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F i c c i o n e s

CUERPO Y ALMA
Andrés Diplotti

Argentina

Patricia Vasco cruzó las piernas y se puso a revisar los expedientes legales una vez más. Después de tantas lecturas y relecturas, todo lo que mostraba la pantalla de la unidad portátil era un reflejo de su memoria. Al otro lado del escritorio, Hugo Ferraro hablaba por teléfono.
      —Sí, así es, señor Dubois. Sí, ya recibimos toda la información. Estamos esperando la confirmación de...
      A Patricia le causaba gracia el par de auriculares que su jefe usaba. Le dejaban las manos libres para jugar con su bolígrafo. Jamás lo había visto tomar un apunte durante una conversación telefónica; simplemente lo tapaba y lo destapaba, lo tapaba y lo volvía a destapar, produciendo un ritmo plástico que poco tenía de musical.
      —Sí, señor Dubois. Usted no tiene que preocuparse por nada. Deje todo en nuestras manos. Sí, será un gusto. Sí. Sí. Buenas tardes. —Cortó la comunicación y se despojó de los auriculares—. ¿En qué estábamos?
      —Sidermet —le recordó Patricia.
      —Oh, sí, por supuesto —reaccionó, y volvió a la pantalla de su terminal—. Continúa.
      —No es la primera vez que Sidermet viola las normas de seguridad industrial —decía ella mientras transfería archivos desde su unidad portátil—. Hace seis años murió un obrero. Y hace dos, una inspección detectó serias irregularidades. Pero por alguna razón, los expedientes fueron muy difíciles de encontrar —añadió con un tono mordaz.
      —Ya veo —comentó Ferraro sin apartar los ojos de la pantalla—. Ayer estuve discutiendo con Esteban sobre la mejor manera de abordar este caso, y...
      —¿Esteban? —Patricia frunció el entrecejo—. ¿Qué tiene que ver Esteban con todo esto?
      —¿No te lo dije? Él va a encargarse de Sidermet.
      —¿Qué? Pero... pero si... —la sorpresa impedía que las palabras fluyeran con la acostumbrada espontaneidad—. ¿Por qué? ¡Sidermet es mío! Pasé dos meses haciendo la investigación.
      —Y lo hiciste muy bien, por cierto. Pero Esteban tiene más experiencia en litigios como éste. Voy a darte el divorcio de Dubois.
      Patricia se esforzaba por hallar una manera adecuada, profesionalmente aceptable, de expresar su creciente indignación. Estuvo a punto de soltar un incontenible «¡no es justo!», pero la voz de la computadora anunciando una llamada se interpuso.
      Ferraro volvió a calzarse sus estúpidos auriculares.
      —¡Señora Robles! ¿Cómo ha estado usted? Sí, estamos esperando...
      Patricia decidió salir de la oficina antes de que el constante plic-plac del bolígrafo acabara con sus nervios. No era la primera vez que Ferraro la relegaba. A los treinta y ocho años, Patricia sentía que aún le hacían pagar el precio por ser mujer, madre y soltera.
      —Lucio está en tu oficina —le informó Miriam, la recepcionista.
      Ahora esto. Su hijo nunca iba a verla o la llamaba al trabajo a menos que necesitara algo.
      —¿Qué quieres esta vez, Lucio?
      —¿Qué pasa? —El chico estaba sentado, examinando un indefinible adorno de escritorio—. ¿No puedo visitarte sin que pienses que voy a pedirte algo?
      —Lucio, no tengo un buen día. ¿De qué se trata?
      —Bueno... —el muchacho vaciló, dando vueltas al curioso objeto entre sus manos—. Vamos a estudiar en la casa de Lucas, y... necesito el auto.
      De modo que era esto. Se dejó caer hastiada en la silla, obligada a ponerse una vez más en ese papel que tanto le desagradaba. Sabía demasiado bien lo que venía a continuación.
      —Lucio, ¿cuántas veces vamos a discutir esto? No quiero que te lleves el auto.
      —¿Por qué no? —Ahora Lucio sacaba a relucir su mejor gesto de impotencia indignada, muy parecido al que ella tantas veces se esforzaba por contener frente a Ferraro—. Sabes que voy a llevarlo en automático. Lo tendrás de vuelta antes de que termines. Sólo tienes que habilitar mi tarjeta para...
      Patricia suspiró con fastidio.
      —Lucio, ya sabemos cómo va a terminar esto. No vas a llevarte el auto. Vas a tomar el monorriel, como todos los muchachos de tu edad.
      —Pero el padre de Augusto lo deja...
      —Llamada del doctor Eugenio Lamas —anunció la computadora.
      —No me importa lo que hagan los demás padres. Tú no vas a llevarte el auto —sentenció Patricia antes de descolgar el auricular inalámbrico—. Sí, doctor Lamas. Sí, en efecto, nuestro bufete representa al señor Carlos Dubois. Sí...
      Lucio lanzó un bufido, insatisfecho con la autoridad materna. Tenía casi dieciséis años y estaba cansado de que lo tratara como a un bebé. Ahora lo estaba ignorando, seguramente porque le faltaban argumentos para sostener su negativa.
      —Sí, así es. No, no. Sin embargo...
      La oportunidad saltó a los ojos de Lucio bajo la forma de un abrigo colgado en un rincón. ¿Por qué no? La resolución de su madre era arbitraria e injusta, y él tenía el derecho... no, tenía el deber de resistir. Tomó el tablero portátil que había quedado sobre el escritorio y se encaminó furtivamente en dirección al abrigo. Deslizó con cuidado una mano dentro de un bolsillo, y echó una mirada veloz sobre su hombro. Patricia digitaba velozmente en el terminal, de espaldas a él.
      —No, la señora Dubois... No, no, el contrato matrimonial dice claramente...
      Sus dedos se cerraron en torno a la forma plástica. La tarjeta, la identidad digital de su madre, estaba ahora en su poder. La mano le temblaba al introducirla en el tablero.
      En el menú que apareció en la pantalla eligió TARJETAS DEPENDIENTES. En la lista sólo había una: la suya.
      Eligió ATRIBUTOS.
      —Sí, eso es correcto. Pero de todas maneras...
      Detentando la potestad de su madre, se autorizó a sí mismo a utilizar el auto, y aprovechó para incrementar su límite de crédito. Pero aún no se atrevía a llevar a cabo el último tramo de su idea.
      Volvió a mirar; Patricia seguía hablando por teléfono, indiferente a sus movimientos. Al demonio, pensó; ya era prácticamente un adulto, y ella tendría que darse por enterada más tarde o más temprano.
      Sin vacilar, habilitó CONDUCCIÓN MANUAL.
      —Eso tendrá que decidirlo el juez. Pero en todo caso...
      Deslizó su propia tarjeta por el tablero para actualizar los atributos, y devolvió la de su madre al bolsillo.
      —Chau, mamá, nos vemos —saludó con agitación mientras volvía a dejar el tablero sobre el escritorio y caminaba presuroso hacia la puerta. Patricia apenas lo despidió con un gesto automático, sin voltear a verlo.
      Sólo cuando la puerta del ascensor se abrió en el estacionamiento, quince pisos más abajo, pudo soltar una ruidosa exhalación.
      El auto no estaba lejos. Insertó su tarjeta en la ranura y sonrió satisfecho al ver que la puerta se abría con suavidad.
      Su madre nunca lo sabría. No tenía por qué saberlo. El auto estaría de vuelta en su lugar antes de las siete. Aun si se le hacía tarde, siempre podía mandarle que regresara automáticamente al estacionamiento. No, no había manera de que lo supiera.
      Al llegar a la avenida periférica activó el control manual y el volante se desplegó ante sus ojos. El tránsito era poco denso a esa hora, de modo que conducir era suficientemente seguro. Se había vuelto ducho en los simuladores; ahora estaba guiando un auto real en una calle real. Lo invadía una sensación de euforia, de estar viviendo una verdadera aventura.
      Música. Necesitaba música para que todo fuera perfecto. Encendió la radio y comenzó a pasar estaciones...
      Cuando vio venir el camión, ya era tarde.


El lápiz se deslizó sobre la hoja rugosa con mucha menos gracia de la que la ejecutante habría preferido. Clara se detuvo, contempló su más reciente obra y comprobó, desencantada, que los sutiles contornos de la rosa que tenía ante sí se parecían muy poco a las torpes líneas que acababa de trazar.
      Arrancó la hoja con furia y la echó arrugada a la papelera. Se estaba volviendo un gesto alarmantemente repetitivo. En otros tiempos apenas había recurrido a él. Las paredes estaban llenas de testimonio en lápiz y carbonilla de su talento. Un soberbio caballo que arrancaba nubes a la tierra reseca. Un perro que sesteaba bajo el sol. Un retrato de Bruno hecho con trazos simples y exactos, una maravilla de la síntesis. En un lugar privilegiado, su favorito: Laura y Darío cuando eran más pequeños, animados por infinitos matices de gris. A un costado, en un tamaño mucho menor, un autorretrato que había elaborado a partir de una fotografía. En sus ojos se veía un brillo que no estaba en el original. Alguien le había dicho una vez que tenía el don de dibujar el alma. Ahora no podía delinear una simple flor. Aquel brillo se había extinguido.
      Acercó el lápiz a la reluciente hoja en blanco, pero la punta temblorosa parecía resistirse al punto que la voluntad le señalaba. Clara cerró los ojos y respiró lenta y profundamente, tratando de dominar su pulso, de acallar el latido de sus sienes. El lápiz llegó al papel y comenzó a moverse con morosidad, dejando su oscura huella de grafito.
      La punta se quebró en el mismo momento en que sonó el grito.
      —¡Mamá! ¿Dónde están mis medias blancas?
      Clara tuvo que hacer un gran esfuerzo para aflojar los dedos y dejar el lápiz sobre el tablero.
      —¿No están en el cajón?
      —¡No, no están!
      Se puso de pie y caminó pacientemente hasta la habitación de su hija. Sus sienes volvían a palpitar.
      —¿Para qué quieres las medias?
      —Mis zapatos se ensuciaron —explicó la niña—. Quiero ponerme los negros.
      —¿Por qué no usas esas mismas medias?
      —¡No! Tú siempre dices que...
      —Está bien, está bien. —La madre abrió el cajón en medio de un suspiro. Tal como Laura decía, allí no había un solo par de medias blancas.
      —Se están lavando. Usa esas mismas, de todos modos no vamos a salir.
      —¡Pero mamá! Tú siempre dices que los zapatos negros...
      —¡Yo sé lo que digo! —estalló Clara, y el latido se hizo más intenso—. Usa esas mismas medias, o no uses nada. ¿Está bien?
      —E... está bien —susurró la niña.
      Salió de la habitación más molesta consigo misma que con su hija. Lamentaba haberle gritado de esa manera. No debía permitirse esos arrebatos. No era justo para la pequeña ni era bueno para ella. El médico había diagnosticado que su hipertensión era de origen nervioso. Pero ¿cómo evitarlo? Tenía que lidiar con dos niños de siete y cinco años. Tenía que ocuparse de la casa, con sus múltiples dispositivos que no siempre funcionaban como deberían. Su afición por el dibujo, que en otros tiempos había tenido virtudes balsámicas, era ahora lo que más la exasperaba, por efecto de esa misma maldición que sacudía sus arterias. Su irritabilidad se alimentaba de su frustración, y su frustración de su irritabilidad.
      Regresó al pequeño cuarto que utilizaba como estudio y señaló un título en la pantalla adherida a la pared. Un viejo vals comenzó a sonar, melodioso, sereno. Tomó el paquete que descansaba sobre el tablero inclinado, entre los lápices, y extrajo un cigarrillo. Sabía que debía dejarlo; todos los días prometía hacerlo, y todos los días volvía a caer. Lo encendió mientras se instalaba en el taburete, cerró los ojos y se dejó llevar por la música. Se imaginaba la forma de cada compás, el matiz de cada nota, la textura de cada acorde, mientras aspiraba el humo empalagoso.
      —¡Hola! Aquí estás. —Bruno había regresado del trabajo y ahora adelantaba un pie dentro del cuarto. Enseguida reparó en la rosa que se erguía en un vaso frente a la ventana—. ¿Estás dibujando flores?
      —¿Parezco estar dibujando algo? —respondió ella con tono áspero, soltando el humo.
      —¿Otra vez estás fumando?
      —Es lo único que me tranquiliza.
      —No deberías —insistió él—. No es bueno en tu estado...
      —Maldición, Bruno, ¿siempre tienes que usar eufemismos? Mi estado se llama hipertensión. ¿Te cuesta tanto decirlo? Le pasa a muchas personas.
      —Pero tú estás dejando que te afecte demasiado...
      —Me afectaría menos si dejaras de sermonearme.
      Bruno guardó silencio. Clara volvió a cerrar los ojos y trató de regresar a la música.
      —¿Estás tomando las pastillas?
      —Esas pastillas me duermen.
      —Por Dios, Clara, tienes que tomarlas. Si te duermen, el doctor puede darte otras que...
      —¡¿Quieres dejarme en paz?!
      Otra vez clara tenía todos los músculos en tensión. Los dientes ejercían unos sobre otros una presión dolorosa, y aquel golpeteo rítmico volvía a hacerse sentir en sus sienes.
      —Clara —dijo Bruno tras tomarse un instante para recuperar el aliento—, esto no puede seguir así. Tienes que...
      —¡Mamá! —Laura entró sollozando a la habitación—. ¡Darío me quitó mi muñeca!
      —Ella rompió mi avión —reclamó su hermano mayor, que venía unos pasos más atrás.
      —¡Mamá! Dile que...
      —Niños —les decía su padre por lo bajo—, mamá no se siente bien. Vamos a...
      —¡Pero mi muñeca! —repetía histéricamente la niña con voz aguda e irritante—. ¡Mi muñeca!
      —¿Y mi avión? ¿Qué hay de mi avión?
      —¡Ya basta!
      El grito se impuso a los chillidos infantiles y los apagó. Clara se puso de pie y avanzó ciegamente hacia ellos, los ojos prominentes, las venas de su frente y cuello en relieve. Los niños huyeron espantados. Bruno tendió los brazos hacia adelante, tratando de contener a su esposa.
      —Clara, trata de...
      Se interrumpió extrañado. Extrañado y alarmado. Clara se había detenido a medio camino, con la mueca exaltada rígida en su rostro, como una máscara. Su ojo derecho parpadeaba espasmódicamente.
      —Clara, ¿qué te pasa? ¡Clara, responde!
      Clara quería responder; quería hacerlo, pero no podía. Le parecía que Bruno le hablaba desde el otro lado de un vidrio muy grueso. Sus palabras le llegaban como una serie de sonidos deformes, desarticulados.
      Tendió la mano hacia él, buscando su socorro. La tendió agónicamente, con colosal esfuerzo, y cayó al piso.


La doctora Ana Yacobián no perdió tiempo: apenas cortó la comunicación, corrió hasta la calle y abordó el primer taxi que le salió al encuentro. «Llegó hace menos de media hora. La madre ya está aquí.» Aranda no había dicho mucho más que eso en el breve intercambio telefónico. Oportunidades como ésa eran muy raras, y contaba cada minuto.
      En la clínica Ana se encontró en persona con su corresponsal, quien la puso al tanto de los detalles mientras la acompañaba con paso veloz por los pasillos. El paciente se llamaba Lucio Vasco, tenía alrededor de quince años y acababa de sufrir un brutal accidente de tránsito. Múltiples fracturas, hemorragias internas y externas, órganos lesionados. Sus probabilidades de salir con vida del quirófano eran bajísimas.
      —Ortiz cree que no es una buena idea.
      —Lo que piense Ortiz me tiene sin cuidado —respondió Ana con aspereza—. Sólo espero que no haya tenido tiempo de poner a esa pobre mujer en mi contra.
      Ya estaban frente a la oficina del director. Antes de entrar, Ana giró la cabeza hacia Aranda para una última averiguación.
      —Patricia— respondió él, anticipándose a la pregunta. Ana le agradeció con una sonrisa amable y abrió la puerta.
      El doctor Ortiz estaba levemente inclinado hacia adelante en su asiento, con los codos sobre el escritorio. Siempre lo encontraba en la misma postura. Frente a él, una mujer con la cabeza gacha apretaba un pañuelo sobre su boca.
      —Aquí está —dijo Ortiz con tono hueco. No era necesario más saludo que ése: más de una vez Ana había discutido con él, al igual que con la mayoría de los directores de clínicas y hospitales en un radio de casi cien kilómetros. Paradójicamente, quienes más deberían interesarse en su trabajo eran sus principales detractores.
      —Patricia —le dijo suavemente a la mujer luego de sentarse a su lado—. Hola. Yo soy Ana.
      Patricia alzó la cabeza. Sus ojos estaban enrojecidos, pero se esforzaba por mantener una expresión serena. Ana sabía que no era el mejor momento para hablarle de esto. Pero era el único.
      —Supongo que el doctor Ortiz ya te ha dicho qué hago aquí —dijo, lamentando al mismo tiempo los términos en que seguramente se había expresado al respecto su colega.
      —S... sí —respondió Patricia con voz débil.
      —Le estaba explicando de qué se tratan sus pintorescos experimentos —intervino Ortiz.
      Ana detestaba eso. Prefería tener esas charlas tan delicadas en privado, sin presencias inoportunas ni voces antagonistas. Estaba segura de que ése era el motivo por el que casi siempre obtenía respuestas negativas.
      —Lo que nosotros hacemos —trató de ignorarlo— es darle a personas como tu hijo una nueva oportunidad. Lucio apenas está comenzando a vivir, no es justo que todo se termine para él ahora. No tiene por qué ser así.
      —Me permito recordarle, doctora Yacobián, que el paciente aún vive.
      —¿Por cuánto tiempo? —Ana dirigía todas sus palabras a Patricia, sin mirar al director en ningún momento—. No cuestiono la habilidad de los médicos de esta clínica, pero Patricia, Lucio está muy grave.
      Patricia volvió a llevarse el pañuelo a la boca y cerró los ojos. Una lágrima comenzaba a brillas bajo las pestañas.
      —Le dije que no se llevara el auto... Se lo dije...
      —Sé que te estoy pidiendo que tomes una decisión difícil en un momento muy duro —la tomó de la mano—. Sé que te gustaría tomarte tu tiempo para pensarlo. Pero tiempo es precisamente lo que no tenemos. Lucio aún tiene una oportunidad, pero debemos actuar ahora.
      Patricia apretó la mano que sostenía la suya. Irguió la cabeza y abrió los ojos acuosos que, pese a todo, se resistían a echarse a llorar.
      La puerta se abrió de repente.
      —Tenemos infarto de miocardio —anunció Aranda, agitado.
      —¿Cuándo? —Ana se puso de pie de un salto.
      —Hace un instante.
      —¿I... infarto? —Patricia se había levantado de su asiento casi sin darse cuenta. Ana giró hacia ella y la tomó de los hombros con fuerza. Con mucha fuerza.
      —Patricia, tenemos menos de cinco minutos. Debes decidir ahora.
      —Yo... no sé...
      —¡Ahora, Patricia! —la sacudió fuera de sí.
      Patricia abrió las manos vacías, impotentes. No era una impotencia furiosa y combativa, como la que explotaba cuando Ferraro la hacía a un lado. Era algo más grande, más pesado. Se sentía pequeña. Pequeña y desamparada frente al universo.
      El manto líquido que le nublaba la vista se quebró y se derramó sobre sus pómulos. Las dos palabras salieron lentas y temblorosas.
      —Está bien.
      Aranda desapareció de la puerta. Ana sonrió.
      —Gracias —dijo—. Hiciste lo correcto.
      Y salió disparada tras los pasos de su colaborador, lista para supervisar la operación personalmente. El procedimiento con la bomba cardiopulmonar requería exactitud y presteza. En un tiempo angustiosamente estrecho había que canalizar el flujo de la carótida, la yugular, las arterias cervicales. A cualquier costo se debía mantener la circulación encefálica.
      No había dado más de dos o tres trancos cuando una mano poderosa le aferró el brazo.
      —¿Qué hace? ¡Suélteme! —le gritó a Ortiz.
      —¿Hasta cuándo? —La cara del médico parecía haberse petrificado—. ¿Hasta cuándo va a seguir mortificando a estas pobres personas? ¿Por qué no las deja llevar su dolor en paz?
      —Estoy tratando de ayudar a estas personas.
      —¿A qué precio? ¡Lo que usted hace es monstruoso!
      Ana dejó de forcejear. Durante unos instantes miró con un quieto encono a ese hombre que tan fácil hallaba juzgarla.
      —Monstruoso, doctor Ortiz, es tener la posibilidad de salvar una vida y no hacerlo.
      Liberó su brazo de la presión y, sin decir nada más, echó a correr en dirección al quirófano.


Bruno ya no soportaba la incertidumbre. Hacía mucho tiempo que esperaba sentado en el corredor, viendo pasar médicos y enfermeras, y nadie se dignaba informarle sobre el estado de su esposa. Los niños no decían nada, peso en sus pequeños rostros se reflejaba la angustia.
      María llegó a la carrera con gran ruido de tacos.
      —Pensé que no llegaría nunca —dijo mientras abrazaba a su hermano y sus sobrinos—. ¿Cómo está Clara?
      —No sé. Nadie me dice nada... ¡Enfermera!
      La mujer se detuvo a mitad del pasillo.
      —¿Sí?
      —Trajeron a mi esposa hoy. Se llama Clara Celesti. ¿Podría decirme cómo está?
      —¿Usted es el esposo de Clara Celesti?
      —¡Sí, sí! Eso le estoy diciendo. ¿Cómo está ella?
      —Espere un momento, por favor —le indicó y prosiguió su camino con paso veloz.
      —Nadie me dice nada —se quejó amargamente Bruno—. Nadie...
      —¿Qué le pasó a Clara? —quiso saber María.
      —No sé, no sé... —Caminaba de una pared a otra, visiblemente perturbado—. Ella... ella estaba muy alterada cuando llegué, y... ya sabes el problema que tiene...
      Un hombre vestido con guardapolvo apareció por donde la enfermera se había marchado.
      —¿Señor Celesti? Soy el doctor Eduardo Nelson.
      —Doctor, ¿cómo está mi esposa?
      El médico miró fugazmente a los niños y le pidió hablar en privado. Ambos se alejaron unos metros por el pasillo.
      —¿De qué se trata?
      —¿Su esposa tiene antecedentes de hipertensión?
      —¡Sí, claro que tiene hipertensión! Ustedes deberían saberlo, ¿no?
      —Señor Celesti, su esposa sufrió un accidente cerebrovascular.
      —¿Un...? —Bruno echó una mirara compungida en dirección a su familia. María comprendió de inmediato.
      —Niños, ¿tienen hambre? Vamos a comer algo.
      —¡Pero tía, yo quiero saber...! —comenzó a protestar Darío.
      —Su padre tiene que hablar con el doctor. Vamos.
      —¿Un... un accidente? —dijo Bruno en cuanto se alejaron—. ¿Eso es como un... como un derrame cerebral?
      —Su esposa sufrió una hemorragia subaracnoide como resultado de un pico de tensión.
      —¿Está... está viva?
      Nelson suspiró.
      —Clínicamente sí. Estamos manteniendo sus funciones vitales mediante estimulación espinal. Pero el electroencefalograma no muestra actividad cerebral.
      Bruno sintió que las piernas se le aflojaban. Se sentó para no desplomarse.
      —¿Va a recuperarse? —pudo decir.
      —Señor Celesti, su esposa tuvo un infarto cerebral. Me gustaría poder darle esperanzas, pero...
      Bruno ya no pudo contenerse. Agradeció que sus hijos no estuvieran allí. Hundió la cara entre las manos y rompió en llanto.


Una música suave comenzó a sonar en el despertador. Ana lo apagó y se levantó del colchón tendido en el suelo. Inmediatamente después, con los ojos aún pegados, caminó hasta la consola, se sentó frente a las pantallas que iluminaban débilmente el cuarto y encendió el micrófono.
      —Buenos días, Lucio —saludó con voz soñolienta—. Hoy es martes, y son las cinco y media de la mañana. No me digas nada: no te gusta madrugar, ¿verdad?
      La computadora era rápida para procesar la voz y canalizarla a los nervios auditivos de Lucio. Ana sabía que podía oírla. Se restregó los ojos y miró la pantalla. Nada. Las curvas del electroencefalograma eran mínimas.
      —¿Por qué no me respondes, Lucio?
      Puso música y se encaminó hacia el baño. La esperaba un largo día de trabajo con su único paciente. Al anterior lo había perdido meses atrás como consecuencia de una infección. Las infecciones eran un peligro constante en las condiciones bajo las que trabajaba. Si no tuviera un presupuesto tan ajustado...
      ¡Qué ingenua había sido al pensar que la apoyarían! En todos los sitios en que presentaba sus ideas sólo encontraba oposición. Aseguraban que su proyecto prolongaba inútilmente el sufrimiento de las familias, que sus pacientes tendrían secuelas psicológicas irreversibles, que era contrario a las leyes de la naturaleza, que era descabellado, que era inmoral...
      ¡Inmoral! Sólo recordarlo la exasperaba. ¿Acaso es inmoral implantar una mano, un ojo o un corazón artificial? ¿Cuál es el límite «moral» de prótesis que puede tener un ser humano?
      ¿Por qué no reemplazar un cuerpo entero?
      Era cierto que crear un cuerpo humano sintético totalmente funcional era un gran desafío de ingeniería, pero podía resolverse. Lo más difícil era hacerle comprender al mundo que valía la pena hacerlo. Que ella no era ninguna «doctora Frankenstein», como la había llamado un artículo sensacionalista que afortunadamente tuvo muy poca difusión. Que no se trataba de resucitar muertos, sino de prolongar la vida.
      Hasta ahora todo lo que había conseguido era el apoyo de algunos colegas, como el doctor Aranda, y el aporte financiero de unos pocos patrocinadores privados que preferían mantener el anonimato. Por lo demás, ni siquiera Marcos la había comprendido. Le reprochaba que pasara todo el tiempo en el laboratorio; muchas veces hasta dormía allí. Sus planes de matrimonio se derrumbaron cuando supo que estaba viendo a otra mujer.
      Regresó y se sirvió una taza de café.
      —¿Te gusta esta música? Yo la escuchaba cuando tenía tu edad. Aunque tal vez prefieras otra cosa. ¿Qué escuchas tú?
      Ésta era la parte más incierta del proceso: lograr una respuesta. Despertar al paciente de su letargo. Para esto era necesaria una estimulación sistemática de la corteza sensorial.
      Aranda entró al laboratorio con un paquete bajo el brazo.
      —Parece que hoy madrugamos todos —dijo Ana, y tomó un sorbo de café.
      —Pensé en venir a darte una mano antes de empezar en la clínica —explicó Aranda—. Ayer pasé por la casa de Lucio. La madre me dio esto.
      Ana revisó el contenido del paquete. Videos, fotografías y otros recuerdos. Podía ser útil.
      —¿Tuviste problemas con Ortiz por ayudarme?
      —Lo de siempre. Creo que en el fondo está contigo.
      —Pues lo disimula muy bien. —Tomó un disco de video y se instaló en la consola—. ¿Quieres cambiar el suero?
      Aranda reemplazó el frasco casi vacío por uno lleno, que de inmediato comenzó a verter su contenido gota a gota en la sangre que volvía de la bomba cardiopulmonar.
      —Creo que habría que revisar la concentración de glucosa.
      —La glucosa está bien —dijo Ana. Bostezó mientras insertaba el disco en la unidad—. Mira, Lucio, tu mamá te envía esto.
      Aranda la miró. Se detuvo en los cabellos alborotados, la ropa arrugada y los ojos aún entrecerrados por el sueño. Admiraba a esa mujer. Se preguntaba si él sería capaz de los sacrificios a que ella se sometía.
      —No estás descansando mucho, ¿verdad? —le dijo—. Deberías tomarte tiempo para ti misma. Salir de aquí de vez en cuando...
      Ana no lo escuchaba. Estaba abstraída en las imágenes que aparecían en la pantalla, mientras Lucio las recibía directamente en su quiasma óptico. Ese pequeño con cabellos ensortijados tenía que ser él. Resultaba enternecedoramente cómico verlo corretear por la playa, adentrarse unos pasos en el mar y luego huir de las olas entre gritos y risas.
      Ana sonrió. Ahora la cámara reposaba en el suelo, enfocando al niño que jugaba con su madre. No pudo evitar sentirse conmovida. Aquella escena había tocado ese resorte íntimo que procuraba mantener contenido.
      —Ana...
      —¿Sí?
      —Ana, mira esto...
      Regresó a la realidad y miró la pantalla del encefalograma. La gráfica había cambiado por completo. Era una respuesta. Una respuesta emocional, sin duda.
      —Lo lograste —sintió la mano de Aranda palmeándole el hombro, mientras notaba cómo los ojos se le humedecían.


Parecía dormida. Bruno nunca se lo había dicho, pero adoraba verla dormir. Amaba ese gesto plácido, la cabellera desparramada sobre la almohada, los ojos que abultaban levemente bajo los delicados párpados.
      —Laura y Darío te extrañan —decía sin dejar de sostener su mano—. Yo también te extraño. ¿Vas a ponerte bien?
      Qué tontería. Por supuesto que iba a ponerse bien. Los médicos no sabían nada. «Debe considerar la posibilidad de retirarle el soporte de vida», le habían dicho. ¿Matarla? No, claro que no lo haría. Clara solamente estaba dormida. Se la oía respirar; tenía pulso en las muñecas y color en las mejillas. La esperanza es lo último que se pierde, se repetía Bruno, y mientras hay vida, hay esperanza.
      —Te extrañamos...
      Una repentina sensación lo interrumpió. No, no era una sensación: era una certeza. Clara estaba apretando su mano.
      —¿Clara? —le habló con tono perplejo—. Clara, mi amor, ¿puedes escucharme?
      La presión se incrementó en respuesta. Bruno no cabía en sí de alegría.
      —¡Doctor Nelson! —gritó eufórico. Liberó su mano y salió al corredor—. ¡Doctor Nelson!
      Una enfermera se le acercó y le rogó que guardara silencio. Nelson llegó a la carrera, notoriamente alarmado.
      —¿Qué sucede?
      —¡Me escucha! —exclamó Bruno, feliz—. ¡Clara me escucha!
      —¿Lo escucha?
      —Ella... ella me apretó la mano —explicó—. ¡Me apretó la mano, doctor!
      Nelson entró a la habitación. Examinó una pantalla con gesto grave. Luego separó la cabeza de la mujer de la almohada y revisó el dispositivo injertado en su nuca.
      —Me temo que ha sido una falsa alarma.
      —¿Una falsa alarma? ¿Cómo que... cómo que una falsa alarma?
      —Es el estimulador espinal que mantiene las funciones vitales. A veces produce reacciones que no debería.
      —No. —Bruno movía negativamente la cabeza, desconcertado—. No, yo sé... yo sé que ella me escucha...
      —Señor Celesti, lo lamento mucho, pero su esposa no puede escucharlo.
      —No le creo. ¿Cómo está tan seguro?
      Nelson detestaba ser tan duro, pero en ocasiones no encontraba alternativa.
      —Señor Celesti, su esposa está cerebralmente muerta. Su esposa está muerta —repitió destacando bien cada palabra.
      —No es cierto —replicó Bruno con voz quebrada—. Usted está equivocado. ¿Cómo... cómo puede estar tan equivocado?
      —Señor Celesti... Bruno... Entiendo que esto le resulte difícil de aceptar, pero así es. Tal vez debería...
      —Usted es médico, ¿no? —lo interrumpió Bruno, trocando su congoja por indignación—. ¡Pues cúrela! Hay una familia que la necesita. —Dio media vuelta y salió airado de la habitación.
      Nelson ya había visto esto. Los deudos encontraban particularmente difícil aceptar una muerte así. La sociedad lo encontraba difícil. No mucho tiempo atrás se habría necesitado un permiso judicial para desconectar el estimulador espinal.
      Y ése era, en definitiva, el origen de todo. Sin esa cajita que se conecta al nacimiento de la médula, todas las funciones de respiración, circulación, digestión y demás cesarían al desmoronarse el sistema nervioso central. En ocasiones podía salvar vidas; pero cuando acaecía la necrosis del tejido encefálico, ya nada podía hacerse. Entonces el espinal sólo servía para sostener un vegetal, un cuerpo humano en el que ya no había un ser humano.
      Y, para complicar aún más las cosas, tenía esos efectos motores impredecibles. Nelson había visto pacientes de que improviso sacudían sus miembros, abrían los ojos de par en par y hasta proferían gritos desarticulados.
      Tiempo atrás había tenido una idea con respecto a eso. La había discutido con sus colegas, inseguro acerca de si debía llevarla a cabo, y algunos le habían aconsejado que desistiera. Muchos otros, sin embargo, opinaban que podía ser un consuelo para las familias. Después de todo, muchos pacientes en esa situación terminaban en sus hogares, confinados durante años en una silla de ruedas o una cama, con el espinal pulsando para siempre detrás de sus cabezas.
      Clara parecía dormida. Su mano derecha había vuelto a la quietud y ahora reposaba laxa sobre su abdomen. Nelson volvió a acomodarla al costado del cuerpo y decidió que el momento había llegado.


—Bien, Lucio, ¿estás listo para intentarlo de nuevo?
      SI.
      El avance era notable. En poco tiempo había aprendido a imprimir letras en la pantalla, a través de una conexión con su nervio facial. Ahora ensayaba con los servomecanismos de la cámara que le proporcionaba el sentido de la vista.
      —Sigue mi dedo.
      La pequeña cámara giraba con un zumbido eléctrico. Ya no eran los movimientos torpes y convulsivos de días atrás. Con cada práctica iba ganando exactitud y destreza. Sus reflejos eran más agudos: respondía con prontitud a los cambios súbitos de velocidad y dirección, y no tenía problemas para mantener el foco.
      Ana estaba encantada. Ninguno de sus pacientes anteriores había llegado tan lejos en tan poco tiempo. Lo atribuía a la juventud y pertinacia de Lucio; aunque seguramente la experiencia acumulada tenía su peso.
      No dejaba de preguntarse, sin embargo, si el muchacho tendría plena conciencia de su situación. Hasta ahora no había hecho ninguna pregunta, y era indudable la existencia de un trauma. Ana lamentaba no contar con la colaboración de un psicólogo, aunque con toda certeza la tendría muy pronto.
      Alguien llamó a la puerta. Ana fue a abrir, seguida por el movimiento de la cámara.
      —¡Patricia! Recibiste mi mensaje. Pasa, pasa.
      Patricia entró vacilante, examinando la habitación con la mirada.
      —¿Cómo... cómo está Lucio?
      —Está mucho mejor. Ven, te mostraré. ¡Lucio, mira quién está aquí!
      Patricia leyó, confusa, las palabras que aparecían en la pantalla que Ana le señalaba.
      HOLA MAMA.
      —¿Dónde está él? —pudo decir.
      —Aquí, aquí mismo. Nos ve a través de esa cámara. Puedes hablarle por este micrófono. Él te escucha.
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      —Sí, pero ¿dónde? Quiero verlo. —Miró turbada a su alrededor y caminó resueltamente hacia una cortina que velaba un rincón del laboratorio—. ¿Está allí?
      —¡No, Patricia, no entres ahí!
      Patricia corrió la cortina y se horrorizó. Allí había un recipiente de vidrio, parecido a una pecera, lleno de un líquido azulado. En su interior, atravesada por tubos y cables, con el rostro horriblemente amoratado y tumefacto, estaba la cabeza cercenada de su hijo.
      Giró con una mano sobre la boca, dando la espalda a aquella espantosa visión. Una oleada de repulsión le ascendía desde el estómago.
      —Patricia... —trataba de explicar Ana—. Patricia, no se suponía que vieras esto...
      —¡Monstruo! —explotó Patricia, y se lanzó sobre ella. Ana se esforzaba por contenerla; trataba de hablar, mientras se cubría como podía de la furiosa lluvia de golpes.
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      —Patricia, por favor, cálmate. Por favor...
      —¿Qué le hizo? ¿Qué le hizo a... a...?
      Se detuvo, exhausta y desmoralizada. Respiraba con dificultad, ahogada por el llanto.
      —Patricia, esto no es...
      —¡Cállese! —Se enjugó las lágrimas con un pañuelo y se limpió la nariz. Se paró erguida, tratando de recuperar la dignidad.
      —Mañana... no... no, hoy mismo conseguiré una orden judicial para sepultar a mi hijo. Y usted... usted... usted va a arrepentirse.
      —¡Patricia, por favor, escúchame!
      Fue inútil. Sólo pudo observarla impotente mientras se marchaba dando largos pasos.
      La pantalla había cambiado. Se estaba llenando de una sucesión incomprensible de caracteres.
      IERHBNVKASIUBCUOQPFYHVZHXGFGSGFG...
      —Lucio, ¿qué te pasa?
      No hubo respuesta. Ana tardó unos instantes en comprender lo que sucedía.
      Estaba llorando.


El padre y los dos niños bajaron del auto y fueron hacia la entrada del hospital.
      —¿Ya está bien? —saltaba frenéticamente la pequeña Laura—. ¿Mamá ya está bien?
      —Sí, Laura, mamá está bien y nos espera.
      Bruno caminó por los corredores con un niño de cada mano. El doctor Nelson salía de la habitación en ese instante.
      —¡Ah! Ya llegaron —los recibió con una sonrisa—. Vengan, pasen.
      Lo siguieron al interior de la habitación. El rostro de Bruno se iluminó al ver a su esposa de pie junto a la cama.
      —¡Clara! Mi amor, ya estás...
      Iba a correr a abrazarla, pero se detuvo. Clara parecía no haber reparado en la presencia de su familia. Tenía una expresión ausente, con la mirada perdida, lejana.
      Nelson la tomó suavemente del brazo y comenzó a guiarla. Clara dio un paso corto y tambaleante, luego otro, otro más, y su pierna cedió.
      —¡Mamá!
      —Tranquilos, tranquilos —los contuvo Nelson, mientras la ayudaba a incorporarse y ajustaba un control en el espinal—. El microprocesador se va corrigiendo a sí mismo. Verán cómo se mueve con mayor naturalidad día a día.
      Darío se aferró a la mano de su padre. Laura se ocultó tras su pierna.
      —Papá, tengo miedo...
      —Tranquilos, todo está bien —les dijo mientras miraba aquella visión fantasmal que caminaba lentamente hacia ellos—. Mamá vuelve a casa.


Andrés Diplotti

Andrés Fernando Diplotti es Diseñador Gráfico. Nació el 24 de febrero de 1978 en Rosario, aunque hace mucho que vive en Pergamino. Fue seleccionado en tres ediciones consecutivas del concurso literario organizado por la UNR Editora (la editorial de la Universidad Nacional de Rosario). Los cuentos se llamaban "Las nubes de Saturno" (1998), "Sinapsis" (1999) y "El intruso" (2000). Ha publicado en Axxón dos episodios del poema épico-costumbrista "El Gaucho de los Anillos: La Comunidá del Anillo", bajo el seudónimo Otis.


Axxón 122 - enero de 2003
Ilustrado por Valeria Uccelli


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