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F i c c i o n e s

ALGO EN EL LAGO
Andrés Diplotti

Argentina

Manuel sabía que en algún lugar bajo esa cubierta de olas de más de cincuenta mil hectáreas había algo. Encontrarlo era sólo cuestión de tiempo. Tiempo al tiempo, se repetía Manuel. Tiempo y paciencia, que al que sabe esperar le llega su recompensa.
      Iluminó la esfera de su reloj digital: eran casi las tres. El cuarto menguante acababa de asomar y colgaba a baja altura sobre las luces de Bariloche, donde César lo relevaría al amanecer. El plan que habían elaborado meses atrás era extraordinariamente simple y, por lo tanto, a toda prueba: si permanecían en el lago el mayor tiempo posible, vigilando constantemente, se encontrarían con Nahuelito más tarde o más temprano.
      Había quienes, al saber de sus intenciones, los miraban con una sonrisa compasiva o burlona y les aseguraban, una vez más, que no había ningún monstruo. Decían que no había alimento suficiente para un animal de ese tamaño, que el lago se había formado millones de años después de la extinción de los plesiosaurios, que eran todos mitos y folklore... Eran necios, por supuesto; seres obtusos de mente cerrada, incapaces de aceptar nada que no estuviera escrito en libros gordos y polvorientos. ¿Cómo explicaban los testimonios acumulados a lo largo de tantos años? ¿Cómo explicaban las leyendas aborígenes de siglos de antigüedad? No era posible que fueran todos locos o mentirosos.
      Nahuelito existía, claro que sí. Manuel no sólo lo creía: lo sabía con toda intensidad. La certeza le calaba hasta la médula. Todo lo que hacía falta era probarlo, conseguir una evidencia contundente que obligara a esos charlatanes a dejar quietas sus altaneras lenguas. Y entonces la mirada del mundo se desviaría de Loch Ness al Nahuel Huapi.
      Loch Ness... ¿Serían de la misma especie? Aquél era un... Había vuelto a olvidarse; nunca era capaz de retener esas dos palabras tortuosas. Sacó el libro del bolso que descansaba en el fondo de la lancha y fue pasando hojas bajo la luz de la linterna. No necesitaba otro señalador que la foto a página completa de la aleta cuadrangular; esa imagen que aquellos mismos mentecatos incrédulos, negando su incuestionable claridad, acusaban de fraude. En la página opuesta, destacado con marcador fluorescente en el bloque compacto de texto, estaba aquel nombre tan difícil de recordar: Nessiteras rhombopteryx. ¿Cómo llamarían los científicos a Nahuelito cuando se vieran obligados a aceptar su existencia? ¿Nahueliteras rhombopteryx? No, eso era muy complicado. Mejor era: Nahuelitus manueli. Sencillo y sonoro. Había notado tiempo atrás que Nahuel y Manuel eran dos nombres muy parecidos. No podía ser una casualidad. Las casualidades no existen...
      Devolvió el libro al bolso, se ajustó el cierre de la campera y bostezó. Era una noche tranquila, sin otro sonido que el susurro del viento helado y las olas acunando la lancha. Se puso a revisar una vez más la videocámara equipada con visión nocturna, cuando un chapoteo cercano llamó su atención.
      En un mismo movimiento encendió y apuntó la cámara. El agua revuelta tenía un aspecto extraño en la niebla verde de fósforo. No había nada. No era la primera vez que Nahuelito le hacía esto; ya conocía esa frustrante sensación de haber reaccionado un segundo demasiado tarde. Inició un lento panning para abarcar toda el área alrededor de la lancha, pero pronto tuvo que detenerse. Mientras se desplazaba, la imagen iba perdiendo nitidez; parpadeó un par de veces y finalmente se apagó.
      No sólo la cámara había dejado de funcionar. Nada del equipo respondía: ni el GPS, ni la radio, ni siquiera la linterna. Manuel estuvo a punto de soltar un exabrupto pero se detuvo, escuchando. Un nuevo sonido se había sumado al del agua y el viento. Era un zumbido bajo y profundo, una vibración densa que se percibía más con las vísceras que con los oídos. Manuel tuvo la certeza de que era la voz de un animal.
      Y al levantar la cabeza lo vio. Era una silueta negra que ocultaba las estrellas; una figura alta y espigada que se curvaba en dirección a él. Manuel sintió que el corazón se le detenía al reconocer el esbelto cuello de cisne de Nahuelito.
      Estaba temblando. Siempre había imaginado que cuando se produjese el encuentro estaría calmado; registraría el suceso con un gran sentido de maravilla, pero en completo control de la situación. Aquí y ahora, en presencia de aquella criatura maravillosa, de la causa de todos sus desvelos, las cosas eran muy distintas. Un curioso cosquilleo le estremecía los músculos y le erizaba la piel, como si una débil corriente eléctrica lo recorriera de los pies a la cabeza. Manuel adivinaba dos ojos pequeños en la cúspide de la figura, mirándolo con curiosidad. El monstruo comenzó a desplazarse a un costado; pronto Manuel entendió que era la lancha la que se movía, girando como si estuviera sobre un remolino. En el límite de su visión, Manuel vio aparecer un segundo cuello, y luego un tercero...
      —¡A la mierda! —gritó sin poder contenerse—. ¡Son una banda!
      Las figuras ya no eran negras. Poco a poco iban adquiriendo un tinte verdoso que iluminaba el agua, la que a su vez burbujeaba y se agitaba como si estuviera hirviendo. El zumbido subía de volumen y de tono, y el cosquilleo se intensificaba a la par. Manuel se limitaba a mirar aquello con los ojos fuera de las órbitas, demasiado aturdido para intentar comprender lo que pasaba.
      Y de repente se hizo de día.
      No había sol; la luz manaba de todo el cielo, como si estuviera cubierto por una capa de nubes delgada y uniforme. En esa luz sin sombras, rosada y suave, pudo ver las figuras como lo que realmente eran. Ya no parecían cuellos; eran más bien postes o pilares curvos de tersas superficies metálicas, colocados a intervalos regulares en torno a un estanque circular en el que la lancha flotaba serenamente. En la orilla empedrada, unos hombrecitos lo miraban con curiosidad.
      —¡Aahhh!
      Se agitó en el fondo de la lancha y acertó a levantar un remo, sosteniéndolo como si fuera un arma. Los hombrecitos no se movieron; seguían observándolo con expresión calma. Eran pequeños, de no más de un metro o un metro veinte. Parecían bebés: regordetes, mofletudos, con grandes cabezas calvas. Su piel tenía un ligero tinte violáceo, y sus pequeñas bocas dibujaban sonrisas.
      —No tengas miedo.
      
No supo cuál de ellos había hablado. Parecían haberlo hecho todos a la vez. Las palabras no sonaron en sus oídos; era más bien como si los escuchara con todo el cuerpo, como si la voz surgiera en su propio interior y resonara delicadamente en cada uno de sus órganos. Fuera lo que fuese, tuvo un efecto relajante.
      —No tengas miedo —repitieron—. Nosotros te trajimos.
      Dos de ellos tendieron sus manos en dirección a él. Manuel soltó el remo y aceptó la ayuda que le ofrecían para salir de la lancha. Aún tenía miedo, pero había quedado reducido a un débil rescoldo en el fondo de su mente.
      —Ven —le dijeron—. Vamos a mostrarte nuestro mundo.
      Caminaba con uno de aquellos seres de cada mano, como si fueran niños; pero eran los niños los que lo guiaban a él. Los había supuesto totalmente lampiños; el contacto le reveló que estaban cubiertos por una pelusa suave y cálida, como la piel del durazno pero mucho más tenue; una vibración casi subliminal entre sus dedos.
      El sendero de piedras blancas serpenteaba por un prado de hierba amarilla y crujiente donde otros pequeños desarrollaban actividades indescifrables. Al acercarse los caminantes, abandonaban lo que estaban haciendo y corrían a formarse al borde del camino para verlos pasar. Tenían grandes ojos dorados y pupilas donde parecían brillar las estrellas.
      Aquí y allá surgían del suelo árboles de corteza plateada, altos y rectos como columnas. De sus ramas colgaban largas hojas que parecían hechas de hielo, y emitían un dulce sonido de campanillas cuando las agitaba la brisa. El sendero se internaba en un bosquecillo de estos árboles; tras atravesarlo, los pies de Manuel encontraron la molicie de una playa de arena, y la visión colmó sus ojos.
      Ante él se extendía infinito un mar calmo que copiaba el color rosado del cielo. Contra lo que había supuesto, no estaba nublado: en el horizonte asomaba una luna mucho más grande que la que veía las noches claras en el lago, acompañada por otra de menor tamaño. Dos rostros pálidos que le daban la bienvenida desde el cielo luminoso.
      El viento no le traía el olor salino del aire del mar, sino otros, totalmente desconocidos. La mezcla de fragancias exóticas despertó mil sensaciones e hizo aflorar infinidad de recuerdos enterrados, mientras la memoria buscaba en sus catálogos algo que se pareciera a lo que le estaba llegando. Era un olor seco que incluía cierto matiz de artificialidad; no la penetrante frialdad de los productos químicos, sino más bien... No tenía palabras para describirlo. Era como el aroma del césped recién cortado, o el del cuero de los zapatos nuevos. O el del café molido... Objetivamente, Manuel sabía que ninguno de esos olores estaba presente en el aire, pero todos ellos tenían algo en común con lo que percibía. Al final tuvo que rendirse y aceptar que no era nada que él conociera.
      Un leve estremecimiento de la arena lo sacó de su ensueño, y vio cómo el agua retrocedía ante sus pies hasta caer por un borde que parecía cortado a cuchillo en la playa. Su cerebro tardó unos instantes en comprender lo que pasaba; y aun entonces no tenía sentido.
      —Estamos... ¡Estamos volando!
      —Sí.
      Ese "sí" fue más que una simple corroboración. Con él llegó a su conciencia una imagen, tan clara como el recuerdo de algo que hubiera visto infinidad de veces. La playa en que estaba parado bordeaba una isla de pocas hectáreas de extensión. La isla no se apoyaba en el lecho oceánico, sino que nadaba como un barco a la deriva; bajo su suelo latían fuerzas colosales capaces de mantener su peso a flote e incluso de elevarlo en el aire, como estaba ocurriendo ahora.
      Los diminutos guías lo llevaron hasta el borde mismo del farallón. No había baranda ni protección alguna, y Manuel experimentó un negro vértigo al comprobar la creciente distancia que los separaba de las olas.
      —No tengas miedo —le dijeron—. No caerás.
      Eso fue suficiente para calmarlo. Cuando los hombrecitos hablaban, a sus palabras las acompañaba una multitud de implicaciones y significados que quedaban impresos en el entendimiento con una exactitud de la que ninguna lengua humana era capaz. Manuel supo de inmediato que decían la verdad, que había algo allí, invisible pero innegable, que no lo dejaría caer.
      A medida que aceleraban, otras islas de diferentes formas y tamaños emergían del horizonte. A una de ellas la cubría un tupido bosque que brillaba en tonos de rojo y amarillo. Otra estaba erizada de colosales edificios prismáticos construidos en un cristal traslúcido que multiplicaba la luz y los colores. Más allá había otra, pequeña y desierta, con senderos que radiaban en línea recta desde el centro... Las playas imitaban las líneas anfractuosas que siguen las costas naturales; sin embargo, se adivinaba en ellas un rigor geométrico preciso, como si cada saliente, cada golfo, cada ensenada obedeciera a un propósito definido.
      Las islas pasaron y quedaron atrás, y luego aparecieron otras totalmente distintas... Manuel no supo si el tiempo que permaneció inmóvil, con los sentidos atentos a aquellas maravillas, podía medirse en minutos o en horas. Lo siguiente que advirtió fue que desandaban el camino, de regreso al punto de partida.
      —El agua es la clave —le explicaban los guías con su voz sin sonido, y el significado cabal se dibujó con precisión en su mente. El dispositivo que habían utilizado para traerlo necesitaba grandes masas de agua para hacer contacto con otros mundos. Habían registrado el lago entero y allí lo encontraron.
      Ya estaba de vuelta al borde del estanque circular en que flotaba la lancha, entre los pilares curvos. Sintió una opresión en el pecho, un dolor casi físico, al comprender que era hora de marcharse.
      —¿Voy a volver a verlos? —se atrevió a preguntar, ya sin ningún temor.
      —Nosotros sólo hemos dado el primer paso.
      Uno de ellos le alcanzó un objeto, semejante a un canto rodado, que cabía perfectamente en la palma de su mano.
      —Allí está todo lo que necesitan saber sobre nosotros. —Incluso, comprendió Manuel de inmediato, la manera de encontrarlos.
      La piedra era de un azul profundo. Literalmente profundo: el color parecía extenderse por kilómetros y kilómetros frente a sus ojos, y en el fondo de aquella perspectiva imposible se formaban figuras danzarinas.
      Apartó la mirada de esa visión sobrecogedora. El hombrecito acentuó esa sonrisa que parecía constituir su expresión natural, y el tono de su piel derivó levemente hacia el rojizo.
      —Se acostumbrarán —dijo.
      Manuel guardó la piedra en un bolsillo de su pantalón náutico y se instaló morosamente en la lancha. De pronto, dos ideas que habían quedado flotando en la confusión de su mente se encontraron. Manuel habló con voz temblorosa, más excitado por esa súbita revelación que por cualquier cosa que pudieran mostrarle los hombrecitos.
      —Ustedes... ustedes revisaron todo el lago.
      —Sí.
      
—¿Y por casualidad... no encontraron un animal? ¿Un animal muy grande?
      Los hombrecitos se miraron entre ellos, sin responder.
      —Más grande que esta lancha... con cuello largo.
      —No.
      Nunca había imaginado que la respuesta pudiera ser ésa.
      —¿Están seguros? ¿No me están macaneando?
      —Encontramos muchas formas de vida. Pero ninguna como la que describes.
      
Manuel se sentó, contrariado. La minuciosa certeza del lenguaje de los hombrecitos estaba allí, igual que siempre; pero esta vez le cayó como un martillazo. Apenas notó el zumbido pesado y el cosquilleo eléctrico que volvía a recorrerle el cuerpo.
      El golpe del viento frío lo sacó de su aturdimiento. Se frotó los ojos y miró a su alrededor, a la noche. La luna se había elevado en el cielo y ahora Venus refulgía bajo ella, a un costado de la ciudad. ¿Qué había pasado? Se sentía como si acabara de despertar de un sueño; pero sabía bien que todo había sido real. La voz de los hombrecitos seguía sonando en su cabeza; su suave tacto aún le hormigueaba en los dedos. Aquel mundo no era producto de su fantasía; lo había percibido con sus sentidos físicos, como ahora percibía las formas duras de la lancha; como percibía el viento tenaz que lo empujaba hacia Bariloche. Como percibía aquellas aguas...
      Aquellas aguas gélidas y oscuras que de pronto estaban insoportablemente vacías.
      Los aparatos habían vuelto a funcionar. En un gesto automático tomó el micrófono de la radio y giró el selector de frecuencia.
      —César...
      Notó un bulto en el bolsillo. La piedra. La sostuvo pesadamente en la mano. Recorrió con los ojos sus contornos curvos, sin atreverse a mirarla directamente. El color purísimo parecía desbordarla, extendiéndose en un resplandor que venía de otro mundo.
      —Sí, Manuel.
      Cerró el puño sobre la piedra. La sintió dura y redonda, y nada más. No era ni caliente ni fría, ni suave ni áspera, ni tersa ni rugosa. Solamente dura y redonda, como si sus dedos fueran demasiado torpes para captar el enorme caudal de sensaciones que la piedra guardaba.
      O como si no fuesen capaces de tolerarlo...
      —Manuel, ¿estás ahí? ¿Qué pasa?
      El brazo se sacudió en un movimiento espasmódico, feroz, y la piedra salió disparada hacia la oscuridad. Manuel la oyó chapotear a lo lejos antes de que emprendiera el rápido descenso hasta el fondo.
      —¿César? —Exhaló ruidosamente y se estiró para desentumecer los músculos. Se sentía mucho mejor—. César, no sabés lo que inventaron ahora para que dejemos de buscar a Nahuelito.



Andrés Diplotti

Andrés Fernando Diplotti es Diseñador Gráfico. Nació el 24 de febrero de 1978 en Rosario, aunque hace mucho que vive en Pergamino. Fue seleccionado en tres ediciones consecutivas del concurso literario organizado por la UNR Editora (la editorial de la Universidad Nacional de Rosario). Los cuentos se llamaban "Las nubes de Saturno" (1998), "Sinapsis" (1999) y "El intruso" (2000). Los lectores de Axxón han conocido ya su cuento Cuerpo y alma en el número 122. Viene publicando, además, su serie "El Gaucho de los Anillos", poema épico-costumbrista, bajo el seudónimo Otis, que hace dos números se amplió a la sección AnaCrónicas.


Axxón 129 - agosto de 2003

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