DIVULGACIÓN: ¿Cómo reproducir el Efecto Cherenkov sin morir en el intento?

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El efecto "K-19"
por Marcelo Dos Santos (especial para Axxón)
www.mcds.com.ar

Hemos hablado muchas veces de los accidentes nucleares. Por espantosos que hayan sido Chernobyl, Three Mile Island y Tokaimura, el estudio de estos incidentes siempre me llevó a la misma reflexión: ¿Cuál sería el peor sitio del mundo para sufrir un accidente con un reactor?

La respuesta es inmediata: el interior de un submarino. Y eso, precisamente, fue lo que le ocurrió a la tripulación del submarino nuclear soviético K-19 en 1961.


A lo largo de la historia de la energía nuclear, varios submarinos atómicos sufrieron incidentes con sus reactores: el más desafortunado fue, sin duda, el del submarino nuclear Kursk. Sus 118 tripulantes murieron en agosto de 2000, y las autopsias realizadas a los cuerpos demostraron que al menos 23 de ellos sobrevivieron a la explosión que hundió el buque y lo hizo impactar con violencia contra el fondo del océano. Murieron, por tanto, asfixiados y de frío a medida que las gélidas aguas del Ártico hacían descender la temperatura. Los rescatistas escuchaban desde afuera los golpes desesperados sobre el metal de la nave, hasta que llegó el silencio. Las causas del accidente no han sido establecidas, pero algunas teorías indican que el Kursk chocó contra una mina de la II Guerra Mundial o que uno de los torpedos fue detonado accidentalmente. La mayor parte de los investigadores, sin embargo, se inclinan por un incidente en los reactores nucleares.


El submarino Kursk: trampa mortal para su tripulación

Otros buques submarinos han sufrido grandes accidentes desde los años 60 hasta la actualidad: los 99 tripulantes del submarino norteamericano Scorpion murieron cuando la nave explotó frente a las Azores, según algunos por la detonación de uno de sus propios torpedos y según otros muchos cuando estalló su reactor nuclear. La Armada estadounidense, fiel a su costumbre, no ha comentado los detalles del caso.

El submarino nuclear de ataque Thresher, de la misma nacionalidad, se llevó consigo las vidas de sus 129 marineros, cuando una falla en el sistema de refrigeración provocó el apagado automático de su reactor nuclear. El submarino cayó hasta el fondo del Atlántico (2.560 metros de profundidad) frente a la costa de Massachusetts, y la presión destrozó el casco de la nave.

Entre los sumergibles soviéticos, podemos recordar al Konsomolets, submarino nuclear clase Mike que sufrió, en 1989, un incendio que dejó sin refrigeración a sus reactores, los que debieron ser apagados. La tripulación logró salir antes de que se hundiera, pero 42 de los 69 hombres murieron de frío en las gélidas aguas noruegas.

Un accidente nuclear sin víctimas se produjo a bordo del submarino clase Alfa K-123, que sufrió una falla en el sistema de refrigeración de su reactor mediante metal líquido. El metal se salió de las tuberías y se solidificó alrededor del núcleo del reactor, obligando a abandonar la nave y a llevar a cabo reparaciones que duraron ocho años.

El accidente del submarino K-219, por último, fue no nuclear (se derramó el combustible de los misiles) pero mató a 4 tripulantes en aguas del mar Caribe.


Exceptuando al Kursk, el más horrible de todos los accidentes nucleares en submarinos fue el del soviético K-19 (de clase Oscar), que padeció una grave falla en el sistema de refrigeración de sus reactores durante su viaje inaugural. En cuestión de minutos la temperatura del reactor subió hasta casi 1200°C, increíblemente cerca del punto en que se fundiría, provocando una reacción en cadena que culminaría en una apocalíptica explosión nuclear.

El K-19 parecía estar maldito desde el mismísimo inicio de su construcción en los astilleros: durante el proceso murieron dos obreros a causa de un incendio, seis mujeres por inhalación de gases tóxicos, un electricista aplastado por el silo de un misil y un ingeniero desnucado al caer en el espacio entre dos compartimientos. De modo que el K-19 contabilizaba ya ¡11 muertos antes mismo de su botadura! La conseja de la maldición del K-19 se vio reforzada por el hecho de que se eligiera a un hombre para arrojarle la consabida botella de champán —y no una mujer, que se considera de buena suerte— y que la botella no se rompiera al golpear el casco, sino que rebotara intacta. Es de imaginarse la impresión que estas dos circunstancias produjeron sobre la supersticiosa tripulación. Y, como veremos, tenían razón en temer.

El K-19 fue botado en 1961 y puesto al mando del capitán de navío Nikolai Zateyev. Su planta motriz estaba constituida por dos reactores nucleares térmicos VM-A de 70 mW y llevaba como armamento primario tres misiles nucleares balísticos de 670 km de alcance, equipados cada uno con una cabeza nuclear de 1,4 megatones.

A pesar de que su comandante consideraba que la nave no estaba preparada aún para navegar, el Alto Mando soviético, preocupado por la presencia de naves norteamericanas dentro del rango de misiles de Moscú y Leningrado, le ordenó poner proa hacia la costa estadounidense para "devolver la gentileza". Zateyev, a todos los efectos prácticos, compartía el mando con su oficial ejecutivo Vladimir Yenin.

El K-19 estaba tripulado por 139 hombres en esa, su primera misión, y llevaba entre sus órdenes la de no ser detectado por las naves norteamericanas hasta que estuviese a tiro de misil de EEUU.


El submarino clase Oscar K-19

El 4 de julio de 1961, 18° día de navegación, Zateyev recibe un informe escalofriante: los medidores de presión en el sistema de refrigeración del reactor de estribor marcan cero, y las bombas que impulsan el agua hacia el núcleo no funcionan. Hay una fuga de refrigerante en las cañerías del reactor.

La situación de Yenin y Zateyev es una de las peores que pueda imaginar una mente enfebrecida: están a 2400 kilómetros del puerto amigo más cercano, en plena Guerra Fría, rodeados de naves y bases de la NATO, y su reactor manifiesta todos los síntomas del inicio de una reacción en cadena. Debido a la falta de refrigerante, los tripulantes no tienen manera de apagar el reactor, que muy probablemente esté tendiendo a fundirse y luego a explotar: difícil situación en una nave que lleva a bordo tres misiles que, en su conjunto, contienen material fisionable suficiente para producir una explosión nuclear diez veces más grande que la de Hiroshima.

A las dos horas del accidente (0600 del 4 de julio), Zateyev decide emerger: no puede permanecer bajo el agua con un accidente nuclear en proceso. Ordena pedir auxilio por radio, pero su radiooperador descubre con horror que la antena no funciona. Nadie vendrá a ayudarlos.


El desventurado K-19

Mientras tanto, la temperatura del reactor aumenta sin medida, y otra espantosa certeza aparece en las mentes de los desafortunados marinos: si el reactor llega a explotar, los norteamericanos pueden pensar que los soviéticos los están bombardeando... y responder el ataque. Visto desde la perspectiva actual, este miedo parece exagerado, pero desde la óptica de los militares involucrados en plena Guerra Fría, realmente tenía sentido. De manera que al terror por la seguridad de la nave y su tripulación, Zateyev sumaba ahora el miedo a provocar una guerra nuclear por accidente.

Había que hacer algo: Zateyev se reúne con Yenin y los demás ingenieros y oficiales y comprenden que, de no inyectar agua de inmediato para refrigerar el reactor, todo está perdido. Las nubes de gas radiactivo están expandiéndose a gran velocidad por toda la nave, y la temperatura hará explotar el núcleo en cualquier momento. Hay que soldar una tubería nueva y conducir el agua desde los tanques de lastre hasta el reactor, y hay que hacerlo ya.

La misión es suicida, y todos lo saben. Los hombres que ingresen al núcleo con sus caños y sopletes no saldrán con vida.

Durante muchas horas los voluntarios del K-19 ofrecen sus vidas para alcanzar la salvación de sus compañeros: en un ambiente surrealista (el vapor tiene un color verde limón y el agua derramada por el piso de la sala de reactores brilla con un fantasmagórico resplandor azul) sudan y luchan en el compartimiento del reactor, soldando unos largos tubos que inyectarán el agua refrigerante. El sistema de ventilación del submarino esparce por todas partes la radiación liberada al abrir la puerta del compartimiento de reactores, y los 139 hombres están cada vez más cerca de una horrible muerte por enfermedad de radiación.

Yenin sugiere entonces a Zateyev dirigirse hacia la cercana isla de Jan Mayen y abandonar la nave, pero el comandante piensa que no es una buena idea. En esa isla existe una base de la NATO, y lo que menos desea el capitán es que, si el submarino explotase, lo hiciese en la rada de una base enemiga con una detonación nuclear gigantesca. ¿Qué pensaría el Pentágono? El ataque de represalia tardaría sólo algunos minutos.


Luego de más de cuatro horas de trabajo en el reactor, la tripulación sabe que los 8 hombres que efectuaron la nueva conexión hidráulica están irremisiblemente condenados. Quemados, deformados, vomitando en forma continua espuma verdeamarillenta, los valientes héroes se han, en efecto, sacrificado para salvar las vidas de sus 131 compañeros y superiores. Sin embargo, los niveles de radiación en los demás compartimientos son muy altos. Si bien el reactor comienza a enfriarse por efecto de la recién lograda inyección de agua, Zateyev comprende que es necesario evacuar la nave antes de que todos los demás sigan el camino de los ocho mártires. Pone proa al sur, donde supone que hay otros submarinos soviéticos, mas no los encuentra. Desesperado, decide regresar al puerto de origen, a pesar de que lo separan de él nada menos que 1500 millas. Un sencillo cálculo le demuestra que, con los niveles actuales de radiación en el interior del K-19, ninguno de ellos llegará con vida a Rusia.

Es entonces cuando la Providencia interviene: poco después de virar al norte, una bengala verde destella en el horizonte. Es el saludo de una nave propia. Una catarata de bengalas le responde: en su desesperación, la tripulación del K-19 lanza todas las señales lumínicas de que disponen, convirtiendo al cielo en un arcoiris esplendoroso.

Se trata del submarino diesel soviético S-270, que se aparea al K-19 y evacua a los 79 miembros no esenciales de su tripulación. La maldición del K-19 se hace evidente una vez más cuando se cortan los cabos de remolque y toda la operación vuelve a complicarse. Finalmente otras naves soviéticas acuden en ayuda del K-19: además del S-270, llegan los submarinos diesel S-268 y S-169, acompañados del destructor Byvaly y el buque Aldan.


Dramática fotografía de la película: no todos los que allí figuran llegarán a puerto

Luego del largo viaje a casa, el K-19 es puesto en la seguridad del dique seco de su base en Polyarny, Murmansk, el 7 de julio de 1961. Su macabro viaje inaugural había durado sólo tres días.

En efecto los 8 tripulantes que soldaron el caño de refrigeración murieron por sobredosis de radiación en cuestión de horas. Catorce más fallecieron de cánceres y leucemia en los dos años siguientes. Pasados 5 años, varios otros habían muerto por causa de la radiación y los 117 restantes sufrieron enfermedades en diversos grados, todas ellas atribuibles a la exposición a la radiactividad del reactor averiado.


Todo lo que se encontraba a 700 metros a la redonda del dique seco donde se colocó al K-19 quedó contaminado y debió ser eliminado. Pero el destino fatídico del submarino no terminó allí.

El K-19 fue descontaminado y puesto nuevamente en servicio en 1964, tres años después del incidente, y navegó sin novedad hasta 1972, en que se produjo una pérdida de fluido hidráulico que provocó un incendio incontrolable. Esta vez murieron 28 tripulantes, todos horriblemente quemados. Durante sus misiones posteriores, el K-19 tuvo tiempo aún de incendiarse otras dos veces, aunque sin víctimas.

Este verdadero terror flotante siguió navegando hasta ser radiado (y nunca mejor aplicado el término) de servicio en 1991.

El submarino maldito pasó los siguientes tres años amarrado a una bita en el puerto militar de Murmansk, vacío (ya que, comprensiblemente, nadie se atrevía a ir a bordo) hasta el año 2002, cuando las nuevas autoridades de la Federación Rusa procedieron a su desguace y destrucción.


La historia del K-19, conocido por los norteamericanos como "The Widowmaker", "El Hacedor de Viudas" (pero propias, no enemigas) y llamado por sus desasosegadas tripulaciones rusas "Hiroshima" , quedó como secreto militar durante los siguientes 28 años. Aunque algunos de los miembros de su tripulación fueron condecorados, el secreto obligó a que los motivos fueran voluntariamente oscurecidos por el estado comunista, y muchos de ellos descansan en sus tumbas sin indicaciones que recuerden su heroísmo y sus muertes insensatas.


Como carpenteriano a ultranza, siempre me he preocupado por seguir de cerca las carreras de todos los que trabajaron en las películas del Mago de Bowling Green. Y, como se sabe, una de las actrices fetiche de John Carpenter es y ha sido Jamie Lee Curtis. Una de las películas que vi —simplemente por disfrutar a Jamie— fue "Blue Steel" , un policial bastante comercial dirigido por una tal Kathryn Bigelow, ex esposa del extraordinario director canadiense James Cameron (y la directora de la reconocida película de ciencia ficción "Días extraños"). La película "Blue Steel" no es mala, pero me gustó especialmente la garra de la directora para plasmar esa historia convencional de disparos, violencia y asesinos psicóticos. Luego me olvidé de la película durante más de una década.

Hace quince días, mirando los DVDs en mi videoclub, descubrí uno titulado "K-19". Al darlo vuelta para leer los créditos, descubrí que era de Kathryn Bigelow. Lo alquilé de inmediato.

La película es soberbia, mucho mejor que "Blue Steel". Cuenta la historia del submarino con bastante cercanía a la realidad, y todos los personajes (incluyendo a monstruos sagrados como Liam Neeson y Harrison Ford) producen pequeños milagros de actuación negativa que personifican a la perfección el terror y la desazón que deben haber sufrido los tripulantes reales de este verdadero "barco maldito" del siglo XX.

Pero, como muchos lectores se imaginarán, este artículo no pretende ser una crítica cinematográfica del filme, ni un análisis de la increíble belleza y energía de la directora (que, dicho sea de paso, se pasó seis meses enteros en alta mar, a bordo de un viejo submarino soviético, rodeada de 140 hombres).

Nada de eso. El que quiera conocer mejor a K-19, simplemente puede ir a su tienda de video y rentar el videograma o el DVD, y disfrutar esta obra por sí mismo.

Mi interés provino de visualizar los materiales especiales incluidos en el DVD.


Ya he dicho que una de las imágenes más espantosas de todo el filme es la escena en que los pobres voluntarios trabajan soldando los caños de refrigeración en el interior de la sala de reactores inundada: en esas tomas, el agua misma brilla con un bello pero ominoso resplandor azul. ¿De qué se trata?

La propia Kathryn lo explica en uno de los reportajes del DVD: "Teníamos, por supuesto, un asesor técnico que era ingeniero nuclear. Yo no sé mucho de física, porque sólo sé hacer películas, de modo que lo fuimos a buscar a una universidad y lo contratamos. Cuando vio las pruebas en la sala de reactores, nos dijo que faltaba representar el Efecto Cherenkov... Es una especie de resplandor que emite el agua en esas circuntancias. Nos explicó que el Efecto Cherenkov se produce cuando las moléculas del agua se mueven a velocidades mayores que la de la luz... o algo por el estilo".


Kathryn Bigelow

Escuchar el comentario y decidir escribir este artículo fue cosa de un instante. Kathryn ni siquiera había terminado la frase y yo escuchaba ya la objeción de los einstenianos: "¿Cómo algo se va a mover a mayores velocidades que la luz, si la relatividad lo prohíbe?".

Ya sabemos por un Zapping reciente, que hay muchas galaxias —unas 10.000— que se alejan de nosotros a velocidad hiperlumínica. ¿Pueden moverse ciertas partículas a velocidades superiores a c? Aquí, como en otros asuntos, la talentosa cineasta simplemente tiene razón.


Pavel Alkseievitch Cherenkov nació en Voronzeh el 28 de julio de 1904, hijo de campesinos oprimidos bajo la tiranía de los zares. Sin embargo, los zares que oprimían a sus padres no podían saber que en esas tierras acababa de nacer un verdadero genio.

Pavel era ya graduado en Físicomatemática a los 24 años, y oficial científico jefe de la Academia Científica soviética a los 26, jefe de sección en el Instituto de Física a los 30 y Doctor en Matemáticas y en Física a los 36. A los 39 se desempeñaba como profesor de Física Experimental, y en 1959 era el director del Laboratorio de Procesos Fotomesónicos.

En 1934 observó por primera vez el efecto que lleva su nombre: una botella de agua sometida a un intenso bombardeo radiactivo brillaba con un glorioso resplandor azul.

Luego de haber obtenido el Premio Estatal de Ciencias en 1951, Cherenkov continuó cosechando éxitos en su especialidad hasta su muerte en 1990.


El Efecto Cherenkov es y ha sido de importancia capital en el ámbito de la investigación nuclear: sus detectores son hoy herramientas estándar en todo laboratorio y reactor, y todas las sondas soviéticas los llevan a bordo desde el lanzamiento del Sputnik III, ya que son una excelente manera de detectar y medir partículas de alta velocidad. Pero ¿cómo se produce el Efecto Cherenkov?


La mejor comparación es la del avión a Mach 1: el Efecto Cherenkov produce, al superar las partículas una determinada velocidad, un fenómeno comparable al que genera un avión de combate al superar la barrera del sonido. En un caso es un estallido sonoro; en el otro, un destello de luz. La velocidad a superar por las partículas es, por supuesto, la velocidad de la luz.


El verdadero Efecto Cherenkov au naturel

La realtividad especial nos habla, en efecto, de que nada puede superar la velocidad de la luz... en el vacío, pero nada dice de su velocidad en el agua, donde la luz se desplaza mucho más despacio. Y, casualmente, el Efecto Cherenkov se verifica sólo en medios elásticos distintos del vacío. La verdad es que, en el agua, puede haber partículas que se desplacen más rápido que la luz DENTRO DEL MEDIO ÁCUEO. La única condición es que las partículas en desplazamiento estén eléctricamente cargadas, como los electrones o incluso, como dice Kathryn, moléculas de agua ionizadas. Al ionizarse, el agua da protones libres (radicales H+) o radicales oxhidrilo (OH-) que por cierto están cargados eléctricamente y pueden ser acelerados por las partículas radiactivas que colisionan con ellos.


Si bien el Efecto Cherenkov lleva ese nombre, el principal mérito del científico ruso fue el investigar las causas del fenómeno, y no el de haberlo descubierto. Cherenkov lo vio en el 34, como se ha dicho, y llevó a cabo la investigación experimental que derivó en la explicación teórica del efecto por los físicos I.E. Tamm e I.M. Frank. Los dos últimos compartieron con Cherenkov el mencionado Premio Estatal de 1951 por estos trabajos.


No intente esto en su casa: sobrecogedora visión del Efecto Cherenkov en el núcleo de un reactor japonés en problemas

Sin embargo, el Efecto Cherenkov fue observado por primera vez por los Premios Nobel de Física Pierre y Marie Curie en 1900. Aunque ellos lo descubrieron y lo observaron con consecuencia y tesón, la verdadera naturaleza del extraño brillo permaneció —paradójicamente— en la oscuridad hasta el año 1926. Fue entonces cuando el físico francés Mallet descubrió que no sólo el agua brillaba con el Efecto Cherenkov bajo un intenso bombardeo radiactivo: en rigor, cualquier medio transparente lo hace. El descubrimiento de Mallet fue que el Efecto Cherenkov no presentaba las bandas de emisión espectral características de la fluorescencia, sino que mostraba un espectro continuo completamente anómalo. Luego de muchos años de luchar con la explicación, Mallet se declaró vencido. Más tarde vinieron Cherenkov y los suyos, y el resto es historia conocida.

La comprensión final de las causas del Efecto Cherenkov, y la evidencia de que éste se producía también en la atmósfera —un medio en el cual la luz también viaja más lentamente que en el vacío— dio la idea a muchos científicos de utilizar aparatos que, aprovechándose del hermoso resplandor azul, permitieran detectar y estudiar partículas hiperlumínicas en el aire que nos rodea.


Detección de rayos gamma mediante el Efecto Cherenkov

La explicación técnica del fenómeno reside en que, al viajar cualquier partícula a velocidades superiores a c en un medio cualquiera (pero distinto del vacío), su enorme velocidad crea una onda de choque que acompaña a la partícula. La producción de esta onda de choque quita a la partícula una parte importante de su energía. Esa energía se pierde en la forma de un fotón que vibra en la frecuencia del color azul, de allí el llamativo tono de la Radiación de Cherenkov.

Sin embargo, se puede demostrar que el fotón es emitido en un ángulo muy concreto, y no en cualquier dirección. Ese ángulo se llama, obviamente, Ángulo de Cherenkov, y sólo si estamos ubicados en ese ángulo veremos la luz emitida. Si nos colocamos en cualquier otra posición, no veremos nada. Claro que en el agua derramada en el piso de un submarino o contenida en una botella incluye miles de trillones de partículas moviéndose en todas direcciones, por lo que es claro que en una gran masa de agua el Efecto Cherenkov se verá desde todas las posiciones.


El Efecto Cherenkov en una vista esquemática, con el Ángulo de Cherenkov y la fórmula para calcularlo

Volviendo a la película "K-19", la directora y sus subordinados se encontraron con un serio problema: querían reproducir lo más fielmente posible el accidente del sumergible, pero no parecía haber modo posible de generar un Efecto Cherenkov en un submarino real: "El experto en física nos explicó que nadie que hubiese visto el Efecto Cherenkov en vivo y en directo, dentro de un reactor, había sobrevivido para contarlo", afirma Kathryn Bigelow. No albergamos la menor duda de la verdad de esta aseveración.


Maquillaje de uno de los actores: el precio de haber visto el Efecto Cherenkov

Según Bigelow, lo intentaron todo: primero construyeron un piso de vidrio en el set, echaron el agua por encima y lo iluminaron por debajo con reflectores azules. "No funcionó", explica Jeff Cronenweth, director de fotografía de la película: "Parecía el piso de un boliche o discoteca". Luego, pusieron pintura fluorescente en el agua, pero, por supuesto, el líquido manchaba el vestuario de los actores, lo que no es el caso en el Efecto Cherenkov real. En la entrevista del DVD interviene entonces Cronenweth: "Muchos de nosotros realizábamos, cuando el submarino era llevado a puerto, investigación física en los bares (risas). Fue así que descubrimos que, cuando el barman encendía una luz negra, los vasos de gin-tonic brillaban con una luz azul, que pensamos parecida a la del Efecto Cherenkov".


Formación de detectores basados en el Efecto Cherenkov

Los cineastas consultaron al barman, quien les informó que lo que producía la luz no era el gin sino el agua tónica del cóctel: "El agua tónica está hecha con quinina, y la quinina brilla bajo la luz negra, que en realidad es radiación ultravioleta", explica Cronenweth. Bigelow lo interrumpe diciendo: "Y nadie sabe por qué sucede eso". Esta última afirmación, por supuesto, no es correcta.


La quinina es un alcaloide obtenido de la cinchona o quino, un árbol andino que crece en la franja que va desde los 1000 a los 3000 metros de altitud de Colombia a Bolivia.

La molécula de quinina se excita electrónicamente bajo el impacto de luz a una longitud de onda de 360 nm (la luz ultravioleta, precisamente), y su vibración "corre" o desplaza esa longitud de onda unos 115 nm hacia abajo. Es decir que refleja la luz ultravioleta, devolviéndola en una longitud de onda de 475 nm, lo que ya es una luz azul en el espectro visible. Dicho de otro modo, la estructura química de la molécula de quinina recibe fotones ultravioleta y los convierte en fotones visibles correspondientes al color azul. Este fenómeno es muy utilizado por los barmen para hacer más atractivos sus tragos al incluirles agua tónica y presentarlos bajo luz UV.


El espectro electromagnético

Y en verdad Cronenweth tiene razón: el "Efecto Quinina" (en realidad este sí, una sencilla forma de fluorescencia) es, visualmente, casi exacto al brillo de la Radiación de Cherenkov.

En una de las escasas ocasiones en que el submarino disfrazado de K-19 fue remolcado a puerto, Cronenweth dio la orden de comprar ingentes cantidades de quinina en polvo. Disolvieron la quinina en el agua y la iluminaron con los reflectores ultravioleta que el fotógrafo había instalado ad hoc. Sin embargo, descubrieron con desazón que no había ningún resplandor azul.

La explicación es muy sencilla, y se puede comprobar agregando una pequeña cantidad de sal al agua tónica iluminada por la luz ultravioleta: la fluorescencia disminuye hasta desaparecer. La quinina de uso médico viene, precisamente, mezclada con sal para mantener las concentraciones electrolíticas correctas, o disuelta en solución salina en su forma líquida. Los iones cloruro (Cl-) se combinan químicamente con la molécula de quinina, y sucede que la estructura del cloruro de quinina no vibra del mismo modo que la quinina sola, por lo que la eficiencia de la fotoluminiscencia disminuye abruptamente. Había que buscar la forma de no salar la quinina.


Cherenkov impostor: la molécula de quinina

La respuesta era obvia: el agua tónica es dulce, no salada. "Mandé vaciar de agua tónica todos los supermercados de Toronto", explica Cronenweth. "Finalmente, la gente regresó con 800 botellas que vertimos en el piso del set". El técnico encendió sus reflectores, y el Efecto Cherenkov brilló, espléndido y letal, bajo los pies de los actores.

Así se logró uno de los efectos visuales más gloriosos de la historia del cine y uno de los más ajustados, sin utilizar tecnología informática y copiando a la naturaleza por medio de otro fenómeno natural.


Fotograma de la película, mostrando la desesperación del rescate

Es por ello que, en este trabajo, hemos bautizado a la copia cinematográfica del temible Efecto Cherenkov con el nombre de "Efecto K-19".



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