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¿Hay temor más primigenio que el despertarse en un lugar desconocido fuera de nuestro entorno cotidiano? ¿Qué sucedería en una situación así? Nosotros no sabemos. Pero veamos como reacciona la protagonista de esta historia con algunos tintes góticos.
Dan nació en la ciudad de Ontario en Agosto de 1980. Y, según dice la leyenda, su anormalidad fue provocada por una lata de frijoles que su madre dejó caer sobre su cabeza. Si desean contactarlo pueden hacerlo en: shadoev@hotmail.com

Kayla
Daniel Hulton
CANADÁ

El aire estaba fresco cuando Kayla despertó de su sueño. Extendió las manos hacía arriba, encontrando una fría losa de piedra que le era familiar. Mientras la apartaba bruscamente a un lado, la losa hacía un ruido similar al chirrido de uñas sobre una pizarra. Se sentó, observando lo que la rodeaba con una ligera incertidumbre. ¿Dónde estaba? No lo sabía con exactitud. ¿Por qué estaba allí? De nuevo, no lo sabía. No. No era que no lo supiese. No podía recordarlo. Allí había algo que la molestaba, vaga pero insistentemente.
     "Volverá luego", pensó, volviendo a fijar su atención en sus alrededores.
     Miró alrededor de la habitación que se iba oscureciendo, intrigada por la humedad. Advirtió las paredes de piedra y sintió curiosidad por el lugar. Esta no era su habitación, y eso la atemorizaba un poco. Los elusivos recuerdos se acercaban de nuevo ahora, trayendo con ellos un creciente temor. El miedo se apelotonó en su estómago y comenzó a extenderse con lentitud, disipándose.
     Una sensación de nerviosismo y curiosidad reemplazó su temor. ¿Qué era lo que ella temía recordar? ¿Qué podría ser tan terrible como para haberse encerrado fuera de su alcance en su mente?
     "Tal vez me emborraché en forma anoche. Me parece recordar alguna clase de fiesta."
     ¿Pero qué había pasado en esa fiesta? Era poco lo que recordaba. Una escalofriante sensación de pérdida la consumió sin previo aviso.
     "¿Pero pérdida de qué?", se preguntó en voz alta.
     Escarbó en su memoria, tratando de recordar y no encontró nada. Frustrada, volvió a poner su atención en descubrir dónde diablos estaba.
     Miró una vez más a su alrededor y encontró muy poco que no hubiese visto antes. Excepto por el hecho de que yacía en una gran caja de piedra.
     Sobresaltada, bajó de la caja al piso. O, más precisamente, casi cayó afuera. Giró sobre sí (después de debatirse en el suelo unos momentos) y miró atónita a la caja. Era larga, alrededor de dos metros diez, de hecho, y el ancho era alrededor de un tercio de ese tamaño. Estaba hecha de piedra y vistosamente esculpida. La tapa yacía sobre el tope de la caja, algo torcida, y tenía un ank dorado grabado en ella. Se parecía tanto a un ataúd que podía convencerse fácilmente a sí misma de que sí era un ataúd. Pero entonces ¿de quién era? Ciertamente no era suyo ya que ella no estaba muerta. Y ella no había recordado a nadie muriéndose; nadie que pudiese necesitar ese ataúd. Entonces ¿Qué estaba haciendo el ataúd allí? ¿Y que estaba haciendo ella dentro del ataúd?
     Se acercó para ver mejor. La tapa la atraía, con su ank dorado incrustado directamente en la oscura piedra, que parecía casi ébano. La tapa se veía pesadamente maciza, lo que la hizo preguntarse cómo había podido levantarla. Quizás no era realmente de piedra. En un esfuerzo por probar su teoría, trató de quebrar un pedazo de la esquina y, para su sorpresa, pudo hacerlo. Ese pedazo de lo que fuera pesaba en sus manos, pero, de alguna forma incomprensible, fue capaz de reducirlo a polvo. Se alejó de la tapa y miró sus propias manos con horror. Por un momento creyó que algo estaba terriblemente mal. El extraño sentimiento volvió a caer sobre ella, no una leve e insistente molestia esta vez, sino una sensación de catástrofe tan intensa que amenazó con desgarrar su cordura. Las nubes de tormenta pasaban atronando ante su vista, desgarrando su mente. Una sagrada cruz estalló en llamas y se derritió ante ella. Unos ojos de fuego aparecieron y, con ellos, una maléfica sonrisa. Ella sabía ahora por qué Alice se había asustado.
     Arrancando su mirada de los ojos, ella cayó sobre el ataúd, su mano derecha cubriendo el centro del ank. Las imágenes se desvanecieron en una bendita paz. Ella permaneció en pie, temblorosa e intentó calmarse. Sólo había estado alucinando.
     "luz hueca en mentes huecas"
     Se congeló, esperando que sucediera algo, pero el silencio reinaba. Si eso hubiese sido posible, hubiera pensado que el silencio despertaba ecos.
     "De veras estoy alucinando", pensó. "¿Qué anda mal conmigo?" Incapaz de encontrar una respuesta a esas preguntas, dejó que su mente quedase en blanco y vagara libremente. "Es un sueño", pensó. "En cualquier momento me despertaré temblando, beberé un vaso de agua y me volveré a dormir". Pero nada de eso sucedió. Sus pensamientos regresaron hacia el ank dorado sobre la tapa del ataúd. Por alguna razón ella se sentía más fuerte mientras lo estaba tocando.
     Extendiendo una mano con trepidación, recorrió con sus dedos el ank y se sobresaltó al sentir que se movía. No estaba adherido a la tapa y, sin embargo encajaba firmemente en ella. Y cuando lo retiró, una cadena de plata con eslabones pequeños lo siguió. Lentamente, sin pensar, la puso alrededor de su cuello. Una onda de dolor la golpeó al mismo tiempo que el aguijón del miedo. De todas maneras, ese no era su dolor, y era eso lo que la atemorizaba. El dolor emanaba de algún lugar mas alto, algún lugar mas allá del techo.
     "¿Habrá un segundo piso?", pensó.
     Alzando la vista, vio una cuerda atada a una puerta-trampa rectangular. Cuando tiro de la soga la puerta trampa se abrió y varios escalones descendieron con ella. Ascendió, mientras se esfumaba el dolor. Se encontró en una cocina, luego en un salón, luego en un hall y finalmente llegó a una habitación. Un dormitorio, cubierto de sangre. Y, yaciendo en una esquina, había una figura acurrucada. Yacía allí, doblada y retorcida hasta tomar formas imposibles, estremeciéndose a veces. Si era a causa del dolor o sólo de espasmos musculares, Kayla no podía saberlo. Pero había más. Kayla podía sentir una mente, aunque no sabía cómo podía estar identificándola como tal. Era una mente femenina, y una destrozada, además.
     Los pensamientos aún vagaban en esa mente, aunque débilmente y debilitándose aún más cada segundo, y Kayla sondeó más profundamente para leerlos, sin saber cómo o por qué estaba haciéndolo.
      "Luces huecas en mentes huecas … ausente está aquel que se baña en inocencia... ¡una luz! Una luz... ¿desde dónde habéis venido, extraña?"
     Las mismas frases sin sentido repiqueteaban en su mente. Usando el equivalente psíquico de un toque tranquilizador, Kayla consiguió que la mente se calmase un poco.
     "¿Kayla? ¿Kayla? Ayúdame Kayla… ¿Kayla? ¿Kayla?"
     La voz se debilitó y desapareció junto con la mente. Kayla había escuchado sus últimos pensamientos.
     "¿Cómo me conoce?", pensó. "¿La conozco? ¿Debería sentir pena por su desaparición?" No la sentía, de todas formas. Pronto su atención derivó desde el cuerpo sin vida a la habitación que la rodeaba. Aparte de estar todo cubierto con sangre coagulada, si uno pasaba por alto la forma desmoronada en el rincón parecía una habitación perfectamente normal para una chica. Una habitación familiar, no obstante. Tan familiar que ella podría haber jurado que había estado allí antes. Miró alrededor, buscando más detalles que la hicieran recordar. Sus ojos vagaron, posándose primero en las cortinas rosadas, luego en el cubrecama y la almohada celestes (ambos bañados en sangre) y, finalmente se quedó mirando un oso de juguete marrón claro. Tenía ojos marrón leonado para hacer juego con su piel. Estaba desgastado por el tiempo y, obviamente alguien lo había querido mucho. Estaba sentado a una mesa con una taza de té frente a él; una escena de invitación a tomar el té, armada por una niña pequeña. Pero el tiempo mostraba las huellas de su paso allí: el polvo se había asentado sobre toda la escena. Kayla se inclinó y levantó el oso. Aparte de la textura levemente polvorienta, sintió un contacto familiar, suave y lanudo.
     "Esto debería sentirse familiar", pensó, mientras una ráfaga de recuerdos regresaba. "Es mío". Los recuerdos que ella había buscado la estaban inundando, sorprendentemente intensos.
     Numerosas muertes relampaguearon ante su vista, cada una más horripilante que la anterior. Las víctimas siempre terminaban retorcidas de una manera imposible y, siempre... vacías de sangre. Y siempre, en todas las visiones, ella era la observadora, mirando lo que aparecía, en una escena terrible tras otra. El fárrago de visiones llegó hasta la última escena, volviéndose más macabro en cada una, quizás porque las escenas estaban cada vez más cercanas y claras en su memoria.
     La escena final parecía correr aproximadamente en la mitad del tiempo y duró por lo menos unos veinte minutos completos. Mientras transcurría, se le ocurrió que la pobre alma dibujada en su mente era la de la niña en el rincón. La niña le era muy familiar; muy cercana, supuso. Ella conocía su cara, sin embargo. La conocía. ¿Pero de dónde?
     "Una pregunta con pronta respuesta", pensó.
     Durante la repetición de la escena final se hizo evidente que ella sabía quién era el atacante. Era ella misma. ¿Cómo, si no, habría podido recordar todos esos terribles crímenes? Se sintió disgustada, llena de asco hacia sí misma por haber realizado esos actos abominables. Pero también sintió hambre. Un deseo despertado en ella por el recuerdo de las visiones y sonidos de sangre. Y ahora era también capaz de recordar de quién era la cara de ese cuerpo retorcido. Era su hermana. Extrañamente, ahora ya no se sentía disgustada.
     Ahora estaba hambrienta

Traducido por Martín Brunás y Mónica Torres, 2001

Axxón número 110 - Enero de 2002