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F i c c i o n e s

ÁTOMO JACK Y EL MERCADER DE SUEÑOS
Alfredo Álamo

España

Un enorme lagarto verde dejaba pasar el anochecer rojizo y seco del desierto, extendido, cuan largo era, encima del capó de un viejo cadillac abandonado. La autopista, si se la podía considerar de esa manera, venía de alguna parte y parecía dirigirse hacia ningún lugar. Por lo que el lagarto sabía, la línea negra de asfalto se perdía de lado a lado del horizonte y los coches pasaban por ella de vez en cuando, espantando temporalmente a las moscas.
      Un zumbido eléctrico acompañó un lento giro de cabeza del lagarto, las luces de neón del restaurante de carretera se intentaban encender, luchando contra las toneladas de arena del desierto que amenazaban con hacerlas desaparecer. Cuatro o cinco coches y alguna cabina de camión esperaban a sus dueños en el parking cubierto de uralita.
      Y de repente el viento cambió.
      El primero en darse cuenta fue el lagarto, estiró su lengua un par de veces y se puso en pie lentamente. Desde el fondo del desierto venía una nube de arena, envuelta y transportada por un viento tórrido y pegajoso, que se arrastraba hacia el pequeño restaurante en mitad de la nada con una precisión inquietante. El lagarto quizás no era consciente de cada uno de esos pequeños detalles, pero algo en ese aire le impulsaba a desaparecer, y eso es lo que hizo, lenta y sigilosamente, hasta que las dunas del desierto cubrieron amablemente su rastro.
      Cuando la arena llegó, su impacto hizo tintinear todos los cristales del restaurante, sobresaltando a los parroquianos y oscureciendo aún más el cielo del ocaso. Mary, la única camarera del local, abrió con dificultad la puerta del restaurante al pasar la nube de polvo. La arena se había acumulado casi dos palmos alrededor del lugar, llenando viejos bidones de gasolina y los huecos de la uralita. En el parking había un coche nuevo.
      El mercader de sueños quitó la llave del contacto, se ajustó la corbata, plegó con cuidado un mapa de Nuevo Méjico y cogió su maletín de imitación de piel antes de salir del coche. Pisó con sus mocasines italianos el camino lleno de arena y avanzó hacia la puerta del restaurante donde Mary le observaba con cara de asombro.
      —Buenas noches, Mary —dijo el mercader de sueños al entrar en el estrecho pasillo que hacía de comedor
      —Buenas noches —contestó la camarera mientras la puerta se cerraba, arrastrando un dedo de arena y haciendo sonar una campanilla repelente.
      El resto de clientes apenas hizo caso del mercader, enfrascados como estaban en enormes tazas de café o platos de huevos fritos con bacon.
      —Ponme un café —le dijo jovialmente a Mary mientras se sentaba en un taburete de la barra—. Llevo mucho tiempo conduciendo —añadió dejando encima de la mesa sus finas manos con rólex de oro.
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Ilustración: Valeria Uccelli
      Mary levantó la enorme cafetera y le puso un generoso café. Se fijó entonces en su chaqueta negra y su camisa gris, su corbata a juego, el alfiler de la corbata en forma de varita mágica; en sus pantalones cortados a medida, en sus anillos de plata y en la excelente manicura de sus uñas.
      El ocaso se desvaneció lentamente hasta un fundido a negro en el desierto, las estrellas y constelaciones brillaron esa noche un poco más. Hacía calor, incluso demasiado para aquel lugar y aquella época del año. La imagen del restaurante parecía fijada en una película fotográfica, único punto luminoso terrestre en kilómetros a la redonda. Los clientes del local fueron abandonando poco a poco sus lugares para ser sustituidos por otros viajeros, perdidos también en sus propios pensamientos. El mercader de sueños se tomó otro café mientras revisaba unos papeles que había sacado del maletín.
      Era cerca de la medianoche cuando una furgoneta destartalada aparcó al lado del coche del mercader. Un hombre de unos cuarenta años, grande, enorme podríamos decir, se bajó zozobrante del asiento del conductor y caminó, haciendo eses, hasta la puerta. La luz del local lo iluminó, dejando ver una camisa de leñador, una gorra de los Nicks y una barba descuidada en un rostro sonrojado por el alcohol.
      —Hola Jack —murmuró Mary sacándose de la boca el palillo que estaba masticando
      —Noches, Mary —dijo Jack arrastrándose hasta una mesa— ¿Te queda algo comestible?
      —Puedo calentarte algo en el microondas —contestó Mary, acercándole la cafetera—. Toma algo de café, que te veo mal esta noche
      Jack se quedó sentado un buen rato, ausente, hasta que Mary le puso delante algo que parecía pollo asado con patatas.
      —Dios te bendiga, Mary Biecrzcosky —exclamó Jack, engullendo los primeros trozos de pollo.
      Las manos del mercader ordenaron los papeles, escogieron dos ellos y guardaron el resto en el maletín. Luego la mano izquierda, la del reloj de oro, agarró la taza de café.
      —Disculpe —dijo el mercader acercándose a la mesa de Jack—, ¿puedo sentarme?
      —Claro —contestó Jack, con la boca todavía llena. Hizo una pausa para tragar y continuó—. Me gusta cenar con algo de compañía.
      El mercader de sueños se sentó frente a Jack, en un ángulo concreto y determinado que hacía caer una sombra sobre su rostro. Al pollo le siguió un trozo de tarta de manzana, y para el mercader hubo, de nuevo, más café.
      —¿Usted no es Átomo Jack? —preguntó el mercader, casi a bocajarro
      Jack tenía un trozo de tarta pinchado en el tenedor casi en la comisura de la boca, pero la pregunta del mercader le hizo perder el apetito. El tenedor hizo un sonoro tintineo al volver al plato.
      —Hace mucho tiempo de eso —dijo Jack quitándose la servilleta—. Ya nadie me llama de esa forma.
      —Bueno, Jack —continuó el mercader—. Espero no haberlo molestado. ¿Cómo era su traje? ¿Amarillo?
      —Si —recordó Jack—. Con un átomo en la espalda. Ya sabe "Átomo Jack, el poder del núcleo"
      —Sí, hicieron hasta una serie de dibujos animados, ¿verdad?
      —Hasta hubo un proyecto para una película —dijo Jack limpiándose el sudor de la frente—. A los niños les encantaba.
      —Creo recordar algo así, hacía usted giras por los centros comerciales, por los colegios. ¿Qué pasó con todo aquello? —dijo el mercader—. Perdone si esto le incomoda —añadió con su mejor tono de vendedor.
      —No, no —contestó Jack ajustándose la gorra—. El gobierno dejó de hacer pruebas en Nuevo Méjico, dijeron que ya no convenía hacer explotar las bombas en suelo norteamericano. Hablaron de cáncer y de radiación, que convenía cambiar de estrategia, o algo así.
      —Y se llevaron su sueño —puntualizó el mercader.
      —Sí, por decirlo de alguna manera —se quejó Jack—. Se llevaron mi mejor trabajo, ¿sabe?. Yo disfrutaba con todo aquello.
      —Una verdadera lástima —comentó el mercader pidiendo otra taza de café que Mary llenó solícita— . Dígame, ¿no lo echa de menos?
      —¿Está de broma? —contestó Jack con cara de incredulidad—. Ésa fue la mejor época de mi vida.
      —¿Y si yo le dijera —insinuó lentamente el mercader—, que puede volver a ser Átomo Jack una vez más?
      —Le diría que se está quedando conmigo —contestó Jack apartando el plato de tarta.
      El mercader puso encima de la mesa los papeles que había seleccionado del maletín y se los acercó a Jack. Casi todo el documento estaba escrito en una diminuta letra pequeña. La mirada de Jack era incapaz de centrarse tanto, pero, entre tanto mar de palabras, había una cláusula impresa con una enorme y clara letra color azul.
      "Yo, Jack Arnold, declaro que, en plena posesión de mis facultades físicas y mentales, deseo recuperar mi sueño consistente en Convertirme en Átomo Jack y poseer el poder de la fisión nuclear en mi cuerpo, una vez más , siendo ésta mi voluntad y acatando el resto de normas detalladas ut supra."
      —Usted no puede estar hablando en serio —dijo Jack levantando la vista de los papeles.
      —Créame si le digo que está en mi mano que usted cumpla su sueño, no tiene más que firmar —y la mano derecha del mercader le acercó una estilizada pluma estilográfica.
      Jack cogió la pluma. Pesaba como el plomo. Acercó la punta hasta el lugar donde, amablemente, el mercader le señalaba para firmar. El trazo no resultó firme, pero la firma era reconocible.
      —¿En rojo? —preguntó Jack mirando el color de la tinta.
      —Es una formalidad sin importancia, Jack. Mary, cariño —dijo el mercader volviéndose hacia la camarera—, ¿puedes venir un momento?
      Mary se acercó cansina, mirando su reloj digital de pulsera, a punto para decirles que era hora de cerrar.
      —Por favor, Mary —dijo, adulador, el mercader—, necesitamos un testigo para la firma del contrato. ¿Te importaría?
      —Bueno, no sé —dudó Mary.
      —Por favor, firma —le pidió Jack.
      —Está bien —sonrió Mary con desgana, inclinándose sobre la mesa.
      Casi se podía escuchar el rascar de la pluma, formando el nombre de Mary en tonos cobrizos sobre el grueso papel de la mejor calidad.
      —Ya lo tienes, Jack —dijo Mary, alejándose un poco.
      —Gracias —dijo el mercader, recogiendo los papeles con gran agilidad—. Ésta es tu copia —ofreció el mercader.
      Durante unos segundos el mercader se quedó allí sentado, con la mano extendida cogiendo el contrato, esperando a un Jack que, en un último momento, dudaba. Luego, como el mercader sabía qué haría, aceptó aquel trozo de papel que encerraba la promesa de un sueño.
      —¿Cuándo empezaré de nuevo? —preguntó Jack, guardándose el papel en el bolsillo de la camisa.
      Con un gesto elegante y medido, el rolex de oro brilló un momento bajo los tubos fluorescentes.
      —Ahora mismo —dijo el mercader.
      Dicen que la velocidad a la que se produce una explosión nuclear impide apreciar el tremendo ruido hasta un momento después de la destrucción, que la velocidad de la detonación es superior a la del sonido. Si el tiempo se hubiera ralentizado, Mary habría podido apreciar cómo Jack comenzaba a brillar con un tono azulado y cómo un destello cegador habría preludiado una violenta reacción en la que ella misma había sido consumida, así como el resto del local y los pocos parroquianos que quedaban dentro. El brillo de la explosión cubrió el cielo hasta asustar a un enorme lagarto verde, que había buscado refugio en un antiguo bunker en ruinas en medio del desierto. La onda expansiva y el sonido atronador vinieron después, levantando una enorme tormenta de arena y alertando a un gran número de sismógrafos. El desierto volvía a temblar como antes. La noche sufrió una aurora boreal, casi inédita en esas latitudes. Luego, porque incluso para estas cosas siempre existe un luego, el viento volvió a soplar fuerte, alejando las cenizas y el polvo, deformando el hongo nuclear que nadie había podido ver aquella noche.
      El mercader de sueños anduvo tranquilamente hasta su coche, pasó su dedo índice por el capó y luego por el techo, dejando una marca serpenteante en el polvo que lo cubría. Abrió la puerta, se quitó la chaqueta, introdujo el maletín en el asiento del copiloto y la prenda de ropa, bien plegada, en la percha que colgaba en el asiento de detrás. Se sentó y sus dedos juguetearon con las llaves al ponerlas en el contacto. Respiró hondo en medio del caos cristalizado por las altas temperaturas, esperó que el viento cambiara de dirección.
      Y arrancó.


ALFREDO ALAMO

Alfredo Álamo es de Valencia, España. Nació en 1975. Fue finalista en el concurso de poesía de ciencia ficción de Ciencia Infusa del 2002. Ha colaborado en la revista Alfa Eridiani. Nos ha comentado que le apasionan "la ciencia ficción, el Aikido y la Guiness negra bien fresquita". De Alfredo publicamos el cuento De nuevo, el principio en el número 133 de la revista (este cuento apareció originalmente en la revista Alfa Eridiani n° 2), y Dios del ácido e In vino Veritas en Axxón 135.


Axxón 139 - Junio de 2004

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