DESDE MIS OJOS UNA VIDA

Jonathan Minila

México

Ilustración: Fraga

Esta tarde, que está a punto de caer, la recorro con pasos lentos, desganados. Tengo un destino al que podría engañar tumbándome en el suelo para esperar a que un auto pase sobre mí; pero soy demasiado cobarde. Sigo caminando y un trueno en el cielo se escucha como un aviso de que las cosas pueden ser aún peores. Una brisa, que no es del mar, comienza a golpear mi rostro y pienso en la ciudad que me consume, mientras las gotas, que no son mis lágrimas, me golpean las mejillas, y me obligan a detenerme junto a un puesto de comida. Los cláxones de los autos rugen desesperados bajo la lluvia, y el tráfico se convierte en un infierno de donde todos quieren escapar. Veo los rostros de los conductores, saliendo histéricos por las ventanas, y los envidio. Cómo quisiera ser uno de aquellos hombres que no se preguntan nada. O mejor aún, como aquel loco que camina sobre la acera de enfrente y le grita "puta" a una mujer que no existe. Ya basta; esto no lo aguanto. Y no me refiero a la vida que descaradamente se contornea frente a mí para que la desee. Me refiero al aroma de la comida del lugar en que me detuve; pido algo. Deme de comer, lo que sea, no importa. Quizá de esa manera me vuelvan las energías, y pueda escribir nuevamente; como aquellos días en que me encerraba con las palabras precisas, que ahora me han abandonado. Luego nada. Las palabras son malditas, descaradas, idiotas e imbéciles. Las odio, las aborrezco. Les da por aglutinarse en mi cabeza y, sin piedad a una página en blanco, se desbordan sin sentido, arruinando una gran idea. No quiero saber nada de ellas. Será mejor terminar lo que hay en el plato para ponerme a caminar y buscar, así, una vida que me acomode mejor. Pero ¿dónde la encuentro? En la calle hay miles de realidades distintas, pero ninguna me agrada; aunque la del loco, ése que grita, no está nada mal. No por las cosas que dice, claro. Pero al menos él no tenía que enfrentar, con el estómago destrozado, la torpeza de no poder crear mundos, y ser un mal dios para seres que no existen. Pero no importa; aunque lo desee no tengo la capacidad para abordar otros cuerpos. Ayer lo pedí, suplicando, pero hoy desperté exactamente igual: sin ningún superpoder que me permitiera saltar de vida en vida. Así que no tengo más opción que continuar mirando la realidad desde mis ojos. Pero si pudiera elegir, escogería la de aquella tipa que habla sola y que me encuentro de vez en cuando en las calles. Te juro que su vida es perfecta. Por lo menos desde sus ojos. Y es precisamente ahí, donde a mí me gustaría estar. ¡Que se vayan a la mierda los morbosos que la miran!, incluyéndome a mí; aunque mis razones son distintas. La última vez la encontré en el autobús platicando con una mujer que obviamente no estaba, pero que la escuchaba atentamente. Pero si era un maldito, le dijo. ¿Que nunca te diste cuenta? Con tanto dinero, qué le iba importar su esposa. Y la conversación se extendió hasta límites increíbles. Aquel hombre misterioso del que hablaban era dueño de una empresa y se había vuelto un desquiciado enfermo. Acosaba a su secretaría, y ella gustosa lo aceptaba por que no le iba nada mal, dejándose tocar de vez en cuando. ¡Es que era una puta la pendeja esa!, gritó al tiempo que todos los pasajeros volteaban a verla con asco. Y él, pinche viejo rico, pues qué te digo, siempre fue un maldito. ¿Cómo no iba a engañar a la tonta de Lupita? Siempre se burló de ella. Y es que todos los hombres son iguales. Como el marido de Luisa Villaurrutia, que siempre me invitó a salir. Pero ella sí que se lo merecía. Con tanto dinero, y tanta posición, era una ojete. De nada le sirvió toda su educación. Nunca tuvo clase. ¡No como yo —gritó de nuevo—, que soy de las familias más conocidas! Por eso corté amistad con ellos. Claro que salí con él, pero sólo para joder a Luisa. Tan tonta. Ella pensando que lo sabe todo y yo acostándome con su marido. Pero déjame decirte que era un inútil el viejo ése. Ni toda su posición le ayudaba a ser bueno en la cama, le confesó a su amiga invisible. Así son los hombres. Mira, señaló a un joven sentado frente a mí, ese por ejemplo se cree el muy guapo, pero no sabe ni siquiera lo que es la buena vida y la buena posición. Más gente comenzó a subir al microbús y su voz comenzó a bajar de tono, pero la historia continuó. Nada como el licenciado Camacho; ese sí que tenía clase; pero de nada le sirvió. Ni todas sus empresas, ni todo su dinero lo salvaron de volverse loco. Y no me explico, dijo burlándose, cómo nunca lo notó Lupita. Ella que era tan culta e informada fue a enterarse de la peor manera; en un noticiero. El Famoso Empresario arrestado por ahorcar a su secretaria en un hotel de paso. Y no sólo eso, dijo a todos los pasajeros. La ahorcó y le cortó las extremidades; nunca supe por qué. No he vuelto a ver a Lupita desde entonces, y es que la verdad, qué pena. Pero eso es lo de menos... Y la fluidez de la historia me mantuvo interesado a tal extremo que me hizo pensar que, quizá, era real. Tal vez aquella mujer sucia, y despeinada, en algún tiempo fue una gran dama de Sociedad. Pasamos por el lugar donde debía bajarme, pero me negué rotundamente. Bueno, más bien nadie me preguntó si quería hacerlo, pero yo mismo preferí quedarme para ver dónde terminaba todo aquello. Me arrepentí. La historia continuó por unas cuadras, pero más adelante una mujer lo interrumpió todo. Pidió permiso para cruzar al asiento vacío, a un lado de la mujer loca, y ella, mirándola con odio, la dejó pasar. Por un instante me pareció que se puso triste, y no era para menos. Aquella tipa se acababa de sentar sobre su amiga, y la había aplastado sin el menor pudor. Pero entonces, y he ahí la razón por la que me agrada tanto esa mujer, continuó con otra historia totalmente distinta. Esta vez alegaba con alguien frente a ella. El señor, que iba sentado en el lugar donde ella imaginaba a alguien más, permanecía rígido; con miedo. Aunque en realidad a mí me pareció que más bien estaba harto de todo; más que yo y eso ya es demasiado. La señora loca comenzó a gritar, y lo hacía tan fuerte que su voz se alzaba sobre los cláxones histéricos. La gente sudaba y yo me interesaba cada vez más y más en aquella mujer. En esta ciudad de diablos y demonios, donde todo es ruido, uno crece con la capacidad de aislar los sonidos. A pesar de las voces, el ruido de los motores, los gritos, las mentadas de madre, y todo cuanto pasaba a mi alrededor, logré escuchar perfectamente como la mujer le reclamaba al que imaginaba frente a ella. Todo se saldría de control. El hombre cada vez se ponía más tenso y la mujer más violenta. De pronto, no de la nada, porque seguramente en el mundo de la mujer algo grave sucedía, se puso de pie y agarró al pasajero frente a ella de los cabellos. Por un segundo todo quedó en silencio. Pero luego, cuando el tipo digirió lo que estaba sucediendo, se levantó gritando e intentó empujar a la mujer. Yo moría de la risa, claro, pero también estaba preocupado. Tuve deseos de correr. De pronto sentí que aquello que estaba sucediendo era mi culpa. Yo había decidido, guiando mi propio mundo, llevar las cosas hasta esos límites; la sonrisa se me quitó. Deseé bajarme y alejarme corriendo, pero era imposible. No podía bajar en plena avenida, a las seis de la tarde, con los autos en su máximo límite de histeria. El conductor comenzó a gritar como loco. Sudaba y con la mejor actitud intentó mediar las cosas. ¡Cálmense ya! ¡No mamen putos! Se frenó en seco y los autos que venían detrás los apoyaron alegres con un coro de mentadas que, por cierto, nos afectó a todos. Nuestras madres no tenían la culpa de nada, sin embargo, todos nos acordamos de ellas al mismo tiempo. El conductor, neurótico, sacó la cabeza, y pidió, amablemente, disculpas a los conductores que se vieron afectados por su enfrenón: "¡Chinguen a su madre, pinches pendejos!" Mientras tanto, en el autobús, la cosa se ponía cada vez peor. La mujer estaba aferrada a los cabellos del hombre. Él gritaba e intentaba separarse, soltando manotazos. Era una confusión total. Unos jalaban a la mujer y otros golpeaban al hombre. Algunos pensaban que él había hecho algo, pero los demás sabían que esa vieja estaba loca. Era una inmensa sopa de brazos, piernas y cabezas que volaban por doquier. Cuando el chofer se orilló a la mala, obligando a los conductores de los autos vecinos a dar un volantazo para esquivarlo, cayó sobre mí una gorda inmensa y estuve a punto de morir. Se puso de pie, pidiéndome disculpas, y todavía, la descarada, se recargó en mi pecho para levantarse. De pronto perdí el conocimiento. Jamás supe cómo terminó la cosa porque desperté tres horas más tarde en un hospital que no conocía. Quizá la gorda se sentía culpable porque cuando abrí los ojos estaba junto a mí. Estuve a punto de morir de nuevo cuando la vi, pero qué podía esperar. Si no tenía absolutamente a nadie, entonces, ¿quién podía esperar que estuviera a mi lado? De menos un gato, pero ni eso. La vieja era tan pesada que me había roto unas costillas, y salí dos días después. Y nada desde entonces. He perdido el tiempo desde aquel último encuentro, con esa mujer. Y no me refiero a la gorda esa maldita que nada tiene de extraño, aparte de un cuerpo de los mil demonios, que no quiero recordar. Me refiero a aquella otra, a la loca que lo provocó todo. Por fin tengo material para escribir. Me senté decidido, pero al final no lo logré. Nuevamente las palabras estúpidas salieron en desorden y la primera idea se desvaneció por completo. Escribir, borrar, escribir, borrar, escribir, borrar; y hasta la fecha no lo he logrado. Pero en verdad, ¿qué he conseguido hasta hoy? Nada. A mis tantos años, no he conseguido nada más que puras ilusiones. Pero quizá todo está en mí. Vivo en un mundo inventado del que yo soy el centro. Tal vez hasta hoy he caminado en una verdad que no existe. ¿Y sabes una cosa? Ojalá sea así. Me gustaría creer que en mí no todo es desastre; que tengo algo interesante, aunque sólo sea locura. Pero la única verdad, es que soy alguien sin chiste. Un escritor que no escribe. Alguien a quien le gusta caminar solo, y no por otra cosa, sino porque no tiene con quién hacerlo. Sólo soy alguien. Pero espero que pronto alguna persona amable pueda ayudarme a salir de aquí; aunque sea un poco tarde. Prefiero ser cualquier cosa pero no un hombre que se pregunta todo. Cualquier cosa menos eso. No importa, lo que sea. Quizá un vago drogadicto, o un tipo en coma que inventa los colores. No sé. Pero si alguien sabe cómo ayudarme, que lo haga por favor, por que no quiero seguir sufriendo. Como ahora que, sin darme cuenta, camino por la avenida entre los carros y soy como un fantasma. ¿En que momento salí del lugar donde comía? No lo sé. No recuerdo ni siquiera haber terminado el platillo que tenía frente a mí. Un auto está apunto de atropellarme y el conductor me grita para que despierte; tiene toda la razón. Camino por la acera totalmente empapado y mis pasos hacen un ruido extraño que no le molesta al mundo. Ahora estoy peor. Escurro lástima y es de noche. Vaya que me he perdido. Paso frente a un aparador y el reflejo me detiene; no es el mío. Es de la mujer que armó el escándalo por el que terminé en el hospital hace algún tiempo. Me tallo los ojos pero nada cambia; mi reflejo sigue siendo el de ella. Echo a correr para ver mi imagen en otro vidrio, pero nada. El terror se apodera de mí, y pienso: ahora sí de verdad me he vuelto loco. Una señora pasa a mi lado y la detengo, pero ella, asustada, se aleja.


Ilustración: Valeria Uccelli

—¡No se vaya por favor; tiene que ayudarme! —le grito. La mujer regresa, con precaución, sosteniendo su paraguas, y me pregunta:

—¿Tiene algún problema?

Me acerco para que me mire bien y le digo:

—¿Cómo es mi rostro?

La expresión compasiva de la mujer cambia y se llena de sombras. Se da la vuelta y se aleja. Volteo y no hay nadie más a quién preguntar. Entonces grito: —¡Por favor, no se vaya! ¡Por favor, tiene que ayudarme! Sólo dígame cómo es mi rostro. ¿Es de hombre o de mujer? ¡Por favor, no se aleje!

Su sombra se alarga y desaparece. Desde lejos alcanzo a escuchar su voz:

—¡No me esté molestando, pinche vieja loca!

Estoy totalmente abandonado en la oscuridad. Camino hacia un farol, y miro mi reflejo en la ventanilla de un auto. De nuevo el rostro de la vieja loca aparece frente a mí. Me toco la cara y al mismo tiempo ella alza su mano para tocarse también. Camino resignado bajo la lluvia y la loca me acompaña en los reflejos de los vidrios, espejos y charcos. Bueno, parece ser que ahora sí mi deseo se ha cumplido. Aunque quizá no era para tanto; tal vez antes no estaba tan mal. Qué más da. Por lo menos ahora no tendré que seguir sufriendo por no poder escribir. Una amiga, que no recuerdo, camina a mi lado y comienza a platicar conmigo. No me siento mal con ella, pero dura poco el gusto. Un señor bajo la luz de la lluvia se acerca en sentido contrario, sobre la acera, y cruza el cuerpo de mi amiga como si fuera de vapor. Ella desaparece y yo... yo sólo sigo caminando.



Jonathan Minila es escritor mexicano, colaborador de algunas revistas y administrador del sitio El pájaro azul. Ha publicado en las revistas EL ATEJE —de literatura cubana—, NORTE/SUR, de Toluca, México, OJOPELAO, de Venezuela, Y SIN EMBARGO #14, de España, PICNIC #19, OPCIÓN #146, YUKU JEEKA #49, y ARCHIPIÉLAGO #57, de México.

Hemos publicado en Axxón: UNA GOTA (182), ME NIEGO ROTUNDAMENTE (183)


Este cuento se vincula temáticamente con EL MITO DE LA CAVERNA, de Felicidad Martínez, EL SUPERHÉROE, de José Vicente Ortuño y EL HOMBRE ATÓMICO, de Cristina Lasaitis

Axxón 199 - agosto de 2009
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Escritores : Demencia : Transformación : Mexicano : México).

            

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