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F i c c i o n e s

LAS MUJERES
Diego Escarlón

Argentina

—¡Mozo! Otra cerveza por favor —dijo Maxi, metiéndose en la boca un puñado de maníes—. ¿Qué estaba diciendo? Ahhh, sí, a mí me parece que se van para cuchichear con las otras minas, todas las otras minas.
      —¿Cuchichear? —preguntaron intrigados José y Felipe.
      —Sí, con las otras minas. Se comunican entre ellas con un aparatito en miniatura, escondido en algo como... no sé, digamos un lápiz labial, y así se preparan sin que nos avivemos. Mientras ellas arman el plan de control del mundo, nosotros, los hombres, miramos la Luna como unos giles. Cuando ellas estén listas saltan y seguro revienta todo, revienta. Después vienen y nos encierran a todos los tipos en una cárcel gigantesca y tiran la llave.
      —¿Y los hijos? ¿Cómo van a hacer para tener hijos? ¿Por inseminación artificial?
      —No. Van a tener hijos entre ellas. Lo tienen muy bien pensado. Como lo de la oveja.
      —¿Cómo lo de la oveja y el granjero? —preguntó José con una sonrisa.
      —No tonto, como la oveja ésa que tuvo una hija que era igual a ella. Le sacaron un cachito de carne, se lo pusieron en la panza y después le nació una ovejita, una copia igualita a la madre.
      —Clones, estás hablando de clones.
      —Sí, eso mismo, un clon es. Como una hermana melliza.
      —No me convence —dijo Felipe—. Es demasiado rebuscado. Yo creo que directamente no son mujeres.
      —¿Cómo? —pregunto José.
      —Sí, ya no hay mujeres en este planeta.
      —A ver, ¿cómo es eso? —dijo José, metiéndose una porción de pizza en la boca.
      —Está claro. Hace cientos de años una raza alienígena mucho más avanzada que nosotros las raptó y las tiene encerradas en un gigantesco harén en Sirio u otra estrella a años luz de acá.
      —¿Las raptaron a todas? —preguntó Maxi.
      —Sí, a todas. Y mientras los extraterrestres se divierten con ellas en una gran orgía, nosotros nos contentamos, desde hace siglos, con sus espías disfrazados. Ellos planean, cuando se reúnen en secreto como ahora, la mejor forma de cocinarnos.
      —¿Pero no tardan demasiado para decidirse sobre el menú? —preguntó José.
      —No sabemos lo refinados que son los cocineros marcianos, ni cómo realmente piensan. Además las comunicaciones hasta la galaxia marciana pueden tardar mucho. ¿Cómo querían a los esquimales? ¿Al vapor o a la parrilla? (preguntan los de acá) No, los esquimales los queremos en un helado con cereza (les responden los de allá). Quizás en varios cientos de años planificaron hasta la merienda y apenas terminen de decidir la cena nos destripan a todos los hombres y nos comen.
      —¡Pero un harén! Se supone que a los marcianos les gustan las marcianas, no las mujeres. ¿Acaso a vos te gustaría encamarte con una marciana? —dijo Maxi.
      —No, a mí no me gustaría, pero a ellos sí con una mujer, como el granjero de la oveja. Los marcianos seguramente son todos unos degenerados, con esas caras de marcianos que tienen.
      —Creo que ustedes dos —dijo José— necesitan ver a un psicólogo urgente, o mejor a dos o tres cada uno.
      —¿Entonces cómo explicás vos que necesiten ir todas juntas? —preguntó Felipe.
      —Es mucho más simple de lo que se imaginan. Las mujeres nunca existieron.
      —¿Qué? —preguntaron sus dos amigos.
      —Lo que oyen, las mujeres nunca existieron. Son producto de nuestro ego machista.
      —Creo que necesitás explicar mejor eso. ¿Cómo es que tenemos hijos entonces?
      —Exacto, ahí está el problema. Nosotros somos los que quedamos embarazados, pero nuestra conciencia no quiere enterarse porque eso es cosa de mujeres. Es demasiado para nuestras mentes y creamos un ente, la mujer, que se encarga de esa complicada tarea de mujeres.
      —¿Pero cómo puede ser "cosa de mujeres" quedar embarazado, si las mujeres no existen realmente?
      —La mente humana, querido Felipe, es la cosa más extraña y rebuscada que existe. Ellas no son reales y no nos damos cuenta porque nosotros seríamos las mujeres y, como somos hombres, ni queremos enterarnos.
      —Eso sí que no lo entendí —dijo Maxi.
      —No es complicado, no existen y listo. Todo lo que nosotros pensamos de ellas lo hacemos para engañarnos y para no darnos cuenta de que nosotros somos quienes parimos.
      —Che José, ¿y también nos depilamos?— preguntó Maxi.
      —¡Noooo! —respondió José horrorizado—, bueno, espero que no, eso sí que sería un desastre, una cosa son dos o tres partos y otra muy diferente es tener que depilarse miles de veces en la vida.
      —Al menos espero que no nos tengamos que afeitar en la realidad —dijo Felipe, mientras se pasaba la mano por la mejilla, intentando captar la irrealidad de su barba de tres días—. Por otro lado, conozco a más de una que debería comprarse una navaja de barbero.
      —Che, José —insistió intrigado Maxi—. ¿Entonces también nos.. esteee... nos menstruamos?
      —No, eso definitivamente no —respondió José, con cara de haber masticado una ortiga— muy definitivamente no.
      —Todo muy lindo —dijo Felipe—, pero tu idea no explica por qué se reunen ellas, ehh... quiero decir, por qué nos imaginamos que ellas se reunen.
      —Nos imaginamos eso porque lo que hacen en esas reuniones, donde nosotros nos quedamos afuera, es desconocido y misterioso. De esa forma ponemos en evidencia, por supuesto que de forma inconsciente, que hay algo raro con las mujeres. Es una forma de rebelarnos ante nuestro propio engaño.
      —¿Y eso raro es que realmente no existen? —Preguntó Felipe.
      —Exactamente.
      —Shhh, chicos, ahí vienen —dijo Maxi.
       Tres jovenes mujeres se acercaron a la mesa y se sentaron.
      —¿Saben qué chicas? —dijo una de ellas sonriendo con picardía, a la vez que miraba de reojo a los tres amigos—. Lo que me gustaría saber es de qué hablan los hombres entre ellos cuando las mujeres nos vamos juntas al baño.
      —¡De fútbol! ¡De fútbol! ¡Hablamos de fútbol! —respondieron ellos al unísono.


Diego Adrián Escarlón

Diego Adrián Escarlón es argentino, nacido el 3 de enero de 1971. Vive en Buenos Aires y se dedica al comercio. Se puede ver su portfolio de arte en Axxón 109 y el cuento "Nanos" en Axxón 108, además de minicuentos publicados en la sección Andernow.



Axxón 122 - enero de 2003


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