EL PRECIO DE LA VENGANZA

Nazarethe Fonseca

Brasil

Un abismo tenebroso había engullido el día y nada quedaba salvo la oscuridad. Los truenos sonaban como gritos femeninos llenos de violencia y cólera, que solamente podrían ser silenciados con la sangre del enemigo. Los rayos alumbraban una figura frágil sobre una roca en medio del campo de batalla. Scath, la Diosa de la Oscuridad, había surgido para luchar atendiendo a la invocación de Andora y había hecho de su mano la balanza de la justicia.

A lo lejos, Lord Garvey y el resto del ejército intentaban defenderse contra la tempestad. Él sujetaba firmemente las riendas en un intento de dominar a su caballo.

Fue inútil, el animal lo arrojó al suelo con violencia y corrió sin rumbo por el campo abierto. Sujetándose a un árbol por temor a ser arrastrado por el vendaval, Garvey desvió la mirada hacia la extraña tempestad y vio con horror cómo masacraban al enemigo. Atisbaba, bajo cada rayo, la figura feroz y ágil de una mujer abalanzándose sobre los hombres y abatiéndolos sin ningún rastro de piedad; algunos morían por el filo de la espada y otros incendiados por su mirada. Y en aquel escenario, la guerrera era una visión bella y destructora. Su melena oscura volaba libre y en su cuerpo habitaba la belleza de las amazonas. Una mujer despiadada, que con la ferocidad de una bestia y la belleza de una diosa diezmaba a sus contrincantes.

No había escapatoria. Ellos estaban dominados por una fuerza que los empujaba hacia la guerrera, obligándoles a enfrentar su furia. Los gritos de los hombres se mezclaban con el pavor de los animales en una melodía siniestra.

Cuando la furia de Scath finalmente fue calmada con sangre, se hizo el silencio. El cielo volvió a la normalidad, anunciando un día gris y frío. La tempestad desapareció como si nunca hubiese existido. Lord Garvey recuperó su caballo y, entre las protestas de sus soldados asustados, se puso el yelmo de la armadura y marchó al lugar del enfrentamiento.

Necesitaba verla. Mientras su caballo avanzaba, él se percató de que no había gemidos. Era raro, pues en un campo de batalla lo que resta después de la voz del acero son los quejidos, las peticiones de piedad. No obstante, en aquel trozo de tierra lo que había quedado era la visión infernal del enemigo aniquilado en el suelo, en un lío sanguinolento de estandartes, yelmos, escudos en añicos, armaduras y cuerpos. En algunos trechos el barro y la sangre se confundían manchando las patas del caballo.

Garvey ya había visto muchas batallas, pero ninguna lo había preparado para tanta ira.

Su mente estaría manchada con sangre por siempre jamás. En el corazón de Garvey no reposaba el alivio de la victoria, todo lo que sentía era inquietud y horror.

Solamente unos pocos soldados del ejército de Garvey la vieron cuando todo había acabado, y ellos jamás la olvidarían. Su salvaje y sangrienta hermosura hizo desviar la mirada a la mayoría mientras se aproximaba; Garvey no huyó. Nunca le temería, ni siquiera después de la masacre que ella había promovido. Hacía muchos años que amaba a aquella extraña figura en secreto, pero nunca osó ir más allá de la admiración. Era la mujer de su amigo. No tenía fuerzas para condenar su acto de desesperación y venganza. Ver al marido traicionado y muerto la había enloquecido. Nunca imaginó que Andora fuese capaz de conjurar una fuerza tan poderosa.

Garvey admiró su caminar seguro, las vestimentas masculinas, el modo en el que llevaba la espada posada con garbo sobre el hombro. Era de carne y hueso, pero su apariencia estaba lejos de ello. Inalterable, nada la incomodaba, ni siquiera las cabezas que traía en la mano agarradas por el pelo.

Andora se detuvo y con un gesto de alivio lanzó las dos cabezas a los pies de Garvey. El caballo bufó. Su presencia asustaba al animal, que levantó los cascos amenazadoramente en su dirección. Ella alzó la mano y lo calmó de inmediato. Sólo entonces decidió hablar:

—Contempla a tus enemigos, están todos muertos —dijo, admirando el montón de cuerpos a su alrededor—. Hoy recuperas tus tierras y la seguridad de los que te sirven.

Su voz estaba cargada de una profunda indiferencia. No obstante, en sus ojos ardía un fuego misteriosamente triste. Garvey la sintió muy lejos de aquel lugar y, por qué no decirlo, del mundo de los vivos. Y cuando volvió a hablar, bajó la mirada hacia los muertos que yacían a sus pies y caminó entre ellos.

—La sangre del inocente tiene el mismo color que la de los traidores. Son iguales y todo lo demás es muerte y condena. No hay alivio, su muerte no aplacó mi dolor —sopesó en su corazón —.Vivirás días de paz, Garvey, aprovecha, porque durarán poco. Aún verás la guerra otra vez. Tus descendientes continuarán luchando después de tu muerte.

Andora tocó uno de los cuerpos con la punta de la espada.

—No os veré —reveló sin miedo a la sentencia—.Y no lo lamento.

—Te debo mucho, Andora —dijo él, intentando agradecerle—. ¿Y qué puedo hacer?

—Nada. No podéis devolverle la vida a Zeimor —su argumento la calló—. Él murió defendiendo la vida de tu hijo, no se te ocurra olvidarlo. —La rabia la dominaba fácilmente.

—Jamás lo olvidaré —dijo Garvey, apeándose de inmediato —. Y para probar mi gratitud, ofrezco todo lo que poseo. Mis tierras, mis siervos, mi vida, mi corazón y mi ánima —la cogió por los hombros —. Quiero que seas la señora de Catlewind.

—No pagarás tu deuda de sangre ofreciéndome un lugar en tu lecho —contestó ella, percatándose de su decepción —. ¡Mírame, zoquete! —rogó— ¿No ves que soy la encarnación de la muerte? He destruido todo lo humano que había en mi alma.


Ilustración: Pedro Belushi

—Yo te amo, mujer —afirmó Garvey, besándola en un gesto loco de pasión.

Andora no se inmutó, dejó que él saciara su deseo y sintiese por sí mismo lo que había escuchado sin comprender. Garvey la apartó lentamente. Tenía en la boca y en el cuerpo la ridigez de la muerte y toda la desolación de su alma en el corazón. Sus ojos se ennegrecieron como los de un demonio y su voz cambió suavemente como si hubiese dos mujeres en un solo cuerpo.

—¿Qué has hecho contigo, Andora? —preguntó Garvey, temiéndola por primera vez.

Andora no respondió, simplemente buscó una daga que traía en la cintura. Garvey esperó sin protestar, fiándose plenamente de ella. En un gesto rápido Andora hizo un corte en su propia mano y, con el consentimiento de Garvey, en la suya.

Un pacto se selló cuando sus manos se unieron. Él sintió la fuerza de Andora recorrer su cuerpo, mientras su sangre se mezclaba con la suya. Y, movido por el cariño, le besó la mano, aceptándola dulcemente dentro de sí.

—Ya no pertenezco a este mundo —dijo Andora, tocando la armadura a la altura del pecho.

Y sólo entonces él vio la sangre. ¡Estaba herida!

—¿Adónde vas? —quiso saber cuando percibió que se alejaba.

—Hacia el olvido.

La mujer continuó andando, indiferente. Envuelto en dudas Garvey la abrigó en sus brazos. Ella intentó apartarse de él, pero no lo logró; la pérdida de sangre era mayor, la Diosa cobraba su precio y pronto llevaría no sólo su alma, sino también su cuerpo.

—Quédate conmigo, Andora. Cuidaré de ti...

—Garvey, estoy muerta, muerta como Zeimor —murmuró, agonizando en sus brazos.

—Yo siempre te he amado —susurró él, cobijándola cariñosamente en sus brazos, sus ojos llenos de lágrimas.

—Un guerrero no debe llorar... —gimió Andora, alzando los dedos para tocar su rostro.

Su pequeño gesto hizo cerrar los ojos y suspirar a Garvey. Ella sonrió y le tocó el hombro, atrayéndolo hacia sí, y mientras él se acercaba el sol iluminaba sus armaduras que centelleaban al dulce calor de aquella mañana. Los labios de Andora tocaron suavemente los de Garvey en una muda despedida.

Lord Garvey abrazó el cuerpo sin vida de Andora y lloró, le besó la frente, los cabellos, nunca hubiese imaginado sentir tanto dolor. Clavó una tierna mirada en su plácida cara, recordando los días pasados, su sonrisa. Y sin saber por completo la razón, empezó a cantar. La melodía hablaba de una gran guerrera, de su belleza y fuerza y de cuántos la habían amado y habían luchado y muerto por ella; su nombre era Scath, pero decidió hacerle un homenaje a la única mujer que había amado en toda su vida y reemplazó el nombre de la Diosa por Andora. Besó sus labios pálidos, tiesos y percibió que ella se quedaba translúcida.

Una bruma surgió de la nada y los envolvió. Andora desapareció de su regazo. Avanzó, confuso, gritando su nombre. Decidido a encontrarla, montó en su caballo y corrió con desesperación. Al detener su caballo, se percató de que tenía a sus sorprendidos soldados delante de los ojos. En sus venas corría la sangre de la guerrera, un regalo único que le permitiría vivir más de lo que nunca había imaginado. Aquella fue la última vez que Garvey vio Andora. Al reclamar su venganza, ella había pagado con su propia vida.


Traducido del portugués por: Alan



Nazarethe Fonseca es una escritora brasilera especializada en historias fantásticas y de horror. Su libro más famoso es Alma e Sangue (Alma y Sangre) - O Depertar do Vampiro, en 2009 se editará la secuela. También ha publicado la novela Kara & Kmam.


Este cuento se vincula temáticamente con NUNCA DE DÍA, de Leonardho Bouin y MÁS ALLÁ DEL RÍO NEGRO, de Robert E. Howard

Axxón 199 - agosto de 2009
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Fantasía épica : Brasilera : Brasil).

            

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