflectantes y que en mi fuero interno he designado como almas, discurren por veredas definidas como brillantes bolas espejadas en un proceso continuo sujeto a un orden establecido. No hay libertad, sólo yo, entre todos los seres humanos, gozo en estos momentos de la certeza de poseer una semblanza de esta terrorífica y maravillosa cualidad.

Creo, por decirlo de algún modo, que soy como una bola de billar que han empujado fuera de la mesa. Mi única esperanza se cifra en que alguna mano caritativa me recoja del suelo para reintegrarme al juego. Todo indica lo contrario, sin embargo, las mismas paredes de la prisión en la que me encuentro empiezan a llenarse de vetas cenicientas que se desmigajan al contacto, no sé si por efecto de algún tipo de bacteria o de una planta parecida al liquen, aunque en algunos lugares del techo cuelga una especie de alga fluorescente cuyo ligero olor a podredumbre empieza a repugnarme.

Hace rato que las pequeñas velas que me alumbran se han apagado (escribo esto a la luz de un encendedor al rojo vivo), dejaron de quemar justamente después de que el controlador se dignara a verificar el resultado de su experimento. Noté la presencia al instante, como un escalofrío recorriendo los surcos de mi cerebro.

—¡Eh! ¿Quién demonios eres? ¡Sé que estás ahí! ¡Muéstrate! —exigí con una valentía que distaba mucho de sentir.

La presencia se hacía notar en derredor, pero la visión humana no estaba diseñada para abarcarla.

—Puedes llamarme el controlador, como de hecho, ya has decidido... —la voz resonó directamente en mi conciencia pero mi imaginación la equiparó a la voz de un Leviatán retumbando entre las paredes de una catedral vacía.

—¿Cómo he llegado aquí? ¿Qué lugar es este?

—No intentaré una respuesta a la segunda pregunta. Quizá no exista. Te he enseñado a sortear el determinismo que gobierna la gran malla para que acudieras a mi presencia. Eso es todo lo que necesitas saber.

Percibí un júbilo extraordinario en el controlador. La habitación —es decir, mi conciencia— se llenó del sonido de trompetas y clarinetes. Fue tan sólo un instante: aquella inteligencia se alejaba, dichosa con su triunfo. Luché por mantener su atención.

—¿Por qué me has hecho venir? ¡Contéstame sólo a eso!

Antes de desvanecerse, oí su respuesta evaporándose entre mis neuronas.

—¿No lo adivinas? Eres una excepción, una falla en el sistema... un experimento que he diseñado para descubrir si también yo soy un mecanismo... Al romper el ciclo prefijado de tu vida he descubierto que puedo actuar en contra de mi programación.

—¡Si eres libre, sálvame! ¡Devuélveme al mundo real, por favor! — imploré con las rodillas hincadas en el mullido material orgánico que está comiéndose este cuarto. No hubo réplica, si acaso un ligero murmullo de decepción que rozó suave las terminaciones de mis nervios.


Aquí termina mi relato. He llegado al final de la cuerda de palabras. Escribo esto para ti, Ángela, por si algún designio de la fortuna te concede leerlo; de ser así, contra todo pronóstico, me habré declarado.



Marcelo Sáez Worsley se graduó en Filosofía en la Universidad de Middlesex (Reino Unido) donde también completó un Master escribiendo su tesis sobre la ambivalente relación entre la filosofía de TW Adorno y el nihilismo. Cursó estudios de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid, centrándose en las teorías narrativas de la identidad personal. Ha publicado artículos académicos, aunque últimamente está más interesado en la literatura y acaba de finalizar una novela de ciencia ficción, un género que presenta una gran versatilidad de temas y enfoques.


Este cuento se vincula temáticamente con EL EFECTO MARIPOSA, de José Carlos Canalda (157) y ALGUIEN SUSURRA EN LA PLAYA VACÍA, de Jesús Ademir Morales Rojas (182)

Axxón 198 - julio de 2009
Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Obsesión : Realidades Paralelas : Mecánica cuántica : Español : España).

            

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