GUNDA MATTE ("La Carroña")

Alan W. Wolf

España

Nosotros, que nos llamamos civilizados, no somos más que unos ignorantes. La historia de Occidente es una crónica de enorme progreso en lo material y de creciente amnesia en todo lo demás. Y lo más triste es que nuestra arrogancia nos impide ser conscientes de nuestra ceguera. Yo también era así, y por eso dejé estas líneas, para recordar a quien pueda leerlas que existen mundos dentro de este mundo; hay cosas que empiezan allí donde no llega el asfalto.

Uno de los misterios que hemos olvidado es el desierto. El desierto no es lo que parece. Para empezar, no es un lugar muerto ni vacío. Bajo su apariencia yerma, muchas y muy diferentes formas de vida luchan por existir. Insectos, plantas, algunos mamíferos. El desierto no es su hogar, porque el desierto no puede ser tal cosa. Pero es el sitio donde están.

El desierto tampoco es inmutable ni estático. De hecho, nunca está quieto. Cada grano de arena, cada brizna de viento, se mueven eternamente en un ciclo sin aparente razón de ser. Lo mismo hacen los nómadas, pues también hay hombres allí Entre esas tribus escasea el agua, pero no las lágrimas. El desierto es una madre cruel.

Una de las tribus más antiguas es La Carroña. También es una de las más desconocidas, y no sólo por parte del hombre blanco; incluso para los demás nómadas, La Carroña no es más que un conjunto de leyendas confusas y a veces contradictorias.

Este pueblo se mueve principalmente por la franja central de África, a través de sus zonas más áridas, no sólo desiertos sino también sabanas. Se llaman a sí mismos La Carroña ("Gunda Matte" , en su propio idioma), porque la delgadez de su gente los hace parecer moribundos, listos para ser el festín de los coyotes y los buitres. Y es cierto que su existencia siempre es precaria y rozan periódicamente la extinción.

Durante algunas temporadas practican la ganadería, pero se trata de una tribu fundamentalmente cazadora. Quizá por eso algunas leyendas los emparentan con los leones, diciendo que vinieron hace mucho de regiones donde estos felinos abundan. Estas historias llegan a decir que los hombres de La Carroña no son más que leones del desierto que han adoptado una forma humanoide.

Las supersticiones son con mucho excesivas, pero es innegable que una vieja magia corre por las venas de estas gentes, capaces de vivir casi sin agua y comiendo con una frugalidad escalofriante. Lo que para nosotros sería una situación de emergencia humanitaria, para La Carroña es rutina de supervivencia.

Hay algo en lo que La Carroña sí se parece a una manada de leones, y es que son las mujeres del grupo las que cazan y realizan casi todo el trabajo pesado. La explicación es muy simple: por causas desconocidas nacen muy pocos varones. Y de éstos, no todos llegan a ser adultos y fértiles. Por eso, las mujeres son las que trabajan y por eso mismo son las que mandan, con dos excepciones: el hechicero es la autoridad suprema, y el cargo siempre recae en el varón más viejo. Sus aprendices, a su vez, son tratados como iguales por las mujeres cazadoras. Los demás hombres son una minoría que goza de múltiples privilegios materiales pero que no tiene voz ni voto en las asambleas de la tribu.

Fue precisamente esta jerarquía, o mejor dicho un intento de romperla, lo que provocó los últimos y más fiables avistamientos de La Carroña. Ocurrió alrededor de 1950, y que se sepa fue la primera y única vez que miembros de esta tribu llegaron a entrar en una ciudad.

Lo cierto es que "ciudad" resulta un término un tanto pomposo. En las cercanías del desierto, la civilización suele comportarse como una mojigata. Sabe que no puede domesticar ese gran vacío de arena, y se limita a postrarse ante él. Allentown era uno de estos lugares fronterizos, en un país pobre y humillado por la colonización.

La decisión de entrar en una ciudad, aun disimuladamente, contradecía el temperamento habitual del grupo, y de hecho fue una elección difícil, motivada por circunstancias excepcionales. Las huellas de estas circunstancias fueron lo más visible del asunto: al despertar, los habitantes de Allentown se toparon con varios grupos de personas masacradas a lo largo de su ciudad, sin aparente motivo. La mayor matanza tuvo lugar en el Club Whitaker, que fue también donde yo me encontré con las guerreras.

Pero esto, otra vez, supone enfocar los hechos desde el punto de vista occidental, como tendemos a hacer siempre. Dicho punto de vista, por cierto, no tiene el menor interés en este caso. Los informes "civilizados" sobre aquella noche (incluyendo los documentos policiales y los recortes de prensa) pueden resumirse todos de una forma bastante banal: nadie pudo explicar nada.

Sólo algunos miembros de La Carroña vivieron la historia desde dentro. Para uno de ellos, una mujer llamada Kembu, esa noche fue especial: su primera expedición como guerrera. Tenía doce años.

Para ella la noche empezó como cualquier otra: montando el campamento. Todos los miembros de la tribu pusieron en pie sus sencillas tiendas (apenas un pequeño cono hecho del cuero de varios animales), disponiéndolas en círculos concéntricos en torno a una pequeña hoguera. Siempre se hace así. Cuando la hoguera se apaga, el poblado está en pie y el hechicero los reúne a todos en torno a las cenizas. Explica a los mayores el itinerario de la jornada siguiente y atiende a sus consultas. A veces, da consejos o habla del futuro. Después de todo eso, se queda un rato más contando historias a los niños de la tribu, que nunca son demasiados. La Carroña sólo rebasa el centenar de miembros en épocas de gran prosperidad.

Como un adulto más, Kembu escuchó atentamente las instrucciones del hechicero y se fue a dormir. Se tendió sobre una tosca manta, junto a otras dos mujeres. Las tres cabían a duras penas en la tienda, pero para Kembu esta situación no se salía de lo normal. Es más, la estación estaba siendo buena, de acuerdo con la perspectiva siempre peculiar de La Carroña, donde la felicidad se equipara con lo soportable.

Aquella noche no se durmió de inmediato, como era su costumbre, y pasó algunos minutos mirando la oscuridad. Respirando pausadamente. A solas, pues sus compañeras de lecho estaban dormidas. A solas y con la mente casi en blanco. Para quien no ha vivido el desierto, resulta inútil intentar comprender la melancolía de una vida como ésa. A los nómadas, la infinitud del horizonte se les mete dentro.

Para una criatura sedentaria y acostumbrada al agua corriente, es frustrante intentar describir esa gente y esa forma de vivir. Hay amargura, claro que sí, y tantas desgracias que el dolor apenas se exterioriza (¿de qué les serviría?). Pero hay... sentido. Paz. El desierto... el desierto es. De un modo que no llegamos a abarcar. Y formar parte de él supone formar parte de un todo que se basta a sí mismo, que se explica a sí mismo.

Sea como fuere, la mente de Kembu divagaba, y sus pensamientos nos resultarían tan extraños como los de un insecto. Pensaba en el sol ardiente, en su madre, en la muerte, en sus compañeros de tribu, en el hambre. Pero Kembu, dentro de su limitada vida de penurias, se sentía satisfecha. Cuando se durmió, no tenía la sonrisa en los labios, pero su rostro era apacible.

Apenas tres horas después, Kembu se despertó sobresaltada, levantándose al momento. Gritos. El hechicero estaba convocando a todo el mundo a gritos. Sus dos compañeras de tienda estaban saliendo ya, y Kembu las siguió Caminaron apenas unos metros hasta llegar a los restos de la hoguera, en el centro del poblado móvil.

El anciano, encorvado sobre su bastón, parecía frenético. Cuando vio que todos estaban allí, habló:

—Ha ocurrido lo impensable —dijo, e hizo una pausa. Parecía sinceramente afectado, y eso preocupó al resto de la tribu. No podía ser una desgracia pequeña la que le hubiese puesto así Tras unos tensos segundos, el anciano prosiguió: Ocho espadas han sido robadas por otros tantos hombres. Tres de ellos eran... aprendices míos. Han huido hacia el oeste, donde hay una ciudad. Sus propósitos no pueden estar más claros.

Kembu sintió miedo. Nunca hasta entonces, nunca, se había producido una rebelión. Y nadie hubiese sospechado que varios aprendices del hechicero se unirían a ella. Kembu ni siquiera se planteó una sustitución del viejo orden por uno nuevo, ni una escisión del grupo, porque tales cosas no caben en la mentalidad de La Carroña: todos lucharían hasta la muerte por su opción, y no habría prisioneros. Lo que estaba en juego era el exterminio de la tribu.

Dos hombres jóvenes, los dos aprendices que habían seguido fieles al grupo, aparecieron en la pequeña plaza llevando sobre sus hombros un largo palo de madera. Atadas al palo por pequeñas cuerdas colgaban lo que parecían las costillas de algún animal de buen tamaño. Y el hechicero dijo las palabras que todos sabían que diría:

—Que se baile la danza de las espadas.

Lástima que no hubiera ningún blanco para verlo: de todos los espectáculos fascinantes que ofrece el desierto, pocos son comparables a la danza de las espadas de La Carroña. La danza, según la ley de la tribu, decide quiénes van a la guerra. Porque las guerras, aunque infrecuentes, existen, especialmente en periodos de gran escasez. Y, cuando se produce un choque con otra tribu, La Carroña no tiene piedad. Es un lujo que esa gente no puede permitirse.

Así pues, una a una las mujeres dejaron caer sus raídas túnicas. También Kembu. Desnudas, se acercaron a los dos jóvenes aprendices y desataron una de las espadas, una cualquiera. No había para todas, de modo que se establecieron turnos, pero Kembu no tuvo que esperar.

Las mujeres armadas salieron del poblado hasta hallarse en medio de la arena. Entretanto, todos los hombres de la tribu corrieron a buscar un tam-tam o cualquier cosa que pudiera entrechocarse para producir ruido. Otros prepararon algunas antorchas y consiguieron un poco de luz mortecina. Más que suficiente.

Kembu aferró su espada, sopesándola. Como todas las demás, su arma no era más que un hueso al que se le había dado forma. Para esto se emplea generalmente el fémur o la tibia, tallados laboriosamente hasta adquirir una empuñadura cómoda y un filo plano y letal. Por supuesto, el material nunca viene de un miembro de la tribu, sino de enemigos caídos. Existe un motivo por el cual La Carroña sólo mata a otros hombres con estas armas hechas a partir del cuerpo humano. Ese motivo era el que hacía tan grave el robo de varias espadas, y era algo que asustaba a Kembu, aunque ella nunca lo admitiría. De todos modos, puso la mente en blanco para concentrarse en la danza.

A una señal del hechicero, los hombres empezaron a marcar el ritmo con tam-tams o simples palos. Se empezó lentamente: dummm... dummm... Siguiendo los golpes, las guerreras hicieron toda clase de maniobras con sus espadas. Todas hacían los mismos movimientos, en el mismo orden, con el mismo ritmo. Kembu era una más en medio de ellas: daba mandobles (dummm...), lanzaba estocadas frontales (dummm...), bloqueaba ataques imaginarios. Sus pies iban (dummm...) y venían (dummm...) y giraban suavemente.

Se trataba de repetir ejercicios que había practicado cientos de veces, pero estaba tensa. No quería cometer ningún error. Cuando tuvo que cambiar la espada de mano le dio la sensación de que la empuñadura había estado a punto de resbalar entre sus dedos. Pero, pese a sus dudas, ni su mirada ni sus movimientos vacilaron.

La danza siguió, y se hizo un poco más rápida (dum-dum-dum...). Y luego un poco más. Y luego más... Tres minutos después, Kembu y las demás saltaban y saltaban, retorciendo sus cuerpos en el aire mientras las espadas revoloteaban a su alrededor como si tuvieran vida propia. Cada vez había que hacer movimientos más rápidos y más cercanos a la piel desnuda. Una de las guerreras perdió el paso y fue expulsada de la danza. Una de las que esperaban cogió su espada y ocupó su lugar. Otra se hizo un pequeño rasguño en una pierna, poca cosa, pero el implacable hechicero lo vio y la expulsó igualmente.

Y así, los hombres aporreaban sus tam-tams mientras los esqueléticos cuerpos de las mujeres se movían más y más deprisa. Muy pronto las expulsiones se hicieron más frecuentes. Algunas mujeres olvidaban qué movimiento venía a continuación, otras no lo ejecutaban bien, o perdían el equilibrio. Algunas se cortaban, y una casi perdió la mano. No era de extrañar: cada parte del cuerpo debía hacer sus propios movimientos, y Kembu no hubiese sabido decir dónde estaban sus manos y dónde sus pies. Sin embargo, ella no cometió ningún error.

La danza se prolongó durante casi una hora. Cada guerrera expulsada era sustituida por una de las que aguardaban turno. Muchas apenas habían entrado en el baile cuando tenían que salir.

Y los movimientos se siguieron unos a otros, frenéticos y marciales, hasta que el hechicero dio por terminada la selección. Quedaban en pie siete pellejos jadeantes, siete elegidas para el difícil trabajo de matar, y Kembu era una de ellas.

Se determinó que Doja lideraría la partida de castigo. Era una de las guerreras más veteranas. Su rostro, negro y flaco, estaba como acuchillado de arrugas. Su pelo, corto y duro, se pegaba a su cabeza como una segunda piel, siguiendo la costumbre de la tribu. Sus facciones eran duras, como las de todos, pero había serenidad en su mirada. Doja era respetada por su sangre fría. Sabía mandar y sabía sufrir. También era la madre de Kembu.

Sin vacilar, Doja se encaró con el resto de las que habían superado la danza. Las miró un segundo y las conoció. Esas seis mujeres la siguieron al poblado para coger lo que necesitaban y recibir las últimas instrucciones del anciano.


Cuando se adentraron en el desierto, alejándose del resto de la tribu, caminaban con unos vendajes como única protección de sus pies, como siempre se desplaza La Carroña. Vestían vaporosas túnicas de un apagado color granate, que las cubrían de arriba abajo, aunque dejando el rostro al descubierto. Un hombre blanco hubiese visto siete fantasmas deslizándose sobre la arena. Pero ningún hombre, blanco o de otro color, estaba allí para verlas.

Durante la primera hora de marcha, Kembu guardó silencio. Finalmente, se acercó a Doja.

—¿Qué te ocurre, Kembu?

—Madre, me pregunto... ¿Cómo será matar? ¿Puedes responderme, madre?

—El hechicero te ha enseñado antes de partir. Dijiste que habías comprendido.

—Comprendí los movimientos y el ensalmo, pero, ¿qué sentiré cuando lo haga?

Kembu no se refería al mero hecho de matar, sino al motivo por el que La Carroña sólo mata hombres usando huesos de hombres. Se debe hacer así para proceder a la absorción. Expresado en su propio lenguaje, se puede decir que las guerreras de La Carroña se comen el alma de sus enemigos: se quedan con su vigor físico y también con sus recuerdos, sus conocimientos y sus habilidades.

Así pues, cada vez que vence a un adversario, una guerrera de la tribu se vuelve más fuerte, más capaz de vencer al próximo. Por otra parte, también se convierte un poco en otra persona, ya que tiene que aprender a convivir, en su cabeza, con nuevos recuerdos y nuevos saberes que nunca aprendió. A veces las guerreras adquieren algunos rasgos menores del carácter de su víctima, o gestos faciales, o preferencias por una comida en concreto... Por eso, el proceso de absorción inspira tanto respeto como miedo. Y por eso mismo el hechicero sólo se lo muestra a un reducido número de mujeres, aquellas que demuestran en el baile un mayor dominio de su cuerpo y su mente.

Pero los aprendices del hechicero sí poseían este saber, y ahora tres de ellos se habían rebelado y se habían llevado esas espadas para ellos y sus seguidores. Podían instruirles y luego podían matar hombre tras hombre, hasta ser tan poderosos como para destruir a toda la tribu. Eso era lo que hacía tan crítica la situación.

Sin embargo, Doja no actuó como una jefa dirigiéndose a uno de sus soldados. Por primera y última vez aquella noche, habló sólo como una madre.

—Casi no recuerdo mi primera vez —dijo—. Fue parecido a... a sentirse sumergido en algo, pero no agua sino algo más denso. Dura menos de lo que parece y no duele en absoluto. No debes sentir miedo.

—No tengo miedo —repuso Kembu—. Pero, ¿y después? ¿Cuánto de esa persona quedará en mí?

—Depende. Cambiarás, eso seguro, y puede que te asustes al principio, pero ya verás cómo te adaptas enseguida. Lo más importante es que no vaciles: la absorción sólo es posible durante unos segundos. Si no eres lo bastante rápida, habrás causado una muerte sin provecho.

—Lo sé, madre. No vacilaré.

—Claro que no. No te preocupes tanto, Kembu. Tienes fibra de guerrera, lo has demostrado en la danza: ni un solo rasguño, ni un solo paso en falso. Lo harás muy bien.

—¿Doja?... ¿Madre?

—¿Sí?

—¿Qué pasará si es a mí a quien absorben?

Doja esperó un segundo antes de contestar:

—Te vengaremos.

Las luces de Allentown destellaban no muy lejos de ellas, y ya se adivinaban las formas de los edificios. Ninguna de las mujeres había visto nada semejante, pero no se detuvieron. No es que no les conmoviera no eran salvajes, pero no tenían tiempo para la contemplación. Las vidas de sus compañeros de tribu estaban en sus manos.

A pesar de eso, Doja detuvo la marcha cuando toparon con las vías del tren. Un poco más allá se intuían unos almacenes, y luego las primeras y más humildes viviendas. Allí encontraron la primera huella de sus predecesores: tres mendigos que habían sido despertados de su borrachera y luego atravesados sin contemplaciones. Estaban tendidos a la luz de una farola en las grotescas posturas en que habían caído al morir. Las primeras en llegar a los cuerpos se agazaparon para examinarlos.

—No parecen guerreros —observó Doja. Pocas cosas útiles se habrán quedado de éstos.

—Lo importante es que han practicado —murmuró otra.

—Shh... —replicó la jefa, tanteando el primero de los cuerpos. Las palabras superfluas no eran de su agrado. Doja recorrió cada herida con sus dedos hasta hacerse una idea de cuántos habían participado y cómo había empuñado la espada cada uno. La Carroña sabe golpear con dureza, pero prefiere golpear en el lugar adecuado. Cuando tuvo suficiente, se levantó y sólo dijo:

—Sigamos.

El grupo cruzó las vías y se adentró a la sombra de los primeros edificios. Emplearon media hora larga en reconstruir el camino de sus presas. Doja escogió dar prioridad a la prudencia, por encima de la rapidez. Así pues, todo se hizo meticulosamente y en grupo. Las mujeres de La Carroña suelen ser buenas rastreadoras, y de esa forma encontraron a otro vagabundo, un par de prostitutas y luego el bar.

Se trataba de un tugurio de mala muerte, de los que alargaban la noche tanto como podían. Había unos doce cadáveres en el interior, entre camareros y clientes; todos africanos. Los ejecutores ni siquiera habían intentado ser limpios: el suelo estaba encharcado de sangre y las primeras ratas estaban husmeando el género.

—¿Entramos? —preguntó una de las mujeres.

—No —repuso Doja—. No hay nada que ver.

El rastro de sangre fue fácil de seguir, y las llevó por mil y una callejuelas de mala reputación hasta desembocar en una avenida demasiado iluminada. Estaba vacía: Allentown era una ciudad muerta a aquellas horas, sobre todo un martes. A pesar de todo, cruzaron tan rápido como pudieron, moviéndose al unísono como una brisa carmesí. Merodearon por unos cuantos callejones más y el rastro las llevó finalmente al Club Whitaker.


Ilustración: Marian

En las calles, apenas iluminadas, se oía el silencio antinatural que precede o sigue a la lucha. Doja empuñó su espada y avanzó con el filo por delante. Sus compañeras la imitaron.

De pronto, la más rezagada Kembu— se volvió en redondo y bloqueó una estocada traicionera. El seco golpe de un hueso contra otro hizo que el resto de las mujeres se giraran también. Hasta ese crujido, ni los pájaros habían oído nada. Por eso, el hombre que las había atacado retrocedió aferrándose a su espada como a un talismán, y visiblemente sorprendido de haber fallado.

Al tenerlo un poco más lejos en la penumbra, Kembu lo reconoció. Se llamaba Tikwen, y habían hablado algunas veces. Quizá era él quien había tejido las túnicas que llevaban puestas. Apenas consiguió parar el primer mandoble de Kembu. No sabía nada de espadas, y sus muertos no le habían enseñado nada sobre eso. Dos guerreras más se unieron a la pelea y Tikwen recibió un corte profundo en el brazo izquierdo y luego le clavaron una espada en el tórax, pero no murió. Estaba demasiado lleno de la vida de otros, y siguió plantando cara patéticamente, agitando su arma sin sentido ni rumbo.

Las otras cuatro seguían vigilando en la otra dirección, listas para recibir al resto de los rebeldes. No se dejaban distraer por las farolas, ni por las cercanas luces de neón ni por ningún otro de los detalles que les resultaban nuevos. Cuando una silueta delgada les cortó el paso, se sorprendieron de que fuera sólo uno.

—¿Atacamos? —masculló una de ellas.

—Que se acerque él —contestó Doja.

El hombre no se movió. Se limitó a señalarlas con una especie de palo, pero ninguna de ellas sabía cómo era un rifle. Se oyó un ruido que no supieron identificar y una guerrera cayó al suelo.

—¡Nadij!

Instintivamente se agazaparon y arrastraron a la herida hasta una zona más oscura. En su túnica había un agujero, cerca del hombro. Tocaron su piel, y manaba mucha sangre, pero la guerrera seguía consciente. Otro ruido, y la pared se estremeció sobre sus cabezas.

Mientras se retiraban se oyó otro disparo, y luego otro. Cerca, Tikwen seguía debatiéndose con las tripas abiertas y las mejillas atravesadas. Por fin un tajo le cortó la garganta y el hombre cayó de bruces mientras Doja y las demás pasaban corriendo. Kembu también echó a correr, pero volvió la cabeza para mirar. La que había dado el último golpe apuntó hacia Tikwen con su espada y murmuró una inaudible letanía. Su respiración se hizo profunda y rápida mientras sus labios seguían moviéndose. Y entonces todo terminó y la guerrera se unió a la huida. Kembu dejó de mirar atrás, confusa por la brevedad de la absorción. Una ráfaga de viento le provocó un escalofrío.

—¿Por qué corremos? —preguntó—. ¿Y qué le ha pasado a Nadij?

—¡Por aquí! —gritó Doja, metiéndose en una bocacalle. Una vez a salvo de las balas, las mujeres se detuvieron.

—Han herido a Nadij —explicó Beoku, que la llevaba en brazos—. Tienen un arma que mata sin tocarte.

—También te ha dado a ti, Kembu —observó Doja, cogiéndole el brazo izquierdo. Lo que la había rozado no era el viento.

—No es nada —dijo Kembu—. Ni siquiera me he dado cuenta.

Doja asintió y aguzó el oído: otra vez ese silencio. Se dirigió con aspecto apremiante a la guerrera que había matado a Tikwen.

—Kiel, dinos lo que sabes —ordenó. Rápido.

—El arma no es venenosa —empezó Kiel, pero es muy mortífera. No sé qué pasará con Nadij. Una cosa está clara: los patrones nos seguirán pagando esos salarios de mierda mientras no les demostremos...

—¿Qué dices?

—...ir a la huelga sin miedo. ¿Qué podemos perder?

Las manos de Doja aferraron a su compañera y la zarandearon.

—Kiel ¡Kiel!

—Doja...

—¿Estás bien?

—Hay muchas cosas... demasiadas cosas en la cabeza de Tikwen, todas amontonadas. Deben estar todos saturados de imágenes y nombres que no pueden comprender. Whisky, Citroën, Naciones Unidas.

—Los hombres blancos son muy diferentes a nosotros —sentenció Doja.

—Tikwen no mató a ningún blanco; sólo a alguno de los negros del bar.

—¿Qué es "bar"? —preguntó alguien.

—No hay tiempo —cortó Doja—. ¿Estás en condiciones de seguir?

—Sí.

—¿Sabes algo de los demás rebeldes?

Kiel suspiró y buscó en los datos frescos que se agolpaban en su cerebro.

—Entraron no hace mucho en este lugar —dijo, señalando el edificio del Club Whitaker. Había hombres blancos. El combate fue duro y los separó.

—Magnífico. Beoku, échale un vistazo a la herida de Nadij. Kembu, da una vuelta por los alrededores para asegurarte de que está despejado.

Kembu obedeció, moviéndose entre sombras. En su rápida ronda no se cruzó con nadie: ni un solo perro abandonado, ni un solo borracho. Lo único interesante que vio fue la entrada al club. Bajo un débil cartel luminoso había dos grandes ventanas separadas por una doble puerta de madera. El cristal de la izquierda estaba intacto y el de la derecha tenía un único agujero de bala (cosa sorprendente, ya que la Policía estimó que se habían hecho unos cincuenta disparos dentro del local). El interior era un caos de mesas volcadas.

Y el hombre del rifle avanzaba cautelosamente entre los restos. Kembu lo reconoció: se llamaba Goé y era uno de los aprendices. Por un momento pensó en sorprenderle por la espalda, pero entrar sola estaba fuera de lugar, de modo que regresó junto a Doja. En cuanto informó de lo que había visto, el grupo se puso en marcha. Nadij caminó junto a ellas como una más: le habían vendado la herida y estaba mascando unas hierbas que el hechicero les había dado antes de partir.

Un minuto más tarde, las puertas del Club Whitaker se abrieron para recibir a aquellos siete inusuales clientes. Lo primero que vieron fue a otras siete guerreras de La Carroña. Doja se acercó y tanteó el espejo con su espada para asegurarse de que era tan sólo lo que parecía.

Luego se concentraron en sortear las mesas y pronto los cuerpos llamaron su atención. Seis hombres blancos, y sobre todo un rebelde que tenía el pecho lleno de heridas similares a las de Nadij. Una rápida inspección les contó la última historia del Whitaker. Los rebeldes debían haber rodeado el local y habían entrado por todos los accesos posibles para cortar la huida. Ellas no podían saberlo, pero el club estaba casi vacío con respecto a los fines de semana: en total se encontraron unos veinte cadáveres. La mayoría estaba en el piso superior, que era donde se jugaban las timbas de póker y donde alguna que otra camarera se ganaba un sobresueldo. Casi todos habían corrido hacia las escaleras al ver que los atacantes se resistían a morir ante las balas.

Allí arriba, en una ratonera de pasillos estrechos y habitaciones pequeñas, era donde la lucha se había encarnizado de verdad. En un momento de aquella desesperación, hubo cinco hombres que saltaron por las ventanas. Uno de ellos estaba enfermo del corazón y no sobrevivió a esa noche. A los otros cuatro nadie acabó de creerles. Para cuando Doja y las suyas llegaron sólo quedaba un cliente: yo. Me había atrincherado en uno de los cuartitos y los asesinos, simplemente, no me habían visto al recorrer el lugar.

El silencio me había hecho creer que todo había terminado y decidí bajar las escaleras cojeando camino de la calle. Fue entonces cuando las guerreras se sobresaltaron con el crujir de los escalones. De pronto vieron un rostro blanco y demacrado que apareció en el umbral, las miró con horror y corrió de nuevo hacia arriba.

Una de las guerreras hizo ademán de subir, pero Doja la detuvo con un gesto: aquel lugar estrecho y ascendente era un regalo para un ataque por sorpresa. Era mejor espiar los movimientos del extraño.

En el piso de arriba, yo también aguzaba la vista y el oído, apuntando con mi revólver hacia los escalones y parpadeando con el frenesí de un tic nervioso. Tenía miedo, más que durante la propia carnicería. Mi suerte se había cortado en seco y la rabia del combate había desaparecido, desinflándome los ánimos. En definitiva, sabía que podía morir allí y había terminado de creérmelo. El tobillo me estaba matando y mi mano izquierda era un despojo inútil, así que tenía pocas posibilidades de intentarlo por una ventana. Pero menos posibilidades aún si esperaba allí como un corderito. A medida que pasaban los segundos, me convencí de que, si tenía que salir, sólo podría ser por la puerta principal.

Pero estoy otra vez contando mi versión y no la que importa. Unos tres metros por debajo, Doja le preguntó a Kiel si entendía algo de aquello o si había reconocido al hombre. La guerrera negó con la cabeza.

—Bien murmuró Doja. Si intenta huir, dejadlo en paz.

Y el hombre blanco apareció como una estampida desesperada, llenándolo todo de disparos. Dos guerreras fueron heridas y cayeron. Aun así, la mayoría del grupo fue lo bastante rápida como para tirarse al suelo o tras las mesas, tras lo que fuera. Yo no apuntaba, sólo corría y corría hasta la puerta, pero me detuve en seco cuando vi cruzar el umbral a los mismos asaltantes de la otra vez. Eran los seis rebeldes que quedaban vivos, y sin mediar palabra se precipitaron sobre las guerreras.

Durante un mágico momento, fui ignorado mientras una batalla campal estallaba a mi alrededor. La Carroña acostumbra a combatir en terreno abierto, por lo que sus guerreras emplean mucho espacio para moverse. La lucha se extendió a todos los rincones del local, entre saltos y fintas. Era brutal, y a ojos de un espectador occidental parecía un ajuste de cuentas entre bestias. La reyerta era feroz porque estaba lejos de un resultado claro. El grupo de Doja peleaba mejor pero tenían el lastre de tres guerreras heridas.

El instante mágico terminó. Una espada casi tropezó con mi cintura y de camino se llevó lo que me quedaba de la mano izquierda. Ni siquiera lo había visto venir y el pánico me volvió loco: empecé a disparar a todas partes como si hubiese sido el propio edificio el que me atacara.

Corrí hasta las escaleras, y justo cuando llegaba mi arma hizo un "click" que me dejó helado. Una espada cortó el aire cerca de mi rostro, pero cuando miré no había nadie allí cerca... Subí corriendo, recargando mi arma por las escaleras. Cuando llegué al rellano, di media vuelta pero no vi a ninguno de ellos reclamando mi piel. Pensé que había pasado inadvertido en medio de la confusión y eso me tranquilizó lo suficiente como para atender mis otros dolores. Guardé el revólver y utilicé la mano derecha para vendarme el muñón de la otra con un pañuelo, apretando cuanto pude para frenar la hemorragia.

Abajo, nadie tuvo que dar la orden. Todas las guerreras de Doja pensaban lo mismo: el hombre blanco había atacado primero. Y se había sincronizado con los rebeldes, como si tuvieran un acuerdo. Muchos ni siquiera se habían enterado de la intromisión. A algunos combatientes les pasaron balas rozando sin que eso apartase su atención del enemigo. Pero Kembu lo vio, y era la que estaba más cerca. Así que, cuando el misterioso blanco desapareció, fue ella quien siguió sus pasos. Al entrar en las escaleras notó que era seguida y se giró en redondo, pero reconoció a Nadij y ambas subieron juntas.

En el rellano sólo vieron algunos cadáveres aquí y allí: restos del ataque anterior, igual que las puertas derribadas. Temían que el desconocido estuviese acechándolas desde cualquier rincón, pero yo no estaba en condiciones de ser una amenaza para nadie: me había metido en una de las habitaciones y trataba de hacer una cuerda con varias sábanas.

Kembu sintió miedo mientras buscaba entre las habitaciones, igual que lo había sentido abajo. Pero no era miedo por la situación, sino por sus propias reacciones. Temía fallarle al grupo. Incluso en la confusión de la lucha, Kembu no había dejado de pensar en el primero que mataría. Había tratado de mantener su mente en blanco, temerosa de que su falta de concentración la llevase a la muerte (aún peor, a una muerte sin utilidad para la tribu). Pero sus preguntas volvían.

Nadij y ella empezaron a rastrear, y no les resultó difícil. No las oí llegar; las mujeres de La Carroña son silenciosas. Cuando me di cuenta, estaban quietas en el umbral de la habitación, mirándome sin comprender lo que estaba haciendo con tantas prisas. A mí me parecieron una visión aterradora: rostro negro, espada blanca y túnica escarlata. Salté como un resorte y desenfundé.

Las mujeres se apartaron al pasillo justo a tiempo de que las balas se clavasen sólo en las paredes. Nadij tuvo una astuta idea: cuando los tiros acabaron, se asomó otra vez al umbral y así conjuró una nueva lluvia de hierro. Esquivó con éxito, como antes, y la salva fue interrumpida por un nervioso "click-click-click".

—¿Qué ocurre? —susurró Kembu.

—¿No te has fijado antes? —murmuró Nadij— Si usan demasiado sus armas, se vuelven inútiles por un tiempo. Vamos.

Las guerreras se lanzaron contra mí, que sólo había tenido tiempo de meter una bala en el tambor. Lo cerré y tumbé de un disparo a la que tenía más cerca; la otra atacó y no sé cómo tuve la sangre fría de darle una patada a una silla rota en el momento oportuno. Kembu apartó la silla de un manotazo y aún tuvo tiempo de lanzar una estocada casi a ciegas. Se quedó satisfecha, sintiendo que había clavado su espada en los riñones de su enemigo, pero conseguí salir al pasillo, sangrando y sabiendo que me pisaban los talones.

Mi tobillo se resintió con aquella carrera a ninguna parte, y empecé a dar tumbos cojeando, de rodillas, levantándome de nuevo— mientras intentaba recargar el arma. Una de cada dos balas se me caían por entre los dedos temblorosos. Mis ojos ya no veían nada.

Kembu me alcanzó casi de inmediato e incluso a ella le pareció digno de lástima aquel hombre, pese a que este sentimiento no se prodiga mucho en La Carroña. No obstante, estaba allí para rematar a su rival y le hundió su arma en el corazón.

Desde el piso de abajo se oyó la voz de Doja gritando órdenes. Ordenaba un reagrupamiento, lo que sólo podía significar dos cosas: que el grupo se disponía a rematar la lucha, o que las últimas guerreras estaban a punto de morir a manos de los rebeldes. En cualquier caso, tenía que volver sin más demora.

Kembu sacó su espada de la carne y pudo sentir cómo la vida se escapaba de aquel cuerpo. Nerviosa pero sin temor, apuntó con su filo y murmuró el principio del ensalmo.


Ilustración: Marian

Era cierto lo que Doja le había contado: el aire a su alrededor pareció volverse viscoso, como si nadase en algo, algo frío. Pero Kembu no se dejó distraer y sus labios prosiguieron con la letanía. Su respiración se aceleró, y le dio la impresión de que todo se impregnaba de una luz irreal, todo menos Tennison y ella; Tennison, cuyo ser le estaba entrando en la cabeza como el aire en los pulmones. Era el perfume de la primera mujer a la que había besado, era Bogart en "El Halcón Maltés", las campanas de aquel pueblecito en Gales, un copo de nieve derritiéndose en su lengua...

El hombre tosió una sola vez y sus ojos miraron a su alrededor, desorientados, y su mano buena hizo un amago de cerrarse... Todavía estaba vivo.

Kembu gritó y la absorción se desvaneció a medio camino. El mundo dio vueltas para ambos, pero de pronto él cerró los ojos y Kembu se dio cuenta de que no había pasado nada. Gracias a la más milagrosa de las suertes, había salido del más fatal error sin quedar atrapada en la mente de su presa, ni enloquecer ni sufrir el más leve rasguño.

Nadij le dio un empujón cuando pasó junto a ella sujetándose el costado:

—Muévete, nos necesitan.

Y Kembu, como cualquier guerrera hubiese hecho, la acompañó de vuelta al combate. Quizá estaba confusa, quizá estaba algo ida, pero siguió a su compañera.

En el suelo, el hombre malherido logró al fin caer inconsciente. Unas horas más tarde, fue la única persona que sacaron del Whitaker con vida. Estuvo en coma casi un año, pero tuvo más suerte que los otros.

A partir de este punto, sólo podemos suponer lo que le ocurrió a Doja y las suyas. No se encontró ningún cadáver de La Carroña en toda la ciudad, ni de hombre ni de mujer. Ya que los rebeldes no se caracterizaron por obrar discretamente, se puede deducir que no se hubiesen tomado la molestia de llevarse los cuerpos de sus enemigas. Esto parece indicar que la partida de castigo tuvo éxito en su misión. Seguramente mataron a todos los hombres y se llevaron los cadáveres de vuelta al desierto, para que no quedara huella del paso de la tribu por la ciudad. Es imposible saber si alguna de las mujeres murió también en Allentown.

Una cosa es segura: nunca se ha repetido nada semejante, al menos no en ningún lugar del que yo tenga constancia. La Carroña sólo ha sido vista por algunos nómadas que aseguran haberse cruzado de lejos con la tribu. Estos testimonios no siempre son fiables, pero refuerzan la hipótesis de que el grupo ha vuelto a su orden habitual.

Yo he querido dejar prueba escrita de todo porque aprendí mucho aquella noche. Desde entonces veo cosas del mundo que antes se me habían escapado. Por supuesto que tal iniciación no fue gratuita: gané mucho pero perdí otras cosas, como mi nombre y casi toda mi niñez y adolescencia. Las cartas y las viejas fotografías me han contado esa historia, pero aunque la he aprendido no consigo revivirla. Sé en qué escuela estudié porque tengo pruebas, y sé qué aspecto tiene, pero realmente no la recuerdo. Yo, que una vez fui David Tennison, ahora casi no me reconozco cuando me miro al espejo.

Sin embargo, hay algo que no puedo olvidar. No puedo olvidar que esa chiquilla estuvo en mi mente y yo en la suya. Durante un escurridizo segundo fuimos una sola conciencia: lo supe todo de ella y ella lo supo todo de mí Por eso, no puedo olvidar que allá en la arena hay una mujer nómada que habla un inglés perfecto sin haberlo estudiado jamás.

Y aún la espero, y toda mi vida es una espera, y me pregunto si ella tiene la misma curiosidad por volver a verme a mí, si regresará a Allentown algún día. Quién sabe. Por mi parte, me contento con escudriñar las arenas más lejanas desde aquí. Y aunque sé que el desierto casi nunca responde a nuestras preguntas, sería una temeridad salir a buscarla. Podría interpretarlo como una amenaza... Y sé que no dudaría en matarme otra vez.



Alan W. Wolf pasó su primera infancia entre varios países europeos antes de instalarse definitivamente en España, la patria de su madre. Es reacio a dar más detalles de su vida por considerarlo irrelevante. Aparte de la literatura es amante del cómic, del cine y del género fantástico en cualquier medio. "Gunda Matte" es su primera aparición en Axxón.


Axxón 146 - Enero de 2005
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Ficción especulativa: España: Español).

            

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