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Nació hace bastante tiempo en España. La pared de su cuarto está decorada por un título de psicología que se está tornando amarillo, según sus suposiciones es a causa del tabaco que fuma. Se gana la vida trabajando como informático y en sus ratos libres escribe relatos. Algunos de ellos han sido publicados en diversas revistas españolas: Delito, PC-Actual. Y procura ganar algún concurso literario para poder cambiar su computadora. Su dirección de e-mail es: eugenio_barragan@hotmail.com
Abre la puerta de tu mente. Acepta los juegos psicológicos. Déjate turbar por el naciente surrealismo. Disfruta esta interesante selección de cuentos cortos que aparecen a continuación. Uno no dejará de asombrarse mientras trata de correr el hálito de inverosimilitud que lo va asfixiando lentamente con las manos de una mujer vestida de negro.

Colección de Cuentos
Eugenio Barragán
ESPAÑA

El osito de peluche

Recostado sobre la cama, la nueva lámpara de cristal absorbe mi atención con los continuos destellos. Si centro mi interés en el espejo colgado sobre la cómoda, observo cómo se refleja en el cristal de mis gafas, como asimismo en el mercurio. Mi osito de peluche, tumbado entre los cojines, me contempla con curiosidad. No puedo evitar conversar con él, aunque toda dialéctica es fruto de mi imaginación, pero ya no lo necesito para nada; mi aburrimiento se ahoga en cosas menos monótonas que dilapidar el tiempo con un oso inane, despellejado e inservible.

Como si hubiera invadido mis pensamientos, se levanta y me increpa para que recapacite sobre mi conducta; me rodea, paseando insistentemente con los brazos engarzados a su espalda y la cabeza gacha.

No entiendo el sentido de los reproches, ya soy mayor, ya he crecido, y no necesito amigos imaginarios.

Me distraigo otra vez, pero ahora maquino un terrible plan para deshacerme de mi pesada mascota. Ahogarlo cuando me bañe en la bañera, ¿um? No. Lo peor es que seguiría molestándome y encima marcaría un rastro de gotas y acabaría limpiándolo abroncado por mi madre. También se me ocurre lanzarlo por la ventana y que los coches lo arrollaran en el pavimento, ¿um? Tampoco, algún responsable ciudadano me lo llevaría a casa, e incluso mi madre, en vez tirarlo a la basura, lo remendaría. Son demasiados años con su compañía.

Ya sé, un poco de ácido sulfúrico sobre su piel de pelo ralo y se consumirá en segundos, convirtiéndose en un negro tizón.

Me levanto de la cama, corro, busco entre trastos inútiles en el sótano y vuelvo a la habitación. Procedo con mi plan cuando de repente, de la lámpara, de aquella lámpara que me maravillaba, surgen unas gotas de un extraño líquido y se comen mi carne...


El encuentro imposible

En la calle un encuentro, una mujer. Un sentimiento en mi interior, de un amor que callan sus gemidos lacerantes traspasando los sentidos.

Una conversación, un giro inesperado, una cena, un baile, una última copa. Las fantasías soterradas se despiertan, gritan en mi interior para liberarlas en su compañía.

Un descanso, se refugia en el lavabo. Oculta medio cuerpo a través de la puerta del dormitorio. Un guiño de su ojo. Los rizos de su frondosa melena flotan en el aire. Ocultan su pezón. La locura estalla en mi cabeza. Una mano se agita, busca la mía, la encuentra. Nos perdemos en la penumbra de la habitación. Mi ropa cae al suelo. Ella está desnuda. Me dejo llevar por las caricias.

Sus pechos están caídos, flácidos, señal inequívoca del paso del tiempo. Sus labios ásperos rozan los míos hasta el dolor, un dolor insoportable…

Cierro los ojos, intento soñar con imágenes de otras épocas, de sonrisas, de felicidad. Su piel recuerda el tacto de la lija.

Gotas de sudor impacientes surgen confundidas con el cansancio y la agonía del momento.

Abro los ojos al fin. Su piel está ajada, nacen pústulas sanguinolentas, pierde su sonrisa, sus dientes se caen, su pelo se transforma en una telaraña de canas mustias y angostadas. Un abrazo mortal, la imagen se desvanece, desaparece envuelta entre nieblas. Siento frío, la humedad que cala mis huesos. El terror se apodera de mí abrazado a una momia.

Una pared cae, se escucha el ruido, sigue el estruendo de las demás. El techo se convierte en la tapa de un gran ataúd. Grito, mi voz se ahoga con el eco de las paletadas de tierra que resuenan en el estrecho recinto.

A mí alrededor polvo, terciopelo, algún hueso. Pasa el tiempo. Permanezco en el ataúd solitario, sólo hay polvo. El terciopelo ha perdido su la suavidad.

Silbo, alguna canción de las que no se olvidan. Silbo en la oscuridad para que alguien se acuerde de mí, para que recojan mi alma y se la lleven a ninguna parte.


La casita

Noto la claridad que irrumpe a través de las finas paredes de mi casita. Mis ojos se abren de sopetón y me duelen de no moverlos. Me recuesto encima de mi camastro de ébano negro que, quizás, desentona con las cortinas de color de rosa bordados con bastos encajes.

Me desperezo golpeando mi pecho. Suena a madera hueca pero ayuda a despertarme.

No sé quién ha puesto otra vez el espejo de plástico, imitación neoclásica, en la pared opuesta donde lo suelo colgar.

Pero me parece que tendré otro de esos días agotadores tratando de que mi casita, mi pequeña casita, quede estéticamente bien.

Vuelvo a colocar el espejo, y vuelvo a mirarme. Parezco una marioneta destartalada, o eso me imagino. Mis pestañas parecen como pintadas con algún tosco rotulador. Y encima, hoy, no hay agua ni jabón. ¿Quién me lo habrá quitado?

Bueno, seguiré con mi ardua labor decoradora.

¡UF! Cuánto pesa la cómoda, y eso que los cajones están vacíos pues son de adorno. Y yo diría que mi brazo derecho, es más largo que el izquierdo. Deben ser cosas del esfuerzo. Incluso mis rodillas me están rechinando...

Oigo el ruido de una bisagra oxidada, y como siempre me quedo inmóvil. ¿No sé el porqué? Otra vez se abre el techo y la misma mano gigante me volverá a cambiar todo de sitio.

"¡Hija! ¿Qué haces? ¿Otra vez vuelves a estar con tu casita de madera? No tortures a la marioneta que te la vas a cargar, y tampoco la vuelvas a pintar..."

"Sí, mamá. ¿Me das más agua y jabón, que ya se ha acabado?....


El baile

Yazco en el suelo, reposado, tranquilo; como contraste a lo ocurrido hace momentos... comienzo a recordar imágenes borrosas que se desvanecen; se van y se vienen ignorando mi cansancio... Antes, en cuclillas, antes de que comenzase una especie de satánica danza; mi cuerpo vibraba con las notas de una extraña música. Las varillas sonaban sobre la piel curtida de un tambor, sus formas se divisaban detrás de un biombo en una inmensa sala. Mis extremidades, mientras mi tronco permanecía inmóvil, se movían al ritmo cadencial, cada vez más deprisa; al unísono. Mis manos rasgaban la atmósfera como si fueran unas aspas de molino, y yo miraba este extraño movimiento de mis manos, como si fuera ajeno a mí mismo. Podía ver su sombras, como si fueras chinescas, en las paredes blancas a través de juegos de luces de colores.

Una voz seminatural resonaba como si fuera un eco, y comenzaba a repetirla: "Te abrazo como si fuera la primera vez", y danzaba abrazándome.

Y se volvía a repetir y me volví a abrazar, durante segundos, quizás minutos.

"Te acaricié, te acaricié". Hinqué mis rodillas en el suelo, mi cuerpo se arqueó horizontalmente en el suelo haciendo que mi cabeza tocase el suelo, y comencé a acariciarme mientras arrancaba mi ropa. El calor era insostenible, el sudor resbalaba hacia el suelo.

"Te besé, te besé" Y la yema de mis dedos se posaron sobre mis labios, rozándolos con mi propia saliva.

Me había introducido por completo en la canción y no podía parar; no podía, ¡no! Entre acordes de guitarra acústica y sonido armónico de gaitas que seguía sonando tras una especie de biombo. Las luces como flashes me ametrallaban. La letra se repetía, y volvía a realizar las mismas acciones... hasta que el ritmo se aceleró con la incorporación de la batería.

Todo mi cuerpo se convulsionaba. ¡Todo! Creía que mis huesos se desencajaban... hasta que sonó la última estrofa de la canción, y la música paró:

"Desgarré tus muñecas con mis uñas". Y sólo se oyó mi grito, y vi mi sangre manar a borbotones; mi cabeza se desvanece mientras las luces multicolores se van apagando una a una, y yo, estúpidamente, repito la letra.


El corro de la patata

No sé que hago aquí. A mi lado izquierdo, cogida de la mano, una señora vestida de criada con su cofia, su mandil y un vestido oscuro. A mi lado derecho un bombero con su casco. Ambos miran impertérritos hacia el frente.

No sé que hago aquí. Estoy como flotando en la nada.

También miro de frente, bajo esta luz tenue.

Y veo a un ejecutivo portando su maletín. A su lado izquierdo está un mecánico con sus manos grasas y, a su lado derecho, un recluso con su traje de rayas.

Nos ponemos de cuclillas y nos volvemos a levantar, alzamos los brazos y seguimos mirando sin mirar, de frente o al frente. Estoy consternado pero no puedo articular las facciones de mi cara.

Compruebo espantado que estamos bailando al corro de la patata, pero nadie canta; sólo hay una extraña música de fondo... música sacra.

Una persona mira nuestros movimientos mecánicos y anota no sé qué en una libreta.

De repente, veo unos detalles de mis compañeros de baile que me aterrorizan: la criada tiene parte de su cara quemada, el bombero está azul, parece que se esté ahogando, el mecánico tiene las tripas rebosando de su abdomen, el ejecutivo tiene el corazón y el marcapasos colgando de su pecho, el recluso tiene una navaja clavada en su espalda.

Yo sigo sin saber que estoy haciendo aquí, como flotando, sin saber por qué estoy bailando esta danza macabra... quizás sea un sueño...

Pero dejaron de bailar, las manos se deshicieron de manos y los cuerpos siguieron flotando en la piscina de formol.

Las luces de la sala se iluminaron y una serie de médicos forenses comenzaron a examinar las víctimas de sus autopsias. El jefe médico comenzó a explicar la situación de cada uno de los cuerpos inertes.

—Bien, todos los casos son evidentes. Por lo que comenzaremos con éste, que tiene cara de extrañeza y susto, en el fondo nadie sabe por qué está aquí.


El trabajo

Estaba agotado, sentado en mi puesto de trabajo, con la silla de ruedas que se atranca y más que silla parece un estorbo. Sobre las hojas resbalaban ingentes gotas de sudor de mi frente. Por las tardes tenía la extraña sensación de que abría la puerta de salida y aparecía en mi casa; y, sin apenas descansar, abría la puerta de la calle de mi casa y otra vez estaba en la oficina con ese calor húmedo que pegaba la ropa a la piel.

La tensión en mi cuerpo era enorme e intenté suicidarme, aprovechando un viaje al garaje. Vacié un bote de gasolina sobre mí ante la indiferencia de mis compañeros de trabajo. Prendí fuego a una cerilla y la arrojé sobre el charco que se formaba a mis rodillas. En milésimas de segundo quedé envuelto en llamas, hasta que saltó la alarma de incendios y emergió del techo un chorro de gotas de agua que apagaron mis deseos y, sobre todo, el pequeño incendio.

Tanto el jefe, siempre atento e inquisidor, como mis compañeros estallaron en estruendosas carcajadas. Sabían muy bien lo que sucedería. Volví a mi asiento resignado y seguí sudando, con mi piel ennegrecida, pero no me di por vencido tan rápidamente. Me levanté, me encaminé hasta un extremo de la oficina y corrí hasta que, aproximadamente a dos metros de un ventanal, salté con todas fuerzas que me proporcionaron mis piernas. El vidrio absorbió el golpe y reboté.

Las risas ya resonaban en mis orejas en un eco distorsionado por el calor. El jefe, siempre tan detallista, subió la temperatura en varios grados ante la petición de otros compañeros. Creía volverme loco, tanto por la petición como por el cúmulo de trabajo que se alojaba en mi mesa.

Las extrañas ideas se agolpaban en mi cabeza y volví a las andadas. Tomé una silla, la levanté en el aire y la descargué contra el cristal. Se astilló. Le arreé otra vez, saltaron las ruedas, insistí hasta que se le doblaron las metálicas patas. Cogí el monitor, tomé impulso y lo arrojé. El número de astillas se dobló. Proseguí con otra silla, una y otra, cada vez más fuerte. Hasta que al fin conseguí abrir un gran boquete. Volví a coger carrerilla y salí volando en dirección al suelo. El aire me acariciaba pero, cuando se acercaba mi fin, pasó un camión de colchones por debajo de mí.

El jefe, siempre complaciente, siempre atento, me acompañó hasta mi sitio con su brazo apoyado en mi espalda. Antes de encaminarse hasta su despacho, recibí una serie de amistosas palmadas y, con los dedos índice y corazón, atenazó mis mofletes a la vez que me decía en tono cariñoso: —Travieso.

Cada vez hacía más calor, y más calor. Las gotas de sudor seguían calándose con mi sudor. Pero desistí de mis ideas inmoladoras y seguí trabajando para mi compañía.

Tras un rato fruncí el ceño. El anagrama de las hojas era de un tridente con llamas de fondo. Dudé. Cogí el abrecartas y con ambas manos lo clavé en mi corazón. Seguí igual de vivo, o de muerto. Mi jefe se acercó y musitó:

—Vaya, veo que al fin has comprendido que estás en el infierno y te tienes que pagar tu manutención.


En el banco del paseo

En el banco espero.

Lamentándome. En este banco gris del paseo lleno de tiznajos negros, de nombres raros multicolores, de corazones tallados con flechas astilladas.

El sol cae con fuerza. El viento ruge entre las hojas de los árboles y salpica el agua de la fuente sobre mi disfraz. Esa fuente donde nos mojábamos cuando éramos niños, entre risas, entre nuestros primeros besos.

En nuestro banco espero. Recreándome en esas noches de sábanas de satén que no volverán. En esos momentos jugando en la yerba solana al lado de la vieja iglesia que se cae en ruinas. En todo aquello que se perderá en las sombras de mi recuerdo.

Ya llegan, allí están, se ven al final del paseo, a lo lejos con su paso cansino. Lo encabeza un caballo negro y su jinete.

Y me dijiste: —Todo se acabó.

Y en mis ojos la ira, en mi corazón el amor, y en mis manos la venganza.

Te comencé a estrangular con mis manos. Lentamente. Quería presenciar como se te escapaba la vida a trozos. Sí, quería oírte suplicar por tu vida.

De pie sigo esperando con minúsculas gotas calando mi espalda. Estoy nervioso, mi cuerpo tiembla, ya se acerca la comitiva con el paso de una tortuga en tierra.

Y comenzaste a mirarme sorprendida intentado escapar de mis manos, y me enfureciste más. Y golpee tu cabeza contra la pared hasta que el último halo de vida escapó de tu cuerpo. Y arranqué tu corazón de tu pecho, desgarrándolo y devorándolo.

Y en mis ojos las lágrimas, tu negro corazón en mi estómago y en mis manos tu cálida sangre.

Escondo mi cabeza cuando pasa el monaguillo con la cruz en forma de mástil. Esperaré a que pase la comitiva entre olor a incienso, quiero verte por última vez. Quiero ver como te sepultan y escupir encima de tu ataúd.

Espero que no me reconozcan con este disfraz de payaso.


La agenda

Son las once de la noche. La ahogada melodía del hilo musical me adormece en la butaca. A mi alrededor, las otras sillas están vacías. Algunos rostros cansados se esconden bajo un periódico, o un sombrero. Nadie desea hablar con nadie, tras alguna cena rápida para correr luego hasta el aeropuerto.

Me agacho, recojo mi maletín. Alzo la cabeza y observo un relámpago. Espero que no se atrase el vuelo. Hoy una reunión, mañana otra. Busca entre sus pertenencias la agenda. Busca el día de hoy, marca lo realizado. Los truenos resuenan. Pasa la página. Se sobrecoge. Aparece una calavera. Un extraño dibujo. Se quita las gafas, se frota los párpados. El bolígrafo cae al suelo. Lo recoge. Levanta la vista. El hombre que tiene enfrente baja el periódico y le sonríe. Cierra la agenda de golpe. La vuelve a abrir, puede ser el estrés. La tensión, si es la tensión. Se estremece. Ahora además de la calavera, aparece un rótulo subrayado. "Llegó tu hora". Suda. Su corazón palpita con fuerza. No puede tragar saliva. Se afloja el nudo de la corbata. Se desabrocha un botón de la camisa. Se suceden imágenes a ralentí. El hombre de enfrente parece que se ríe a carcajadas. Se ha quitado el sombrero. Se transforma. Es lo más parecido a una calavera. Baja la cabeza. Puede ser una pesada broma. Ha cometido el error de ir al lavabo. Sí, ha sido eso. Ese hombre burlón le ha abierto el maletín, le ha cogido la agenda, y le ha gastado una terrible broma. Sí, ha sido eso. Vuelve a abrir la agenda. No hay dibujo ninguno. Sólo una frase: "No es ninguna broma". No se atreve a alzar la cabeza. Sigue pensando. El sudor ha traspasado su camisa que parece pegada al cuerpo. Es una alucinación. La cena en el restaurante japonés con los clientes. Nunca le ha gustado el pescado crudo, ni las algas. Sonríe. Una carcajada. Siente como la circulación sanguínea golpea en sus sienes.

Levanta la vista. Un relámpago. Sobre la silla sólo hay un sombrero y el periódico. Se gira de repente hacia un lado. Una túnica negra. Su cuerpo es atravesado por una guadaña. Sale de su cuerpo. Las puertas de cristal se abren. Sale con la muerte del aeropuerto. En la sala sólo queda un cuerpo, y una agenda en el suelo.


Tras el cristal

En un espejo desconchado aparece la tez de una mujer con los labios pintados de carmín, envuelta entre vaho.

Reflejada en el cristal unos párpados pintados de azul brillante, una lágrima cae en impoluto blanco del lavabo. Alguien, de barba blanca, detrás de ella, apunta en una especie de libreta, rasga una pluma sobre una hoja en blanco.

La mujer de las canas teñidas de rubio platino se gira, el azogue tamizado de vaho refleja la espalda desnuda. Una toalla seca una mejilla.

La puerta del cuarto de baño se cierra tras un portazo. La mujer camina envuelta en un albornoz, con rastros de jabón en las depiladas piernas. Cierra otra puerta de un largo pasillo. Otro estruendo que resuena en toda la casa, en las paredes, en el suelo; en los muebles antiguos, reformados, barnizados y repintados.

Se asoma a un ventanal. Un vahído. Se apoya en los marcos de una de las ventanas. Se asoma a la calle, al día lluvioso que vomita un torrente de rayos y truenos. Besa el espejo, inhala, respira... Intenta arañar el cristal, se apoya. Alguien detrás de ella, vestido con una túnica, enarbola un bastón. Saca de un bolsillo un reloj de arena, lo alza, las últimas granos se alojan en el recipiente. Tira el reloj tras su espalda convirtiéndose en añicos.

Tras el cristal sigue lloviendo. En la habitación aún resuena el eco mortecino de un portazo. El polvo se acumula en lo antiguos muebles, en la cerámica del suelo, en el papel de las paredes, en toda la casa. En el cristal la huella de unos labios, el aliento, el rastro de una piel marchita.

Uno más

La fina lluvia resbalaba por su cabeza, su ropa permanecía pegada a sí mismo. En su mano, como parte de su cuerpo llevaba una cerveza de litro.

Seguía lloviendo. Murmuraba, no sé que palabras sobre su inhóspito destino. Palabras sin sentido, palabras sin razón.

Sus gafas hacía rato que las había perdido paseando por los sombríos callejones. La ciudad permanecía impasible, simplemente era un eslabón más de la larga cadena.

De repente tropezó y se deslizó por una pendiente. Quedó sentado enfrente de una vieja fábrica. A través de sus ventanas de cristal ahumado salían viejos espíritus que se retorcían sobre sí mismos, profiriendo desgarrados alaridos.

Tiró la botella con las fuerzas que aún le quedaban. Como si quemase el cristal a su piel. Y la ventana estalló en cientos de pedazos.

Tras el hueco la maquinaría rugía alimentada por cientos de espíritus atormentados. No podía aguantarlo y maldijo en voz alta, frases entrecortadas e incoherentes:

¡Oh dios! ¡Oh dios!

Los espíritus surgieron por un momento desde las entrañas de la fábrica. Y escondió su cabeza entre sus rodillas tapando sus oídos:

¡No... no!

De repente, como producto de la magia de la noche,... la lluvia cesó, y la luna en cuarto menguante le obsequió con una mueca. Las estrellas refulgían en el cadalso del cielo.

Como movido por la energía de mil dioses, se levantó hacia la noche estrellada y sustrajo de su emplazamiento a la luna. Y poseído con esa misma energía comenzó a bailar con movimientos rítmicos chapoteando entre los charcos.

Su ropa quedó impregnada del color ocre del cieno. De repente, hincó sus rodillas en el barro y profiriendo un alarido sesgó sus venas y cayó de bruces en un charco.

De su sangre cálida emanaba ese vapor de calor que se mezcló con la contaminación. El callejón quedó en silencio, y las sombras de la noche volvieron a sentirse seguras.

A la mañana siguiente, un cuerpo yacía de bruces entre un mar de cristales rotos. A su lado descansaban unas gafas que algún reguero de agua había devuelto a su dueño. El cual ahora no las necesitaba, pues ahora una parte de él se regocijaba entre los restos de una antigua fábrica.

Axxón número 111 - Febrero de 2002

            

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