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F i c c i o n e s

LA DANZA DE LOS ESPÍRITUS
Douglas B. Smith

Canadá

En el principio de las cosas,
los hombres eran como animales
y los animales como hombres.

Leyenda Cree

Vera hizo una señal de rechazo cuando entré al negocio. Iba acompañado por Gelert, mi perro de caza. Ella fingió limpiarse las manos en el delantal azul gastado pero pude percibir la danza de sus dedos.
      —Hola, Vera. Tanto tiempo —dije.
      —Ah, sí... es verdad, señor Blaidd —dijo con rapidez, sin devolverme la sonrisa. Estaba colocando alimentos sobre una estantería, giró y se dirigió a su esposo:— Tengo que ir a revisar algo al fondo, Ed.
      Casi corriendo, se deslizó detrás del largo mostrador de madera en dirección al depósito.
      Edward Dos Ríos se apoyó sobre el mostrador al lado de la caja, frente a un diario abierto, su larga cabellera gris derramándose sobre las páginas. Observó a su mujer salir y sonrió.
      —Todavía la asustas —rió.
      —¿Vas a salir corriendo y a esconderte también? —le pregunté, sonriendo.
      Los ojos negros se entrecerraron pero su sonrisa no desapareció.
      —Vera es una mujer blanca. Mi pueblo ha contado leyendas sobre los Herok´a durante generaciones, Patas Grises. Yo crecí con esas historias. Conocí a otros como tú... y todavía creo conocerte, incluso después de... ¿cuánto hace?
      —Cuatro años —dije.
      —Hace cuatro años que dejaste Wawa. —Tomó la mano que le ofrecí con fuerza.
      —Qué alegría volver a verte, Ed —dije.
      —Lo mismo digo, Gwyn. —Apoyado sobre el mostrador, dio unas palmadas a la enorme cabeza de Gelert—. Y me alegra volver a verte a ti también, pedazo de bestia.
      La cola de Gelert se movió con furia, amenazando un mueble expositor de latas de gaseosa. Ed volvió a mirarme.
      —¿Viniste en avión?
      Asentí.
      —Aterricé en la Laguna de los Ciervos, acampé en la costa norte, después vinimos caminando. ¿Recibiste mi fax?
      —Sí. Te preparé unas provisiones y un mapa que indica el camino hasta la cabaña del camionero. —Señaló con la cabeza hacia unos paquetes atados de papel madera, amontonados en el rincón.
      —Gracias. ¿Cuánto te debo?
      —Lo dejo a cuenta. Vas a quedarte un tiempo. Imagino que no es la bienvenida ideal.
      —Podría ser mejor. ¿Alguna noticia de Robert?
      Ed asintió.
      —Mostré la foto de tu amigo por ahí. Es seguro que estuvo acá en Wawa para los funerales, pero fue muy reservado. Aunque encontré a una mujer que habló con él. Dijo que se fue hace dos días, pero que iba a volver. Algo sobre un negocio que dejó sin terminar acá.
      —¿Alguna idea de hacia dónde pudo ir?
      —No estoy seguro, tal vez a las Muskokas.
      —¿Por qué? —pregunté con el ceño fruncido. Las Muskokas era un centro turístico con casitas que quedaba a dos horas en auto desde Toronto, y a unos buenos 700 kilómetros de Wawa.
      Levantó un dedo por respuesta y comenzó a hojear el diario. Gelert se enrolló al lado de nuestras provisiones. Esperé, mientras discernía entre los olores de granos y fruta, madera y cáñamo, y humanos. Vera refunfuñaba en el depósito del fondo. Podría haber comprendido lo que decía si hubiese querido, pero no lo hice.
      Ed empezó a leer:
      —El magnate maderero local Jonathan Conrad y su guardaespaldas fueron encontrados muertos ayer a la madrugada, en las cercanías de su cabaña de las Muskokas.
      Los pasos en el exterior me anunciaron la presencia de un cliente antes de que el sonido de la campanilla de la puerta hiciera que Ed levantara la cabeza del diario. Tenía poco más de veinte años, delgada, con ojos verdes grisáceos y una larga cabellera negra que no sabía bien dónde quería apoyarse.
      —Buenos días, Leiddia —dijo Ed, asombrado.
      —Buenos días, Ed —contestó la joven y luego me miró. Tenía un aura que me resultaba familiar. Siguió observándome cuando me dirigí a Ed.
      Ed siguió leyendo:
      —La esposa de Conrad estuvo en la ciudad durante la noche. Encontró los dos cuerpos alrededor de las dos de la madrugada de ayer.
      —¿Cómo habrá muerto? —pregunté.
      La mujer que Ed había llamado Leiddia se dirigió a Ed, pero podía sentir todavía que sus ojos estaban observándome. No la miré.
      —Están trayendo al juez de instrucción desde Toronto. Por las heridas, la policía local cree que fue algún tipo de ataque realizado por un animal. No saben cuál pero dicen que uno grande. —Ed levantó la vista y me miró—. Quizá un oso.
      Maldije en silencio.
      —Supongo que los ecologistas no van a lamentarlo mucho.
      —Los padres de esos tres chicos no lo lamentarán —dijo Leiddia, acercándose al mostrador—. Él los mató, aunque no haya manejado el camión. Todos saben que él dio la orden.
      —Pero quedó libre —suspiró Ed—. Igual que el chofer del camión. Un accidente, dijeron. Un problema en los frenos. Conrad debió pagar una multa de quinientos dólares por no haber hecho el mantenimiento de sus camiones.
      Había escuchado acerca del incidente del camión hacía tres días. Conrad era el presidente de una empresa dueña de la papelera de las afueras de Wawa y de muchas madereras al norte del Lago Superior. Poco tiempo atrás, la empresa se había enfrentado a una escalada de presión por parte de residentes locales y grupos ecologistas. Las protestas se concentraban en los métodos indiscriminados de tala que usaba la empresa y el desprecio general que manifestaba hacia la vida del bosque. El enfrentamiento llegó a su punto culminante cuando un grupo de estudiantes y otros manifestantes bloquearon la ruta que llevaba al área que estaban talando.
      El primer camión que llegó a la zona bloqueada retrocedió y tuvo que recorrer veinte kilómetros marcha atrás hasta el campamento. Dos horas después, llegó el próximo camión. Y ése no se detuvo.
      Los muchachos no habían usado troncos ni árboles caídos para bloquear el camino. No habían apilado rocas ni regado la ruta con clavos para que se pincharan los neumáticos. Sólo se habían parado a través de la ruta, tomados de los brazos, cantando.
      El camión se les tiró encima y mató a tres estudiantes de la zona. Una manifestante que no era de la ciudad también murió.
      —Quinientos dólares —dijo Ed mientras sacudía la cabeza.
      —Fui a la universidad con uno de ellos —dijo Leiddia en voz baja.
      La miré y confirmé mi primera impresión del aura familiar.
      —¿Estuviste ahí?
      Negó con la cabeza.
      —Mi padrastro trabaja en la fábrica de papel. No iba a permitir que yo fuera.
      Se quedó mirándome fijo.
      Ed tosió.
      —Ejem, Patas Grises, te presento a Leiddia Barker. Leiddia, este es un viejo amigo, Gwyn Blaidd. Gwyn es el amigo del señor Arcas que te mencioné.
      —¿Conoces a Robert?
      La puerta del negocio se abrió antes de que pudiera contestar. Un hombre estaba parado con un pie adentro, la mano inmóvil sobre la puerta.
      —¡Leiddia! —ladró—. Apúrate.
      Ella no lo miró.
      —Ya voy —dijo con tono cortante mientras apoyaba de un golpe unas latas sobre el mostrador.
      Mientras Ed hacía la cuenta, observé rápidamente al hombre. Cerca de cincuenta años, tal vez un metro ochenta, barriga y poco pelo negro peinado hacia atrás. Gelert le gruñó y yo no lo detuve. No me gustaba su olor.
      Leiddia le pagó a Ed, tomó la bolsa con sus compras y fue hacia la puerta. Sin esperarla, el hombre dejó que la puerta se cerrara de un golpe, caminó hasta un Cutlass destartalado que estaba estacionado enfrente y se metió dentro. Ni siquiera llegó a mirar hacia donde yo estaba. Mientras Leiddia pasaba la bolsa al otro brazo, me adelanté y le abrí la puerta.
      —Gracias —dijo mientras salía. Vacilante, miró hacia el auto y luego de vuelta hacia mí.
      —Blaidd. Qué apellido raro.
      —Es escocés.
      —¿Y por qué te llaman Patas Grises?
      Se escuchó un bocinazo atronador. El conductor saltó del auto, se acercó con rapidez hacia nosotros, los puños apretados.
      —¡Maldita sea! ¿Qué estás haciendo? —gruñó, y después giró para enfrentarme—. ¿Quién diablos es usted, señor? Yo...
      Su voz se apagó.
      —Hola, Tom —dije—. Tanto tiempo.
      Tragó saliva.
      —¡Gwyn! No sabía que habías vuelto.
      Sonreí.
      —No creí que nuestra relación mereciera una postal.
      —Ah, sí, verdad. Eh... Leiddia, no tardes mucho. Tengo que ir a trabajar.
      Se dio vuelta y volvió al Olds. Giró para mirarnos mientras volvía al auto.
      Leiddia se quedó mirando fijo en su dirección con expresión de asombro.
      —Nunca vi nada que afectara al viejo Tommy de esa forma.
      Me miró de arriba abajo.
      —¿Voy a volver a verte?
      —Estoy acampando cerca de Lago del Ciervo. Costa norte —dije.
      Caminó hacia el auto tranquila, como un gato con un canario en la boca.
      —¿Y? Leiddia. ¿Qué te pareció? —preguntó Ed.
      —Creo que acabo de pasar algún tipo de examen. ¿Fue ella la que habló con Robert?
      —Sí. Le dije que iba a venir un viejo amigo suyo que quería sorprenderlo. Entonces me contó que se había ido. —Ed parecía desconcertado—. Qué increíble que haya aparecido justo cuando llegaste. No viene seguido a la ciudad. ¿Vas a ir a verla?
      —Creo que me va a encontrar. ¿Cómo es que Tom Barker se convirtió en su padrastro?
      Ed hizo una mueca.
      —Se mudó con su mamá a Wawa hace dos años. La madre tenía algo de dinero y una buena propiedad que interesaron a Tom. No sé qué pudo haber visto ella en él.
      —¿Sigue siendo el mismo?
      —Un reverendo imbécil, sí. Hubo además algunos incidentes entre él y su mujer. Policías en la casa, pero ella nunca presentó cargos.
      —¿Maltrato?
      Asintió.
      —Vera conoce a la enfermera que trabaja de noche en Mercy. La madre entró un par de veces, siempre con una historia sobre algún accidente en la casa. La enfermera dijo que más bien parecían palizas.
      Ed tenía una expresión severa, luego pensativa.
      —Hasta donde yo sé, no le crea problemas a la chica.
      —Por lo que vi —dije, tomando mis provisiones y moviéndome hacia la puerta— presionar a Leiddia sería muy poco prudente. Podría despertar algo.
      Los ojos de Ed se entrecerraron.
      —¿Qué has visto en ella?
      —Tiene la Marca —dije en voz baja. Abrí la puerta y salí detrás de Gelert sin esperar la respuesta de Ed.

* * *

La primera helada había llegado a Wawa antes de tiempo. Gelert y yo volvíamos de una caminata a través de los colores del otoño, el aire seco y frío y sin mosquitos. Llegamos a nuestro campamento con vista a Laguna del Ciervo justo antes de la puesta de sol.
      Esa noche, los espíritus del fuego danzaron a mi alrededor por entre los árboles mientras la luna subía en el cielo y plateaba la superficie calma del agua. Mientras Gelert roncaba suavemente a mi lado, otros espíritus bailaban en mi mente.
      No quería que bailaran. Ni siquiera quería que existieran. Pero los espíritus tienen su propia opinión al respecto y son muy insistentes cuando creen que ha llegado su hora. Estos fantasmas volvían desde hace quince años. El motivo del tango de esta noche era mucho más reciente.
      Bailen, espíritus.
      Hace tres días había estado muchos kilómetros al norte. Parado cerca de la pesada verja de madera de la rambla que corre a lo largo de Cil y Blaidd, observaba cómo un pequeño hidroavión quebraba el cristal del lago. Cil y Blaidd es una estructura de madera y piedra, en parte tallada, en parte colgada desde una pendiente rocosa del bosque, que se extiende desordenadamente con vista a un lago en el extremo norte de Ontario. El nombre es escocés, significa Guarida de los Lobos.
      Construido según mis planes hace años para refugiarme de la civilización en ocasiones especiales, se había convertido desde hacía poco en mi hogar permanente. O tal vez lo que era permanente era mi necesidad de refugio.
      Sólo un hidroavión puede acceder a Cil y Blaidd, ya que es invisible desde el aire. Los que lo construyeron llegaron de noche en avión. Yo fui el piloto.
      Sólo otras tres personas conocían su ubicación. Mientras observaba al avión desplazarse hacia la costa, me preguntaba quién de los tres estaría adentro.
      El avión se detuvo en un largo muelle oculto debajo de una arcada de ramas de sauce. Un hombre enorme emergió y dio zancadas a lo largo del muelle hasta unos escalones de piedra tallados sobre la cara del acantilado.
      Bueno, no es Stelle, pensé, sin hacer caso al rencor que sentía aún después de quince años. Demasiado lejos como para saber si se trataba de Robert o Michel. El visitante levantó la vista hacia la pendiente mientras escalaba. Nuestras miradas se cruzaron y alzó una mano gruesa para sacar y agitar una gorra de tela que reveló una masa de rulos rojos.
      —Ey, Mitch —llamé hacia abajo y le devolví el saludo. Durante un instante me pregunté el motivo de mi sensación de alivio. Me alejé de la reja y atravesé la casa para saludar a Michel Ducharmes, el Toro Rojo, el actual jefe del Círculo de los Herok´a.
      Abrí las enormes puertas de roble y salí a un camino de piedra. Mitch emergió del bosque seguido por dos grandes ciervos, con cornamentas que eran apenas tocones a cada lado. Cuando me alargó una mano, los ciervos volvieron al bosque, con las cabezas inclinadas sobre una escolta de sombras grises.
      —Una guardia de honor adecuada —comenté.
      —Creyeron que necesitaba protegerme de tus tropas —contestó, indicando con el pulgar a seis lobos de madera inmóviles en la orilla del árbol.
      —Garm, Fenrir, pueden irse. Es un amigo —dije, dirigiéndome hacia los dos lobos más grandes. Echaron un vistazo a Mitch y luego los seis se fueron sin hacer ruido en dirección al bosque.
      Adentro, Mitch acomodó su corpulencia en una silla más grande que lo normal y tomó el whisky que le ofrecí.
      —¿Sabes que este lago no aparece en ningún mapa? —dijo y vació el trago—. Ni siquiera en esos que hace el Ministerio del Medio Ambiente con fotos de satélites.
      —Tal vez el MMA necesita mejores computadoras —sugerí.
      Echó un vistazo al despliegue de computadoras y módems.
      —O una mejor seguridad para el sistema que tienen.
      Me encogí de hombros, sin morder el anzuelo.
      Silencio. Se aclaró la garganta con la mirada fija en el lago.
      —Hablando de seguridad...
      —Espero que no hayas volado hasta acá sólo para repetir el mismo discurso —lo interrumpí—. Ya lo dejé. Nunca más. Tienes cientos de predadores a los que reclutar para tus trabajitos sucios.
      Enrojeció.
      —Además —continué—, Robbie se ocupa de la seguridad del Círculo. Dudo que esto le entusiasme.
      Me miró fijo y no dijo nada, con la ira de un toro desafiado. Cuando por fin habló, su voz era desapasionada.
      —Hace dos años Robert entró a un grupo de protesta ecologista.
      —¿Y qué? Muchos de nosotros somos activistas. Viene con el territorio. Yo introduje a Stelle en el movimiento ecologista. Solíamos intentar que Robbie entrara también.
      —¿Has visto a Robert últimamente? —preguntó en un tono demasiado casual.
      Resoplé.
      —Mitch, hace ocho años que no hablo con él ni con Stelle. ¿A qué quieres llegar? ¿Tiene algo que ver con Robbie?
      Suspiró y asintió, y de pronto parecía muy envejecido. Nunca había pensado antes en Mitch como alguien viejo.
      —Gwyn —dijo en voz baja—, Robert amenazó con matar a dos hombres. Uno de ellos es alguien importante, de los que llaman la atención.
      Mitch estaba mirando el vaso vacío en su mano.
      —Necesito tu ayuda, Gwyn. Para encontrar a Robbie primero.
      Me callé y escuché a Mitch. Me contó acerca de las manifestaciones contra la tala de árboles, el bloqueo de rutas, las muertes de los manifestantes y cómo Robbie amenazó con matar a Conrad y al conductor del camión. Habló y suplicó, suplicó y habló.
      Al final, hizo una pausa.
      —Hay algo más —dijo, mirando fijamente el lago—. CSIS sabe de esto. Según nuestro espía, alguien en CSIS está filtrando información sobre Herok´a a terceros.
      Volvió a mirarme.
      —Gwyn, creemos que alguien ha desenterrado el Tainchel.
      Mostré los dientes involuntariamente. Maldita sea. Le pregunté por su fuente, qué evidencias tenía, qué tan reciente era el dato, pero sabía que ya me había convencido. Al final iba a aceptar, por el Tainchel y porque Robbie había sido un amigo y Mitch todavía lo era. Eso fue lo que me dije entonces. Ahora, observando a los espíritus bailar en el fuego, sabía que lo había hecho por alguien más.
      Bailen, espíritus, bailen.
      
Stelle y yo estuvimos juntos bastante tiempo, en la época en que me ocupaba de la seguridad del noreste. Durante siglos, los Herok´a no fueron más que criaturas míticas. La seguridad consistía en asegurar que las cosas permanecieran así. Luego llegó Tainchel, una operación encubierta de la agencia federal de inteligencia CSIS, creada, como supimos después, con el único objetivo de rastrear y capturar a los Herok´a con fines científicos.
      Tainchel. Una antigua palabra escocesa. Tainchel: hombres armados que avanzan en fila por el bosque para rastrear y matar lobos.
      Perdimos a unos cuantos sin darnos cuenta de lo que pasaba. Habían desarrollado scanners especiales con la información extraída de los exámenes que realizaron a las primeras víctimas. Diferencias sutiles en los patrones de ondas alpha, lecturas infrarrojas e índices metabólicos nos delataban, incluso en ciudades atestadas.
      Entonces se volvieron descuidados y nosotros nos dimos cuenta. Filtré información acerca de una reunión que el Círculo de Herok´a planeaba en un sitio aislado. Durante la siguiente luna llena, por supuesto. Deduje que esperarían algo así.
      Veinte miembros de Tainchel cayeron en la emboscada, armados en su mayoría con rifles sedantes. No se escaparon. Se habían encontrado con Herok´a antes, pero nunca con predadores. Lobos, osos, felinos mayores, aves de rapiña. No tomamos prisioneros.
      Después nos pusimos en contacto con la Justicia y el CSIS. Envié una lista con los agentes de Tainchel restantes, los emplazamientos de sus centros de operación, las actividades recientes y una nota que decía: "Sabemos quiénes son. Sabemos dónde están. Seguiremos matando para protegernos. Váyanse".
      Se fueron. El CSIS desarmó Tainchel y comenzó una tregua precaria.
      La tregua duró. Stelle y yo no. Ella se opuso a la emboscada y a los asesinatos. Yo alegaba que luchábamos por nuestra existencia. Al final, lo único que hacíamos era discutir.
      Robert y yo éramos amigos desde hacía tiempo, y conoció a Stelle a través de mí. Después de que yo abandoné la escena, se hicieron algo más que amigos. Renuncié al Círculo en esa época. Robbie me remplazó ahí también.
      Bailen, espíritus. Bailen con las bestias de la noche.
      Gelert gruñó ante un leve susurro del bosque. Le ordené mentalmente que se volviera a acostar. La intrusa no pretendía moverse con sigilo. Me levanté cuando Leiddia salió de entre los árboles y se detuvo al filo de la luz de la fogata. Sonrió.
      —Hola otra vez.
      —Ah, hola.
      —Pensé que iba a sorprenderte.
      —Tenía el presentimiento de que querías decirme algo.
      —Sí —dijo—. Que eres un lobo.
      Intenté permanecer inexpresivo.
      —¿Perdón?
      Caminó hasta el otro lado del fuego y se sentó en el suelo con una sonrisa.
      —Blaidd. Averigüé el significado. Quiere decir lobo en escocés.
      —Es verdad. Me había olvidado de que te lo dije.
      Volví a sentarme, mientras Gelert se acercaba para acariciarla con el hocico. Ella tomó su cabezota con las dos manos, frotándolo detrás de las orejas.
      —¿Y tú cómo te llamas?
      Se lo dije y ella hizo una mueca.
      —Gelert fue el perro legendario del Príncipe Llewellyn de Gales —expliqué.
      —Mmm. Entonces, ¿por qué Ed te llama Patas Grises?
      Me reí entre dientes.
      —Para los Cree, llamar a un lobo por su nombre es atraerlo. Por eso le dicen Patas Grises, Piel Gris, Dientes de Oro, El que Está en Silencio. Ed me llama así desde que le dije cuál era el significado de mi apellido. Es un chiste.
      Volvió a sonreír.
      —Así que él también cree que eres un lobo.
      Le devolví la sonrisa. En la tienda había estado tan concentrado en su aura de la Marca que no presté atención a lo atractiva que era. A Gelert también le gustaba, lo que siempre es un buen signo.
      Me miró fijamente.
      —Eres un lobo.
      Permanecí en silencio.
      —¿Qué se siente —preguntó— ser así, poder transformarse?
      —Tú lo sabes, ¿no? ¿Cómo?
      —Robert, tu amigo. Nos conocimos en la iglesia en los funerales. Había algo en mí que lo fascinaba. Se la pasó observándome.
      —No lo culpo.
      —No era ese tipo de interés, pero gracias igual —dijo con una sonrisa—. De todos modos, sentí que él también era diferente, aunque no sabía muy bien en qué.
      Miró fijamente la llama.
      —Estaba tan alterado, tan triste. Dijo que tenía algo que decirme, algo sobre mí. Que debía agregar algo a lo perdido. No le entendí, pero no le tenía miedo. Por alguna razón sabía que podía confiar en él.
      Sonreí. Así era Robbie, del tamaño de un oso pardo, aunque las mujeres lo trataban como a un oso de peluche grandote.
      —En el cementerio, después de los entierros, caminamos juntos. Encontramos una roca en medio del bosque, nos sentamos y charlamos. Bueno, él habló. Yo sólo escuché. Me contó acerca de los Herok´a, de la antigüedad de su raza. De que son anteriores al hombre y que cada uno está ligado a una especie animal.
      Asentí.
      —Tenemos muchos nombres. Los Cree nos llamaban los Herok´a, o Espíritus de la Tierra. Creían que mi pueblo estaba relacionado a través de sus antepasados a diferentes animales, como a tótems. Tenemos las características y habilidades de nuestro animal protector, como sentidos más aguzados, mayor fuerza.
      Miré a Gelert.
      —Y podemos tener a nuestras órdenes a estos animales.
      Sin que le dijera nada, Gelert corrió despacio hasta mi carpa y salió con una taza en la boca. Le dejó en mi mano.
      —¿Café? —pregunté.
      Se rió.
      —Imagino que domesticar a Gelert no fue difícil. Gracias, negro está bien.
      Volvió a ponerse seria.
      —Robert me dijo algo más.
      Tomé la cafetera que estaba colgada sobre el fuego.
      —Que podemos convertirnos en nuestros animales protectores.
      Asintió.
      —¿Y tú le creíste?
      Tomó la taza de mi mano.
      —No tuve opción. Me lo mostró. Se transformó.
      Solté un aullido agudo.
      —Debe haber estado muy seguro.
      —Dijo que yo tenía el derecho a saberlo, que tenía la Marca.
      —Sí, sí, la tienes —dije en voz baja.
      —¿Entonces soy una de ustedes?
      Se inclinó hacia adelante con rapidez y volcó café en el suelo.
      Negué con la cabeza.
      —No. Al menos no todavía. Muy pocos de los que tienen la Marca se convierten en un Herok´a. Necesitan ayuda. ¿Robert no te lo explicó?
      —Tenía algo que hacer antes, una deuda que tenía con alguien. Se tenía que ir pero dijo que iba a volver para explicarme más y ayudarme.
      Entonces se levantó y caminó hacia mí lentamente, como si intentara no asustar a un animal que se había alejado del bosque. Se sentó a mi lado, con su pierna rozando la mía, su aliento fresco y dulce sobre mi cara. Noté algo más.
      —Tu mejilla —dije, acercándome.
      Dio vuelta la cara.
      —Me pegó.
      —¿Tu padrastro?
      Asintió.
      Giré su rostro de vuelta hacia mí con un dedo sobre su mentón.
      —¿Por qué?
      Bajó la mirada.
      —Me estaba... tocando. Lo detuve.
      Le apreté el hombro.
      —¿Lo había hecho antes?
      —No —dijo con desdén—. Siempre guardó sus atenciones especiales para mamá.
      Se inclinó sobre mí y puso su cabeza sobre mi hombro.
      —Lo odio y estoy asustada, Gwyn. —El tono de su voz era bajo pero firme—. Ojalá tuviera tu fuerza, tus poderes.
      Envolviéndola con mis brazos, la contuve por un largo tiempo, sin que ninguno de los dos hablara. Técnicamente, primero tenía que presentar una petición en el Círculo, pero nunca fui un amante de las reglas. Para mí era su derecho. Pensé en su madre y en Tom Barker. Pensé en Tom con ella.
      —Vas a tener mis poderes —dije—. Voy a entregarte tu derecho de nacimiento.
      Se enderezó.
      —¿Puedes hacerlo? ¿Cómo?
      Sonreí.
      —Bueno, está el método clásico y el enfoque moderno, además de algunas... eh... variaciones. En la perspectiva clásica, me transformo y te ataco salvajemente. Microorganismos únicos que se encuentran en mi saliva y en los aceites excretados por mis garras penetran en tu torrente sanguíneo a través de las distintas heridas y se encuentran con unas enzimas igualmente únicas que llevan consigo los portadores de la Marca. Esto produce una enzima mutada que modifica tu estructura celular. Entonces te conviertes en un Herok´a, siempre y cuando sobrevivas a mi ataque.
      Se acurrucó en mí otra vez.
      —Bueno, me gusta la parte del ataque, pero no ésa de las heridas.
      —Gallina. Bueno, la versión moderna, entonces. Hago una incisión en alguna parte de tu cuerpo en la que no te moleste tener una cicatriz y aplico un emplasto humedecido en mi sangre.
      Arrugó la nariz.
      —Saliva, sudor, sangre. Los Herok´a no parecen preocuparse mucho por las enfermedades, ¿no?
      —Somos inmunes a la mayoría de las infecciones virósicas y bacterianas humanas, incluido el SIDA. Existen algunas enfermedades Herok´a, pero son curables.
      —¿La aftosa?
      —Qué graciosa.
      Leiddia se rió y luego quedó pensativa.
      —Así que necesito tener ciertos fluidos de tu cuerpo en mi sangre.
      Se movió para apoyar su mentón en mi hombro.
      —¿Mencionaste variaciones?
      Acaricié su cabello.
      —Involucran... eh... otro tipo de fluidos.
      Se inclinó hacia adelante y rozó sus labios con los míos.
      —¿Y otros métodos de aplicación?
      Asentí, atrayéndola hacia mí con un largo beso.
      —Entonces —le pregunté después de un rato—, ¿qué método prefiere el paciente?
      —Voy a probar —dijo entre besos— las variaciones.
      Unas cuantas variaciones después, los dos estábamos durmiendo.

* * *

Me desperté solo, a excepción de Gelert, que no era lo que tenía en mente. Durante el desayuno me pregunté si me sentía usado.
      Ella era una chica grande. Seguramente sabía cuál era su objetivo. Y lo había logrado.
      Usado. Me sobrepuse mentalmente. No era la primera vez.
      Dejé a Gelert cuidando el avión, levanté campamento y partí inmediatamente hacia la cabaña del conductor. Quería que fuese de día para explorar el área y asegurarme que no se trataba de una trampa.
      Mitch y yo nos habíamos dividido los dos objetivos de Robbie. Mitch había planeado buscar a Conrad en Toronto mientras yo vigilaba al conductor del camión, ya que yo había vivido aquí desde que Stelle y yo rompimos. Ése era nuestro plan desde hacía cuatro días. Robbie había sabido, de alguna forma, que Conrad no iba a estar esa noche en Toronto sino en su casa de las Muskokas y lo había matado ahí. Cuando Mitch se enterara de la muerte de Conrad vendría para aquí, pero Robbie ya le habría sacado un día de ventaja.
      Todo quedaba en mis manos.
      La luz del sol se filtraba a través del entramado de árboles y calentaba el frío día de otoño mientras yo rastreaba huellas conocidas en el bosque. No podía dejar de pensar en Leiddia.
      El mapa de Ed era claro, así que no me llevó mucho tiempo y alcancé al comienzo de la tarde una cumbre que daba a la cabaña. Cuando encontré un sitio a cubierto con una buena vista de la cabaña, observé, escuché y olfatee la brisa. Repetí este procedimiento en otros tres lugares antes de quedar satisfecho.
      El conductor estaba ahí, acompañado por tres hombres con rifles. La muerte de Conrad no había pasado desapercibida. No detecté a nadie más.
      Mi plan era interceptar a Robbie en dirección a la cabaña, antes de que fuera detectado por los guardias. Mi problema consistía en deducir qué camino iba a tomar.
      Tres lados de la cabaña daban a un campo abierto. Para acercarse sin ser detectado se necesitaba llegar por atrás, bajar por entre los árboles desde la cumbre en la que yo estaba parado ahora. La maleza obstruía la mayoría de los senderos hacia la cumbre. El mejor camino sería un cerro boscoso en el que el suelo debajo de las copas de los árboles estaba despejado.
      Elegí un sitio que permitía ver tanto el cerro como los campos que rodeaban la cabaña, con el viento llegando del camino del cerro. Después de un refrigerio de carne cruda lavada con agua tibia, me ubiqué detrás de unos enormes árboles caídos a observar, esperar y olfatear.
      Una hora. Oscuridad. Dos horas. Salida de la luna. Cuatro horas. Los predadores están acostumbrados a esperar. Pasó el tiempo y pensé en Leiddia. Su rostro y su cuerpo se transformaban continuamente en los de Stelle.
      Medianoche. El grito de una lechuza me despertó. Tirité. La lechuza. Símbolo del alma de los muertos en los mitos aborígenes. Los chamanes daban plumas de lechuza a los muertos para ayudarlos en su tránsito al otro mundo.
      Justo en ese momento mi olfato percibió algo. Un minuto después, una sombra enorme se movía con paso seguro sobre el cerro. Por un instante creí ver dos figuras. Debe haber sido la luz. Lo observé el tiempo suficiente como para deducir qué camino iba a seguir, luego me ubiqué en una posición donde pudiera interceptarlo.
      Agucé el oído en mi escondite. Ramitas que se rompen, hojas que crujen. Más cerca. Pisadas, respiración. Salí y me paré frente a él.
      Se detuvo sobresaltado y se puso a la defensiva. De repente, noté una presencia detrás de él, a muy poca distancia. Una silueta grande que se movía rápido. Que rugía.
      Mierda. Había traído ayuda.
      —¡Robbie! ¡Soy yo, Gwyn!
      El oso pardo me encerró antes de que pudiera encontrar un árbol que trepar.
      —¡Callisto! ¡Basta! —la voz de Robbie desgarró la noche.
      La bestia gigante se detuvo a su lado con un estruendo, bufó en mi dirección y luego se apoyó sobre sus amplias ancas.
      Robbie llevaba puesto un pantalón y campera de jean, borceguíes y una remera blanca. Era más grande de lo que recordaba. Extendió una mano para acariciar la joroba del oso pardo y me observó.
      —Hola, hombre lobo. Tanto tiempo.
      —Demasiado tiempo, Robbie —dije, con la intención de sonar más despreocupado de lo que me sentía.
      Me dio la impresión de que pensaba en eso por un rato mientras hacía marcas en la tierra con un pie.
      —¿Viniste a ayudarme?
      Negué con la cabeza.
      —No. Me lo imaginaba —dijo con tristeza, luego su rostro se endureció. Abalanzándose con una velocidad que no encajaba con su tamaño, me golpeó en el pecho con el hombro y me tiró al piso. Rodé y me levanté de un salto. Si me atrapaba, estaba perdido. Giramos en círculo.
      —¿Podemos hablar? —exclamé, haciendo un esfuerzo para que el aire saliera de mis pulmones.
      —No hay nada que decir —gruñó—. Hablamos, cantamos, morimos. Ahora son ellos los que van a morir.
      Intentó tirarme al piso. Retrocedí. Aparentemente estaba dejando a su osito fuera del asunto. Tal vez quisiera una pelea limpia, típico de él. Quizás temía que yo también guardara una reserva.
      Robbie era un luchador cuerpo a cuerpo. Mi estilo era el karate, bloques y golpes. Como no necesitaba mis manos para agarrar a mi oponente, disponía de una opción que él no contaba. Llevé la mano derecha más cerca del cuerpo, donde el brazo izquierdo pudiera cubrirla.
      —No eres un asesino, Robbie. Déjalo.
      Lentitud. Concentración. Sigue dando vueltas. Poco a poco, siento que funciona. Ahora. Tengo que hacerlo, pero sin provocar su muerte.
      —¿Dejarlo? Quieres decir que te lo deje a ti. Pero es mío, Gwyn. Yo voy a matarlo.
      No tuve oportunidad de responder. Se acercó, amagó un puñetazo alto, luego dejó caer su hombro y arrojó un brazo para rodear mi cintura y tirarme. Me corrí a un lado y trabé su brazo, lo di vuelta y dejé su costado expuesto. Impulsé mi mano derecha en dirección a su hombro.
      Un blanco inútil en un ataque normal. Pero no esta vez.
      Garras de siete centímetros se hundieron en su carne y atravesaron sus músculos. Una jugada sucia. Uno tiene que anunciar o indicar las transformaciones en los torneos. Pero éste no era un torneo.
      Rugió y abrió aun más la herida al liberarse. Retrocedió con un gemido de dolor, el brazo izquierdo fláccido, inútil. El oso pardo rugió pero permaneció quieto.
      —Ya está, Robbie —dije en voz baja, volviendo mi mano de vuelta a la normalidad.
      Cayó sobre sus rodillas, con la cabeza gacha.
      —Maldito seas... lo quería hacer yo mismo... ella también era mía... —masculló y luego levantó la vista—. Llévame contigo. No es muy lejos de aquí. Déjame observarte cuando lo haces.
      Su rostro se oscureció.
      —Quiero verlo morir, Gwyn.
      —¿De qué carajo estás hablando? Nadie va a matar a nadie. ¿Qué te pasa? ¡Sabes cómo va a afectar a Stelle! Ella odia la violencia. La vas a destruir, Rob.
      Me observó fijamente, con una expresión extraña en su rostro.
      Algo debe agregarse a lo que se perdió.
      
Un escalofrío recorrió mi vientre.
      Ella también era mía.
      
—Gwyn —dijo. Su voz era grave.
      Muchos de nosotros somos activistas. Yo introduje a Stelle en el movimiento ecologista.
      —Stelle murió. Ellos la mataron...
      Una manifestante que no era de la ciudad también murió.
      
Dejó caer su cabeza llorando. Yo estaba parado ahí, y me sentía como las hojas a mis pies, frágiles, quebradizas, secas.
      Yo introduje a Stelle en el movimiento ecologista.
      
Mitch. Él lo sabía, por supuesto, pero me necesitaba para detener a Robbie. Aislado y distanciado como estaba tanto de Stelle como de Robbie, apostó a que yo no iba a suponer nada. Sabía que si me lo contaba, ya con un Herok´a en busca de venganza, iba a ayudar a Robbie.
      Ahora lo sabía. ¿Y qué iba a hacer al respecto?
      Parado ahí, me di cuenta de que siempre había creído que Stelle y yo íbamos a volver a estar juntos. Nunca dejé de quererla, nunca creí que todo hubiera terminado entre nosotros. Sacudí la cabeza para enfrentar el odio y las lágrimas. Demasiadas muertes, había dicho ella. Sabía a la perfección lo que hubiese dicho en este momento.
      —Vamos, Robbie —dije, tranquilo—. Volvamos a casa.
      Nunca voy a saber a cuál de los dos apuntaron primero. Deben haberse escondido después de que aparecí, a la espera de que nos matáramos el uno al otro. Cuando dejamos de pelear, abandonaron la espera.
      Acababa de arrodillarme para ayudar a Robbie a levantarse cuando una bala le atravesó el hombro herido. Recibió otra en el pecho antes de que lo bajara y me tirara contra el piso. Miré en dirección a la cabaña. Una hilera de siluetas se movía hacia nosotros a través de los árboles. Siluetas con armas.
      El Tainchel.
      —¿Cuántos son? —jadeó.
      —Demasiados.
      —Esas no son armas con sedantes —gruñó.
      —Creo que han recibido nuevas instrucciones.
      Iban a caer sobre nosotros en segundos, pero no podía dejar a Robbie.
      —Sólo... puedo comprarte... un poco de tiempo —jadeó.
      Un segundo después comprendí lo que quiso decir.
      Setecientos cincuenta kilos de una cosa peluda enfurecida surgieron de un matorral. Embistió al grupo más cercano, agarró a un hombre con sus fauces y lo arrojó contra un árbol. Parada sobre las patas traseras, Callisto envió a otros dos en espiral en el aire con una cuchillada de sus garras.
      Me quedé petrificado observando.
      —Corre, Gwyn —dijo Robbie—. No puedes salvarme.
      Sacudí la cabeza. Con los cuerpos a sus pies, Callisto se enfrentó a otro grupo. Muchos otros cayeron ante ella. Los demás disparaban a la osa parda pero ella seguía atacando. Los disparos continuaron y ella redujo su velocidad. Al acometer contra otro hombre, se irguió por completo y cayó sobre el cuerpo de su víctima. No volvió a levantarse.
      Robbie lloró en silencio.
      Siguieron disparándole a la osa. Después, silencio. Ningún movimiento. Callisto los había vuelto cuidadosos. Nos había comprado tiempo.
      Robbie estaba pálido, respiraba entrecortadamente. Las tribus aborígenes creían que el oso poseía grandes poderes curativos. Pero Robbie necesitaba algo más que leyendas.
      Grité:
      —Escúchenme. Voy a hacerlo fácil para ustedes. Consigan atención médica para mi amigo y yo me entrego.
      Robbie hizo con la cabeza un gesto negativo con violencia que le provocó un acceso de tos.
      Nada.
      —¡No hay trato! —contestó finalmente una voz—. ¡No tomamos prisioneros!
      Los disparos comenzaron otra vez, y ahora con mayor intensidad. Con la cabeza contra el piso, empecé a concentrarme en una transformación. Era nuestra última posibilidad. Ellos querían sangre.
      Robbie me agarró del brazo justo cuando me di cuenta. Demasiado tarde. Algo golpeó contra mi cráneo y me desplomé hacia adelante, aturdido. En lucha por mantener el control, logré girar la cabeza para ver detrás de mí.
Ilustró: Valeria Uccelli
      Dos hombres. Dos rifles.
      Los disparos que venían del frente se detuvieron. Estos dos habían aprovechado el sonido para cubrirse mientras se escabullían detrás de nosotros. Concentrarme en la transformación había entorpecido mis sentidos.
      —Llegó la hora de la bala de plata, bestia —dijo el que estaba más cerca. Alzó su rifle con una sonrisa.
      Una masa gris atravesó el aire desde las sombras con un rugido ensordecedor. Unas fauces enormes se cerraron sobre el cuello del hombre del rifle con una dentellada repulsiva. Una masa negra tiró al otro hombre armado. A nuestro alrededor, el Tainchel gritaba y maldecía mientras formas oscuras saltaban sobre ellos desde todos lados.
      Mi cachorro había llegado y había traído refuerzos.
      Gelert puso su rostro contra el mío, me lamió y aulló. Podía oler sangre. Puse un brazo sobre su lomo, me levanté y miré a mi alrededor.
      Los lobos superaban en número al Tainchel, pero los hombres tenían armas y el impacto inicial iba cediendo. Los sobrevivientes estaban amontonados, apoyados uno contra las espaldas del otro, y disparaban hacia afuera. Mis hermanos grises caían muertos. Morían por mí.
      Me transformé. Se sumó a ellos El Lobo Negro.

* * *

Cuando volví a la forma humana, Gelert estaba acariciándome el rostro. Una docena de lobos agrupados a mi alrededor movían sus colas o lamían heridas. Con los gritos de dolor provenientes de docenas de lugares distintos, me levanté rígidamente pero no encontré daños graves.
      No tengo muchos recuerdos después de una transformación. Mientras daba unas vueltas y contaba los muertos, descubrí que estaba bien. Seis lobos, dieciocho Tainchel. Ningún sobreviviente humano. La transformación había hecho trizas mi ropa, por lo que estaba desnudo y congelado. Para vestirme, le saqué la ropa a uno de los cuerpos menos ensangrentados.
      Encontré a Robbie apoyado contra un árbol, pálido como la muerte, bañado en sangre. Me arrodillé a su lado.
      Sus ojos me miraron.
      —Gwyn —susurró— hay una muchacha... Leiddia...
      —Lo sé. Es de los nuestros.
      Sonrió.
      —Tú y yo... siempre nos encontramos con las mismas mujeres.
      La sonrisa desapareció.
      —Stelle... ella nunca dejó de quererte. A veces... llegué a odiarte por eso. Lo siento.
      Sus ojos se cerraron.
      Tragué saliva.
      —Robbie, a veces llegué a odiarte porque estabas con ella. Yo también lo siento.
      No hubo respuesta.
      —¿Robbie?
      Busqué el pulso, pero ya lo sabía. Podía olfatearlo. El Oso estaba muerto. Me pregunto si habría llegado a oírme.
      En un descampado cercano, alejado de los árboles, construí un féretro bajo con unas rocas apiladas sobre ramas secas. Arrastré a Robbie y con un gran esfuerzo lo coloqué encima. Puse a mis hermanos los lobos a su lado. Cubrí a Callisto con piedras porque era demasiado grande para mover.
      Una inspección de los cuerpos me proveyó de fósforos. Cuando regresé, una gran lechuza con cuernos que estaba sobre el féretro se elevó hacia la noche. Había una pluma sobre el pecho de Robbie. La sostuve por un momento y luego la metí dentro de su camisa.
      Encendí la madera y me alejé mientas el fuego se crecía con rapidez, rugiendo con el viento que se elevaba. Me alejé de las llamas y el humo y me detuve.
      Osos, lobos, coyotes, zorros, animales de todo tipo rodeaban la pira. Gelert emitió un aullido acongojado, que los lobos continuaron. Los demás animales se sumaron con gruñidos, rugidos y refunfuños.
      Aúllen, bestias nocturnas. Aúllen por nuestros caídos. Aúllen sobre los cuerpos de nuestros enemigos.
      Me alejé por entre el humo y la niebla y los árboles, con Gelert a mi lado, hasta que llegamos a la cabaña del conductor. Los guardias señalaban la colina en el resplandor del fuego.
      Quedaba una tarea pendiente. Habían matado a mi mujer. Habían matado a mi amigo. Gelert gruñó.
      Comencé a transformarme. Un lobo aulló.
      Sin prisioneros.

* * *

La tarde siguiente, cuando entré al negocio, Ed estaba detrás del mostrador. Me miró pero no sonrió.
      —Te preparé unas provisiones.
      —¿Cómo sabías que pensaba irme?
      No dijo nada, sólo empujó el diario hacia adelante. Leí lo que decía en la tapa. Ya habían encontrado los cuerpos.
      —Será mejor que te vayas, Gwyn.
      Lo miré. Me dio la espalda. Tomé las provisiones y dejé más dinero del necesario sobre el mostrador.
      Mientras me dirigía hacia la puerta, volvió a hablar, todavía dándome la espalda.
      —Tom Barker estuvo en el hospital anoche. Estaba todo cortajeado. Lo vio Vera, la enfermera, y dijo que parecía como si hubiese peleado con un gato montés.
      Dio media vuelta.
      —Los dejó. Dice que no va a regresar.
      —Seguramente es mejor así —dije en voz baja.
      —Sí. Siempre y cuando pueda mantenerse sola —contestó con brusquedad.
      Caminé hasta la puerta sin mirar atrás.
      —Supongo que hay una bestia nueva en la noche ahora —dijo en voz baja.
      No sé si tenía intención de que lo escuchara. Cuando salí, sentí que Ed estaba haciendo una señal de protección, una señal para mantener alejadas a las bestias de la noche. Espero haber estado equivocado.

* * *

Es de noche. Estoy sentado en el campamento y observo a los espíritus bailar en mi fuego. Siento su calor en mi cuerpo. Siento como si mi cuerpo fuera una cáscara hueca y vacía. Espero que los espíritus del fuego lo hagan arder. Espero que el aullido animal de la noche destruya la cáscara y la haga polvo. Escucho el viento que arrastrará el polvo y lo desparramará, y a mí con él... lejos.
      Stelle está muerta. Robbie está muerto. Yo estoy muerto también. Tal vez estuve muerto durante estos últimos quince años.
      El viento aviva las brasas, hace bailar las llamas. Gelert alza su imponente cabeza para observar la oscuridad. El fuego chispea. Una rama se quiebra detrás de mí. Me doy vuelta y veo el flujo felino líquido de la noche que se dirige desde los árboles hacia mí. Se transforma. Cambia. Dos llamas gemelas color esmeralda se funden en ojos verdes grisáceos. Las garras se convierten en manos. Las garras se convierten en pies. El pelaje color ébano se diluye en la suavidad pálida de su rostro, arroyos en la cascada negra de su cabello. Desnuda, está parada frente a mí, una bestia felina de la noche convertida nuevamente en mujer.
      Camino hasta ella lentamente, como si intentara no asustar a un animal que se ha alejado del bosque. Envolviéndola con mi saco, me quedo mirándola fijamente en busca de algo que llene esta cáscara vacía. Pasa bien el examen.
      —Entonces funcionó —digo finalmente.
      —Funcionó —contesta, mezclando su voz con la brisa. Me toca la mejilla, trazando una línea con una larga uña afilada.
      —Necesito un maestro.
      —Yo necesito —empiezo a decir, antes de que mi garganta sofoque las palabras y las lágrimas fluyan—, necesito mucho más que eso.
      Ella susurra: —Te amo —mientras nos acostamos junto al fuego, y yo le digo que la amo también. Espero que algún día podamos decirlo en serio mientras completo su vacío y ella empieza a llenar el mío.
      Después, la observo dormir en el rescoldo. Stelle está muerta. Robbie está muerto. Pero otra Herok´a está a mi lado. Los espíritus no bailan. Con eso es suficiente por ahora.

Traducción de Damián Levín, 2002


Douglas B. Smith

Douglas vive en Unionville, Canadá. Sus cuentos han aparecido en once países y nueve lenguajes, incluyendo importantes revistas como Amazing Stories (EEUU) e Interzone (Inglaterra). Un cuento suyo está seleccionado para la antología Best New Horror, volume 13. Fue finalista del Premio John W. Campbell 2001 y ganó el Premio Aurora 2001, otorgado al mejor autor de CF y F de Canadá. Este cuento fue publicado por primera vez en la antología canadiense Tesseracts 6 y fue finalista del Premio Aurora. El cuento volvió a aparecer en la revista The Third Alternative, de Inglaterra, y fue seleccionado como mención de honor en The Year's Best Fantasy & Horror, #13. Fue traducido al francés y apareció en Ténèbres en Francia y en Solaris en Canada, ganando el premio Aurora por el mejor cuento en francés en el 2001.



Axxón 122 - enero de 2003
Ilustrado por Valeria Uccelli


Hecho en la República Argentina Página Axxón Axxón 122 Hecho en la República Argentina

            

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